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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXXVI
¿Y no merecen los animales ser amados?
Opening: Team de Lorde
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
Una semana antes, 3 de la tarde.
Balthazar Leprince-Ringuet estaba sentado a la sombra de su terraza, en una pequeña campiña a la orilla del Támesis. Como era común, pagó una desmesurada cantidad de dinero por el lugar, pero prefirió hacerlo así, a través de uno de sus empleados, y evitarse el trabajo de ir a hacer los papeleos necesarios en el edificio parlamentario.
Leía algo de Tolstoi, Anna Karenina, y se regodeaba con la manera en la que trataban a la pobre mujer; su delito: el amor.
Era algo estúpido que al estar enamorada de otro todas las leyes le impidieran fugarse con él, especialmente cuando el hombre en cuestión estaba también de acuerdo en llevar ese romance ilícito a nuevos niveles.
—Si yo me pudiera fugar con el doctor todo sería tan fácil, petty —dijo con suavidad. El cachorro se acercó a él y lamió su mano.
—Para eso él tendría que estar de acuerdo —dijo la voz de alguien detrás de él.
Balthazar no tuvo que voltear para saber que se trataba de Gebrard, su hermano.
—No es necesario; eso sólo sería conveniente. Si no está de acuerdo me lo puedo llevar, ¿o no? ¿Acaso no se le llama a eso "robarse a la novia"?
—Más bien al novio.
Gebrard se sentó al lado de Balthazar, en una silla.
—Lo que sea.
—Té negro, un cubo —dijo Gebrard a la doncella cuando se acercó para ofrecerle algo.
—¿Qué te trae por acá? —preguntó Balthazar.
—Tuve el placer de conocer a tu querido doctor —explicó Gebrard—, fue en un viaje en tren. Tuve que dejarle un gran presente a su novio…
Balthazar dio un manotazo fuerte sobre la mesa.
—Él no es su novio… —espetó.
—Tampoco tú —dijo Gebrard con tranquilidad; levantó su bastón y le mostró el sable a su hermano; era uno muy diferente al que había usado para clavar a Sherlock al tren—. Tus desviaciones pueden costarte caro, hermano. El señor Holmes es hábil.
—No es más que un estúpido que se ha topado con criminales más estúpidos.
—Justo eso dice Luis.
La doncella llegó con el té y Gebrard vertió el cubo de azúcar y comenzó a revolver perezosamente. La criada se retiró.
—Los tres podríamos hacer picadillo con ese hombre —sugirió Balthazar.
—No soportarías trabajar conmigo o con tu hermano… —comentó el otro, refiriéndose a Luis.
—Lo sé.
—¿Me dirás lo que tienes planeado?
—Haré mío al doctor.
—Puag… qué asco. No por él claro, sino por ti… imaginarte desnudo… iugh. El doctor en cambio es bastante guapo —sonrió Gebrard. A Balthazar aquello lo molestó—. ¿Me lo prestarás cuando termines con él?
—Lo destazaré antes de verlo con cualquier otro.
—Si es así como amas no quiero saber cómo odias.
—Tú sabes cómo odio.
—Sí.
—Y se supone que "del odio al amor sólo hay un paso", no veo el problema.
—De acuerdo.
Balthazar tomaba vino.
Dio un sorbo.
Estaba por atardecer.
—Si el detective te vence tendré derecho a quedarme con el doctor, ¿de acuerdo? —comentó Gebrard.
Balthazar lo miró, primero receloso y luego con ironía.
—Si ese pérfido me vence tendrás el derecho completo sobre lo que quieras. Yo no mereceré al doctor.
—Si el doctor se enamora antes de Holmes, ¿te habrá vencido?
—Haré lo último que esté en mis manos porque el doctor sea mío. Los destrozaré, lo destruiré y luego lo dejaré sin opciones…
—Eso jamás funcionó en una historia de amor, ¿acaso no has leído a Wilde…? Incluso estás leyendo a Tolstoi… Y seguramente Austen se reiría en tu cara.
Balthazar lo miró con rencor.
—Di lo que quieras. Esta es mi historia de amor y yo la haré a mi modo.
Gebrard se puso de pie. Había finalizado con su taza de té y ahora se recargaba en el barandal para ver la longitud del Támesis.
No había barcas por ahí.
—Holmes libró una batalla con James —comentó Gebrard.
—Ja —rio socarronamente Balthazar—. ¿Y eso qué? Sabes cómo terminó. Tú y yo sabemos cómo terminó. Holmes lo calificó como: La mente criminal más formidable de Europa. Y él "el más grande detective de todos los tiempos", y ese imbécil ni siquiera sabe que James Moriarty está vivo.
»Ya se lo haré saber; que además de Irene hay otra persona que él considera muerto y que no lo está.
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El almacén:
Un eco interminable había inundado todo.
El eco era desgarrador, proferido por un grito dolorido.
Las cenizas se dejaban caer, mecidas por el viento. El fuego se expandía sonoramente, impulsado por la violencia de la explosión, y la madera hallaba su final crujiendo, lamida por las llamas y después por el agua; una vez que se volvía carbón.
Todo era calor.
El sudor perlaba la frente de John Watson.
John Watson era un doctor que había sufrido mucho.
John Watson era el autor del grito desgarrador; ése que había producido el eco.
Sherlock estaba debajo de él, esforzándose por respirar, por ayudar, por hacer algo. Pero sus heridas eran demasiado profundas, según se dio cuenta el doctor. Sherlock profería una especie de gemido; ya no lograba soportar el dolor que le causaban las maderas atravesadas en sus piernas. En algún punto, al derrumbarse la construcción, el suelo se había salido de su lugar y había saltado como filosas estacas, dos de las cuales se clavaron en la pierna izquierda de Sherlock, dejando sus astillas por todos lados.
John tenía las manos astilladas y sangrantes. Estaba sobre Sherlock, tratando de protegerlo con su cuerpo, tratando de sostener la inmensa viga que había caído sobre su propia espalda. John había gritado el nombre de Mary; pero había sido inútil.
La vio hundirse.
Jamás volvería a ver a su esposa.
Irene estaba a un lado de ellos; apenas se había salvado de ser aplastada. También gracias a John, pero el fuego comenzaba a acrecentar, y una que otra explosión en los alrededores —probablemente por botes de gasolina— lo sacudían todo esporádicamente. Y el fuego se acercaba.
—¡VETE! —rugió Sherlock debajo de John. Entendía que sería muy complicado sacarlo de ahí, aprisionado por las maderas; que las estacas podrían causarle un daño a su pierna irreparable y que no tenía caso. Pero John tenía salvación.
John aún podía negarse a cargar las vigas y huir.
Sólo tenía que dejar a Sherlock.
Ya nada tenía caso.
Entonces el rostro de John apareció frente al suyo, al nivel del suelo de madera, con su incansable determinación, con el fuego reflejado en sus ojos y con una ira desmedida.
—Jamás te dejaré atrás —espetó con furia.
"Está enojado", pensó Sherlock abriendo ampliamente sus ojos. John volvió a mirar hacia arriba. "Me odia. Por mi culpa perdió a Mary."
Irene era quien tenía la mayor facilidad para salir. Se arrastró por debajo de las vigas y del techo laminado y después de avanzar un metro ya se encontraba afuera de la viga.
—Voy a ayudarlo, doctor —dijo, y cuando John volteó hacia ella pudo ver que sostenía un trozo de madera a modo de palanca sobre la viga que John tenía encima.
—Ten cuidado —dijo John, que ya no podía soportar más el peso.
Tenía miedo. Temía que la madera se dejara caer con fuerza y lo aplastara a él y a Sherlock.
Si la viga caía con todo su peso sobre Sherlock podría lastimarlo y hacerle una herida mortal. Sus piernas estaban débiles y frágiles. Cualquier movimiento brusco sobre las estacas que tenía en la pierna podría ser determinante; cortarle la arteria femoral, la arteria delicada que pasaba por ahí y desangrarlo en cuestión de segundos.
Irene empujó, primero suavemente.
—¿Está seguro de que resistirá? —le preguntó al doctor.
—¡Hazlo!
John lo gritó sin siquiera estar seguro de poder soportar el peso.
Irene aplicó aún más fuerza y se escuchó un crujido muy fuerte. John miró hacia atrás de él y vio cómo cedía la viga, provocando que el resto del techo se inclinara también hacia otro lado.
John quedó libre. Tomó a Sherlock por los hombros y lo jaló con fuerza para quitarlo de ahí. Las estacas estaban aún clavadas en él, pero el doctor se negó a quitarlas hasta no estar en mejores condiciones, de lo contrario podía provocar una hemorragia.
Los escombros cayeron estrepitosamente.
Y entonces, súbitamente, sin que John tuviera oportunidad de reaccionar, vio cómo Irene se colocaba en frente de él. John miró hacia delante de la mujer y vio horrorizado cómo Balthazar surgía desde el océano. Tenía quemaduras en la parte izquierda de la frente y su mirada incendiaba más que el propio fuego.
Se impulsó desde el agua, colocando una de sus manos en las partes restantes del muelle. Ni siquiera le importó tocar el carbón, o que el fuego quemara sus botas. Se abrió paso a través del humo y el fuego como una criatura sobrenatural y miró fijamente a John.
—Usted será mío haga lo que haga, doctor —rio el hombre.
—Tendrá que pasar sobre mí —le espetó Irene.
Sin embargo Balthazar no se inmutó. Continuó avanzando y cuando estuvo enfrente de la mujer le dio un manotazo y la derribó. Irene sin embargo, tiró a Balthazar con sus pies y el hombre en el suelo se retorció por haber caído en las brasas.
Gritó.
Irene se puso de pie, con un revólver en la mano que nadie vio de dónde sacó. Apuntó a Balthazar pero en el momento en el que éste sonreía —como una medida de distracción— aprovechó para proporcionar un puntapié a Irene en el lugar donde la habían herido con un disparo.
Irene gritó y cayó al suelo.
Balthazar se dio la vuelta en el suelo, sin ponerse de pie y empezó a arrastrarse hacia John.
Lo alcanzó unos metros más adelante. Jaló al doctor por un pie hacia él.
—Míreme, doctor —le dijo Balthazar, en un tono más bien suplicante; John intentaba soltarse pero sus forcejeos eran en vano; había agotado la mayoría de sus fuerzas al sostener la viga. Balthazar, en cambio, no había tenido más que nadar, y jalaba a John con facilidad—. Míreme —Lo urgió de nuevo. Balthazar se agarraba del cuerpo de John, primero de sus pies, luego de sus piernas, hasta que finalmente llegó a su pecho, de donde se aferró con todas sus fuerzas—. Vea todo lo que he dado por usted, ¿cree que este tonto daría si quiera una infinitésima parte de lo que yo he dado? —dijo, señalando a Sherlock que se retorcía casi inconsciente en el suelo—. Él no dará nada por usted, ya lo vio: Holmes lo abandonó, ni siquiera lo buscó cuando supo que usted y Mary vivían en Cheste, ni siquiera intentó recuperarlo… Y ni siquiera le escribió una carta para hacerle saber que estaba vivo… en cambio yo he dado todo, todooooo.
En el momento en el que lo gritaba se acercó a John y le proporcionó un beso. La sangre de Balthazar manchó parte de la cara de John, se derramó por su quijada y John tenía la apariencia de un vampiro. Cuando Balthazar se alejó le dejó a la vista una cortada que tenía en la mejilla.
El doctor sintió asco y repugnancia. Las quemaduras de Balthazar eran grotescas y en determinados puntos del rostro podía observarse el hueso; además de que sus gestos estaban deformados por el frenesí. Era como si un cadáver se empeñara en besarlo, en tocarlo…
Las manos de Balthazar, con mucha furia, arrancaron la camisa del doctor.
—¡No! —gritó John.
Pero Balthazar estaba eufórico. Metió sus manos en el pantalón del doctor y jaló con mucha fuerza hasta que el botón salió despedido y la bragueta se abrió de par en par.
—Usted será mío.
—¡No! —volvió a gritar John, pataleando, esforzándose por quitarse de ahí.
La lengua sangrante de Balthazar recorrió su estómago y se dirigió hacia el pezón izquierdo del doctor, provocándole heridas con el colmillo a su paso.
Balthazar mordió, sin piedad, sin remordimientos, y John soltó un grito de dolor.
—¡Calle, doctor! —gritó Balthazar, y le dio un golpe fuerte en la cara.
Un zumbido constante se apoderó de John, y por poco se desmayó, pero fue lo suficientemente resistente para no permitirlo.
Golpeó con el codo a Balthazar, y eso lo hizo reaccionar de nueva cuenta, haciendo que le propinara un golpe más a John.
—No se emocione demasiado, doctor —le suplicó Balthazar, sonriendo, exhibiendo sus dientes embadurnados de sangre.
John utilizó su rodilla y golpeó la entrepierna de Balthazar. El hombre rugió.
Entonces Irene se puso de pie y le dio un golpe en la cabeza a Balthazar con un trozo de madera. El golpe lo desequilibró, hizo que se fuera hacia un lado y luego que se balanceara tratando de encontrar el equilibrio.
Irene estaba por propinarle otro golpe cuando Balthazar lo detuvo con una de sus manos. Apretó fuertemente la madera y le devolvió el golpe en la cabeza a Irene.
Ella se desmayó.
Entonces Balthazar miró hacia John que trataba de alejarse en el suelo. Se arrastraba hacia atrás, temeroso, tratando de resguardarse, como una víctima potencial de homicidio; Balthazar se sintió contrariado.
—No voy a lastimarlo, doctor —aseguró.
—Eres un monstruo —le dijo John a Balthazar.
Él lo miró con un gesto extraño; sus ojos reflejaban contrariedad.
—¿Por qué trata de alejarse, doctor? —preguntó con voz adolorida.
—Porque eres un animal.
Balthazar se puso en cuclillas.
—¿Y no merecemos ser amados los animales? —preguntó con curiosas real. Estaba confundido y de pronto actuaba con un niño pequeño.
John siguió recorriéndose hacia atrás, hasta que chocó con una viga que le impidió el paso. Se sintió vulnerable, arrinconado por una criatura amenazadora.
Hacía calor en su espalda.
Balthazar era un hombre sin escrúpulos, sin corazón. Ni siquiera el fuego que había en sus botas lo detenía; no parecía producirle molestia alguna tampoco.
—Yo no…
John iba a responderle que él no lo sabía. Que no tenía por qué saber tal respuesta; por él mismo había demostrado siempre su amor hacia los animales. Gladstone era una prueba irrefutable de ello, pues no lo veía sólo como a una mascota, sino como a un amigo.
Detrás de él la viga comenzaba a arder.
—Aléjate —dijo John.
Balthazar gateaba en dirección a él.
—Hagámoslo —le dijo—. Hagamos el amor…
Y mientras subía jalaba el pantalón de John, raído y gastado, y lo destrozaba. Incluso las partes que el fuego no había sido capaz de alcanzar, Balthazar se encargó de romperlas.
—Detente —le gritó John
Balthazar siguió. John quedó mayormente en ropa interior con restos del pantalón rasgado. Balthazar se colocó sobre él, abriendo sus piernas.
—Quiero sentirlo dentro de mí —le dijo—. Es cálido aquí, doctor. Una vez que entre no querrá salir…
Y dicho eso bajó la mano cuidadosamente para meterla en la ropa interior del doctor.
—¡No! —gritó éste.
John volvió a arrojar un golpe que destrozó por completo la nariz de Balthazar.
—¡Usted no tiene derecho a negarme la felicidad! —gritó Balthazar en la cara de John, salpicándolo de su sangre—. ¡Usted no tiene derecho a negarme esto!
Y dicho eso golpeó con su cabeza la de John. Pero para el doctor el golpe fue doble: impactó fuertemente hacia atrás con la viga, y se mareó, y perdió control de sus brazos; los únicos que detenían a Balthazar.
—Será mío —escuchó en el oído John—. Va a ser mío.
Y sintió cómo Balthazar metía su brazo debajo de John y luego le daba una vuelta a su cuerpo, dejándolo casi totalmente expuesto por la espalda, a merced de Balthazar.
—¡YO LO HARÉ MÍO! —gritó, y empujó con su codo fuertemente la espalda de John, presionándolo boca abajo contra el suelo, impidiéndole que se moviera. El doctor gritó, gritó fuertemente porque su rostro estaba cerca de la madera quemada y le empezaba a arder el ojo izquierdo. Gritaba porque no podía impedir que Balthazar hiciera lo que quería hacer, porque no tenía fuerzas, porque no tenía control sobre sí mismo debido al golpe.
Entonces Balthazar exclamó triunfalmente y arrancó completamente la ropa interior del doctor, dejando su perfecto trasero al descubierto. A su merced.
—Es hermoso… —susurró Balthazar con un gesto triunfal en el rostro. Para él el tiempo pareció detenerse. Lo miró, perfecto, blanco, reluciente. Y lo que más amaba Balthazar ese trasero es que era completamente virgen. Y luego comenzó a morderlo y a morder la espalda de John.
El doctor forcejeó.
Balthazar volvió a propinarle un golpe. Y esta vez John sintió la dureza en la hombría del hombre en su trasero, aún debajo del pantalón.
—¡NOOOO! —gritó John. Y logró tomar con la mano el trozo de madera que estaba cerca de su cara y con él le dio un golpe en la cara a Balthazar.
El hombre se sacudió y el impacto fue tal que cayó al lado, permitiéndole a John apartarse un poco.
—¡Mi rostro! —lloriqueó Balthazar—. ¡Mi rostro!
Y cuando recobró cierta compostura John observó con asco y remordimiento que había deshecho completamente uno de los ojos del hombre.
El ojo había reventado y por la mejilla corría una abundante cantidad de sangre y de líquido.
—¡Pero así me amará usted! —gritó Balthazar y dio un paso.
John retrocedió, siempre con el trozo de madera en ristre.
Zarandeó la madera hacia Balthazar pero éste lo tomó por la parte ardiente. Gritó, pero no soltó la madera y se la arrebató a John. Las llamas ardían y brotaban de entre los dedos de Balthazar.
Después la tiró a lo lejos, y se acercó a John.
Balthazar arrojó una patada al doctor en el estómago y lo derribó sólo un par de metros más adelante.
Se echó sobre él.
—¡¿Por qué?! —gritó fuertemente; parecía el grito de una criatura no humana—. ¡¿Por qué no me ama?!
Y dicho eso golpeó fuertemente la cara de John.
—¡¿Por qué?! —volvió a gritar.
Y le dio otro golpe.
Y otro.
Y otro.
La sangre de John manchó el suelo.
Y otro.
—¡¿Por qué?!
Balthazar lloraba.
John ya no sentía el dolor. Los golpes eran intensos y sentía las sacudidas en su cuerpo, pero no sentía dolor alguno.
Otro golpe.
Y John escuchó que algo crujía.
Le habían roto la nariz.
—¿Por qué? —lloró Balthazar. Y había dejado de golpear. Casi resignado, sollozando. Se recostó en el pecho del doctor como un auténtico niño y lloró en el pecho de John—. Yo sólo quería que me amara.
Los ojos de John brillaban. Reflejaban la luz del amanecer. La sangre tenía cubierta la mayor parte de su rostro. Su ropa estaba deshecha, y casi estaba desnudo.
¿Por qué?, se preguntó.
Sus respiraciones eran lentas. Muy pausadas.
Las llamas se acercaban. Las llamas estaban por consumirlo todo.
¿Por qué no puedo amarlo?, se repitió. Era algo más. Algo diferente a todo el daño que Balthazar le hubiera provocado. No era solamente eso; era otra cosa. El daño casi le impedía amarlo, pero no era la principal razón… porque John no hubiera podido enamorarse de nadie más.
—Porque yo amo a otro —dijo finalmente. Y buscó con la mirada el lugar en donde estaba Sherlock, pero no estaba. El suelo de madera se había derrumbado y probablemente se hubiera hundido.
Y John lloró porque sabía que ya no había nada que pudiera hacer al respecto. Estaba lo suficientemente herido como para no lograr ponerse de pie.
—No lo ame —suplicó entonces Balthazar.
Lloriqueaba como un bebé.
—No lo elegí.
—Elíjame a mí.
—No puedo.
John hablaba con cierta dificultad pero con mucha coherencia y tranquilidad.
—Sea mío…
—Yo soy de él.
—Por favor —dijo Balthazar, y abrazó a John como un niño aterrorizado, negándose a apartarse de la seguridad que le proveía la cercanía de los cuerpos; el contacto con otro cuerpo.
John no lo miraba de frente. Le hubiera causado un gran dolor haber girado la cara para verlo de frente.
Pero sentía la respiración de Balthazar sobre su pecho, agotado, derrotado. Lo sentía sobre él. Sentía su dolor más que el suyo.
Y extendió una mano y abrazó a Balthazar Leprince-Ringuet, presionándolo contra su cuerpo. Y subió la otra mano y acarició su cabello, también presionándolo contra su pecho.
—Perdóname —le dijo John con sinceridad. Lamentaba no poder amarlo.
Y Balthazar lloró.
Lloró.
Y lloró.
Hasta que se le acabaron las lágrimas.
Hasta que se quedó dormido.
Profundamente dormido.
Y soñó, en algún otro lugar, que otro John Watson, su John Watson, iba por él, le extendía la mano y él la tomaba.
Y Balthazar Leprince-Ringuet dio su último respiro.
Fue cuestión de segundos.
Su cuerpo sonreía.
Y John supo que todo había terminado.
Y respiró.
Y respiró.
Y entonces una sombra se puso de pie atrás de él, de modo que debía hacer los ojos hacia atrás para ver. Pero el sol estaba de ese lado, y la sombra no revelaba colores algunos; cegada por el brillo del sol.
—¿Sherlock? —preguntó, con esperanzas.
Entonces la sombra se agachó y John distinguió un rostro diferente.
Y John también lloró.
Porque el rostro que vio era el de Gebrard Leprince-Ringuet.
Y porque había tenido la esperanza de que fuera Sherlock quien fuera por él para rescatarlo, que se hubiera salvado del derrumbamiento del almacén y estuviera todo bien; que fuera el héroe que siempre había sido.
Ending: Lean de The National
¡Hola a todos!
Lo prometido es deuda y aquí les traigo un nuevo capítulo del fic. Me fue realmente difícil escribirlo por la complejidad que me demanda el personaje de Balthazar.
Espero les haya gustado.
En cuanto pueda subo el capítulo siguiente; probablemente el final.
Saludos a todos y muchas gracias por sus ¡reviews!
Wu
