EL BOSQUE DE LOS CORAZONES DORMIDOS
Las tres despedidas
Caminamos durante horas por el monte en dirección a la carretera comarcal, donde nuestros destinos se separarían durante una larga temporada. Andaba cabizbaja de la mano de mi ángel, ralentizando mis pasos para alargar el momento.
Los primeros tonos rosados comenzaban a teñir el cielo por el este. Amanecía un nuevo día y, con él, una nueva vida cargada de incertidumbre.
Senna iba varios metros por delante. Después de aquel sueño reparador, se había despertado radiante, con energías renovadas para afrontar su futuro. Suponía que aquella euforia era efecto de la miel centenaria y de su espíritu valiente. La conocía lo suficiente para saber que aquella separación le producía tanta pena como a mí. Había compartido muchas cosas con Ichigo desde niña. Y ahora debía alejarse de él, de su pueblo, de su entorno… Ni siquiera había podido despedirse de su familia.
Habíamos acordado no revelarnos dónde iríamos para protegernos, pero lo cierto es que yo no tenía ni idea. Mi único equipaje eran unas monedas de oro que Ichigo nos había dado a Senna y a mí. Y que, aparte de pesar en mis bolsillos, no sabía qué utilidad darles. Ignoraba cómo me las iba a arreglar para cambiarlas por dinero o cómo lo haría para viajar sin el permiso de mi tutor legal. A diferencia de Senna, yo era menor de edad. No podía abandonar el país sin autorización.
De pronto, unos faros iluminaron la calzada. Avanzaba en sentido contrario, pero se detuvo nada más vernos. Reconocí enseguida el Land Rover de Byakuya.
Mi padre se bajó del coche con una mochila a su espalda y cruzó el asfalto hacia nuestro encuentro.
—Chicos, ¿dónde os habíais metido? Hace horas que os busco —nos increpó con una cara transfigurada por la preocupación.
—Hemos tenido que escondernos —me disculpé con tristeza, consciente de su rastreo desesperado por encontrarnos.
—Lo sé. —Su voz se suavizó al vernos a los tres a salvo—. Aquí ya no estáis seguros. Los norteamericanos están en el hospital, pero estoy convencido de que pronto llegarán refuerzos. Tenéis que huir. Sus palabras nos hicieron reaccionar.
Los tres nos miramos con tristeza. Había llegado el momento de las despedidas… pero ninguno quería dar el primer paso.
Como siempre, Senna fue la más valiente.
—Yo me quedo aquí. Haré autoestop hasta Burgos. Me esconderé allí unos días hasta que decida dónde perderme.
—He pasado por tu casa. —Byakuya le ofreció una mochila—. Aquí tienes algunas cosas y tu documentación. Llama a tus padres cuando estés en un lugar seguro. Les he dicho que ibas a pasar las vacaciones de Navidad con mi sobrina, pero no se han quedado muy convencidos.
Senna asintió. Después le pidió un bolígrafo y anotó algo en un papelito. Lo metió en mi bolsillo tras darme un largo abrazo.
—Cuídate mucho, lechuguina.
—Te echaré de menos. —Mi voz se quebró al sentir el manantial que amenazaba en mis párpados.
—Menos llanto y más acción —dijo con voz ronca secándose una lágrima avergonzada—. No hay tiempo que perder. Alguien debería parar un coche.
Ichigo tomó a Senna de la mano y la obligó a mirarle. Me emocioné al ver la complicidad y el amor que emanaba de aquella mirada… Sin decirse nada, se lo dijeron todo.
A continuación, la levantó en volandas y la besó en la frente con increíble dulzura. Antes de bajarla al suelo, le susurró algo al oído y ella se abrazó a su cuello con fuerza durante unos segundos.
Después de aquello, Senna levantó un dedo para detener al único coche que había pasado por aquella solitaria carretera desde que nos había encontrado Byakuya. Era un escarabajo Volkswagen con matrícula alemana. Tres chicas pararon divertidas a nuestro lado e hicieron un gesto para que subiéramos.
—Esta es mi parada —dijo Senna.
Nos abrazamos una vez más, sin atrevernos a mover los pies del suelo, hasta que las alemanas tocaron el claxon con impaciencia.
Los tres miramos apenados cómo Senna subía al coche y cómo el rastro de sus faros se iba empequeñeciendo hasta desaparecer en la siguiente curva.
Byakuya rompió el silencio.
—Rukia, te espero en el coche.
Después estrechó con fuerza la mano de Ichigo.
—Suerte, muchacho.
Quería ser fuerte y no llorar. No quería que la última imagen que mi ángel conservara de mí fuera la de mi rostro descompuesto por el dolor. Lo conseguí con esfuerzo, con varias respiraciones profundas.
Traté en vano de sonreír.
Ichigo me abrazó con fuerza y me besó en los labios.
—Tienes que ser fuerte, Rukia. El tiempo pasa volando y muy pronto estaremos de nuevo juntos.
—Te quiero —susurré ocultando mi cara en su hombro para que no viera las lágrimas traicioneras que se habían sublevado a mis intenciones.
Nos mecimos de un lado a otro con dulzura, compartiendo nuestra pena en aquella breve danza.
Al separarse, vi el rastro del llanto sordo también en su rostro. Sus mejillas se habían enrojecido y sus ojos ocres brillaban con tristeza.
Contuve el aliento al verle alejarse entre los árboles, veloz como una gacela, en busca de nuevos parajes recónditos y bosques solitarios en los que perderse. El viento helado del cierzo trajo consigo los primeros copos del invierno. Si aquel otoño había sido frío y algo nevoso, la nueva estación se presentaba gélida y blanca. Crucé la carretera y me metí en el coche. La calefacción estaba encendida y logró calentar un poco mi ánimo.
El motor rugió antes de emprender la marcha.
Mi tío lo hizo un instante después.
—Oye, Rukia, no sé en qué follón andas metida, ¡pero será mejor que me lo expliques todo!
Su bronca me pilló desprevenida.
—No te lo puedo contar…
—¡Esos hombres son muy peligrosos! Y tú solo eres una…
La voz nerviosa de Byakuya no supo disimular su preocupación. Pensé que acabaría la frase llamándome «niñata», «mocosa» o algo por estilo.
—Solo eres una niña… —su voz se quebró ligeramente— con muchas agallas. ¿Qué piensas hacer?
—Es mejor que no te lo diga. Esos hombres pueden ser muy persuasivos.
—He visto sus métodos —respondió consternado—. Y estás muy equivocada si piensas que voy a dejarte sola en esto.
—Tienes que confiar en mí. Lo más seguro es que desaparezca una temporada… Volveré cuando todo se haya calmado.
Después de varios minutos de silencio, asintió abatido.
—Está bien. Te llevaré al aeropuerto. Solo te pido una cosa.
Le miré interrogativa.
—Llámame cuando estés en un lugar seguro para saber que estás bien.
—Lo haré… —Me gustó saber que mi padre se preocupaba por mí—. Estaré bien…
Byakuya volvió a enmudecer.
Después tomó aire y soltó los fantasmas que le angustiaban.
—Oí lo que dijo aquel hombre. Aquella historia… sobre la semilla, el viejo ermitaño y el chico que te acompañaba. Te juro que no soy capaz de entenderlo. Todo esto me desborda. Es… demasiado increíble…
Era un hombre de pocas palabras, así que entendí el enorme esfuerzo que suponía para él hablar de todo aquello.
—Sé que defendéis algo importante —continuó sin apartar la vista del asfalto—. Si no puedes, no me lo cuentes, pero quiero que sepas que tienes mi apoyo y mi protección para siempre.
—Lo sé. Y te lo agradezco. Si no hubiera sido por ti, aquellos hombres… —Me estremecí al recordar la escena del árbol—. Cuando te vi subido a aquel pino, ¡no podía creerlo! ¿Cómo lo supiste? ¿Cómo llegaste hasta allí? ¿Y cómo es que las abejas solo les picaron a ellos?
—Ya veo que tú sí quieres saber —sonrió ante la avalancha de preguntas.— Empezaré por la última. ¿Recuerdas cuando las abejas picaron a tu amiga y se abalanzaron sobre aquel champú atraídas por su olor?
—Sí.
—Pues digamos que rocié a esos hombres con su perfume favorito.
—¿Cómo lo hiciste? —pregunté fascinada.
—Cuando vinieron a mi casa, se comportaron de una forma extraña y sospeché que no tenían buenas intenciones. Apenas me preguntaron por la sierra de pinares y, en cambio, me hicieron un interrogatorio completo sobre mis abejas, las flores de la comarca y sobre ti. Eso me hizo desconfiar… No entendía qué interés podían tener en una chica como tú, pero me dio muy mala espina. Mientras charlaba con el más alto, uno de ellos se coló en mi habitación. A través del espejo del salón pude ver cómo abría la cómoda y registraba mis cosas. Aquellos hombres buscaban algo y, por algún motivo, pensaban que tú eras la clave.
—Así que decidiste tomar precauciones.
—Sí. Al despedirse, les obsequié con mis productos: miel, pacharán, mermelada… y mi perfume natural de flores silvestres, en realidad un potente atrapaabejas. Les embadurné bien para que lo probaran —sonrió al recordar la escena—. Aquella tarde, después de tu visita, fui a buscar a mis abejitas guerreras.
Ahora entendía la cara de enfado de esos hombres cuando los había visto salir de casa de Byakuya y el fuerte aroma a flores que me había recibido al entrar.
—Pero tus abejas no atacaron hasta el día siguiente… ¿Todavía duraba el efecto?
—Ya lo creo —rió entre dientes—. Impregné bien sus ropas de trabajo y sus cazadoras. Además, aunque el olor de esa esencia se disipa para nuestro olfato a las pocas horas, las abejas siguen detectándolo hasta varios días después.
Había leído en su libro que las abejas tienen ese órgano muy desarrollado para distinguir las flores melíferas a kilómetros de distancia. Me impresionó su elaborado plan para protegerme; lo que no acababa de entender es cómo se las había ingeniado para dar con aquellos hombres al día siguiente.
—¿Cómo supiste que estaban en el bosque?
—Me levanté pronto y seguí el rastro de su furgoneta hasta la Dehesa, pero tú ya no estabas…
—Me temo que madrugaron más que tú… —dije recordando lo mucho que me había sorprendido su temprana visita.
—Después de rastrear el bosque por fin di con ellos. Tenían a esa pobre chica y la estaban torturando. No entendía nada, pero decidí subirme a un árbol y esperar el momento para atacar… Luego apareciste tú, en lo alto de ese pino… Y, bueno, el resto de la historia ya la conoces.
—¿Qué ha pasado con ellos?
—Uno murió y los otros dos están muy graves en el hospital.
—Pero eran cuatro…
Byakuya se encogió de hombros.
—Supongo que el cuarto hombre intentó huir… Pero yo no me preocuparía por él. Es muy probable que su cadáver aparezca estos días en algún punto del bosque. Nadie sobrevive a un ataque así sin pasar por el hospital.
La nieve aumentó su cadencia. Me despedí de los altísimos pinos que habían empezado a retener el polvo blanco del invierno en sus copas.
Pensé en los hombres de negro… Después de la lección de Byakuya, tal vez no les quedaran muchas ganas de seguir merodeando por aquellos parajes. Ellos no sabían de la existencia de la semilla. Ichigo les había hecho creer que Rodrigoalbar la había destruido para protegerla…
Su objetivo era el propio Ichigo. Y lo más probable es que acabaran cansándose de su búsqueda infructuosa.
Solo uno de ellos había llamado mentiroso a mi ángel cuando dijo que no había semilla. Solo un hombre de negro había creído en la existencia de la semilla: Grimjow. Me estremecí al recordar su mirada azul.
—¿Qué día es hoy?
Con todos aquellos acontecimientos, había perdido por completo la noción del tiempo.
—Veinticuatro de diciembre. Víspera de Navidad.
Me parecía increíble que mi nueva vida empezara en unas fechas como aquéllas. Eso me hizo pensar en mi profesora.
—¿Qué vas a decirle a Yoruichi?
Byakuya me miró sorprendido.
—Dijiste que vendría por año nuevo.
—Cuando venga le explicaré que has decidido tomarte un año sabático y estudiar en alguna ciudad europea. No te preocupes por ella. Yo soy tu tutor legal.
Ya no me pareció extraño que pensara que ella iría igualmente a pasar esas fechas en Colmenar a pesar de mi ausencia. Estaba claro: yo no era su objetivo principal en aquel pueblo.
Nuestra mirada se perdió un instante en la carretera. Seguí el movimiento hipnótico del limpiaparabrisas apartando la nieve del cristal. El cielo se había cubierto de nubes y, aunque había amanecido, el día conservaba un halo oscuro.
—Rukia… Esa semilla de la que hablaban. Si alguna vez… —Hizo una pausa, y el resto de las palabras salieron de forma precipitada—. Mis abejas podrían extraer su néctar.
—Olvídalo. Esa semilla no existe —mentí.
No quería implicarle más. Pero lo cierto es que sus palabras me llenaron de esperanza. Si en un futuro alguien podía extraer el elixir de la inmortalidad de aquella flor a través de las abejas, ese era mi padre. Poseía los conocimientos para hacerlo.
—Una cosa más. —Había estado a punto de olvidarme de él—. Kaien no es de fiar. Está con ellos. Él fue quien puso aquel panal bajo nuestra ventana para que las abejas picaran a Rangiku. Sabía que era alérgica e intentó ahuyentarla para tener el camino libre conmigo y despejar el bosque de nuevas amenazas. A mí también intentó hacerme daño…
El rostro de mi padre se ensombreció. Él había confiado en aquel chico, le había pedido incluso que cuidara de mí.
Sabía lo mucho que aquella traición le dolía.
—¡Ese canalla! Lo conozco desde que era un crío. ¿Cómo ha podido hacernos esto? —Su mirada se llenó de ira—. Te aseguro que pagará por lo que ha hecho.
—Bastará con que no le pierdas de vista —contesté impresionada por la efusividad de sus palabras.
Eso me hizo pensar en Rangiku. La última vez que había hablado con su madre me había tranquilizado sobre su estado. Deseaba hablar con ella, explicarle mis cosas como había hecho siempre. Pero sabía que eso no sería posible en mucho tiempo. Debía protegerla…
Mientras los faros iluminaban las franjas blancas del asfalto e íbamos dejando atrás el paisaje verde y blanco de la sierra, me sumí en una especie de sopor. Cerré los ojos de puro abatimiento.
Tras dos horas y media de trayecto, las luces de la ciudad fueron acompañándome en mi despertar.
—Hemos llegado.
Al detener el motor, me di cuenta de lo que me esperaba a continuación. Aquella iba a ser la tercera despedida del día.
Ahogué un suspiro al ser consciente de lo que aquello significaba. Cuando pusiera el pie en el suelo, volvería a quedarme sola, como al principio de aquella historia.
Byakuya sacó mi enorme mochila del maletero.
—Aquí tienes tus cosas. Te he comprado un móvil y el cacharro que me pediste.
«El USB de internet», pensé.
—Tienes tu documentación y una autorización firmada para que puedas viajar sin problemas. He abierto una cuenta bancaria a tu nombre; hay dinero suficiente para que pases una buena temporada. Adminístralo bien y estudia. ¿Lo harás, Rukia? Vayas donde vayas, inscríbete en un instituto y sigue estudiando.
—Gracias —balbuceé—. ¿Por qué haces todo esto? —pregunté con el corazón encogido.
Byakuya me miró con ternura y nos fundimos en un cálido abrazo. Reconociéndonos por primera vez, otorgándonos sin palabras el lugar que nos correspondía y un espacio para siempre en el corazón del otro.
To Be Continued...
