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CAPÍTULO 34

Inevitable

El chico la observó como si se encontraran solos, como si no existiera nada alrededor, como si el bullicio, las voces y la agradable música de fondo, no estuviera ahí. Candy se veía hermosa, lozana. Sus mejillas levemente chapeteadas, su cabello lustroso sujeto delicadamente, esos labios acaramelados que añoraba, mostrando sus perfectos dientes, sus esmeraldas bicolores clavadas en los suyos, escudriñando como siempre, más de lo que debía. Ladeó la cabeza notando que ya llevaba algunos kilos encima, se veía simplemente perfecta.

—Lamento tanto ser un imbécil y no decirlo antes, pero es la verdad. Estrellita, te amo, amo tu mente, amo tu cuerpo, amo cómo me miras, amo tus pecas, amo tu templanza, amo cada rincón de tu alma. —La chica sintió que las lágrimas ardían. No lo podía creer, eso debía ser un sueño, no podía ser real… ¡Que alguien la pellizcara, por favor! Sus manos sudaban y su corazón latía de manera anormal.

—Vaya, esa es toda una declaración de amor, Candy. —Ella giró con las palmas cosquilleando. Aún no confiaba del todo en su suerte, en lo que ahí ocurría. Su jefa, Clara, una latina que llevaba viviendo ahí desde pequeña, sonreía con dulzura—. Anda, ve, mañana te veo… —le guiñó un ojo al tiempo que contemplaba a Terry con franca aprobación y terminaba su tarea. La joven permaneció ahí, de pie, inmovilizada, con la mente en blanco y, a la vez, llena de todos los momentos que vivió a su lado.

—Candy, mírame… —Candy lo hizo temerosa, se sentía anclada a la tierra, no daba crédito de que eso fuera real, no podía creerlo—. Sal un momento, hablemos… Te lo suplico… —envuelta en sus ojos azules no tuvo otro remedio que asentir.

Se dirigió a la parte trasera de la cafetería casi trastabillando, demasiado incrédula. Él la observó asustado, muerto de nervios. Esperaba que no fuera tarde, rogaba porque hubiera retorno a su falta de contacto con su sentir. La manera en que la trató, presa del miedo a perderla, a no saber qué era exactamente lo que en su interior sucedía. La había extrañado como un maldito desgraciado y la respuesta siempre la tuvo frente a él. Sí, era un imbécil, pero, aun así, esa mujercita era suya simplemente porque él era suyo y haría todo para que eso fuera la única realidad de ambos. Sin embargo, parecía no reaccionar ante sus palabras y eso generó que su estómago diera un giro y doliera incluso.

Apareció, por una puerta lateral vestida con un suéter celeste, un jeans y botas color miel. Su cabello lo llevaba con esa coleta preciosa mientras que sus labios parecían tener un poco de bálsamo. Casi deja de respirar, y si no hubiera sido porque tenía que reaccionar, seguro hubiese sufrido un paro respiratorio.

Cómo es que no entendió antes lo que su sola existencia le producía: Candy era su vida.

La joven se acercó con cautela, parpadeando, insegura. Su olor lo invadió de inmediato y sus pulmones, agradecidos, lo aspiraron con profundidad.

—¿Es… Es cierto lo que dijiste? —preguntó bajito, con esa vocecilla que adoraba, que serenaba su alma, que calmaba sus pensamientos, que lograba todo tuviese sentido. Cuánto tiempo perdió por sus estupideces. Se hallaba a unos centímetros de él, ajena a todo su alrededor.

Terry sacudió la cabeza sin quitarle los ojos de encima. Siempre le creyó todo con asombrosa facilidad y eso le costaba trabajo. Alzó una mano, absorto por su presencia, sintiendo cómo su alma brincaba. Finalmente, acarició su mejilla cálida y asintió.

—Nunca he sido más honesto en mi vida, esa… Candy, es mi mayor verdad… Te amo. —Un sollozo atascado en su pecho brotó, al tiempo que recargaba su rostro en la palma de esa mano ruda que añoró tanto tiempo. Era simplemente increíble, inigualable.

—Creí que no querías saber nada de mí —murmuró con una lágrima resbalando por su mejilla. Si la felicidad existía, esa era, estaba muy segura de ello. Terry ladeó el rostro, sonriendo de esa forma seductora que la dejaba con ansiedad por su ser.

—Jamás has estado más equivocada, Estrellita, tú lo eres todo… Y deseo todo de ti… —De pronto, muy lentamente, se hincó sin quitarle los ojos de encima. Candy parpadeó, sintiendo las mejillas arder, las palmas húmedas. Terry sin perder contacto visual, notoriamente nervioso, sacó de su bolsillo derecho algo. Con mano segura lo acercó hasta ponerlo en medio de ambos. Los ruidos en el lugar dejaron de escucharse, solo algunas exclamaciones de asombros fueron la música que acompañó aquel momento.

—Terry… —murmuró, atónita, con los ojos bien abiertos, con el corazón queriendo salir por su garganta. Eso era mucho más de lo que alguna vez creyó podría pasar entre ambos. Respiraba agitadamente y su corazón iba al ritmo de una banda de rock. ¡No podía ser cierto!

—Eres mía, porque yo soy tuyo, siempre lo ha sido, y nada me gustaría más que así lo fuera siempre. Fuiste mi luz en la noche oscura que era mi vida durante años, y eres la alegría de mi alma… Cásate conmigo, Candy, cásate y permite que te demuestre cada segundo de tu existencia lo valiosa que eres para la mía.—Sorbió las lágrimas que ya salían sin detenerse. Sus labios temblaban y no lograba pronunciar palabra, pues un enorme nudo en la garganta se lo impedía. El anillo era precioso, de oro, con una enorme piedra en el centro, elegante, clásico, intimidante.

Terry, conforme pasaban los segundos, comenzó a transpirar, esperaba un sí, pero si llegaba el «no» le importaba una mierda, haría todo para que el día que uniera su vida a la suya, llegara. Al carajo la edad, al carajo las expectativas, al carajo lo que pensaran los demás. La quería en su mundo, por siempre y eternamente, a su lado, iluminando su existir, disfrutando de lo que ambos sentían, de la potencia que emanaban al estar juntos, de lo que eran cuando sus miradas conectaban.

Las manos delicadas de Candy se acercaron al objeto con suma lentitud. Lo acarició con incredulidad y luego extendió sus dedos frente a su rostro asintiendo una y otra vez. El chico sintió que de nuevo todo giraba cómo debía y sonrió como nunca lo había hecho. Los aplausos y silbidos de los comensales no se hicieron esperar. Se lo colocó sin demorar.

—Te amaré hasta que mi pensamiento deje de existir, Candy. —Se levantó de inmediato, notando que la joven no lograba articular palabra. Sonriendo seductoramente, perdiéndose en sus esmeraldas bicolores que ahora estaban permeados de ese líquido salado raro en su sistema. Se sentía al límite, eufórico, era como encontrarse en la orilla de El Gran Cañón, extender los brazos y poder gritar hasta que los pulmones se quedaran secos; libertad, alegría, plenitud. Acarició su rostro primero con el dorso de la mano, para después adentrarla en su cabello sujeto. Con el dedo pulgar palpó su labio inferior y, luego, sintiéndose de nuevo dueño de sí, la probó con deliberado deleite, disfrutando de su olor a naranja, de su sabor a miel, de sus labios en forma de corazón, de su aliento inigualable.

Gritos siguieron. Candy se separó con natural timidez recordando de pronto dónde se encontraban. Con las mejillas más que encendidas, lo observó de nuevo.

—Vámonos de aquí —le pidió bajito. Terry rozó otra vez su boca, rodeó sus delgados dedos y, entre felicitaciones y risas, salieron de allí rápidamente como quien vive su propia locura e irradia alegría.

Una cuadra después, Terry la detuvo, sintiendo que podía correr sobre el mar si era preciso. Se giró, la acercó a un muro y se deleitó contemplándola con asombrosa parsimonia.

—Fui un idiota, chiquilla y casi te pierdo por ello. —Acariciaba sus mejillas ansioso, absorto.

—Pero aquí estás… —Esa vocecilla tan sutil despertó, como solía, cada una de sus neuronas, de sus células.

—Y aunque deseo comerte a besos, ¡mierda! —Posó sus labios por un segundo a los suyos fundiéndose en su aroma—. Debemos hablar… —La joven, aún con los ojos cerrados, asintió.

—Quiero saber todo de ti, Terry —soltó, abriendo los párpados de forma dormilona, pero segura. Era aún más impresionante de lo que recordaba, sin embargo, su presencia despertaba exactamente los mismos sentimientos.

—Sabrás todo, deseo que así sea… Necesito que así sea. —Ella elevó una mano ubicándola detrás su nuca.

—¿Estás seguro que podremos con esto? Tu vida ahora es… —La besó, acallándola.

—Una mierda sin ti —concluyó, certero—. Quiero cerrar los ojos y que tú seas lo último que vea cada noche, abrirlos y llenarme de ti… Sé lo que hago… Te lo juro, pero si tú… —Ahora fue ella quien lo besó, se separó solo un centímetro.

—Tengo 19 y deseo hacer tanto… Pero sé muy bien lo que quiero. Deseo vivir a tu lado, contigo, juntos. —La volvió a besar.

—Serás lo que desees, quiero verte feliz, realizada, logrando todo lo que te propongas. —Ella sonrió, adorando cada una de sus palabras. Era tan extraño escucharlo hablar de esa manera, con ternura, con palabras que ni en sueños creyó verlas salir de sus gruesos labios.

—Te amo, Terry —murmuró en su boca, absorta y al mismo tiempo feliz de poderlo decir así, sin restricción. Era como si una válvula se hubiese abierto en ella, en él y el torrente de emociones, de palabras, de sensaciones al fin se dejara fluir. El río había al fin encontrado la forma de llegar al mar.

—Te adoro, te amo, te quiero y te deseo como un maldito demente, Candy —se besaron en plena acera, importándoles poco el frío o las miradas de la gente. Unos minutos después permanecieron abrazados, embelesados por ese momento tan suyo, tan ansiado.

—El anillo es hermoso —musitó, mirándolo con admiración. Él bajó la cabeza asintiendo.

—Era de mi madre. —Candy dejó salir un quejido de asombro—.Sé que ahora ese es su sitio, y lo será por siempre.—Era increíble escucharlo hablar de aquella manera, sus palabras eran tan dulces.

—Jamás me lo quitaré —prometió con ternura.

—¿Cómo no pude ver lo mucho que te amo? —soltó con arrepentimiento, contemplando cada una de sus suaves y delicadas facciones.

—No estabas listo —lo justificó con simpleza. Seguía siendo la misma. Y la amó más si eso fuera posible.

—No volverá a ocurrir, iré un paso adelante a partir de ahora, chiquilla. —Candy alzó las cejas, asombrada.

—Eso me gustaría verlo, Señor Competencias. —Se llevó su mano a los labios.

—Lo verás, te lo juro —le guiñó un ojo y volvió a rodearla.

Deambularon por ahí hablando del clima, de su trabajo en la cafetería y de cómo era su vida en Chicago. Sentados sobre una banca cualquiera casi frente al Michigan, soportaron el aire frío, inmersos en su burbuja indestructible, de acero, tal como él deseó mucho tiempo atrás.

—¿Por qué te fuiste sin más, Candy? —quiso saber. La joven le dio un trago a su bebida caliente.

—No encontré motivos para quedarme cuando me terminaste—admitió con tristeza. Terry torció la boca asintiendo.

—No me diste tiempo de nada. Sí, sé que fui un imbécil y es que temía reconocer lo que siento…

—Dímelo ya —le rogó, pasando un dedo por su mejilla rasposa. Él sonrió con desquicio, besó su palma preparándose para mostrarse—. ¿Qué te pasó para ocultarte de esa manera?

—Fueron muchas cosas, Estrellita, pero creo que fue el hecho de que sucedió todo junto, al mismo tiempo. —La chica se acomodó mejor sobre la banca, cruzando sus piernas en flor de loto, para verlo de frente. Terry besó sus labios fugazmente—. Te ves hermosa con esos kilos de más —debía decirlo ya. Candy sonrió complacida.

—Por lo menos no muero de frío todo el tiempo y sí, me siento mejor así —admitió con orgullo.

—No esperé verte tan repuesta, aunque sí sabía que superarías todo. —Le hizo ver su confianza, mirándola fijamente.

—Eso fue justo lo que me ayudó, que creyeras, que me vieras fuerte. —Volvió a besarla guiándola hacia sí con una mano detrás su nuca.

—Te veo perfecta, Candy, siempre te he visto así, pero ahora más… —La joven pegó su frente a la de su prometido.

—No me dejaría vencer, ya no.

—Tienes una templanza envidiable, Estrellita.

—Y tú una seguridad asombrosa, también temple. Terry… Ahora que sé que te gusto con un poco más de grasa, deseo saber qué ocurrió… —bufó, asintiendo de nuevo, al tiempo que se alejaba unos centímetros.

—Bien, no es justificación para la manera en la que me comporté, pero no sabía cómo enfrentar lo que me hacías sentir, ¿okey?—Ella sonrió, aceptando con los ojos. El chico se rascó la barbilla, reflexivo, viajando casi siete años atrás—. En aquel entonces, solía ser un chico un tanto despreocupado… Hacía lo que me placía, tenía muchos amigos… Y una novia que adoraba, o por lo menos eso creí en aquel momento —admitió perdido en el agua, en la noche. Los recuerdos acudieron así, con facilidad. Era hora de dejarlos salir, era hora de liberar sus demonios, limpiar su interior y escribir una nueva historia con lo bueno que tenía en la vida, con el maravilloso ser con el que pensaba compartirla.

—¿La chica del restaurante? —susurró a su lado. Terry la observó avergonzado.

—Sé que debí explicarte en aquel momento, Candy, pero sentía que ensuciaría lo limpio que dejabas en mí, que traería al presente inigualable que vivíamos, un pasado asqueroso. —La joven asintió con paciencia, atenta a sus facciones, a sus gestos.

Terry resopló, recargando los codos sobre sus rodillas y entrelazando las manos—. Cristina y yo llevábamos más de un año de novios, todo iba «bien» o por lo menos eso creía…

»Nuestros amigos eran los mismos, nuestros gustos, incluso nuestros padres eran conocidos y se frecuentaban de vez en cuando. Ella fue mi compañera desde pequeño, al igual que varios más de los que era inseparable. Mi vida familiar era formidable, excepto cuando comenzaron las discusiones sobre mi elección de carrera. Ya sabes, él no estaba de acuerdo, pero pese a ello, cuando no se tocaba el tema, todo era armonía. Me sentía seguro, feliz y con el mundo a mis pies. Cristina era amorosa y lo que deseaba en una chica en aquel entonces… —La miró de reojo algo incómodo. Candy no se movía, escuchaba tranquila, serena, imperturbable. Era inigualable, admitió para sí—. Existieron señales, cosas que no deseé ver. Siempre fui inquieto y crédulo, confiado, me costaba mucho percibir el mal o dobles intenciones en las personas. Era tan diferente… Cuando le dije a ella que deseaba estudiar Arquitectura, se asombró mucho, incluso ahora sé estaba decepcionada, molesta. Pero a mí solo me dijo que era una decisión absurda y muy irresponsable, sin embargo, me apoyaría… Los meses pasaron, entramos al último grado de bachillerato y el accidente ocurrió al poco tiempo. Me sentí responsable, muy culpable. Fueron los peores días de mi vida. Incluso, no logro acomodarlos del todo aún hoy. —Terry respiró hondo sacudiendo la cabeza. Qué difícil era traer el pasado al presente, sin embargo, sentía la necesidad de hacerlo.

—Ella, ella estuvo a mi lado, pero no cómo hubiese deseado. Cuando ocurrió todo yo estaba fuera de mí. Fue espantoso, me encontraba lleno de sangre, y es que en mi desesperación intenté sacarlos del auto destrozado. Me sentía rabioso, muy asustado y… Y Cristiana llegó después de que le hablase aterrado, me abrazó mientras yo temblaba, gemía de dolor por lo que vi, por cómo los perdí. Sintiéndome culpable, le dije lo que había pasado, como yo lo había vivido. Me intentó tranquilizar, pero luego llegó la familia y todo fue un caos. No dormí noches enteras, no comía y deseaba, con toda mi alma, también ser internado, perder la conciencia. Rogaba que todo fuese un sueño, algo que, al despertar, desapareciera. Obviamente no sucedió y la realidad me aplastó cuando los acabé por perder a todos. Mis esperanzas se escurrieron entre mis manos y no paraba de llorar, de golpear los muros, de gritar por la rabia. Los que eran mis amigos en ese entonces, iban, estaban a mi lado… Hipócritas. El velorio fue multitudinario, y yo no podía registrar que de verdad estuviera a punto de enterrar a toda mi familia, que no volvería a escalar con mi padre, que no volvería a pelear con Lily o que mi madre jamás me retaría con dulzura como lo hacía. Ya no habría desayunos en la mesa, ni comidas juntos, tampoco viajes, o simplemente una mañana típica de domingo donde cada uno hacía lo que le pegaba la gana pero que sabíamos, estábamos todos ahí. —Se limpió las lágrimas que brotaron sin intentar esconderlas, sacaría todo, ella lo valía, lo que tenían también.

—Harto de los pésames de gente que en mi vida había visto, cansado de las miradas de lástima, salí a fumar un cigarro por una puerta trasera. Y ahí… Ahí de nuevo mi mundo colapsó.

Cristina besaba a Charlie, el que solía ser mi mejor amigo, casi mi hermano, se tocaban en una esquina y yo no pude dar crédito de lo que veía. Creí que nada podría ya ser peor que eso, me equivoqué, varios chicos que eran «mis amigos» —entrecomilló con sarcasmo— se acercaron. No me habían visto y ya no deseaba que lo hicieran, sabían qué era lo que había entre ellos, lo ocultaron. Mi mejor amigo, mi novia, el día que velaba a mi familia, besándose y a quienes consideraba mis amigos, lo sabían. Aturdido, me quedé quieto. Charlie con voz triste, habló de lo mal que me veía, que no saldría de eso. Cristina lo besó, consolándolo, y, frente a todos, soltó lo que le había dicho, mi culpa. Un momento de silencio incómodo siguió. Una chica, que solía ser muy amiga de Sofía, dijo que ahora menos que nunca la madre de Cristina dejaría que terminara conmigo y que su relación iba a ser imposible, pues Charlie no tenía lo mismo que yo: dinero. Comprendí, de pronto, que me utilizó, que ellos se querían y que estaban conmigo por conveniencia, ambos, que llevaban más tiempo del que imaginaba juntos y que nada era lo que creía.

Lleno de rabia salí de mi escondite y me fui contra él. Lo golpeé perdiendo toda la proporción. Me separaron entre todos, la gente se aglomeró en aquel sitio pues los gritos no se hicieron esperar. Robert, mi tío, llegó. Insulté, agredí y los corrí a todos, después, no supe de mí por horas, perdí el conocimiento. Desperté en casa de mi tío, Sofía estaba ahí y sin más le conté todo. Furiosa, indignada, al igual que Robert que lo escuchó detrás de la puerta, se dedicaron a intentar ayudarme. Fue inútil. Caí en un abismo demasiado hondo y la verdad no deseaba salir de ahí, quería desaparecer —confesó y la miró significativamente. Sus ojos derramaban lágrimas silenciosas llenas de dolor, de asombro, de comprensión. De inmediato se abalanzó sobre él. Terry la recibió en su regazo dejando que su alma se limpiara al permitir salir de su interior ese torrente de líquido salado que jamás había vuelto a liberar.

—Es horrible… —murmuró ella, alzando el rostro, alejándose y comenzando a limpiar sus mejillas con ternura infinita. Terry rozó sus labios húmedos por el llanto.

—Sé lo que sentías, Candy, sé que es no desear existir… —La joven asintió, sonriendo con tristeza—, pero desde que apareciste, ese mundo de sombras en el que me sumergí, comenzó a iluminarse… Mis días fríos a calentarse… Encontré, de pronto, el motivo por el cual seguía aquí, vivo; eras tú, eres tú. —Candy lo besó con desespero.

—El final es inevitable, Terry —susurró contra su boca. El chico se separó sin comprenderla—, termina con eso y pongámosle fin a nuestro dolor… Es hora de comenzar otra vez, podemos hacerlo, juntos. —Terry sacudió levemente la cabeza y recargó su frente sobre la de esa chiquilla única.

—Tú no eres una estrella, mi amor, eres una jodida constelación.—La joven sonrió más tranquila.

—¿Qué ocurrió después? —deseó que, de verdad, sacara todo para escribir sobre una hoja en blanco y no llena de borrones, de grises y negros. Terry resopló con ella sobre sus piernas, mucho más sereno.

—Me fui a vivir con mis tíos. A los días supe lo del testamento, lo poco que seguía de pie en mi interior, colapsó, y me perdí. No volví a hablar con ninguno de ellos y eché mi vida al drenaje y lo que restaba del año escolar. Tomaba hasta desfallecer, me drogaba, no llegaba a dormir… Me volví incontenible, grosero, pedante… Peor aún de cómo me conociste. Mi miedo a ser vulnerable creció cada día, me torné osco, seco, frío. Cuando vi que no podía seguir así y que estaba causando muchos problemas a mi tío, hablé con mi familia y les dije que deseaba irme a vivir solo, sentía que debía enfrentar mi realidad, que debía seguir a pesar de que me sentía tan vacío. Ingresé a un nuevo colegio, me dediqué a estudiar, a hacer nuevos amigos, ahí conocí a Anthony. Así fue cómo conseguí que me lo permitieran, ambas familias estuvieron de acuerdo. Entré a esa carrera porque debía hacerlo, porque siempre sentí una deuda muy grande con mi padre, porque me sentí un chico caprichoso, mimado y voluntarioso, y comprendí que esa era la consecuencia de mi comportamiento.

—¿Te castigaste por lo que pasó? —comprendió Candy, afligida, disfrutando de su cercanía, doliéndole cada palabra dicha por esa boca que adoraba. Terry asintió con pesar, al tiempo que rozaba su mejilla con el dedo índice.

—Pero apareciste, Candy, cuando más solo me sentía, llegaste. No sé qué ocurrió, pero todo a mi alrededor cambió casi en ese instante. Fue como si, al fin, llegara a dónde debía y me dio mucho miedo. Depender, querer, creer, esos eran sentimientos que aborrecía, que decidí enterrar aquellos días. Pero contigo nada salía como planeaba, nada iba como quería y me encontré casi de inmediato, obsesionado contigo, buscándote, acosándote, y, a la vez, diciendo todas esas cosas hirientes que solo tenían como función convencerme de que no sentía nada, cuando yo ya sentía demasiado.

—Tú también lo cambiaste todo en mí, me hiciste sentir de alguna manera fuerte, capaz, devolviste de alguna forma esa seguridad que ya no tenía. —Terry resopló sujetando con ternura una de sus manos.

—Eres fuerte, demasiado capaz y, definitivamente, la chica más extraordinaria. Debes creerlo porque así es. —Candy sonrió complacida—. ¿Y te digo algo? Además de todo eso, eres hermosa, muy hermosa, desde todas las perspectivas posibles, por eso me enloqueciste, por eso hice cada estupidez que hice…

—Aunque algunas de tus estupideces no me gustaron, la verdad es que la mayoría… Me enamoraron, Terry. —El chico rozó sus labios fugazmente.

—Jamás, nunca, volverás a tener queja de mí, este que ahora tienes frente a ti, es lo que solía ser y es quien quiero mostrarte, quien quiero regalarte. Pasaré cada día de mi vida felicitándome por no haber dejado que mi idiotez tuviera la consecuencia más grande de mi existencia: perderte. Así que te juro, Candy, te amaré, te apoyaré, te respetaré y te acompañaré el resto de mis días.

—Y yo te juro, Terry, que en cada paso que des, siempre me tendrás a tu lado, que la soledad nunca más regresará y que construiremos la vida que deseamos, juntos. —La besó, ansioso.

—Candy… —soltó un tanto nervioso, mostrando los dientes. La chica sonrió sin comprender su gesto—. En mi familia, sabes que te quieren, pero…

—Escuché a Robert ese día, Terry, el día que me fui… —lo interrumpió, al tiempo que bajaba la vista acomodándose el mechón—. Por eso creí que lo mejor era irme, vivir con mi tía, no quería causarte más problemas y… Y no deseaba que lo que sentías por mí fuera lástima, protección. —Él bufó negando.

—Con que escuchaste, ¿eh? —Candy lo encaró, asintiendo algo avergonzada. El chico ladeó la boca, reflexivo—. Okey, no puedo culpar a mi tío por comportarme como un asno cuando me preguntaste qué sentía… Sé ahora que hubiese sido la diferencia, pero sí estaba presionado. Tu tía, tu hermana, él…

—¿Ellas te dijeron algo? —deseó saber, arrugando la frente.

—Sí, y en parte las comprendo. Candy, llevamos conociéndonos menos de un año, tienes 19, yo no he sido el mejor hombre, ellas temían por ti y es que la inseguridad que me provocó no aceptar lo que sentía, me convirtió en posesivo, cada paso que daba pensaba que me dejarías, que te hartarías, que no era suficiente. Por eso era así, en serio, volteaste mi mundo, de la mejor forma, pero lo volteaste, y todo fue alucinantemente rápido. Entiendo que estuvieran desconcertadas, incluso Robert. Lo cierto es que…—jugó con sus manos—, quiero que regresemos a México… Casados. —Alzó los ojos, nervioso. No sabía lo que le respondería.

El rostro de Candy parecía sereno, atento, esperaba sus razones. Soltó el aire y siguió—. Candy, ya no quiero separarme de ti y por mi posición, sé que si no es así, todo mundo opinará, nos dirá que somos muy jóvenes, que lo ideal es que tú vivas con Laura en lo que lo decidimos y bla bla bla, nadie lo comprendería y lo cierto es que aunque me importa una mierda no quiero dar pauta a nada. Si ya lo decidimos tú y yo… ¿Qué más da los demás?

—Estoy de acuerdo… Pero… ¿Cómo?, no tienes papeles aquí y…

—Las Vegas, Candy. —La joven abrió los ojos ahora sí sorprendida—. Averigüé, tiene validez allá, solo hay que hacer unos trámites para que se legalice… ¿Qué dices? Prometo que tendremos nuestra boda, esa donde tú parecerás un ángel y caminarás hacia mí mirándome así, como lo haces… Nos iremos de luna de miel y habrá fiesta… Pero eso lleva tiempo y nada me gustaría más que fueras mi esposa ya, mañana… —Candy lo observó, reflexiva.

—Estás loco, ¿lo sabes? —Terry asintió, esperando su respuesta—.Hay condiciones… —se irguió con seguridad, alzando el mentón.

—Mientras no sea tenerte lejos, digo que «sí» a todas.

—Qué docilidad… —Él sonrió, asintiendo.

—Solo contigo, chiquilla.

—No soy una chiquilla —se quejó con un leve puchero que adoró en ese mismo instante que apareció.

—Oh, sí, siempre lo serás, y mi amor, mi estrella, mi brújula, mi pecosita, mujer perfecta. —Candy lo besó lánguida.

—Podría acostumbrarme a este Terry dulce —murmuró cerca de sus labios.

—Tendrás que hacerlo, es lo que me inspiras. Pero dime, cuáles condiciones. —La chica regresó a su actitud firme.

—Ehm, bueno, he estado tomando un curso aquí, pero si regreso, retomaré la carrera.

—No espero menos de ti.

—No quiero pensar en familia hasta que ambos estemos listos…

—Me parece lo adecuado, eres aún muy joven, yo también, es lo correcto, lo responsable.

—Y quiero que ambos tomemos terapia allá, hemos pasado por muchas cosas y no quiero arruinar lo bueno que tengo, lo que tenemos, Terry. —La observó con atención, era única, de nuevo se lo corroboraba.

—Eso es una idea estupenda y creo que la mejor… ¿Algo más? Porque ya te dije que a nada me negaré, no cuando se trate de verte bien, de estar juntos.

—Bueno, sí… Seré independiente, yo buscaré ganar mi propio dinero y…

—Candy, está bien, tú harás lo que desees, pero debo ser claro—acarició su mejilla, serio—, soy quien soy, tengo dinero, eso me sobra, y al casarte conmigo lo mío será tuyo también.

—Pero deseo superarme por mí misma.

—Eso no tiene nada qué ver… Tú cumplirás tus metas, tus sueños, nada odiaría más que ser un ancla en tu vida, cuando tu sola presencia me impulsa, pero el dinero no será ningún problema para ti y puedes hacer uso del mismo para todo lo que quieras, para realizar tus objetivos. Úsalo, no le temas, no es lo que nos ata y puede ayudarte a lograr lo que deseas. ¿Sí?

—Será extraño.

—Puede ser… Pero nuestra realidad. Tú enfócate en ser y hacer lo que quieres, lo que soñaste… Lo demás no es problema, yo estaré a tu lado, tú junto a mí, todo irá perfecto. ¿De acuerdo? —Ella asintió aún reflexiva.

—Ya olvidé cómo conducir —soltó de pronto. Terry rio divertido.

—Yo te recordaré todo aquello que hayas olvidado, Estrellita. —La joven se acercó, ronroneando. Viviría su sueño, viviría su momento, así, feliz, agradecida, dichosa. Nunca más nada permearía eso que ahora sentía: paz.

—Solo eso, lo demás está muy fresco en mi cabeza —la besó con desquicio.

—Vamos con tu hermana para informarle y luego ya veré si es verdad.

CONTINUARA

Mañana tendre que ir al medico, creo que se me subio la azucar... hermoso capitulo.