Naturaleza Salvaje
Me duele cada centímetro del cuerpo, y he despertado varias veces para seguir tosiendo el agua durante la noche. Casi muero ahogada. No podía cerrarlos ojos sin tener la sensación de que sigo siendo arrastrada por las olas. Lo único en lo que podía pensar era en que necesitaba respirar. Hans despertaba conmigo, me dio palmadas en la espalda cada vez que intentaba expulsar de manera poco digna el agua que quedo en mis pulmones.
Me siento terrible, tengo la garganta irritada, me duele la cabeza, estoy llena de moretones y cortes que reducen mi movilidad. Lo único bueno es que tengo a Hans a mi lado, me siento segura con él. Cuando me despierto de golpe tras una pesadilla, veo sus ojos verdes y me calmo. Siento el calor que emana su piel desnuda, lo cual me recuerda que estamos en tierra firme. El tacto es delicioso, me gusta trazar con los dedos pequeños círculos en su pecho, o intentar unir las pecas que cubren sus hombros. También besar las cicatrices que tiene.
Sin embargo, no me arriesgo a tocar más de lo que debo. Siento curiosidad por saber cómo es estar con un hombre, pero no la suficiente como para intentarlo, al menos eso creo. Me conformo con esto por ahora. Con enredar mis piernas descubiertas alrededor de las suyas. Al menos usa ropa interior. Moriría de vergüenza de verle así, por muy agradable que sea a la vista su cuerpo. Nunca he visto a un hombre adulto desnudo, y de solo pensarlo mis mejillas se sonrojan. Aunque siempre quedo con esa sensación de que necesito más de él…
Salimos de la cueva al amanecer. No tengo ni la menor idea de dónde estamos. Hans insiste en que debemos cazar algo, y estoy totalmente de acuerdo. Ahora que la náusea pasó, me doy cuenta de que estoy hambrienta. Esto será difícil, considerando que estamos en un lado de la isla donde la vegetación es escasa y no hemos visto muchos animales que digamos. Unas cuantas aves marinas, nada más.
Finalmente decidimos buscar algo en el camino de vuelta. Es ahora cuando realmente me doy cuenta de lo dependientes que somos del personal del palacio y las comodidades de la vida de la realeza. Todo lo que deseáramos, en cualquier momento, sin el mayor esfuerzo. Eso compensaba la sobrecarga de responsabilidad que usualmente tenía. Y ahora, irónicamente, todo el poder e influencia que teníamos no sirve en absoluto, no cuando estamos en el dominio de la naturaleza salvaje.
—Esta playa es diferente, nos estamos alejando—dice Hans luego de una hora. Al menos creo que fue una hora.
—Es la misma en la que estuvimos ayer cuando me sacaste el agua.
—Claro que no, en esta no se ven los riscos.
—En la que estuvimos ayer, tampoco se veían.
—No los viste porque apenas podías mantener los ojos abiertos.
—Recuerdo bien donde estábamos—no me gusta que me contradiga en algo que sé que es cierto.
—Elsa, estoy totalmente seguro de que avanzamos desde el suroeste.
— ¿Cómo puedes saberlo sin la brújula?
—Es el sentido de orientación que tenemos los hombres.
—Mejor dicho, esa manía de creer saber a dónde van, aun cuando no.
—Sigamos caminando, y cuando lleguemos, te darás cuenta.
—No creo que lleguemos, ayer llegamos nadando, tendríamos que cruzar otra vez.
—Ni de chiste.
—Entonces subiremos la montaña.
—Posemos seguir por el borde de la playa y luego subir.
—No voy a arriesgarme a caer otra vez.
—Te mantendré más cerca.
—Nos caeremos los dos.
— ¿Quieres dejar de ser negativa?
—Lo haré cuando comiences a ser realista.
Seguimos por donde él dice. En cuanto se acaba la playa, nos vemos obligados a pasar por un camino de farellones en la montaña. Odio esta ruta, cada vez que miro hacia abajo, recuerdo el accidente. Hans está de mal humor, y yo también. No obstante, nos mantenemos tomados de la mano, por seguridad. Las piedras son resbaladizas por el musgo y el hielo. Tratamos de mantenernos apegados a esta suerte de pared formada por la roca estratificada. Me tiene realmente muerta de nervios pasar por aquí. Quiero regresar a donde el mar y el suelo estén a la misma altura.
Extraño mi habitación oscura en el castillo más que cualquier otra cosa en este momento. Olvidaba que en la letra pequeña de las condiciones de la libertad está el hecho de estar por mi cuenta, a la deriva, expuesta al peligro, totalmente fuera de mi zona de confort natural. Quiero regresar pronto. Tengo mucha sed, hambre, estoy adolorida y, en este momento, odio todo. La débil luz solar, las nubes, las olas, lo odio todo. Lo único que me reconforta es el clima frío. Las nubes son más oscuras, podría llover o incluso nevar durante la tarde. Me agradaría más el panorama si no fuera porque estamos al aire libre.
Solo quiero llegar con los demás. Imagino cómo nos deben estar buscando. No solo se extravió su reina, sino que, también, al príncipe de una de nuestras naciones aliadas. Pienso en Kristoff, que debe estar desesperado, le prometió a Anna que cuidaría de mí por sobre todo, y casi muero ahogada ayer… no es exactamente la clase de persona a quien le confiaría otras tareas importantes. Pero no voy a culparlo por esto, no tenía cómo saber que las rocas se desprenderían, ni que Hans saltaría al mar para rescatarme.
Todo un caballero en busca de una damisela en apuros… no me fascina esa idea, no obstante, eso no quita el tremendo agradecimiento que siento hacia él. Nunca creí que estuviera dispuesto a cometer esa clase de locura por mí. Le debo mi vida, no habría salido de ésta sola. Pese a que es extraño y bizarro pensar en esto, agradezco estar en esta situación con él y no con cualquier otra persona. No puedo decir que confío plenamente en él, como alguna vez lo hice, pero sí puedo contar con que me cuida la espalda cuando lo necesito.
Sí, trató de usarme. Sí, me mintió y ocultó información. Sí, su familia es un juego de estrategia para obtener el poder. Lo sé, y con todo eso, sigo aquí con este hombre que, sin darme cuenta o poder hacer algo al respecto, se metió bajo mi piel. No puedo evitarlo, por más abominaciones que haga. Pero también tengo en mente siempre esa vocecilla recordándome que tenga cuidado, que él y su entorno cercano son sumamente peligrosos.
Comienza a oscurecerse de nuevo, más rápido de lo que esperábamos, y seguimos sin encontrar el camino de regreso al improvisado campamento de nuestra expedición. Si tan solo hallásemos las huellas que dejamos, o algún lugar conocido… sólo sé que deberíamos ir al sudeste… sé más o menos hacia donde queda, por la posición del sol, y hacia dónde está el norte, pero más allá de eso, estamos perdidos.
Perdidos, cansados, adoloridos, y hambrientos. Creo que lo mejor será ir moviéndonos lentamente mañana, y buscar una fuente de alimento. Cazar es una opción, pero no hemos dado con ningún otro animal además de las aves. Aunque no las descartaría, por ahora. El agua no ha sido problema, estamos en una isla enterrada bajo la nieve, y encontramos un río que no está congelado por completo, es coda de romper la capa de hielo superficial. Es algo, al menos. Algo bueno que salga de este maldito clima. Si antes me desagradaba el invierno de Elsa, esto es muchísimo peor.
El viento es jodidamente fuerte, y comienzan a caer unos cuantos copos de nieve. Maldita sea. El rastro que dejamos ayer desaparecerá, al igual que el que nos lleva de vuelta a la cueva en la que pasamos la noche. Tendremos que encontrar otro pasaje, cualquier cosa que nos proteja de la nevada que está empezando. Al menos yo tengo que buscar refugio, puesto que Elsa podría dormir desnuda, al aire libre sobre un glaciar como si fuese lo más cómodo del mundo. Es más, ahora mismo trae puesta ropa de hielo, una especie de vestido abierto a la altura de las piernas, por ambos lados. Esta mujer es verdaderamente el invierno en persona.
Por mi parte, me está costando cada vez más trabajo entrar en calor, producto de la combinación entre el agotamiento y estar rodeado de hielo. Lo detesto. Maldito clima, maldito terreno rocoso, ¡malditas sean estas islas! Ah, pero hace mes y medio, va el idiota y se enlista en esta misión como capitán. ¿Qué clase de capitán se pierde y abandona a la tripulación? ¿Qué clase de marino sería? El único en mi clase, por supuesto. Todo sea por salvar a Elsa. Estuvo realmente cerca esta vez.
Me vuelve loco tenerla todo el día, pero tampoco podría estar sin ella. Tal vez sea por el hambre, o por la fatiga, más bien por culpa de ambas, que mi cuota de tolerancia disminuyó drásticamente, y eso se refleja en las discusiones estúpidas que tenemos cada cinco segundos. No importa si es lo más trivial del mundo, el punto es llevarme la contraria y quedarse con la última palabra. Me saca de quicio y lo sabe. ¿Qué opción tenemos, además de soportarnos? Separarnos ahora sería monumentalmente estúpido, reduciríamos al mínimo las chances de sobrevivir aquí.
Tendremos que acostumbrarnos a trabajar en equipo si queremos salir con vida de esta. Yo manejo lo básico para poder adaptarme a un ambiente hostil, sin embargo, al no disponer de las herramientas necesarias, será mucho más duro. Demonios, lo que daría por una buena navaja. Por ahora, tenemos mi espada, una fuente ilimitada de fuego, y la magia de Elsa. Es bastante útil para suplir lo que necesitamos. El problema es que si ella desconoce el mecanismo o el diseño del objeto, se le hace imposible reproducirlo en hielo.
Maldición, está cada vez más oscuro y helado, junto con la maldita nieve que impide ver más allá de diez metros. Nos detenemos en un estrecho entre las montañas. Elsa arma con su magia un pequeño refugio improvisado, con forma de domo, una entrada y un agujero en el techo para poder encender una fogata. Vuelvo a reunir un rudimentario combustible de ramitas y musgo. Mucho mejor, ahora estoy más a gusto, sin viento golpeándome la cara ni nieve entrando en mis ojos.
Elsa cierra la entrada, dejando una minúscula ventanilla para así evitar morir asfixiados. No tengo idea de cómo es que el hielo resiste, pero bueno, si Elsa logró crear un palacio de la nada, supongo que esto podrá aguantar una noche de nevazón. Es más cómodo de lo que esperaba, bastante acogedor ahora que tenemos la pequeña fogata en un costado. Lo único que lo haría mejor, además de estar en la civilización, es tener el abrigo de piel. Y, por supuesto, algo de comer.
Será mejor encontrar pronto algo que cazar. Esa será la tarea de mañana. Los hombres no abandonarán el campamento sin nosotros, en cambio, si seguimos sin alimentarnos, duraremos una semana cuando mucho. Sé, por los datos de los exploradores, que la región está poblada por renos, aves, osos polares, zorros árticos, ballenas, delfines, leones marinos, y otros mamíferos. Tendremos que encontrar una colonia… para eso necesitamos hallar vegetación, más abundante. Donde hay más plantas, hay más variedad de animales. Y donde hay mejor clima, mejor suelo y agua, hay más especies vegetales.
—Nos alejamos—dice Elsa, luego de un buen rato callada.
—Llegaremos en algún momento. Mañana será mejor que salgamos de cacería.
—No sé cómo podría serte útil para ello.
—No te preocupes. Solía cazar en mi tiempo libre cuando tenía trece años. Aprendí un par de cosas.
—Cuéntame más—dice sonriendo suavemente.
— ¿Qué quieres saber?
—Quiero conocer más de ti. Siempre querré. Dime, ¿ibas con Sander?
—Con todo el clan de hermanos. Siempre nos dividíamos y competíamos por quién llevaba más presas de vuelta al palacio. Liebres, patos, jabalíes, incluso algunos venados, cuando teníamos suerte.
— ¿Eras bueno?
—Aunque no lo creas, sí. No era el mejor, por supuesto, siempre había por lo menos un hermano mejor que yo en lo que fuese—siempre bueno, pero jamás el mejor—. Te sorprendería ver mi puntería con una escopeta.
—Pero no tenemos armas de fuego aquí.
—No… pero podríamos intentarlo con una lanza o un arco y flechas.
— ¿Necesitas que arme algunas?
— ¿Sabes cómo?
—No soy ignorante.
—Lo digo porque cuesta armar un arco que tenga buen alcance. Además, se necesita un material flexible.
— ¿Qué tal tela de hielo? Viste mi vestido, no es rígido… solo que tendremos que cambiarla seguido.
—Podría funcionar…
—Sabes disparar, ¿verdad?
—No te los pediría si no supiera—le sonrío.
— ¿Qué más puedo hacer? —me pregunta mientras se quita el vestido, quedando con ese camisón blanco con el que durmió ayer.
—Por ahora, no desnudarte. Me da frío de solo verte, y yo soy inmune al frío.
—El frío es parte de mí—sonríe pícara—. Además, ¿no te tienta un poco?
—Sugestiva. No pensé que te atreverías a desvestirte conmigo presente.
—Sólo es curiosidad.
—Podríamos mantenernos en calor de otra forma…
Pego su cuerpo con el mío, Elsa se sienta sobre mis muslos… demasiado cerca. Me gusta este entusiasmo repentino en ella. Tal vez sea el estar encerrados, es una forma diferente de intimidad. No hay nadie que interrumpa. Ni que nos saque de aquí, a mitad de la nada en esta isla del ártico. O podría ser la necesidad de contacto humano, de sentirnos acompañados. De escuchar la respiración entrecortada del otro, en medio del sonido del mar y el viento golpeando los lados de nuestro refugio.
Nos besamos por el tiempo suficiente para sentirse mareado por la falta de aire. Aprovecha ese pequeño receso para atacar mi mandíbula, mordisqueando lentamente el borde, para luego seguir con mi cuello. Aprendió rápido. Me estiro hacia atrás para darle mejor acceso. Definitivamente me encanta esta versión de ella. Recorre mi nuez de Adán con besos que dejan un trazo húmedo. Se separa por un instante, momento que aprovecho para darnos vuelta y dejarnos caer sobre la roca en el suelo.
Alcanzo a ver una mueca de dolor en su rostro, antes de que ella tire de mi camisa para que la bese. Coloco una mano entre sus rodillas, para separarlas y hacerme un espacio entre ambas. Estoy encima de ella, pero cuidando de no tocar su pelvis con la mía. No todavía. Me gusta jugar un poco antes de entrar en acción.
Dejo que mis labios se deslicen por su cuello. Estoy pendiente de no tocar los hematomas que lo cubren por el lado izquierdo. Escucho un ruido en su pecho cada vez que respira, todavía le queda algo de agua en los pulmones. Intento ignorar esas secuelas del accidente. Casi la pierdo ayer, no sé cómo volvería sin ella. No podría. La amo, y el solo pensar en perderla… no soy tan fuerte como para resistirlo. Puedo mantenerme lejos de ella, siempre y cuando sepa que estará bien…
Beso sus clavículas, que se asoman por el borde de su camisón. ¿Por qué sigue teniéndolo puesto? Descanso mi peso sobre un brazo, para tener el otro libre. Acaricio su costado, desde su pecho, pasando por su vientre, su cintura, su cadera, hasta llegar al límite de mi flexibilidad. Desde ahí, tiro de la tela, lo suficiente para exponer su piel en ese lugar. Tan suave como la seda fina.
—Hans…—susurra Elsa en tono de alarma. Toma la mano que reposa sobre su cadera, la retira— basta… es demasiado.
—Creí que querías seguir…
—Es una muy mala idea.
— ¿Por qué?
—Acabo de sangrar hace unos días, podría terminar embarazada…—por un momento me debato entre insistir o dejarlo pasar… elijo la segunda opción, lo cual es una obra de voluntad pura.
—Bien…
Demasiado bueno para durar. A vece realmente me descolocan estos cambios de humor repentinos en Elsa. Primero se lanza encima de mí, y ahora se arrepiente a último momento. Me levanto. Uso la chaqueta para protegerme del suelo pedregoso. Me acuesto dándole la espalda. Hay ciertas cosas que es mejor que ella no vea, por ahora. No insisto en continuar en lo que estábamos, y ella tampoco lo hace.
No volvimos a hablar de lo que pasó esa noche. Todavía no entiendo bien por qué lo hice. Sólo… necesitaba estar con él. Se me escapó de control, otra vez. Al principio quería besarlo y estar lo más cerca posible, pero luego todo sucedió tan rápido… lo único que me llamó a la cordura fue cuando sentí su mano debajo de la tela, acariciando mi cadera. Quería seguir, me estaba consumiendo ese deseo… sin embargo, no podemos. Eso le molestó un poco. Siento que me aprovecho de los breves momentos en que muestra debilidad… me gusta el comienzo, pero entro en pánico cada vez que vamos demasiado lejos.
Intento no pensar en eso la mañana siguiente. Eso nunca sucedió. Lamentablemente mi cara sonrojada me delata de inmediato. No hace falta que Hans lea mis pensamientos para saber lo que sucede en mi mente. Él agacha la vista. Me siento culpable por esto. Y él también. Eso me hace sentir peor.
—Ah… Hans, sobre lo de anoche…
—Lo siento, no debí forzarte.
—No me forzaste a nada, yo también quería.
—Tenemos que dejar de hacer eso.
—Lo sé. Lo siento si te dejé… ya sabes.
—Es bastante incómodo. Realmente creí que tú querías hacerlo.
—Estaba un poco confundida… no me malentiendas, sí quiero estar contigo de esa forma, pero también va en contra de mi moral. No quiero tener un niño de este modo, y solo porque necesitaba tenerte cerca.
—Lo entiendo. Ahora, tenemos cosas más importantes.
Es un alivio cambiar de tema. Dejar esa charla para más tarde. Por ahora, nos concentramos en lo que es de primera necesidad: cazar. Me enseña la forma del arco que necesita que haga, creo las piezas y las ensamblo, junto con un juego de flechas y un caj para transportarlas. Hago unas seis lanzas, para algún animal de mayor tamaño. También varios metros de cuerda del mismo material que mi vestido. Es curioso, nunca me había sentido tan útil. Finalmente puedo usar mi poder para algo que es necesario. Me gusta, siento que puedo hacer algo más que mirar y estorbar, como sucedía cuando estábamos con toda la tripulación.
Pasamos todo el día caminando, con el viento en contra. Nos costó salir de mi pequeña fortaleza, que estaba cubierta de nieve por fuera. Todo estaba blanco en este lado de la isla. Avanzamos un buen trecho durante la mañana. Nos detenemos muy poco, usualmente por agua u otras necesidades humanas. Llegamos hasta un lado de la costa que tiene un clima ligeramente más cálido y húmedo. Hay musgo cubriendo gran parte de las laderas, intercalado con parches de nieve. Neblina en el ambiente, y cientos de aves surcando el cielo. A lo lejos veo otras islas más pequeñas, con algo moviéndose en ellas.
Pasamos la tarde intentando darle a la mayor cantidad de aves posible. Al final sólo conseguimos cinco. Las recogí, intentando hacer caso omiso a las arcadas que me dio con solo verlas en el suelo con las flechas atravesándolas. Lo peor fue tener que sacarles las plumas, lavarlas y sacarles los interiores. Hans se encargó de esa última labor, dado que de haber tenido algo en el estómago, de seguro lo habría vomitado. Todavía siento nauseas a la hora de comerlas, aunque tuviesen un aspecto diferente estando asadas. No, para mí siguen siendo las mismas. Sin embargo, estoy tan hambrienta que no dudo en darle un buen par de mordidas antes de recordar cómo debe comer una dama.
Acabamos con una de las aves, y las otras cuatro las llevaremos para el camino de regreso. Claro que eso será mañana, por ahora avanzamos un poco más, cerro arriba, para instalar otro pequeño refugio como el de ayer. Con un par de comodidades adicionales, como una mesa y varias capas de tela de hielo, para usar como colchón. Claro que Hans se negó a usarlas, su tacto las derretía luego de pasar una media hora. Nos quedamos hablando un rato, como solíamos hacerlo hace mucho tiempo.
Los días siguientes fueron una eterna búsqueda de rastros que desaparecían como huellas sobre la arena. La nieve nos causó varios problemas, y el frío es insoportable. Para mí, por lo menos. A veces realmente envidio esa absoluta insensibilidad que tiene Elsa hacia las bajas temperaturas. Ni siquiera se inmuta al salir de los refugios al exterior. Impresionante y espeluznante a la vez, es un recordatorio constante de que es sobrehumana y jodidamente resistente. Pareciera que tiene hielo en lugar de sangre en las venas.
Paulatinamente nos fuimos adaptando a este paisaje hostil. No es ni de lejos cómodo, pero podemos seguir así por un tiempo. Cuento los días con marcas en el arco que Elsa creó. Dieciséis, son dieciséis días perdidos en esta maldita isla. Y aun no conseguimos encontrar el camino de regreso. El pánico aumenta, de manera inversa a las esperanzas de volver, que no hacen más que disminuir con cada hora que pasa. Y tenemos tan pocas horas de sol, que a pesar de que caminemos rápido, la noche nos alcanza antes de lo previsto. Son tantas horas de noche, y apenas unas cuantas de día.
Lo único bueno es que este tipo de experiencia no la contaría nadie más. Y nosotros tampoco lo haremos si no conseguimos volver, dice esa odiosa voz interior que me recuerda el peligro que corremos estando aquí, expuestos al dominio de la naturaleza salvaje en todo su esplendor. Pero viendo el vaso medio lleno, tuvimos la oportunidad de observar desde una distancia corta a un rebaño de renos salvajes, con cornamentas impresionantes, piel blanca y beige, que se camufla en este lugar. Son decenas de ellos. Este es su hábitat natural, aquí nadie los perturba jamás. Creí que huirían al vernos, pero al parecer no conocen a los hombres, no, nunca nadie los molesta ni les da caza en este lugar… salvo por nosotros. Elegí uno enfermo y viejo, para tener más carne y piel que usar de abrigo en la noche.
Solo tomamos a ese ejemplar, el resto permanece intacto e inalterable, como debe ser. Estas creaturas pacíficas desconocen las armas humanas o los corrales. Viven libres en un hogar que es lo menos propicio para la existencia de especies animales de su tamaño. Pero con esa capa gruesa de pelaje, sobreviven perfectamente bien. Y ahora yo tengo algo suave para dormir. El suelo rocoso es lejos lo peor para las articulaciones.
Bastante duro, sin mencionar las noches. Hay veces en que se apaga la fogata y despierto con el castañeteo de mis dientes. Eso, sin considerar las veces en que Elsa se despierta de golpe en medio de la madrugada. Debe ser una secuela post-traumática. Molesta, pero ¿qué se puede hacer al respecto? Lo único que puedo hacer por ahora es despertar con ella, intentar calmarla, y volver a dormir, esperando el siguiente episodio. Claro que descubrí que duerme mejor cuando estamos totalmente enredados, en un abrazo estrecho que es incómodo y cálido a la vez.
Otro buen recuerdo que tengo es el de aquella cueva en la que hallamos tres oseznos polares, blancos y rechonchos, a Elsa le encantaron. Son como esos perros que les encanta llevar a las mujeres de la corte. Unas pequeñas y adorables bolas de pelo jugando entre ellos. Lástima que la madre regresaría pronto. Decidimos retirarnos antes de que llegara, porque una osa adulta de dos metros de alto y más de doscientos kilogramos de peso no es algo a lo que quisiera enfrentarme, mucho menos a una que defiende a sus crías.
Gracias a los osos descubrimos también una manada de focas árticas. Mantuvimos las distancias prudentes, puesto que los machos son territoriales. Son muchas, en una playa completa. Las observamos desde la altura, sobre la parte baja de la montaña. Son jodidamente ruidosas, pero son un cambio positivo, para variar del sonido del mar y la brisa. Su olor, por otro lado, no es muy atractivo. Pescado muerto y descompuesto. Para verlo desde otro ángulo, usamos el descubrimiento de las focas para llegar a la parte del mar donde hay más peces. Elsa creó una red resistente, logramos atrapar unos cuantos, para tener algo diferente de qué alimentarnos. Las aves marinas me tienen harto.
Seguimos vagando, hasta el decimoséptimo día. Ese día nuestra búsqueda terminó, al menos por ahora. Nos habíamos internado entre las montañas, por pasos estrechos y aparentemente desolados. No se oía otro ruido que no fuese el aullido del viento entre las rocas. Nos abrimos paso hacia la entrada de una cueva. Allí fue donde nos encontraron. Eran unos quince, contra nosotros dos. Estábamos jodidos. Elsa quería usar su magia, pero la detuve. Preferí ser yo quien se arriesgara con los salvajes. Estos hombres de piel extrañamente oscura, definitivamente no son Saami. No sabría decir a qué tribu pertenecen. Eso no importa.
En lugar de gastar mi energía desenvainando la espada, lanzo al suelo varias bolas de fuego, que estallan al estrellarse. Esperaba que huyeran. Solo se apartaron, mirando con asombro. Eso no lo esperaba. ¿Por qué no corren? Nadie en su sano juicio se queda después de presenciar algo similar. Creo una barrera de fuego en el piso. Nada. En lugar de eso, se acercan apenas se apaga la llama. De la nada, el que tiene la apariencia de líder se pone en cuclillas con una mano en el suelo. Los demás lo siguen. Esto no es normal. Pero lejos, lo que más me sorprende es oírlo hablar rudimentariamente una frase en alemán.
—Der König ist zurückgekehrt—el rey ha vuelto.
A/N: hello! otro capítulo una semana después del anterior.
Tengo que contarles un par de cositas sobre el futuro de este fic. En primer lugar, este y los capítulos siguientes fueron los primeros que pensé, por eso el resumen del fic hace referencia al viaje. Segundo, se me olvidó comentar que en el capítulo 35 aparece por qué lleva el nombre que tiene. Siguiendo con las novedades, tendré que adelantar los hechos del fic. Hubiese querido hacerlo más detallado, pero empiezo las clases, y no quiero extender esta historia hasta el 2019. Así que tal vez sientan que el fic avanza más rápido.
Y sí, volví a coquetear con la línea del lemon. No regrets.
Como siempre, agradezco infinitamente a mis lectores, en especial a quellos que dejan reviews :3 no olviden seguir la historia, marcarla como favorite y, por supuesto, dejar su opinión en los comentarios. Bye.
