CAPITULO 34
El ruido lejano de choque de metal contra el metal llamó la atención de Isabella, que tiró el peine a la cama y corrió a la ventana. ¿Estaban atacando el castillo? Aguzó la vista para descubrir de dónde procedía aquel sonido para ella tan familiar. Localizó el sitio. Hacia la izquierda, sobre el muro del castillo, podía ver un claro donde varios hombres con el torso desnudo ejercitaban sus habilidades caballerescas. Gratos recuerdos fluyeron en su mente. Casi se sintió como si estuviera en Francia, observando a sus propios soldados.
Edward… Cuando irrumpió en el campo de prácticas, lo identificó inmediatamente. Su presencia llenaba el claro cómo podía esperarse de su legendaria fama de Príncipe de las Tinieblas. Lo vio inclinarse y recoger su espada. Luego, sin misericordia, atacó al hombre que tenía más cerca. Sus movimientos eran rápidos y mortíferos. No retrocedió ni una sola vez hasta que su oponente cayó derrotado a sus pies. La cara de Isabella se iluminó al inclinarse sobre la ventana para observarlo mejor. Era magnífico, sin lugar a dudas. Su túnica yacía en desorden sobre la hierba; los músculos de sus hombros se movían como olas bajo una fina capa de sudor. Su pelo negro reflejaba soberbiamente la luz del sol.
Isabella sintió un estremecimiento dentro de ella. Quería tocarlo, quería acariciar su piel y sentir la suavidad de su pelo, pero también había algo más. Se deleitaba viendo cómo se imponía a los otros caballeros y sentía una inconfundible excitación erótica al ver cómo derrotaba a quienes se atrevían a retarlo.
Después, Isabella vio que McCarty se acercaba a Edward, con el brazo doblado haciendo un extraño ángulo sobre su cadera. Hablaron durante un momento y la joven vio que los hombros de Edward se enderezaban, poniéndose rígidos. De pronto, al mismo tiempo, los dos hombres se volvieron y miraron hacia su ventana.
Isabella metió la cabeza apresuradamente en el cuarto y, al hacerlo, se golpeó contra el marco de piedra. Se frotó el cráneo lastimado y se sentó en la cama. En cierto modo, esperaba que Edward subiera hasta su habitación para preguntarle qué era lo que estaba mirando por la ventana, pero cuando pasaron y pasaron los minutos y la puerta no se abría, Isabella fue consciente de que no aparecería por allí.
«Me alegro, así es mejor», se dijo a sí misma, aun a sabiendas de que no era cierto. Volvió a pensar en los hombres que había visto en el claro y en la forma en que entrenaban. ¡Cómo ansiaba poder blandir su espada de nuevo, poder sentir una vez más el paso del arma en su mano! Notó que tenía el cuerpo entumecido y flojo. Se levantó y fingió que se batía, se imaginó enfrentándose a un oponente que la obligaba a desviar el golpe de su espada, pero su vestido se le enredó en los pies, tropezó y cayó al suelo.
Durante largo rato, se quedó tumbada de espaldas, aturdida, viendo desde el suelo el techo del cuarto. «¿He perdido mi habilidad?», se preguntó. «¡No puedo practicar con esta facha!». Se sentó y se quitó el vestido. Luego miró su combinación, que aún le llegaba hasta los pies. No quería quitársela, pero sí recogerla de algún modo, para que no fuera un estorbo. Su mirada se dirigió hacia la toalla que estaba junto a la palangana, sobre la mesa que había cerca de la cama.
Isabella dobló cuidadosamente la toalla, se la ató a la cintura y metió un pedazo de la combinación por debajo, de modo que sólo le llegara hasta la altura de las rodillas. ¡Al fin podía moverse libremente!
Se puso a entrenar. Esquivó y contrarrestó varios golpes imaginarios. Una y otra vez. Su cuerpo desentrenado le dolió, pero se sentía bien por hacer de nuevo los movimientos que en tantas otras ocasiones había ejecutado. Sin embargo, aunque el ejercicio le ayudaba a calentar el cuerpo, sabía que necesitaba un arma para que el entrenamiento fuese verdaderamente útil.
Despacio, inspeccionó la habitación… y vio el tapiz. Se acercó al elaborado colgante y se quedó mirando la cara del demonio. Sus ojos negros parecían devolverle la mirada y su pelo parecía balancearse al ritmo de una misteriosa brisa nocturna.
Edward. Su sombría sonrisa, tan pagada de sí misma. Los músculos que brillaban bajo la luz de la luna. Siguió la pintura hasta el ángulo superior, donde estaba la luna, y vio la fuerte varilla que sostenía el tapiz.
¡Una varilla de oro!
¡Una espada!
Se puso de puntillas y movió la varilla intentando desprenderla de las cuerdas que la sostenían. Cuando lo logró, se sentó en el suelo, apoyó la varilla en su regazo y le quitó el tapiz. Era un poco grande, pero podía servirle. Se incorporó sobre sus pies descalzos, pasándose la varilla de una mano a otra, como calculando su peso. La blandió sobre la cabeza e hizo toda clase de movimientos con ella, hacia delante y hacia atrás, a la izquierda y a la derecha, hasta que se acostumbró a su peso y pudo manejarla más o menos a su antojo. Embistiendo, esquivando, contraatacando.
De pronto, se quedó helada. Edward estaba en el umbral de la puerta. Isabella se quedó desconcertada cuando se encontró con su mirada oscura. Su pelo se le había alborotado sobre los hombros y la falda de la combinación se le había soltado de la toalla. Pensó por un momento amenazarlo con la varilla, pero la simple idea de tan ridículo ataque la hizo sonreír. Era absurdo pensar que una varilla, por grande que fuera, pudiese detenerlo. Se dio cuenta de que recorría todo su cuerpo con ávidos ojos, apreciando cada detalle. Se sintió sofocada y excitada, y echó mano de una de las mantas de la cama para cubrirse.
Edward entró a la habitación. Sus ojos se dirigieron a la varilla que ella sostenía en la mano y, luego, hacia el lado derecho de la estancia.
Isabella vio que apretaba los puños y que su gesto amenazaba tormenta. Miró el objeto de tan repentina furia y sólo cuando sus ojos encontraron el arrugado tapiz se acordó de él. Edward se aproximaba con el ceño fruncido y aire acusador en sus ojos turbulentos. De forma instintiva, ella levantó la varilla como para mantenerlo alejado.
Edward se quedó mirando la varilla, como si no pudiera comprender cuál era su propósito, y luego miró a Isabella. La ira aumentaba en aquel poderoso rostro, y amenazaba con llevársela a ella, como si fuera un huracán, con sus vientos y la arremetida de sus olas. Le quitó la varilla con un golpe tan fuerte que las vibraciones le sacudieron el brazo, y luego la agarró de los hombros con sus manos de hierro.
—Ángel… —le dijo apretando los dientes.
El contacto de aquellas manos sobre su piel le produjo cierto dolor, pero también una desazón inconfundible, placentera, en los brazos y en los hombros. Isabella apretó la manta contra sus pechos. Sus delgados puños se cerraron cuanto pudieron sobre los pliegues de la tela.
Él hizo una mueca de disgusto. Luego, su rabia explotó, y la sacudió por los hombros.
—Maldita sea, Isabella. ¿Por qué tienes que ser…?
De repente, sin saber cómo, ella estaba apretada contra su cuerpo. Los labios del Príncipe la abrasaban de manera agonizante. Su lengua hambrienta la obligó a abrir la boca, y cuando lo hizo, él se la introdujo hasta las más remotas profundidades, saboreando su dulzura inconfundible. Luego la abrazó aún más estrechamente, atrayéndola más y más.
—Edward… —murmuró Isabella, echando la cabeza hacia atrás para que él pudiera besarle el cuello.
Edward, sin embargo, retrocedió repentinamente.
Isabella levantó las cejas, presa de la mayor confusión. Procuró disimular el dolor que sentía al verse rechazada.
—Isabella… —murmuró Edward.
La mujer lo miró con sus grandes ojos, tan brillantes como los zafiros. La esperanza se encendió en su corazón. Él iba a disculparse y a decirle que era lo más bello que había visto…
—Puedes usar la cocina para tus propósitos humanitarios —dijo.
Isabella sintió que la decepción estaba a punto de matarla. ¿Eso era todo?
Edward se dio la vuelta y se encaminó a la puerta.
—¡Edward! —lo llamó desesperadamente.
Él se detuvo a menos de dos pasos de la salida, completamente rígido.
Isabella se quedó mirándole la espalda. Mil preguntas se aglomeraban en su mente.
—¿Por qué me has besado? —inquirió al fin con suavidad.
Él no se movió durante largo rato. Finalmente, dio una respuesta evasiva.
—McCarty te escoltará en la cocina, y estará pendiente de todo lo que hagas.
«El beso fue un castigo por haber descolgado el tapiz», pensó Isabella con el corazón dolorido. Sabía el daño que le haría cuando la dejase probar sus maravillosos labios y luego, de repente, la privara de ellos. Ése era el verdadero castigo. Vio cómo se cerraba la puerta tras él. Hundida, se sentó en la cama.
Aquella noche, Isabella cenó sola en su habitación.
