36. la iglesia de los suburbios
Cuatro personas cruzaron corriendo el domo soleado, ajenos a las peleas entre los shinigami y los Arrancar. Ichigo y Ulquiorra iban a la cabeza, corriendo hacia el punto en el que había desaparecido el reiatsu de Gainsborough. Inoue y Nell en su forma adulta les seguían un par de metros atrás. Atravesaron una gran puerta que los sacó del domo y recorrieron rápidamente los pasillos. Ichigo miró por encima del hombro.
-¿De verdad eres tú, Nell?
La mujer sacudió su larga y ondulada melena verde azulada y sonrió, sin dejar de correr.
-Sí, Ichigo, Orihime. Y muchísimas gracias por cuidar de mí mientras estaba en mi forma infantil. En agradecimiento lucharemos en vuestro bando en esta batalla.
-¿Cómo que tu forma infantil?- Ichigo redujo el ritmo para ponerse al nivel de la Arrancar, quedando Ulquiorra a la cabeza.
-Verás, antes era una Espada, la tercera concretamente. Una compañera me traicionó, me partió la máscara y mi cuerpo se deformó y debilitó al escapárseme el reiatsu por la grieta de la máscara.
-¿Y como es que has recuperado tu forma original, Nell-san?- preguntó Inoue.
La sonrisa de la antigua Espada se ensanchó más aún.
-Al recordar a Ulquiorra y todo lo que vivimos juntos, mi reiatsu creció y recuperé mi poder.
De repente Ulquiorra se detuvo delante de una puerta exageradamente grande.
-El salón del trono- murmuró.
Empujó la puerta, pero no cedió ni un milímetro.
-Está cerrada.
-Apártate- ordenó Ichigo, levantando su zanpakuto- ¡GETSUGA TENSHO!
La descomunal carga de reiatsu azul claro que salió del arma destrozó la puerta y parte de la pared. Los cuatro entraron corriendo. Pero no se esperaban la escena que se encontraron.
El Sexto Espada Grimmjow Jeaguerjaques estaba arrodillado en medio de un charco de sangre, sosteniendo en brazos el cuerpo de Kaede Gainsborough. Estaba muerta. Tenía una herida de espada justo arriba de las clavículas, donde Ulquiorra tenía su agujero de hollow.
-Grimmjow…- empezó Ulquiorra.
-Aizen- dijo el Sexto con voz ronca- , fue Aizen. Se la quitó de encima como un saco de basura.
El Espada tenía la vista fija en el rostro sin vida de la cetra; ella seguía teniendo los ojos abiertos. El Arrancar era un espejo de dos emociones: ira y dolor. Sus ojos parecían secos y no brillaban. Entonces dejó el cadáver en el suelo con delicadeza y parsimonia, como si fuera del más frágil cristal; le cerró los ojos con las puntas de los dedos. Se levantó y miró al shinigami sustituto a los ojos.
-Lucharé a vuestro lado, Kurosaki. Aizen pagará por esto.
El adolescente sólo se lo quedó mirando durante un minuto, para luego endurecer su expresión y asentir una vez con la cabeza.
Grimmjow cerró los ojos un momento, los volvió a abrir y miró en dirección al cuerpo en el suelo.
-No está todo perdido, Grimmjow- dijo Ichigo.
-Tch. Tú qué sabes, shinigami. Era todo lo que tenía.
-Inoue…
La chica pareció entender al instante lo que se le pedía.
-Ahora mismo, Kurosaki-kun.
Inoue avanzó hacia el cadáver y miró tímidamente al de pelo azul.
-Eh… ¿po-podrías apartarte… un poquito, por favor?
-Está muerta, aunque puedas curar heridas no podrás resucitar a los muertos.
Aún así, el Sexto se alejó un par de pasos.
-Vaya, así que estás viva, Nelliel- dijo Grimmjow sin ninguna sorpresa.
Estaba claro que Grimmjow no conocía de verdad los poderes de la humana.
Ella estiró los brazos delante suyo y apuntó al cuerpo con las palmas de las manos.
-Ayame, Shun'o- llamó a sus Shun Shun Rikka- , Soten Kisshun, yo lo rechazo.
Kaede miró el techo de aquel lugar. No estaba en Hueco Mundo. Aquel lugar no podía ser tan bello como el sitio en el que se encontraba. No llevaba su uniforme Arrancar ni su arma, tan sólo una camisa blanca de algodón y unos gastados vaqueros anchos y cómodos. Iba descalza. Los cálidos rayos del sol iluminaban un trozo de suelo lleno de flores, en su mayoría lirios blancos y amarillos. La joven giró sobre sus talones y siguió explorando. Se encontraba en una especie de iglesia abandonada, con varios bancos estropeados. Kaede olía en el aire la respiración de un viejo órgano que hacía años que nadie habría tocado. Como escuchar el eco de un fantasma caminar sobre el recuerdo de una canción.
Sí. Conocía ese lugar. Nunca había estado ahí, pero sabía de sobra qué era ese lugar. Era la iglesia de los suburbios de Midgar. El único lugar de toda la cuidad donde las flores crecían.
"Eso es porque es un lugar sagrado", recordó Kaede. Alguien había dicho esa frase alguna vez.
Se acercó al pequeño jardín de flores donde en otras condiciones habría un altar y se sentó en medio, sin estropear ninguna flor. Acarició el pétalo de un lirio con las yemas de los dedos, acercó el rostro y aspiró el dulce aroma. Aquello era demasiado real, vívido y bello para ser un sueño.
Escuchó un crujido de madera tras ella. Había alguien más ahí. Se puso en pie rápidamente y contempló a la persona que la observaba desde la puerta. Aerith sonrió.
-Hola, Kaede.
La joven no podía emitir sonido alguno. Aerith Gainsborough era tal y como fue representada en el videojuego: pelo color chocolate, tez pálida, rostro suave y dulce, vestido rosa… La mujer avanzó lentamente hacia la paralizada pelinegra, la joven que había heredado sus verdes y brillantes ojos. Se detuvo a un metro de su hija.
-Tú eres… tú eres… mi madre…-consiguió articular Kaede.
Aerith sonrió aún más y abrazó a la joven. Ella respondió al abrazo mientras lágrimas de emoción rodaban por sus mejillas. Era Aerith, su madre, la penúltima cetra.
-Vamos, vamos- dijo una jovial voz masculina- si lloras tanto te vas a deshidratar.
Kaede miró al frente, donde un hombre alto y musculoso aguardaba de pie. Pelo negro y de punta, ojos de un azul verdoso reluciente, sonrisa etérea, uniforme de SOLDADO. Zack Fair, su padre. El hombre sonrió y se acercó a Kaede para abrazarla también.
Cuando se separaron, se sentaron en círculo entre las flores.
-¿Qué es este lugar?
-Esto es la corriente vital, Kaede- contestó Aerith.
-¿Acaso estoy… muerta?
Zack suspiró.
-Así es. Has muerto.
-Vaya… no pensé que la muerte sería así.
-Pues no te acostumbres- dijo Zack- porque no vas a estar mucho tiempo aquí.
-¿Qué? ¿Pero por qué?
-Porque vas a volver a la vida, pequeña- explicó Aerith-. Tus aliados se están encargando de ello ahora mismo.
-Entonces…
-No nos queda mucho tiempo, Kaede. Eres la última cetra viva (técnicamente) y los cetra deben comunicarse con el planeta. Los humanos no son malos, pero el planeta no significa nada para ellos. No entienden que está vivo, que sufre, que hay que cuidarlo... las estrellas gimen, los vientos susurran hambrientos de anhelo, y las plantas marchitas lloran... nosotros lo sentimos, lo notamos, pero ellos son incapaces.
-Yo… no puedo hacer nada de eso.
-Claro que puedes. Si no despiertas ahora tus poderes de cetra, permanecerán apagados y de nada servirá que seas la última en nuestra especie. Además, tus hijos también serán cetras.
Kaede suspiró.
-Vamos, tienes que intentarlo. Sólo necesitas saber que está vivo y sentirte fusionada con él. El planeta te hablará, no te preocupes.
Kaede reflexionó sobre ello. "El planeta está vivo. Tiene vida propia. Tiene su alma, su espíritu… es una entidad pensante. Sólo yo puedo hablarle", pensó. Una luz iluminó sus pensamientos.
Cerró los ojos y, como si lo hubiera hecho durante toda la vida, juntó las manos e inclinó la cabeza. Sintió como si su conciencia se expandiera, como si el suelo y el aire y todo se hubieran convertido en una parte de su cuerpo. Sintió la corriente vital. Viajó a través de ella y llegó a un mundo hecho de arena con un gran palacio. Kaede se sentía volar en el viento, no veía nada de ese mundo, lo sentía… el viento colándose por las grietas de un gran domo medio derruido. Sintió las vibraciones de un sonido en las paredes. Un zumbido, una luz naranja. Un corazón que iba a volver a latir en poco tiempo.
Kaede abrió los ojos de golpe.
-Muy bien, cariño, lo has conseguido- sonrió Aerith.
-Estamos muy orgullosos de ti, Kaede- añadió Zack-. Has superado todas las dificultades por las que te han obligado a pasar en ese agujero llamado Hueco Mundo. Has demostrado ser valiente y buena persona.
-Hemos creado una hija extraordinaria, Zack.
-Lo sé.
Kaede se sonrojó un poco, pero comenzó a marearse.
-¿Qué…?
-No te preocupes, estás volviendo a la vida- dijo Zack.
-¿Por qué no fuisteis a la Sociedad de Almas cuando moristeis?
-Porque no hay shinigamis en la corriente vital- respondió Aerith.
-Pero yo tengo poderes de shinigami…
-No, Kaede. Desde aquí podemos velar por ti y… ahora puedes comunicarte con nosotros siempre que quieras… a través del planeta.
Ambas estaban llorando por la despedida. Zack las abrazó a las dos. Un abrazo de tres, un abrazo familiar. Su familia. Y no se separaron ni siquiera cuando Kaede desapareció de la corriente vital.
