Los personajes son de Meyer.


LA MUJER DEL CANIBAL

Capítulo 36

«HUÉRFANO»

Andante appassionato.

Era un maldito huérfano, huérfano de los besos de Isabella ¡maldita! ¿Cómo se atrevía a negarle su boca? ¿No había pagado suficiente dinero por ella? ¿Por su cuerpo, su coño, su boca y su alma? ¿Cómo se atrevía?

Esa noche después de hacer el amor como dos animales moribundos, ambos se quedaron tendidos en el suelo, sudando, con la mente en el último gemido emitido por cada uno, no estaban entrelazados, pero estaban unidos por todas esas palabras que ninguno era capaz de vocalizar.

Te amo Bella, perdóname por dañar tu guitarra.

Te amo Edward, estoy aquí para salvarte de ti mismo.

Solo hubo silencio y una dulce lluvia que siguió a la tormenta pocas veces vista en California.

La vio agarrar su vestido y cubrirse con él; un grito desgarrador arañó sus entrañas, el cubrir su hermoso cuerpo tinta era la manifestación de que ella se sentía como una cualquiera ¡mierda! No tenía que importarle pero, le importaba. Durante la semana que precedieron a la luna de miel ella iba desnuda por la casa sin miedo o vergüenza de exponerse y ahora, después de copular, se cubre con el vestido y, corre.

Un pase de cocaína y todo estará bien, mas el sueño no llega y, con un cigarrillo en su boca, trataba de soportaba el ruido aterrador que hacían las gotitas de agua en su cabeza. Los delicados toques sonaban como golpes de martillo en un yunque a su oído de músico puro. Caminó hasta la ventana, una mínima niebla que venía desde las montañas se deslizaba por el patio de la casa y formaba una película fina sobre la piscina. La humedad de Forks en la cálida California.

Llamado por esa fuerza que siempre lo ha impulsado, baja descalzo las escaleras y se queda en la sala principal, mirando el lugar donde dos horas antes luchó por un beso.

Veinte años de mi puta vida rogando por tu boca, Mariposa y, ahora que la tengo ¿me la quitas? ¿Qué demonios? Me la merezco aunque sea para morderla ¡es mía!

Boca grana, suaves labios, terciopelo y miel.

Abre las puertas corredizas que dan a la piscina, camina sobre la grama húmeda y rodea las dependencias del servicio que ella escogió como su espacio; el vaho sale de su boca, algo de agua chispea y corre por su piel, no le importaban, viene de un lugar del hielo. Ve su reflejo en una de las ventanas y se odia porque nuevamente se ve como el mendigo que se esconde entre los arbustos para mirarla ¡y está en su maldita casa!

Ella, con su silencio y a metros de su habitación, marcó territorio y levantó murallas dentro de su propia casa y, a punta de sus cosas personales y del cadáver de una guitarra, construyó soberanía y ya no le pertenece; para él, esa parte de la casa, era un territorio vedado. Siempre era así con Isabella, donde fuera y como fuera, ella tenía la capacidad de crear su mundoy él, inevitablemente, quedaba afuera.

Se pega al vidrio que hace parte de la puerta de aquella habitación, la luz fastidiosa de las bombillas que iluminan el exterior de la casa parecen no importunarla mientras duerme. Maldice. A él, que duerme como si su cuarto fuese una urna, no soporta ni un solo rayo de luz, le molesta que ella esté así de calma. Es un niño malo que no puede tener lo que quiere y, como el fugitivo del mundo que es, rasguña las paredes del muro que cerca ese territorio que le es negado.

Quiere entrar. Quiere acurrucarse contra ella y lograr que el calor dulce de aquel pequeño cuerpo, derrita su hielo interno; desea olvidar y no odiar; es más, desea no odiar amarla y decirse a sí mismo que el mundo es un lugar amable y que nadie quiere humillar su corazón de niño.

Si solo pudiera dejar de ser un hijo de la ira.

Un trueno irrumpe en el espacio, Isabella se despierta asustada, parpadea y ahoga un grito en su mano, el estruendo y la mirada hambrienta de color azul eléctrico, estuvieron a punto de sacarle su corazón del pecho.

El impulso del sobresalto la dejó sentada en la cama, desnuda, cubriendo apenas sus pechos con las ondas rebeldes de su pelo negro, la luz que entra por la ventana se derramaba por su cuerpo de maneras distintas, formando los claroscuros que recordaban esas noches de descubrimiento en el bar en San Francisco y, llena el espacio. Es como si su cuerpo desnudo fuese el centro de un calidoscopio y todo el entorno se transformara en manchas diluidas en blanco y negro. La alquimia del aire cambia, ella es una muñeca de porcelana y él es un soldadito de plomo herido.

No, no es un juguete de niño. Para Isabella, él es un monstruo que viene de la oscuridad de su peor pesadilla para absorberle la vida. Desde niña, cuando sola, en la playa, jugaba a saltar olas o, cuando se arrancaba de su casa, en la noche, escapado de la furia alcohólica de su tía, había sentido el peso de unos ojos que la vigilaban; ahora, con Edward mirándola desde lejos, iluminado con las bombillas opacas y la lluvia cayendo tras su espalda, su miedo se había materializado.

Quiere gritar, pedir ayuda, pestañea, a tientas, tira de la sábana hasta cubrirse y, se calma. Pero, su dialogo íntimo es categórico y la fustiga ¿tanto lo amas que hasta quieres que seas el dueño de tus pesadillas? ¿No te das cuenta que es irreal, falso, lleno de tragedias y que no sabe caminar si no es por senderos de tristeza?

Edward quiere entrar y exigirle su boca en su boca, en su piel, en su pene o en cualquier maldita parte; desea sentirla y creer que ella lo quiere un poquito para despojarse de esa maldita sensación de orfandad. ¿Acaso no ve lo duro que ella lo pone? ¿Acaso no ve que sin ella, la máquina de horror, que siempre está en marcha, lo convierte en un animal apocalíptico?

¡Abre la puta puerta! Abre la boca, abre tu cuerpo. ¡Déjame entrar! quiero traspasar tus límites, amarrarme a ti y decirte que, desde niño, te amo como un loco.

La ve caminar a unos centímetros de la puerta, el vidrio se convierte en una frontera entre respiración de ambos, el vaho empaña las imágenes y hace una metáfora de sus vidas: respiran por el otro y sin embargo hay una barrera que los detienen. Está impaciente, es el mariscal del campo que juega a la medianoche, solo, en el barro, que quiere correr y aullar, hasta llegar a su meta.

Bella lo presiente, sabe que está a su alcance y alarga la mano, toma la cortina y veda a Edward la entrada a su habitación.

Mi casa, sin embargo, su territorio.

¡Bella! ¡Bella! ¡Mariposa! Frunce su boca para que esas palabras no se escapen y hace un rictus de rabia profunda. El soldadito de plomo se convierte en un exterminador, aprieta sus puños con fuerza y está dispuesto a, de un golpe, romper el vidrio y tomarla en medio del desastre; da un paso hacia atrás, hace el intento, pero el puño no llega al cristal. Su furia es reconcentrada y lo quema por dentro, da con el puño en el aire, se gira y de una carrera, se lanza al frio de la piscina. No respira, no se mueve, está quieto, solo se deja llevar por el principio de Arquímedes.

El splash llegó hasta la habitación de Bella, asustada, salió a la lluvia envuelta en la sábana, se paró en el borde y no respiró hasta que lo vio moverse. De dos movimientos, emergió del agua y del otro extremo de la piscina, la miró con ironía y, aun cuando le pareció la cosita más erótica con su pelo mojado y la sábana transparentada, le hizo un saludo militar y se fue sin decirle nada.

En cuatro zancadas enormes entra a la casa, deja regueros de agua a su paso, entra a su habitación, toma el celular, y llama a Harry.

— ¡Son las tres de la mañana, Masen! ¿Estás loco?

—Un toque, maldita sea.

— ¿Estás drogado? ¿Y cómo es eso que te acabas de casar? ¿Quién es la victima?

—No la conoces —contesta secamente.

Harry es el único de los músicos de la banda que es casado, una súper modelo, que dejó todo por ser ama de casa, y que toda la banda la detesta porque, desde el inicio, demostró su completa apatía a todo el circo que The Carnival acarrea, atrapó al baterista después en un gran orgia en Paris donde ella, escondida en el baño trataba de huir de una gran cantidad de personas drogadas. Era una chica del campo, cuya belleza rubia y enigmática la trajo al mundo de la moda. Harry por primera vez fue un caballero y la rescató de la fiesta y, después de eso, no se han separado más. Arriba del escenario, es un chico rebelde pero después, en silencio, abandona los hoteles y se va con su esposa, sobre todo, cuando Eddie arma sus holocaustos personales.

— ¿Y ahora qué, estás aburrido? No me jodas. ¡Déjame dormir!

—Quiero tocar en un bar, tú, yo, los chicos.

— ¿No oíste? Son las tres de la mañana, empezamos la gira en una semana, tenemos el concierto el viernes.

—Vamos Harry, tenemos ganas de tocar en un lugar solitario sin los psicópatas que nos siguen ¿recuerda que lo hacíamos cuando empezamos?

Harry y todo The Carnival eran músicos puros, forajidos al igual que el líder, y en alguna parte entre el dinero, la fama y la estupidez se perdieron.

— ¿Recuerdas a Aro? Su bar está siempre abierto, hasta la seis de la mañana, pero por nosotros, todo el día, nos gustaba ese lugar.

—Sip, era bueno —Harry contestó taciturno, eran buenos tiempos aquellos.

La voz con fuerte acento de la esposa de Harry pregunta quién es, es una voz dulce, piensa Edward, una voz cálida, suena a sexo recién consumado, tiene envidia, ve la imagen de una pareja abrigándose bajo las cobijas mientras que la lluvia arrulla su sueño.

—No puedo, tengo una esposa, hace frío, quiero estos últimos días antes de toda la mierda que nos espera, y si estas casado, cosa que me sorprende, Edward Masen, ve con tu mujer.

—Se te ha achicado la polla, cuidado con que te crezca un coño.

Harry respira, sabe que está hasta las heces de cocaína, y eso lo hace más ofensivo de lo que casi siempre es, sin embargo Edward es su camarada, y es el único miembro de la banda que realmente lo respeta.

—Buenas noches, Eddie.

Cuelga y deja a Edward solo, va a llamar a Seth, o al idiota de Paul ¡bah! ¡No importa! ¡Él es la banda! Eddie jodido caníbal Masen, el rey de la miseria y la música destructiva.

Hace dos llamadas, una es para la chica blanca que posee su sangre, otro para el hombre que sin importar nada sabe que Eddie Masen en su bar a la hora que sea es dinero, mucho dinero.

Toma las llaves de su auto, baja hasta el estudio de composición y agarra una de sus guitarras, no Brunette, ella es demasiado pura para la mierda que lo espera. Sale en medio de la noche vestido de negro y hace que las calles de los Ángeles sean lenguas de fuego.

Aro Vulturi es un viejo dinosaurio del rock, vio como la música que amaba se volvió un prostíbulo de tipos con demasiado cabello, tatuajes estúpidos y actitudes acartonadas, y muy coreografiadas, de niños malos, pero que en realidad, solo pensaban en la cuenta bancaria que se abultaba después de cada concierto. Como buen sobreviviente, se instaló con un bar temático, creo una franquicia y se dedicó a trabajar con las antiguas estrellas del rock, consideraba que el Caníbal era un desastre ambulante pero, también, como el verdadero heredero del buen rock, así que cada vez que se lo solicitaba, le facilitaba su club más emblemático, es que le gustaba que a veces, con el espíritu de los grandes proscritos del rock resurgido, cantara por horas desgarradamente en su local, el bar se llena, no importando la hora, no importando con quien tocara, era Eddie Masen y para él, siempre tiene las puertas abiertas.

El auto chirrea a las afueras del bar, Aro lo espera, el único acuerdo que existe y que se debe respetar es el «no publicidad», sin embargo, sabe que no importa porque en cuanto sube al escenario basta una foto y un tuiteo para que, en menos de una hora, su bar esté lleno. La última vez que estuvo haciendo su presentación particular fue a los días de la muerte de Jane, llegó diciendo ¡hey! y a la hora el bar era un pandemónium.

Lo ve bajar con su guitarra de una Hummer, en medio de la delicada pero pertinaz lluvia y bajo una luz tenue, al hombre le parece que está ante una toma de una película épica donde el protagonista, arma en mano, camina dispuesto a ejecutar a su víctima.

Edward se para enfrente de Aro, no hay saludos, solo un levantar la barbilla, enciende un cigarrillo y acepta la cerveza que Volturi le ofrece, no necesita otra cosa. Lo que quiere, está en su casa, tras una puerta y una cortina verde.

El viejo lo mira, la luz del cigarro ilumina su cara.

—Chico, hoy te sacaré una foto con mi vieja cámara, estás con un halo melancólico muy especial, pareces poeta maldito, músico bohemio, de esos que solo tienen su música, su cigarro y su guitarra —hablaba animadamente mientras el chico fumaba—. Y cuando te mueras, la haré poster y me haré rico y con todos esos millones, pasaré mis últimos días en Bahamas.

Mira al viejo con sarcasmo, le da la última pitada al cigarro y lo tira al piso.

— ¿Está todo listo?

—Sí.

—Bien, solo dame más de esto —levanta la cerveza— si un chico de nombre Zurdo llega, déjalo entrar, tiene algo que quiero.

—No quiero a la policía aquí por cosas de drogas, Eddie.

—No te preocupes —da un paso, pisa la colilla y camina. Aro lo sigue.

—Oí que te casaste ¿no se supone que es tu luna de miel?

Edward para, apoya su cabeza en la muralla y mientras se acomoda la guitarra, ve la imagen de la mujer desnuda, del cabello revuelto, de los ojos ansiosos, de la espalda llena de tinta, y tiene hambre. Pero, también ve la madera quemada, la ventana empañada, su cara al borde de la piscina y su boca preciosa, cerrada.

—Pues, sí.

Y canta.

#ElCanibalCantando. A días de haberse casado, Edward Masen, vuelve a sus viejas costumbres y está cantando en el 'Aro&Rock', bebe todo lo que le ofrecen y está sin su esposa. ¿Será que la gypsy no puede seguirle los pasos?

Está borracho y su voz es más desgarradora que nunca, nadie grita, nadie habla, todos están hipnotizados. A las dos horas, Aro cierra el lugar y apaga las luces exteriores, no hay más espacio, un grupo de fans y de periodistas quedaron fuera, esperanzados con verlo, al menos, salir del lugar.

«Los niños de la muerte cantan sus canciones de alegría»

Es la primera estrofa de una canción que se volvió himno generacional; sin todo el andamiaje de los grandes estudios, la canción es una balada que deja a todos con la piel chinita.

«Te llevaré hacia la luz, ascendiendo el fuego prohibido, ven conmigo, toma mi mano y siente como puedo darte el mundo»

Se dijo que fue compuesta para su esposa Jane, error más grande no hubo.

«Soy el soldado de las guerras perdidas, entre las trincheras de la mierda, tengo el corazón de oro, tengo la flauta mágica, pero mi equipaje es la muerte y mi alma está siendo jugada por el Hechicero. Solo escucho las balas y las bombas, pero mi corazón brilla y mi flauta entona canciones de amor y belleza»

Hasta en los editoriales de la prensa más seria del mundo, trataron de desentrañar las poderosas metáforas que contenía.

Eddie canta, bebe cerveza, fuma cigarrillos y el Zurdo se convierte en su mejor amigo esa noche. Él es un hombre huérfano, que desgarra su mundo y anda entre notas y estridentes rugidos de amor y soledad.

Canta. Grita. Pide ayuda, pero no. Él no es hombre de rogar.

Escucha la respiración de todos, no ve a nadie a los ojos, ¿dónde está el cuerpo gimiente de esa mujer desnuda con la boca frutosa que no le pertenece?

Tiene hambre, quiere comer estofado y de postre, uvas.


Isabella ve como la comida se enfría sobre la mesa, dos horas de inquietante espera y no llegó. Días viviendo en esa casa y ya debería saberlo, era un hombre en perpetuo sonambulismo y cuando la furia lo arrecia, la enorme mansión se le hace pequeña. Pero, estaba aprendiendo, sabe que se ha ido, que hay periodistas deambulando por las afueras de la casa, que arde la ciudad y que el rey del fuego y del infierno anda errante.

Hijo de Forks, huérfano de amor, no tiene un hogar a donde llegar.

Nunca había sentido tanto miedo por otra persona, pocos días con él y Eddie, el ganador y rey del mundo, no existe. En su lugar, hay un hombre caminando permanentemente por la cuerda floja, que a menudo ignora los sentimientos e intenciones de otros y que disfruta de su falta de empatía con la gente que lo rodea.

¿Jasper, habrá tenido que padecer a Eddie Masen como ella lo padece? Desde que llegó a vivir la mansión, no deja de soñar con él, lo ve con su mirada vaga, diciéndole palabras que ella no logra escuchar, caminando por otros senderos, lejos de esa cuerda maldita que lo atrapó hace tanto tiempo en el baño sucio de una casa con un padre triste y ruin.

Jasper, Eddie, Bella, niños dolientes bebiendo de las aguas del dios salvaje.

El celular la despierta, siente la humedad en su cara, ha llorado; al no sentir los ojos azules de su esposo, vigilándola, pudo dar rienda suelta a la desesperanza que la inunda.

— ¿Porqué mierdas lo dejaste ir?

Es Carlisle, con voz de ebrio furioso.

— ¿De qué hablas?

— ¡Imbécil! Pensé que tu coño comprado podía retenerlo un poco más.

Isabella se para de la mesa, respira, gira la cabeza en gesto de impaciencia y contesta.

—No soy su madre, Carlisle.

— ¡Maldición! Todas las mujeres son iguales, ¡malditamente iguales! siempre llorando, rogando, ¡se les da el puto mundo y quieren cosechar flores en el puto desierto!

— Tampoco soy Esme.

— ¿De qué estás hablando?

—De que tu esposa al fin, te abandonó.

— ¡No sabes nada!

Carlisle está desesperado, ha bebido por horas, Esmerald lo abandonó y se llevó a sus hijos y no entendía por qué ¿Qué más quería? Él la amaba, le daba todo, ¿qué importancia tenía que metiera su polla en cualquier otra vagina? Era parte del negocio, con años de matrimonio, ya debió saberlo, el sexo era una moneda de curso legal con que se compra todo. No, Esme no debió irse y ni la vagabunda de Isabella Swan, juzgarlo.

—Déjame en paz, señora Masen, no sabes quién es mi esposa, ni como es mi relación con ella. Prepárate para la rueda de prensa después del concierto, y cuando lleve a tu marido de vuelta ¡Átalo! No lo quiero muerto, aún.

Bella parpadea.

¿Aún? ¿Dónde está? ¿Acaso debo temer que salte hacia el abismo? Y yo que pensaba que mi logro iba ser evitar que me despedazara en estos dos años.

Un grito corre por sus venas. Quiere salvarlo, quiere salvarse, debe salvar a su hija. Está atrapada.

Carlisle cuelga el teléfono, ella solo oye el pitido fastidioso, mira la enorme casa, quiere correr, ir tras él, pero se siente atrapada en ese enorme mausoleo. Marca el teléfono de nuevo, escucha el respirar de Carlisle, quiere rogar, pero solo le sale una frase.

—Tráelo a casa, por favor.


Desocupa su vejiga, se mira al espejo, tiene los ojos rojos y su nariz, arde; no puede con otra línea de coca, es más, no la quiere, la perra esa resultó ser de mala calidad y no ha hecho el efecto deseado, está lucido, y odia estar lucido cuando solo quiere perderse entre la música. Se asoma por la ventana del baño, pero los gritos de la horda de niños que acampa afuera, lo hacen desistir de su intento de mirar el cielo. Maldice, odia a los fans, considera que es de idiotas hacer esas guardias a los artistas, si hubiese querido que todos lo vieran, con asomarse en un lugar de moda habría bastado —se lava las manos con furia— ¿Cuándo podrá cantar solo, cuando será el momento en que pueda cantar para sí mismo?

Son las cinco de la tarde, su estomago ruge de hambre, tras días de buena comida el traidor idiota de su cuerpo añora la sazón casera de su esposa.

¿Te oyes Masen? ¿Tú esposa? ¡Ja! ¡Vaya cursilería!

Se va a la oficina de Aro, en el escritorio hay una bandeja con una botella de whisky, con un vaso y un plato con pollo frito. Ignora la comida y el vaso y toma de la botella y bebe; al segundo trago, se recuesta contra la pared, cierra los ojos y se deja caer. Está agotado, su cuerpo le pesa y dormita por unos segundos, quiere soñar con Bella pero, las voces de gente que lo reclama se lo impiden. ¡Cállense! Grita en su interior, desde un tiempo a esta parte, solo quiere silencio. Es como si necesitara volver otra vez a un útero, maravilloso, tranquilo, con música suave, guitarras acústicas, ecos del viento entre las hojas de los árboles, risas claras y rumor de olas. Pero, se rebela y ya no quiere dormir ni soñar; se levanta, da dos pasos ¡Diablos! Se carcajea, está ebrio ¡al fin! Toma su guitarra y sale de nuevo a los pasillos del bar, quiere seguir cantando, al bajar un peldaño, pierde el equilibrio, Harry, el baterista, lo intercepta y evita que caiga al suelo.

—Vámonos a casa.

—No eres mi madre —Edward lo empuja.

—Eres un desastre.

Harry lo abraza firme y lo obliga a ponerse derecho, él sonríe como un niño tierno y le palmea el rostro.

— ¿Recuerdas nuestro primer año? ¿Eh? Fue jodido, el mejor, estábamos comenzando y nos divertíamos, comíamos cualquier cosa, íbamos de bar en bar, nuestro disco sonaba en la radio, pero aún no éramos muy conocidos, eso lo hacía todo fácil, y teníamos eso —Edward empuña su mano con vehemencia—eso, ese fuego, tanto deseo, música en la sangre, era especial, solo nosotros y la música, libres Harry, libres.

El hombre de tiernos ojos marrones sonríe; si, buenos tiempos.

—Ya eras un idiota que nos gritabas ¡Soy la estrella!

—Soy la puta estrella, pero aun así sabes que soy músico.

—El mejor.

Edward se acerca al oído del baterista, un año mayor que él.

—Ya no… no lo siento, Harry, ya no.

— ¿De qué hablas? Las últimas canciones han sido maravillosas.

—No lo son, son una puta broma, una vieja receta que conozco, una nota aquí, una rima allá, la misma canción de siempre, me aburro.

—Tu música sale de alguna maldita parte Eddie, no sé de donde, pero es algo increíble, es como si ese hombre que compuso «Los senderos del olvido» «Muévete suavemente» «Ángel» fuese otro, pero eres tú, Edward, no es la misma fórmula, es hermosa música.

El ebrio se aparta, mira al hombre como si estuviese debajo del agua.

—Sin embargo, ya no hay magia.

El baterista sabe a lo que se refiere, la música sigue allí, la belleza, el talento, las ganas de hacer algo hermoso, pero la fama, el dinero lo cambiaron todo. Harry lo sabe, Seth y hasta el idiota de Paul también, pero están alienados.

—No la hay, es verdad.

—Es un año de gira, lo detesto, no puedo ni escuchar mi puta voz entre esos gritos ¡no me oyen! ¿Por qué no lo hacen?

Afuera están los fans y la policía, quiere llevarse a Edward de allí antes que haga una de las suyas; no es su amigo, el caníbal se ha encargado de hacérselo saber a todos, sin embargo, están ad portas de la gira y lo necesitan, cualquiera cosa que no le parezca podría terminar con el vocalista del grupo en la cárcel.

—No sabía que tenías novia.

El aludido mira el piso, tararea una canción.

—No tengo novias, me conoces.

— ¿Y entonces, quien es tu esposa?

Edward empuña sus manos, gira la cabeza a un lado buscando un fantasma que ha pasado cerca de él ¿qué es? ¿Quién es? Hey, hey llévame contigo… hueles a vainilla y chocolate caliente. Dirige su mirada al baterista.

—Vamos ¿me acompañas?

— ¿En el escenario?

Da traspiés hacia la puerta, tiene la guitarra en la mano, voltea hacia Harry

—Por los viejos tiempos.

Harry camina, no puede evitarlo, Edward posee eso que ninguno de los tres integrantes del grupo tiene: la seducción necesaria para llevar a todos a lugares excitantes y peligrosos. Todos resientes el ego de Masen, pero saben que es el genio maligno de la lámpara, el demoniaco flautista de Hamelín.

—No traje mis tambores.

Edward se desprende de su guitarra y la lanza como si fuese un balón en la cancha de básquet, Harry la atrapa en el aire.

—Tú solo toca, tengo mi vieja dulzaina —la saca de su pantalón— me sigues, es algo lento.

Antes de entrar al escenario, Edward toma otro trago de whisky, completamente ebrio camina hasta el escenario, su camisa está abierta, la gente lo espera y grita, no hay sonrisa por su parte, solo el gesto de estirar su boca y pegar sus labios a los dientes.

Afuera se escuchan gritos que acompañan a los de adentro, el viejo Aro sabe que, ya es hora de cerrar, ha cambiado tres veces el público de su taberna y la policía ya lo advirtió.

—Una canción más y cierro. Esto se está poniendo peligroso.

Un gesto indefinido de la estrella y otro afirmativo del baterista, fue la respuesta.

Sol La Si. Las notas que toca Harry llaman al silencio, Eddie abraza el pedestal del micrófono y con su desgarrada voz, comienza a cantar a capela.

Respiras lento mi amor,

Mi cuerpo se encuentra con el tuyo y ardemos.

Somos afortunados en ese mundo, somos uno, desde siempre.

Eres mi chica fuego, eres mi polo a tierra, eres mi ancla y mi código.

Somos uno, desde siempre.

Harry entra con la guitarra, un toque suave, Eddie posa sus labios en la dulzaina, el sonido es melancólico, trae ecos de algo triste y amado que parece no llegar nunca.

Somos uno, desde siempre…

No importa la sangre derramada…

Las lágrimas como ríos, los abismos negros entre los dos.

Somos uno, desde siempre….

La canción se desliza suavemente, la compuso hace unos años, pero la dejó atrás en su segundo álbum, Carlisle y todos creyeron que era muy cursi y sin trascendencia, Harry no entiende porque Eddie la está cantando, pero nunca sonó mejor que ahora. El sonido melancólico y acústico atrapa a la audiencia, todos lo escuchan, quedan extasiados con la añoranza del paraíso que existe en la mente del protagonista de la canción: amor perfecto pero, él muere en la calle de hambre y frio.

Te amo como siempre. Pero, en el mundo real no hay un nosotros, ni un vivieron felices.

La magia del momento se rompe bruscamente cuando haciendo más ruido de lo necesario, aparece Carlisle, con el personal de seguridad y tres policías. El hombre está furioso y sin evidencia de la gran borrachera de la víspera, había decidido darle unas horas de libertad a su pupilo, pero ya estaba bueno, le había mandado a Harry y lo menos que esperaba es que el idiota del baterista estuviera con él en el escenario. Debe sacarlo de ahí, como evento publicitario estuvo perfecto y ya tiene recorriendo la noticia por todo el mundo, pero tiene que cuidarlo, según sus cálculos, su vaca particular le dará leche de primera por otros tres años. Aquel hombre tatuado, de ojos azules, sin camisa y con el don de los dioses en sus dedos, trascenderá a sí mismo, y si vive o mueres después de esos tres años, poco le importa, Carlisle Cullen puede perder una familia por su afición a los coños, pero jamás perdería dinero en un negocio que lo obliga a actuar como niñero, es el dueño los derechos de imagen, le pertenecerán por mucho tiempo y si muere a los veintisiete, mejor para su bolsillo.

Eddie lo ve y le sonríe maligno, lo ve enojado y decide ponerlo furioso, agarra el micrófono y grita:

— ¡Esto apenas comienza, amigos!

Harry lo mira aterrado, cambia de caras una y otra vez, cambia de alma, y deja a todos sin saber quién es el verdadero Eddie Masen.

—Abre las puertas Aro, esto es festival, mi amigo.

El viejo mira a Carlisle y a la policía, todos le dicen que no, Edward le quita la guitarra a su compañero de escenario, pero Harry está inyectado, una sensación salvaje que lo inunda, da dos gritos y una batería aparece a su lado y mientras termina de instalarla, Eddie juega con el público.

— ¡Son los hijos de puta más suertudos del mundo!... El Caníbal vino a cantarles al oído.

Los vasos plásticos vuelan por el cielo, grita el nombre de una canción y todos comienzan a cantarla, Harry da un toque en el ride y el crash, hace el uno dos tres del bombo, pasa por los toms y se detiene en la tarolada, está conforme con lo que escucha, mientras choca sus baquetas, cuenta en voz alta y mueve la cabeza, su cabello castaño va de un lado a otro, en ritmo salvaje y Edward, salta.

— ¡Sexo! ¡Drogas! ¡Y Eddie Masen! ¿Quién quiere más?

¡Mierda! piensa el manager, ahí se va al carajo la imagen de hombre casado y enamorado de su reciente esposa.

Jadeas nena, mi mundo tiembla,

Desnudo… tus piernas abiertas,

Dame tu miel azucarada….

Gimes duro, y me haces dios…

Mi lengua gotea, la tuya es serpiente

Llena de promesas….jadeas nena…

Jadeas nena y mi mundo tiembla…

Quiero mi semen corriendo en tu vientre,

Quiero tu humedad en mi sexo ardiente…

Necesito tu boca sedienta pidiendo mi sangre…

Tus senos bailan bajo el ritmo que impongo...

Acuchillo tu centro, sin tener compasión…

Hueles a aceite, hueles a mujer…hueles a mí,

Hinco mis dientes en tu rosa,

Como te gusta que muerda y engulla…

¿No es así dulce chica? Tu boca grita y soy hombre…

Jadeas linda y mi mundo tiembla…

Te tengo dentro y me convierto en dios…

Voy a tu vientre, llego a tu centro,

Rompo el mundo en cataclismos y burbujas….

Duermo en tu útero, escavo tu tierra…

Que brote la semilla ardiente…

Que venga la vida en tu cuerpo seda…

Jadeas nena, te tengo tan dentro…

Todo estalla y yo descanso en el silencio…

He llegado a mi reino….

Me siento Dios.

La canción convoca a todos a saltar, a besarse, a tener sexo en cualquier parte, cosa que parece va a ocurrir al escuchar como Eddie jadea emulando el sexo ardiente con alguien que no lo besa.

Carlisle quiere acabar con la idiotez de una buena vez, toma el celular y hace una llamada telefónica, ya ha hecho varias, sabe poner todo a su favor, cinco minutos más y la furia renegada de Eddie Caníbal será vista como un acto de felicidad y diversión de un hombre recién casado.

Mientras que en el escenario, suena otra canción, mucho más dura que la anterior, afuera, siguen llegando fans, y periodistas. Un helicóptero y varios drones, filman y transmiten por los canales de noticias. Aro teme que las puertas del bar no resistan la presión de los fans.

— ¡Eddie! ¡Eddie! —el aludido desgarra su garganta.

Dos cuerdas se rompen de la guitarra, Eddie se gira y da un puntapié al crash, Harry tira las baquetas al público, es hora de largarse. Agarra el micrófono unos segundos antes de que la gente de Carlisle tome el control y grita:

— ¡Soy Eddie Caníbal, y el show ha terminado! —los gritos y te amos resuenan por todo el lugar— ¡Buen rock, amigos! —levanta el puño— ¡buen sexo! Y no olviden… ¡rápido!... ¡duro!... ¡y sin piedad! las nenas lo agradecen.

— ¡Eddie! ¡Eddie! ¡Eddie!

— ¡Cerveza gratis para todos! Mi manager invita —hace un gesto y lo invita al escenario— ¡Gracias Carlisle!

Los ojos azules de Cullen relampaguean furia, pero eso no le importa, toma su cuello y lo atrae en una falsa imagen de compañerismo.

—Llévame a mi casa, niñera —y le pasa la lengua en la cara.

El manager lo empuja, Edward se carcajea y abraza a Harry. El gesto del agente se torna condescendiente.

—Tu pequeño show me cuesta, Eddie.

— ¿Te cuesta? Pensé que el dinero era mío.

¡Hijo de perra! Igual así, sonríe y lo invita a bajar de la tarima.

— ¿Tenias que hacer este espectáculo cuando el mundo habla de tu boda? ¿No pensaste en que dirán de un hombre recién casado, borracho en un bar periférico? Piensa en Bella, Eddie, mi amigo.

Edward quiere romperle la cara, pero antes que lo haga Harry se cruza entre los dos.

—No es hora de pelear.

—Los chicos te llevarán al vehículo, Aro te espera en la puerta de atrás.

Carlisle necesita salir rápido del entuerto, quiere viajar en busca de su mujer y no tiempo para discutir con un borracho, Harry toma a Eddie, lo lleva a rastras por el pasillo del bar, Aro los espera en las puertas.

— ¡Gracias, amigo! Me gusta ganar dinero contigo —el viejo lo abraza y él, le da un beso.

Carlisle le tira el cheque al dueño del bar, el viejo lo mira y lo rompe en pedazos.

—A este papel le faltan dos ceros.

Cruzan palabras nada educadas, al dueño del bar no le gusta cómo trata a Eddie y el manager, no le gusta que el viejo ejerza como abuelo consentidor con su pupilo. No es primera vez que tienen ese tipo de conflicto, al final, el viejo hace los arreglos y manda las factura a 'Cullen Representante'.

Las puertas se abren y los gritos ensordecen, las sirenas de la policía se unen a los chillidos y los flashes de los fotógrafos se disparan en todas las direcciones.

te amo, Eddie.

. eres un genio.

. quiero tener sexo contigo.

por tú música, vivo.

A él, le parecen sin sentidos y está harto de escucharla ¿es que estos idiotas no tienen vida? Busca un cigarrillo, pero no puede sacarlo, la escolta de cinco policías y tres guardias personales no bastan para que llegue tranquilo a la alguna parte salen las preguntas

— ¿Y tú esposa, Eddie?

— ¿Te aburriste de la luna de miel?

— ¿Cómo es estar casado con una gitana?

— ¿Te dio permiso para que estés acá?

— ¡Queremos conocerla, Eddie!

— ¿De dónde la sacaste?

— ¿Ya olvidaste a Jane?

Edward detiene su camino —Carlisle le reza al diablo, sabe que puede joderlo todo, quiere un show mediático no que el imbécil abra la boca, cuando está borracho y drogado, nunca se sabe que será capaz de decir— y sonríe ante las cámara de televisión y los celulares, tiene esa mezcla de niño travieso, con dejo satánico.

—Mi mujercita está caliente, en casa, sabe que su hombre necesita cantar. Ahora, soy un hombre casado, salgo a trabajar, soy un hombre de familia, chicos.

Todos sueltan la carcajada, sigue caminando, los gritos continúan, y las preguntas también, Carlisle dice rápidamente, antes de llegar a los autos, que en el concierto del viernes, todos conocerán a la señora Masen.

En la limosina de la banda Edward agarra una botella, Carlisle la arranca de su mano.

—No puedes ni caminar ¿piensas arrastrarte por las escaleras de tu casa mientras todos toman fotos? ¡Idiota!

— ¡Jódete!.

Toma un trago, busca en el bolsillo de su jeans un poco de coca, no encuentra nada y maldice con un camionero.

— ¿Tienes que estar bromeando? ¿Drogarte? ¡Te has casado! ¿No te importa tú esposa? —Harry lo enfrenta— eres un imbécil.

El líder de The Carnival maldice, finge que no le importar, pero le importa, por primera vez en su vida le importa llegar a casa, le importa esa sensación que se arremolina en su estómago. Quiere llegar pronto, pero se desvían del camino para dejar a Harry, a quién, en la entrada de su mansión, lo espera una muy delgada y alta rubia que trata de sostener de la correa, a un enorme San Bernardo, el baterista baja corriendo, su morena y gigante figura, resiste el saludo del perro, besa a su mujer y, con poco esfuerzo, la levanta en brazos.

La limusina se aleja, Carlisle se pregunta por qué no se ha follado a la chica y Edward piensa en qué pasaría si le da a Isabella, un perro de regalo. Y este pensamiento lo hace asquearse, hace parar la limosina y vomita todo el whisky que ha ingerido durante trece horas.

En su casa, Isabella a estado toda la tarde acondicionando el lugar para su próximo trabajo, ya tenía la madera, las herramientas y el dibujo de cómo sería su próxima guitarra, sin embargo, su verdadera ocupación, fue esperar a Edward; desde que llamó Cullen, una fuerza la empuja a pararse en la puerta e ir al encuentro, pero se resiste, hasta que los zumbidos y luces de los flashes se acentúan. Desde un ángulo de la terraza, medio escondida entre los citrus, ve a Edward subir lentamente por las gradas, tiene una botella en la mano, la camisa abierta y sus pasos, agotados. A su ojo de ex camarera, está hambriento y con resaca.

¿Y si pudiera correr hacia él y decir: no te preocupes amor, ya estás en casa?

Pero no, es una sombra que ha tomado prestada la esquina de aquella casa que pertenece a un hombre que odia demasiado y que ella intenta amarlo un poco menos, aun sabiendo que la lucha es infructuosa. Es extraño estar muerto —se dice— ella y él nunca nacieron, son dos creaturas nonatas que intentan respirar a pesar que saben que no pueden, pero resisten su destino y luchan, e intentan salir del vientre que es ese pueblo maldito. Él intentó primero, después, ella siguió. De los dos, él conquistó el mundo pero, no cortó el cordón y sigue atado a su lluvia, a sus bosques; ella, con su modesta existencia, rompió con Forks y eso la puso un paso más adelante.

La puerta que da a la terraza se abre de golpe y la saca de sus pensamientos, los ojos chocan y solo existe el silencio. Dos horas después, todo se mueve, él se ha bañado, ha repetido dos veces la cena pero, no llegó al café… una mirada lo dice todo y abandonaron el comedor.

Ambos se desnudan, la ropa estorba, necesitan estar piel a piel para respirar, han estado separado durante horas… meses… años, eones de tiempo.

Empuja dentro de ella.

— ¡Sí!

Es lo único que ella puede decir, es el sí de siempre.

— ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

Edward gruñe, su respiración es pesada, está sobre ella, cara a cara y no despegan sus ojos, quiere besarla, pero sabe que no puede, sabe que es algo que no se merece así que aprieta sus labios.

Huérfano ¿ya no lo dijimos? Malditamente huérfano.

Desliza sus manos por el cuerpo pequeño y la fricción insistente aumenta todo a un millón: emociones, sensaciones, deseo. Se desean tanto, que llega a ser aterrador, son dos suicidas que toman el láudano gota a gota. Sus ojos apenas se despegan; ella los entrecierra cuando la espolea y él, para ver como abre la boca cuando se pierde muy dentro de ella.

—Umn.

— ¿Te gusta, Mariposa?

No, no, puede negarlo, le gusta estar tan llena, le gusta ese espasmo que se produce cuando la verga toca su útero, son pequeños clímax que la hacen sucumbir de tanto en tanto. Es lento y duro, salvaje y más salvaje, aun. Alarga su brazo por debajo de su rodilla, levanta su pierna hasta llevarla a un hombro, está tan abierta, tan expuesta, que sus músculos se resienten hasta que arremete y el dolor desaparece; no hay placer más grande que ese momento, aunque sea duro, sin compasión y desee lastimarla. Lo sabe, si, y no le importa, a él, menos porque así son ellos… se lastiman.

—Más fuerte.

Y lo hace.

Gime.

Gime.

Grita.

Pero él sigue dentro, sus testículos golpean sus nalgas, es un plop mojado, es un sonido que absorbe, y el metal que corona su pene la rompe, la desmadeja cuando llega hasta el centro de sus entrañas.

Sigue mirándola y no le gusta, hay algo insoportable en esa mirada azul hielo que la inquieta; no es amor, no es ternura y, si fuera así, ella podría con eso… ¡claro que podría! Pero, no; en los ojos azules de Eddie hay posesión pura y cruda: Isabella ahora Masen, su mujer cocinera, su chica folladora y cada vez que la penetra, se lo hace sentir.

Edward Caníbal, y su polla tan dura, es un animal furioso que se mueve por instinto; no besos, ¡no malditos besos! y la penetra con afán, quiere dejarle su marca de propiedad.

— ¡Tienes el coño tan jodidamente apretado! ¿Puedo decirte que adoro como me aprietas?

—Puedes.

—Bellapestosa Swan —se queda quieto y la mira como un bribón— voy a hacer que esto dure.

Y sale de ella. Isabella no entiende sus palabras, solo sabe que se le congeló el corazón y que la invade una soledad terrible; él se sale y ella queda abandonada en un mundo frio y cruel, está como una de esas mujeres histéricas, locamente enamorada, adicta al sexo de un hombre que no será nunca propio, pero que a pesar de todo, quiere tenerlo dentro, y dentro, y dentro.

— ¡Nooo!

—No puedes vivir sin mi verga, Féileacán.

No es una pregunta. Él se carcajea repleto de vanidad y egoísmo satánico.

Maldito sea, cree que decirle que no me deje es su victoria.

— ¡Oh Edward Caníbal! Que poco me conoces.

Esa frase le sonó a reto, la agarra de su cintura y en dos segundos, la deja boca abajo, la acomoda, dejando su culo está a la vista de los ojos, ella siente como la mira, es como si fuese un corderito que sabe que va a ser engullido de un solo bocado por el lobo malo.

La mano larga de músico penetra en su sexo, presiona el clítoris suavemente, está tan mojada por la excitación, tan necesitada de él, que no le importa que sepa que con solo escucharlo gemir ya he tenido cientos de orgasmos. Y, ya no es tierno, pellizca, muerde y ruge, una palmada y ella da un gritito de lo más estúpido, le mete los dedos en su boca, ella los chupas, los muerdes; vuelve con su mano al sexo y en ese impulso, le delinea con la lengua la cicatriz de su espalda, ella sucumbe, se siente una puta y no le importa, es la mujer que lo ha amado siempre.

—Eres una mala mujer, Bella Swan.

Le susurra al oído, muerde su lóbulo, toma su mandíbula y la obliga a girar la cabeza, su rostro hermoso está transformado en aquel gesto de plenitud sexual. Aún no ha abandonado la caricia tirana del sexo viscoso de la mujer, la penetra con los dedos y estos, se estiran y se doblan, haciendo de su cuerpo una gelatina, ella se muerde, no quiere gritar, pero es inevitable y lo hace tan duro que da la impresión que su alma ha huido de su cuerpo con el grito. Los músculos de su bajo vientre lo aprietan, un rio de excitación sale de ella. El sudor de Eddie moja su espalda, con el pulgar vuelve a presionar y otro orgasmo irrumpe en ella como un trueno haciendo que los dedos de los pies se encrespen. No puede parar, no puede decirle a su cuerpo que no reaccione. Sus dedos salen y ella se gira para mirarlo.

—Me gusta cuando me miras así, Mariposa.

Necesita esa intimidad que da el beso pero, como no puede besarla, lame sus dedos que están llenos de ella. Bella pestañea pesadamente ante tan provocadora acción.

— ¡Eddie!

Se tira hacia él, su centro son miles de agujas que la castigan, pero no se detiene, quiere llevarlo a su garganta y darle mucho placer. Solo una mujer que ama como ella, sabe lo que los sonidos del hombre que has convertido en el dios de tu mundo pueden hacerle a la piel. Le sonríe diabólica mientras se arrodilla, jala el metal de su apadravya, juguetea con su lengua en la punta de su verga, quiere engullirlo, llevarlo todo y tragarlo, pero él la aparta.

—No, Mariposa, solo mírame.

Y se acaricia frente a ella, a centímetros de su cara, el olor que emana encanta, si, oh si, esa es ella, la niña que no tuvo madre, que se crío en los bosques sola sin que nadie le dijera algo bueno o malo sobre el sexo, esa niña que a pesar de todo hizo el amor por primera vez con el amor de su vida.

Al menos puedo darte las gracias por eso, Caníbal, aún sigo siendo esa niña, aún el dolor amoroso y caliente toma mis entrañas.

El ritmo de su mano se hace más urgente, Isabella está sedienta, sedienta. Verlo así la hipnotiza, es un show, un pequeño regalo privado, suelta su cabello, y es como una de esas mujeres que se sientan en los conciertos a verlo cantar, arrasada e idiotizada por que este sacerdote del pecado le permite ver lo que todas aquellas mujeres sueñan.

Se masturba frente a ella. Emite sonidos hermosos y salvajes, y quiere llorar de placer, no la toca y lo hace, no está unida piel a piel y sin embargo verlo gimiendo, con su mano en su hermosa y viril verga es algo oscuro que la ata a él. Se acerca, su tórax se comprime y se expande, muerde su boca, y sus mejillas están rosadas como los de un niño pequeño.

—Tócame.

Parpadea.

—Tócame.

Levanta su mano, la electricidad que existe entre los dos podría hacerles volar la casa y la mitad del país. Retira su mano unos segundos, pero la estática la vuelve a su lugar, Edward tensiona su cuerpo y tira su cabeza hacia atrás, es el placer que ya viene, ella busca sus nudos del goce y lo toca con premura; el orgasmo llega y lo eleva hasta la cumbre, malas palabras salen de su boca hermosa y acompañan al semen que sale en chorros y quema su vientre.

Edward abre sus ojos desmesuradamente, es un cazabombardero que sobrevuela playas invadidas y con su hombría, moja a su mujer —a la única— y la marca; desea que sea indeleble, si ella no lo besa, si ella no lo toca con su boca; él, la marca. Toma de nuevo el largo cabello de la hembra y la acerca hasta su cara, le da de primera mano, su respiración de bestia salvaje; ella, desnuda y pequeña, con su vientre plano, sus senos erectos de pezones oscuros, le respira igual. Hay una melodía entre ambos, hay una banda sonora de soledad y desarraigo en aquel jadeo erótico que los armoniza. Él ha derramado su semilla y ella, ha dejado que el semen se funda en su piel como una marca.

Se acerca, clama por besos, pero no, es el precio por una guitarra muerta. Y él, sin beso, sin boca, sin lengua, da un grito ahogado en su cuello: ¡Féilea! ¡Mi Féileacán!


— ¿Lo dejó? ¿Cómo lo sabes?

El sexo de toda la noche ha logrado una tregua tensa entre ambos. Bella está con su overol repleto de bolsillos y en cada uno tiene las lijas, los martillos pequeños, y las demás herramientas para su trabajo, Edward quiere preguntar, pero no lo hace ¿qué mierdas importa? se dice. Pero, importa.

—Solo lo sé.

Una chispa de furia se desprende de los ojos azules de Edward.

—Pensé que lo iba a dejar cuando descubrió que follaba con Jane.

La taza de donde Isabella toma el café resuena mientras choca con el pequeño plato que lo acompaña.

— ¿Lo sabías? —pregunta, con calma.

—Parece que tú también ¿te lo contó Esme?

Bella no le dirá que el mismo Carlisle presume de eso.

—Sí, lo dijo sin querer ¿no te importa?

No, no le importó, él nunca tuvo fe en Jane, eso fue todo.

—No.

— ¿Qué te importa?

Él se levanta, bebe todo el vaso de jugo de naranja y se acerca.

—Nada.

Solo me importas tú.

Jamás se lo diría. ¿Para qué? ella le mostraría su dedo del medio y le daría la espalda. Edward Masen prefiere destruirse antes de decirlo, antes de abrirle su corazón a ella.

— ¿Dónde aprendiste a tallar madera? —la pregunta llegó tres horas después, siendo formulada en los límites de la habitación conjunta a la de ella, donde Isabella había montado su pequeño taller.

Bella no levanta la mirada, sigue puliendo el esqueleto de lo que sería su próxima guitarra.

—Por ahí —fue su contestación.

Decirle que aprendió a tallar madera cuando estaba embarazada y que lo hizo porque era tan pobre que no tenía con que comprarle un pequeño juguetico a su bebé, no estaba en sus planes. Edward resopló ¿Por qué demonios tenía que preguntar? ¿Acaso importaba algo de su pasado? Sin embargo, al ver su maestría, le pareció fascinante saber en qué momento ella empezó con la madera.

—Quiero que te vistas —se acercó como un tigre, sin pedir permiso paso su mano por la superficie de la madera— vamos al estudio, hay ensayos.

Inmediatamente ella voltea su cabeza, la camisa blanca y los vaqueros que lleva se amoldan a su figura, una cadena de plata cuelga de sus caderas, las manillas, los accesorios y el delineador negro en sus ojos hielo le dicen que se ha vestido como la estrella del rock. Bella le da una mirada suplicante, no quiere salir de allí, quiere quedarse en aquella casa sepulcral y hacer su guitarra, esperar a que pasen los dos años y después huir. Edward tampoco quiere salir, la casa, con una mariposa alada es un útero caliente de deliciosa comida, le gusta. Su entidad de sobreviviente le hace creer que está en una maldita trampa, cerrar las puertas con llave, desnudarse, follarla todo el día y ser alimentado por ella es una puta trampa de la que debe escapar.

—La casa está sucia, tengo que limpiarla —es una respuesta como salvavidas.

—Me importa un bledo, ahora mismo llamo a Carlisle, siempre se encarga de la gente que me limpia la puta casa, de ahora en adelante no quiero que limpies nada, no eres una sirvienta, en una semana nos largamos de aquí, a la gira, la limpieza y la protección de la casa es cosa de otras personas.

Isabella parpadea, lo hace coqueta, frunce su boca delineada con lápiz labial carmesí, lleva su mano al cabello atado con el pañuelo del mismo color de sus labios, todo en un conjunto de una hermosa pin up girl vintage.

— ¿Tengo que ir? —su voz es suave y cantarina, Edward rechina los dientes, lo tiene entre su boca y sus sonidos.

— ¿Qué pretendes Isabella? ¿Librarte de mí? —la agarra del brazo— son meses y meses de concierto, eres mi jodida mujer, estamos recién casados y te compré para no tener que follar con cualquiera, no vas a quedarte aquí, no voy dejarte para que uno de tus amigos perdedores tomen lo que es mío.

Isabella se levanta y suelta su brazo.

— ¿Qué demonios te importa? si Jane se acostó con todos y a ti no te importó nada ¿Qué diferencia existe conmigo?

Edward resopla.

— ¡No eres Jane Douglas! ¡Eso es! Y vístete ahora, que los putos periodistas están hambrientos y es hora de joder sus cabezas.

— ¿Y si me niego?

Ella lo ve venir, acorralarla, encerrarla en su anatomía peligrosa, resoplar sobre su piel, extraña el beso asesino, sin embargo cierra su boca.

—Esta farsa termina, te quedas sin dinero, te vas con lo que llevas puesto y hago que Carlisle joda tu existencia.

Y si Carlisle hace eso, una niña de trenzas azabache será la víctima.

En su habitación, Edward pasea como un animal. No le gustó quedar en evidencia, ¿por qué no dejarla tirada en aquella casa y liberarse?, no deseaba una maldita correa atada a su cuello. Una esposa en una gira, oh si ya la había tenido, y era molesto tenerla allí mientras que miles de mujeres esperaban en las puertas de su camerino. Pero, ya no quería eso, estuvo bien cuando empezaba, ahora no desea zorras babeantes, no cuando lo que deseaba estaba allí: piel blanca y olor a pan recién horneado. ¡Ya está! Claro que no le importaría, la consumiría hasta que no quedara nada de ella, en unos meses estaría agotado de Isabella y la tiraría lejos, rogaba a los infiernos que así fuera.

Vestida de minifalda, con una delicada blusa blanca tejida a crochet y sin mangas, un colorido collar hecha por ella, cabello anudado con una mascada amarilla y sus botas vaqueras negras, Isabella era observada por todos los miembros de la famosa banda.

Edward la apretaba en su cintura.

—Mi chica —anunció secamente.

—Es una linda cosita, Edward ¡Mira que piernas! —Paul la devoró con la mirada, Isabella incomoda de manera instintiva se apretó contra el cuerpo de su esposo, así fue desde que salieron de la mansión y la fila de fotógrafos impidieron durante casi una hora que ellos saliera de la primera calle.

El líder de la banda The Carnival se adelanta hasta Paul, entiende que éste y su envidia van tras Isabella.

—Te acercas, Paul, te arranco las pelotas.

Seth, en un gesto máximo de cortesía, le da la mano.

—Seth, es un gusto tenerte en el equipo.

Bella levanta una ceja, reconoce un buen hipócrita cuando lo ve.

—Gracias, Seth.

Pero es Harry quien tímido y sonriente trata de aligerar la tensa atmosfera que existe entre Paul y Edward.

—Bienvenida linda, somos unos estúpidos gorilas, pero nuestras chicas son siempre parte de esta casa ¿no es así, Paul?

El aludido gruñe unas palabras en su boca, ríe en su interior, puta es puta y siempre caen, la mujer del Caníbal no será la excepción, y mucho más cuando éste se encuentre drogado y con su lengua enterrada en la vagina de otra mujer. Siempre ha tomado las sobras de Eddie y esta vez sería igual, busca demostrar desesperadamente que puede tener lo mismo que aquel idiota.

Carlisle mira desde una esquina, no tiene humor para nada, fracasó estrepitosamente en su intento por traer de regreso a Esme, su familia la acogió de vuelta y sabe que ese es un fortín donde no puede entrar, la familia de su mujer es poderosa y cualquier movimiento en falso sería fatal. Pero, se consuela sabiendo como es el temperamento de su mujer, aunque ama a su familia, tiene la necesidad de desafiarla siempre.

Los ensayos comienzan, los cuatro músicos escasamente se hablan, pero juntos es una bomba atómica, sentada en uno de los sillones del estudio escucha como tocan, pero ella solo ve a Edward, y es el niño de siempre, talentoso, rudo, conectado con la guitarra y la música que canta.

—Es todo un espectáculo ¿no es así Bellita? —el manager pone su mano sobre su hombro.

—En el contrato no existe una cláusula que diga que tenga que escucharte, Carlisle.

Ella trata de zafarse, pero la presión ejercida sobre su hombro no es amable, ni mucho menos amigable.

—Quédate quieta, Bella —sonríe a Edward quien ve la mano sobre su mujer—tenemos que llevarnos bien o serán dos infernales años. Trátame suavemente, nena.

En ese momento la canción que Edward canta da un giro a un grito desgarrado, Bella y él no dejan de mirarse, ella siente contraerse y él necesita llevarla atrás y seguir, y continuar con lo que el cansancio le impidió.

—Si tratarte suavemente es hacer lo que hizo Jane, Carlisle, no te molestes, no me interesa.

— ¿Qué? ¿Piensas que estará celoso?

Oh si, Carlisle sabe que si, mas su carta de juego es aquella donde Eddie niega la pasión por esa mujer.

—No —amarga contesta, Bella levanta sus ojos hacia el agente— no es por él, es por mí, no soy Jane.

Un chasqueo fue la respuesta.

—No, no eres, Jane —quita su mano del hombro—. El viernes sabré de qué carnadura estás hecha.

Cinco canciones después y un descanso, Edward la arrastra hasta el camerino del estudio.

— ¿Qué demonios hablabas con Carlisle?

—Nada.

— ¿Por qué te toca? ¡Maldita sea! —un golpe sobre la puerta, Bella no se inmuta.

—Él no me estaba tocando.

— ¿Quieres acostarte con él?

—Por supuesto que no ¿por quién me crees?

Un halo caliente los sacude, Edward da vueltas a su alrededor como un león que ve a su presa muy cerca.

— ¿Te gusta?

— ¡No!

Ella intenta salir de aquel lugar, pero la mano poderosa la detiene.

— ¿Quieres besarlo?

—Por supuesto que no, Edward.

— ¡Me importa un rábano que no me beses! ¡Pero no quiero que beses a otros, Bella Swan!

Es un niño loco, nunca ha sentido nada por nadie, a excepción de esa mujer, Jane fue una cosa pegada a su piel, pero jamás la sintió como su novia, ni menos como su esposa, nunca ha estado atado, enamorado o dependiente, es en ese camerino es un adolescente siendo desgarrado por la bestia de los celos.

— ¿A Paul?

— ¡No!

—Él también rompería tu estúpida guitarra.

—Lo sé, pero al menos no lo haría por hacerme daño, Eddie Caníbal.

— ¿Apenas lo conoces y ya sabes como es?

— ¡Basta! No me voy a acostar con nadie, ni a besar a nadie, eres un imbécil y yo… ¡soy tu esposa! —le da una cachetada que resuena entre los dos.

Ambos se observan como fieras a punto de atacar. Un paso hacia ella, quiere morderla. Isabella hace una mueca burlona y lo desafía.

— ¿A qué temes, Eddie? ¿Temes a que alguien sea mejor en lo que tú te crees el rey?

Un brazo toma su cintura y la acerca a su boca.

— ¿No lo soy, Bella? ¿O miente tu coño cuando se derrama en mi boca?

—Una puta hace lo que tiene que hacer.

—Maldita seas ¡tú no…!

Es levantada del piso, en un movimiento salvaje e impredecible, Isabella es colocada en la mesa del camerino, y mientras respira sus botas son tiradas a un lado y le sube la pequeña falda, solo un suspiro y las bragas de color rosa pálido de encaje son algodón en sus manos, él se coloca entre sus piernas y fricciona rudamente la entrepierna de Isabella.

—No qué.

— ¡Eres mi mujer!

—Ah.

—Lo eres, Bella Swan ¿lo eres?

Ve como él baja su bragueta ¿Cuándo va a parar?

—Lo soy —susurra en su oído.

—Eres tan hermosa, tan… —se entierra en ella, un grito ahogado sale de los dos— Solo mía, mi jodida mujer, la mujer de Edward Masen.

Bella está siempre dispuesta.

—El Caníbal —pasa su lengua por la barbilla rasurada, la muerde, y hala su cabello con fuerza.

— ¡Joder!

Gruñe, no le importa que lo escuchen mientras es envuelto entre las paredes calientes y sedosas de la pequeña vaina de quien él grita que le pertenece, jadea ante la sensación y está celoso hasta del puto aire. Tiembla como un niño asustado, pero el miedo actúan en él a la inversa, es un animal que ataca sin medir consecuencia. Ella tiembla también. Bella Swan mide su vida en cada respiración que hace a la par de Edward Masen.

Ambos tiemblan.

—Sí.

—Paul quiere contigo.

Da una embestida.

—Que se joda, Paul.

—Sí, es un idiota.

No saben porque pero hay una complicidad entre ambos, una risa pervertida que los aleja de todo, y son allí ayuntados dos niños terribles. Ella cae duro sobre él, Edward la sostiene en sus nalgas, están de pie, los espejos reflejan el momento.

— ¿Cuándo…¡Mierda! Vamos a detenernos?

Comienza a moverse dentro de ella.

—No sé, Dios, no lo sé, pero ahora no, Eddie. No, ahora no.

—No, mañana


—Sí.

—La otra semana.

—Sí, así, así… quizás nunca.

—Nunca.

«¿Una nueva historia de amor en Hollywood? Isabella Swan, una camarera de San Francisco ha conquistado al dios maldito del rock. Desde hoy, la señora Masen impone moda, una mescla vintage, a lo pin up girl, cabello recogido, labiales rojos y hermosa ropa con reminiscencias hippie de los años '70, y tatuajes que hacen juego con su muy hermoso marido… ¿tendrá ella el gusto por el metal y los piercing?»

Finalmente, la locura había comenzado, al día siguiente Edward la vuelve a arrastrar a los ensayos, pero esta vez ella iba preparada. De primera mano vio como el día anterior todos los miembros del equipo, que había ensayado hasta agotarse, se alimentaron de mala comida, whisky y mucho cigarrillo. Paul y Seth no eran tímidos en el consumo de cocaína, Harry, apenas uno o dos cigarrillos; Edward, para su sorpresa, estuvo sobrio, comió poco. Eso le pareció un triunfo personal que después de haber probado su cocina, él ya no deseaba nada más.

Cordero, ensalada dulce, papas en mayonesa, postre de vainilla, arroz verde, galletitas saladas, y una cantidad de coca cola de cereza. Si, le gustaba alimentar, era una mujer cariñosa, proveedora, un ser alado que arropaba a quien la acompañaba, era una madre. Todos celebraron su comida, hasta Paul refrenó su lengua y su deseo de irrespetarla tan solo por volver a comer un poco más del cordero en salsa que solo había probado en Arizona. Edward lo odió, su alma infantil sintió que, al ella ser tan esplendida con todos ellos, le quitaba la exclusiva que solo a él pertenecía.

—No tienes porque darle de comer a estos animales.

—Pero me gusta.

—A mí no, que consigan ellos su propia comida.

—Pareces un niño mimado que anda por el mundo gritando mío, mío, mío —lo dijo mientras servía el postre.

Un gesto hosco fue la respuesta, prendió un cigarrillo, se alejó de todos, agarró su guitarra y una partitura de una canción a medio componer. Ella lo siguió con algo de pastel, el sonido de la canción se escuchaba lento y desgarrado, Edward tarareaba en voz baja.

— ¿Quieres, Eddie?

Los ojos azules relampaguearon, ser vulnerable no era una opción, demostrar que amaba el azúcar, y la alquimia mágica en la comida de Bella Swan mucho menos.

—No.

La canción continuó, ella tomó un bocado del pastel y lo llevó a su boca.

—Me gusta la canción.

—Debe gustarte, la escribí yo.

Para ti.

—Sonaría hermosa si en vez de guitarra, estuviese acompañada de un piano, y que el sonido de la batería fuese lento contrastando con las notas graves del piano, y tu voz un poco más baja, que se escuche como un susurro.

—Esto es rock, no una balada de una cantante pop —levantó la ceja, con aquel gesto superior que solía darle a aquellos que trataran de meterse en sus composiciones, diciendo "el genio aquí soy yo"

—Lo siento.

El resto del día Isabella fue una sombra entre todos, comieron su comida, les dio todo aquello que hombres como eso les faltaba y sin embargo cuando todos estaban bajo el influjo de la música y con la perspectiva de la gira agotadora que los volvería a llevar hacia la cima del mundo, Bella no era nadie. Nadie, pero todo para aquel que tras la violenta música y locura de fama cantaba para ella.

Viernes.

Ninguno de los dos durmió esa noche, Bella agotada intentó descansar en la tarde, pero la casa de Edward fue invadida por agentes, diseñadores, luminotécnicos, sonidistas, la banda, de pronto aquel mundo de dos fue explotado e Isabella se escondió en su habitación con sus papeles, su madera, sus pequeños sueños, un escarpín y el cadáver de una vieja guitarra.

El mundo de su esposo era un universo en el que no cabía. Ese día, ni siquiera la cocina le perteneció.

En medio de la locura, Eddie se sintió extrañamente asfixiado y apagó su cigarro, la soledad en medio de la multitud era lo suyo y de pronto, ya no lo soportaba; buscó la mirada de su estrella fugaz y no la encontró, dedujo que se fue a su isla, a esconderse en su propio mundo. Encendió otro tabaco y encogió sus hombros, la soledad ya no le parece tan desgarradora, más bien, era su salvación porque lo alejaban de ella y de la tentación de cambiar una locura por otra.

A las cinco de la tarde, camiones, autos y un ejército de personas, iban en enorme caravana hacia el estadio donde The Carnival harían la apertura a la temporada de conciertos. Por un segundo Bella tuvo la esperanza que entre la logística y la locura ella hubiese sido olvidada, pero no, Carlisle, con una sonrisa hipócrita, la subió a la limusina.

—Se digna querida, la digna mujer de Eddie Caníbal.

Maquilladoras, y vestuaristas la sacaron de su ostracismo, sus ojos fueron ahumados, su boca delineada de rojo sangre, el cabello en capas fue ondulado un poco más y la ropa fue simple y contundente, jeans pitillos, tacones rojos muy altos, un top de color blanco y una chaquetilla de cuero negro, con flecos en las mangas y con el logo de la banda de "su hombre" en la espalda, por un momento quiso llorar, las mujeres murmuraban a su lado, la observaban entre la envidia y la sorpresa.

—Al menos, Jane era más expresiva —le escuchó decir a una de ellas.

Jane estaba allí, lo sabía pero, no cabía en su demencia atronadora de ser la esposa del líder de la banda de rock más grande del mundo y a pesar de la tortura que le significó someterse a las esteticista, la emoción se escapaba de ella en cada exhalación y se drenaba ante la perspectiva de ser una mujer sombra. Pospondría su vida, sus pequeñas alegrías, quizás hasta su madera sería sacrificada, pero estaba dispuesta, ella cumpliría con lo tratado y sería la mujer del Caníbal.

Cerró sus ojos y nombró a su hija, tomó el clavijero de la guitarra, el escarpín y se dijo: solo serán dos años Bella… dos años, después te irás a cualquier parte… te irás y no volverás.

Decidió que su enorme cuaderno de dibujo donde estaban sus deseos iría con ella al concierto, podría en medio del estruendo dibujar sin ser molestada. Allí, en el papel, estaba todo: la casa que deseaba, sus trabajos, las esculturas que deseaba, y las primeras canciones que ella en su vieja guitarra compuso. También, Jasper estaba allí, de carboncillo, con sus ojos brillantes y tristes, su amigo, que sigue apareciéndose en sus sueños. Sobre todo después que Eddie la drena a punta de gemidos, canciones y agonías y la hace sentirse culpable frente a la memoria de su amigo.

Lo único que ella no dibujaba era su hija, demasiado preciosa, demasiado secreta.

— ¡Isabella!

El llamado llegó desde el otro lado, era Carlisle, pendiente del pequeño drama caníbal-esposa, tomó uno de sus collares y se lo acomodó a la rápida y salió.

Bella detuvo sus pasos, frente a ella, la estrella del rock: pantalones de cuero, sin camisa, crucifijo en su pecho, con piercing e industriales, los ojos delineados de negro y toda la actitud de hombre salvaje.

— ¿Lista?

La mujer asintió, resignada.

Edward gruñó, frente a él, sin la emoción de ser parte de lo que todos consideraban un mito, estaba su bella mujer, sin el más mínimo interés. Quería ser adorado, admirado… por ella.

¿Por qué Isabella? ¿Cuál es el camino para llegar a ti? ¿Dónde reside tu misterio? ¿Dónde está el puto secreto que me ata a tu aliento?

—Al menos, finge, esto es mucho más que atender un bar, o escuchar a tu amigo Trevor balbucear cualquier mierda. No tengas esa mirada que odio en la gente. No me mires como una perdedora.

Me importa un bledo si la ofendo… ¡me importa un puto bledo!

Sin embargo estaba perdido entre sus piernas enfundadas en aquel pantalón, su boca roja y lo que se traslucía de su camiseta blanca. Carlisle, que lo esperaba, soltó una carcajada.

—Aún no tengo las cámaras encima, Eddie, te aseguro que frente a ellas seré tu mujer, todos tendrán el show que merecen.

Edward enreda su mano en la mano de ella y la arrastra hacia la enorme limosina, evitando que Carlisle entre en ella.

— ¡Tienes tu puto auto! Voy solo con ella.

La apertura de la gira The Carnival hizo que Los Angeles ardiera, grandes caravanas de autos taponeaban las enorme interestatal, gente venida de todo el país iban esa noche a verlos, Isabella vio desfilando ante sus ojos los chicos y las chicas que gritaban, tenían carteles y ponían la música de sus ídolos a todo volumen. Se había abierto una pista alterna para que los músicos pudiesen ir hacia el estadio sin contra tiempos; al saber que la caravana de autos, camiones, y limosinas eran los The Carnival, todos gritaban, la policía los escoltaba mientras que dos helicópteros sobre volaban las carreteras.

Hacia sol, un calor picante, la juventud, la rebeldía, el rock and roll convocando ese espíritu de ilicitud y libertad, y sin embargo el líder de la banda ni siquiera miraba la ventana.

No le importaba, estaba harto de ver lo mismo, ya no había emoción allí. Pero, estaba excitado, duro, ansioso, caníbal, ella estaba allí, y lo vería cantar.

Todo estaba listo, penetraron por las enormes puertas laterales del estadio, miles y miles de personas los esperaban, y las voces de cada uno se levantaban en un aullido cósmico. Tres grandes camerinos, uno para Paul, Seth y Harry, otro para Carlisle, y el último, el más grande para Edward, estos habían sido construidos dos pisos más abajo que el estadio, de esa manera los músicos ascendían a las grandes plateas donde todo el equipo de luces, instrumentos y luces habían sido montados.

La gente del equipo los aplaudió, un grupo de chicas a las que se les permitía entrar gritaron, muchas intentaron abrazar a los músicos, Paul y Seth sabía que con alguna o con todas esa noche habría acción, Harry indiferente siguió adelante, su esposa vendría más tarde y cuando terminaran el show, los dos irían a cenar a un exclusivo restaurante e irían a casa para mantener la tranquilidad de sus vidas.

Muchas de las mujeres intentaron ir tras Eddie pero éste solo con aquella mirada arrogante las apartó como si tuviesen lepra, tomando a su mujer de la cintura se perdió en el camerino.

—Te queda muy bien esa chaqueta con mi nombre en la espalda.

— ¡Esto es una locura! —ignoró su comentario.

Edward se voltea a ella furioso

— ¡Bueno! ¡Estas viva!

—Esto es nuevo para mí, Eddie.

— ¿Crees que no lo sé? No te preocupes, no es gran cosa.

—Lo es, miles de personas te esperan.

El hombre prende un cigarrillo, se mira y la mira en el espejo repleto de bombillas blancas.

—Esperan a un gorila que canta y que les folle sus oídos.

—Te aman, no eres un animal, representas algo para todos.

Hay vino, champaña, frutas, comida, y agua en el lugar que es sobrio y fresco.

— ¿Y, que represento cariño? —se le acerca lento y seductor, con su mueca torcida, su torso desnudo, y su cigarrillo colgando en su boca— ¿sexo?

Isabella no retrocede un paso, se agita ante la cercanía que dispone el ambiente a lo que siempre ambos crean: deseo de desgarrarse más que la ropa.

—Sí —se sonroja, y él ama que ella lo haga— pero también libertad, anarquía, eres un vampiro para todos, están locos por ti.

Pero tú no, me conoces, sabes que soy un puto fraude.

— ¡Ja! —se aleja de ella, se sienta en el enorme sofá con desgano y cínica indiferencia, estirando sus piernas, observándola parada frente a él, faltan una hora para comenzar y sigue esperando el beso— ¿sabes que esperan mariposa? Que yo muera, lo esperan ¡todos! Quieren ver cómo me deshago, como me masturbo, quieren ver como disparo y tiro mierda a todos, quieren ver como hago lo que nadie hace, me aman, pero todos desean que muera.

El corazón de Isabella palpita rápidamente.

— ¿Por qué crees eso?

— ¿No lo quieres tu?

Se levanta y la ataca.

—No deseo tu muerte —aún está de pie, un dejo del terror que sus palabras convocan y él tendrá una rara victoria.

— ¡No mientas! —la toma del brazo y la lleva hasta su pecho— ellos desean mi muerte porque son hipócritas, me aman porque soy la verdad de sus vidas, vienen aquí y lo disfrutan pero en realidad soy una plaga para ellos, temen mis verdades incomodas, y quieren que pague por ser su puto espejo, así como tú, así como Jane, ella deseaba mi muerte.

—Ella te amaba.

—No me amaba y lo sabes.

— ¿Sentiste algo por ella? —gritos se escuchaban desde afuera.

— ¿Tu qué crees, Mariposa? —la lengua de Eddie lame su barbilla— ¿crees que el hijo de Amanda puede amar a alguien?

Bella gime, está paralizada ante las palabras descarnadas de su esposo.

—Quizás, si dejaras de luchar contra ti mismo.

—No seas hipócrita, no me vengas con eso, al menos Jane entendió quien era, y quien yo era —Edward empequeñece sus hermosos ojos que atraviesan las intemperancias de su alma atormentada— no amaba a Jane, maldita sea, pero ella me entendía, me conocía, quizás —y quería lastimarla— ella merecía ser mi mujer, tú no, Bellapestosa Swan. Tú eres una oportunista, Jane estuvo conmigo desde el comienzo, sin saber que iba a triunfar.

Isabella contuvo una sonrisa sardónica, todos sabían que él iba a triunfar, Jane, también. Estaba escrito en su rostro, en su música, en su destino.

—Sin embargo, te casaste conmigo.

—Eso no te garantiza nada.

—No necesito tus garantías Edward, no espero nada de ti, ya te lo dije.

Se aleja arrogante, encorvando su cuerpo y tirando su cabeza hacia atrás.

—Cuando cante, cariño, estaré pensando en ella —Eddie quería llevarla al límite.

—Piensa en lo que quieras ¿crees que sueño con ser la musa del caníbal? Eso déjalo para las niñas que gritan —levanta su mano— no espero cortesía, te conozco.

—No te hagas la lista, nadie me conoce.

Camina hacia la puerta.

—Estaré afuera, necesito respirar, veré el concierto en las pantallas, no me necesitas, así que te dejo solo para que prepares tu gran espectáculo, cariño.

Bella sale y se pierde entre la gente, bastidores y gritos.

Edward solo transforma su indiferencia y arrogancia en un gesto de tristeza rabiosa, pega su frente a la puerta y golpea la puerta con ésta.

Maldita sea… maldita sea, Mariposa…

Una hora después las sirenas se escuchan, anunciando que el show central se acerca. Los músicos se aprestan a salir. Carlisle toca la puerta del camerino, Edward, enloquecido, se hunde entre las blancas líneas que pulcramente delinean la mesa del camerino.

No pensar, no soñar, no desear… todo está bien, todo es simplemente perfecto, soy un ganador, nada importa, tengo lo que quiero, tengo lo que quiero ¿qué me importa nada? ¿Qué demonios importa?

Se tira un poco de agua a la cara, bebe un vaso enorme de vino, toma a Brunette y la cuelga a su espalda, abre la puerta en un movimiento seco, no mira a su manager, estira su cuello y se encamina con los demás músicos hacia el escenario. Escucha a la gente llamarlo. Todos quieren verlo, escuchar como aúlla, como se burla, como canta, lo sabe, esperan su muerte que no da espera.

Hacia allá voy.

Y el concierto comenzó, y se escuchaba el clamor por Eddie Caníbal, y él llamo a su esposa, y cantó:

Siénteme llegar hasta ti,

Soy lo que tú quieras,

Ángel, demonio y caníbal…

Me alimento de ti, de tu necesidad de mí,

Eres mi instinto feroz,

Soy la hiedra de fuego que se aferra a tus entrañas,

Soy la vida… la muerte y el amor que no esperas…

Soy quien te vigila…

El veneno que deseas…

La pasión que aniquila…

Isabella escondida tras bastidores lo observaba, él era hermoso, chamánico y salvaje, todo el amor, la pasión, el deseo por este hombre estaba reflejado en cada uno de los gritos que se escuchaban por todo el escenario.

Fantasmas y sombras venidas desde el ayer susurran palabras de olvido y silencio…

Desesperado busco en habitaciones de miedo los mapas que me acerquen a tú vida…

Voy directo al cielo…

Corriendo a tu boca…

Entre perfumes y sueños…

Entre canciones y pianos…

Corro hacia ti… ¿Quién puede detenerme?

Te busco en cada orilla…

Te encuentro en cada libro, en los muros, en las calles, en los parques…

Voy directo al cielo…

Corriendo a tu boca…

Entre canciones y perfumes

Entre soledades y silencios…

Corro hacia ti….

Hacia las estrellas, voy hacia tu cuerpo… ¿Quién puede detenerme?

Tus ojos estrellas vigilantes iluminan mis caminos y penas…

Senderos de experiencia, laberintos y ciudades muertas me susurran al oído tu nombre… corro hacia ti…

El tiempo no ganará esta guerra…

Era insoportable verlo; alto, casi desnudo, con sus tatuajes y completamente ido.

Dibujaba. Levantaba su rostro hacia la pantalla y se quedaba extasiada ante su poder magnético. Después Carlisle con su voz suave de reptil le dijo que en una hora la rueda de prensa comenzaría. El show terminó, y a los cinco minutos Edward apareció en su camerino repleto de la adrenalina del concierto, ella allí frente a él, hermosa, indiferente.

¿Acaso no entendió que el puto concierto fue para ella?

Y la vio con su cuaderno de dibujos, y estaba el amigo muerto observándolo. Jasper, y los celos lo encendieron, ella lo amaba, amaba a su hermano, aquel que se fue sin pedir permiso, aquel que ató una soga a su cuello y no dijo adiós, ella lo amaba.

¿Tendría que quitarse la vida para que ella sintiese algo por él?

Y los celos animales que lo consumían la hicieron tomarla en aquel camerino, le gritó que lo mirara, era un grito ahogado de ayuda, de amor, de celos, se declaró loco, ambos dementes, e Isabella lo retaba, se burlaba, una penetración brutal, unas miradas que se cruzan en los espejos, un no te amo, y te amo tanto que no respiró, un sexo sin besos, con furia, un orgasmo potente, un olvido de todo lo que ambos eran.

Bella desnuda, sostenida de los bordes del tocador sintió el frío y la soledad cuando su esposo también desnudo se alejó de ella, se escuchaba aún el clamor de la gente que salía del concierto, la pantalla estaba aún prendida, la carpeta de dibujos tirada en el suelo, sudaba y su piel caliente sentía la fricción de su hombre mientras la embestía.

— ¡Edward! En cuarenta minutos la rueda de prensa —la voz de Carlisle se escuchó potente del otro lado de la puerta.

— ¡Ya lo sé! —contestó con rudeza.

Se acercó a su esposa, ella no despegaba su mirada del reflejo en el espejo, no se acostumbraría jamás a verlo así, tan bello y malvado, cerró los ojos por un momento y se dio la orden de no retener su imagen más de treinta segundos, lo olvidaría, lo haría y todos esos momentos en que Edward Masen se imponía ante ella, los borraría.

—Debo vestirme.

Él paso su mano por su cuerpo.

—Me gustas así, Mariposa, con tú precioso culo al aire —se inclina, la sosteniente de la cintura y la arrincona en su pecho, muerde el lóbulo de su oreja— no quemaré tu estúpido cuaderno de dibujo, si es lo que te preocupa.

—Quémalo si quieres, yo seguiré dibujando.

Los ojos de los dos chocaron, Edward la suelta y ella se aparta, la imagen de ambos desnudos, bajo la luz blanca del camerino lo hace ver fantasmales y etéreos.

—Voy a darme un baño —ella recoge su ropa con lentitud.

— ¡No! ¡Vístete! Quiero que todo el mundo sepa que te he follado, Bella Swan, quiero que todos lo sepan.

Los periodistas esperaban en la sala de la rueda de prensa. Carlisle conversa con varios periodista sobre el éxito del concierto, de como el nuevo trabajo de la banda será un éxito, aunque se escucha el rumor que éste no tiene el mismo valor que los dos primeros trabajos de la banda, se dice que Eddie ha perdido el toque y que se está repitiendo canción tras canción.

—Y sin embargo, encabeza las listas —contesta el manager con una risa socarrona.

Ha ganado, los escándalos fueron opacados por el matrimonio, Riley Biers ha retirado las demandas y de nuevo Eddie y los demás están en el ojo del huracán siendo los reyes de la música.

Uno a uno de los integrantes de la banda entra, Seth y Harry entran sin parafernalias, mientras que Paul hace su entrada cual estrella, sin embargo no es a quienes esperan. Los periodistas hacen preguntas, el álbum, la gira, la esposa súper modelo de Harry, las perspectivas del futuro con la música, como el buen rock ha sido desplazado por el pop, el rap y la música con demasiado contenido sexual. Segundos antes Isabella y Edward apostados en la entrada del salón se preparan, Eddie hace su entrada triunfal, Bella se queda rezagada en la puerta, los flashes de los fotógrafos se escuchan, es un sonido monótono y fastidioso, Eddie tiene puesta una camisa negra, el crucifijo cuelga de su cuello, sus botas pisan duro y su gesto es igual, aunque se dibuja una sonrisa torcida y autosuficiente.

— ¡Eddie Caníbal! Señores —Carlisle hace la entrada, Edward lo observa de reojo, el manager ha coordinado el orden de las preguntas, sin embargo todo se viene en avalancha, Edward contesta cínicamente, hasta que todo se convierte en un caos, con su mano aprieta el micrófono y le dice a Carlisle que calme a los monos. Pero el manager se hace el desentendido, está disfrutando como lo que ha planeado está saliendo a las mil maravillas, alarga su cabeza buscando la figura de Isabella, quien escondida entiende que en poco segundos será la carme de aquella banda de águilas carroñeras. Edward levanta la mano, todos se callan, acerca su hermosa boca al micrófono y con voz ronca y profunda dice.

—Si no se calman, chicos, mandaré todo a la mierda.

Todos sueltan la carcajada, Isabella no entiende cómo le permiten que él patee todo, es el mundo de la fama, es aquella admiración por esos seres que están hechos para ser mitos. Las preguntas comienzan en orden, el resto de la banda se rezaga, todos desean al líder, al final alguien pregunta:

— ¿Dónde está tu esposa Eddie? Queremos conocerla.

Bella cierra los ojos, se afianza en sus zapatos, lleva su mano hacia su pantalón y allí está, la pequeña borla de lana del escarpín de su hija.

Un relámpago cruza por los ojos de Edward.

—Mi chica, Bella Masen, ven acá, babe.

—No la intimiden, chicos, ella no es del circuito —Cullen hace su trabajo.

Ella da un paso, ve como él alarga su brazo, no sabe porque pero lo necesita, llevada por una fuerza que conoce bien Isabella enreda sus dedos en los de Edward, los flashes la ciegan por un momento, siente como él le susurra al oído.

—Todo va ir bien, yo te cuido Mariposa —ella le sonríe.

— ¡Vamos! —uno de los fotógrafos le grita— una foto junto a tu esposo.

Él la arrastra hacia debajo de la tarima, su brazo se desliza por su cintura y la une a la de él en un gesto posesivo, todos fascinados captan aquel movimiento, Carlisle en su cabeza cuenta los millones que aquel le traerá a su cuenta bancaria.

Cash

Cash

Cash

¡Muéstrame el dinero, imbécil!

— ¿Te gusto el concierto, Bella?

Isabella respira, es hora de sacar de sus garras, su fuerza, es hora de sobrevivir, sabe que Carlisle la observa.

—¿A ti no? —contesta con una sonrisa.

—Claro, fue uno de los mejores ¿Cuál es tu canción favorita de Eddie?

Bella gira su cabeza y se encuentra con los ojos azules de su esposo, él muerde su boca, respira con fuerza, exudan sexo, todos allí lo saben, además en el cuello de la mujer está de forma evidente el enorme chupetón que éste le hizo en su cuello.

— ¿Cuál es mi canción favorita, cariño?

A la mente de ambos viene Ángel.

—Ángel.

Edward quiere besarla, su boca lo llama malditamente mucho.

— ¿Es un ángel, Bella? —la pregunta es hecha por una mujer desde atrás.

— ¡Oh, no! ¿Quién quiere un ángel cuando tienes a Eddie Caníbal como esposo?

Todas las mujeres suspiran, Carlisle piensa en lo buena que es ella con los periodistas.

—Todos quieren saber cómo se conocieron, debe ser una gran historia ¿quieres contarla?

— ¿Quieres, nena? —Edward pega su nariz a su cabello, no es necesario, pero lo necesita, en este instante otro millón de clics resuenan.

—Solo nos encontramos, yo trabajaba en un bar, en San Francisco, él pidió una cerveza y… —Bella levanta una ceja maliciosa, todos entienden el gesto, Edward tira su cabeza hacia atrás, recordando cómo después de aquella noche su locura se hizo peor.

— ¿Fue bueno?

—Fue jodidamente extraordinario —Edward contestó— al día siguiente supe que no podría dejarla.

— ¿La harás tu musa?

—Ella ya lo es —su posesión en ella se hace dolorosa, Bella ahoga un gemido de dolor al sentir como él entierra sus dedos en su carne.

— ¿Y Jane? ¿Ya la olvidaste, Caníbal?

Su boca se hace recta, las aletas de su nariz de dilatan un poco, pero no lo suficiente para que todos vean su rabia y se desprecio por su primera mujer, sin embargo Isabella lo entiende, alarga su cuerpo que se ha dejado poseer por él, lo abraza en su cintura también.

—Jane está muerta, amigo, no es de buen gusto hablar de los muertos ¿tu mamá no te lo enseñó?

— ¿Y tú, Bella? —el periodista desatiende las palabras de Edward— ¿puedes competir con la chica que nos dio canciones como «Muévete Suavemente»?

—No estoy para competir, estoy para ser la esposa de Eddie.

—Deberían felicitarme, chicos. Mejor que ella ¡Imposible!

—Además, yo puedo inspirar mejores canciones ¿no es así?

Todas son tuyas Féilea.

Las preguntas se hacen personales, Bella contesta con seguridad sexy, existe ese dejo pandillero de mujer de caminos y desarraigo que la hacen tan parecida al hombre que la abraza, ella con simpleza y en una actitud cómplice, contesta que ama cocinar, y que Eddie adora su comida, que irá con él a sus giras.

Bella se apodera de todos siendo lo que siempre ha sido, una chica empática, divertida y risueña. Edward palpita, por primera vez en su vida no siente que en medio de la baraúnda de tontos que lo rodean, no está solo.

— ¿Cuándo tendremos bebes?

La pregunta saca a Bella de su zona de seguridad, por un segundo los tacones ceden, ella bizquea un poco, unos minutos antes alguien le ofreció a su hombre una lata de cerveza, ella toma un poco y parpadea.

—Estamos recién casados, estamos divirtiéndonos.

— ¿Pero, habrá hijos? ¿Eddie quieres hijos?

Resopla, araña su piel con su mirada ¿hijos? ¡Jamás!

—Algún día, por ahora, solo quiero follar con ella todo el día —enfrenta a todos con gesto malvado.

¡Ja! Idiotas ¡agarren esa!

Los periodistas bufan, las mujeres se sonrojan y piensan como pondrán eso en las páginas de las revistas, los hombres lo envidian, Edward Masen es la metáfora del sueño adolescente, dice y hace lo que quiere y está fuera de la ley.

— ¡Hemos terminado! —Carlisle habla desde los micrófonos— es la medianoche chicos, estamos agotados, la gira comienza, todo con respecto a ella está en la página web de la banda.

Pero las preguntas no terminan, las fotos son interminables e Isabella siente que va a estallar. Los guardaespaldas rodean a la banda, Edward da un paso y la arrastra, quiere largarse de allí, año tras año, el circo se le hace más agobiante.

— ¡Un beso, chicos! ¡Un beso para todos!

El recorrido es interrumpido, una chispa estalla en el pecho de Edward, voltea hacia los buitres, sonríe, y dirige su mirada hacia su mujer, Bella le dice ¡No! Edward lo necesita, su boca, no la ha tenido, la quiere, es un regalo, un puto y jodido regalo. Se acerca.

—No puedes negarte —susurra.

Ella rechina sus dientes, no puede evitarlo, la fuerza la jalona hacia su boca, siente la expectación de aquellos testigos, miles de ojos y cámaras encima de ella. Edward se acerca, sonríe ¡Maldito seas! Lo ve relamerse, no puede negarlo, ella es huérfana también. Se besan, un gemido mínimo estalla entre los dos, las puntas de la lengua chocan, y se entrelazan, los brazos de Edward la aprisionan, boca de dulce, paladar de miel, cierran los ojos y todo desaparece, están solos en un desierto y solo se escuchan el resonar de la saliva, el palpitar del corazón. Muerde su labio inferior, lo chupa y lo jalona, se aleja un poco, y el oxigeno se va, hace frio y regresa a ella, posesivo, su lengua golpea duramente y rastrilla el interior de su boca, Bella se cuelga de su cuello, ella hace lo suyo, también lo posee, lo golpea, y lo muerde, el beso es eterno, y los hace agonizar. Bella abre los ojos, sus labios hinchados saben a dulce y a cerveza, se aleja de él, Edward vuelve al mundo y odia que ella se aleje, gruñe en su mejilla.

—Esto es todo, nena.

Se enfrenta a los periodistas que han tomado miles de fotos de aquel beso que gemía y que era la prueba de que el Caníbal había sido atrapado. Se carcajea, pero por dentro grita como un lobo solitario y herido.

La toma de los hombros, la gira y muestra el logo de la banda que está impreso en la chaquetilla.

—Damas y caballeros —una mueca torcida y la expone frente a todos—. La mujer del Caníbal.

Y camina con ella, mientras todos aplauden y aunque no quiere reconocerlo, se siente un poquito menos huérfano.


Editado por XBronte.

Muchas gracias chicas por la espera, capítulo largo. Gracias a las lectoras silenciosas, a las que comentan, a las fantasmas y sombras que rodean esta historia, gracias, sobre todo a mi editora que hace que esto brille.