DE HUMOR, HUMORES Y OTROS ESTADOS DE ÁNIMO
Shirayuki ha vuelto a los invernaderos. Es su refugio, su lugar privado cuando necesita esconderse de sí misma. Allí acude cuando la añoranza de Zen se le sale por la garganta, o cuando quisiera gritar por estar enterrada en papeles y burocracia en vez de curar y salvar vidas. Una vez que sus hijos —todos sus hijos— duermen, ella se deshace de sus ropajes principescos y se viste con más sencillez para poder sentir la tierra entre sus manos, aspirar ese olor terroso y húmedo, y prodigarles cuidados a las plantas tal como le enseñaron, hace tanto tiempo…; se ajusta una capa para protegerse del frío de la noche y recorre los pasillos del ala este —tan llenos de recuerdos, tan llenos de aquellos que ya no están— y encamina sus pasos casi sin pensar. Susurra un buenas noches a los guardias que se ponen firmes a su paso.
—Buenas noches, alteza —Ella entorna los ojos, jamás se acostumbrará a esto...
Hay luz en el invernadero número dos, probablemente uno de los aprendices, con alguna tarea de última hora. Ella, siempre deseosa de ser útil, se apresta a abrir la puerta, pero el saludo muere en su garganta, porque no es un aprendiz quien está allí, no. Es el rey. Izana.
Precisamente con quien menos querría encontrarse.
—Te estaba esperando —dice él, enderezando la espalda cuando la ve entrar, en esa postura altiva y orgullosa, tan suya, tan Wistalia...
—No lo hagas… —pide ella, interrumpiéndolo.
—Tengo que hacerlo… —responde él, esbozando una mueca que pretendía ser una sonrisa—. Al menos una última vez…
—No, por favor… —replica Shirayuki, casi rogándoselo. Ella cierra los ojos, como si así pudiera evitar lo que Izana está por decir. Pero él lo dirá igualmente...
—Shirayuki, cásate conmigo —Y es su voz, desprovista de ese tono imperativo de otras veces, la que hace que ella levante la cabeza con rapidez y busque sus ojos. Y entonces ve algo en ellos. Algo que antes no estaba ahí. Definitivamente no es dolor ni ira, como lo que veía cuando Haki y Zen marcharon… ¿Melancolía? No, tampoco es eso… Es más bien… ¿Cómo decirlo? Es más bien una especie de resignada tristeza, brillando en el fondo de sus ojos…
—No, Aniue —responde ella, como ha hecho en cada ocasión.
Pero esta vez, quizás por estar perdida en esas reflexiones, el 'no' tardó más tiempo en salir de su garganta.
Él no vuelve a pedírselo. Pero tantas veces ha dejado pasar el tiempo entre una 'propuesta' y otra, haciéndole creerse a salvo, que ella aún recela. Él nota su actitud defensiva, siempre manteniendo las distancias, como si no quisiera darle la oportunidad ni la ocasión para ser rechazado de nuevo.
Pero no, Izana no volverá a pedírselo.
Ha llegado a un acuerdo con lo que siente por ella, y trabaja duro para conciliar esos sentimientos con el hombre que siempre ha sido. Él pensaba que con la aceptación de tales emociones, volvería a ser el que era, pero no es el caso.
Las semanas pasan y transcurren entre esas rutinas tan familiares e Izana descubre que con esa aceptación, nace una necesidad, un deseo de verla a todas horas, más allá de sus desayunos y de sus paseos al atardecer. Y él la busca, con un pretexto o con otro, porque lo único que necesita es saberla cerca e inalcanzable.
Ya no se ríe ni se escandaliza por tales pensamientos. Sabe —ahora realmente sabe— que uno nunca vuelve a ser el que fue. Porque siempre estamos en constante cambio, en una metamorfosis incesante que nos hace hoy distintos de los que ayer fuimos. Todo, todo a nuestro alrededor nos cambia. Lo que hacemos, con quién hablamos, nuestras decisiones… Especialmente lo que sentimos y cómo lo sentimos… Y eso no es necesariamente malo, no, sino tan solo parte de la naturaleza humana.
No podemos volver atrás.
Y este nuevo Izana, que no se reconoce pero que aprende a conocerse, ama a Shirayuki.
Y la ha dejado ir.
Atrás quedaron las propuestas racionalizadas, la justificación de las ventajas políticas o las órdenes disfrazadas. Izana la deja ir porque jamás podrá tenerla. Así que, inevitablemente, Shirayuki acaba bajando la guardia.
Hoy, el pretexto es comentar cualquier tontería de la próxima reunión del Consejo Real. Izana recorre el pasillo pergeñando la excusa y entra en su gabinete sin anunciarse. Ella, intensamente ensimismada, no escucha la puerta ni advierte que ya no está sola en su despacho.
Izana se permite mirarla, la forma en que su ceño se frunce en concentración, cómo mueve la pluma mientras piensa, el ritmo pausado de su respiración y las pequeñas manchas de tinta entre sus dedos. Ella se muerde el labio inferior e Izana se descubre incapaz de apartar la mirada de sus labios.
—¡Aniue! —exclama ella cuando repara en su presencia—. ¿Llevas mucho tiempo ahí?
—Estás ocupada, por lo que veo —comenta él, evitando deliberadamente dar una respuesta a su pregunta.
—Oh, sí —afirma ella—, me estoy peleando con los presupuestos para la clínica del Valle de Aslagh.
—¿Y quién va ganando?
—Adivina… —responde ella, poniendo los ojos en blanco y dejando caer la pluma.
A Izana se le escapa una risa ahogada, y Shirayuki ríe a su vez. Él se la queda mirando, aún con las comisuras esbozando una sonrisa, recreándose en el timbre de plata de su risa. Debería reír más, piensa él, debería reír por siempre… Hasta que ella finalmente calla, los ojos aún destellando humor.
—Ánimo con eso —añade él, llenando ese silencio, en absoluto incómodo—, y que no se diga que una Wistalia pierde una batalla —Y esta vez es él el que ríe abiertamente.
Y es en ese instante, precisamente ese y no otro, cuando sucede algo extraordinario. Shirayuki siente un tirón hacia él, como si una cuerda dentro de su cuerpo hubiera sido pulsada con el sonido de su risa.
