Capítulo XXXVI

Dos semanas habían pasado desde que Candy y Albert habían hecho público su romance. En los periódicos, el escándalo del repudio de los Leagan todavía hacía eco, pero así también el anuncio del romance del gran patriarca con su pupila comenzaba a salir de debajo de la alfombra, y a aparecer en la sección de cotilleos. Pero ni Albert ni Candy sintieron el efecto de esos titulares. Nunca habían prestado demasiada atención a lo que piensen los demás, y no estaban por empezar a hacerlo ahora. Tal vez la tía Elroy hubiera pegado el grito en el cielo, pero ella se había refugiado en Florida con los Leagan, así que poco podía enterarse de lo que decía la prensa de su sobrino preferido.

Albert, el lunes siguiente a aquel intenso fin de semana, había regresado inmediatamente a Chicago junto con Archie para ocuparse de sus empresas. Mientras que Candy junto con Annie y toda su familia, se habían quedado en Lakewood por petición de Emily. La madre de Candy se había enamorado completamente del paisaje del lugar, y como la primavera poco a poco comenzaba a florecer, las rosas del jardín de Anthony también habían aparecido en todo su esplendor dándoles la bienvenida.

Emily había aceptado a regañadientes, pero aceptado al fin, el par de enfermeras más el médico particular que Albert le había conseguido. Al principio, no se sentía cómoda ante tanto cuidado y atención, pero después de un par de días ya se había moldeado a su nueva vida. Donde ella iba, una enfermera la acompañaba. Y todas las noches su médico la visitaba para ver sus progresos, cambiarle los medicamentos o ajustarle la dosis de los calmantes. Debía reconocer que la tos se hacía cada vez más presente e insoportable, pero había prohibido permanentemente tanto a su médico como a su marido decirle algo a Candy. Su única hija por fin era feliz, y ella no estaba por permitir que se ensombrezca ninguna felicidad.

Candy, por su parte, cada día sonreía más y más. Sencillamente, no le alcanzaba el rostro para tan tamaña sonrisa. No podía creer lo bien que había girado su vida y lo bien que había resultado todo. Ya que sin que pudiera explicarlo, estaba enamorada y era completamente correspondida. Y eso no era todo, sino que también, de un día para el otro, había encontrado a sus padres y por fin eran una familia de nuevo. Y además, había conocido a tres grandiosas mujeres, que con toda la felicidad del mundo podía llamarlas tías sin ningún impedimento. Y también, aparte de toda aquella fortuna desmesurada, su amistad con Annie se reforzaba día a día. Así que ¿qué más podía pedir?

¡Exacto! ¿Qué más podía pedir? Se preguntaba incesantemente Candy, mientras una pequeña duda atravesaba su cerebro…

¿Qué era lo que le sucedía? ¿Por qué no podía disfrutar de lo bueno? ¿Por qué cada día, al levantarse se sentía tan inquieta? Porque si realmente estaba tan feliz, y no había motivos para no estarlo, entonces ¿por qué no se sentía completa? ¿Qué estaba pasando? Tal vez fuera el hecho de que Albert no había dado señales de vida en los últimos días… ¿acaso era eso? ¡No, claro que no! No podía serlo, ella confiaba plenamente en Albert ¿cierto? ¡Sí, claro que sí! Pero, entonces ¿por qué se sentía así? ¿Acaso era mucho pedir una llamada cada día, o una carta? Albert se había marchado hacía dos largas semanas a Chicago, y desde entonces habían hablado por teléfono prácticamente todos los días, a excepción de los últimos tres días, en los cuales no había llamado ni una sola vez. ¡Ni una sola vez! Claro que no podía exigirle que deje todo su trabajo sólo para estar con ella. ¡Claro que no! Pero ¿qué tal llamarla más seguido? ¿O escribirla como hacía antes? ¿Acaso era mucho pedir eso?

Toda aquella maraña de dudas se había instalado insólitamente en la cabeza de Candy, con la única finalidad de no dejarla en paz. Y así había llegado aquella noche, sin poder pegar un ojo. Daba vueltas y vueltas en la cama. Su mente estaba llena de torbellinos negros, de miedos y hasta de celos. Sí, celos. Porque… ¿Y si Albert se había arrepentido? ¿Y si se había dado cuenta que no estaba enamorado de ella? ¿Y si había descubierto que estar con ella era un terrible error? Porque algo era innegable, ella era una simple chiquilla, sin clase, sin experiencia, sin la elegancia que se esperaba de la futura esposa de un magnate como Albert… Y entonces, poco a poco, comenzó a recordar los acontecimientos de las últimas semanas, dándose cuenta finalmente que ella no le llegaba ni siquiera a los talones a la ex prometida de su novio… ¡Oh, cielos! ¡Qué pequeña de repente se sentía! Albert no era solamente Albert, "su" Albert… Sino que ahora ¡era todo un multimillonario! Y no solamente eso, sino que además era increíblemente guapo, hasta tal punto de ser el soltero más codiciado de toda América... ¡Era William Albert Andrew, por todos los santos! ¿Y qué hacía él con ella? ¿En serio había sido tan ingenua como para pensar que un hombre así sería capaz de casarse con una jovencita como ella? ¡Dios! ¿Acaso alguien podía explicarlo? Ella, una simple enfermera que recién estaba conociendo sus orígenes… ¿Y si todo había sido una mentira? ¿Y si al volver a Chicago él se había encontrado con Josephine? ¿Y si por eso él había desaparecido los tres últimos días? Y de repente, en su mente comenzaron a aparecer imágenes de Albert y Josephine encontrándose en plena calle de Chicago, mirándose con cariño, y corriendo uno hacia al otro para terminar estrechándose en un fuerte abrazo, besándose apasionadamente, mientras todos los transeúntes aplaudían frenéticos y gritando: "¡Qué vivan los novios! ¡Viva!"

-¡No! –Gritó sobresaltada, sentándose abruptamente en la cama, con su blanco camisón empapado de sudor.

No, no podía ser eso… Ella debía confiar en Albert, como siempre lo había hecho…

De pronto, un pequeño ruido se sintió en su ventana. Dirigió allí su mirada, pero no vio nada, sólo las blancas cortinas cerradas. Respiró hondo. Definitivamente, debía calmarse. Estaba por volver a tumbarse en su cama cuando volvió a sentir otro ruido, y luego otro, y otro más. Inmediatamente se levantó y caminó hasta allí para correr la cortina. No vio nada, sólo la más absoluta oscuridad. Estaba por volver a la cama, cuando un fuerte golpe en el vidrio la volvió a sobresaltar, y sin pensar abrió la ventana dando paso a la fresca brisa nocturna. No pudo ni reaccionar que un dolor fuerte y agudo estalló en su frente.

-¡Auch! –exclamó frotándose la frente. Miró al piso y encontró una pequeña piedra sobre la alfombra.

Asombrada sacó la cabeza por la ventana, y allí lo vio… Justo debajo de su ventana, apoyado sobre el tronco de un árbol, se encontraba el hombre de sus sueños, vestido con su ropa informal de siempre: vaqueros, camisa oscura, campera de cuero y botas negras. Dios, estaba tan guapo, y encima la miraba con tanto cariño, que inmediatamente hizo temblar su mundo… Un relincho desvió su atención, y pudo constatar que un poco más allá estaba Janto, su imponente corcel negro, aquel que ella conocía tan bien…

-¡Albert!

-¡Candy! ¿Quieres dar una vuelta?

-¡Pero, por supuesto! Esperame un momento.

Sin pensarlo dos veces, volvió a su habitación. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba completamente vestida. Con unas botas negras, y un vestido azul que le llegaba hasta las rodillas, de mangas largas y cuello alto. Se peinó lo más rápido que pudo y sujetó parte de sus rizos con una hebilla en una media cola.

Inmediatamente, volvió a asomar la cabeza por la ventana y vio a Albert que estaba esperándola junto a Janto. Sin meditarlo ni un segundo más, salió por la ventana y saltó hacia la rama del árbol más próxima. Y así fue saltando de una rama a la otra, hasta llegar al suelo. Sin ni una pizca de esfuerzo, aunque tal vez estaba un poco agitada. Se sacudió las hojas que habían quedado prendidas de su ropa y levantó la vista para mirar nuevamente a su gran amor que la sonreía con ternura.

-¡Vaya! Definitivamente, no has perdido la práctica ¿eh? –comentó él risueño.

-¡Pues, claro que no! –contestó Candy, acercándose al caballo.

Cuando estaba por montarlo, Albert la detuvo.

-¡Ey! No tan rápido…

Candy lo miró sorprendida, pero inmediatamente se perdió en el brillo de sus ojos. Albert la miraba con tanto amor, y sonriendo tan cálidamente, que a ella le temblaron las rodillas. Lentamente, él se fue acercando y tomando su rostro entre sus manos, la besó. El beso era tan dulce, tan tierno y tan suave, que la transportó al cielo en un segundo.

-Disculpame por esto –susurró él, luego de un momento y frotando suavemente su frente, donde anteriormente había golpeado la piedra.

-No te preocupes, no fue nada –contestó ella toda ruborizada y con la mirada brillante-. Te extrañé estos tres últimos días…

-Sí, lo sé, perdoname Candy. Yo también te extrañé, no sabes cuánto… -volvió a besarla suavemente- pero es que estaba planeando una sorpresa –añadió pícaramente.

-¿Sorpresa?

-Sip. ¿Vamos? –Albert tomó sus manos incentivándola a subir al caballo.

-Sí… –Contestó ella todavía en una nube.

Luego de un segundo, cuando por fin pudo controlarse, subió de un salto al hermoso corcel negro.

Albert la miraba maravillado. No importaba cuántas veces presenciaba aquella forma de ser tan espontánea y despreocupada, eso siempre lo sorprendía. Sin tardar ni un momento más, él también se subió ubicándose justo frente a ella y tomando las riendas del caballo.

-¿A dónde vamos? –preguntó la rubia, al mismo tiempo que rodeaba con sus brazos el cuerpo de su amado.

Albert suspiró al sentirla. Cielos, definitivamente la había extrañado como un loco.

-Por ahí… -contestó sonriendo enigmático, dando comienzo a aquel romántico paseo nocturno.

El oscuro cielo con sus incontables estrellas los cubría como un manto, y sólo una lejana luna llena los iluminaba. La fresca brisa nocturna los acariciaba, al mismo tiempo que en la mansión se sentía al más absoluto silencio, indicando que todos sus ocupantes estaban durmiendo. Y a lo lejos, desde un oscuro bosque, se escuchaba el cantar de algunos grillos o el croar de algunas ranas.

Candy respiró profundamente, llenándose de aquel familiar olor. El olor a hombre mezclado con hierbas, menta y maderas… Cómo lo había extrañado… Sin contenerlo, lo abrazó con más fuerza, sintiendo su calor, escuchando el latido del corazón que amaba tanto.

-Albert… -lo llamó luego de un momento.

-¿Sí?

-¿Recuerdas la fiesta de mi cumpleaños en Winds Hollow?

-Sí, claro que sí.

-¿Recuerdas cuando nos sentamos cerca del fogón?

-Sí.

-¿Recuerdas cuando contamos las estrellas?

Albert sonrió. Oh sí… Claro que lo recordaba…

-Huhmmm…

-¿Qué pediste aquella noche?

-¿En verdad quieres saberlo?

-Sí…

Albert suspiró, abrazándose momentáneamente a los pequeños brazos que rodeaban su cintura.

-Pedí estar contigo, Candy… Hacerte feliz…

-¿En serio?

-Sí.

Candy sonrió y se aferró a él con más fuerza.

-Yo pedí lo mismo… ¿Crees que por eso estamos juntos? ¿Crees que el universo nos ayudó?

Él levantó la vista al firmamento, pensativo.

-Sí… Estoy seguro –contestó sonriendo.

Candy también levantó la vista al cielo, y se quedó admirando el centenar de estrellas que en ése momento estaban brillando más que nunca. Hasta daban la impresión de que estuvieran asintiendo lo que ellos pensaban, titilando también enamoradas.

Luego de varios minutos de lento y pausado caminar, llegaron finalmente a un lugar que Candy conocía muy bien. Sobre todo aquel cristalino sonido de cascada, le hizo dar cuenta que no estaba equivocada.

-¡La mansión del bosque! –exclamó, entusiasmada.

-Sí –contestó él con una sonrisa, bajando del caballo de un salto y ayudándola a hacer lo mismo.

Ataron a Janto bajo un árbol cerca de la hierba y el agua fresca de cascada, y caminaron hacia la mansión.

Una vez dentro, Candy no podía estar más maravillada. Había numerosas velas por todos lados. Y frente a la chimenea encendida, varios almohadones estaban desparramados por el suelo, cubiertos completamente con pétalos de rosas rojas, blancas y rosadas.

-Oh Albert… Esto es precioso…

-Me dije que después de tantos días separados, nos debíamos una noche romántica ¿no te parece?

-Oh si… Claro que sí… –contestó, súper emocionada.

-Ven… -Albert la tomó de la mano y la llevó hasta los almohadones.

Luego se fue un ratito a la cocina y volvió con una botella de champaña y dos copas. Y ambos se sentaron frente a la chispeante chimenea.

Candy se había quedado sin palabras, aquello era demasiado.

-Pero Albert… ¿por qué?

-¿Por qué no? –respondió pícaramente.

-Es muy romántico…

Varios minutos pasaron, entre que Albert descorchaba el champán y servía un poco del espumante líquido en cada copa.

Luego, mientras brindaban mirándose intensamente, Albert decidió romper el silencio.

-Candy… Sabes que te amo más que a mi vida, y que sin ti mi vida no tiene sentido ¿no?

-Sí… -contestó emocionada –yo también te amo, Albert… Con todo mi corazón…

-Hemos pasado por tantas cosas, pequeña… ¿Es increíble, no lo crees? Te conocí cuando apenas era un adolescente y tú una hermosa niña de intensos ojos verdes. Tu sonrisa fue lo primero que me cautivó ¿lo sabías? Y me dejó prendido al instante. Me has hecho tan feliz desde entonces…

-¿En serio?

-Sí, ¿acaso lo dudas? Candy… Fue tu inmensa sonrisa la que me impulsó a ser como soy ahora, la que me dio esperanzas de seguir, la que me permitió cargar con todas las obligaciones de lo que ser patriarca de la familia Andrew implica… Tú Candy, tu impresionante belleza y aquella preciosa sonrisa, me impulsaron a seguir viviendo.

-Oh, Albert… -exclamó ella con la voz rota de la emoción. Aún no se había dado cuenta, pero sus ojos ya estaban completamente cubiertos con lágrimas.

-Candy, pequeña… No tienes idea de cómo era mi vida en aquel entonces. Había perdido a mis padres, y también a mi hermana. Me sentía completamente solo, lloraba todas las noches… No quería ser el patriarca de ninguna familia, no quería estudiar ni administración, ni contabilidad, ni nada por el estilo. Yo solamente quería que mis padres revivieran o que mi hermana no se hubiese muerto. Estaba completamente desolado, perdido… Odiaba a Dios, estaba totalmente enojado con él, no entendía cómo había podido ser tan cruel conmigo. Lo único que me animaba un poco era estar con los animales, pero ni eso podía hacer. ¡Yo solamente era un niño, pero la tía Elroy ya quería que me hiciera cargo de toda una familia! Y no cualquier familia ¡sino de todo el bendito clan Andrew! ¿Lo puedes imaginar? Y yo solamente me preguntaba todas las noches, en cómo lo iba a lograr… Me sentía morir por dentro… El único que de vez en cuando se daba cuenta de mi pesar era George, pero él poco podía hacer por mí, más que cuidarme y velar por mí. En aquellas épocas, me sentía realmente acorralado, y sinceramente, no tenía ganas de vivir…

-Oh, Albert… -Candy dejó la copa a un costado y se lanzó a sus brazos. Albert la apretó con tanta fuerza que Candy sintió aún más los deseos de llorar.

-Y entonces… Llegaste tú, Candy…

-¿Cómo? –Candy se separó un poco para mirarlo de frente. Le partió el corazón constatar que él también tenía lágrimas en los ojos.

-Sí, apareciste corriendo como un rayo por esa colina, y luego reíste y me demostraste que vivir tal vez no era tan malo… Recuerdo que en el aquel momento me dije, que si en el mundo existían criaturas tan bonitas como tú, tal vez, seguir viviendo no sería tan malo…

-Oh, Albert…

-Candy, desde entonces has aparecido y reaparecido en mi vida mágicamente. Nos encontramos tantas veces, y sin quererlo… Es increíble… Es como aquel famoso hilo invisible del que tantos hablan… Estamos unidos desde siempre, Candy… ¿no lo crees?

Candy sonrió.

-Sí, yo también varias veces pensé lo mismo… -afirmó, mientras acariciaba tiernamente aquellas rasposas mejillas masculinas.

-Candy, te amo… Y quiero pasar el resto de mi vida contigo…

-Yo también, corazón…

-¿En serio?

-Claro que sí… Te amo Albert y sin ti, no sé qué hubiese sido de mi vida… Me salvaste Albert, tantas veces, que no me alcanzará una vida para pagártelo… Aquella vez, en la colina, yo estaba inmensamente triste. También sentía que mi mundo se estaba partiendo. Annie, mi amiga, mi hermana, me había escrito diciéndome que ya no podía hablar conmigo, que ya no podía decir que me conocía, que ya no podía decir que era una niña que creció en un orfanato… ¿lo entiendes? Annie, mi única amiga, ¡me estaba rechazando por mis orígenes, por mi casa, por cómo era yo!-

Candy rompió en llanto. No importaba cuánto tiempo pasara, aquello aún dolía en el alma.

-Oh, pequeña… -Albert volvió a abrazarla, hundiendo su rostro en su cuello, mientras le acariciaba la espalda, consolándola.

-Y entonces, justo en ese momento, apareciste Albert, y me diste un motivo para sonreír… Con tu extraño traje escocés y aquel instrumento que hacía sonidos tan extraños… -recordó sonriendo.

-Ah sí… ¡El instrumento que parecían caracoles arrastrándose! ¡Jaja, aún lo recuerdo! -rió Albert acariciando aquella nariz llena de pecas con la suya-. Me causó tanta gracia. Ahora, dime Candy… ¿Cuándo o cómo pudiste escuchar el sonido que hacen los caracoles arrastrándose, eh? Yo todavía no lo pude descifrar.

-No lo sé Albert, no me pidas que te explique lo que veía o escuchaba a los seis años, mi mente era una fantasía sola.

-Oh, Candy… Tenemos tanta historia juntos…

-Es cierto…

Sus miradas se perdieron, uno en los ojos del otro, por varios segundos. Luego Albert, sin dejar de acariciar sus mejillas, fue acercando sus labios para besarla suavemente.

-Por eso… -dijo luego de un momento con dulzura, interrumpiendo el beso- Por todo lo que tenemos entre nosotros, porque nos amamos intensamente, y porque no podemos vivir el uno sin el otro, es que debo hacerte una pregunta…

-¿En serio? ¿Cuál?

Albert despacio, muy despacio, metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña cajita aterciopelada negra. Inmediatamente la abrió y la giró para que Candy viera su contenido.

La rubia se quedó sin habla. Un intenso rubor subió por sus mejillas y su corazón comenzó a palpitar alocadamente. Dentro de la cajita había un anillo de oro blanco, con diamantes incrustados formando una hermosa rosa, donde a los costados se podía observar unas esmeraldas, dando la forma de dos pequeñas hojas.

-¿Te gusta? –Preguntó con los ojos brillantes, y una inmensa sonrisa en su rostro–. La rosa simboliza nuestro amor, nuestra historia. Blanco, puro, que nació en la inocencia de la infancia, pero que fue creciendo, floreciendo a lo largo de los años, y que hoy es tan fuerte como el diamante… Y las hojas, de esmeraldas, como el color de tus ojos, simbolizan la frescura, la espontaneidad, la esperanza de vivir siempre juntos, de no separarnos jamás…

-Oh, Al… Bert… -susurró Candy, con la cara empapada. –No, no sé qué decir… Es precioso…

-Sólo di que sí, Candy…

-¿Qué diga que sí?

-Sí, corazón… -Albert se acercó aún más a ella y tomó su rostro entre las manos –Di que aceptas casarte conmigo, que me aceptas por el resto de tu vida… Candy, muero por vivir contigo cada día de mi existencia, por dormir contigo todas las noches, y por despertar junto a ti todas las mañanas… Candy, mi amor, por favor, di que me aceptas para hacerte feliz, cada día de nuestras vidas, hasta que la muerte nos separe…

Candy estaba atónita, sólo sentía que las lágrimas continuaban mojando sus mejillas. Estaba totalmente, irremediablemente sorprendida. ¡Oh, por Dios! Aquello era tan romántico, tan puro, tan hermoso, tan… Mágicamente sorprendente, que no podía decir ni una palabra. Tenía la garganta cerrada por la emoción, por las lágrimas, por el inmenso amor que aquel hombre le prodigaba.

-¿Candy? –Albert la miraba impaciente, con los nervios a flor de piel.

-…

–Candy… –volvió a llamarla luego de unos minutos. -¿Quieres casarte conmigo?

-Por Dios… -susurró sorprendida, dándose cuenta finalmente de lo mucho que estaba tardando en contestar -¡Sí, claro que sí! Oh, Dios mío, Albert. ¡Sí quiero casarme contigo! –Exclamó lanzándose a sus brazos.

Él suspiró, abrazándola con fuerza.

-Cielos, Candy. En un momento creí que me dirías que no.

-Lo siento –se disculpó, sonrojada, sonriendo.

Entonces, Albert, despacio y con toda la paciencia del mundo, sacó el anillo de la cajita, y con suma delicadeza lo deslizó por su dedo anular. Luego, llevó esa mano a sus labios, y besó cada uno de sus dedos, con amor, con adoración, sin quitarle la mirada de encima. Admirando, observando detenidamente, la cara sonrojada de la dueña de su alma, de su corazón, y aquellos preciosos ojos verdes brillantes, rebosantes de felicidad.

-Te amo Candy…

-Y yo a ti, Albert…

Lentamente comenzaron a besarse, con suavidad, con anhelo, demostrando con aquel sencillo acto, el sentido de pertenencia, de compromiso, de amor, de eternidad… Albert movía sus labios, acariciándola dulcemente, profundizando poco a poco, lamiendo, mordiendo todo a su paso, hasta que sus lenguas se encontraron, danzando dentro de sus bocas, como en un sensual y erótico tango. Y sus manos bajaron por la espalda de la dama, acercándola aún más hacia su cuerpo, oyendo aquel encantador gemido femenino, sintiendo aquellas suaves y pequeñas manos rodear su cuello, y acariciando su nuca, sus cabellos.

Suavemente se recostaron sobre los almohadones, rodeados con el perfume de los pétalos de rosas, sin dejar de acariciar sus cuerpos, mientras se besaban cada vez más frenéticamente, mientras poco a poco sentían a la sangre hervir por sus venas.

-Albert…

-¿Sí? –contestó, deteniéndose en un segundo, mirándola fijamente.

Candy comenzó a acariciar aquella fuerte mandíbula, mientras sentía arder sus mejillas.

-Sí, quiero… -dijo, al mismo tiempo que lo miraba con los ojos brillantes.

Albert soltó un profundo suspiro.

-¿Estás segura? –preguntó, en un hilo de voz, mientras sentía con más fuerza a su corazón latir dentro de su pecho.

-Sí, completamente segura.

Él no necesitó de nada más.

Inmediatamente reanudaron los besos, que iban subiendo de intensidad. Albert la acariciaba de arriba abajo, levantando su vestido, acariciando suavemente la deliciosa piel de sus piernas torneadas. Candy por su parte, en pocos segundos, lo liberó de la campera, de la camisa, dejándose llevar, deteniéndose un poco más al recorrer aquel torso desnudo, aquellas impresionantes abdominales y su ancha espalda. O cielos, con cada caricia que él le prodigaba, con cada centímetro de piel que ella recorría, sentía fuego en sus venas. Sencillamente, aquel hombre la estaba dejando completamente loca. Loca de amor y deseo.

En un momento, Albert se arrodilló frente a ella, levantándole delicadamente los pies, para comenzar a desatar los cordones de sus botas. Candy estaba embelesada, y cómo no estarlo si Albert la trataba como si ella fuese la mismísima diosa Afrodita.

Varios segundos después, ella ya sentía sus pies desnudos entre las cálidas y grandes manos masculinas. Y luego, comenzó a sentir a aquellos mágicos dedos que comenzaban a recorrer sus piernas, desde la punta de sus pies, hasta llegar al muslo y la cadera.

De pronto, en un ágil movimiento, Albert la puso de pie. Candy sorprendida se tambaleó, pero él la sujetó por la cintura.

-¿Estás segura? –Volvió a preguntar, mirándola intensamente.

Ella resopló un poco molesta.

-Albert, si sigues preguntando eso, soy capaz de atarte en aquella silla que ves ahí y hacer el trabajo yo solita.

Una fuerte carcajada salió de sus labios. Definitivamente, amaba a esa mujer.

Aprisionando nuevamente aquellos rosados labios entre los suyos, Albert comenzó a abrirle los botones del vestido. Ella sentía que su piel ardía, en cada lugar donde era tocada. Luego, el vestido simplemente se deslizó por su cuerpo, cayendo al piso como un susurro. Dejándola solamente en ropa interior.

Albert la admiró completamente extasiado.

-Cielo… Eres preciosa…

Tanto él como ella tenían los ojos brillantes y las mejillas encendidas por la excitación. El amor y la pasión fluían en el aire, envolviéndolos, dándoles aquel toque de premonición por lo que inevitablemente estaba por suceder.

En total silencio, las manos de ella se posaron en la cinturilla del pantalón. Y sin dejar de mirarlo a los ojos, con dedos temblorosos, abrió los botones, bajando despacio, muy despacio la cremallera. Albert sentía a su corazón agitarse como un loco, y pequeñas gotas de sudor comenzaron a perlar su frente. Respiraba agitadamente, mientras sentía cómo iba creciendo cada vez más y más aquella erección entre sus piernas. Varios segundos después, el pantalón vaquero caía al piso, uniéndose al resto de las ropas. La joven dama, sin poder evitar la intensa curiosidad, bajó la mirada para observar con total asombro y admiración, la impresionante erección que empujaba al bóxer de color negro. Y de repente, se hipnotizó. No podía desviar la mirada, no podía hablar, ni mucho menos podía evitar lo que sus manos inconscientemente estaban por hacer. Lentamente, comenzó a bajar la pequeña prenda, dejando a aquella majestuosa erección en total y absoluta libertad. ¡Oh, Dios! Aquello era grande, grueso, duro, y tenía una apariencia completamente apetecible. Candy no pudo explicarlo, pero inconscientemente se lamió los labios y con una mano lo rodeó; quería tocarlo, masajearlo, conocerlo, explorarlo… Fue subiendo y bajando, rodeándolo completamente, logrando que un ronco e incontenible gruñido saliera de los apretados labios de aquel hombre… De "su" hombre…

Y Albert no pudo más.

Inmediatamente, agarró su cintura, atrayéndola con fuerza, para besarla sin piedad, con voracidad, con hambre, succionándole los labios, mordiendo suavemente todo a su paso, rodeando su lengua, exigiendo todo a su paso… Sus manos simplemente se movían solas, acariciándola con total necesidad, desde las caderas hasta sus pechos, recorriéndola completamente. Un instante después, Candy ya estaba completamente desnuda, sin siquiera saber cómo y cuándo Albert la había despojado de sus últimas prendas, pero lo cierto era que ya estaban ambos recostados sobre los almohadones, frente a la encendida chimenea, enredados y extasiados.

Candy sólo podía sentir a aquellos húmedos labios recorriéndola entera. Besando su cuello, envolviendo sus senos. Albert lamía sus pezones hasta endurecerlos, suavemente pero con intensidad, sin perder el ritmo. Sus senos llenos y turgentes, temblaban bajo aquellas expertas lamidas. Luego de varios minutos, cuando ya estaba por desfallecer por el deseo, sintió cómo aquellos traviesos labios abandonaban aquel lugar para ir bajando hasta su abdomen. Y entonces sintió cómo una traviesa lengua se introducía juguetona en su ombligo, haciéndola temblar y reír al mismo tiempo. Excitación, cosquillas, pasión, amor. Todo eso, todo junto y todavía más.

Albert, embriagado por el aroma a cuerpo de mujer, sudor, sexo y pasión, siguió su recorrido hacia abajo, hasta llegar a aquel triángulo que amaba tanto… Y separando sus piernas se metió de lleno en aquella adictiva intimidad.

Y la hizo vibrar, como nunca…

¡Oh, Dios, se sentía tan bien! Candy sintió a aquellos labios que la besaban, la lamían, y hasta la mordisqueaban suavemente. Logrando despertar ciertas zonas erógenas que ella ni siquiera sabía que existían. Los labios y la experta lengua de Albert comenzaron a jugar en su intimidad, alternándose entre sí, hasta llegar a su abertura, donde sintió como un travieso dedo ingresaba frotándola por dentro, al mismo tiempo que intensas lamidas hacían estragos en su clítoris. Y de repente, ya no pudo más, y se sintió estallar, desfallecer, nacer y morir, tocar el cielo y el infierno… Sintió unas oleadas de sensaciones y placeres que la hicieron retorcerse, arquearse y gemir su nombre con toda intensidad.

-¡Oh, Dios, Albert!

¡Dios, qué maravilloso se sentía! ¡Qué bello era amar y ser amada!

Albert continuó besándola, cada vez más despacio, dejando, permitiendo que su amada volviera lentamente a la tierra. Y luego, subiendo nuevamente por su cuerpo llegó a sus labios para besarla con adoración incontenida. Con delicadeza, separó sus piernas y se ubicó entre ellas, dejando reposar su magnífico y erecto miembro justo en la entrada de su cuerpo. Candy lo observaba agitada, extasiada, acalorada, totalmente enamorada.

-Te amo… –susurró a su oído.

-Yo también, con todo el alma…

Y entonces, lentamente, comenzó a penetrarla. Candy estaba húmeda, resbaladiza, caliente, pero también era muy estrecha. Albert lo sentía, y fue ingresando muy despacio, centímetro a centímetro, por más que aquella impresionante sensación lo estaba volviendo realmente loco…. Sentir al cuerpo de Candy en su totalidad, por dentro y por fuera, sentir cómo ella lo iba apretando, rodeando, con cada centímetro que él ingresaba… Lo estaba llevando irremediablemente al límite de la locura… Pero se contuvo y continuó yendo despacio, muy lento, entrando poco a poco, mientras sentía al cuerpo de la dama acostumbrándose a su paso. En un momento vio cómo Candy hacía una mueca de dolor, deteniéndose al instante.

-Tranquila mi amor, ya pasará… -susurró a su oído, besando el lóbulo de su oreja.

Y así, luego de varios segundos, continuó ingresando hasta que se sintió completamente dentro.

-¿Estás bien? –preguntó, completamente inmóvil, mirándola fijamente.

-Sí… -susurró Candy sonriendo-. Muy bien…

Y entonces, tomando con delicadeza sus labios, reanudó los besos y las caricias. Poco a poco comenzó a moverse, lentamente, con sumo cuidado, mientras continuaba recorriendo cada centímetro de su piel, murmurándole al oído lo bella y hermosa que era, y cuánto la amaba… Y al cabo de unos segundos, ya ambos sintiéndose más cómodos, se permitieron por fin, disfrutar sin ningún miedo o impedimento…

Albert cada vez sentía más y más cómo el cuerpo de Candy se acomodaba a él, rodeándolo, apretándolo, volviéndolo completamente loco… Cada vez se acercaba más al límite entre la cordura y la locura, entre lo espiritual y lo terrenal… Cada vez la deseaba con más intensidad y sentía cómo se acercaba a aquel remolino de placer y lujuria, arrastrándolo, llevándolo hacia aquel sitio sin control…

Candy, por su parte, se sentía llena y completa, totalmente embriagada. Sentirlo a él unido a ella, en cuerpo y alma, era algo infinitamente placentero y romántico, completamente único. No podía dejar de escuchar las dulces palabras que su prometido le susurraba al oído, como tampoco podía dejar de sentir sus candentes caricias, sus ardientes besos, y su cuerpo moviéndose sobre ella, con ella, friccionándole tanto por dentro como por fuera, llevándola sin que pudiera evitarlo hacia aquel sitio totalmente desconocido. ¡Oh, por Dios! Aquello era algo sublime, hechizante, encantador, totalmente sobrenatural… ¡Dios, cómo amaba a ese hombre!

Y de repente, en un momento, ambos llegaron hasta aquella dimensión donde se pierde la noción del tiempo y del espacio. Donde ambos, unidos en cuerpo y alma, tocaban el cielo con las manos. Donde la pasión se mezclaba con el amor, y las almas se fusionaban en un solo ser… Porque sí, allí, a esas alturas, en ese único lugar, ellos lograron mirarse a los ojos, reconociéndose. Vieron que eran alma gemelas. Descubrieron, una vez más, que se pertenecían y que su misión en la vida era perderse y reencontrarse una y otra vez. Porque sí, allí, ellos vieron que eran uno solo, en alma y corazón. Aquello era demasiado, demasiado intenso… Y Candy no pudo más, y clavó sus uñas en aquella ancha espalda, encorvándose, retorciéndose desesperadamente, ahogando un gemido en sus labios. Albert también se dejó llevar, perdiendo completamente el control, aumentando las embestidas, que cada vez llegaban más y más hondo. ¡Oh, cielos! Candy lo sentía, claro que lo sentía, lo sentía entero, grande, completamente en su profundidad. Lo sentía completo, totalmente dentro de ella, y eso era genial, exquisito, sublime… Delicioso, encantador…

Acabaron sudorosos y agitados, abrazándose, llenándose de dulces y suaves besos, susurrando palabras llenas de amor, mientras trataban de calmarse, permitiendo que sus pulmones se llenaran con el aire que les faltaba…

A su alrededor, sólo las llamas de la chimenea más las incontables velas, habían sido testigos de su intenso amor pasional.

Afuera, en el bosque sólo se escuchaba la cascada, transcurriendo casi en completo silencio la frescura nocturna. Hasta parecía que la misma naturaleza desconocía o tal vez, hasta prefería ignorar la tormenta de pasión que se estaba llevando a cabo en aquella pequeña mansión en el medio del bosque.

Sólo las estrellas eran conocedoras fieles de aquel romántico secreto. Sí, porque sólo ellas habían sido testigos de las plegarias de este par de enamorados…

Y ahora también, sólo ellas eran testigos de la eterna unión de estas almas gemelas…

Continuará…


¡Hoooooooola candymundo!

¿Cómo están? Sí, sé que tardé bastante, pero como recompensa les dejé este delicioso capítulo jijijiji :D

Espero que les haya gustado, la verdad, es la primera vez que escribo una escena candente, así que espero haberlo hecho bien :D

Gracias a todas y a cada una que me deja un review, sinceramente no tengo palabras para expresarles lo feliz que me hace que les guste mi historia. Asi que vamos a ver si dentro de poco puedo ponerle la palabra FIN ;)

Muchísimas gracias a todos los que me leen, especialmente a: Candyfan72, Laila, Litzy, Blackcat, comolasaguilas40, Maxima, Gatita Andrew, Sayuri, Amy Ri-So, Mayra Exitosa, Lu de Andrew, Clau Ardley, Angelitos mágicos, QuevivaCandy.

Gracias, gracias por cada una de sus palabras, y perdón si me olvido de alguien, ya que hace tanto que no andaba por acá que hasta me mareo un poco :P

Les dejo un abrazo GIGANTE, y nos vemos en el próximo capítulo, por este mismo canal ;)