DISCLAIMER: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación.
36
Cuando Fred Hendin enfiló el sendero de entrada de su modesta casa de Barnstable, comprendió enseguida que el hombre que había en el coche aparcado en la acera de enfrente lo estaba esperando. Emmett McCarthy, con la placa en la mano, lo alcanzó en la puerta.
—¿Señor Hendin?
Fred echó un vistazo a la placa.
—Ya he comprado una —dijo. Su sonrisa desmentía el aparente sarcasmo.
—No pretendo venderle entradas para el baile de la policía —dijo Emmett tratando de parecer simpático al tiempo que estudiaba sin disimulo a Hendin. «Cerca de cuarenta años —pensó—. Antepasados noruegos o suecos.» Estatura mediana, brazos y cuello gruesos, cabello rubio demasiado largo. Llevaba un mono de trabajo y una camiseta empapada en sudor.
Hendin metió la llave en la cerradura.
—Adelante. —Se movía y hablaba despacio, como si antes de decir o hacer nada se lo pensase dos veces.
La habitación en la que entraron le recordó a Emmett la primera casa en que había vivido con Deb después de que se casaran. Estaba formada por cuartos pequeños, pero la distribución le confería una sensación de hogar
que siempre le había gustado.
La sala de estar de Fred Hendin estaba amueblada con piezas que podían proceder de un catálogo de venta por correo. Sofá de piel de imitación y butaca a juego, mesitas auxiliares de chapa de castaño a los lados y delante, ramo de flores artificiales, moqueta beige raída, cortinas del mismo color que no llegaban del todo al alféizar de las ventanas.
El costoso conjunto de aparatos electrónicos que Emmett vio en un mueble vertical de madera de cerezo parecía fuera de lugar. Había un televisor de cuarenta pulgadas, un vídeo y un equipo musical con aparato de disco compacto. Emmett inspeccionó descaradamente los estantes en que se alineaban las cintas de vídeo.
—Tiene una buena colección de películas clásicas —comentó. A continuación se puso a inspeccionar las casetes y los discos compactos—. Parece que le gusta la
música de los años cuarenta y cincuenta. A mi mujer y a mí también nos entusiasma.
—De la que se oía en las gramolas —dijo Hendin—. Hace años que la colecciono.
En los estantes más altos había media docena de maquetas de veleros hechas en madera.
—Si me estoy metiendo demasiado en su vida, dígalo, pero ¿los ha hecho usted? —dijo Emmett al tiempo que alargaba el brazo para coger con cuidado una goleta exquisitamente tallada.
—Sí. Voy trabajando mientras escucho música. Es una buena afición, y muy relajante. ¿Usted qué hace mientras escucha música?
Emmett dejó el barco en su sitio y se volvió hacia Harry.
—A veces arreglo alguna cosa en casa o en el coche. Si mis hijos no están y mi mujer y yo estamos de humor, bailamos.
—En eso me gana. El baile no es lo mío. Voy a buscarme una cerveza. ¿Quiere una? ¿O prefiere un refresco?
—No, gracias.
Emmett observó la espalda de Hendin mientras
desaparecía por la puerta. «Un individuo interesante—pensó.
Volvió a contemplar los estantes superiores del armario, admirando las maquetas finamente trabajadas—. Es un verdadero artista», se dijo. No podía imaginarse una pareja formada por Tanya y aquel nombre.
Hendin regresó con una lata de cerveza y otra de refresco.
—Aquí la tiene, por si cambia de opinión —dijo, y la colocó delante de Emmett—. Bueno, ¿qué quiere de mí?
—Pura rutina. Seguramente habrá oído hablar de la muerte de Bella Swan.
Hendin entrecerró los ojos.
—¿El año pasado Edward Masen salía con mi novia y usted quiere saber si todavía están liados?
—No pierde usted el tiempo, señor Hendin.
—Fred.
—Bueno, Fred.
—Tina y yo nos vamos a casar. Empezamos a salir a principios del verano pasado y entonces apareció Masen. Un ligón de cuidado. Yo le advertí a Tanya que estaba perdiendo el tiempo, pero ya ha visto al tío. Ignoro qué le habrá dicho, pero lo cierto es que por desgracia ella se lo tragó.
—¿Y usted cómo reaccionó?
—Me dolió. Y sentía lástima por Tanya. No es tan dura como aparenta. —«Sí que lo es», pensó Emmett—. Y pasó tal como me lo figuraba. El verano se fue y con él Edward Masen.
—Y Tanya volvió corriendo a sus brazos.
—Eso me gustó —dijo Hendin sonriendo—. Tiene agallas. Fui a verla al trabajo y le dije que sabía que Masen se había ido y que era un sinvergüenza. Me dijo que no malgastara mi compasión.
—¿Quería decir que todavía estaba en contacto con él?
—De eso nada. Quería decir que no me iba a estar agradecida. Durante el invierno sólo nos vimos de vez en cuando. Salía con muchos otros tíos. Y luego, en primavera, por fin se dio cuenta de que no estoy tan mal.
—¿Le ha contado que llamó a Edward Masen cuando volvió a instalarse aquí?
Hendin frunció el entrecejo.
—En ese momento no. Me lo contó hace un par de semanas. Tiene que darse cuenta de que Tanya es de las que se guardan las cosas. Estaba muy dolida, tenía que quitarse la espina. —Hizo un gesto con la mano—. ¿Ve esta casa? Era de mi madre. Me vine a vivir hace un par de años, cuando ella murió. —Bebió un largo sorbo de cerveza—. Cuando Tina y yo empezamos a hablar de casarnos, me dijo que no pensaba vivir con toda esta porquería. Y tiene razón. Yo no me molesté en cambiar nada. Sólo hice ese armario que ve ahí para guardar los vídeos y las casetes. Tanya quiere una casa más grande. Estamos buscando una especial para manitas. Pero lo que yo quiero decir es que Tanya es directa.
Emmett consultó sus notas.
—Ella vive en un piso alquilado en Yarmouth, ¿no?
—Exacto. Justo al principio del término municipal, a unos tres kilómetros de aquí. Nos resulta cómodo.
—¿Por qué dejó el trabajo del Daniel Webster Inn para irse a Chatham? Con el tráfico del verano, le queda por lo menos a tres cuartos de hora.
—Le gustaba el Wayside Inn. Tiene mejor horario y dejan buenas propinas. Oiga, McCarthy, Tanya no tiene que ver con la muerte de esa mujer —dijo Hendin.
Dejó la cerveza y se puso de pie. Estaba claro que no pensaba seguir hablando de Tanya.
Emmett se arrellanó en la butaca y percibió el contorno del plástico roto que bordeaba su cabeza.
—Entonces, naturalmente, a usted le parecería bien que fuera a ver a Edward Masen cuando su esposa desapareció.
«¡Bingo!», pensó Emmett al advertir que el rostro de Hendin se ensombrecía. Un ligero rubor oscureció el tono de su piel, acentuando los pómulos prominentes.
—Me parece que ya hemos hablado bastante —dijo Hendin firmemente.
¡Hola! ¿Qué tal? Perdón si tardo un poquito en actualizar, pero estoy en mi último mes de clase y estoy hasta arriba de exámenes, pero tranquilas que siempre tengo aunque sean 15 min para actualizar ;)
Mi vida sin ti...estoy en ello, en serio, pero me cuesta y no tengo casi tiempo, pero intentaré que para este fin de semana esté listo!
San: Hey! me alegro que te guste la historia, y de nada por la aclaración ;) Besos!
Romy: estoy de acuerdo contigo... Me alegro que la historia te tenga enganchada xD Saludos! :)
SweetAlice13: Hola! pues ala, aquí tienes el nuevo capi! Mira, creo que mañana...o el jueves! Tranquila el jueves está seguro, esque tengo muuuchos examenes jiji Besos!
Saludos,
Christina.
