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Prisioneros de la Mafia
Por Ladygon
Capítulo 34: Pecados de la familia.
Castiel despertó con un dolor de cabeza de esos de mil agujas en la sien, como cuando tomaba sake a destajo por culpa de Balthy. Sintió las manos duras como si las tuviera de piedra. Fijó más la vista; se dio cuenta que estaba atado de manos con una cadena por encima de su cabeza. Recordó algo que le estrujó el corazón y miró hacia todos lados. Ahí lo vio, atado también de manos contra la pared del frente, en un costado, también con grilletes: estaba desmayado.
—¡Dean! —llamó— ¡Dean! Despierta.
El chico comenzó a moverse y eso tranquilizó un poco al ángel.
—Dean, ¿estás bien?
Poco a poco despertó, abrió los ojos y miró a Castiel un tanto confundido.
—¿Pero qué…?
Miró la celda en donde estaban. Eran una habitación, con puertas de fierro gruesas y las paredes sólidas, húmedas donde caía agua. Quizás en su época de esplendor, este edificio, fue un manicomio.
—Estamos atrapados. Tranquilízate y no dejes que te intimiden, no importa lo que pase —fue el consejo de Castiel.
Escucharon ruidos de manojos de llaves y guardaron silencio. La puerta se abrió y unos espeluznantes, como también, fascinantes ojos amarillos inundaron el lugar.
—Azazel… —dijo Castiel.
—Que tal Cassie, digo, Castiel —saludó el demonio.
—¿Meg? —preguntó Dean.
Detrás de Azazel venía la chica que alguna vez fue amiga de ellos. Venía con una hermosa sonrisa diabólica en sus labios.
—Hola Dean, Cas —saludó Meg.
Dean también reconoció al jefe de los demonios, ese de aquellos ojos amarillos, que lo secuestró la vez pasada ¿Y ahora qué quería? ¿Y la odiosa de Meg?, ya le caía mal esa chica y no sabía muy bien la razón, aunque ahora tenía la impresión de que sabría, exactamente, la razón de eso.
—¿Qué quieres? —preguntó Castiel.
—Wow, directo al grano y sin anestesia —dijo sorprendido Azazel—. Quiero muchas cosas, en especial, hacerte sufrir por todas las humillaciones que me hiciste pasar.
Castiel frunció el ceño a modo de extrañeza.
—Yo no te he hecho nada. Ni siquiera te conozco —respondió.
—¿Qué no me conoces? Soy el jefe de los demonios, pequeño angelito, ¿qué crees que pasa cuando no me dejan divertirme?
—Eso es porque salen de su territorio. Si se mantienen en él no habría…
—¿Crees que estamos obligados a seguir reglas? Uuuuuuh, eres un bebé después de todo, un verdadero Bebé Ángel.
—… y tú eres un maldito hijo de perra con complejo de secuestrador —le respondió Dean, enojado con todos el asunto.
—Eres un niño muy mal hablado, pero eso te lo quitaremos pronto —amenazó muy ameno Azazel.
—Si quieres que firme el contrato del Casino Building Company, te contaré que es demasiado tarde. En este momento, mis hermanos debieron cerrar las negociaciones —explicó Castiel.
—¡Ah! Lo del Casino, sí, tengo muchos inversionistas desilusionados con eso, pero ya cambiará. Tus hermanos "conversaron" —enfatizó esa palabra, haciendo las comillas con sus dedos—, con mis socios…
A esta altura, Castiel tenía un mal sabor de boca, como si la bilis de su estómago subió producto de esas comillas.
—… Rowena y su hijo Crowley —continuó Azazel—, son unos demonios muy fieles…
Castiel sintió un mareo fugaz, sus hermanos estaban en peligro de muerte.
—… Ellos ya se encargaron del asunto. Como ves, solo falta tu firma, la cual sacaré ahora mismo junto con otras más.
—¿Qué les hiciste a mis hermanos? —preguntó Castiel asustado, ignorando el asunto de las firmas.
—¿Yo? Si te refieres a Uri y Rafa, nada. Ellos están muy interesados en sacarte de al medio y para que sepas ayudaron muy gentilmente.
Castiel sintió que se abría el suelo y caía sin control hacia el infierno.
—¡Malditos! —chilló Dean.
El chico trató de zafarse de las caderas, pero no pudo.
—Calma, calma —dijo Meg—. Deberían preocuparse por ustedes en vez de los otros.
—¡Cállate demonio traicionera! —gritó Dean.
Meg sonrió con malignidad.
—Primero que nada, yo no soy traicionera, porque nunca fui amiga de ustedes. Yo soy una demonio. Aclarado eso, también tengo interés en Castiel, ¿me dejarás jugar con él? ¿Verdad? —pregunta a Azazel.
—Después, no seas impaciente —le responde Azazel—. Ahora, me firmarás este poder para ceder tu puesto —ordenó a Castiel con un papel en mano.
Castiel miró el papel para leer lo que le estaban presentando y alcanzó a ver algunas letras que le dieron mucha pena.
—No puedo creerlo —dice con desazón.
—¿Qué cosa Cas? No firmes nada —le dice Dean.
Azazel miró al chico y le sonrió.
—Firmará pequeño, por el bien tuyo y el de sus hermanos, firmará.
—Sus hermanos vendrán a rescatarnos. Son muchos, no puedes contra ellos.
Castiel levantó la vista angustiado.
—Dejen ir a Dean, él no tiene nada qué ver con esto —pide Castiel.
—Claro que no, él es la razón por la cual actuamos. Te hiciste de un punto débil, aunque tenías varios rondando a tu alrededor, necesitábamos uno personal y aquí está —dice el demonio señalando al chico—. No te culpo, este hermoso chiquillo está para comérselo con…
—¡Oye! —se quejó Dean.
El demonio sonrió y sus ojos amarillos brillaron. Sin previo aviso golpeó a Castiel en el rostro, partiéndole el labio.
—Eso te pasará a ti chico si sigues interrumpiendo —señaló Azazel, acariciando los nudillos de su mano.
Dean tragó saliva, frustrado, con la ira a flor de piel. Golpearon a Castiel por su culpa.
—Déjalo ir —dijo Castiel arrastrando las palabras con un hilo de sangre corriendo por las comisuras de su boca.
—Firma y veremos —propuso Azazel.
—Firmaré todo lo que quieras cuando Dean esté a salvo —dijo Castiel.
Azazel movió la cabeza en forma negativa.
—¿Crees que tienes algún control aquí? Pues te diré esto: Firmarás para que no lastimemos al chico. Comenzaremos a golpearlo, primero, luego lo violaremos y haremos otras cosas hasta que tú te dignes a firmar.
Dean se puso nervioso frente a la frialdad del sujeto.
—De todas formas lo lastimarán. Ya te dije que él no tiene nada qué ver.
—No lo creas, el chico nos debe.
—¡Qué!, yo no les debo nada, ¡mentiroso! —chilló Dean.
—Debo recordarte ciertos pagarés que todavía no pagas.
Le pasó unos papeles por la cara que reconocía muy bien. Era lo que quedaba de las deudas de su familia, uno que otro pagaré por la casa quemada que nunca se terminó de pagar.
—¡Pero esos todavía no vencen! —dijo impresionado Dean—. Además son del banco, ¿por qué los tienes tú?
—Ese banco es de nosotros, los pagarés nuestros y es cierto que no vencen, tienen fecha de vencimiento en tres días, pero las políticas han cambiado y vencen hoy. Como no pagaste, corren los intereses desde mañana y los hemos aumentado en un doscientos por ciento.
Dean sufrió una especie de shock con la noticia. Se puso blanco como el papel, ya que estaba acostumbrado al cambio de reglas de los poderosos. Él tenía el dinero para pagar, lo había juntado e incluso pensaba terminar con la deuda entera en el próximo pago, así que ya no era el problema que siempre tuvo. Lo tenía presente, pero con todos los acontecimientos, sus deudas pasaron a segundo plano, porque tenía problemas más grande que eso, lo cual pensó, ya estaba listo. Era una tontera, por mucho que subiera esa deuda, estaba en condiciones de pagarla, solo querían más dineros los mafiosos hijo de chupasangre.
—Esa es una tamaña estafa —concluyó Dean cuando reaccionó.
—Bueno, eso pasa por hacer tratos con los demonios. En especial conmigo, pero tú no tienes la culpa. Tu madre sí.
—¡Qué!
—Tu madre, Mary. Una mujer muy hermosa, quien quería una vida idílica con una casita en un suburbio con reja blanca y césped verde y fresco, recién cortado. Su deseo profundo fue cumplido por mí —dijo Azazel con la mano en el corazón.
Castiel estaba asombrado con la revelación del demonio y sospechaba que había más, pero el chico estaba sufriendo con todo lo que le estaban diciendo.
—¿Tú le prestaste el dinero a su mamá? —preguntó Castiel.
—Por supuesto, de dónde crees que sacó esa casita. Lamentablemente, no cumplió con el trato, así que sufrió las consecuencias —dijo Azazel.
Dean abrió grande los ojos y su reacción fue como una explosión.
—¡Mataste a mi mamá! —gritó Dean.
—No, claro que no —respondió como explicando algo—. Es cierto que tuve algo que ver en eso, pero todo fue culpa de tu mamá. Si me hubiera entregado a mi hijo, no hubiéramos peleado y la casa no se hubiera incendiado.
—¡Maldito hijo de perra! ¡No sé de qué hablas, pero la mataste!
—¿Acaso no escuchaste? Lávate los oídos. Yo no la maté, fue un accidente.
—Mejor te explicas —aconsejó Castiel— ¿Y qué es eso de tu hijo? ¿De cuál hijo hablas?
—De Sam, por supuesto. Él es mi hijo.
—¡Qué! ¡Maldito mentiroso! ¡Mi mamá jamás estaría con un asqueroso como tú!
—Deja de insultar mocoso. Aquí la única mentirosa fue tu mamá. Primero pasó a mi hijo como hijo de su marido y luego me hizo creer que estaba muerto con eso del incendio. Imagínate cuando supe que tenías a tu hermano menor vivo. Aquí mi querida hija Meg encontró a su hermanito.
—¡Mentira! ¡No es cierto! —chilló Dean.
Azazel golpeó el rostro de Dean con un manotazo feroz. La mejilla le quedó roja por el impacto.
—¡Dean! —exclamó Castiel—. Déjalo ya —exigió al demonio—. No ves que lo que le estás contando es un shock para él.
—Pues deberá recuperarse rápido. No me gustan tantos insultos —dijo Azazel
Dean estaba demasiado alterado, incluso respiraba con dificultad. Eran demasiadas cosas para su pobre cabeza. No entendía ni la mitad de lo que dijo el demonio, pero intuía algo terrible. Si seguía así, no eran necesarios los golpes o las torturas para colapsar.
Castiel estaba preocupado en serio. No tenían a nadie para que los vinieran a rescatar. Aquellos que podían, estaban en control de Rafael y Uriel. Querían su firma en un poder para designar al jefe de Los Ángeles, eso solo podía ser obra de sus hermanos. Solo su sangre podría heredar su puesto y eso lo tenía muy mal. Pese a eso, no podía descontrolarse, por el bien de Dean, quien estaba peor con todo este asunto.
—¡Dean! ¡Mírame! —le pidió Castiel.
El chico no respondía del todo, pero escuchó el llamado de Castiel en las profundidades de su mente y dirigió su mirada hacia los ojos azules preocupados.
—No importa lo que pase, estamos juntos en esto —dijo Castiel a modo de tranquilizarlo.
Sin embargo, el maldito demonio no los quería tranquilos, los quería desesperado, así que lanzó su flecha letal diciendo:
—Eso es cierto, todos están juntos —dijo enfatizando las últimas palabras—. Sam también está aquí.
Y eso le llegó directo al corazón de Dean y le hizo perder la cabeza.
—¡Nooooo! ¡Sam! ¡Sam! ¡Dónde lo tienes maldito bastardo! —gritó a todo pulmón— ¡Te mataré, hijo de…!
Recibió un golpe certero en el estómago.
—¡Dean! —exclamó Castiel.
El golpe solo lo hizo toser y bajar la vista por unos instantes, pero luego la levantó para mirar al demonio con odio extremo.
—¿Dónde está Sam, Maldito? —preguntó Dean, arrastrando las palabras.
Otro golpe, esta vez en el rostro. Dean escupió sangre a un lado y volvió a levantar la vista con la misma mirada de odio anterior.
—Dije, ¿Dónde está?, Maldito hijo de perra —preguntó otra vez.
Otro golpe venía directo a su rostro cuando un grito lo detuvo.
—¡Ya basta! ¡Suficiente! —gritó Castiel—. Dame el papel. Lo firmaré —dijo con furia en sus ojos.
Azazel abrió grande los ojos de la sorpresa. Dejó al chico en paz y tomó el papel que tenía Meg. Meg, por su parte, liberó la mano derecha de Castiel. Castiel tomó el lápiz y firmó rápido.
—¡Wow! Eso fue fácil —dijo Azazel.
—Dile donde está Sam, por favor —pidió Castiel a modo de súplica.
Azazel iba a decir algo hiriente, pero Meg se le adelantó.
—Está bien, en un cuarto arriba de aquí —dijo la chica.
—Gracias Meg —respondió Castiel.
El demonio rodó los ojos.
—Átalo —recomienda Azazel.
Meg vuelve la mano derecha a la posición anterior para atarlo con los grilletes. Se le acerca, peligrosamente al ángel, casi rozando sus labios.
—¡Me lleva! —exclama Azazel con teatralidad—. Iré a dejar este documento. Disfruta tu momento —le dice a Meg—. No tendrás otra oportunidad tan buena.
—¡Claro! —dice Meg feliz.
Azazel deja la celda y Meg vuelve al lado de Castiel con toda la insinuación posible de una chica atractiva que quiere acción, es decir, sexo salvaje.
—¡Aléjate de él maldita! —le dijo Dean.
Meg y Castiel le dirigieron la mirada al chico. Castiel vio esos ojos tristes, eso le dolió demasiado.
—No debiste Cas, no debiste… —sonaba tan cansado el pobre chico.
Castiel por un momento pensó que se refería a Meg, pero en realidad era sobre la firma del poder.
—Lo siento Dean, no podía dejar que te lastimaran de esa forma —fue la respuesta del ángel.
—Si es un chico tan lindo —dijo Meg, acariciando el rostro de Castiel.
Es cierto, lindo y bueno no dejó que lo lastimaran. De alguna u otra forma, Castiel siempre lo protegía y deseó en el fondo de su corazón, poder protegerlo a él también, pero no podía en su situación, porque era débil. Los demonios harían con ellos lo que quisieran, tenían sus puntos débiles de cada uno, a su merced. Debilidades mortales, los llevarían a un infierno indescriptible.
Fin capítulo 34
Gracias por leer y seguir este fic. Necesito reviews para inspirarme, ahora sí, más que nunca T_T Tengo depre con el final de temporada.
