Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 34

Aelin sabía que tenía cosas que hacer –cosas vitales, cosas terribles– pero podría sacrificar un día.

Manteniéndose en las sombras cuando fuera posible, ella pasó la tarde mostrándole a Graham la ciudad, desde los elegantes distritos residenciales hasta los mercados hacinados con vendedores ofreciendo mercancías para el solsticio de verano en dos semanas.

No hubo señal u olor de Lorcan, gracias a los dioses. Pero los hombres del Rey estaban ubicados en unas pocas intersecciones concurridas, dándole a Aelin la oportunidad de señalárselos a Graham. Él los estudió con entrenada e ciencia, su agudo sentido del olfato permitiéndole discernir cuales seguían siendo humanos y cuales estaban poseídos por demonios Valg menores. Por la mirada en su rostro, ella verdaderamente se sentía un poco mal por cualquier guardia que se cruzara en su camino, demonio o humano. Un poco, pero no mucho. Especialmente dado que su sola presencia arruinaba de alguna manera sus planes de un pacífico y calmado día.

Ella quería mostrarle a Graham las partes buenas de la ciudad antes de arrastrarlo hacia sus entrañas.

Lo llevó hacia una de las panaderías familiares de Alicia, adonde ella fue tan lejos como para comprar unas pocas de esas tartas de pera. En los muelles, graham incluso la convenció para que probara un poco de trucha freída en sartén. Una vez había jurado nunca comer pez, y se había encogido cuando el tenedor se había acercado a su boca, pero –la maldita cosa estaba deliciosa. Se comió su pez entero, luego cortó pedazos del de Graham, para su gruñida consternación.

Aquí –Graham estaba aquí con ella, en Rifthold. Y había mucho más que quería que él viera, que aprendiera sobre cómo había sido su vida. Ella nunca había querido compartir algo de eso antes.

Incluso cuando había escuchado el crujido de un látigo luego del almuerzo mientras se enfriaban cerca del agua, lo había querido con ella para presenciarlo. Él silenciosamente se puso de pie, con una mano en sus hombros, mientras miraban al grupo de esclavos encadenados acarreando carga en uno de los barcos. Miraron –y no pudieron hacer nada.

Pronto, se prometió. Poner un fin a eso era una gran prioridad.

Serpentearon de regreso a través de los puestos del mercado, uno después del otro, hasta que el aroma de rosas y lirios flotó hacia ellos, la brisa del río barriendo pétalos de cada forma y color más allá de sus pies mientras las chicas de las ores vociferaban sobre sus mercancías.

Se volvió hacia él.

—Si tú fueras un caballero, me comprarías–

El rostro de Graham se había vuelto blanco, sus ojos huecos mientras miraba hacia una de las chicas de las flores en el centro de la plaza, una canasta de peonias de invernadero en su no brazo. Joven, bonita, con cabello oscuro, y– Oh, dioses.

Ella no debió haberlo traído aquí. Lyria había vendido flores en el mercado; había sido una pobre chica de las flores antes de que el Príncipe Graham la hubiera detectado e instantáneamente sabido que ella era su pareja. Un cuento de hadas –hasta que ella hubo sido masacrada por fuerzas enemigas. Embarazada con el hijo de Graham.

Aelin cerró y abrió sus dedos, cualquier palabra quedó en su garganta. Graham aún estaba mirando a la chica, quien sonrió hacia una mujer que pasaba, radiante con algo de luz interior.

—No la merecí —dijo Graham quedamente.

Aelin tragó fuerte. Había heridas en ambos de ellos que quedaban aún por curar, pero esta... Verdad. Como siempre, ella podía ofrecerle una verdad en intercambio por otra.

—No merecí a Anthony.

Él la miró finalmente.

Ella haría cualquier cosa por deshacerse de la agonía en sus ojos. Cualquier cosa. Sus dedos enguantados barrieron los de ella, luego cayeron de vuelta a su lado. Ella cerró su mano de nuevo en un puño.

—Ven. Hay algo que quiero mostrarte.

Aelin se agenció de algunos postres de los vendedores de la calle mientras Rowan esperó en un callejón oscuro. Ahora, sentados en una de las vigas de madera en el dorado domo del oscurecido Teatro Real, Aelin mascó una galleta de limón y balanceó sus piernas en el aire abierto debajo. El espacio estaba igual a como lo recordaba, pero el silencio, la oscuridad...

—Este solía ser mi sitio favorito en el mundo entero —dijo ella, sus palabras demasiado fuertes en la nada. Luz del sol se ltraba de la puerta del tejado desde la cual entraron, iluminando las vigas y el domo dorado, dando un leve brillo a las barandillas de latón y las cortinas rojo sangre del escenario debajo—. Arobynn posee un palco privado, así que fui en cualquier chance que tuviera. Las noches en las que no quisiera arreglarme o ser vista, o incluso las noches en las que tuviera trabajo y una sola hora libre, me escabulliría aquí a través de esa puerta a escuchar.

Graham terminó su galleta y miró hacia el oscuro espacio debajo. Había estado tan callado por los pasados treinta minutos –como si hubiera vuelto a un lugar en el que ella no podía alcanzarlo.

Casi suspiró con alivio cuando él dijo:

—Nunca he visto una orquesta –o un teatro como este, hecho a mano en torno al sonido y el lujo. Incluso en Doranelle, los teatros y an teatros son antiguos, con bancos o solo gradas.

—No hay un lugar como este en cualquier lado, quizás. Incluso en Terrasen. —Entonces tendrás que construir uno.

—¿Con qué dinero? ¿Piensas que las personas van a estar felices de pasar hambruna mientras construyo un teatro para mi propio placer?

—Tal vez no de inmediato, pero si tú piensas que beneficiaría a la ciudad, al país, entonces hazlo. Los artistas son esenciales.

Florine había dicho lo mismo. Aelin suspiró.

—Este lugar ha estado cerrado por meses, y aun así puedo jurar que puedo escuchar la música flotando en el aire.

Graham inclinó su cabeza, estudiando la oscuridad con esos sentidos inmortales. —Quizás la música sí vive, de alguna forma.

El pensamiento hizo punzar sus ojos.

—Desearía que hubieras estado para escuchar a Pytor conducir el Stygian Suite. Algunas ve- ces, siento como si estuviera sentada en ese palco, con trece años y sollozando por la absoluta gloria de ello.

—¿Lloraste? —casi pudo ver las memorias de su entrenamiento esta primavera destellar en sus ojos: todos esos tiempos la música la había calmado o desatado su magia. Era una parte de su alma –tanto como él lo era.

—El movimiento nal –cada maldita vez. Volvería a la Guarida y tendría la música en mi mente por días, incluso cuando entrenaba o mataba o dormía. Era alguna forma de locura, amar esa música. Fue el por qué comencé a tocar el pianoforte –así podría volver a casa en la noche y hacer mi pobre intento de replicarla.

Ella nunca le había dicho eso a nadie –tampoco llevado a alguien allí. Graham dijo:

—¿Hay algún pianoforte aquí?

—No he tocado en meses y meses. Y esta es una horrible idea por cerca de una docena de razones diferentes —dijo por décima vez mientras terminaba de enrollar las cortinas en el es- cenario.

Ella había estado allí antes, cuando el patronato de Arobynn les había conseguido invitaciones para las galas celebradas en el escenario por la pura emoción de caminar en espacio sagrado. Pero ahora, en medio de la penumbra del teatro muerto, iluminado con la sola vela que Graham había encontrado, se sentía como si estuviera en una tumba.

Las sillas de la orquesta estaban todavía arregladas como probablemente habían estado la noche en que los músicos hubieron salido a protestar por las masacres en Endovier y Calaculla. Ellos todavía estaban en paradero desconocido –y considerando el conjunto de miserias que el rey ahora acumulaba sobre el mundo, la muerte hubiera sido la opción más amable.

Cuadrando la barbilla, Aelin desató la familiar ira retorciéndose.

Graham estaba parado a un lado del pianoforte cerca del frente derecho del escenario, desli- zando una mano sobre la lisa super cie como si fuera un caballo de premio.

Ella titubeó ante el magní co instrumento.

—Parece un sacrilegio tocar esa cosa —dijo, las palabras haciendo eco en el espacio.

—¿Desde cuando eres del tipo religioso, de todas maneras? —Graham le dio una sonrisa torcida—. ¿Adónde debería ubicarme para escuchar mejor?

—Podrías estar en un montón de dolor para comenzar

—¿Consciente de ti misma también ahora?

—Si Lorcan está sgoneando —refunfuñó ella—, preferiría que no volviera para reportar a Maeve que soy terrible tocando —apuntó hacia un punto en el escenario—. Allí. Párate allí, y deja de hablar, tú insufrible bastardo.

Él rio entre dientes, y se movió hacia el lugar que le indicó.

Tragó mientras se deslizaba hacia el liso banco y levantaba la tapa, revelando las brillantes teclas blancas y negras debajo. Ella posicionó los pies en los pedales, pero no hizo ningún movimiento para tocar el teclado.

—No he tocado desde antes de que Annie muriera —admitió, las palabras demasiado pe- sadas.

—Podemos volver otro día, si quieres —una gentil y rme oferta. Su cabello plateado centelló en a la débil luz de la vela.

—Puede que no haya otro día. Y –y consideraría mi vida muy triste en efecto si nunca tocara de nuevo.

Él asintió y cruzó los brazos. Una orden silenciosa.

Enfrentó las teclas y lentamente posó sus manos sobre el marfil. Estaba liso y frío y esperando –una gran bestia de sonido y alegría a punto de ser despertado.

—Necesito calentar —dijo bruscamente, y se sumergió sin decir otra palabra, tocando tan sua- vemente como podía.

Una vez que hubo comenzado a ver las notas en su mente de nuevo, cuando el músculo de la memoria tuvo sus dedos alcanzando esos coros familiares, comenzó.

No fue la pesarosa y encantadora pieza que una vez tocó para Terry y no fueron las ligeras y danzantes melodías que había tocado por deporte; no fueron las complejas y diestras piezas que había tocado para Annie y Albert. Esta pieza era una celebración –una rea rmación de vida, de gloria, del dolor y la belleza de respirar.

Quizás por eso era que había ido a escucharla ser interpretada cada año, después de tanta tortura y muerte y castigo: como un recordatorio de lo que era, de lo que luchaba por mantener.

Arriba y arriba se construyó, el sonido rompiendo del pianoforte como la canción del corazón de un dios, hasta que Graham fue a la deriva para ponerse junto al instrumento, hasta que ella le susurró:

—Ahora —y el crescendo irrumpió en el mundo, nota tras nota tras nota.

La música chocaba a su alrededor, rugiendo a través del vacío del teatro. El silencio hueco que

había estado dentro de ella por tantos meses se inundó con sonido.

Ella llevó la pieza a casa a su explosivo y triunfante acorde nal.

Cuando miró hacia arriba, jadeando un poco, los ojos de Graham estaban surcados de plateado, su garganta agitándose. De alguna manera, después de todo este tiempo, su príncipe guerrero todavía se las arreglaba para sorprenderla.

Él pareció luchar por encontrar palabras, pero nalmente respiró: —Muéstrame –muéstrame cómo hiciste eso.

Así que lo complació.

oooooooooooooo

Pasaron la mejor parte de una hora sentados juntos en el banquillo, Aelin enseñándole lo básico del pianoforte –explicándole los sostenidos y bemoles, los pedales, las notas y acordes. Cuando Graham escuchó a alguien finalmente viniendo a investigar la música, ellos se escabulleron fuera. Ella paró en el Banco Real, advirtiendo a Graham que esperara en las sombras a lo largo de la calle mientras ella de nuevo se sentaba en la o cina del Maestro cuando uno de sus subordinados se apresuraba dentro y fuera de su negocio. Ella eventualmente salió son otra bolsa de oro –vital, ahora que había una boca más que alimentar y otro cuerpo que vestir– y encontró a Graham exactamente donde lo había dejado, molesto de que hubiera rechazado que la acompañara. Pero él había suscitado demasiadas preguntas.

—¿Así que estás usando tu propio dinero para apoyarnos? —preguntó Graham mientras se deslizaban por un lado de la calle. Un tropel de jóvenes mujeres hermosamente vestidas pasó en la soleada avenida más allá del callejón y quedaron asombradas ante el encapuchado macho poderosamente fornido que pasó por delante –y luego todas se voltearon para admirar la vista desde detrás. Aelin les enseñó los dientes.

—Por ahora —le dijo.

—¿Y qué harás por dinero luego?

Ella lo miró de reojo.

—Eso será atendido.

—¿Por quién?

—Yo.

—Explica.

—Lo sabrás lo suficientemente pronto —le dio una pequeña sonrisa que sabía lo volvía loco. Graham hizo además de agarrarla por el hombro, pero ella inclinó más allá de su alcance.

—Ah, ah. Mejor que no te muevas tan rápidamente, o alguien podría notarlo —gruñó, el sonido en de nitiva no humano, y ella rio entre dientes. Irritación era mejor que culpa y dolor—. Solo sé paciente y no alborotes tus plumas.


*lo siento, lo siento pero cuando vi mi nota de materia pendiente créanme cuando les digo que me puse a llorar no por alegría sino de tristeza porque todavía no la apruebo y completamente se me paso pido perdón completamente.

*algunos me han preguntado si también voy a publicar el siguiente libro de esta saga en Fanfiction y la respuesta es si, si lo voy a hacer pero poco a poco . nos leemos.