Mimato


Decimonoveno


Llevaba media hora buscándola y nada. No creyó que sería tan difícil encontrar a una muchacha toda mojada entre medio de una multitud de paraguas.

Matt se dirigió al parque. Se había separado de Sora y de Tai porque la tensión entre ellos se le hacía insoportable. Además no quería evidenciar que estaba frenético, que el corazón le bombeaba dolorosamente, y que de no ser por la lluvia, se notarían sus manos húmedas por pura ansiedad.

Bordeó el parque, prestando atención a cada banca de piedra o madera que veía al pasar. Sus pies lo llevaron hacia el área de juegos, vacía puesto que todos los niños ya estaban en sus casas refugiados de la lluvia. Y allí la vio, sentada en uno de los columpios, meciéndose levemente, completamente empapada. Era la primera vez que la veía así, con ese aire taciturno que más pegaba con él que con ella. No le gustaba, pero sin duda le parecía fascinante. Se acercó, sabiendo que sus pasos le delatarían, pero ella no hizo ni el menor intento por voltearse y descubrir de quién se trataba. Se apoyó del hierro del columpio, sin importarle lo mojado ni lo oxidado que estaba. Con la mano izquierda sostenía su paraguas, y lo inclinó hacia ella para que así la lluvia dejara de golpearle.

Y a pesar que de pronto ella se descubrió resguardada del aguacero, no se movió ni un ápice. Y él no hizo ningún intentó por presionarla.

Permaneció en silencio mucho tiempo, y la lluvia le caló hasta los huesos, pero no se quejó. La acompañaría en silencio el tiempo que fuese necesario.

Los minutos pasaban sin que ella diera señales de nada. Él se dedicó a observarla por el rabillo del ojo. Tenía el cabello suelto, y le caía como una cascada por sobre la espalda y los hombros, y también por el frente de la cara. Miraba el suelo, o quizás no estaba mirando nada, pero su cabeza estaba inclinada ligeramente hacia abajo y daba esa impresión. Sus manos estaban cerradas alrededor de la cadena del columpio, a ambos costados suyos. Ya no se mecía, parecía que ni siquiera respiraba. Era inquietante, le perturbaba verla así, pero a la vez sentía que no tenía derecho a molestarla. Sólo cuando se oyó el rugir de un trueno y todo se iluminó por un rayo por un breve segundo, la castaña dio señales de vida, removiéndose en el columpio, incómoda.

'Le teme a los truenos y a los relámpagos' pensó él. 'Qué típico' se mofó una voz en su cabeza con cierta dulzura, porque aunque fuera típico, era una de esas cosas que iban con ella.

—Vamos a casa —le dijo entonces él, y para gusto suyo ella asintió.

Salieron del parque sin decirse nada. Se detuvieron en un cruce esperando a que el semáforo cambiase de color cuando un trueno rugió otra vez. Ella se removió inquieta y se apegó a él inconscientemente. Matt le miró y ella también. La luz había dado verde, pero ellos se quedaron allí, mientras la gente tras ellos pasaba a su lado un tanto malhumorada. Él le tendió el paraguas para que ella lo llevase y le cogió la mano, dándole un leve apretón. Otro trueno sonó y ella le apretó sin querer hacerlo, pero él le devolvió el apretón suavemente, dándole a entender que todo estaba bien. Tuvieron que esperar otra luz verde para poder cruzar la calle.

Matt no la llevó a la casa de sus tíos, que él no conocía y no sabía dónde quedaba, así que la llevó al departamento de su padre, que además estaba muy cerca. Caminaron cogidos de la manos, él sintiendo la lluvia como agujas clavarse en su cabeza y en sus hombros, pero disfrutando de es suave cosquilleo en la mano.

—Creo que deberías tomar una ducha caliente —sugirió él una vez estuvieron en el departamento. Ella asintió con la cabeza. —Iré por toallas.

La dejó unos segundos a solas, en los que Mimi no se movió. Cuando Matt regresó la encontró en el mismo lugar y en la misma pose. Suspiró, comenzando a preocuparse.

—Sígueme —le dijo, y la condujo al baño; ella le obedeció silenciosamente.

El rubio dejó las toallas y algo de ropa limpia suya sobre la tapa del inodoro y abrió las llaves de la ducha para regular la temperatura del agua.

—Si necesitas algo, no dudes en pedirlo. —Ella ni si quiera asintió con la cabeza.

Matt abandonó el baño, sintiéndose incómodo. Mimi sabía que debía de agradecerle todo lo que estaba haciendo por ella, pero simplemente no podía hablar. Varios minutos después de que el rubio cerrase la puerta, ella se dignó al fin a quitarse la ropa. Estaba tan mojada que cayó al suelo con un golpe pesado, salpicando. Se metió a la ducha y sintió el agua caliente como un alivio sobre su agarrotado cuerpo.

Pasó las manos por sobre su cabello, para despejarse la cara y luego se abrazó a sí misma. ¿Por qué esas cosas tenían que pasarle a ella?, ¿por qué tenía que ser tan estúpida?

Matt se dejó caer sobre el sofá, con una toalla sobre la cabeza y con ropa seca ya puesta. Secaba sus cabellos cuando el teléfono sonó. Lo cogió estirando el brazo y reconoció el número de la casa de los padres de Tai.

—¿Tai? —preguntó al contestar la llamada.

—No, soy Sora —respondió la voz que salió por el auricular.

—Hola Sora.

—¿Cómo está Mimi?

—Está tomando una ducha.

—¿Te dijo qué pasó?

—No. No ha hablado desde que la encontré.

—¿Dónde la encontraste?

—En los columpios del parque.

—¿No viste a Len?

—No —respondió él con resentimiento; pensar en ese tipo le hacía hervir la sangre. —Estaba sola.

—Iré a tu casa —dijo la pelirroja con tono resuelto.

—No creo que sea buena idea —dijo él.

—¿Por qué no? —exigió ella.

—Porque está lloviendo a cántaros y dudo mucho que al venir hagas algún bien —él dudaba seriamente que la presencia de Sora fuese mejorar el humor de Mimi.

—¡¿Cómo te atreves? —exclamó Sora encolerizada.

—Sólo digo que…

—¡Es mi mejor amiga! —interrumpió ella.

—Ella no quiere hablar, Sora —dijo él en un tono que trataba de hacerla entrar en razón.

—Ella me hablará, ¡soy su mejor amiga!

—No quiero que la fuerces —terció él, sonando más duro de lo que pretendía.

—¿Quién te crees para decirme eso? —cuestionó ella de mal talante.

Matt se tardó unos minutos en contestar. En verdad, él no era nadie.

—Nadie —dijo. —Yo sólo… quiero que ella esté bien —su voz se suavizó al hablar.

—Matt…

—Y si quiere hablar… quiero estar con ella —reconoció.

—Bien —suspiró Sora, rendida. —Pero me debes una explicación —le advirtió con tono de reproche.

El rubio también suspiró.

—¿De verdad tengo que explicarlo? —preguntó. Para él era más que obvio que Sora ya había descubierto sus sentimientos.

—No. Pero aún así me debes una larga conversación.

—De acuerdo —dijo Matt con resignación. —Te invitaré un café.

—Me parece bien. Dale mis saludos a mi Mimi. Y de Tai también.

—¿Ya no están peleados? —preguntó el rubio con interés.

—No… no lo sé.

—Entiendo. Suerte.

—Tú también. Adiós.

—Adiós —y cortó.

La puerta del baño se abrió, y él se levantó automáticamente del sofá.

Mimi tenía puesta su ropa, y una toalla envolvía su cabello.

Él le miró unos instantes, preocupados. Ella desvió la mirada, incómoda, y él hizo lo mismo, un tanto resignado.

—¿Quieres beber algo? —preguntó, yendo hasta la cocina. Ella negó con la cabeza. —¿Me acompañas? —dijo entonces, y ella le siguió en silencio.

Sacó de la nevera un cartón de leche y llenó un vaso. Se lo bebió todo en tragos largos, mientras la castaña se sentaba en una silla del comedor y se quitaba la toalla del cabello, que se le desparramó por los hombros y la espalda.

Permanecieron en silencio varios minutos. Matt ya se estaba hartando de la situación, pero no quería presionarla por nada del mundo a que hablase. Él mejor que nadie sabía que el silencio de otra persona debía respetarse, que después llegaría el momento en que las palabras fluirían solas. Dejó la cocina y fue al comedor, y no pudo evitar acercarse a ella. Mimi mantenía la vista hacia el suelo, y lucía tan frágil y sin vida. Matt levantó una mano con la intensión de acariciar su cabello.

—¿Qué te hicieron? —murmuró sin darse cuenta, y no se atrevió a concretar la caricia.

—Nada —murmuró ella.

—No te creo —murmuró él.

—No importa —se calló algunos segundos, y luego agregó: —Tenías razón.

—¿Sobre qué?

—Sobre mí —dijo ella, y sonrió tristemente. —Soy una come-hombres. —Matt apretó los labios y los puños, no le gustaba oírla referirse a sí misma de esa forma. —Soy la chica que cambia de novio tan rápido como… como si me cambiara de ropa.

—No digas eso —le reprochó.

—¿Por qué no?, ¿no es eso lo que todos piensan de mí? —Matt no supo qué decir. —Cada vez que salgo con alguien, termina mal. Creía que no era mi culpa, pero sí lo es —tembló ligeramente.

Matt se agachó y tomó sus manos entre las suyas.

—¿Qué sucedió con Len?, ¿por qué cuándo te encontré estabas sola? —exigió saber. Mimi le miró, y avergonzada, desvió la vista hacia otro lado. —¿Qué te hizo?

—No me hizo nada —murmuró.

—Somos amigos —dijo él con suavidad. —No tienes que decírmelo si no quieres, pero… si quieres hablar, estoy aquí.

Ella se atrevió a mirar sus ojos otra vez. Esa mirada azul y acerada le fascinaba en cierta manera. Asintió despacio, porque sintió una necesidad de decirle todo lo que había pasado, de explicarse, y recibir así alguna palabra de consuelo o algo por el estilo.

—Primero fuimos al cine… —comenzó a decir.


N/A: Pensaba hacerlo distinto y agregar el flashback de la cita con Len en este capítulo, pero me alargué mucho escribiendo, y en verdad no quiero cambiarlo así que la cita tendrá su propio capítulo ;D

Gracias por leer!

Lyls