NOTA: este fanfiction ha sido editado.
Capítulo 36: Un compromiso
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Merlina resopló por la nariz. Estaba que casi escupía fuego como un dragón.
―No… te atrevas…―farfulló Merlina sin moverse de su lugar, aunque temblando. Nunca se había sentido así en su vida. No podía controlar su cuerpo o su ira. Ella no era dueña de Severus, eso lo tenía claro. Pero era lo único que podía considerar que le perteneciera. No tenía familia y Severus conocía más de ella que cualquier otra persona. Nadie se lo podía arrebatar de la noche a la mañana.
No pudo hablar más, porque la gente comenzó a gritar y a correr. De pronto se desató el caos: nadie sabía qué había ocurrido. Algunos creyeron que se avecinaba un terremoto; otros creyeron que había sido producto de un tornado. Unos pocos creyeron que el lugar estaba poseído por demonios y, sólo algunos supieron que se debía a obra de magia involuntaria. Phil los trató de calmar hablándoles por micrófonos, pero no lo logró.
Merlina, quien todavía no estaba en sus cabales, dio media vuelta, sin oír lo que estaba diciendo Severus. Y, finalmente, Philius había optado por la opción de llamar al equipo mágico para controlar a las personas. Al menos, él sí había llevado su varita. No era bueno mezclarse con los muggles en eventos como esos.
La gente corría de un lado a otro, a pesar de que el recinto en sí estaba tranquilo. Merlina estaba furiosa todavía, pero ya se había controlado.
Eso no es justo. No era justo que estuviera con ella cuando podía estar conmigo. No…
Severus la alcanzó entre la multitud y le puso una mano en el hombro.
― ¿Merlina?
Esa palabra fue mágica: como si le hubiesen quitado los tapones de los oídos. Merlina se giró, pero más para observar lo que estaba sucediendo que a Severus.
― ¿Qué… ―murmuró ―hice? Por las barbas de Merlín…
Se dejó caer en una silla cubriéndose la cara. Severus se quedó junto a ella, preocupado, pero sin decirle nada.
Poco a poco el equipo regulador calmó a la gente y fueron borrándole los últimos minutos de la mente con el hechizo Obliviate, antes de que ocurriera lo de las mesas. Phil se acercó a zancadas hasta Merlina quitándole las manos de la cara.
― Lo siento, Phil, lo siento mucho, arruiné tu matrimonio, lo siento…
― Cállate. ¿Estás bien?
Merlina asintió. Phil sonrió a medias.
―Al menos alcanzamos a bailar una pieza musical más. El resto iba a ser aburrido.
―No te hagas conmigo el piadoso, arruiné tu matrimonio.
― En fin, no tienes la culpa. Supongo que alguien te tendrá que explicar algo ―Phil miró fugazmente a Severus, quien lo ignoró. Merlina no se dio cuenta.
― ¿Qué quieres decir?
―Espera, ya vuelvo ―dijo Phil y fue hasta unos familiares para despedirlos.
Los celos son lo peor que puede existir… Merlina apoyó un codo en la mesa y esperó junto con Severus, sus tíos, su primo, su esposa y los padres de esta, para marcharse. Y Phil no le explicó nada, simplemente se despidió de ella con un enorme abrazo y sonoro beso en la mejilla antes de subirse a su coche para partir con Celyn hacia la primera parada: un hotel. Luego irían hacia la Habana, en el vuelo de las seis de la mañana. Merlina había acabado un poco antes con la diversión.
―Perdóname, tía.
― ¿Perdonarte por qué, Merlina?
¿Acaso su tía no lo sabía? ¿Sólo lo sabía su primo? Su tía no tenía idea que ella había sido la del incidente. Phil seguro se había echado alguna mentira para cubrir el incidente.
Iban en el auto, hacia la casa.
―Perdóname por haber estado tan idiota.
― Oh, Merlina, ni lo noté. La verdad es que creo que estás cansada. Ahora van a dormir ―se dirigió también a Severus ―, y mañana podrán tomar el viaje.
―Tenemos el pasaje para las siete de la tarde ―anunció Merlina.
― Bueno, tendrán todo el día para dormir.
Llegaron a las tres y media de la mañana. Ni Merlina ni Severus hablaron hasta llegar a la habitación. En realidad, Merlina ni siquiera tenía ganas de hablar. Se lanzó de espaldas a la cama. El profesor se sentó a su lado y la observó.
― ¿Ahora me entiendes?
Merlina lo miró.
― ¿Cómo?
―Lo siento. Todo esto es obra mía.
A Merlina se le aceleró el pulso.
― ¿Qué cosa es obra tuya, Severus?
―Te enojarás, lo sé, y creo que me arrepiento un poco… No esperaba una reacción así. Pero valió la pena verlo.
Merlina se sentó y lo miró a los ojos a veinte centímetros de su cara. ¿Acaso estaba tratando de decir lo que ella imaginaba?
―Si me tengo que enojar, lo haré al final. Explícame todo lo que tengas que decir.
―Bien ―Severus tomó aire. No se veía tan arrepentido como le había dicho ―. Todo partió la discusión sobre… bueno, sobre tu primo y los celos. Tú me dijiste que jamás habías tenido ni tendrías motivos para estar celosa, y yo quise dártelos y se me ocurrió la idea de decirle a tu primo de mi plan. Ya sabía que a él también le encanta fastidiarte, así que cedió y me dijo que en la boda haría que se me acercara alguna mujer para que me hablara, pero antes tenía que comportarme mal para que te enojaras y reaccionaras de forma apropiada al plan. Bueno, pues reaccionaste excesivamente mejor. No me esperaba una actitud mágica con tanta agresividad. Eso es todo.
Eso es todo. Respira, Merlina.
― O sea… ―intentó encontrar las palabras sin gritar ―, que toda esta estupidez la hiciste para… ¿sacarme celos?
Severus se limitó a hacer una mueca de manera afirmativa.
― Y me haces arruinar la boda de… mi primo.
―Ya te dije que lo sentía.
―Estoy muy cansada, Severus. Tomé tres copas de vino llenas y, aunque no me emborraché, ni bailé, ni nada, me pesa el cuerpo. Por eso no te gritaré como debería hacerlo. Pero sí puedo hacer esto: ―lo abofeteó abruptamente. Severus no esperaba eso y resonó el golpe por la habitación. La miró sorprendido, con la mano en la mejilla ― Me hiciste pasar una muy mala noche. Me exprimí los sesos pensando en qué diablos te pasaba. Si no es porque te amo, te juro que terminaría todo esto, pero no puedo. Y la verdad es que ahora no pienso mucho ―se puso en pie ―. Me iré a lavar los dientes.
―Merlina…
Ella cerró la puerta del baño con llave. Cuando salió, Severus estaba en la misma pose, con la misma cara.
―Morgan… ―se paró y la tomó por los hombros ― ¿cómo te puedo compensar…?
― ¿Compensar? Mejor déjame dormir, ¿sí?
Con rapidez se metió bajo la cama y apagó la luz sin darle tiempo a Severus para que se cambiara la ropa para dormir.
―Lo siento ―reiteró Severus, en la oscuridad, cuando ya estaban acostados.
―Ya.
Silencio.
― ¿Severus?
― ¿Mh?
―Yo no quise atrapar el ramo. No creas que…
―Lo sé. Te vi.
Silencio.
― ¿Merlina?
― ¿Sí?
―Te veías hermosa con el vestido. La más hermosa de todo el lugar…
―Gracias ―le respondió cortante sin evitar sonreír.
Silencio.
― ¿Severus?
― ¿Qué?
―Todavía estoy furiosa contigo, ¿sabes? No creas que con un cumplido me recuperarás tan fácil.
―Ya.
Silencio.
― ¿Sigues despierta?
―Sí.
―Buenas noches.
―Igualmente.
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El viaje de regreso fue similar al anterior, con la diferencia de que Merlina logró controlar sus intestinos y no vomitó. Había comido muy poco gracias a su ánimo que estaba por el suelo. Severus tampoco le había vuelto a insistir demasiado con las disculpas. Habían dormido hasta tarde, juntos, e incluso habían despertado abrazados, pero nada más allá que incluyera palabras.
La verdad es que Merlina se sentía mal por los celos. Sí, entendía a Severus, y lo entendía perfectamente. El problema era que ellos tenían algo formal, y verlo ahí, con una desconocida… ¿Acaso podría perder a Severus en cualquier momento? Todo había sido parte de un plan, jamás había sido cierto, él la seguía amando. Pero, si alguna vez sucediera… Era terrible imaginarlo.
Subieron a los carruajes tirados por Thestrals. Severus le tomó la mano.
― Merlina… realmente lo siento. Reconozco que me pasé de la raya. Pero admito que fue una escena… bueno. No era que tuviera dudas, pero los celos demuestran que no es solo… ―Severus dudó. Se notaba cuando le costaba decir algo ― Bueno, que me amas.
―Yo no podría decir lo mismo ―soltó Merlina. Ya estaba de ánimo para pelear ―. Fue cruel de tu parte. Tu confabulación con Phil… no lo puedo creer. No me arrepiento para nada haber finalizado antes su fiesta de matrimonio.
―Te amo ―le escupió, con los dientes apretados.
―No me consta.
― Es cierto. Sólo fue una broma de mal gusto ―masculló tratando de convencerla.
―Eso sí que es comprobable.
― ¡Esa mujer era una mujer cualquiera, Morgan! Ni siquiera le pregunté el nombre ―su voz sonó exasperada.
― ¡Y pueden haber muchas mujeres cualquieras, Severus! ―Merlina lo fulminó con la mirada.
― ¿Sigues celosa?
― Es tú maldita culpa.
― ¿Qué tengo qué hacer, entonces?
Era una pregunta absurda.
―No sé.
Bueno, en realidad, Severus sí sabía lo que tenía que hacer, y era el único camino que tenía, y la única manera en que podía demostrarle de manera absoluta y radical que él sólo le pertenecía a ella y a nadie más.
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Luego de tres semanas de regularización en el castillo, las cosas entre Severus y Merlina se habían arreglado, o al menos, casi por completo. Ella, en la noche, imaginaba vívidas historias en que una mujer con un cartucho de papel en la cabeza aparecía de la nada e iba a coquetearle a Severus, y este se iba a con ella, ignorando a Merlina. En el día, en cambio, cuando dormía, soñaba lo mismo. No había cómo huir de esas vívidas pesadillas. Era absurdo, pero había sido una emoción demasiado repentina y fuerte como para olvidarla de un momento a otro. Por eso, ése día sábado abrazó con la fuerza a Severus cuando la fue a despertar.
― ¿Qué pasa? No me digas que sigues…
―…con las pesadillas, sí ―completó Merlina, soltándolo ―. Es inevitable. Tú ya no eres el culpable aquí, soy… soy yo… Pero igual es tu culpa ―añadió haciéndole un desprecio ―. Socavaste mi seguridad.
― ¿Y se te ocurre alguna cosa que pudiera mejorar la situación, Señorita Pesadilla? ―Severus jamás dejaba sus ironías de lado.
―Nada, pero de apoco… quizá en las vacaciones… Faltan dos semanas para que termine esto, quizá ahí…
―Merlina ―la voz de Severus sonó suavemente y le tomó la cara, obligándola a que lo mirara ―. Vístete. Te vine a despertar antes porque quiero que vayamos a Hogsmeade. Y no quiero que me discutas.
Merlina lo observó con el entrecejo fruncido. Los ojos de Severus eran impenetrables e insondables. Sintió la corriente eléctrica en la espina dorsal.
― Bien… me… baño… y estoy lista.
Los estudiantes los miraron curiosos cuando atravesaron las puertas de roble para ir al pueblo. La mayoría no se había acostumbrado a verlos juntos, tomados de la mano. Y muchos, como Harry y Ron, continuaban haciendo amagos de vomitar cuando veían a su amiga, la celadora, a su lado.
― ¿Qué se supones que vamos a hacer? ¿Acaso vas a tratar de sacarme celos con la mujer que me vendió el vestido?
―No. Haremos algo para que se te olvide todo ese asunto. Ha llegado demasiado lejos, y la verdad es que no era la idea. Te lo tomaste muy a pecho.
―No me culpes a mí.
Luego de que bajaran del carruaje y caminaran unas cuantas cuadras por el pueblo, llegaron hasta…
― ¿Comida? Bueno, llevo tres semanas comiendo un montón y todavía no se me pasa con eso ni nada, pero si tú lo dices… No me voy a negar. Me gusta comer, de todos modos.
― A veces en la comida encontramos sorpresas ―susurró Severus. Merlina alzó las cejas.
―No me vas a envenenar… ¿o sí? ―arqueó las cejas ―. Por favor, júrame que no me vas a envenenar para borrarme los recuerdos o las emociones, porque prefiero seguir recordando y…
― No digas estupideces ―el hombre abrió los ojos con asombro ―. No sé de dónde sacas tanta imaginación.
―Digo estupideces porque tú haces estupideces…
―Basta, no me arruines… el día.
―Ya, ya, lo siento.
Se ubicaron en el exterior del local, en una mesa con sombrilla. El sol pegaba fuerte, por eso Merlina se había vestido con una remera y pantalones delgados. Severus estaba sin capa, pero con una de sus típicas camisas manga larga, todo para ocultar su Marca Tenebrosa.
Un joven mago les fue a entregar la carta.
― ¿Qué plato puede hacerme olvidar la pesadilla? ―preguntó Merlina, pasando las páginas de comida, viendo platos que no lucían nada apetitosos.
―Olvídate de eso. Pide algo que te guste.
―Pues… Pescado frito con arroz y salsa de mariscos ―dijo Merlina a su plato vacío. La comida apareció instantáneamente ― No es algo muy imaginativo, pero me gusta.
―Lo mismo para mí ―dijo Severus, y agregó ―, y una botella de vino blanco.
Severus llenó las copas con una mirada de autosuficiencia.
― Algo te traes entre manos, ¿eh?
― ¿Brindar es algo malo?
―No sé, depende de por qué quieras brindar y… ―repuso Merlina, pero se calló inmediatamente. Severus miraba hacia algo que estaba detrás de ella. Se volteó asustada a ver que era, pero no había nada. Tampoco vio que Severus depositaba algo en su copa de vino.
― ¿Qué mirabas?
― Nada, es… ―Severus titubeó ―, creí haber visto algo. No importa, olvídalo. Sigamos con lo nuestro.
―Claro ―Merlina tomó su copa cubriendo la mitad del contenido con la mano.
―Salud por nosotros, entonces ―farfulló Severus con algo de dificultad. Merlina lo notó nervioso.
―Qué original… ―y se bebió toda la copa, tal como lo hizo Severus. Bueno… Un momento. Algo se le quedó en la garganta. Le costaba respirar, pero más le dolía.
― ¿Merlina? ¿Morgan?
Merlina se puso las manos en la boca e intentó toser. Severus, comprendiendo, le apuntó con la varita y susurró "Anapneo". Merlina escupió lo que tenía atascado en su garganta en las palmas de sus manos. Lentamente las alejó de su cara y observó lo que tenía en ellas. Severus hizo el ademán de pararse, pero se limitó a tomar un pedazo de mantel, apretarlo y observarla fijamente, preocupado y nervioso.
La joven pestañeó varias veces antes de aceptar lo que veía: un anillo. Un anillo de plata con una piedra púrpura en el centro.
― Bueno… original es intentar ahogarme con un anillo, Severus ―dijo en un hilo de voz. En un segundo el corazón casi se le salió del pecho. Sin embargo, tuvo la necesidad de dar rodeos antes de admitir lo que podía significar el anillo en la mano. No quería ilusionarse ―, pero tienes que saber que tiene un agujero. Podía respirar, poco, pero podía así que…
―Quiero saber si aceptas comprometerte conmigo ―la interrumpió Severus sin oír lo que dijo ―. No es tan maravilloso como una petición matrimonial. Pero eso define que estamos juntos, de manera definitiva. ¿Qué me contestas, Merlina Morgan?
La joven dejó el anillo en el centro de la mesa y alargó la mano derecha. Sonrió. Severus, en cambio, cerró los ojos como si el alivio cayera en él con toda su fuerza. Tomó su mano y le colocó el anillo.
―Jamás pensé que fuera a ocurrir esto ―admitió Merlina sintiendo en su cuerpo oleadas de sentimientos que agitaban cada una de sus células.
―Y yo jamás pensé que no te fueras a dar cuenta que el anillo estaba dentro de la copa.
―Ya sabes que soy distraída, pero nadie espera que alguien le coloque un anillo en una copa ―arqueó una ceja ―. Es más lógico que te lo entreguen en una caja ―Severus bajó la mirada. Jamás se hubiera atrevido a hacerlo de ese modo ―. Da igual ―añadió ―. Ha estado perfecto así.
Sonrieron al mismo tiempo. Merlina se sentía flotar y Severus creía haber superado un miedo personal; había dado un gran paso. No era que el anillo fuera una unión física, pero era algo que indicaba que no podían separarse, y que no iban a separarse. Pues bien, el futuro le deparaba muchas cosas… No obstante, un compromiso era una promesa de por vida.
― ¿Por qué te decidiste a hacer esto, Severus? ―indagó Merlina dulcemente.
Severus tomó aire. Merlina sabía que no estaba en su naturaleza ser de lo más romántico de forma directa con ella. Finalmente, habló.
―Tú eres la única para mí. Y lo que hiciste el otro día, a pesar de que fue mi culpa… Me demostró que tenemos que estar juntos. No podría verme con otra, jamás.
Merlina sonrió.
Terminaron de comer, pagaron la cuenta y regresaron al castillo, abrazados.
― ¿Quién diría que iba a terminar comprometiéndome contigo, profesor Snape?
―Para que vean que los amores imposibles existen. Pero, a veces, extraño las bromas que solíamos hacernos ―reconoció Severus con su típica exasperación.
― ¿Y si hacemos una guerra de comida? ―sugirió Merlina alzando la cabeza para mirarlo.
―No está mal…
Y juntos, volvieron a tomar el carruaje que los llevaría al castillo. Estaban felices. Eran felices. Pero no era un feliz para siempre. En algún lugar del mundo, muchas fuerzas estaban surgiendo para amenazar sus vidas y las de muchos otros. Se avecinaba una era de transformaciones.
El sol iluminó la mano de Merlina antes de entrar al castillo. El anillo brilló.
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Pasada la medianoche, en las cocinas…
― ¡SEVERUS SNAPE, SÁCAME DE LA SOPA AHORA MISMO!
Silencio.
― ¿Severus? ¿SEVERUS? ¡SEVERUS, ME LAS VAS A PAGAR! ¡Esto no era parte del trato!
Nada.
― ¿Y ahora cómo diablos salgo de esta olla?
Iba a tener que confiar en sus habilidades mágicas y tratar de salir por su cuenta.
Severus, en tanto, estaba esperando en su despacho a Merlina. Sabía que el enojo de la joven desataría la pasión.
Encendió unas velas aromáticas. Esa noche quiso que fuera diferente.
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FIN
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LA HISTORIA CONTINÚA EN "EN PIE DE GUERRA II"
