Vuelve a mí

Katniss permanecía abrazada a Madge, llorando de manera desconsolada. No sabía el tiempo que llevaba así, sin apenas poder mover un sólo músculo de su cuerpo... pero su mente trabajaba a destajo, repitiendo la asombrosa e inesperada confesión de Madge.

Él... ha sido él, Kat... Peeta nos ha salvado...

¿Cómo lo había hecho?, ¿toda la compra de esclavas había sido una pantomima... no iban a trabajar...?; miles de preguntas que necesitaban ser respondidas de manera apremiante, y otras muchas que se quedarían sin respuesta... ¿por qué no le había dicho nada, o le había dado una señal, un indicativo de que algo estaba por ocurrir...?

Annie y Johanna permanecían mudas, también con sus cerebros trabajando a pleno rendimiento; Madge sabía muchas más cosas que ellas, y estaba claro que necesitaban una explicación; Prim permanecía callada, sin saber qué hacer o decir. La mujer rubia y joven, que tan amorosamente había cuidado a Madge desde su llegada se acercó a ellas con paso precavido.

-Bienvenidas a Lebork- las recibió por fin -me llamo Gianna-.

-Es un placer... - habló Johanna por las tres, un poco titubeante; Madge y Katniss por fin se habían despegado la una de la otra, y se habían acercado al pequeño grupo.

-Sé que tenéis miles de preguntas- habló ésta -y responderé a todas las que pueda; pero primero vamos a mostraros dónde viviréis a partir de ahora- las cuatro jóvenes todavía no podían digerir lo que estaba ocurriendo a su alrededor; esos casi cinco días de viaje habían sido una pesadilla... demasiados sentimientos encontrados se agolpaban en sus pechos, y necesitaban tranquilizarse y poder asimilar la nueva situación.

En completo silencio fueron guiadas hasta un edificio viejo y desvencijado, para después subir por una estrecha escalera de madera. En el segundo piso, una mujer de unos sesenta años y mirada amable y bondadosa las saludó en un precario alemán, invitándoles a pasar a la que suponían, era su casa. El pequeño piso estaba decorado de manera muy sencilla, pero todo estaba limpio y ordenado de manera impecable.

Las chicas esperaron en la entrada, viendo cómo Gianna se dirigía a ella en un fluido polaco. Katniss interrogó a Madge con la mirada, a la vez que enroscaba todavía más su chaqueta de lana en torno a su cuerpo.

-Es la señora Droyeski- le aclaró en voz baja -es la dueña de la pensión- Katniss asintió con la cabeza, a la vez que sus ojos volvían a Gianna.

-La señora Droyeski va a preparar la cena- les informó; los estómagos de las chicas saltaron ante la mención de esa simple palabra -mientras tanto, vamos a prepararos un baño, y os daremos ropa para que podáis quitaros esos... uniformes- les explicó. Las cuatro jóvenes asintieron con una tímida sonrisa.

En la casa había sólo dos baños, de modo que por turnos, fueron aseándose. Primero les aplicaron una especie de polvos blancos por todo el cuerpo y su cabello; Gianna le explicó a Katniss que era para poder erradicar los piojos. Ésta asintió lentamente con la cabeza, tapando su cuerpo desnudo lo más que podía.

Gianna le ofreció una sonrisa cariñosa a la vez que le tendía la mano y la ayudaba a introducirse en la bañera, llena de agua caliente. No pudo evitar sentir rabia y pena al ver los escuálidos cuerpos de las chicas; estaban en los huesos, y muy débiles... y aparte de eso, todavía se podía intuir el miedo en sus ojos. Decidió darle su espacio, alegando que iba a ver a las otras chicas.

Katniss gimió al sentir el contacto del agua caliente con su piel; hacía meses que no tomaba un baño, y ya casi había olvidado lo que se siente. Esos polvos blancos escocían un poco, pero una vez frotó su piel con un poco de fuerza, se permitió relajarse un poco; mientras pasaba una esponja por su antebrazo, no pudo evitar sollozar al ver el número tatuado en su piel... A-3658... sería algo que permanecería con ella siempre, un recordatorio para no olvidar todos esos meses de infierno; pero a su vez, eso le serviría para recordar al que ya sería, sin duda alguna, su único amor... no se dio cuenta de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, a la vez que pasaba un dedo por los números impresos... ¿volvería a verle alguna vez...?, ¿podría agradecerle todo lo que había hecho por ellas...?, ¿por qué lo había hecho, realmente...?

No fue consciente de que el agua empezaba a enfriarse; lágrimas y sollozos de pena consumían su corazón y su alma; todo lo que quería era verle, aunque fuera una única vez más.

-Katniss...- la aludida levantó la vista; Madge estaba apoyada en el pequeño lavabo, tendiéndole una pastilla de jabón en completo silencio. El olor a jazmín y lavanda pronto impregnó su cuerpo y cabello. La joven se lavó de manera rápida, y ayudada por Madge salió de la bañera.

-¿Mejor?- interrogó su amiga, con una pequeña sonrisa. Pero su amiga no acertó a contestar; y de nuevo se derrumbó en sus brazos, llorando e hipando de manera desconsolada.

-¿Por qué ha hecho ésto, Madge... por qué no me lo dijo...?- el suspiro de ésta fue audible, a la vez que pasaba una toalla por los hombros de Katniss, cubriendo su desnudo y mojado cuerpo.

-Ven conmigo- la instó, separándola un poco de su cuerpo y tomándola por los hombros.

Salieron del baño, y Madge la condujo por un estrecho y pequeño pasillo, abriendo la puerta de uno de los dormitorios. Katniss miró a su alrededor, estudiando el pequeño habitáculo. El papel de las paredes estaba despegado por algunas esquinas, y el mobiliario era muy básico... pero después de vivir meses hacinadas en un maloliente barracón, aquella habitación bien podía semejarse a un palacio. Su amiga la empujó a sentarse en una de las camas.

-Este es mi cuarto, dormirás conmigo- le contó, con una pequeña sonrisa -sécate, voy a traerte ropa limpia- Katniss asintió en silencio; la suave toalla era una delicia para su piel. Una vez que estuvo seca y vestida, con ropa interior limpia y una falda negra y un jersey azul de manga larga, se sintió algo mejor consigo misma. Sus pies se encontraban cómodos y calentitos, metidos dentro de unas medias y unos zapatos planos; se sentía rara andando con ellos, acostumbrada cómo estaba a los ruidosos e incómodos zuecos de madera dura.

-Katniss...- llamó su atención Madge, pero ésta la cortó.

-¿Qué hacemos aquí?- preguntó, con evidente confusión -pensé que íbamos a trabajar en una fábrica...- meditaba en voz alta.

-Creo que primero debo enseñarte algo- exclamó su amiga. Abriendo el cajón de la pequeña mesita que separaba las dos camas, le entregó un pequeño sobre blanco.

-Es de Peeta...- el corazón de Katniss se agitó de manera furiosa -debes leerla primero, y entenderás muchas cosas...- con manos temblorosas, tomó el sobre. Madge le dio un cariñoso apretón, y salió de la habitación; su amiga necesitaba leer esa carta a solas, y se merecía algo de privacidad.

No sabía qué palabras se podría encontrar en ese pequeño papel; inspiró de manera audible antes de empezar a leer.

Sus ojos no daban crédito a lo que estaba leyendo... Peeta había traicionado a las SS... se había aliado con gente para poder ayudarlas, exponiendo su vida; iban a trabajar allí unos meses, y después las sacarían de allí... ¿dios, a dónde las mandarían?; pedía perdón por todo el daño causado... y de nuevo, las lágrimas picaron en sus ojos al leer que la amaba, que ese amor era lo que había movido todo... ahora entendía la actitud de Peeta, esos cuidados, ese contrabando de comida; todas esas acciones... muchas de sus palabras, gestos cariñosos con ella. Ahora entendía todo, y jamás se habría podido suponer que todo eso era porque seguía amándola, a ella; una escuálida y pobretona chica judía. El Peeta que ella había conocido desde que eran unos niños nunca se había ido, simplemente estaba escondido bajo unos ideales que ahora él mismo rechazaba.

Su mente recreó todos y cada uno de los instantes vividos con el joven, desde que llegaron en ese tren, el traslado al campo, los momentos en la intimidad de su despacho... de nuevo su mente los archivaría, al igual que los recuerdos de su adolescencia.

Con mucho cuidado dobló la carta, acercándola a su corazón; en su mente sólo había una silenciosa petición... volver a verle, aunque sólo fuera una vez, y decirle que ella también le amaba. Que nunca había dejado de hacerlo, ni dejaría de hacerlo en el futuro.

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Un mes después...

Katniss abrió los ojos, desperezándose lentamente y sintiendo la suavidad y comodidad de su cama. Su vida y la de su prima y amigas había dado un vuelco inesperado, y nunca habían estado tan cuidadas y protegidas.

La misma noche que llegaron, después de que leyera la carta de Peeta, Gianna se sentó con ellas a la mesa, contándoles la situación lo mejor que pudo; el teatro de la compra de esclavas, para poder sacarlas de allí, todo lo que hacía Peeta para ayudar a muchas de las chicas y mujeres que estaban presas en Ravensbrück, y cómo dio con la organización secreta de un hombre al que llamaban Friedensstigterengel, y cuya misión se centraba en ayudar a personas como ellas... y lo que más miedo le daba a Katniss era que Peeta se había unido a ellos, y temía de forma permanente por la vida de su joven amor.

El resto de las chicas que fueron vendidas con ellas y sacadas del campo fueron a parar a otra de las fábricas que tenía la organización, así que también serían libres. No sabía con seguridad el tiempo que estarían allí hasta que consiguieran sacarlas del país sin peligro alguno; en la carta ponía que serían un par de meses, pero Gianna les había advertido que podrían demorarse un poco más.

Annie y Johanna escucharon atentas el relato de los hechos; también tuvieron que explicarle a Prim de qué conocían a Peeta, y la relación que le ataba a Kat. La joven adolescente abrió la boca, debido a la sorpresa, pero lo único que tenía era buenas palabras para el joven teniente por haberlas salvado.

Poco a poco, y con la ayuda de Gianna, de la señora Droyeski y del doctor que las revisó a la mañana siguiente de su llegada, su salud fue restableciéndose. Les costó mucho volver a acostumbrar su estómago a las comidas normales, incluso Annie y la propia Katniss, las dos primeras semanas, apenas podían comer más que una pequeña cantidad de comida, menos incluso que lo que comían en el campo, ya que su cuerpo no las toleraba, y sufrían constantes diarreas y dolores de estómago... pero al menos, era comida buena y caliente. Madge todavía seguía siendo vigilada, ya que el mal legrado practicado le produjo una infección muy fuerte, y eso se tradujo en la extirpación total de su útero. Bella tuvo que contener las lágrimas mientras se lo contaba su propia amiga... los sueños de Madge de ser madre en el futuro se habían evaporado de la noche a la mañana; pero al menos seguía con vida, y estaba agradecida por eso.

El trabajo en la fábrica de conservas no tenía nada que ver con el infierno del taller de costura de Ravensbrück; cada una de ellas fue destinada a diferentes secciones, pero los supervisores eran amables, y no estaban bajo el yugo de la esclavitud y los maltratos. Gianna estaba permanentemente ocupándose de todo, era una buena mujer, y les relató a las chicas la primera vez que Peeta se entrevistó con ellos en Berlín, pidiendo su ayuda. La señora Droyeski cuidaba de ellas, y les había abierto las puertas de su humilde casa.

Estaban cuidadas, seguras, bien alimentadas y protegidas; cosas que hace apenas un par de meses parecían tan lejanas y difusas... pero aunque Katniss intentaba mostrarse animada, trabajando, hablando con sus compañeras y apoyándose en su prima, amigas y Prim, Madge la escuchaba llorar todas las noches en silencio, y todas conocían de sobra el motivo: Peeta. Siempre estaba en el pensamiento de la joven; a veces se preguntaba si sería capaz de acordarse él mismo de todas las tareas que ella realizaba en el pequeño despacho... se preguntaba si pensaría en ella tanto como ella pensaba en él... si estaría seguro y a salvo; rezaba todas las noches para que no lo descubrieran sus compañeros. Ahora se daba cuenta realmente de todo el peligro que corría el joven, por haberlas ayudado y seguir sacando prisioneras de ese infierno.

También habían conocido a Caesar, marido de Gianna, en uno de los viajes que éste había realizado a Lebork, también firme colaborador de esa organización; gracias a él Katniss sabía que Peeta estaba bien y a salvo... pero no sabía mucho más. No le había dejado una carta cómo lo había hecho con Madge, y no se había comunicado con ellas. Puede que tal y cómo rezaba la carta, él pensara que no merecía su perdón... y se merecía mucho más que eso.

Con Caesar llegaron las primeras noticias de sus familas; los padres de Prim habían muerto, al igual que su querido tío Alfred, padre de Annie. Del resto todavía no sabían nada; la pequeña Prim lloró de manera desconsolada en los brazos de Katniss, que no podía ofrecerle consuelo alguno, más que prometerle que no se había quedado sola, y que estaría con ella. Annie encajó la noticia con entereza, dentro de lo que cabe; ninguna de ellas tenía esperanza de que sus familiares estuvieran sobreviviendo en alguno de esos horribles sitios... pero las temibles palabras que uno nunca quiere escuchar no dejaban de ser dolorosas. Según lo que les relataron Gianna y Caesar, había sido Peeta el que había pedido buscar también a sus seres queridos... otra cosa que el joven le había prometido y que estaba cumpliendo.

Así pasaban los días, trabajando y esperando que se las llevaran de allí; el pueblo de Lebork apenas tendría trescientos habitantes, y se notaba el paso de la guerra; la comida escaseaba en los pequeños comercios locales; el frío era intenso, y la gente apenas se podía permitir encender las chimeneas y las calefacciones de las casas. El carbón era inexistente, y muchas veces la gente rebuscaba, entre las ruinas de los edificios abandonados, un pedazo de madera para poder quemar. Sabía que ellas tenían comida, al igual que otras jóvenes de la fábrica que estaban alojadas en otros pisos, porque Gianna y la organización corría con los gastos; más de una vez había visto por el rabillo de ojo cómo la joven le tendía un sobre lleno de dinero a la señora Droyeski.

Abandonó la comodidad de su cama al sentir a Madge desperezarse en la cama de al lado; otra mañana rutinaria se avecinaba. Las jóvenes se reunieron en el comedor, ayudando a la señora Droyeski a preparar el desayuno, para después dirigirse a la fábrica, a continuar la producción. Rezaban todas juntas alrededor de la mesa, cómo en los tiempos felices anteriores a la guerra, dando gracias por los alimentos, y por permanecer con vida todavía... y por Peeta.

Siento mucho la demora de verdad, espero que valga la pena.