El Canto de las Sirenas

La mano de Hagi sostenía, flácida, un vaso de vidrio, con algún tipo de licor dentro de el. Nada especial y nada en exceso, solo un pequeño "gustito" que se daba de vez en cuando, claro, si no fuera porque en el piso había una botella del mismo liquido, esperando ser tomada una vez más hasta terminarse.

El caballero no supo como llegaron esas cosas a su habitación, a sus manos y a su boca, simplemente estaban ahí, como si un momento atrás hubiera estado haciendo cualquier otra cosa, y de pronto, apareciera sentado en el sillón, con la botella a un lado y el vaso en su mano, bebiendo el liquido, sin demasiada rapidez, pero tampoco con lentitud, mas bien, con indiferencia, como si no le supiera a nada, como si fuera agua tibia.

-Hagi- la voz de una mujer lo llamo por su nombre, y no pudo reconocer a quien pertenecía, lo único era que tenía la sensación de que lo estaba llamando desde antes. Lo llamo tan indiferentemente y a la vez de una forma un tanto ¿melodiosa? Como si no hubiera tenido intención de llamarlo, como cuando las sirenas de las leyendas llaman a los marineros desafortunados que navegan cerca de sus aguas, mientras ellas sólo se dedican a cantar, sin prestarles atención, sin intención de matarlos.

El caballero no volteo a verla siquiera, seguía indiferente incluso cuando sus pálidas manos tomaron las suyas con suavidad y delicadeza, y aun así siguió sin mirarla, como si no hubiera nadie más tocándolo… De pronto, un mareo le hizo dar vueltas la cabeza.

-Tus manos están frías- dijo la joven, dirigiendo las manos de Hagi hacia su rostro con docilidad, manipulándolas sin que él se resistiera, ignorándola mientras ella conducía las yemas de los dedos por su cuello, para después hacer que recorrieran la clavícula que sobresalía en su cuerpo esbelto.

-Tus manos están frías- le repitió ella en un murmullo al oído, arrastrando las palabras como una cobra esperando el momento para asestar la mordida implacable.

-¡Tus manos están frías!- vocifero la voz desconocida, para después sacar rápidamente de entre sus ropas una daga bañada en sangre, la sangre de ella, y cortarle de un tajo preciso la yugular de Hagi, y de paso abriéndole una herida de un lado del cuello al otro, haciendo que el veneno penetrada en su cuerpo cuerpo, gritándole que dejara de ser tan jodidamente indiferente, y Hagi obedeció, sin opción, cuando sintió el filo del arma abrirle la carne, para después desangrarse con rapidez, aunque antes moriría por el veneno de esa sangre ya dentro de su torrente desenfrenado.


Hagi abrió los ojos de golpe, ahogando un grito que no termino de concretarse, dejando en su lugar un gemido de falso dolor y sorpresa. Apenas podía respirar e instintivamente se llevo ambas manos al cuello pensando que encontraría una enorme herida abierta dejando escapar sangre a borbotones, pero descubrió su cuerpo intacto.

Confundido, miro hacia todos lados, y al no encontrar nada a su alrededor mas que la habitación vacía, movió de un lado a otro la cabeza, como si tratara de despertar por completo.

-¿Me quede dormido?- se pregunto, pero de inmediato descarto la idea por obvias razones. Se calmo un momento, tratando de analizar que había pasado, y finalmente miro hacia el suelo. Había un vaso roto, los pedazos de cristal se desparramaban por un pequeño espacio en el suelo empapados sobre un charco de liquido incoloro, que por un momento pensó se trataba de agua, mas sin embargo olía a alcohol, a pesar de no recordar haber estado bebiendo. Después miro hacia otro lado del suelo y se encontró una botella ligeramente vacía. Esa tampoco la recordaba, pero si estaba ahí, era por una razón.

-Supongo…- dijo, dudando –que eso lo explica- concluyo al mismo tiempo que suspiraba aliviado. Seguramente había tomado un poco, y quizás en esa ocasión no lo había resistido muy bien (no estaba tampoco tan acostumbrado a tomar) y que se había embriagado ligeramente y los efectos lo hicieron "adormecerse", haciéndolo delirar con esa especie de pesadilla, aunque aun así, le pareció demasiado para solo un par de tragos. Es decir, para alucinar ¡Había que tomarse una botella entera, mínimo! Y a decir verdad no se sentía nada mareado o atarantado.

La pesadilla. Pensó entonces olvidándose de la botella. Una pesadilla nada más. Se rasco el puente de la nariz y después se llevo una mano a la frente, quitándose de la cara los mechones de cabello que le caían desordenadamente sobre el rostro y comenzaban a molestarlo. En ese momento se dio cuenta de que estaba sudando, seguramente producto de la "pesadilla", la cual sinceramente, lo había asustado.

Recargo la cabeza en el respaldo del sillón, como si acabara de hacer un agotador ejercicio físico, y cerro los ojos un momento. La alucinación se encontraba intacta en su mente y podía recordarla con una perfección que prefería que no fuera así. Recordó que había visto unas pálidas manos de mujer tomar las suyas, y hacerlo tocar el rostro de dicha joven, pero solo sintió el tacto, demasiado etéreo, como si en realidad no hubiera tocado nada, pero no le había visto la cara. También recordó que hizo bajar sus manos por su cuello, repitiéndole varias veces que sus manos estaban frías, sonándole eso familiar; Saya acostumbraba decirle eso en algunas ocasiones, cuando le acariciaba el rostro o la despertaba al tocarle la mano. Saya algunas veces le preguntaba porque él siempre tenía las manos tan heladas, pero Hagi nunca sabía que responder, tal vez simplemente era así su cuerpo, suponía.

Pero eso era lo de menos. Lo que más perturbado lo tenía, era el hecho de que dicha joven, la cual parecía haberlo hipnotizado con su voz, a la par que la ignoraba con una indiferencia monumental, por mas que lo intentaba, no lograba evocar la imagen de su rostro y reconocer a la chica del sueño que al final de este, le había cortado el cuello de un tajo con una daga ensangrentada, sin siquiera poder reaccionar.

Hagi abrió los ojos, como esperando ver frente a él a la joven que había intentado "matarlo", pero no encontró nada más que la imagen de su la alcoba vacía. Se volvió a tocar el cuello, y al contacto con sus manos, se dio cuenta de que de verdad tenia las manos congeladas, más que de costumbre, y se sentía extrañamente débil, como si de verdad se estuviera desangrando. Finalmente trato de levantarse, pero justo después de ponerse de pie, sus piernas no le respondieron y lo obligaron a volver a caer sentado al sillón como un muñeco mecánico sin baterías.

"Quizás era el licor" se dijo Hagi, y después volvió a recordar la voz del sueño que le repetía que sus manos estaban frías. "Sirenas", le murmuro su mente, sin saber a quien maldecir por haberlo intentado matar en sueños. Si a Saya, o a Diva.

Alguna de ellas dos era la tramposa, sin duda.


Diva se aventó a su cama, saltando sobre sus rodillas sonriendo y riendo a carcajada limpia, divertida, como si hubiera visto la cosa más graciosa y absurdamente chistosa del mundo, o la caída más estúpida y ahora se estuviera burlando del infortunado torpe.

Entre risas maliciosas, miro su mano derecha, tasajeada. Una profunda herida atravesaba toda la palma de la mano, herida del cual aun corría sangre, aunque con menos rapidez, manchando en su camino las sabanas con pequeñas manchitas redondas. Diva, indiferente a ello, después miro su mano derecha, que sostenía con vehemencia una daga empapada en sangre, la que había utilizado para magullar su otra mano. La sostenía con tanta fuerza que sus nudillos estaban completamente blancos, como si intentara clavar el arma de filo en una dura superficie de tierra pétrea.

-Tus manos están frías- susurro con malicia, y con una sonrisa perversa, encajo la daga sobre el colchón, carcajeándose y burlándose de la infortunada.


Saya sintió que se le revolvía el estomago y repentinamente le dieron unas tremendas ganas de vomitar. Trato de taparse la boca, sufriendo desesperantes arqueadas en la garganta, esperando en medio de escalofríos y contracciones que el vomito saliera de su boca en un menjurje repugnante de ácidos gástricos, vacíos, pero no paso nada.

Un gemido agobiante de dolor salio de su garganta, y no pudo evitar llevarse ambas manos al estomago, sintiendo la misma dolorosa y horrible sensación de impotencia e inmovilidad que había sufrido al matar a Karl clavándose ella misma su espada através de su cuerpo y del caballero para matarlo.

Repentinamente, en unos pocos segundos páso el dolor, el cual la había dejado mareada, aturdida y temblando, con un gesto de dolor en el rostro y se vio obligada a recostarse en la cama con pesadez, sintiendo que en cualquier momento se desmayaría.

Aun temblaba sin control.


-Saya… Saya- susurraba Diva, sacando la daga del colchón con brusquedad, casi como si quisiera rasgar alrededor al momento de hacerlo, y una intensa emoción de placer la hizo suspirar como si estuviera locamente enamorada, haciendo que su pecho se contrajera una y otra vez, respirando con profundidad.

Era casi como un orgasmo, o mejor, pensó, mientras arrojaba la daga hacia la pared haciendo que esta se clavara en el muro. Diva la observo un momento con desprecio, y después se recostó como un gatito en su canasta acolchonada preparándose para dormir. Acomodo las almohadas, arrojo al suelo las sabanas rotas y manchadas de su sangre y se dispuso a dormir.

-Te vas a quedar sin nada- sentencio la muchacha con una intensa ira reflejada en sus pupilas, antes de cerrar sus ojos con toda la tranquilidad del mundo.


La intensa luz matinal atravesó el cristal de las ventanas de la habitación, dándole al lugar un ambiente calido y de pálida luminosidad amarillenta. Algunos rayos que mostraban dentro de sus halos de luz las partículas de polvo volátil en el aire cayeron sobre el rostro de Saya casi con desconsideración, despertándola. La joven se removió en su cama, gimiendo molesta, y durante unos instantes se cubrió los ojos con ambas manos, apunto de murmurar que ese día era fin de semana y no se tenía que levantar a la escuela, además de que se sentía terriblemente pesada y débil, como si un día antes hubiera estado de arriba para abajo toda la noche de juerga, pero sabía que solo era las reacciones naturales que comúnmente sentía en las mañanas, así que tomando fuerza a pesar de sentirse mucho más débil que otras mañanas, se sentó sobre la cama tallándose los ojos, dándose cuenta de que ni era fin de semana ni tenía que ir a la escuela, porque la había dejado a la mitad para embarcarse en una lucha que duro dos años y al final quedo en un patético empate, antes de escuchar a alguien más hablarle.

-Buenos días- le dijo una indiferente pero familiar voz a su lado. Saya dirigió la mirada al lugar de donde provino el saludo, al principio un poco sorprendida. Miro afuera de su cama, hacia el piso, y se encontró a Hagi sentado en el suelo, recargado en el buró, mirándola sin expresión alguna en el rostro.

-Hagi… ¿Qué haces aquí?- inquirió la muchacha confundida, en parte por encontrárselo en su habitación, pues desde que habían llegado con Diva, Hagi ya no velaba su sueño como lo hacia siempre cuando estaban con el Escudo Rojo. A veces, en pocas ocasiones pensaba en ello, recriminándolo por eso, pero después se daba cuenta de que ella misma se había alejado de él, poniéndole mucha más atención a su hermana tratando de sentir un poco de afecto por ella (hasta ahora, inútilmente), y bueno, ella conocía a su caballero, y sabía que él no era de los hombres que rogaran por atención, además de que sabía que prefería estar solo, y a decir verdad, también estaba algo confundida por no sentirse avergonzada. Antes, siempre sentía un poco de pena de encontraste a Hagi a su lado cada vez que despertaba. Lejos de pensar en otras cosas, le daba una vergüenza tremenda el pensar que durante la noche pudo haber estado roncando ¡o hasta babeando la almohada! ¡Eso si que le daría vergüenza!

-Tú me llamaste- contesto Hagi sin levantarse, mientras Saya se sentada en el borde de la cama, observándolo.

-¿Te llame?- Saya parpadeo confundida. Hagi hizo una pausa antes de contestar.

-Sí. Anoche. Parecía que te dolía algo- respondió él con seriedad, cosa que una vez más, hizo desesperar a Saya. En una inconciente reacción, sin pensar en que estaba haciendo, jalo bruscamente el brazo de Hagi, obligándolo a sentarse junto a ella, y consiguió lo que quería: Sacarle alguna expresión al rostro de su caballero, el cual se mostró claramente sorprendido por el acto de su ama, aun dentro de su pétreo gesto.

-Perdón- se disculpo la muchacha -Pero es que a veces me desespera que seas tan serio- se excuso sin pensar, y después reflexiono en lo que Hagi le dijo.

-¿Qué me dolía algo?- pregunto después de unos segundos de silencio. Por momentos no sabía de lo que su caballero hablaba, y no fue hasta momentos después que comenzó a recordar el intenso dolor que sintió en el abdomen la noche anterior, que la hizo temblar y tirarse a la cama adolorida, al punto del vomito para quedarse dormida cuando este páso. ¿Cómo no se había acordado antes de semejante cosa?

-Ah, ya lo recuerdo- dijo Saya, haciendo un involuntario gesto de dolor al recordar la extraña experiencia de anoche, sin entender aun las razones por las cuales había tenido que pasar por eso, y de cierta forma, era casi como si fuera indiferente a ello. Como si alguien le hubiera hipnotizado, obligándola a aceptar de buena gana todo lo que quisiera.

-Saya, ¿Sabes que te paso?- inquirió Hagi, preocupado y a la vez ansioso por saber sobre lo que le había sucedido a su ama, aunque lo disimulo. Después de todo él había experimentado algo parecido la noche anterior, y tenia la ligera impresión de que era alguna artimaña de Diva, y eso, hasta cierto punto realmente lo molestaba. Diva podía hacer lo que quisiera con él, molestarlo y joderlo tanto como gustara, pero a Saya no le tocaba ni un cabello, ¡eso si que no!

-La verdad no- contesto la muchacha de pronto -Sólo, de repente sentí mucho dolor, como si me atravesaran con una espada o algo- explico elevando la vista al techo tratando de encontrar las mejores palabras para explicar el acontecimiento –Supongo que estoy cansada- dijo mientras suspiraba con pesadez, sin querer prestarle mucha atención al asunto. Hagi luego de unos segundos, interpretando de que trataba aquello, recorrió un poco el cuello de la camisa, dejando una pequeña parte de su cuello expuesta.

-Quizás necesitas sangre-

Saya hizo una mueca de desagrado y repulsión, torciendo la boca y apretando los dientes, mientras se encogía de hombros y se echaba hacia atrás sin darse cuenta, en una clara respuesta de que se negaba, otra vez.

-No has bebido sangre en mucho tiempo- murmuro Hagi dándose cuenta de la situación sin mucho esfuerzo, mientras Saya contra su voluntad, obligada por su naturaleza, miraba fijamente el pálido cuello de él, justo donde corría la yugular, y tuvo que morderse el labio inferior mientras un corriente torrencial de sensaciones se revolvían en su pecho y abdomen, entre repulsión y ansia por dejarse llevar.

-Ya sabes que no me gusta Hagi- espeto molesta y desviando la mirada. Hagi se esforzó por no poner los ojos en blanco ante la terquedad de su ama.

-Pero tienes que hacerlo- afirmo nuevamente, acercándose a Saya con cuidado, como si estuviera acercándose a un león, aun tranquilo, pero cuidando de no ponerlo nervioso.

–¡Ya Hagi! Es suficiente- exclamo, mientras lo detenía por los hombros para que no se acercara más. Hagi parpadeo un par de veces, confundido por su reacción. Por más que Saya tuviera hambre de sangre y fuera una vampiresa, no terminaba de entender como podía tener tanto autocontrol, al menos cuando estaba cuerda, para poder resistirse e ir en contra de su naturaleza. Ahora, no sabía si obligarla o no a tomar sangre. Varias veces había tratado de obligarla, tentándola con la imagen de su sangre brotando de alguna herida autoinfligida, siempre sin éxito.

-Saya, sólo hazlo- repitió el caballero, casi exigiéndoselo, y aunque fue mínimo, Saya pudo notar como él levanto un poco la voz, y lo miro impactada. Era la primera vez (al menos que recordara) que él hacia eso.

-Pareciera que me estas obligando- comento ella entre sorprendida e indignada, como si le estuviera diciendo ofendida "¿Cómo te atreves?", pero Hagi no le tomo el mínimo de importancia. Sabía que detrás de todo estaba Diva. Saya estaba con las defensas bajas y muriéndose de hambre como una anoréxica sin una sola gota de sangre en días enteros, y después de lo que sucedió esa noche, se dio cuenta de que estaba más vulnerable que nunca a las sucias jugarretas de su hermana, y como había dicho antes, no iba a permitir que nadie le pusiera un dedo encima.

-Si tengo que obligarte a que lo hagas, lo haré- sentencio con la misma frialdad de siempre, pero con una firmeza que dejo a Saya pensando si Hagi había sido poseído por algún ente extraño, mientras que, contrario a lo que ordeno, Hagi se acerco. Con ambas manos tomo con suavidad el rostro de Saya, acercándola a él, mientras estaba se quedaba con los ojos como platos sin creérselo, y no podía evitar quitarse de encima la penetrante mirada de Hagi. Por otro lado, él sabía que ese tipo de acciones, bien manejadas, podían ser increíblemente convincentes, y tampoco era la primera vez que trataba de obligarla a beber de su sangre.

Saya en ese momento recordó aquella ocasión en que ambos estaban en Francia, buscando el Zoológico entre campos y viñedos, y en cierto momento Hagi la tomo bruscamente del brazo, aprisionándola contra un árbol en el acto, para después cortar una de sus manos y obligarla a beber, pero esa vez no se dejo y lo mando al diablo bien y bonito. Hagi ahora mismo tenía esa misma mirada de hace mas de un año, pero diez veces mas fuerte, además de que tenerlo tan cerca, hacia que se imaginara el tenue pero firme sonido de la sangre bombear y correr con rapidez por el cuello, causándole un furor desquiciante que, ni ella sabía como, la mayoría de las veces lograba ignorar.

Saya, recuperando la compostura, lentamente retiro las manos de Hagi que aprisionaban su rostro, y con la misma lentitud y algo de duda, se acerco al cuello de él posando sus manos en los hombros del caballero, al fin convencida de que por esta vez, Hagi no iba a salir de esa habitación si ella no se alimentaba.

-¿Estas seguro?- pregunto ella mirándolo de reojo, con su boca muy cerca del cuello de él, justo antes de morderlo, recordando como la última vez casi lo mata, nerviosa porque otra horrible experiencia como esa pudiera repetirse.

-Solo hazlo- le contesto. Ni dos segundos pasaron, cuando sintió como ella clavaba con fuerza sus colmillos en la piel, ya llevada por la euforia que le provocaba el hambre de sangre. Hagi sintió como Saya le desgarraba la piel lentamente hasta atravesar la vena, alrededor de las dos incisiones haciendo que más sangre brotara, succionando desesperada por hacer salir la sangre lo más rápido posible. El desenfreno que le provocaba a la joven era difícil de detener cuando se estaba ya en el acto, y lo único en lo que podía pensar era en beber más y más.

El dolor de la herida y el enfermizo masoquismo que le provocaba, hacia hervir su sangre como si de pronto hubiese caído directo al infierno y no quisiera salir de el. Sentía los colmillos de ella desgarrarle la piel con agresividad como si fuera un lobo, y el torrente de placer se mezclo con el del dolor en su pecho haciendo languideces sus piernas y sus sentidos mientras perdía más y más sangre. En medio de todo eso, acerco el cuerpo de Saya al suyo, tomándola por la cintura posesivamente, entre conciente y no, pero ella ni siquiera se dio cuenta. Cuando Saya comenzó a lamer la sangre embarrada en su piel y encerrada en su boca, Hagi tuvo que apretar con sus manos la ropa de Saya y cerrar los ojos con fuerza.

De pronto Saya también siguió su ejemplo, inconciente, y se acerco más a Hagi mientras bajaba una de sus manos por el pecho de él, paseándose, y volviendo a encerrar su cuello con sus manos. Hagi enredo sus dedos con el cabello despeinado de Saya, cuando esta de pronto volvió a encajar los colmillos, aun sin saciarse, provocando que las primeras heridas dolieran más, mientras seguía bebiendo con ahínco, cuando de pronto… la puerta se abrió de un solo golpe y de la fuerza fue a dar contra la pared con un estruendoso sonido, provocando que Saya y Hagi se sobresaltaran en sus lugares.

-¡Ay Dios!- exclamo Diva sorprendida, haciendo ademán de taparse los ojos -¿Interrumpo algo?- pregunto divertida por la situación en la que había encontrado a su hermana y a Hagi. Ella prendada de su cuello y él con una cara de gozo que ni podía con ella. En ese instante ambos se separaron recuperando la cordura que por un momento desapareció y ahora había regresado, y Saya rápidamente se separo aun más de Hagi con una mano en la boca, sonrojada, mientras él se cubría la herida con una mano.

-Uy… creo que mejor me voy- murmuro Diva apunto de soltar la carcajada, la cual se estaba tragando a duras penas.

-Ya, está bien- dijo Saya levantándose de la cama y caminando hacia ella antes de que se diera media vuelta, mientras Hagi maldecía mentalmente a la intrusa con todas las palabrotas en todos los idiomas que se le ocurrieron. ¿Cómo demonios se le ocurría interrumpirlos? De por si Saya siempre se mostraba recia a beber sangre, y cuando al fin él lograba convencerla, ella llegaba para arruinarlo todo. Casi tenía la impresión de que lo hacia a propósito.

-Bueno, yo sólo venia a decirte que…- y por unos segundos Diva guardo silencio, como si no supiera que decir con exactitud, como si al llegar a la habitación no tuviera absolutamente nada que decir y ahora tenía la tarea de inventarse algo, cosa que Hagi no paso desapercibido, a diferencia de Saya –¡Es que mira! En verdad necesitamos ir de compras. No puedes estar usando mi ropa el resto de tu vida. Además, supongo que quieres tu propia ropa, ¿no?- dijo ella con algo de rapidez. Hagi cada vez se convencía más de que Diva había interrumpido todo a propósito. El único pendiente entonces era… ¿Cómo sabía ella que él estaba ahí y que estaban en esa situación?

Se pregunto, al igual que Saya, hasta donde podían llegar los poderes de la reina menor.

-Sí… Sí, está bien- murmuro Saya masajeándose una cien, aun avergonzada.

-Claro que si lo prefieres puedes quedarte aquí con Hagi. Se veían muy entretenidos- se burlo Diva mirando de reojo al caballero, guiñándole un ojo coquetamente. Saya no pudo evitar que su mandíbula casi fuera a dar hasta el suelo por la sorpresa y el grado de descares de su hermana.

-¡Será mejor que nos vayamos a arreglar Diva!- exclamo la mayor tratando de disimular mientras obligaba a su hermana darse media vuelta, empujándola fuera de la habitación junto con ella.

Cuando Hagi se quedo solo, y ya al cabo de unos segundos solo se escucharon los cuatro pies de las gemelas recorriendo el pasillo mientras se alejaban, Hagi tuvo que sacarse a la fuerza de su autohipnotismo y sacudir su cabeza varias veces, mientras sentía como la carne de su cuello antes herido, ya se había unido, como si nada hubiera pasado.

Bueno, a decir verdad, no estaba del todo tranquilo, y el suceso de hace unos minutos con Saya y todo el asunto de la mordida ya lo tenia sin cuidado. Ahora lo que le preocupaba era otra cosa, algo que preocupaba a todo hombre que tuviera algún tipo de relación cercana con una mujer. Las benditas compras… Sabía de chicas que se realmente se estresaban al ir de compras y no encuentran lo que les gusta o se quejan de que nada les queda y terminan con el eterno dilema de que están gordas, (contradiciendo la teoría de que a las mujeres les encanta comprar) ya que esto puede convertirse en una odisea molesta e irritable por encontrar el pantalón perfecto, pero bueno, ese no era en si el problema que radicaba en su miedo a acompañar a Saya a las compras, si no que además de todo eso, los acompañaba la nada ortodoxa de Diva y el ejercito de alter-egos iracundos de Saya que podían reaccionar impredeciblemente en cualquier segundo, (¡bien que lo sabía él!) pero al menos, por hoy ya se había alimentado. Si sucedía algo, no pasaría de un par de cosas rotas.


Ahora sí supere mi crisis de escritor. He estado escribiendo como loca y ya estoy escribiendo los capítulos que todos esperan desde hace meses.

Bueno con el capitulo, para aclarar dudas, lo que sufrieron Hagi y Saya obviamente fue obra de Diva. ¿Se han preguntado hasta donde pueden llegar sus poderes? Siendo que Diva siempre esta bien alimentada y tiene todas sus habilidades al cien. He estado tratando de explorar desde hace varios capítulos que clase de poderes puede tener. Creo que Diva sí puede ser capaz de crear alucinaciones o controlar la mente de quien quiera (es decir, ¡puede cambiar de apariencia en un segundo! ¿Qué cosa no puede hacer esa muchacha?) De todas maneras no pienso abusar demasiado de eso. También espero que la parte de la mordida no me haya salido muy OoC, si es así, favor de avisarme y me encargare de buscar los errores y corregirlos.

Antes de irme quiero agradecer nuevamente a Alessandra Cintrel y a Darkpat por salir a defenderme en aquel fanfic. Ustedes ya saben de cual hablo.

Me despido

Agatha Romaniev