Sin miedo jamás habrá un desafío. Sin egoísmo jamás conseguirás nada. Sin locura jamás sabrás lo que es llegar a la cima. Y sin mentiras jamás ganarás.
Soy un visionario, nacido de toda la gloria que todos anhelarían, jamás completado. Intentando llenar todo lo que merezco, cada vez volviéndose infinito. Solo veo un cruel destino a mis enemigos, sin siquiera piedad. Ellos lo buscaron.
Y confieso, con honor, ser un mentiroso. El miedo no es algo que alberga en alguien tan retorcido como yo. Sombras recorriendo mi corazón, maldad floreciendo en mi leyenda sin romper.
Escucho y escucho mi nombre, sintiendo los gritos, el miedo, la tiranía que aun no ven comenzar. Gente temiendo caer, sin nadie pudiendo detenerme emerger.
Pues, debo decir, nadie puede contra mí.
Puedo sentirlo, zona blindada, todos listos para luchar, pues un buen rato los vamos a cabrear. Pues yo impongo las reglas, y corromperlas esta mal. Bastante mal.
Hatori dormía a mi lado, calmado, desnudo. Era una mala costumbre que había nacido tras la pereza de vestirse tras desvelarse. Una retorcida perversión.
El chico era atractivo, perfecto. Y pues, era especial, pero no único. De seguro alguna vez encontraría otro. Tenía una eternidad para buscar. Y sin embargo, en este momento me iba a divertir.
Aunque el estuviera dormido, me acerque a su cuello y empece a depositar suaves besos, mientras acariciaba su espalda. Sentí un escalofrío pasar por su cuerpo, y luego el reaccionar.
—Vincent—dijo Hatori, observando con cansancio. Sonreí, me encantaba. Hatori era una persona que fingía ser independiente, y cuando podía, sentía todo lo que realmente quería sentir, y era un dependiente.
—Buenos días, bello durmiente.—dije, sonriendo un tanto forzado. No me gustaban esas mierdas románticas, nada. Y tenía que ganar su corazón, nefasto. Hatori solo suspiro, e ignoro mi comentario.
—Buenos días—susurro, aferrándose a su almohada. Como si fuera un niño. Adorable. Y yo, aburrido, probablemente, colocó mis brazos en el y le doy un apretado abrazo. El solo se deja, y deposita su cabeza en mi pecho.
—Hoy es 5 de agosto.—dice, mirando al techo sin un punto exactamente fijo. Yo asiento, aunque se que no lo ve.—6 meses más junto a ti. Creo que ya nadie me espera.
—Pues, eventualmente, a ti no.—dije, separándome levemente y sentándome. El concentró su mirada en mi, un tanto serio.—Pero por supuesto, ellos nunca se sentirán calmados por la ausencia de su enemigo mortal. Ellos siempre me temerán, mi regreso, y la muerte que les llevare. Ellos siguen inquietantes, esperándome en las noches con un cuchillo. Ellos siguen esperándome, Hatori.
—Y...—Hatori suspiro, y se refregó ligeramente los ojos con sus dedos.—A mi no me interesa. Sinceramente no creo ya estar en ningún equipo, y planeó crear una vida.
—¿Esperas ser mayor de edad?—le pregunte, como si fuera algo demasiado obvio. Y contradiciendo, el negó moviendo su cabeza de forma horizontal. Bufé.—¿Que esperas?
—No lo se.—dijo, desdichado. Parecía bastante relajado y desinteresado, y eso me enfurecía. Yo no planeaba darle un futuro, así que lo mejor era saber su plan maestro, para estar seguro de librarme de este sensual chico.—De seguro ya nadie me espera.
Me hartaba otro discurso de antagonista. Me levante de la cama, y pude notar como el desviaba la mirada. Solo le faltaba un sonrojo, y unas orejas adorables.
Busque mi bóxer, y me lo coloque. Entonces oí su voz.
—Quiero estar contigo todos los días de mi vida.—confesó el, probablemente mirándome. Me quede estático, considerando que decir. Y pues, esto era lo que siempre "temí" a excepción de que yo no temo, simplemente no me agrada la idea de alguien a mi lado. Y respondí lo único que se me ocurrió.
—¿Por que no dices para siempre?—pregunte, sin mirarlo. Seguía en mi posición, sin mirarlo. No quería ver su mirada, llena de sentimientos y sinceridad. No quería verlo, no quería tenerlo.
—Porque tengo miedo a asustarte—eso me tensó todavía más. Lo quería lejos, y lo quería lejos ya. Recogí mi pantalón y una chaqueta verde, para luego colocármelas. Camine a la puerta, y antes de salir de la habitación le respondí.
—Deberías ser más egoísta, o si no terminaras mal.—dije, con la frialdad y crueldad que quería tener en un momento así. Cerré la puerta con un duro empujón, que resonó en los pasillos.
Vincent bajó ese piso, y otro, y otro. Finalmente se acerco a una habitación, abrió delicadamente la puerta y entró. Luego la cerró. Lo único que había en esa habitación que era de un tono blanco marfil, capaz de hacer real la sensación del frío era una silla y una mesa de madera, con un teléfono sobre la mesa. Vincent lo tomó y marcó un número.
—¿Vincent?—respondieron del otro lado, el receptor.
—Hola, Adrianna.—Vincent hablaba con calma, casi indiferencia.—Necesito que tu y Keima incineren este lugar, y luego se larguen. Yo los contactare.
—...entendido.
La mansión estaba vacía, mientras esperaba en la salida. Planeaba cosas insanas, de las cuales no consideraba hablar. Ni siquiera en mi mente.
Si él desapareciera todo sería más fácil. Y no hay una forma mejor de extinguir algo que con el fuego. Porque lo consume todo. Absolutamente todo. El problema es que, antes de que el fuego lo consuma y destruya, la persona suelta un grito, desgarrador y quizás lo es demasiado, en donde su gloria llega a tocar a todo el mundo. Esa gloria que es existir. Esa furia que consume a todos, demostrándoles que sigues ahí. Y luego te mueres.
Y pues, todo este lugar esta en llamas. Y lo más inquietante es que aun no oigo sus gritos.
Y es la ahora de irse. Adrianna y Keima, mis fieles seguidores de guerra, están esperando. Y quiero creer que sus gritos vendrán pronto, y que estará muerto. Y que me despierte, a la realidad. A volver a ese mundo, en donde solo hay placer de una noche, frío, y sin cariño. Donde no hay abrazos ni sonrojos. Solo brusquedad y frialdad. Y pues, lo necesito.
Y me estoy yendo, subiendo al auto, viendo como el fuego corrompió en su totalidad todo el lugar. Y lo más escalofriante es que aun no escuchó sus gritos.
