Hellow!
28 de Octubre.
Por los Años IV: inicio de la tercera generación
La triste realidad: Kazuha y Heiji.
Despertar con una pesadilla, para Heiji era algo que le hacía perder el aire y muchas veces despertar con un sudor frío que no se le quitaba de encima. Pero despertar con una pesadilla de lo que había sucedido, era lo peor que podía sucederle. Kazuha a su lado lo abrazó con fuerza. En esos momentos todos estarían sufriendo, no solo ellos. Heiji besó la frente de su mujer. Sabía que ella no había conseguido pegar ojo, así que le acarició la frente con delicadeza mientras notaba un temblor recorriendo su cuerpo de arriba abajo. Le ahogaba ese sentimiento. En realidad le ahogaba mucho. Él podría haber conducido más rápido hacia ese lugar y tal vez, ese día que lo tenía libre, ir a verlos. Pero Mamoru les había dicho que se verían la mañana siguiente, porque tenía que contarles algo a todos, así que él ya no había hecho un esfuerzo para ir a controlar la situación. Durante catorce días él solo se había encontrado con Mamoru, que le decía que estaban todos bien y que seguía sin saber nada de Kikyo. Pero algo debía de haber pasado… definitivamente. Asami parecía intentar mantenerse fría con Mamoru, porque intentaba soltarse de él en el muelle. ¿Qué era lo que había hecho su hijo? ¿Qué había sucedido con ellos? Encontrar una respuesta a eso no les devolvería a Kizuna o a Kira, pero… tenían que ir a ver lo que estaba sucediendo. Definitivamente.
Al cabo de poco tiempo, él se levantó y se fue a tomar un baño. Tal vez así despejara su mente. Miwako les había llamado a todos esa misma noche para decirles que no se pasaran por la comisaría en unos días. Realmente ellos estarían bien si se iban a trabajar. No harían nada quedándose en casa. Al contrario, solo dejarían que su mente les torturara aún más. Cuando salió del baño, volvió a su habitación que ahora estaba vacía. Bajó al piso de abajo, para encontrarse a Kazuha sentada en el sofá, con el televisor encendido en silencio. Heiji se sentó a su lado y la rodeó con un brazo por la espalda. No hacían falta palabras. Los dos sabían en lo que pensaba el otro. Kazuha apoyó su cabeza en su pecho y Heiji le acarició la cabeza, entrelazando sus dedos en el pelo de ella. La verdad era que ese silencio era incómodo por los dos y el moreno lo sabía, pero reconocía que si hablaba tal vez soltara palabras imprudentes e indeseadas de nuevo. Ese no era el momento para ser impulsivo. Se quedó mirando al vacío, con la mirada dirigida a la pantalla en color que tenía delante. ¿Dormir? Seguro que nada. ¿Pensar? Demasiado para su gusto. Al cabo de poco rato se levantó y empezó a dar vueltas por el comedor. Estaba cansado, pero si se dormía esa explosión volvería a su mente. ¿Por qué? ¿Por qué una niña pequeña como ella? Se acordaba cuando Kizuna le veía. Siempre venía corriendo a darle un fuerte abrazo. Kizuna había sido una niña preciosa y amable. Siempre sonreía, siempre procuraba decir lo que sentía y, aunque a veces no quisiera él escucharla, siempre decía la verdad que ella conocía. Kizuna había sido amable y les había hecho ver a todos lo cruel que podía ser el mundo con personas que ni siquiera sabían cuán grande era. Kizuna era para él la niña perfecta. Claro que Ayako había sido siempre su niña perfecta, pero Kizuna… ella era tan distinta a Ayako. La pequeña Kizuna era quién le había hecho sonreír de nuevo. El día en que llegó en el bar de Yui, cuando Mamoru aceptó… recuerda que él se acercó a la pequeña y ella se echó a llorar al verlo. Todos le habían dicho que asustaba a la pequeña y se habían reído de él. Pero a él no le importaba. Ser padre por primera vez, había sido una sensación mágica; ser padre por segunda vez, había sido realmente maravilloso; ser abuelo… eso era ya algo inimaginable. No había podido describir a su mente esa sensación en ningún momento. Pero ahora ya no importaba… esa sensación se había llevado una parte de su corazón.
¿Y Kira? ¿Qué pasaba con esa cosita pequeña que se movía y los miraba con esos ojos tan grandes y grises? ¿Quién podía hacer daño a algo tan inocente? ¿Quién podía hacer daño a esa cosita que ni siquiera había aprendido a hablar? Él la podía coger con un solo brazo y aún faltaba niña para rellenar. Con poco pelo, haciendo muecas a cada movimiento, observando atentamente cada detalle de su alrededor. Era triste. Asami no había podido disfrutar de ser madre en ningún momento. Cuando Kizuna y Kazuki nacieron, las personas del laboratorio la habían separado de ellos, ahora la separaban de Kira. Recuerda que el día en que Asami había decidido seguir con ella, les dijo a todos, que quería ser la mejor madre para los tres. Eso había sido el único recuerdo que le quedaba en esos momentos de Mamoru, tanto los gemelos, como Kira, y no iba a rehusar a eso. Asami les sonrió en ese momento a todos. Ella quería ser una buena madre. Ella quería hacer lo que no había podido con Kazuki y Kizuna. Todos habían decidido justo después de esa sonrisa, que la ayudarían con lo que fuera. Cuando les dijo que Mamoru había vuelto… sí, se habían sentido aliviados por encontrar a su hijo, pero también porque Asami seguramente estaría mucho mejor con su compañía. Sí, Kira había sido algo esperado por todos, un mensaje de tranquilidad hacia toda la familia. Nació en circunstancias extrañas, claro que sí, pero era la esperanza de todos para volver a la normalidad. No. Kira no les había llevado buena suerte tampoco y eso le hacía crecer su rabia interior. ¿Por qué les habían hecho daño a dos personas tan pequeñas?
¿Y Kazuki? El niño había preguntado por su hermana. ¿Cómo iban a contarle que su hermana había muerto, si él aún no podía entender el significado del secuestro anterior de su padre? Ese chico ahora estaba solo de nuevo. Ese pequeño y silencioso niño, ahora no tendría el apoyo de nadie. Porque… Kizuna siempre era la que decía a los adultos lo que el niño sentía, porque él no sabía expresarse. ¿Qué iba a suceder con él? Se detuvo para mirar a Kazuha. Estaba llorando en silencio de nuevo. Él se acercó a ella para abrazarla.
— Háblame —fueron las únicas palabras de su mujer. Pero él no podía hablar. Si lo hacía seguro que se echaría a llorar—. Heiji.
— Lo siento, soy un idiota e inútil —susurró él apoyando su cabeza en el hombro de ella.
Kazuha suspiró. Lo sabía. Lo había sospechado en todo momento. Todos se iban a echar la culpa de lo que había sucedido en esos momentos. Ella lo abrazó con fuerza y Heiji terminó arrodillándose al suelo, abrazándola a ella también. El silencio era demasiado torturador y Kazuha lo sabía. Por eso quería que le hablara, pero…
— Heiji, es culpa mía —susurró Kazuha—. Yo sabía que Mamoru estaba extraño y no le dije nada para que cambiara.
— Kazuha no es tu culpa —Heiji negó con la cabeza.
— Sí que lo es. Había visto a Kizuna y Kazuki siguiendo a Mamoru con miedo. Debería de haberles detenido en ese mismo momento y averiguar lo que sucedía —susurró ella—. Debería de haberlo hecho, pero pensé que tal vez Mamoru se hubiera enojado con ellos, por alguna travesura y decidí no intervenir.
— A mí también me ha sorprendido hoy —respondió Heiji—. No creía que Mamoru fuera capaz de eso por un chantaje. Que rehusara a tener cualquier contacto con ellos por esa maldita.
— Heiji, tenemos que ayudar a Mamoru y a Asami —susurró Kazuha sollozando—. Pero se me han terminado las ideas.
— Lo sé.
El silencio se hizo de nuevo. Kazuha sollozó de nuevo, haciendo que Heiji la abrazara con más fuerza. ¿Qué podían hacer? Kazuha se sentía perdida. Para ella, Kizuna había sido otro regalo que el mundo le había dado, al igual que Kazuki, y siguiendo a la boda con su marido, al nacimiento de Mamoru y al nacimiento de Ayako. Sus momentos más preciados. Cuando había visto a esa pequeña en los brazos de Mamoru, había sabido en ese mismo instante que esa niña era alguien especial, antes de que Yui les dejara leer esa carta a Heiji y Shinichi. Kizuna era la que tomaba todas las iniciativas. Era una niña despierta, que siempre sonreía y que le costaba seguir adelante sin el apoyo de su padre. Le daba mucho miedo ser abandonada, porque creía que su madre así lo había hecho. Había costado mucho que esa niña cogiera confianza a los demás, después de que ella empezara a tener buena consciencia de su situación, y pocas veces quería alejarse de su padre. Pero no podía hacer mucho más. Era demasiado pequeña para entender lo que significaba secuestro o lo que significaba para Mamoru el ser su padre. Pero cuando Asami había vuelto, Kizuna desprendía felicidad por todos sitios, y eso que Kazuki se había vuelto repentinamente celoso de cualquiera que se acercara a su madre. Kizuna era su segunda hija para Kazuha, una niña de la que podía sentirse orgullosa. Tanto Ran, como ella, habían cuidado muchas veces a esa pequeña, mientras Mamoru trabajaba de noche o tenía algún caso por el que debía de pasar la noche fuera. En esos momentos, Kizuna se volvía una niña frágil y siempre a punto de estallar en llantos. Kazuha cerró los ojos unos segundos para recordar la sonrisa de la niña. No iba a recordar de ella sus llantos y momentos tristes. Kazuha quería solo recordar buenos momentos de ella. Solo los buenos momentos, que les habían hecho reír a todos juntos.
Notó a Heiji apartarse de ella. Kazuha abrió los ojos para mirarlo.
— Vamos, aquí no haremos nada bueno —Heiji cogió la mano de ella y la llevó a la habitación, subiendo las escaleras de dos en dos.
Se paró en el armario para vestirse y animó a Kazuha a hacer lo mismo. Volver a la casa de Mamoru, tal vez les haría ser un poco más útiles y no sentirse tan culpables. Kazuha siguió a su marido intentando comprender lo que harían allí. Ran y Shinichi se habían quedado con ellos, ¿no? Salieron andando de la casa, después de cerrarla con llave y Heiji la cogió de la mano con fuerza. Siendo finales de octubre, empezaba a refrescar, así que el moreno finalmente la rodeó con una mano por la espalda, para mantenerla cerca de él. Otro silencio que Kazuha tanto odiaba.
— Heiji —susurró andando tan lento como sus piernas le permitían—. ¿Crees que se van a recuperar de esto?
— Pregúntate si tú o yo lo haremos, antes de preguntar por ellos —respondió Heiji.
Kazuha lo miró. Los ojos de Heiji estaban húmedos. Él estaba intentando aguantar con todas sus fuerzas, pero había sido un golpe demasiado duro para que pudieran aguantar eso. Kazuha se detuvo y se puso de puntillas para besarlo en la mejilla. Él la miró sorprendido y ella le acarició debajo de los ojos. No hacía falta que llorase él también. Seguro ya lo habrían hecho todos.
— Yo no seré capaz de hacerlo —dijo ella—. Es demasiado.
— Sí que lo haremos, Kazu. Aún no nos habíamos encariñado mucho con Kira, a pesar de ser la más pequeña, pero tenemos que hacerlo, por Kazuki —Heiji sonrió tristemente hacia ella—. Nos va a costar, seguro. Pero debemos de apoyarlos a todos cuanto podamos ahora, para que no se sientan solos.
— Heiji es doloroso —susurró ella.
— Lo sé —él la besó en los labios. Estaba frío.
Kazuha dejó que Heiji la llevara hacia la casa de Mamoru y Asami. De nuevo ese silencio odioso. Cuando llegaron allí, el cielo ya empezaba a ser de un tono más claro, dando paso a la primera luz de la mañana. Pero el día estaba gris. Gris oscuro, igual como los ánimos que ellos llevaban a dentro: tristes, apagados, amenazando con gotas de agua que en cualquier momento iban a desbordar la ciudad con paraguas y corridas matinales. Quién les abrió la puerta no fue Shinichi o Ran, o incluso Asami, Mamoru o Kazuki. Yui estaba allí con la mirada más o menos perdida y unas ojeras iguales a las de ellos. Habían pasado la noche sin dormir. Yui sin decir nada, dejó la puerta abierta y volvió al interior de la casa. Heiji dejó que Kazuha entrara y luego entró él, cerrando la puerta. El lugar estaba oscuro. Kazuha entró hacia el comedor, encontrándose a Ran dormida, con la cabeza encima de sus brazos, apoyada en la mesa, a Shinichi dando vueltas por el lugar, y a Yui sentada en el sofá con los brazos cruzados. Kazuha se quedó quieta en un rincón, observando a todos. En pocos minutos, Heiji empezó a dar vueltas igual que Shinichi. ¿Qué podían hacer? Kazuha solo los miraba y sentía que poco a poco se iba poniendo nerviosa. Yui miró el reloj de su teléfono móvil y se levantó, entrando en la habitación de Asami y Mamoru. Kazuha desde allí podía ver el interior. Asami estaba tumbada en la cama, completamente sola y estaba removiéndose inquieta entre sueños.
— ¿La habéis dormido? —preguntó Heiji mirando también el interior. Shinichi afirmó con la cabeza con un débil golpe, casi imperceptible.
— Mamoru-kun se ha pasado la noche con Kazuki —susurró con una voz ronca y muy baja—. Puedes ir a verlo, seguramente seguirá sin dormir tampoco.
— Voy a verlo —Kazuha se fue directa hacia la habitación. Cuando entró en el interior, se encontró a Mamoru aún sentado en la cama de Kizuna con los pies estirados encima y la mirada perdida en la ventana. Kazuha observó la cama del lado, en dónde Kazuki estaba durmiendo plácidamente. Kazuha se arrodilló al suelo, al lado de su hijo y le puso las manos encima de las piernas. Mamoru giró la mirada hacia ella. Kazuha ni siquiera se atrevió a mirarlo directamente a los ojos durante más de tres segundos. Mamoru tenía sus ojos apagados, muy tristes y perdidos—. ¿Estás bien?
— ¿Y tú? —fue la respuesta de él, con voz áspera y llena de odio.
— Me duele verte así —susurró ella intentando reprimir sus lágrimas de nuevo.
— A mi me duele que haya muerto mi hija y yo tenga la culpa de ello —Mamoru volvió a mirar la ventana intentando por milésima vez en esa noche, encontrar una excusa que le quitara esa realidad de la cabeza—. Ni siquiera le pude pedir perdón por haber rehusado de ella durante dos semanas enteras —Kazuha no dijo nada. No podía decir nada contra eso, porque ella también había pensado en eso, pero también era culpa de los abuelos, también era culpa de los padres; todos irían echándose la culpa uno a uno, sin poder perdonarse eso. ¿De quién había sido la culpa en realidad? De todo el mundo, tal vez—. ¿Podrá perdonarme alguien alguna vez?
— Yo lo hago, Mamoru, no ha sido tu culpa —dijo ella en un susurro. Decirlo era más fácil que pensarlo. No era que ella pensara que realmente Mamoru fuera culpable, si no que sabía que él ni siquiera escucharía sus palabras.
— Mamá no quiero tu compasión —susurró Mamoru con la voz rota—. Asami no podrá perdonarme y cuando Kazuki pueda llegar a entenderlo, tampoco lo hará. Ese es mi castigo, por querer ser feliz, al intentar proteger a alguien.
— Mamoru, no te culpes por esto, te lo ruego —Kazuha lo miró directamente a los ojos y terminó dejando ceder sus lágrimas.
Mamoru estaba llorando en silencio. Mamoru estaba llorando intentando por todos los medios resistirse, pero finalmente no había podido soportarlo. Su hijo estaba llorando. Kazuha lo abrazó con fuerza. Él había intentado resistir. Él lo había intentado, pero no había podido. La perdida de Kira había sido terrible, pero Kizuna… Kizuna era la princesa de Mamoru. Era la niña que él había criado y había amado por encima de todo, durante dos largos años, antes de que Kazuki llegara en su vida junto a Dana.
— ¿Qué voy a hacer ahora, mamá? —susurró él cogiéndose a ella con fuerza. Había intentado apoyar a Asami en esos momentos, manteniéndose frío, pero después de una larga noche de torturarse con sus propios pensamientos, finalmente se había hundido del todo—. Kizuna está muerta, ¿qué puedo hacer ahora?
— Mamoru —Kazuha se apartó para mirarlo. Le secó las lágrimas inútilmente, porque él seguía llorando—. Mamoru, escúchame bien. Está bien que te desahogues ahora. Está bien que llores por esto, porque esto ha sido un duro golpe por todos y más por vosotros, pero aún tienes a Kazuki y Asami así que no puedes permitirte perderlos a ellos también, ¿me oíste? Tienes que ayudar a Kazuki y levantar a Asami, ¿vale? —Kazuha volvió a abrazarlo—. No te hundas, Mamoru. Nosotros estamos contigo y te apoyaremos en lo que haga falta, ¿vale? Si necesitas de nuestro apoyo, nosotros te lo daremos. Si necesitas desahogarte con alguien, ahí nos vas a tener. Pero tienes que ser fuerte. Porque Kazuki no va a entender esto, por mucho que intentemos contarle.
— No puedo, duele —susurró él—. ¿Por qué ellas? ¿Por qué Kira y Kizuna? ¿Qué hemos hecho al mundo para que esto fuera así?
— ¿Papa? —Kazuki se había despertado. Kazuha y Mamoru se separaron rápidamente y lo miraron. El niño saltó de la cama y se acercó a ellos con una mirada confundida. Se subió en la cama de Kizuna, quedándose de rodillas y mirándolo. Mamoru, en silencio también lo miró. Kazuha sabía que ese era un buen momento para intentar contarle lo que estaba sucediendo, pero el niño hizo algo que les sorprendió, dejándolos con la cabeza en blanco. Kazuki puso una mano encima de la frente de Mamoru y la otra mano encima de la cabeza de Kazuha, dándoles pequeños golpecitos en la cabeza—. Todo está bien —el niño hizo su mejor sonrisa hacia ellos. Kazuha entonces se dio cuenta de una simple cosa. El corazón de ese niño seguía siendo frágil, pero su inocencia, hacía que pareciera el más fuerte. También se dio cuenta de lo débil que estaba Mamoru en esos momentos, porque abrazó con fuerza al niño, asustándolo y haciendo que se quejara por el repentino afecto de su padre.
— Sí, todo estará bien —susurró la voz de Mamoru, medio apagada por el cuerpo del pequeño niño.
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Próximo capítulo: 'Podemos devolver la felicidad a todos: Yui y Ran'.
