Closer

If it pleases Him to have me kneel before him
I will kneel reverently
If it pleases Him to bind me
I will gladly offer my arms to Him
If it pleases Him to touch me
I will allow myself to be touched
If it pleases Him to teach me
I will learn all i can
If it pleases Him to discipline me
I will accept it without a sound
If it pleases Him to allow me to serve Him
I will serve Him with loyalty and devotion.


Closer 36: Coacción

"La coacción es, la fuerza o violencia física o psíquica que se ejerce sobre una persona para obligarla a decir o hacer algo contra su voluntad"

.

Es difícil expresar aquello que va a sentenciarte, para bien o para mal, todos aquellos deseos y anhelos que guardamos en nuestra mente, buenos o malos, son afirmaciones que acarrean consigo sentencias. Muchos seres humanos somos recelosos en expresar aquello, pues tenemos miedo a las consecuencias, somos cautos, damos lo que se nos pide, pero no exigimos lo que deseamos, sólo tomamos lo que se nos sirve, agradeciendo lo poco o disfrutando en silencio de los excesos.

Éste es el debate más grande de Isabella. Pero la dualidad de sus emociones ante la petición de su Señor, se centran en callarse porque teme, porque callarse le da tranquilidad, callarse es bueno para ella, pero esto tiene su contraparte, callarse es decepcionarlo, a él, a su Amo, a quien ha sido y es bueno con ella, por quien ella procuraba su mejor comportamiento; era pues callarse ir en contra de su misión con él.

Se recrea en el lamento de sus pensamientos precipitados, ahora que lo ve, mirando hacia el techo, sin presionarla aunque persistente con su silencio hacia su petición, por haberlo comparado. ¿Cuántas veces caería en aquello y seguiría arrepintiéndose? los hombres son distintos, los hombres no deben compararse, y definitivamente su Amo no era alguien de ser comprado

Su corazón es un motor desaforado amenazado por los dos miedos que tan arduamente martillean su cabeza, el de hablar contra el de decepcionarle, los dos poderosos.

Y es que en hablar existe también la pena de decepcionarlo, el pensamiento de que sus deseos no sean lo que él espera, sino lo contrario a lo que él quiere, eso abriría un abismo entre lo que ella quiere para él y lo que quiere para ella con él. Seria un duelo para su alma, si sus deseos, esos que son más poderosos que todos aquellos que él complace, no son tomados con buenas formas por su Señor, a pesar de que es él, que siempre la ha cuidado y respetado sus posturas, que ha velado por su bienestar, físico y emocional; pero también es él, capaz de con una orden suya, causar un cataclismo a sus tranquilos días.

Le halagaba la paciencia aparente que él estaba teniendo, era incapaz de mirarle pues se sentía avergonzada por su silencio, sintiendo que era poco merecedora de su presencia por ser tan incapaz de hablar para él. Tenía miedo de la explosión, de que esa aparente tranquilidad diera paso a una enfurecida faceta de ojos fríos y palabras gélidas. Lo quería así, cálido y paciente, dominante pero cauto y sin embargo sabía que todo el poder para mantenerlo de esa manera reposaba en sus manos, y lo estaba dejando ir.

Lo mira y permanece con los ojos fijos en él, la boca medio abierta pero, evidentemente, sin emitir ningún sonido. Su mente… su mente es otra cosa, la forma en que cada pequeña porción de su cerebro se mueve y procesa las palabras de su Amo, una y otra vez, y no se detiene; definitivamente a eso hay que agregarle el incesante martilleo de su corazón, un aleteo constante que, llegados a este punto, no sabe que emoción en su cuerpo les determina.

¿Miedo? – Piensa - ¿Realmente tiene miedo de sus palabras? O está disfrazando su verdadero sentimiento con ello.

Cierra los ojos y en silencio, gime arrepentida por todo lo que está haciendo que no la lleva a ninguna parte pero que no sabe cómo frenar. ¿Cómo puede comportarse así? Cuando los ojos de él, tan verdes… acuosos y sinceros, están escudriñándola en búsqueda de… ¿de qué?

Y sin embargo, continúa congelada. Se remueve de sobre su brazo, pues cree necesita apartarse de la intensidad de sus ojos que de vez en cuando la miran, del calor de su cuerpo, aunque alejarse de todo ello se sienta como un dolor físico latente y lacerante en su pecho. Pero cuando está a punto de darse la vuelta, el brazo de él se tensa y la mano que mantiene acariciando su piel la sujeta presionándola en su lugar.

- No quiero presionarte – dice Edward, ella parpadea con ojos y boca – No voy a colocarme sobre ti y exigirte que me digas lo que deseo saber, aunque puedo hacerlo – afirma lo obvio – sin embargo sólo quiero escucharlo si tú quieres decírmelo. Y si no quieres, entonces ven, quédate aquí y no digas nada, pero no te alejes – sentencia provocando que ella cierre abruptamente su boca sintiendo, como nunca antes había experimentado, un descenso y ascenso en su cuerpo.

Sus manos están frías y sudorosas. Solo es verlo a él, observarlo, su mirada de vuelta al techo, pensativo y siendo a la vez paciente. ¿Por qué? ¿Por qué él soporta de esa manera su silencio cuando ella misma lo nota insoportable? Hoy, éste mismo día y hace tan solo unas horas, había estado pensando tantas cosas que podrían significar una respuesta a su pregunta, cosas que están justo en la punta de su lengua pero que, a pesar de ello, es incapaz de pronunciar. Su silencio es ensordecedor, sus palabras son apresadas por un nudo en la garganta y un dolor en forma de golpeteo en su pecho. Todo lo que tiene que hacer es decirle lo que piensa, él lo comprenderá, porque él es su Amo y sabrá comprenderla, y entonces, si sabe todo esto siendo capaz de reconocerlo. ¿Por qué no puede expresarse a él?

- Tienes miedo – dijo él sin contemplarla. Interpretando el silencio que tan celosamente ella guardaba. La había observado de reojo, mientras ella se perdía en el mundo de sus pensamientos. Tan callada, tan alejada de él. Constantemente se había hecho con su cuerpo y sus deseos, pero pocas veces había conseguido poseer su mente, justo ahora se daba cuenta que eso no lo tenía, nunca lo había tenido. Viendo en sus ojos, en los parpadeos y en sus respiraciones alteradas, era fácil dilucidar el miedo tras su piel, vibrando tanto como su mismo corazón. ¿Miedo de que? ¿Miedo de él?

Su silencio no es desconcertante, pues en medio del supremo control que intenta ejercer sobre sí mismo y sobre la relación que llevan, una parte conservadora y ambigua desea las cosas que están fuera del plan, cosas que ya no pueden ignorarse, emociones, sentimientos, sensaciones que rezan a flor de piel ser descubiertas y vividas abiertamente, sin ocultarles o darles segundos nombres, ser libres y no reprimidas ante el pensamiento de un final que no va a llegar, no si no existe el deseo de su llegada. Pero el silencio de Isabella recula aquel pensamiento de la mente del Amo que anhela una respuesta.

Por eso afirmó en voz alta y firme que ella tenía miedo, ambos lo sabían, pero interpretaban de manera diferente las razones de tal emoción.

- El día de mañana, vas a estar conmigo – sentencia él moviéndose para ponerse de pie. Su mente trabajando rápidamente en planes que ya estaban hechos pero modificándolos. La necesidad de definir la situación de un mañana que es inminente se hace necesaria para el hombre que cree haber encontrado lo justo.

Isabella tiembla mientras lo ve sentarse en la cama, alejándose de ella, llevándose el calor corporal consigo.

- Señor – dice ella, llamándole. Las palabras sobre pasar el día con él se registraron en su cerebro mas no fue capaz de procesarlas, pues la urgencia de verle ponerse de pie, de verlo alejarse ante el pensamiento de deberse a su silencio, era más apremiante. – A… ¿Dónde va? – Pregunta entre temblores de su voz y su cuerpo – yo… voy a hablar – dice titubeante, incapaz de creer lo que ella misma afirma. Él gira sobre su hombro para observarla, ve su miedo y la preocupación distorsionando las finas facciones de su rostro, poniéndose de pie rodea la cama hasta inclinar su cabeza sobre ella, viéndola encogerse. Siempre tan pequeña, tan diminuta bajo él, el pensamiento le provocaba la extensión de escalofríos por el largor de su cuerpo. La observó directo a los ojos, atrapando su mirada en la de él para que así entendiera.

- No estoy molesto, si es lo que estás pensando – su voz, el tono dulce, letal y suave que ella conocía, acompañaba las palabras que llegaban como un susurro aliviador. – Necesitas pensar, yo un poco más. Iré por un vaso de agua, descansa, duerme. Mañana será un nuevo día – dijo, siendo imperativo en las sugerencias dichas. La protesta subió por la garganta de Isabella quien no dejaba de pensar que él estaba mintiendo, más las palabras murieron en su boca cuando en un destello de los ojos de su Amo salió la orden no dicha, su oportunidad para hablar había caducado. Sin una palabra más, lo vio salir.

Se giró contra la cama hundiendo la cabeza entre las almohadas, sintiéndose indigna de tocar el calor que el cuerpo de él había dejado impregnado sobre las sabanas y sobre su piel misma, sintiendo el vértigo del miedo conjugándose con adrenalina corriendo por sus venas, indigna del olor de él… masculino y fresco que embriaga sus sentidos y se encontraba en todas partes. Molesta por ello, sintiendo que él nunca volvía aunque apenas eran segundos los que pasaban, se colocó de pie enrollando su cuerpo desnudo en una fina sabana que apenas hacia algo contra el frio que soplaba arduamente. Masoquista es un término burdo si nos referimos a ciertas cosas, pero en este momento es el mejor termino para definir que salgas hacia una temperatura templada con apenas una sábana cubriéndote el cuerpo.

Sin embargo aquel frio no se compara con lo helada que estaba por dentro, más contemplar el confinamiento negro grisáceo del cielo despertó algo de reticencia al lugar y fascinación por la vista. Sus pensamientos se perdían con mayor nostalgia en aquel sitio, ante aquel paisaje de cruda naturaleza que empezaba apenas a sufrir los embistes del invierno. Se recostó a la pared junto a la puerta de cristal del balcón y ahí se quedó perdida, sumida en sus deseos… en él, en el futuro ¿con él?

En el letargo de sus pensamientos fue inclinándose hasta quedar sentada en las baldosas del suelo. Perdida como estaba, entre el cansancio físico y el agotamiento mental, extrañando su presencia y la intimidad compartida, sus ojos fueron cerrándose arrepentidos, rogando porque él volviera, y sus labios, ansiosos de moverse para pronunciar las palabras que él quería escuchar, ansiosos por sentir la piel de él sobre si, sonrieron cuando unos brazos fuertes sostuvieron su cuerpo.

- Si enfermas por estar aquí, entonces voy a castigarte – dijo rudamente Edward cuando, al volver con un vaso de agua para él y un poco de té para ella, no la había conseguido dentro de la habitación sino afuera en el balcón, estaba helada. Sosteniéndola en sus brazos la llevo dentro de la habitación calentándose con el artificial calor del sistema de la casa. Pero en los confines de la mente de Isabella no podía sostener la amenaza del castigo, sólo el calor de los brazos, la presencia y el olor de su Amo que, a pesar de ella misma, seguía ahí, sosteniéndola.

Una noche entera, sueños y pensamientos. Dándole pasó a un nuevo día.

En ésta cosa larga, a veces pausada y a veces veloz, arrebatada, inhóspita, entusiasta y un tanto apática en ocasiones, a ésta cosa que llamamos vida, le gustan los cambios. Los inesperados y sutiles cambios, también los bruscos cambios llenos de adrenalina.

Como la brusca llegada del invierno, que se da una noche para aparecer arremetiendo y arropando todo bajo su manto de escalofríos, dejando ese todo cubierto de un fino manto blanco para que los ojos humanos que permanecen cerrados durante la noche, se deslumbren por la mañana al contemplar aquel nuevo paisaje.

En ese paso entre la inconsciencia y la consciencia, queriendo mantener el sueño pero sabiendo que debes volver a la realidad, se encuentra Isabella, quien va removiéndose en la cama, desorientada empieza a abrir los ojos, dejando que la realidad de un nuevo día vaya colando poco a poco a través de cada uno de sus sentidos. Siendo una de las primeras y más fáciles sensaciones de captar en su cuerpo, el estar sola, la cama está vacía en todo el otro extremo, su extremo. Su mente guardaba fielmente el recuerdo de haber sido tomada en brazos por él para regresarla a la cama. Habitualmente despertaba y él ya no estaba ahí, sin embargo, si solía estar en cualquier otra parte de la habitación o el baño, y era más que obvio, ante la ausencia de sonidos, que él no se encontraba por ahí en ninguna parte.

Una vez que la realidad toma paso por completo en su cuerpo, la primera sensación es la urgencia de ir al baño, así que sin más retrasos se mueve rápidamente hacia ahí para desahogar las necesidades propias de su cuerpo, sin percatarse de nada a su alrededor, enjuagó su rostro y boca, despejando finalmente y por completo el paso del sueño y de la noche de sus facciones, para volver a la habitación y definir como empezar un nuevo día.

Pero nada más al salir el contraste de la ropa contra las sábanas blancas sobre la cama llamó su atención, frunciendo el ceño se acercó hacia donde se encontraban las prendas, suyas… Tomó cada diminuto trozo de tela y no fue sino hasta alzar el jersey color arena que reposaba pulcro sobre la sabana, que vio como caía de entre la tela un pequeño rollo ajustado con una cinta negra. Aquel detalle sí que le confundió, más dejo caer el jersey para tomar el trozo de papel y examinarlo un segundo, antes de abrirlo y apreciar su contenido.

"Es pues la imaginación el arma más poderosa de cualquier ser humano.
Es mi imaginación y tu cuerpo dos aliados poderosos para destruir.
Me gusta imaginarte, con lo que traes puesto y lo que hay debajo,
lo que yo conozco y otros desean,
vístete… como si cada prenda fuese una caricia a tu cuerpo,
con la consciencia de que se lo que llevas y lo que no,
vístete cada día de esa manera, sabiendo que es para mí.
Hoy, mañana y… cada día"

Sus manos temblorosas dejaron caer la nota al leerla, contemplándola entre las prendas como un bicho extraño, ¿Qué significaba aquello? Sin embargo no pudo evitar el calor ascendiendo por su cuerpo. ¿Por qué él escribía aquello? Una parte de su mente esperaba que ésta mañana él fuese hostil con ella debido a como había terminado la noche anterior, pero ahí estaba aquella nota, halagando, deseando, llenando de calor un día que empezaba como algo helado.

Teniendo en su mente que lo que mejor sabía hacer era obedecer, y lo mejor que podía hacer el día de hoy era precisamente obedecer y esperar que tenía él para ella, se encaminó de nuevo al baño para una ducha que arrasara de su cuerpo las dudas y los miedos, eso deseó, eso rezó y esperaba que fuese realidad.

Sin saber si fueron sus palabras o no, cada prenda que iba colocando sobre su cuerpo se convertía en una caricia a sus sentidos, desde aquellas palabras, su piel se había puesto sensible, estremeciéndose y erizándose con el roce de las medias, enviando un hormigueo por su cuerpo cuando había ajustado las ligas de aquella cosa que rodeaba su cintura y que no eran bragas, porque no habían, ni pequeñas ni grandes, sólo no habían. El sujetador era… un trozo de tela transparente, compuesto de encaje negro que finalizaba en dos cintas sobre sus pezones. Había adicionalmente lo que ella llama una bata de seda gris, no un vestido, era una autentica bata que llegaba hasta el borde de las ligas, y luego el Jersey, que cubría el descaro de ausencia de ropa. El atuendo precario lo remataban unas botas de tacón macizo, buenas para el invierno y que a su vez le realzaban.

Caminar es siempre el propósito de conseguir algo, y a veces caminas sabiendo que lo que está en tu meta, es todo lo que buscas. Al final del camino de Isabella ¿Qué está? Nadie sabe que va a encontrar al final del camino, a pesar de que quieras algo, siempre vas a obtener otra cosa. Sin embargo, al final de éste corto camino se encuentra su Amo, no es una corazonada o efectos de la intuición, ella sólo sabe que debe encontrarlo en un lugar, en ese lugar que habla de lo culto y preparado que es él, del orden y la disciplina que rigen su vida.

Al dar la vuelta hacia el salón de la biblioteca donde, su cuerpo y corazón, indican que él se encuentra, lo ve. Él está sentado jugando con una bola entre sus manos, una bola de goma que parece una pelota. Está concentrado mirando hacia donde ella aparece, tal vez avisado por el sonido de sus zapatos contra el suelo.

La mirada de Isabella viaja directamente al suelo cuando él la observa con tal severidad, sus mejillas se calientan al recordar las palabras que rezaba la nota y la intimidad de aquel gesto, aun no comprendía las razones que le habían movido para aquello, y eso, todo eso, le avergonzaba de alguna manera.

Si alzaba la mirada y contemplaba sus ojos, podía descubrir lo que estaba pasando por su mente, ella no lo hacía, no lo estaba mirando, pero lo sabía. Él estaba usando esa imaginación de la cual había hecho mención en su nota, desdoblando en su mente los pliegues de su cuerpo dispuestos debajo de aquel jersey que con delicadeza cubría su cuerpo. Él sabía todo lo que había debajo y sin embargo, aquella tela que llevaba encima jugaba un papel de seducción y erotismo por cubrir lo poco y a la vez cubrir tanto.

- Hoy es el primer día del último mes del año – anunció Edward con voz tranquila, dejando la pelota sobre el escritorio y poniéndose de pie para rodear la mesa y acercarse a donde ella se encontraba, de pie, paralizada. – Mi familia suele dar un paseo éste día… todos. – declaró colocándose tras ella con sus manos sobre sus hombros, sintiendo bajo si, la piel caliente a través de la tela, los hombros que no eran ni mucho hueso ni mucha carne, solo la consistencia adecuada, pero siempre pequeña bajo sus manos, la soltó. – Vamos a estar con ellos todo el día. ¿Te parece? – aquella pregunta le arrancaba una sonrisa a él, pues muy poco importaba si no le parecía, el plan ya estaba hecho, colocó ahora las manos a cada lado de su estrecha cintura, sintiendo bajo sus dedos y la tela del jersey los pliegues de la liga que rodeaba su cuerpo.

- Como usted desee Señor – esa respuesta, era la respuesta.

Se detuvo ésta vez frente a ella, era pequeña y suave en sus manos, más su espíritu era enorme y en eso, ella era más grande que él, y por eso, ella lo tenía atrapado. Hoy sería el día de demostrárselo, barrer sus miedos y aclarar sus respuestas.

- Entonces vamos – dijo colocándole dos dedos bajo la barbilla para alzar su rostro y ver sus ojos, expresivos y temerosos a través de las largas y espesas pestañas, un suave asentimiento vino por parte de ella y tras debatirse en besarla o no, ajustó sobre su delicada y pequeña muñeca la cinta que la ataría a su mano y le sonrió leve para con un empujoncito guiarla fuera.

El camino fue silencioso, el silencio parecía volverse un constante en la mente de Isabella, aunque su corazón gritaba, gritaba fuertemente, más ella le apresaba para que no ocurriera, para que sus sentimientos no fueran escuchados, para recibir… sólo recibir y aguantar hasta que él no quisiera más esto.

La capa brumosa y, a la vista cálida, lo cubría todo. Edward manejaba con cautela, perdido en sus pensamientos pero desviando de vez en cuando su atención hacia ella, que mantenía su vista en la ventana lateral, que retorcía las manos sobre su regazo, que hacia muecas parecidas a temblores con sus labios… como si quisiera y no quisiera hablar. Aquello era frustrante pero más que eso Edward pensaba que era tonto e innecesario, eso se lo enseñaría más tarde.

- ¿Dónde vamos? – pregunta ella después de un rato, incapaz de seguir en silencio y mantener aquel tropel de cosas que quería decir pero que de alguna manera se las arreglaba para mantener bajo raya.

- ¿Acaso importa? – respondió él, arrogante, mirándola mientras alzaba sus dos cejas, provocando en Isabella el arrepentimiento seguido por el sonrojo de la vergüenza y su mirada agachándose allí donde sus dedos se entrelazaban nerviosos. Sonrió para sus adentros ante la respuesta del cuerpo de ella.

- No, supongo que no, lo siento – dijo agachando más aun la cabeza, casi metiéndose dentro de su cuerpo como si fuese una débil tortuga.

- Sólo vamos al centro – dijo Edward después de un rato de gozar de aquella expresión arrepentida de Isabella. – Ya veras, no te impacientes – su tono no fue ni mordaz, ni sutil, simplemente llevaba un nivel normal. Ella asintió, más después de aquello fue incapaz de volver a decir algo.

El resto del camino, por ser conocido para ella, se hizo corto, pronto se vio alrededor del centro, de la plaza y los monumentos, absorbida por la cruda belleza del sol en el cielo que empezaba a generar suficiente calor para derretir el hielo que cubría todo, el suelo, los bancos, las ramas de los arboles desnudos.

Cuando finalmente él estaciono el auto, su postura fue rígida mientras esperaba ver aparecer por cualquier parte a algún miembro de su familia, más todo parecía medio desértico, dos o tres personas caminando por ahí… a diferencia de la habitual afluencia de personas por el lugar, debía ser el frío, pensó Isabella, pero aquello también significaba que su vestimenta precaria no la ayudaría mucho ahí afuera, podía enfermar y aquello se instaló como una angustia en su interior.

- Vamos a permanecer aquí un poco mientras ellos llegan ¿de acuerdo? – una vez más, aquella irrupción en modo de pregunta por parte de él, era meramente ridícula, pues si ella estaba de acuerdo o no, no era de importancia.

- Señor – dijo ella de nuevo, retorciendo sus manos, pensando que podría decirle que la forma en que iba vestida no era acorde para el clima de ahí afuera, giró su cabeza apenas un poco, hablarle mirando hacia otro lado era una falta de respeto.

- Hmm – dijo él, su tono lejano la hizo mirarlo por completo, él estaba recostado al asiento con la cabeza inclinada hacia atrás, el cuello expuesto y la expresión relajada completada por sus ojos cerrados. Su estómago se retorció en admiración y su corazón palpitó en reconocimiento.

- ¿No cree que afuera está haciendo mucho frío? – su tono casual, su mirada inocente, su pregunta débil.

- Así es – dijo él sin darle gran importancia, aunque controlaba bien la situación, sabía que la temperatura había descendido lo suficiente para empezar a helarlo todo, más eso había sido durante la noche, ahora la temperatura no estaba tan baja, aunque si hacia frío y ellos no permanecerían tanto tiempo expuestos a la intemperie para que ella tuviera algún problema con lo que había escogido para vestirla.

Ante su tono relajado, sin importancia, su corazón dio un vuelco, pero tampoco pudo decir nada más, de nuevo. Entonces dio un brinco cuando se oyeron tres golpes contra el vidrio del auto, los ojos de Edward se abrieron y ambos giraron hacia la ventana lateral de su asiento. Los nudillos blancos de Rosalie golpeaban la ventana, llamando con una sonrisa armoniosa, detrás de ella, cuatro personas, tres adultos y una niña, estaban sonriendo expectantes por ellos dos. Así, se colocaron en marcha.

A pesar de la forma extraña en que había comenzado el día, aquel tiempo fue renovador y rehabilitador.

Aquella mañana, Isabella empezó sintiéndose una vez más extraña en medio de un entorno familiar y entrañable, la familia Cullen y Edward, su Amo, en específico, se notaban unidos y cálidos, íntimos sería una mejor definición, lo veía en sus miradas, en la forma en que reían unos con otros.

- Todo lo que tienes que hacer es dejar ir tus miedos, y ver lo que está a la vista – le había susurrado él en algún momento de aquella mañana a su oído, tirando de ella a través de la cinta que mantenía su pulsera atada a los dedos de él.

Y aunque no vio nada, si cambio en algún punto su forma de ver aquello, al principio ella era un agente externo, caminando detrás de todos o a un lado de Edward, pero realmente alejada, viendo a Rose sostener a Chloe para que viera como el lago empezaba a fragmentarse en enormes trozos de hielo, Emmet haciendo muecas que deberían resultar graciosas para que Chloe riera para alguna foto, pues por momentos parecía reticente a ello, Carlisle abrazando a Esme y compartiendo al oído algún secreto personal, inclusive Edward la soltó para sostener a Chloe, estrechar a su hermana y a su mamá, reír con sus padres… y en su momento todo aquello le pareció lejano, fuera de ella, en ese momento desperdiciado pensó que ella no pertenecía a aquello, ella era pasajera y pertenecía a otro lado de la vida de él, pero ésta… ésta vida llena de cariño fraternal, calidez familiar, estaba fuera de su alcance, y por primera vez… sintió una punzada de envidia.

- ¿Tienes frío? – preguntó Edward acercándose hacia donde se encontraba ella, solitaria, observando hacia el cielo, las nubes que poco a poco iban arropando y dejando fuera de vista al sol. Isabella volteó sus ojos hacia él, indecisa de que responder, ¿frío? si, tenía frío, pero era algo que iba más allá de su piel, y como no podía responder eso, se limitó a encogerse de hombros. Inmediatamente Edward negó con la cabeza y se acercó hasta el punto en que pudo sujetar las manos de sus costados, estrechándola hacia él. - ¿Todo bien? – preguntó, teniendo una idea clara de que en ella nada estaba yendo bien, había estado observándola, midiendo las reacciones de su rostro y la expresión en sus ojos, Isabella huyó de la mirada y mantuvo su rostro hacia un lado, ignorando y molesta por como los sentimientos negativos que había estado acumulando empezaban a disminuir sólo porque él estaba ahí, tan cerca de nuevo.

Si pudieras ver la imagen desde un punto externo, como lo estaba haciendo toda la familia de Edward, verías lo que probablemente Isabella no desea ver. Edward inclina la nariz un poco hasta rozar la mejilla de ella, esa que queda a su alcance ya que su rostro se ha girado. Aunque está fría no es demasiado fría.

- Mírame – pide con la nariz aun pegada a su mejilla, reticente, Isabella lo hace, porque su tono es imperativo y ante eso no hay otra respuesta que la obediencia. Sus ojos la devastan con su intensidad.

- Estoy bien – responde a la pregunta inicial de él, esa que sigue haciendo con los ojos – Sólo tengo un poco de frío – siguió, Edward asintió, reconociendo la mentira en sus ojos, entonces se inclinó más para poder besarla y en un impulso… un claro impulso de esos que te llevan a cometer imperceptibles errores, Isabella alzó la mano y la colocó en la boca de él, y dentro de su estómago creció una mezcla entre nervios y ridícula risa mientras veía como los ojos de él pasaban, en un segundo, de la sorpresa a la fiera determinación. Estaba en problemas, pero no podía evitar la risa que empezaba a crecer por su pecho y salir en suaves sonidos por su boca, un sonido maravillo que a los ojos ajenos, ante tal situación, resultaba enternecedor.

- Espero que sepas lo que estás haciendo – murmuro Edward contra su mano, llenándola de su aliento cálido. El corazón de ella reconoció la amenaza, latiendo desaforado, pero algo en su espíritu motivado por aquel impulso, cambio en ese momento, él no la soltó, él no parecía molesto y si lo observaba bien, algo en sus ojos tenía un gesto travieso. Ella volvió a sonreírle como si todas sus angustias y preocupaciones hubiesen desaparecido, finalmente soltó delicada la mano que aún mantenía contra la boca de él y se alzó de puntas para besar su mejilla, tan cerca de sus labios.

- Lo siento Señor – su tono sonó cómplice y suelto, y aquello maravillo al Amo.

Sonriendo y lleno también de la súbita calidez que habían creado ambos, la giró estrechándola por la espalda, mirando hacia donde su familia les había dado intimidad concentrándose en el paseo que estaban llevando.

- Solía pensar que el sonido más maravilloso que salía de tus labios, eran tus suplicas – susurro él a su oído, con sus labios moviéndose contra aquella piel plegada – Pero definitivamente, el sonido de tu risa… está justo a la par de maravilloso – finalizó, debilitando las defensas de ella. La soltó y pasó a su lado enredando los dedos de su mano a los de ella, dejando la cinta suelta entre ambos, pero sosteniéndose de otra manera, y la llevó de nuevo con su familia.

A partir de ese momento las cosas fueron un poco diferentes, pues repentinamente, y sin ella misma analizar lo que estaba ocurriendo, no fue más un elemento externo, por el contrario, ella estaba riendo junto a las bromas de Emmet, sosteniendo a Chloe algunas veces, compartiendo secretos con Rosalie, riendo con Esme y Carlisle mientras sus manos se tocaban de manera familiar. Se hicieron fotos, fotos donde ella participaba, fotos que permanecerían impresas por siempre recordando que aquel día… y quien sabe después, ella había sido parte de esa familia.

- ¡Una… yo quiero una mami! – gritaba Chloe pidiendo una foto más, ya habían tomado bastantes. – Con Bella mami – seguía pidiendo, tironeando del abrigo de Rosalie.

- Está bien, está bien. ¿Bella? – Rosalie había tomado la costumbre de su hija por llamarla de aquella manera, y esa mañana donde había pasado horas conviviendo con ellos, más de las que había compartido en mucho tiempo, se había acostumbrado a ser llamada así, sin embargo Edward seguía un poco reticente a aquello.

- Por supuesto, ven aquí cariño – indicó a Chloe extendiendo sus brazos para que ésta fuese a subirse. La alzó, teniendo cuidado en no desajustar el abrigo, solo por momentos era consciente de lo desnuda que realmente estaba. Entonces ambas sonrieron hacia la cámara que sostenía Rosalie.

- Ahora tío Ed… ¡tío Ed! – llamó Chloe animosamente, aplaudiendo con sus pequeñas manos enguantadas. Edward no pudo contenerse de sonreír, como muchas veces lo había hecho esa mañana, se acercó hacia donde estaban ambas y estiró sus brazos para que Chloe fuese con él, pero la pequeña negó y alzo su manita. – Los tres – dijo… tanto con su voz como con sus dedos, éste por un momento pareció tener el gesto serio pero luego sonrió y se situó al lado de ambas, colocando una mano alrededor de la cintura de Isabella y la otra allí donde la mano de ella sostenía a Chloe por la espalda. La foto salió y cuando Isabella bajó a Chloe de su regazo para que ésta corriera libremente, siguiendo en su juego, se enderezó y se volvió hacia su Amo, los flashes se dispararon delante de la sonrisa juguetona de Rosalie que se erguía triunfal por tener fotos de todos, ahora de su hermano y la chica que le acompañaba.

- ¿Qué les parece si vamos a almorzar ya? – se acercó Carlisle para preguntar, sosteniendo la mano de Esme. Isabella sintió como Edward la soltaba y le vio caminar hacia Rosalie, susurrarle algo y luego volver hacia ella, asintiendo a las palabras de su padre, todos de acuerdo, la sostuvo y fueron a por el auto.

Se despidieron de los demás, poniéndose de acuerdo para el lugar en el que se iban a encontrar. De camino al estacionamiento, antes de llegar al auto, Edward se adelantó sorprendiéndola al abrir la puerta, frunció el ceño y paso por su lado sentándose en el que a su asiento corresponde. Vio como él se inclinaba en lugar de cerrar la puerta y pronto su asiento se estaba corriendo hacia atrás, pero él no dijo nada y cerró la puerta caminando hacia su lado, cuando él se subió, ella tampoco preguntó, sólo mantenía el ceño fruncido y la pregunta muda en su rostro.

- ¿Todo bien? – preguntó él una vez hubo encendido el auto, la miró de soslayo casi riendo por la expresión de incertidumbre en su rostro.

- Bien – sonrió ella, recordando que en realidad todo estaba muy bien en ese momento, en armonía en su interior, ésta vez, él se percató de la sinceridad en esa escueta palabra y sonrió complacido arrancando el auto.

El restaurante no quedaba demasiado lejos, Isabella sabía hacia donde se dirigían, sin embargo se extrañaba del camino que él estaba tomando, dando una vuelta innecesaria para llegar hacia donde se dirigían.

- Señor… - le llamó - ¿No vamos al mismo restaurante que sus padres indicaron? – preguntó ella, dudosa pero firme.

- Si, lo hacemos – respondió de inmediato.

- Pero… el camino… - dijo ella, entrecortándose en sus palabras por su falta de comprensión.

- Abre la guantera – indica él, cambiando su pregunta abruptamente, hizo lo que él le indicó incapaz de pensar en algo. Dentro de la guantera había como… las típicas cosas que un hombre guarda allí, una carpeta doblada, un llavero, ligas, una caja, alguna herramienta. Bueno, eso lo ponía a él en el rango de los hombres con cualquier cosa dentro de la guantera. – Saca la caja – dudó pero tomó enseguida la caja rectangular negra, sin ninguna imagen o indicación de su contenido, volvió a cerrar la guantera y esperó. – Ábrela – indica ahora, sin mirarla, sólo mantenía sus ojos al frente.

Una vez más obedeció, sacando la pestaña y destapando la cara superior de la caja, lo primero que ve es un rollo de papel similar al que estaba entre su ropa ésta mañana, sus dedos temblaron y lo miró para buscar algún indicio de que hacer en su expresión, sin embargo él no estaba observando, pues mantenía la vista fija enfrente, en su conducción. Volvió a mirar hacia sus manos, la caja y sacó aquel trozo de papel desenrollándolo. Se preparó…

"Eres una combinación importante…
una combinación que me gusta,
de mujer, sumisa, esclava,
esa combinación que ha conseguido llevarme al éxtasis,
frustrarme, subirme y bajarme del infierno.
Combinarte, usarte… es mi placer,
mezclarte… con mi familia, siendo lo que eres,
convirtiéndote en parte de mí, hace colmar mi vida,
llegar al punto máximo que el hombre desea alcanzar.
Voy a mezclarte,
voy a triturarte para que veas como, siendo parte de todo,
me complaces."

Aspiró aire profundamente con el deseo de hacer las preguntas que pugnaban su mente ante aquella nota, el golpeteo de su corazón a éste ritmo rayaba en la arritmia y sin embargo cuando se volvió y capturó su expresión cauta y tortuosamente concentrada, no articulo palabra.

- ¿No tienes nada que decir? – preguntó Edward después de unos segundos que considero eran suficientes para que asimilara la nota, aunque seguía divertido por la forma en que ella reaccionaba, como si sus palabras no fuesen reales. Ella intentó mirarlo pero apenas y podía apartar sus ojos de aquella nota entre sus dedos temblorosos.

¿Tenía algo que decir?, pensó ella, su menta apenas procesando sus palabras, mezclarla con su familia, no quería pensar en ello y sabia de cierta forma que en pensarlo, procesarlo y digerirlo, había una información sustancial que estaba dejando ir, pero en ese momento no se sentía con las fuerzas para hacerlo. Cobarde tal vez, pero prefería dejarlo pasar por ahora… o eso pensaba.

- Termina de ver el contenido de la caja – dijo él en tono imperativo. De inmediato volvió su atención a la caja que aun permanecía sobre su regazo. Entretenida, su atención se concentró en el brillo azul de lo que sea que estaba en el interior, sin embargo sus emociones no estaban acordes con su curiosidad maravillada, pues la sensación de algo no agradable palpitaba en su corazón y en sus sienes. Volcó el contenido de la caja sobre sus piernas y vio allí lo que llevaba, tragó, asintiendo a su cerebro por haber emitido las emociones correctas. Un dildo… transparente, grueso… que acababa en una base ancha cubierta en brillantes piedras azules. ¡Ah! ¿Por qué ahora? Lo miró, sin querer verlo porque su expresión le diría que tenía que hacer a continuación y ella en realidad no quería hacerlo, no sabiendo que irían con su familia.

Pero ella era incapaz de alzar en alto sus protestas, aunque él aun no hubiese dicho que debía a hacer, unos minutos pasaron en tenso silencio, minutos donde Isabella no sabía que hacer o hacia dónde mirar, minutos en los que él se divertía enviándole miradas de aprensión, acercándose cada vez más al restaurante.

- Tienes que elegir ahora que vas a hacer. Lo puedes usar ahora, antes de que lleguemos, o puedes usarlo después. ¿Qué deseas hacer? – pregunto él, llenando con su voz grave el silencio que les embargaba. Pero sus palabras no era más que una bofetada para ella, ¿Ahora? ¿Después?

- Lo que usted desee estará bien para mi Señor – respondió, intentando evadir el asunto.

- Exacto pequeña, y lo que yo deseo es que tu escojas. Ahora – declaró, ella tragó grueso sabiendo que decisión era la mejor, o la más fácil de adoptar para ella.

- Después – respondió, en un tono bajo pero perceptible para ambos.

- Eso pensé, cuando bajes del auto, tráelo contigo – dijo el sonriendo, después de un par de cruces llegaron. – Ten cuidado con tus decisiones pequeña, se valiente, no vas a decepcionarme con lo que escojas, ten eso siempre presente. Lo que tú quieres para ti, también es importante para mí. Valoro tus deseos – le dijo antes de salir del auto y caminar hacia el frente mientras esperaba por ella.

Entraron juntos al restaurante, pero sin sostenerse. Ubicando rápidamente la mesa donde se encontraba la familia en pleno recibiéndolos con sonrisas.

- ¡Por fin aparecen! ¿Algún problema? – preguntó Esme. Fue Edward, por supuesto, quien se dispuso a responder.

- Sólo una mala decisión en el camino madre, todo está bien. ¿Ya han ordenado? – preguntó, su comentario no pasó desapercibido para Isabella que mantenía sus ojos arriba, en todos y en específico en él.

- No, esperábamos por ustedes – ésta vez fue Carlisle quien respondió, ambos tomaron asiento uno junto al otro, en medio de Rosalie y Esme

Cuando estuvieron instalados Carlisle se encargó de pasar la libreta con el menú para que ambos escogieran, a un lado, el mesero se instaló esperando por el pedido. Isabella no tenía cabeza suficiente para pensar en algo que deseara comer, todos los platos se le antojaban como un poco más de lo mismo. Tomó un gran suspiro.

- Señor – murmuró encogiendo su rostro hacia el oído de él. Edward, escuchándola pero ignorándola respondió.

- ¿Has dicho algo? – al hacerlo en voz alta todas las miradas se giraron hacia ellos provocando la vergüenza en su rostro.

- Sólo… Sólo pedía que si… ¿pue-puedes ordenar por mí? – dijo con sus mejillas poniéndose un poco más rosa furioso.

- Podría recomendarte algunos Bella – sugiere Rosalie asomándose de junto su hermano.

- Gracias Rose, pero… ¿Puedes? – volvió sus ojos hacia Edward, quien la miraba sonriendo.

- Por supuesto pequeña – respondió él, ignorando totalmente la sugerencia de su hermana. Ella asintió contenta de liberarse de aquello e ignoró cualquier mirada que pudiese dirigirse hacia si mientras él ordenaba para ambos. Mostrándole su total apoyo ante lo difícil que le resultaba comunicarse con él en un entorno concurrido, sujetó su mano levantándola por sobre la mesa, jugando con sus dedos, queriendo que se sintiera cómoda y sus hombros se relajaran, aunque tal vez aquello no fuese a durar demasiado.

Isabella por su parte se mantenía llena de afecto profundo por él, por la forma en que sus dedos largos se movían entorno a su palma o buscaban sus dedos para enredarse y amortiguarse unos a otros, todos los demás charlaban entre si esperando la comida, ella emitía algunas exclamaciones afirmativas o sólo alguna expresión que la hiciera parecer atenta, pero toda su atención estaba en él.

Un rato después sus manos se soltaron para poder dedicarse a comer.

- Hmm… Quieres darme un poco de eso – señaló Edward al pollo en tiras bañado en salsa que tenía Isabella en su plato, a pesar de que su frase había sido una pregunta, a los oídos de la sumisa sonó como lo que en realidad eran, una afirmación en forma de orden. Asintió hacia él sin importarle, o más bien olvidando, donde se encontraba y concentrándose en hacer lo que él le pedía, pincho con un tenedor y lo llevó hacia él quien mirándola lo recibió y mastico.

- ¿Más? – preguntó ella con ese tono melódico que de vez en cuando, sintiéndose cómoda y mimosa a su lado, era capaz de emitir.

- Si – respondió él elevando la comisura de su boca, volvió a pinchar y a llevar otro trozo a su boca para verlo masticar y tragar. Ahora fue él quien tomo la acción pinchando un poco de carne que mantenía en su plato y llevándolo hacia ella.

- Come – dijo, perforando en sus ojos, como si fuese una noche cualquiera en que cenaran, en la salita de casa, mientras ella estaba de rodillas desnuda y sosteniendo su bandeja. Abrió la boca y recibió lo que él estaba ofreciendo, masticó y terminó sonriendo y agradeciendo. Compartieron un poco más y terminaron por comer todo lo que había en ambos platos.

Alrededor de la mesa, el resto de la familia no podía evitar echar una mirada hacia ellos, quienes parecían compartir una intimidad fuerte y estrecha, Rosalie sabía que ellos mantenían una relación especial, lo había visto en las pocas veces que había compartido con Bella, en la forma que ella se expresaba acerca de su hermano, y le gustaba, así como también le gustaba la forma en que su hermano, tan frío siempre, tan controlador sobre todos los aspectos de su vida, se comportaba con la chica. Todos los demás estaban igualmente complacidos, satisfechos ante el pensamiento de que ellos estaban perfectamente alineados uno con otro.

- ¿Postre, café? – anunció Carlisle una vez que los platos vacíos de todos fueron retirados de la mesa. Todos asintieron.

- Un café helado – dijo Isabella, sin evitar un poco de vergüenza cuando los ojos de todos se posaron sobre ella, pues rara vez hacia una petición en forma audible. Asintiendo, el chico que hacía las veces de mesero fue tomando los nuevos pedidos.

Edward la escaneó, mirando todo su entorno, lo que había y no traído con ella, sabía que debió haber traído el dildo, ella no se arriesgaría a desobedecerle. Sonrío, porque a pesar de que una parte suya quería enviarla sola a hacer lo que, justo ahora, debía hacer. Otra parte, que había ganado terreno suficiente para ser la que ordenaba, le impulsaba a ser él quien fuese con ella.

- ¿Has traído tu celular? – preguntó de forma casual hacia ella. Isabella lo miró, parpadeó y respondió.

- No, no le he traído, lo he dejado en el auto – dijo frunciendo el ceño, ni siquiera se acordaba de la existencia de su celular en éste momento. No lo había tomado desde que habían salido de casa y lo había dejado en un compartimiento de la puerta.

- Ve a buscarlo, recuerda que estas esperando una llamada – dijo inclinándose hacia ella, sonriendo por su mentira, conspirando por su verdad. Acercó sus labios a su oído – Ve al auto y siéntate en tu asiento, espérame ahí – indicó, haciendo una pausa para tocar con sus labios su piel y luego retirarse. Aturdida y sorprendida por su orden, Isabella lo observó, todo en su rostro indicaba que las palabras que ella había escuchado eran correctas, su entrecejo permaneció arrugado pero se puso de pie para ir a cumplir la orden dada.

- Permiso – dijo antes de retirarse por completo de la mesa, caminó hacia afuera, el estacionamiento donde se encuentra el auto. La temperatura exterior la golpeó, haciéndole sentir el frío que había empezado a templarse, y que era tan diferente al cálido interior, ubicó el auto justo donde sabía que estaba y caminó hacia allí. ¿Para qué quería él su celular? Se preguntó, su mente ni siquiera se atrevía a formular segundas intenciones que podría haber tenido su Amo.

Cuando ya estaba junto al auto pensó en ¿Cómo iba abrirlo si ella no tenía llaves? Pensó en volver dentro y decirle que le diera las llaves, pero entonces él había dicho que lo esperara ahí, y que lo esperara dentro. Curiosa, accedió la palanca de la puerta del copiloto viendo como ésta cedía dándole paso el interior del auto.

Siguiendo las indicaciones que él le dio al pie de la letra, se sentó dentro y sacó el celular de donde lo había dejado, alguna basura de correos electrónicos recibidos pero nada importante, volvió a dejarlo donde estaba y se recostó por completo en el asiento esperando. La paz que la embargaba provocaba que su mente estuviese tranquila y no en esa habitual y constante lucha de pensamientos y emociones. Lo único que le provocaba pensamientos turbios era la extrañeza de aquella orden.

¿Cuántos minutos pasarían? No lo sabía ella, pero él si que lo sabía. Esperó pacientemente dentro del restaurante, mientras conversaba con su familia y jugaba con los dedos de Chloe, el reloj avanzaba y no era más que su aliado en aquel momento de anhelos desinhibidos.

- ¿Le habrá ocurrido algo a Isabella, hijo? – preguntó Esme preocupada con el pasar de los minutos. Edward, sabiendo interpretar perfectamente su papel, miró el reloj frunciendo el ceño.

- Iré ver que ha ocurrido – anunció poniéndose de pie, todos asintieron dándole un consentimiento que no necesitaba.

De inmediato se dirigió fuera, tarareando entre dientes una melodía que, desde hace días, había querido tocar con su violín pero hasta entonces no había tenido tiempo. Salió fuera del restaurante hacia el estacionamiento enfocando de inmediato su auto, más que eso, su sumisa dentro.

Se le veía tranquila, relajada recostada contra el asiento y respirando pausadamente, a medida que fue acercándose sus ojos se estrecharon para capturar cada pequeña expresión en su rostro, llenándose de ella tanto o más de lo que había estado haciendo aquel día, sintiéndola completa, y en algún momento, desinhibida a su lado, tal y como la quería.

Se acercó hacia la puerta de ella quien, descuidada y ensimismada, no notó su acercamiento. Él abrió la puerta provocando un sobresalto en las emociones de la chica. Sonrió.

- Bien hecho – dijo abriendo la puerta por completa - ¿Cómo la estás pasando aquí afuera? – se mofó de ella mientras se agachaba para quedar a un poco menos de su altura. Isabella lo observó, sonriendo en su elemento peligroso, peligroso para ella, brillante y severo, como sólo él lograba ser. – Bien, ¿Dónde has dejado él pequeño obsequio que te he hecho hoy? – le preguntó dulcemente, ella lo miró y miró alrededor, horrorizada por la promesa implícita de sus acciones.

Con su mano, una vez más temblorosa en presencia de él, sacó del bolsillo de su jersey, uno amplio que no permitía identificar nada, el dildo que tan celosamente había guardado a petición de su Amo, lo sostuvo en su mano, mostrándolo a él.

- No tengas miedo – dijo tomando su rostro con una mano, la apretó con un poco de fuerza entre sus dedos, lo suficiente para que interiorizara lo que estaban haciendo, y con quien lo estaba haciendo. – Abre las piernas pequeña – le indicó soltando su rostro para que hiciese, sin ninguna acción de su parte, lo que le estaba indicando – déjame ver lo que he elegido para ti.

Sus piernas temblaban mientras él decía aquellas palabras, mirando hacia la entrada del restaurante veía como otras personas iban llegando, los autos pasaban cerca de donde ellos estaban y cualquiera podía simplemente pasar por ahí y desviar su mirada para el espectáculo que podrían dar.

Pero él había ordenado y su deber principal, siempre y cuando sintiera que podía cumplirlo, era obedecerle, y en ese momento ese era su único propósito. Así que recostándose e intentando ignorar todas esas voces de su cerebro que le gritaban que no debía hacer aquello, no ahora, no ahí, abrió sus piernas subiendo el jersey con la ayuda de sus manos, lo suficiente, lo descarado, y lo preciso para que toda ella, en desnudez absoluta, quedase al descubierto para él.

- ¿Ves como es fácil? – le dice – Ahora dámelo – pidió mientras colocaba su mano grande y tibia sobre el muslo desnudo de ella, su piel se erizó a la par de que sus músculos se tensaban, a su cuerpo no le importaba la exposición o los resquicios de dignidad que podría perder en aquel momento, todo lo que le importaba era sentir, y servirle a él, hacer lo que él dijese, por eso no había reparos en la calidez que ascendía y descendía por su anatomía a partir del momento en que él hizo ese mismo movimiento con sus dedos a través de su pierna desnuda. Con mano temblorosa le extendió el dildo, sintiendo el calor que la mano de su Amo desprendida cuando apenas sus dedos tuvieron un leve roce. – Ahora relájate pequeña, sólo quiero que te relajes – persuadió con esa voz suave y controladora suya, esa que hacia sucumbir sus ideales hasta los más morbosos sueños suyos. Abrió más las piernas y recostó su cabeza atrás sintiendo que no podía luchar.

No quiso ver, y él se lo permitió, escucho voces y rezó porque fueran en su mente, sintió sus movimientos, sus acciones, el roce, la humedad, el juego, lo deseó, lo odió y se repudió mientras lo disfrutó, hasta quedar totalmente empalada por aquel instrumento, y frustrada por el final no concedido.

- Eso es – dijo él, palmeó su entrepierna y soltó una leve risa. – Ya está, vamos dentro que se van a preocupar y van a venir, te van a ver en esas condiciones y, voy a dejar que te defiendas sola – anunció poniéndose de pie mientras la veía dar temblores ligeros, sonrió arrogante y temerario. – Estas sudando pequeña, creo que decir que te has sentido un poco… indispuesta, va a ayudarte – dice ofreciéndole su mano para jalarla fuera del auto.

Sus ojos, los de ella, lo siguieron en sus movimientos, admirando su tranquilidad y parsimonia mientras ella sufría con cada movimiento, un sufrimiento que nada tenía que ver con el dolor, sino con la tortura de sentir como era estimulada con cada pequeño paso que daba. Él cerró la puerta para ella y colocó una mano en su espalda, casi al borde de sus nalgas para guiarla en sus movimientos.

- Si en algo te sirve – susurró en su oído mientras entraban al restaurante, ambos dando el aspecto de lo que eran, una pareja que compartía una intimidad que muchos desearían lograr – Luces hermosa, aún con tu piel impregnada en sudor, aun con tu sexo humedeciendo tus piernas, aun con tus ojos abnegados en lágrimas que no dejas salir. – ella lo miró y él le sonrió, moviendo sus dedos sobre su espalda en suaves círculos y empujándola hasta llegar de nuevo a la mesa donde toda la familia los esperaba.

- Cariño, ¿Te has tardado demasiado, todo bien? – la primera en hacer una pregunta fue Esme, su rostro sorprendido al ver la forma en que Isabella se acercó arrastrando sus piernas y su rostro demacrado.

- Luces terrible Bella, ¿estás bien? ¿Te sientes mal? – preguntó Rosalie. Los demás esperaron atentos.

- La he encontrado sintiéndose mal, por eso demoramos, estaba intentando hacer que… se sintiera un poco mejor, tomando aire y hablando afuera – dijo Edward ayudándola a sentar, luego él la siguió sentándose a su lado y dándole una mirada aprensiva.

- Ya me siento mejor, gracias. Edward me ha ayudado – dijo Isabella sorprendiéndose a si misma por haber sido capaz de pronunciar su nombre con soltura y hasta un poco de cinismo para completar Edward soltó una suave y melódica risa que solo reforzó sus pensamientos tirantes hacia él. Apretó sus piernas.

- Por supuesto – dice él e instala una mano sobre su pierna, aun sobre el jersey buscó la hendidura de sus piernas y dio un fuerte pellizco en el interior de su muslo, la razón, no olvides con quien tratas. Sus ojos se encontraron y ella supo interpretarlo perfectamente, agachando la cabeza y disculpándose en silencio.

- Han traído tu café – dijo Carlisle señalando la bandeja circular frente a Edward y ella – Y tu agua hijo. - Asintiendo alcanza él café para Isabella y toma su agua, ambos beben en silencio.

Pero por supuesto que el sonrojo en el rostro de Isabella nunca se borró y es que más que sonrojo era el calor que se había instalado en su cuerpo y que, con ayuda de su Amo, estaba decidido a no dejarla. Ya sea por las miradas insidiosas de él, o esa mano suya colocada justo en el borde de su muslo donde los dedos largos y perversos de su Amo, en un solo empujón, podrían provocar alaridos profundos en su ser. Donde con un movimiento de él, la tendría rendida, porque tenerlo tan cerca, desearlo tanto, y simplemente no tenerlo, estaba agotando todas sus defensas en éste momento de la tarde.

- Bella te noto algo mal… ¿sigues sintiéndote mal? – se acerca Esme en algún momento colocando su mano tibia y maternal sobre la frente de Isabella. Su acercamiento sólo provoca que se altere un poco más.

- E-estoy bien – dice dudando. – Sólo… creo que estoy un poco agotada – responde como si esa fuese una buena excusa. Edward por su parte, se ríe a sus expensas.

- ¿No crees que es mejor que vayamos a casa ahora para que descanses? – Dice él dirigiéndose a ella.

- ¿Tan pronto? – interviene Rosalie. Isabella la mira pero rápidamente lo observa a él quien solo espera una respuesta suya, un movimiento de labios, una mirada de confirmación.

- Si… quiero ir a casa – dice algo más segura. Por supuesto que está segura.

- De acuerdo, entonces – se gira hacia todos – Nos iremos ahora, ha sido una mañana agradable – siguió – Pero Isabella se siente algo indispuesta y es mejor que tome algo de reposo en casa, puede que la temperatura le haya afectado un poco – solo ella noto el sarcasmo en su voz.

- Gracias por éste día – dijo, olvidándose por un momento de su situación actual, rememoro con palabras sinceras las horas vividas durante el día junto a aquellas personas – ha sido muy agradable compartir con ustedes. – sonrió sincera, y dentro de sí, Edward se sintió totalmente orgulloso de ella, y de haber logrado lo que deseaba después de todo.

Todos la observaban con sonrisas cordiales, sonrisas que rezaban eres parte de nosotros.

- Nos vemos luego – dijo finalmente despidiéndose, asentimientos y manos alzándose, besos tirados al aire por parte de Chloe, y finalmente se encaminaron de regreso al auto. El auto, que sentía lleno de calor excitante y deseos prohibidos, el auto que tan solo al sentarse le hizo recordar que iba con un dildo dentro y que estaba húmeda y anhelante por cualquier forma de alivio sexual.

[...]

Hay un turbante momento de silencio en los últimos instantes de nuestra llegada a casa. Mientras mis ojos vagan, sin realmente fijarse en nada, por la ventana del lateral. Cada pequeño suceso y momento de ésta mañana se reproduce en mi cabeza como un flash de imágenes, de momentos felices. Nada como incomodidad es recordado por mi mente, por el contrario, todo es risa, alegría y comodidad con su familia y a su lado. Mi cabeza se encarga de hacerme ver… en ese momento, la forma en que sus ojos constantemente se ponían sobre mí, o como su cuerpo solía buscar el mío cuando no era yo quien lo hacía. Él me sonreía, me veía, realmente me veía… como si yo fuese importante. Como si, al igual que él lo era para mí, yo fuese algo así como ¿un punto de equilibrio? ¿Podría ser?, solo puedo atinar a sacudir la cabeza e intentar alejar tales pensamientos porque, después de todo, sólo son invenciones de mi mente.

Puedo sentir el ambiente espesarse entre nosotros. Como si la atmósfera intima, cálida y, porque no decir, familiar, que habíamos construido durante la mañana, se hubiese disipado dejando paso a nuestras esencias más primitivas. Él… dominante, macho, fuerte, misterioso, perverso y atrayente. Yo, ni siquiera podía describirme. Mis dientes castañean y debo sujetar mis manos entrelazando mis dedos para controlar los temblores. Y no tiene nada que ver con frío.

¿No es todo esto, una prueba de lo versátiles que podemos ser? ¿No es exactamente una combinación ideal? ¿Lo que yo deseo? ¿Lo deseo? Me quedo pensando en ello probablemente más de lo que debería, más de lo que es bueno para su aguda paciencia. Cuando finalmente parpadeo un par de veces enfocando la situación a mí alrededor, me congelo al verme en casa con el auto estacionado. En cámara lenta o quizá eso me parece a mí, giro a mi derecha donde la puerta ya se encuentra abierta y él está ahí… de pie, observándome.

Cuando mis ojos hacen contacto visual con los suyos, un súbito escalofrió, que tensa cada parte sensible y no sensible de mi cuerpo, logra enfriar y calentar todo a su paso.

Lo veo inclinarse hacia delante y provoca que tenga que respirar con rapidez, sintiendo como el precario control que, se supone me pertenece, va deslizándose de mi hasta abandonarme.

- Inclina la cabeza - su voz tranquila y llena de una paciencia en la que no creo. Me inclino tal como él dice y en dirección hacia donde se encuentra. Siento sus manos sujetar mi pelo con tranquilidad, casi sugiriendo una caricia. Casi.

Impulsivamente salgo a trompicones del auto cuando tira de mi cabello en un movimiento brusco, sintiendo de inmediato el resentimiento en mi cuero cabelludo. La sensación de picor y dolor se extiende rápidamente por mi cabeza, viajando con un impulso certero hasta mi sexo donde mis músculos se aprietan en respuesta y el dildo parece cobrar vida llamando mi atención justo ahí dentro. Intento estabilizarme.

- Deberías darte un poco de prisa – dice, reconozco la burla en sus palabras pero no puedo mirarlo, la manera en que sostiene mi cabello me mantiene en una posición precaria respecto a su postura.

- Señor… - gimo de dolor, tropezando en mis pasos mientras él sigue tirando con rudeza de mi – Me… está haciendo daño – logro pronunciar, aunque sinceramente, no sé porque estoy diciendo esto.

- Haré de cuenta que no escuche eso – su voz me llega fuerte desde su posición adelantada y aventajada – Principalmente porque no quiero escucharte, es decir, no tienes permiso para hablar, no ahora. Y por si acaso lo has olvidado, no me importa.

Cierro los ojos asumiendo su respuesta. Palabras que ya debía haber supuesto. Ha sido precipitado de mi parte decirlo, sabiendo incluso que no me estaba haciendo daño realmente o como si lo que esta haciendo, fuese diferente a muchas otras ocasiones. Él solo está siendo él, en esencia y carne pura.

Subimos las escaleras de acceso, o debería decir que él hace el camino conmigo a cuestas, mientras yo me concentro con gravedad en cada escalón y porción de hielo que los cubre y representan una amenaza física real.

Su mano firme se mantiene en mi cabello, templando mientras que con la otra abre la puerta. El contraste me golpea al entrar, tanto como el golpe de la puerta a mi espalda.

Mi espalda choca con la puerta provocando una vibración que reverbera por todo mi cuerpo, lo miro asustada porque es esa la sensación que domina mi corazón y está provocando el palpitar alocado que llega a mis sienes. Su rostro, sin embargo, permanece sereno aunque terriblemente… arrebatador. Con toda esa bruma que lo rodea acompañando a sus ojos verdes, que poco a poco se van convirtiendo en un tempano de hielo.

Pronto me encuentro aprisionada por su cuerpo, con una mano suya subiendo para enredarse en mi cabello. Siento las yemas de sus dedos moverse contra mi cuero cabelludo, apaciguando la reciente tirantez que ha provocado. Me mira y me mira, pero aun no pronuncia palabras. Su otra mano, la tranquila que permanecía a un lado de su cuerpo, toma acciones alcanzado mi rostro, abro la boca por puro instinto, pero él solo deja la punta de sus dedos sobre mis labios, moviéndolos de un lado a otro. Enviando hormigueos por todas partes.

- ¿Cómo ha estado el día para ti hoy, pequeña? – mi interior se remueve en la aprensión y el calor íntimo de sus palabras. Inclino mi cabeza hacia un lado, solo un poco y en dirección a su mano, intentando de esa manera, una vez más, comprender la complejidad de su mente. Sin embargo, sus ojos lo único que destellan y comunican es la determinación y la expectación por mi respuesta, una determinación fiera y cruda que pretende desnudarme de una manera más allá de física.

- Bien – respondo, arrepintiéndome de inmediato al saber que esa palabra no es suficiente. Lo sé cuándo sus ojos brillando de malicia se desvían de su tarea en mis labios, para traspasar mis ojos.

- Bien – dijo, como repitiendo y meditando mi escueta respuesta - ¿Es esa es toda tu respuesta? – vuelve a preguntar. Trago grueso e intento forzar mi cerebro para procesar una respuesta que sea buena para él, o al menos digna de lo que él se merece y exprese como me he sentido toda ésta mañana, pero no consigo la manera correcta para expresarme. Así que, impulsada por la desesperación, asiento con el calor del llanto impotente inundando mis ojos. ¿Por qué?

Se inclina más sobre mí, provocando más temblores, inhalando en mi cuello. Libera mi cabello y deja de acariciar mis labios.

- Esa es una mala respuesta – murmuró directo a mi cuello – Hoy he aprendido algo, y quiero compartir ese conocimiento contigo – espero interrogante mientras él recorre cual obseso mi cuello – Sabes que… No siempre se obtiene lo que se quiere ¿no? – pregunta, lamiendo justo en el lateral. Tiemblo sin entender hacia donde se dirige con sus palabras, pero perdida totalmente en las sensaciones que está provocando. Lo siento sonreír contra mi piel, y sé que él guarda en si secretos que desconozco, secretos sobre él y yo y todo lo que está por venir – Te espero en la sala, quítate el abrigo al entrar – deja un beso húmedo justo en esa parte de mi cuello que está a punto de llegar a mi oreja pero que sigue estando por debajo, el calor me asalta mientras él da una última mirada, se vuelve y camina a pasos decididos hacia la sala, dejándome temblando, errática y más confundida que nunca contra la puerta de entrada.

Él desaparece por el arco que separa las estancias con una puerta de madera y vidrios, en ningún momento vuelve su cabeza para mirar hacia mí. Claro que tampoco necesita hacerlo, porque estoy segura que en cuanto mi cuerpo responda, yo iré detrás de él sin dudarlo, haciendo exactamente lo que me ha pedido. Pero aún me encuentro boqueando y recuperando mi respiración, sus palabras, el día y mis pensamientos… parecen ser demasiado en éste preciso instante.

Suelto todo el aire que, sin darme cuenta, he estado conteniendo. Tardo como un minuto para equilibrar de nuevo la forma en que el aire entra y sale de mi cuerpo. Debo seguirlo, es lo que me repito mentalmente. Así que sólo me toma unos segundos, o tal vez más, recuperar mi capacidad de raciocinio y el movimiento de mis articulaciones. Embriagada, a pesar de confundida, es una buena manera de definir como me siento ahora.

Pienso que la casa debe estar sola si él me ha pedido que me quite el abrigo, considerando como me encuentro debajo, en medio de la casa y a plena luz del día. Al menos confió en que él sabe esto pues no sé cómo me sentiría si, viéndome de tal manera, me consigo de frente con la Señora Carmen o… Michael. No, él no permitiría que me vieran de esa manera. Me desprendo del abrigo tomando valor, dejándolo caer a mis pies y sin despegarme de la puerta. No hay corrientes de aire golpeando mi cuerpo semi-desnudo, pero si… está toda esa forma de libertad en que se siente mi cuerpo sin nada que le cubra, caliente y sensible, solo porque sus palabras así me hacen sentir.

Doy un paso hacia un lado y empiezo con pasos lentos para ir hacia donde él se encuentra. Vibro ante el subidon de hormonas que se convierte en lava de deseo que recorre mi cuerpo con cada movimiento de mis piernas. Puedo sentirme húmeda ahí abajo, pero no puedo hacer nada para ello aparte de esperar a que él tenga un buen plan para mi.

Llego a la puerta de arco por la que mi Señor ha desaparecido y empujo accediendo, sólo tengo que pasar otra puerta y lo veré, o al menos eso ha dicho. Así que mi mente y cuerpo se ponen alerta ante él, ante lo que tiene preparado que desconozco, un paso más y… puedo enfocarlo.

Mi Señor tiene la apariencia del mismísimo dueño del mundo una bruma espesa lo cubre, un magnetismo cruel que me impulsa hacia él. Está sentado, su camisa con el primer par de botones desabrochada.

- Ven – susurra él cuando me ve, tan calmo que no inspira, o al menos no parece inspirar, nada malo para mi inminente futuro.

Camino con pasos seguros, en apariencia. Él está ahí, manos sobre sus piernas enfundadas en aquel pantalón y mirada concentrada en mí.

Mi corazón late rápido, como ese buen aleteo que aparece en su presencia. Su silencio me acompaña mientras me acerco, puedo sentir como con cada paso él hace una evaluación de mí, de mi actitud y de mi cuerpo. Mis movimientos se vuelven sinuosos, acentuando cada pisada, deseando que él se fije en mí, que me desee y quiera tanto como yo ahora. Me detengo a un paso de su posición, viendo como sus ojos dan órdenes mudas hacia mí.

Es tal la claridad de su orden, que en dos movimientos estoy sentada sobre sus piernas, controlando nervios y temblores para disfrazarlos con una seguridad que estoy lejos de poseer.

Los impulsos parecen dominar mi vida, y también mi día, por eso cuando el sentimiento nace en mí y alzo mis manos a su rostro, el sorprendido no solo es él sino también yo. Mis dedos se mueven por su barba casi haciéndome reír por la sensación que produce. Su mirada deja esa apariencia fría y calculadora, cambiando a un matiz más suave que se mantiene un par de segundos mientras pronuncia las siguientes palabras.

- Deberías ser así más seguido – el silencio se corta por sus palabras. – Libre, ligera y segura de saber que lo que haces es bueno. Lo que haces para mí, es bueno – murmura cerrando sus ojos y recostando su cabeza hacia atrás. Mi corazón se calienta de una manera distinta por sus palabras y su gesto apacible, sigo el movimiento de mis dedos en su barba y acaricio hacia abajo por su cuello, perdiéndome en las líneas finas de los pliegues de su propio cuerpo, de su piel. Me deja hacer por unos minutos, unos minutos de embelesamiento y placer simple, de disfrute de algo tan simple como brindarle tranquilidad a mi Amo. Es todo cuanto puedo desear ahora, y me hace pensar que probablemente mis miedos hacia sus planes son siempre infundados.

Pero él abre los ojos y levanta su cabeza hacia mi, obligándome a detenerme por lo súbito de su movimiento.

- Señor… - empiezo a murmurar, sintiéndome repentinamente con esa necesidad… esa necesidad que otras veces he sentido, de decirle tanto y a la vez de no decirle nada.

Él levanta la mano y puedo ver en sus ojos el momento justo en que él estaba recordando algo importante, algo que está dejando pasar.

- Shhh. Has silencio pequeña, recuerda que ahora no quiero escucharte. Has perdido tu oportunidad de ser una buena chica y decirme lo que deseaba escuchar. Ahora – pone sus dedos sobre mi boca de nuevo, presionando mis labios – Ve a la cocina y busca en el refrigerador, tráeme un poco de agua y mira en el compartimiento inferior una copa que contiene un polvo de color marrón, tráelo también. ¿Entendido? – pregunta. Asiento.

- Sí, Señor. Enseguida regreso – me pongo de pie y voy caminando con parsimonia hacia la cocina, recodando y sintiendo en todo momento, sus ojos puestos sobre mí, al menos hasta que pasó el umbral de la puerta que le impide verme.

Sirvo el agua en un vaso de cristal y busco la copa que me ha indicado, justo en el compartimiento inferior está lo que él ha descrito como un… polvo marrón. Lo tomo sin sentir curiosidad por ello, ni siquiera lo pienso, sólo me apuro ante la sensación de desear volver a su lado y a ese momento tranquilo que parece tenemos.

Él está ahí de nuevo, por supuesto, en la misma posición, sólo que vuelve a tener la cabeza echada hacia atrás y sus labios se mueven como si estuviese murmurando algo. Me acerco y creo que él lo sabe, al menos mis pasos deben advertirle, sin embargo no alza la cabeza o cambia de postura. Se mantiene igual, incluso cuando estoy a su lado y no sé qué es lo siguiente que se supone que haga.

- Vamos, sube – murmura, a sabiendas de mi indecisión, por supuesto. Vuelvo a montar su regazo, sintiéndome cómoda y nada vulgar a pesar de cómo debo verme sobre él.

- He traído lo que me ha pedido – digo, principalmente porque él aun no me ha mirado. Sigue, ahora se, tarareando en voz baja.

- Perfecto – murmura enderezando su postura, moviéndome en el proceso. No puedo evitar apretar los dientes por el movimiento. Lo primero que toma es el agua, por supuesto, la lleva a sus labios y bebe un poco mientras me observa y yo muevo mis ojos en otra dirección para evitar la calentura en mi rostro. Lo próximo que siento son sus dedos en mi mejilla, se mueve en círculos alrededor de la parte más protuberante.

- Tu vergüenza es más que atractiva, pero no deberías sentirla, no conmigo – dice. Lo miro – Te conozco, te he visto de tantas formas… que es difícil pensar que alguien te ha visto como lo he hecho yo, aunque ha sido así – declara y quiero hablar, pero me lo impide moviendo su mano que estaba en mi mejilla hacia mis labios – Te lo he dicho antes, hoy, no es la primera vez que deseo esto. Y aunque es nuevo para mí, porque alguna vez también te dije que entrenar pequeñas mascotas como tú, no es lo mío, has provocado en mí el deseo de haber sido la única persona en recibir esta clase de entrega, de haberte visto en tu punto más débil, expuesto y vulnerable, que sólo hayas deseado algo de mí, a tal punto de dependencia.

De alguna manera, con sus palabras, una parte importante de mi siente el deseo de que las cosas hubiesen sucedido de tal manera, que lo hubiese conocido a él antes, y hubiese ido de su mano aprendiendo cada detalle de ésta vida suya y mía.

- Dame lo otro que has traído – dice saliendo del trance de sus palabras que me mantiene con el corazón acelerado y el nudo en la garganta, sus expresiones y la súbita manera en que habla respecto a mí, me hace pensar demasiadas cosas, anhelar demasiadas cosas, que aunque a veces parezco aceptar, otras tantas cuando es tan repentino, real y abrupto, temo.

Extiendo la copa con su contenido hacia él. La observa y luego me mira, ésta vez su rostro vuelve a mostrarse carente de expresiones.

Mete un dedo en la copa y veo con curiosidad como apenas pone la yema de su dedo sobre un poco de aquel polvo e inclusive lo sacude, dejando apenas algunas partículas adheridas en su piel, es entonces cuando lo escucho murmurar.

- Medio, demasiado. Un cuarto, suficiente – no entiendo lo que dice, él permanece observando su dedo con el ceño medio fruncido. Deja la copa en la mesa de vidrio junto al sofá y me observa. – Abre la boca.

Me tenso.

- ¿Qué es eso? – pregunto con cautela.

- ¿Confías en mí?

- Si, lo hago Señor – respondo de inmediato.

- Entonces abre la boca pequeña – dice sonriéndome, ese gesto es suficiente para que vuelva a asentir y abrir la boca para él, lleva su dedo hasta ahí y coloca la yema de su dedo directo contra mi lengua, limpia el contenido de su dedo o más bien yo lo hago y se retira, echándose hacia atrás.

El contenido en mi boca es muy poco para determinar un sabor, sin embargo intento repasar en mi boca las pocas partículas que él ha dejado y logro sentir algo agrio… con un resquicio final picante. ¿Picante?

- Me… ¿me podría dar un poco de agua? – pregunto dudando, porque no entiendo lo que siento en mi boca. Él niega, sonriendo. Frunzo el ceño. Él solo lleva el vaso de nuevo a sus labios y toma un largo trago de agua que yo empiezo a anhelar.

Trago saliva con la esperanza de que la sensación de picor desaparezca de mi boca, pero parece trasladarse poco a poco por mi garganta.

- Señor… - murmuro, mi voz sale como un jadeo.

- Ven. Vamos arriba. Parece que estas lista – indica provocando que mi entendimiento, de por si ya precario, se vaya en picada.

Me levanto de su regazo colocándome de pie a su lado.

- Mira lo que te has dejado hoy – dice y no sé de dónde saca mi collar, me envuelve el cuello en su mano y ajusta la prenda – Eso es. Ahora si de verdad estas lista. Camina tras de mi – indica, lo sigo, su paso es algo apresurado o tal vez son invenciones de mi mente. Mi corazón está acelerado y mi respiración agitada, empiezo a sentir mis palmas sudorosas y… un calor.

Sube las escaleras y subo detrás suyo intentando asimilar las sensaciones de mi cuerpo, a duras penas me controlo mientras camino detrás de él. Todo parece surreal.

Ni siquiera soy muy consciente de que nos estamos dirigiendo directo a la Mazmorra, no tomo consciencia de sus acciones hasta que estoy ahí dentro, rodeada de todas esas sensaciones y olores familiares que apenas me llegan. Mi mente esta embotada, perdida.

- Ven aca – llama palmeando su pierna, observo que aun conserva la botella de agua en su mano. Casi puedo sentir saliva saliendo de mi boca, deseando aquello, lo miro, enfocando mis ojos que se han humedecido. Camino hacia donde se encuentra, hay un poste alto a su lado, junto a la pared.

Sus manos sujetan mi cintura y siento como quema mi piel, la sensación por todo mi cuerpo explota en un ardiente deseo porque él me toque. Mi sexo se contrae de inmediato alrededor del dildo, expulsando humedad que logra avergonzarme. ¿Por qué me siento asi?

- Alza los brazos por encima de tu cabeza – indica, lo hago anhelando que siga tocándome, él lo hace, sujeta mis muñecas a lo alto enjaulándolas en puños de cuero atados directo a argollas que penden del poste. Su calor logra apenas reconfortar pero a la vez altera mi cuerpo que parece viajar a un límite desconocido, las sensaciones me recorren y no las se reconocer o controlar. En mi mente, un caos desborda todo, dejándome incapaz de pensar con claridad. Protesto con un gemido cuando se aleja, lo veo moverse y me desespero moviendo mis piernas, quiero llamarlo pero temo su reacción. Deseo que me toque pero temo pedírselo y que se niegue. Lo veo buscar algo, entre las cosas, aprieto mis piernas y gimo cuando al hacerlo logro que el dildo se mueva un poco aplastando algún punto sensible de mi interior. – No te comportes mal pequeña, vas bien hasta ahora. – Escucho su voz pero apenas lo observo. Lo veo caminar hacia mí sosteniendo algo largo y brillante como el acero en sus manos, me da una sonrisa engañosa, una que habla de una piedad que no posee y el gesto perverso que le caracteriza. Se agacha y me empujo hacia él, como si fuese a hacer algo a mi favor. – Vamos a ajustar esto para ti – dice y siento sus manos en mis tobillos, remueve las botas, primero una y luego la otra.

Sus dedos son brasas de ardor y alivio, sensaciones contradictorias, que acarician mi piel, estrello mi cabeza hacia atrás, pero no pido nada, no aún, creo que puedo soportarlo. Intento cerrar mis piernas de nuevo pero no puedo, él ya ha ajustado los puños y la barra separadora en mis tobillos. Eso hace que la frustración aumente, a la par del deseo por los tratos no concedidos.

Lo veo alejarse cuando lo que más deseo es que se acerque. Se mantiene en la distancia mientras lo observo con la boca abierta, intentando que él aire que recibo pueda aliviarme.

El fuego explota en mi vientre y se expande por todas partes, es… demasiado. Lo deseo, lo quiero ahora, y… duele. Se siente como el roce constante de cera de vela recorriendo mi cuerpo, nunca se enfría o se endurece, solo es el extremo ardor en contacto constante con mi piel. Muevo mi cabeza hacia los lados, mis oídos zumban, mi corazón aletea, y mi sexo se contrae y expande a cada respiración mía. Es como si… una salvaje y primitiva lujuria se hubiese apoderado de mi cuerpo, y quiero llorar tanto como burlarme de mi misma por no ser capaz de pedirle lo que necesito.

- Señor… - llamo, mi voz suena patosa, lo observo entre el espesor de las lágrimas que han empezado a galoparse en mis ojos.

- ¿Si? – responde, lo observo lejos, con una mano metida en el bolsillo y la otra sosteniendo el vaso de agua, bebe y me observa. Quiero gritar. Deja el vaso sobre una mesa, y vuelve hacia mi acercándose, tarde me doy cuenta que en su mano trae un látigo.

- Por favor… - suplico – Duele – gimo, cuando una quemazón punza y me agita, escucho el choque de las cadenas que sujetan las ataduras de mis manos. El primer golpe que una parte de mi espera, pero otra no, llega, implacable a la altura de mis piernas desnudas. Mi cuerpo se agita, me sacudo por el fogonazo de cada hebra del látigo lleno de nudos que se estrella contra mi piel, pero más duele la forma en que mi cuerpo recibe, absorbe y transforma el dolor en una punzante contracción sexual.

Él no dice nada, y en silencio suplico por favor siga, que se acerque, por favor me toque, por favor me alivie, por favor vuelva a azotarme.

- Lo… necesito – sigo murmurando, pidiéndole que siga, las lágrimas salen de mis ojos sin que pueda controlarlo, casi igual esta mi sexo, del cual brota humedad que siento deslizar por mis piernas, es humillante e inevitable. Otro golpe, a la altura de mi vientre, una hebra entre mis piernas, el sonido de mi garganta estalla agónico. Necesito que él me ayude. – Por favor, Señor – gimo de nuevo. Se acerca.

- ¿Por qué yo? – su pregunta me golpea como una bola lanzada directa a mi estómago. ¿Por qué él? ¿Quién más? Pero no se responder su pregunta. Otro latigazo, potente, de nuevo contra mis piernas, quema, arde, pero no sé qué es más fuerte, si el deseo porque pare o el deseo porque siga.

- Por favor – lloriqueo. Vuelve a agitarlo, vuelve a golpearme y me retuerzo en mi posición agitada.

- Cualquiera podría aliviarte pequeña, lo que necesitas… unas manos, una lengua, una polla. ¿Por qué yo? ¿Por qué me lo pides a mí? ¿Quieres alivio? – Murmura y desliza las hebras entre mis piernas, el roce me enloquece, pero es nada. Agita y golpea ahí, lloro por ello, lloro por el ardor.

- No… No, no – niego, una y otra vez, no cualquiera. No. Él. ¿Cómo puede pensar eso?

- Se lo que te digo. Tu piel arde, mira tus pezones duros, no necesitas que yo los toque, necesitas que alguien los toque. Mira cómo estás cada vez más húmeda, no necesitas que yo te penetre, necesitas que alguien lo haga. Necesitas a alguien, no a mí. Si trajera a alguien, y te tocara. Te llevaría al alivio que necesitas, dándote un orgasmo tras otro. La liberación, lo que necesitas. No me necesitas a mí. Lo sé – sigue diciendo aquellas absurdas palabras. Y niego constantemente en medio del arrebato de mi cuerpo. Llueve dos golpes seguidos, contra la cara interior de un muslo, luego el otro.

- Por favor Señor – sorbo mi nariz y le pido de nuevo, mirándolo, suplicándole con mis ojos, con mi boca, con lo poco que tengo que es en realidad todo. – No cualquiera – lloro – Usted.

- ¿Por qué? Explícame, ilumíname – pide, sus ojos, que han vuelto a ser de esa mezcla vivaz, poderosa y preciosa entre el verde y el azul, se clavan en mí. ¿Cómo explicarlo? Intento pensar, pero vuelve a azotarme y esas sensaciones me pierden.

- Por favor – es lo único que parece que puedo hilar. – Sólo usted, usted es mi Amo – sigo llorando.

- Eso no es suficiente – dice él. – Si pudieras explicarte, tal vez podría ayudarte – se acerca un paso más, terriblemente cerca, desgraciadamente lejos para lo que necesito. El choque de las cadenas vuelve a sonar cuando agito mis brazos y mis piernas duelen cuando intento cerrarlas, todo porque él golpea esta vez sobre mis pechos, a través de la tela, mis pezones se tensan y lo deseo con mayor fuerza. Creo que voy a explotar.

- ¡Porque no quiero a nadie más! ¡Un orgasmo! ¿Qué es un orgasmo si lo obtengo de cualquiera? Es como yo misma dándome un alivio momentáneo, nunca es suficiente – estallo en lágrimas, él suelta el látigo dejándolo caer al suelo – Usted… es mi Amo, y decir eso debería ser suficiente – sigo, sin importar que estoy gritándole. Mi respiración apenas me deja hablar.

- Porque – sigo. Siento como el deseo brutal y el dolor que me produce estallan en mi boca en lo que reconozco como un discurso agónico, un discurso que va a dejar mi alma al descubierto, desnuda finalmente para él. - Ésta vida me fue enseñada a través de palabras y luego en práctica. Cuando le conocí, usted me explicó sus propósitos y su contrato, me detalló el comportamiento que debía seguir… se suponía que tenía que explicármelo todo – proseguí apenas siendo capaz de mirarlo a través de mis lágrimas que no paran de hacer, mi pecho se contrae en el dolor de expresar aquello que tanto he guardado, todo porque expresa una dependencia vital, etérea, que siempre he tenido miedo de expresar, porque expresarla la hace totalmente real.

- Me explicó mi comportamiento, la entrega, las cosas que debía dar, el tiempo… tres meses, y volvió por mí. Pero – siento mi corazón oprimirse ante el inminente fin de la carrera de mi mente a mí boca, clavo mis ojos en él, por primera vez quizá, desafiándolo de forma real, intentando que él sienta de esa manera todo el dolor físico que estoy padeciendo– Nunca me explicó que todas esas cosas me atarían tanto a usted, al punto en que no concibo las cosas como el resto lo hace, al punto en que no sé que soy yo, si vislumbro mi mundo sin usted – Las siguientes lagrimas que salen de mí, a pesar de mi cuerpo, a pesar de mí, parecen ser de alivio por lo que he logrado decir. Lo miro, siento mis ojos abiertos y totalmente expresivos dirigidos hacia él, busco respuestas a mis palabras - ¿Qué soy yo sin usted? – pregunto, dejando para él todo lo que me queda.

Él me mira… y temo que todas las cosas que estoy sintiendo me confundan y provoquen ilusiones en la forma en que lo veo, que me mienta a mí misma para sentirme mejor. Y es que viéndolo, sus ojos y su rostro, su expresión parce totalmente embelesada observándome. Veo la indecisión en sus movimientos, como si quisiera acercase pero a la vez se mantiene en su lugar, manteniendo una distancia que está matándome.

- Eres el mayor espectáculo que he podido apreciar en mi vida. Me estas ofreciendo todo hoy, eres lágrimas, saliva, sudor, fluidos sexuales, eres la dulzura de tu piel pálida cubierta por manchones rosas donde el movimiento de mi muñeca ha sido lo suficientemente brusco para marcarte. Eres, para explicarte… mi mejor logro, lo que desee que fueras y a la vez no quise, porque yo también siento, me equivoco pero intento rectificar. ¿Qué eres tú sin mí? – Lo miro, absorbiendo sus palabras como nunca, sintiendo mi corazón acelerado pero por primera vez es porque estoy aceptando lo que está diciéndome – Tú sin mi… eres lo mismo que yo sin ti – clama con voz pausada. Tomo aire lo suficientemente fuerte – Nada – sentencia, y su voz, por primera vez en todo éste tiempo a su lado, parece un murmullo avergonzado. Cuando sus ojos hacen contacto con los míos, sé que él siente tanto como yo, que padece tanto como yo, y que sus palabras aquí, y ahora, son totalmente sinceras – Nada – Repite. Y eso quizá es la mejor cosa que he podido escuchar de su boca.

Se acerca ésta vez lo suficiente para tocarme, su olor, su calor, su presencia, me intoxica tanto como es capaz. Provocando el hormigueo, las punzadas y el ardor.

- No quiero… no quiero creer que puedo sentir esto… éste deseo, lujuria, por cualquiera – suplico, pidiéndole ayuda.

- No lo harás – dice – No lo permitiré – sus manos me tocan, veo en borrones como rasga la seda de la bata, el precario sujetador, dejándome sólo en las ligas y la decoración alrededor de mi cintura – Tú lo has dicho, eso no va a ocurrir. ¿Confías en mí, no pequeña? – pregunta, tan cerca que deseo todo, sus manos, su boca, su cuerpo pegado al mío. Estoy cansada de desearlo, lo necesito.

Cuando me tiene desnuda, a su modo, observa. Pero pronto sus manos están sobre mis pechos apretándolos lo suficientemente fuerte para que me arquee y suplique por más, que me queje porque duele y le ruegue porque siga.

- Con calma – murmura. Pero no existe la calma, no para mí.

- ¿Por qué estoy así? – pregunto cuando me libera de la presión de sus manos que se trasladan, cambiando a sus dedos en mis pezones, tirando rudamente hacia afuera, estirando mi piel, muerdo mis labios.

- Porque yo quiero que estés así – dice simplemente, y eso ya lo sé.

Se acerca más a mí.

- No hagas más preguntas. – Roza mis labios con los suyos – voy a aliviarte. Déjame hacerlo – dice, pidiendo, como si yo fuese si quiera capaz de negarme.

Lo dejo hacer con mi cuerpo, lo dejo aliviarme.

- Me importas pequeña – dice parándose a mi lado, susurra directo a mi oído mientras que su brazo forma una especie de abrazo a mi alrededor – Me importas más de lo que pensé que podías hacerlo. ¿Lo entiendes? – pregunta.

- Si… lo hago – de verdad lo hago.

- Prométeme que recordaras lo que acabo de decirte – solicita. – Prométeme que recordaras esto – dice, acariciando mi vientre con su mano, bajándola hasta perder su mano entre mis piernas, ajustando sus dedos en la base del dildo para moverlo hacia afuera, mi mente se embota pero en la nubla de los sentidos recuerdo lo que él me está diciendo. Sus palabras.

- Lo prometo Señor – no es como si fuese a olvidarlo.

- Bien – dice – Porque voy a follarte como si no fuese así – mordió mi cuello, y ahí lo perdí..

Abro los ojos, algo perdida y desorientada. Arriba el cielo raso blanco me da la primera pista de reconocimiento, me muevo un poco impulsada por la necesidad de estirarme, pero todo lo que siento es la forma en que cada parte de mi cuerpo duele, y eso es bueno. Por eso sonrió.

Afortunadamente todas las sensaciones han desaparecido de mi cuerpo, todas las extremistas, ya que él ha sabido calmarme y reconfortarme. Él, mi Amo, giro para observarlo, apacible perdido en el mundo de los sueños, acostado sobre su estómago con un brazo estirado en mi dirección. Él es todo lo bueno que tengo, y ahora lo siento con mayor determinación y claridad. Me levanto sintiendo un poco de sed, determinada a ir por un vaso de agua. Observo entre las cortinas que aún sigue siendo de noche, muy madrugada o ya casi el amanecer, no lo sé.

Voy abajo y me sirvo agua, bebo todo el vaso y me sirvo un poco más para llevar arriba. Un reloj de péndulo de la cocina me indica que son apenas las cinco de la mañana. Vuelvo en mis pasos a nuestra habitación, queriendo volver pronto al calor de la cama y la reconfortante presencia de su cuerpo a mi lado.

Cuando entro me sorprendo al verlo boca arriba, sus ojos abiertos observan por donde aparezco, y no puedo evitar que una sonrisa y un leve sonrojo se expandan en mi rostro cuando hacemos contacto visual.

Voy directo a la cama, por mi lado, dejando en el camino el vaso con agua sobre la mesa. Sé que él está observándome, pero me siento cálida e íntima a su lado sin necesidad de palabras, que solo quiero recostarme ahí, sin embargo me parece que él quiere algo diferente.

- Buenos días – saluda.

- Buenos días Señor – respondo levantando mi rostro hacia él, vuelvo a sonreír. Él devuelve el gesto con una de esas deliciosas torceduras de sus labios.

- ¿Tienes una buena respuesta para mi hoy? – pregunta, pienso un poco en ello. ¿Respuesta a qué? Coloca un dedo en mi frente, aligerando la contracción de mi rostro al pensar – Te he preguntado sobre tu futuro antes ¿recuerdas? ¿Crees que tienes una mejor respuesta para mi ahora? – la claridad me llega junto con sus palabras, por supuesto, me avergüenzo porque él pide una mejor respuesta cuando en realidad no le di ninguna.

- ¿Se refiere a futuro, como… como matrimonio e hijos? – pregunto, como una manera fácil de iniciar el tema. Mis palabras no son precipitadas, por el contrario, parecen medidas y cautas mientras lo observo y él hace lo mismo. Me gustaría poder poner mi cabeza sobre su pecho, así podría sin necesidad de mirar en sus ojos, escuchar y sentir las reacciones de su cuerpo a lo que sea que de mi boca pueda salir. - Porque… creo haber llenado algo sobre ello en aquel formulario – mi mente viaja rápidamente a aquellos primeros días, y aquel extenuante formulario que llene para él.

- No estaba refiriéndome a eso exactamente, pero ahora que lo mencionas, ¿ha cambiado en algo la percepción que expresaste entonces? – abro los ojos cuando él habla, esta sereno y sus palabras son pausadas, siento que si solo llevamos esto como una conversación, pueda hacerlo fácil. Tengo que poder hacerlo.

- No… - siento mi ceño fruncirse y desvió mis ojos de los suyos, pero es solo porque estoy comprobando que en realidad no ha habido ningún cambio. Si se me planteara algo como el matrimonio, y la sola palabra emerge un escalofrió por mi espalda, seguiría pensando que es solo un procedimiento sin sentido, seguiría y sigo pensando que no es necesario, y que él fracaso se asegura más cuando te encapsulas en ello. No, definitivamente la aversión que he creado hacia ello sigue intacta. Y… los hijos, bueno, eso es otra cosa.

- ¿Nada de matrimonio? – cuando enfoco mis ojos en su rostro, veo como él pronuncia la palabra matrimonio con una sonrisa medio burlona, eso me hace explayar una sonrisa en respuesta porque se siente como si mi pensamiento fuese compartido por él, y por un breve instante, me gusta esta conversación.

- En absoluto – le digo - ¿A… a usted le atrae la idea? – pregunto de repente sintiendo curiosidad, juntarlo a él y la palabra matrimonio, se siente bizarro, incorrecto, al menos en mi mente pero… puede que este equivocada, después de todo lo que hay en su mente es algo que solo él conoce y de lo cual me regala pedazos, me digo recordando hace unas horas. Aunque ¿si a él le gustase la idea, que? Ugh, no, prefiero no ir por ese hilo de pensamientos.

Una de sus cejas se eleva en un gesto que esta entre la sorpresa y el cuestionamiento, pero que rápidamente es seguido por una suave risa y negación de su cabeza. ¿No? Oh… alivio, siento alivio.

- No… no estoy en sintonía con el significado de ese acto – pronuncia solamente, y eso es lo único que necesito para sentirme aliviada por mis no tan pequeñas dudas anteriores que no he querido considerar.

- Bien… entonces, si no es eso ¿sobre qué es? – pregunto, bueno… son demasiadas cosas en realidad, y sé que futuro implica muchas cosas más que hijos y matrimonio, porque es tonto pensar que pueda ser solo eso, pero… preferiría que él me hablara de manera más específica, así yo podría responder más concretamente y no empezar un parloteo, o… Él debería tan solo hacerme una pregunta tras otra, eso sería muy bueno.

- Hmmm… - murmura – ven – dice y se impulsa con sus piernas para sentarse recostando su espalda al cabecero de la cama. Me jala hacia su cuerpo, levantándome y dando la vuelta para apoyar mi espalda en su torso mientras mis piernas se estiran hacia el lado libre. Pronto, soy envuelta por sus brazos, calor y olor fresco. No tener sus ojos directo en los míos recrea un ambiente más calmo para mi mente, así que ahora puedo cerrar mis ojos con libertad y dejarme vagar en sus brazos.

Mis pensamientos no son confusos, son delicados, finos y corrientes, no hay confusión en lo que quiero decir, la confusión esta en lo que siento y lo que él sienta, aunque después de ayer, tengo menos miedo.

- Se lo que somos, lo que soy y en lo que creo. Y sé lo que eres, lo que te gusta, lo que crees y lo que haces. Es eso que somos, que guardamos tan íntimamente, lo que nos ha permitido reunirnos y compartir esto que hemos formado. No han sido promesas que aquellos tildan con el verbo amor, no es la atracción física empedernida de los amantes, es… esa sensación de saber que detrás de los ojos que ves, esta alguien que te necesita, alguien que, muy por encima de los banales, superficiales e infructuosos sentimientos que nos enseña la sociedad actual, hay alguien que quiere depender de ti y que lo hace, que se entrega y valora ese momento crucial de dar y recibir. Dudo mucho que me esté explicando bien, pero espero que al menos logres, en algún modo singular, captar el verdadero significado tras el montón de palabras que puedan salir de mi boca – Dice.

Es demasiado emocionante escuchar sus palabras, resulta superfluo por su parte pensar que no voy a ser capaz de entenderle, o tal vez… no es que él piense que no seré capaz, tal vez… y lo noto por el modo en que sus manos se mueven la una contra la otra, o en que siento su pecho descender y ascender con el palpitar acelerado de su corazón contra mi espalda desnuda, que a él le resulta tan difícil de explicar lo que quiere decir, que cree enredarse en sus propias palabras, tal vez, esto resulta tan difícil para él como lo es para mí.

- Decir que me gusta lo que somos y lo que tenemos, sería una definición pobre y cónsona de lo que verdaderamente me causa. Ya sabes lo mucho que me agrada el pensamiento de saberme poseedor de ti, en todos los sentidos que ese término puede representar. Y eso es bastante extenso a mi modo de verlo. Yo nunca he sido un hombre de pensar en el tiempo como un limitante, porque mis limitaciones se han basado en conseguir lo que quiero y me propongo, y una vez que les tengo les disfruto hasta saciarme; ese es el típico apetito del hombre. – me tenso, precisando que sus palabras son algo de lo que me he esperado con antelación desde hace bastante tiempo – Pero tú eres, como también lo sabes y espero que él hecho de sentir tu cuerpo tensarse entre mis brazos no sea que estés olvidando eso, la excepción a la regla, que no me sacio de lo que logro contigo, que cada día logra ser distinto, y que de tu parte solo recibo más y más, compromiso, entrega, obediencia y confianza. Nunca he dejado de sentir que me das eso, y es por eso que me has dado motivos en ver más allá de lo que tengo en frente, y pensar en lo que hay más allá de este momento. – por el modo en que calló, sé que viene un silencio prudente. Mi pecho martillea por sus palabras, asumiendo cada una, interpretándolas a mi manera e intentando tomarlas como el desea expresarlas.

- Si usted ha pensado en que no es un hombre de ver más de lo que está frente a si, debe saber que yo no disto mucho de sus capacidades, Señor – empiezo, rezando internamente para tener el valor suficiente para poner en evidencia completa mis emociones ante él, y fuese él finalmente, quien juzgara y decidiera, pues había disfrutado de todo lo que podía ofrecerme y había cultivado en mi cuerpo los sentimientos por él, sin embargo ¿no es el poseedor de ello, quien puede decidir si tomarlos o no? ¿Recolectar o dejar perder su cosecha? Después de todo, él había dicho que yo le importaba – Pensar en futuro algunas veces me parece sensato, y otras tantas me parece una pérdida de tiempo, pues ¿para qué malgastar tiempo que puedes pasar disfrutando de lo que tienes hoy, pensando en lo que puedes o no tener mañana?

Siento el cambio en su cuerpo, motivándome a alzar una mano para detenerlo.

- Por favor, le pido me deje continuar, creo haber encontrado suficiente valor para hacer esto y, temo si me interrumpe, me acobarde y guarde silencio – ante mis palabras, siento su cuerpo relajarse y el mío a la par del suyo – Mis pensamientos no son insensatos, por el contrario, los califico y noto como analíticos y muy… demasiado medidos. No estoy confundida en lo que quiero, es más bien esta diatriba, esta disputa entre lo que yo quiero y lo que usted pueda querer. Debe saber usted, que vivo a veces una lucha entre lo que quiero por mí misma y lo que quiero para complacerle. Porque por mucho tiempo me he esforzado por opacar la parte que quiere más para mí de lo que piensa en ofrecerle a usted, porque darle a usted me complace de formas más elevadas… significativas. Sin embargo, ese conflicto queda minimizado cuando de esto se trata porque, con el pasar del tiempo, ¿Cómo no ver lo que está a simple vista? ¿Cómo ignorar lo que quiero? Y no quiero dar tantas evasivas como para que se preste una malinterpretación.

Me refiero a que, antes, cuando estaba el contrato, actuaba tranquilamente a sabiendas de que tenía una fecha tope. Era algo inminente, era jugar sobre seguro. Nadie me va a decir cuando parar, simplemente lo sabía porque estaba preestablecido. Lo comparo con algo tan bueno como saber cuándo vas a morir, cosa que nunca ocurre, pero si lo supieras, entonces sabrías el tiempo que tienes para vivir al máximo. Eso intente, eso hice. Pero con usted tuve, y estoy teniendo algo que erróneamente llamo otra oportunidad. Y digo erróneamente porque me parece que es una incorrecta forma de llamarlo.

¡Vaya! Me detengo para tomar aire y siento como mis ojos se abren un poco más de lo normal. En unos segundos he dicho más palabras juntas en frases que todo el tiempo que tengo a su lado y siento como mis mejillas se calientan, aún no he llegado al punto de responder a su pregunta inicial y ya me he explayado demasiado. ¿Estaré siendo demasiado… tonta? Mi vergüenza va en crescendo mientras me permito pensar en ello. El silencio a nuestro alrededor también crece y resulta, en este momento de conflicto interno, extremadamente abrumador.

- Sigue por favor – él rompe el silencio intenso que nos está envolviendo, su voz es suave y a eso le sigue sus dedos sobre mi mejilla encendida. – Espero que no estés teniendo un ataque de arrepentimiento verbal. Escucharte me está resultando tan fascinante como contemplarte amordazada, así que prosigue ahora, que me tienes cautivado – sé que ha acercado su cabeza hasta mí, porque su voz me llega cercana y siento el aliento que expulsa con cada silaba contra mi piel, es inevitable que las terminaciones nerviosas de mi cuerpo no cobren sentido cuando él hace eso, y más, cuando halaga mi diatriba verbal. Tomo aire, una vez más en esta ultima hora. Y sigo con mi explicativo relato.

- Bien, pues en esta nueva forma, en que usted y yo hemos avanzado – continuo – Mi primer pensamiento de entonces fue, ¿hasta cuándo? Porque he aprendido con el pasar de los años, que todo tiene una fecha de caducidad, y no hace falta que yo haya tenido o no grandes pérdidas en la vida, basta con mirar alrededor para saber que las cosas son de esa manera. Y eso me hace pensar una vez más ¿hasta cuándo? Pero también, he aprendido a ignorar esa necesidad de saber la fecha límite para disfrutar de este pequeño trozo de algo bueno para mí. Porque cada pequeña cosa es buena – de nuevo mis mejillas se calientan y es porque mis pensamientos están tomando rumbos distintos – Estos días, ayer – mi voz adquiere un tono más neutral pues estoy llegando al tope del asunto – En general. He estado pensando en lo bien que han ido estos últimos días. Y ¿Cuánto más lo quiero? No sabría decirlo, y creo que es una tontería y una aseveración absurda decir que se quiere algo para toda la vida, porque hay cosas que cambian, y yo no podría asegurar o negar algo como eso en este momento. – digo con total claridad – Pero sé que hoy quiero esto más que nada, y estoy segura que quiero amanecer mañana teniendo esto, siguiendo con mi vida de esta manera con esta… afinidad a usted, eso me llena, me complace, y me hace feliz cada día. Sé que en una semana me veo teniendo esto, explorando nuevas cosas, pero sobre todo viéndole el rostro, recibiéndole en la entrada o… cumpliendo cualquier cosa que usted desee. ¿Un mes? Cuando lo pienso digo ¡Por supuesto que lo quiero! No puedo pensar en un momento en que no lo tenga, y decirlo en voz alta me da temor porque ¿Qué si usted no está en el mismo hilo de pensamientos que yo? ¿Qué tal que sí, lo que estoy diciendo, resulta una condena para mis días? Pero ¿Qué puedo yo hacer? Ahora es, como siempre, su decisión sobre mí en sus manos, ya no puedo ocultar más el flujo de emociones o palabras que quieren salir de mí, es su decisión si resulta tonto, o demasiado. Por lo tanto, ¿futuro? Si, lo pienso, me veo con mi carrera aún más en alza, me gusta lo que hago, veo a mi familia a mi lado, eso es lo más seguro que tengo… y aun me veo aquí ¿Por qué no? Una visita a casa de sus padres, o cualquier cosa, como he dicho antes. No pienso que vaya a acabar ahora, aunque siempre creo que todo va a acabar en algún momento. Y no solo me refiero a esto, sino todo en general.

Silencio, luego de mi extensa explicación, todo lo que hay en nuestra habitación es silencio, neutral, etéreo pero sobre todo cómodo. Mis latidos han ido acompasándose hasta adoptar un ritmo normal, al igual que mi respiración, hasta un punto en que todo mi cuerpo parece viajar en consonancia y establecer un estado catártico.

- ¿Señor? – llamo después de un par de minutos en los que el silencio, que en primer lugar catalogue como cómodo, empieza a causarme estragos. Pues espero que en cualquier momento él diga algo. Aún está de espaldas por lo que no puedo ver su rostro para medir su reacción, solo puedo intentarme guiar por la suavidad de sus extremidades, la soltura de su cuerpo y la tranquilidad de sus latidos y su respiración a mi espalda.

- Si – es todo lo que dice ¿se está burlando de mí? ¿No sabe acaso que espero diga algo?

- Yo… ¿no me dirá nada? – tengo que ser directa con lo que necesito pues, si no lo hace pronto, mi cerebro creativo empezara a tomar conclusiones. Y nunca son las más positivas.

- Ah, mi pequeña Isabella – dice y hace que mi corazón vuelque y deje a un lado su ritmo lento. Rápidamente nos gira de tal forma, maneja nuestras posiciones con premura hasta situarme aprisionada a un lado de su cuerpo, él sobre mí, y frente a mi toda la expresión apacible y satisfecha de su rostro – No podría encontrar una manera sensata y razonable para explicarte cuan complacido estoy, me has dejado escuchar un poco de toda esa paradoja de tu cerebro ¿complacido? ¿Extasiado? ¿Feliz? Son emociones singulares cuando todo mi ser grita en plural. Nunca vuelvas a temer mi reacción por tus pensamientos, son tuyos, es tu mente, tan complejo y natural como tú misma. – dice, sus ojos siguen siendo suave sobre las líneas de mi rostro. Mi interior sonríe y se calienta, como la calidez del sol en la mañana, como fresco y caliente. Como algo bueno, donde todo se ajusta en su lugar.

Se acerca y espero, paciente, porque ahora solo quiero ser paciente por sus atenciones, dejándole hacer lo que le plazca en esta faceta suave, querida, cuidadora y consumadora de su alma, un poco de locura en sus ojos, con el brillo sustancial de la pertenencia, más la calidez del sentimiento.

Besa mi mejilla, y sus labios permanecen allí contra mi piel.

- Te lo agradezco – murmura contra mi mejilla – Y créeme – repite, moviendo sus labios contra mi piel, acariciándome con tal suavidad – Tus intenciones apenas alcanzan las mías, descuida, he de decirte que no sabes la connotación de tus palabras hacia mí, hoy, ahora, y espero que la asumas en algún momento. Un compromiso ciego, una firma sin pluma, un sello sin tinta. En el aire directo a los oídos de quien debe escuchar, la íntima promesa de una noche más, eres mía, y eso no lo va a cambiar nada ahora, ni por ahora, y no creo querer cambiarlo en el futuro. Cuando se es poseedor de algo, no es por un tiempo, es por mucho en realidad. Ahora sabes, pues, a qué atenerte – las últimas palabras las susurra directo en mi oído, y no puedo sino sonreír, porque él está diciendo aquello que de alguna manera quiero oír, interpreto sus palabras y me lleno de ellas.

Sé que nunca se dice todo, y nada ha quedado dicho. Pero de lo que futuro se trata, él lo quiere conmigo y yo lo quiero con él.

He de decirle al mundo que tengo un Amo considerado, tierno, duro, suave, él es tempestad y a la vez es calma soleada. Él es fuerte pero tiene la sensibilidad necesaria para hacerte sentir a gusto. Él explota todo de ti, para luego premiarte por la buena cosecha. Él exprime tus temores, pero sabe apreciar tus lágrimas.

¿Qué es el buen Amo?

¿Qué es la buena Sumisa?

Hombres, mujeres, eso somos todos. ¿Buenos? A los ojos de quien quiere verlo. Tal vez, y creo que en realidad nadie busca hacerlo, no somos los mejores, nadie tiene porque vernos como tal, nadie que no sea él o yo misma. Para mi él es el mejor, es tener todo y no tener necesidad alguna de mirar hacia otro lado.

Sus brazos me aprisionan, sin necesidad, solo por gusto. Porque soy cautiva de todo cuanto su ser compete.


Bla... Bla... Bla...

¡Por fin! Espero que puedan disfrutar leyéndolo tanto como yo terminandolo ._. ha sido la cosa más larga de mi vida por escribir. ¡Dear God!

En fin, gracias a aquellas personas que se preocuparon y preguntaron ¿donde andas?

Y gracias en general por permanecer esperando.

Saludos.