DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturis son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
33 - El águila y el halcón
Bella terminó el café y regresó a la habitación.
La conversación con Ben la había turbado. Nunca había percibido su interés hacia ella mientras le creía un esbirro de Jane, era cierto que le había sentido distinto a los demás, menos cruel, menos malvado, pero nunca imaginó que se tratase de un policía encubierto y mucho menos que se sintiera atraído por ella.
Al abrir la puerta pensó haber caído de cabeza en el camarote de los hermanos Marx*.
Un grandullón vestido de militar, de piel oscura y cabello azabache, con los ojos almendrados y espalda XXL cargaba a Rennesme al cuello mientras relinchaba, haciendo el caballito por toda la habitación. Un jovencísimo de cabello rubio rapado y ojos azules fumaba sin reparos apoyado en el marco de la ventana abierta. Mientras otro de unos treinta años, afroamericano, permanecía sentado en el pequeño sofá en el que había dormido Rennesme, con los pies sobre la tapicería. Y, por último, alguien a quien sí había reconocido, Halcón. Un joven alto y fornido de piel clara, el paramédico que ayudó a salvar la vida a Edward, que le echaba un pulso, ambos apoyados en la mesita auxiliar.
— ¡¿Pero esto qué es?! —protestó en inglés bajando a Rennesme del cuello del grandullón, posándola en el suelo.
Pasando junto al tipo que tenía los pies sobre el sofá, le dio un golpe seco en los zapatos con el puño, le arrebató el cigarrillo al que fumaba en la ventana y lo tiró a través de esta, y se detuvo frente a Edward y su contrincante, observándolos con fiereza.
— ¿Qué?
— ¡¿Qué?! Me voy dos minutos y conviertes la habitación del hospital en una sala de fiestas.
—No he sido yo, han sido estos chalados que no saben comportarse —se defendió conteniendo a duras penas la risa que se empeñaba en asomar a sus labios.
—Si fuese una sala de fiestas habría titis bailando —protestó Halcón, recibiendo un pescozón de su teniente—. ¡Ay!
—Recuerda que estás hablando ante una dama, cazurro.
—Perdón, hacía años que no me topaba con una. Estoy desentrenado. —Bella, imagino que los viste anoche, aunque con las máscaras sería difícil reconocerlos.
—Te presento a mi equipo; el caballo de carreras es Gran Oso; Dragón, el flojeras del sofá; Billy, la chimenea humana y, bueno, a Halcón ya le conoces. Chicos, ella es Bella.
—Tú águila —dijo Gran Oso. Su voz era profunda y ruda, como si procediese de un pozo.
—Mi águila —admitió él con una sonrisa.
—Encantada.
—El placer es nuestro, señorita —intervino Dragón, incorporándose del asiento.
—Gracias, gracias a todos por salvarnos.
—Es nuestro trabajo —dijo Halcón en español, tanto él como Gran Oso parecían dominarlo—. Además, si no lo hubiésemos hecho, Parkur nos habría cortado las pelotas.
— ¡Halcón! —le reprendió el teniente.
—Perdón, los testículos.
—Eres un bocazas.
— ¿Por qué? He dicho, testículos. Testículos es una palabra culta, ¿no? — respondió el aludido sin entender el reproche de su superior.
Bella tuvo que contener la risa que le provocaba su expresión de desconcierto. Edward puso los pies en el suelo, incorporándose.
—Teniente, la retaguardia ha quedado desprotegida —advirtió Dragón en inglés, haciendo referencia a su trasero al descubierto.
—Ya lo sé. ¿Gran Oso, trajiste ropa para mí?
—Sí claro —dijo este buscando en una mochila color arena que había en el suelo junto a la puerta. Entonces sacó un pantalón de camuflaje, una camiseta y una chaqueta militar que dejó a los pies de la cama.
—No pensarás que vas a vestirte.
—No lo pienso, voy a hacerlo. Nos vamos con ellos en el halo.
—No, no nos vamos. Mañana por la mañana te hacen una resonancia de la herida para ver cómo está cicatrizando.
—Halcón ha visto la cicatriz y dice que está bien.
—No te ofendas —pidió al mencionado—. Pero ¿es que Halcón tiene rayos equis en los ojos como Supermán? ¿Y si se abre en mitad del vuelo y empiezas a desangrarte de nuevo?
—Volveréis a arreglarlo —respondió sin conceder la menor importancia a esa posibilidad, algo que la enervó.
—Tíos, creo que será mejor que le demos un paseo a la pequeña, así dejamos que se pongan de acuerdo —sugirió Gran Oso a sus compañeros—. ¿Te apetece merendar? ¿Te gustan los bollos de chocolate? —Rennesme asintió mirándole con los ojos bien abiertos, había pronunciado la palabra mágica: chocolate—. Tengo un paquete en el helicóptero. ¿Quieres?
La pequeña tomó aquella mano gigantesca con total familiaridad y se despidió de ambos agitando la otra. Poco a poco aquellos hombres tan grandes como rudos abandonaron la habitación, cerrando tras de sí.
—Mírala, lo tranquila que se ha ido con… Me cuesta llamar a alguien Gran Oso.
—Su verdadero nombre es Sam, llámale como prefieras —dijo sacándose el camisón por la cabeza, quedando desnudo, de espaldas a ella. Bella contempló la redondez de sus maravillosas nalgas, sus piernas fuertes y bien formadas, su espalda ancha y rotunda. ¿Cómo podía tener un cuerpo tan delicioso?—. ¿Decías? —preguntó animándola a continuar, haciéndola tomar conciencia de que se había embobado mirándole.
—Eso, que se ha marchado tan feliz con… Sam, y sin embargo a Demetri le dio una patada en… Olvídalo. No deberías estar vistiéndote.
— ¿Prefieres que no lo haga? —preguntó dándose la vuelta, exhibiendo su desnudez sin pudor alguno. ¿Cómo iba a poder concentrarse en acabar una frase con semejante espectáculo? Su sexo, aunque relajado, le parecía de lo más apetecible, y su torso, a pesar de las heridas suturadas que lo salpicaban tras la tortura impartida por Irina, era un deleite para la vista. Se detuvo frente a ella, demasiado cerca—. Tócame.
— ¿Qué?
—Tócame. Estamos solos, nadie va a venir a verme y estoy seguro de que mis chicos y Rennesme nos esperarán en el halo.
—Cualquiera puede entrar y… —Edward fue hacia la puerta caminando despacio y la bloqueó con una silla antes de regresar a su lado.
—Ahora nadie podrá entrar. Cierra los ojos y tócame.
— ¿Dónde?
—Donde prefieras, la reacción será la misma.
— ¿Qué reacción?
—Hazlo y verás.
Bella le obedeció, cerró los ojos y posó una mano en su cuerpo, en su abdomen, sobre los oblicuos, con cuidado, y la otra buscó despacio el camino hasta su cuello, acariciándolo. Edward disfrutó de la maravillosa sensación de observarla sin que lo percibiese, de su leve fruncir de ceño al explorar su cuerpo, de las pequeñas pecas doradas que salpicaban su nariz y de la encantadora curvatura de sus pestañas. Y pensó que era un hombre afortunado, el más afortunado de todos porque aquel ser celestial se hubiese enamorado de él.
—Ábrelos.
— ¿Qué pasa? No ha sucedido nada.
— ¿Eso crees? Mira hacia abajo. —Le hizo caso, descubriendo cómo una poderosísima erección se interponía entre ambos—. ¿Me crees ahora cuando te digo que me encuentro perfectamente?
Bella echó a reír, y él le borró la risa con un beso. Aquellos labios ardientes le hicieron perder la razón, Edward la llevó caminando de espaldas hasta la cama para sentarla en ella. Enredó las manos en su cabello y descendió por sus hombros y sus pechos, que apretó entre los dedos por encima de la ropa.
—Tu pierna —jadeó sobre su boca.
—Chsss. Olvídate de ella —susurró a su oído.
—No puedo, es peligroso.
—Oh, nena, esto sí que es peligroso —dijo tomando su mano y posándola en su sexo ardiente y aterciopelado.
—Está bien, está bien… Pero déjame hacerlo a mí —pidió tirando de él, provocando que se tumbase sobre la cama y, desvistiéndose, se sentó sobre aquella erección despacio, haciendo que se introdujera en su interior con cuidado, evitando dejar caer su peso sobre sus caderas—. ¿Estás cómodo así?
—Estoy en el cielo.
Bella sonrió, arqueándose en cuclillas y apoyando las manos en la cama, comenzó a moverse, arriba y abajo, permitiendo ese enloquecedor roce, dándole acceso a sus pechos desnudos que se mecían ante su rostro. Edward levantó las caderas, clavándose hondo en su ser.
—Estate quieto, no te muevas o pararé.
—No pares, por lo que más quieras, ni se te ocurra parar ahora.
—Pues obedéceme.
—Lo haré, claro que lo haré —dijo dejándose caer de nuevo sobre el colchón, permitiendo que fuese ella quien tomase el control.
Ver cómo se movía, cómo le entregaba sus pechos, cómo se posaba sobre su erección una y otra vez, impidiéndole que se moviese, regalándole aquel placer cuidadoso e intenso iba a volverle loco. Que tomara una de sus manos, apartándola de los pezones que pellizcaba y acariciaba, erectos y duros, y la llevara a su boca, lamiéndole los dedos, presionándolos entre los labios y la lengua como si de otra parte de su anatomía se tratase, le desató.
Sin poder aguantarse más, la agarró de las caderas y emprendió sus fieras embestidas dispuesto a arrancarle el mayor orgasmo de su vida.
Bella trató de refrenarle, preocupada por la integridad de su pierna, pero el placer que estaba provocándole cegó sus sentidos y se dejó hacer, disfrutando, dejándose llevar, hasta que sintió estremecer por una oleada de sensaciones que fluía desde el lugar más recóndito de su cuerpo.
…
Después de amarse reposaron en la cama, desnudos, recuperándose del derroche de pasión. Ella se acomodó a su lado, acariciando el vello dorado de su pecho con cuidado de no rozar ninguna de sus heridas y observó cómo su sexo se relajaba despacio, le pareció un espectáculo mirífico. Su cuerpo parecía esculpido para el placer. Le gustaba todo de él, todo. No había sido capaz de hallarle un solo defecto, a excepción de su cabezonería, y esto había sido una novedad en su vida.
Mientras Jacob ocupó su corazón, ninguno de los hombres que se habían acercado con intención de conquistarla habían conseguido capturar su atención lo más mínimo. Rose incluso se burlaba de ella, llamándola «doña Remilgos», por hallar los defectos más nimios a cuanto varón trataba de cortejarla: unos tenían las orejas grandes, otros demasiado pequeñas, los había habido con un ojo más alto que el otro y también con el mentón con forma de trasero. Eso en cuanto al físico, con respecto al interior, los hubo demasiado pijos, y también brutos como arados, demasiado listos o con una risa insoportable. Todos, absolutamente todos, tenían algún pero insalvable para ella. Hasta que apareció Edward Cullen. El SEAL había entrado en su vida por la puerta grande, expulsando al joven médico de su corazón de una patada en el culo, para siempre.
— ¿En qué piensas? —preguntó, alzándole la barbilla con los dedos para mirarla a los ojos.
—En cómo era mi vida antes de conocerte.
—Lo siento, siento tanto haber irrumpido así…
—No lo sientas, en absoluto. Mi vida era un asco. Estaba enamorada de un imbécil, vivía dejando pasar los días con la única esperanza de que se decidiese a estar conmigo ante los ojos del mundo. Y, sin embargo, contigo he aprendido… —Se detuvo un instante dejando las palabras en el aire.
—Acaba la frase.
—Es que no quiero asustarte.
— ¿Asustarme? ¿Me has visto bien? No creo que puedas asustarme con palabras.
—He aprendido que nunca me había enamorado de verdad hasta que te conocí. Tú me has enseñado que amar es estar dispuesto a arriesgarlo todo por otra persona y dejarse la piel en el intento.
—Yo tampoco había sentido algo así por nadie y, créeme, ha sido difícil admitirlo y reconocerme a mí mismo en esta nueva faceta que jamás pensé que pudiese llegar a tener —confesó.
— ¿Qué faceta?
—La de hombre enamorado, muy enamorado.
Nunca se cansaría de oírle decir que la amaba, ni aunque pasasen cien años. Estaba segura de que su corazón continuaría acelerándose, su piel erizándose, y que seguiría sintiéndose la mujer más dichosa de la Tierra porque, teniéndole a él, tendría todo lo que necesitaba para ser feliz. Le besó con devoción, disfrutando con el roce de la barba dorada sobre sus labios. Él le acarició el dorso de la nariz con suavidad.
— ¿Sabes? Ayer cuando tú y yo… en el Castillo Negro.
— ¿Cuándo me hiciste el amor ante aquellos animales?
—Sí. Temí que nunca más volviese a ser igual entre nosotros. Me horrorizaba que a raíz de eso no pudieses mirarme a la cara. Que no pudiésemos volver a estar así, a disfrutar así.
—Cuando cerré los ojos tan solo tú permaneciste conmigo en esa habitación, y me sentí bendecida de que fueses tú, la persona a la que amo, quien me besase, quien me tomase. Entiendo que tuvieses miedo porque las circunstancias eran terribles, pero me corrí Edward, estoy segura de que lo sentiste y, llámame loca, pero fue uno de los mejores orgasmos de mi vida.
—También para mí. Debemos estar un poco zumbados, ¿no crees?
— ¿Solo un poco? —Dudó hundiendo el rostro en su cuello, le besó en la garganta—. Los SEALs debéis ser como los toreros.
— ¿Lo dices por el tamaño del paquete? —Se burló, a lo que ella respondió pellizcándole bajo el ombligo—. ¡Ay!
—Me refiero a lo rápido que sanan tus heridas, listillo.
—Somos tipos duros, los más duros. Los más resistentes entre los resistentes, un hombre entre mil.
—Y sin embargo parecen, parecéis tan normales.
— ¡Lo somos! Billy se ha divorciado dos veces y tiene una niña pequeña de cuatro años. Halcón estuvo trabajando en un gran hospital antes de alistarse, nunca se ha casado y asegura que no tendrá hijos hasta que se retire. Gran Oso también está divorciado, aunque no tiene hijos, su sueño es montar un rancho y dedicarse a criar ganado. De Dragón sé poco, acaba de entrar al equipo, solo que también está divorciado y perteneció a los Delta Force antes de entrar a los SEALs.
— ¿Todos están divorciados?
—Es muy difícil que una relación sobreviva a nuestro trabajo. Pasamos muchos meses fuera, demasiadas ausencias, es complicado esperar a alguien que no sabes si regresará. En el caso de Gran Oso fue él quien dejó a su esposa porque pensaba que merecía una vida mejor de la que él podía ofrecerle.
—Vaya, es muy triste.
—Lo es.
—¿A qué se refería él, Gran… Sean, cuando dijo que soy tu águila?
—Gran Oso es cincuenta por ciento sioux, cincuenta por ciento cherokee, su padre es el jefe de lo que queda de su tribu en la reserva de Sisseton Wahpeton Oyate, y su madre es hija de uno de los jefes cherokees de la reserva de las Smokey Mountains. Se refiere a una antigua leyenda sioux sobre el amor.
— ¿Qué leyenda?
—La del águila y el halcón. —Bella le miró con ojos embelesados—. Oh, vamos, ¿en serio quieres que te la cuente ahora? Nena, por favor, no me gusta contar historias… —Ella pestañeó dos veces con coquetería y Edward resignado tomó aire antes de empezar su relato—. Dice la leyenda que una vez se acercaron a la tienda del viejo chamán de la tribu un joven y valiente guerrero llamado Toro Bravo y Nube Alta, la hermosa hija del jefe de la tribu, cogidos de la mano. Los dos jóvenes dijeron al chamán que se amaban, que estaban muy enamorados y se iban a casar, pero tenían miedo. Querían que el viejo chamán vertiese un conjuro sobre ambos para que su amor jamás acabase. El chamán, un hombre muy sabio, dijo a ambos que esa era una labor muy complicada, pero ellos estaban dispuestos a todo, así que pidió a Nube Alta que escalase el monte al norte de la aldea, sin más ayuda que sus manos, y atrapase allí al halcón más hermoso de todos, llevándolo con vida, intacto, al poblado. A Toro Bravo le pidió que escalase la Montaña del Trueno y cuando llegase a la cima, atrapase la más bravía de las águilas solo con sus manos y la llevase sin heridas ante él el mismo día en que Nube Alta trajese su halcón. —Bella le oía extasiada, acababa de descubrir una nueva faceta del hombre al que amaba, la de un excelente contador de leyendas—. Ambos jóvenes marcharon y regresaron el día indicado frente a la tienda del chamán. El anciano les pidió que sacaran las aves de la bolsa.
— ¿Volaban alto? — les preguntó.
—Sí, sin duda—. Respondieron.
— ¿Y ahora qué hacemos?, ¿los matamos y bebemos su sangre?, ¿los cocinamos y comemos su carne?
—No, atadlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero, soltadlas y que vuelen libres—. Los jóvenes hicieron lo que les había pedido, pero cuando liberaron las aves, estas solo consiguieron revolcarse en el suelo. Unos instantes después, irritadas por la incapacidad, arremetieron a picotazos entre sí hasta herirse. Entonces el viejo chamán con voz dulce dijo a los jóvenes:
—Nunca olvidéis lo que habéis visto. Vosotros sois como el Águila y el Halcón, si os atáis el uno al otro, aunque lo hagáis por amor, no solo viviréis arrastrándoos, sino que además, tarde o temprano, empezaréis a lastimaros el uno al otro. Si queréis que el amor perdure, volad juntos, pero jamás atados por miedo a perderos. Si el amor es verdadero se torna eterno e infinito sin promesa, porque ya el amor en sí es una promesa de vida—
—Fin de la historia.
—Es una leyenda preciosa.
—Los sioux eran unos grandes filósofos.
—Y él, Gran Oso piensa que soy tu…
—Mi águila, sí. Le he hablado de ti, de lo que me haces sentir, del miedo que me produce lo que has despertado en mí, de los celos que me atenazan con solo pensar que puedas amar a otro —relató recorriendo su antebrazo con el dedo, deteniéndose en su hombro, realizando lentos surcos sobre su piel, provocando que se le erizase y que sus pezones se erigiesen desafiantes de nuevo.
—No temas eso, Edward. En mi corazón solo hay espacio para ti.
— ¿Estás segura?
—Al doscientos por ciento.
—Tampoco en el mío lo hay para nadie más porque sé que tú y solo tú eres mi águila y estamos destinados a volar juntos para siempre. —Bella sonrió cautivada por sus palabras, ¿cómo podía caber tanta dulzura en un solo hombre?, ¿en un hombre tan duro y fiero con un AK-47 en la mano, como sensible y apasionado con ella entre sus brazos?
Le besó disfrutando del eléctrico cosquilleo que despertaba bajo su ombligo con aquellos besos largos e insaciables que sabían a paraíso. Cuando se apartó de sus labios y le miró, Edward enarcó una ceja, instándola a que mirase su sexo, que de nuevo volvía a mostrarse enhiesto, desafiante.
— ¿Otra vez? Parecemos dos adolescentes. Yo tiemblo de deseo con cada palabra que me susurras al oído, y tú te pasas más tiempo con la sangre concentrada ahí que en la cabeza —bromeó haciéndole reír.
—Creo que tengo derecho a sentirme como un adolescente, al menos por una vez en mi vida. Y en este preciso momento, vas a perdonar mi sinceridad, pero solo pienso en follarte una y otra vez —admitió besándola bajo la oreja dispuesto a iniciar el segundo asalto, y Bella sintió cómo se derretía de deseo.
Pero entonces un ruido en la puerta los interrumpió, alguien trataba de entrar en la habitación forzando la silla que la obstruía. Oyeron voces, la de Gran Oso y la de Rennesme, aunque no podían entender qué decían.
Bella se tapó con la sábana y recogiendo su ropa del suelo a toda velocidad se metió en el baño, justo antes de que la puerta se abriese de par en par de un empujón del heredero sioux.
A Edward no le quedó otra que utilizar la almohada para ocultar su desnudez, sabiéndose menos rápido para tomar la ropa del suelo y cubrirse, dadas las limitaciones a causa de su lesión. Gran Oso y la pequeña entraron a la habitación. El SEAL los saludó meciendo una mano mientras con la otra sostenía la almohada que ocultaba su deseo.
—Joder, Parkur —exclamó el grandullón sorprendido, tapando los ojos a la niña con sus manazas que le cubrían prácticamente la totalidad de la cara.
— ¿Por qué estás desnudo? —preguntó Rennesme de inmediato, sin pasar por alto que acababa de ver a su ángel cubierto solo por una almohada.
—Porque me estoy cambiando de ropa —respondió este incorporándose para recuperar las prendas del suelo. Se cubrió con ellas y solo entonces Gran Oso liberó la mirada inocente de la pequeña a la vez que Bella abandonaba el baño reajustándose la sudadera.
— ¡Bella! ¡Gran Oso me ha invitado a magdalenas y dice que un día me va a llevar en el helicóptero a su casa porque su madre las hace de arándanos!
—No sé decirle que no, tu chica me ha conquistado —dijo el aludido a Edward. Bella entre risas caminó hasta la pequeña y le limpió una mancha de chocolate de la barbilla con el dedo. Gran Oso observó con deleite cómo su teniente las contemplaba absorto, estaba mucho más enamorado de ella, de ellas, de lo que sería capaz de admitir.
Edward le descubrió observándole y recuperó de inmediato el rictus serio y formal que tan bien conocía.
—Parkur, el piloto acaba de decirme que ha visto a Benjamin salir por la puerta principal del hospital —le informó en su lengua materna.
— ¿Benjamin? ¿Qué hace ese tipo aquí?
—Vino a verme a mí —intervino Bella—. Quería hablar conmigo.
— ¿Contigo? ¿Sobre qué?
—En realidad no lo sé. Parece sentirse culpable por no haber hecho más por nosotras y quiso explicarme sus motivos. Además, me contó que Kate y Bree han regresado a casa.
— ¿Y para eso ha venido hasta aquí?
— ¿Ya no las veré más? ¿No volveré a ver a Kate y a Bree? —preguntó Rennesme que los escuchaba con atención, haciendo pucheros.
—Sí, claro que las verás, cariño, pero ahora necesitan estar con su mamá.
— ¿Su mamá no se ha ido al cielo? —Las lágrimas afloraron y recorrieron sus mejillas, encendiéndolas.
Bella la tomó en brazos y se sentó en el sofá, abrazándola, acariciándola, tratando de darle consuelo. Mientras, Edward sentía que el corazón se le partía en dos al ver llorar a su pequeña de ese modo.
Hermanos Marx* - Dentro de la película "Una noche en la opera" van entrando en escena, sucesivamente, un gran baúl con tres personas dentro y 12 personas más, incluyendo a los protagonistas y personal variado de servicio del buque en el que están embarcados. Siendo que la escena se desarrolla en un camarote de reducidas dimensiones y apenas caben dentro el baúl, resulta tan cómica la escena que ha servido para un dicho popular, utilizado usualmente en aquellas situaciones en que muchas personas se apiñan en un habitáculo reducido y que adopta habitualmente la forma "Esto parece el camarote de los hermanos Marx"
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