Mis niñas! Feliz 2017 y que para cada una sea un año exitoso, lleno de sueños cumplidos.

Seguimos ahora con la historia de nuestro pianista y su enfermera, que se acerca poco a poco al final...

Gracias por seguir aquí y espero que sigan acompañándome en esta locura como lo han hecho hasta ahora. ¡Las adoro!

Cuchu Maritza, gracias por apoyarme incondicionalmente en esto. eres una gran amiga!

Ahora a leer damas! Besos y nos leemos prontito!


Capítulo 35

La única niña del grupo miraba a todos los adultos con confusión. No estaba segura de haber entendido bien lo que acababa de ocurrir en aquella tan especial celebración de navidad: Jasper había dicho que en un cajón de su novia Alice había encontrado un test de embarazo… pero que al final no era de ella, y cuando lo había dicho, su hermano Edward e Isabella prácticamente se habían puesto a llorar.

¿Test de embarazo? Se preguntó Jane. Embarazo ella sabía lo que significaba, pero… Definitivamente, en sus siete años de edad no había absorbido la sabiduría que ella esperaba tener, por lo que decidió salir de su confusión acercándose a su papá y al que le jaló la manga de la chaqueta de su traje negro, llamando su atención.

Cuando Carlisle la miró, también tenía los ojos líquidos, preguntándose Jane acaso la noticia de la cosa esa que había encontrado Jasper en el cajón de Alice era una mala cosa, que los puso tristes a todos, porque para su sorpresa, Renée, la mamá ciega de Isa también estaba llorando.

―Papá ―susurró ella, jalándolo hacia abajo. Cuando él se acuclilló igualando su estatura, ella admitió a su oído ―No entiendo nada… ¿está pasando algo malo? ¿No abriremos los regalos? ¿Por qué están todos llorando?

―No es nada malo, cariño ―susurró Carlisle, besándole la mejilla a su hija ―lo que pasa es que tu hermano se acaba de enterar que va a ser papá.

Edward, en su estado de shock, oyó a lo lejos la explicación que Carlisle le daba a la niña. ¿Él sería papá? La pregunta surgía en su interior con un toque de incredulidad, mientras sus ojos no había dejado la conexión con los de Isabella, que lo observaba con un montón de sentimientos a la vez: expectación, miedo, nervio, pero sobre todo con el amor que nunca había dejado de refulgir en ella como cada vez que lo miraba, percatándose él que aquella luminosidad se había hecho más intensa justo en ese instante.

Durante su primer matrimonio nunca se planteó el tema de la paternidad, probablemente porque los sentimientos que lo llevaron a unirse en el sagrado vínculo con Rosalie no eran los correctos. Nunca fue algo que buscara ni Rose ni él, y esta vez tampoco lo hizo, pero estaba seguro que si había una mujer a la que quería como madre de sus hijos, era a Isabella.

Entonces, saliendo de su estado de estupor y presintiendo que ella lo que necesitaba en ese momento era de su abrazo, dejó a un lado la parálisis por la noticia y no demoró en envolverla con un brazo por la cintura, hundiendo su rostro emocionado en el hueco de su cuello, mientras ella lo abrazaba por los hombros y soltaba el aire que durante no sabe él cuantos minutos, había retenido en sus pulmones, esto por los nervios. Oyó la joven pareja al resto de los comensales soltar vítores de alegría, porque sin duda esa era una noticia para celebrar.

―Dímelo, Isabella ―le suplicó él, apartándose de su abrazo, mirándola directo a esos ojos emocionados y llenos de lágrimas ―necesito oírtelo decir…

―Estoy… ―carraspeó ella para aclarar su garganta ―estoy embarazada. Serás papá, Edward.

Y él volvió a abrazarla fuertemente, sintiendo que en verdad estaba viviendo un cuento, un maravilloso cuento del que jamás pensó ser protagonista.

―Dios, mujer ―murmuró Edward con su rostro aun escondido en el hueco del cuello de su chica ―tú sí que sabes hacerme feliz.

La oyó reír quedadito, mientras el ruido ambiente del que parecían haberse abstraído, indicaba que el resto ahora estaba preocupado de Alice y Jasper, que al parecer, estaban teniendo su propia discusión sobre el tema.

― ¡No es bueno que bebas champaña, Alice! ―estaba exclamado Jasper, quitándole la copa de la mano a la chica ―No le hace bien al bebé…

― ¡¿Ves?! ―protestó Alice, dando un golpe sobre el piso con su pie ― ¡Por esto no quería decírtelo!

― ¡No lo podrías haber mantenido escondido de mi por mucho tiempo, cariño!

Renée estiró los brazos buscando a su hija, a la que abrazó cuando salió de su burbuja con Edward. Su hija le había comunicado la noticia la mañana del día anterior y en ese momento se había puesto a llorar como una magdalena, emocionada por la buena noticia. Le había aconsejado a su hija que no tuviera miedo y que hablara con Edward, que conociéndolo desde hace tan poco, apostaba que se pondría feliz con la noticia, y no erró en sus predicciones.

―Te lo dije, mi cielo ―le dijo Renée a su hija cuando la abrazó, momento que Carlisle aprovechó de felicitar a su hijo también con un fuerte abrazo.

―Bueno, es un crimen que Renée y yo vayamos a ser abuelos tan jóvenes… ―bromeó en voz alta el abogado, riéndose Edward con la broma.

― ¡¿Y yo?! ―exclamó la niña, acercándose a su hermano, que la tomó en volada sobre sus brazos. Le dio un beso en la mejilla y la miró con aquellos ojos cargados de un brillo especial e intenso que nunca antes nadie había percibido en la mirada del músico.

―Tú vas a ser la tía más consentidora de todo el mundo.

― ¡¿Ya voy a ser tía?! ¿Tan vieja estoy? ―preguntó la niña en voz alta, y el público estalló en carcajadas felices, que iban a coronar la que sería una perfecta cena navideña.

Cuando Edward se acercó a su amigo, que estaba con importantes niveles de hiperventilación, tomando decisiones sobre qué colegio sería el indicado para su hijo, o el material de la ropa que debería ocupar para no causarle irritación en la piel, brindó con su amigo, o más bien hermano, no pasando por alto lo gracioso de la situación en la que se encontrarías ambos al cabo de unos meses, cuando les tocara cambiar pañales y pasar la noche en vela tratando de hacer dormir a sus primogénitos.

La cena fue para todos la mejor que habían celebrado en mucho tiempo, celebrando la mano culinaria de Renée y Carlisle, que habían cocinado juntos esa exquisita carne de res. Abrieron los regalos, con Jane saltando alrededor de sus muchos regalos, entre ellos una tarjeta de una tienda de mascotas donde debía de ir para armar una gran pecera que debería instalar en el departamento donde en adelante viviría con su padre. Cuando ella preguntó que por qué Edward, quien le había dado su regalo, no había traído el acuario hasta allí, respondió éste que por lo difícil que era envolver en papel de regalo semejante armatoste lleno de agua.

El resto de la velada se mantuvo con el ánimo alegre por la doble noticia que había sido el punto más alto de la noche, hasta que se percataron de la hora justo cuando Jane comenzó a quedarse dormida entre medio de los regalos bajo el árbol.

Cuando finalmente Isabella y Edward lograron estar a solas, él se encaramó sobre la cama, sentándose sobre esta y afirmando la espalda contra el cabecero y sentó a su chica sobre sus piernas, envolviéndola con sus brazos después que esta se quitara el vestido y se colocara una holgada camiseta que regularmente usaba para dormir.

― ¿Está todo bien contigo? ―preguntó Edward, dejando un beso en su cuello. Enseguida tomó el rostro de Isabella entre sus manos, acariciando sus pómulos con delicadeza cuando hizo la pregunta ― ¿Hace cuánto lo sabes y por qué no me lo habías dicho?

Ella tragó grueso y arrugó el entrecejo, pensado en lo que había sentido ella cuando supo la noticia, después que la idea se le pasara por la mente cuando una sensación de asco sin razón la empujara a correr hasta el inodoro, donde devolvió todo lo que había comido.

―Porque quería estar segura. ―Se alzó de hombros, jugueteando con un botón de la camisa de Edward. ―Además… ya sabes mi historial. Cuando lo supe, el corazón casi se me sale por la garganta y estuve sin poder creérmelo por un par de días. Yo, que pensé que la maternidad iba a estar vedada para mí por lo que hice la vez anterior….

―Aquella vez todo era diferente, Isabella. Abortaste bajo la presión de todo lo que te estaba ocurriendo, intentaste acabar con tu vida entonces… no tenías claridad acerca de nada ―le habló tranquilo, acariciándole el cabello y la piel de su cuello. ―Pero ahora todo es diferente. Estamos juntos en esto y quiero que disfrutes de lo que estamos viviendo, porque no podría haberme dado mejor regalo de navidad.

La ansiedad y el temor de no saber exactamente cómo iba Edward a tomar la noticia, se evaporó en el momento que lo vio mirarla con aquel brillo en sus ojos emocionados y la forma en que se lo confirmaba en ese momento, que para él la noticia había sido el mejor de los regalos que jamás se había imaginado tener.

Entonces ella sonrió, aliviada y besó sus labios con profundo amor y agradecimiento.

―Me hace feliz escuchártelo decir.

El músico sonrió y bajó sus manos por la espalda de su chica, bajo la tela de la camiseta. Ella se removió, ronroneando y agradeciendo que su chico pudiera suplir sus necesidades hormonales que ahora la asaltaban con más regularidad que lo acostumbrado.

― ¿Entonces fuiste donde la loca de tu amiga a hacerte el test…? ―preguntó en voz baja Edward, siguiendo con las caricias.

Ella suspiró, asintiendo una vez, y cerró los ojos disfrutando de los diestros dedos del músico que apenas la estaban tocando en la piel de su espalda.

―Sí, por las náuseas. Además me di cuenta que no menstruaba, pese a que soy muy regular con eso ―explicó, metiendo sus manos tras el cuello del músico. ―Después supe que la dosis de anticonceptivo no había sido la adecuada, entonces intuí que algo pasaba. Compré el test y me lo hice en el apartamento de Alice… bueno, el de Alice y Jasper.

―Y entonces resultó que las dos salieron embarazadas casi al mismo tiempo…

Isabella sacudió la cabeza y se largó a reír. Si ella estaba en shock, Alice parecía haber estado navegando por otro mundo totalmente pasmada con esta noticia que no vio venir. Nunca se planteó la idea de ser madre, por eso sus dudas acerca de decirlo o tomar otras decisiones que Isabella no compartió en su momento con su mejor amiga.

―Sí, pero Alice lo intentó mantener en secreto, porque no estaba segura de querer ser madre.

Eso hizo que Edward alzara las cejas. ¿Acaso Alice se había planteado la posibilidad de no tener al bebé? Ojalá esa conclusión no llegara a saberla Jasper, pues conociéndolo, se moriría de la pena.

― ¿Por la reacción de Jasper? ―preguntó Edward con un tinte de preocupación.

Si Alice lo había pensado porque no sabía cómo es que iba a reaccionar Jasper con la noticias, es porque no lo conocía bien.

―Y por lo que ella misma piensa o pensaba de la maternidad. Quizás esta noche después de ver a Jasper tan decepcionado de saber que no era de él el test de embarazo, cayó en cuenta de que era lo que ella quería.

Relajado con la respuesta de su chica, soltó un suspiro y acercó su boca al cuello que la camiseta de algodón dejaba expuesto, dejando allí un sonoro beso que a ella la hizo reír.

―Ajá… ¿o sea que la dosis de anticonceptivo que el hospital suministra para sus trabajadoras estaba errada? ¿Habrá embarazos masivos por allí?

―No… ―se rio ella ―Alice simplemente se saltó un par de pastillas, es todo.

―Es todo… ―mordió su cuello y esa se carcajeó, encantada y feliz ―Por cierto, ¿no crees que deberíamos hablar con tu madre, sobre la idea de vivir juntos? Sobre todo ahora…

Ella rodó los ojos cuando recordó y rememoró para Edward una charla respecto de ese tema, que su madre y ella habían tenido.

―Ella ya me lo comentó. Me dijo que sería lo ideal, y que por favor no evitáramos esto por miedo a dejarla sola.

―Jamás se me pasaría por la mente. Ella se viene contigo, incluso soy capaz de traer a la lagartija esa…

―Kal-El ―rectificó Isabella, con mucho orgullo. Él rodó los ojos y siguió adelante.

―Ese… así que por la mañana al desayuno, hablaremos con ella. Además, habrá que darle su espacio ahora que hay un galán rondándola…

Isabella arrugó la frente y recordó cómo es que ese galán abogado había cortejado abiertamente a su madre. No era algo a lo que ella estaba acostumbrada, pues nunca había ocurrido algo similar, pensando que las sonrisitas que don Nicola Anconetani, el dueño de la panadería, eran los únicos coqueteos que su madre recibía, pero de las que no se percataba.

―No bromees con eso. No me cabe en la cabeza que alguien como Peter se haya pasado casi toda la velada cortejando a mi madre.

― ¿Y por qué te parece tan extraño? Tu madre es una mujer atractiva, y no lo digo solo por lo bien que se conserva para sus cincuenta y tantos, sino porque su actitud es atractiva. Peter no es un chiquillo, y no tiene romances a diestra y siniestra, así que puedes estar tranquila. Y si es la edad lo que te preocupa, que él sea menor que ella…

―No lo digo por eso, es solo que… jamás le he conocido un novio ni nada por el estilo. No quiero decir que no se lo merezca, simplemente no quiero que le hagan daño.

―Bueno, si las cosas siguen entre ellos y sabemos que Peter le ha causado algún daño como dices, voy y le rompo la cara con mis puños boxeadores, ¿te parece?

―Seguro, Rocky Balboa…

―Ya verás, niñita… ―dijo, tomándola por la cintura y arrojándola a un costado donde ambos estaban, disponiéndose a pasar una noche de paz y amor, sobre todo de amor, con esa mujer que era su vida y la que llevaba dentro de ella, la conexión imposible de quebrantar.

**oo**

La alegre Ángela bajó aquella mañana de Navidad a desayunar con su padre. Él ya estaba esperándola sentado en la cabecera de mesa, leyendo su periódico, el que apartó cuando su hija dejó sobre su mejilla un beso como aquellos que le daba cuando era pequeñita.

―Te levantaste con buen ánimo hoy, ¿no? ―dijo Aro, mientras miraba a su hija sentarse a su derecha de la mesa rectangular de ocho puestos, la misma que habían compartico la noche anterior en la cena de navidad.

― ¡Es Navidad, señor Vulturi! ―dijo, mirando con una sonrisa de agradecimiento a Marianne, la ama de casa, que en ese momento estaba vertiendo en su taza chocolate caliente. ―Por cierto, ¿agradecí tu regalo de navidad?

Aro rodó los ojos y sacudió la cabeza mientras tomaba un sorbo de jugo de naranjas recién exprimido.

―Un montón de veces, así que no vuelva a hacerlo.

Ángela asintió y tomó una tostada sobre la que puso una buena cantidad de mermelada de frutilla, su favorita.

―India es un lugar que soñaba recorrer y pensaba hacerlo, después de haber ahorrado unos diez años, supongo… ―comentó risueña, mirando de reojo a su padre, que inhalaba el aroma del café recién hecho antes de beber un sorbo.

―Ya no es necesario. Toma el viaje cuando quieras y no repares en gastos. Ya sabes lo poco que me gusta que no aproveches lo que pongo a tu disposición.

―¿Hablas del dinero? ¿Te molesta que no lo despilfarre a diestra y siniestra como ya quisieran hacerlo otras hijas?

Aro inspiró y juntó sus manos bajo el mentón, mirando a su hija que debatía con él respecto al tema de su dinero.

―Sabes que no consentiría que fueras una chiquilla floja que no hiciera más que gastar el dinero que gano. Amo el hecho que trabajes, que sirvas a la comunidad, pero me gustaría que aprovecharas tu juventud. Aún sigo sin conocer a ningún novio tuyo, primero porque estabas ocupada estudiando, y ahora por el trabajo…

―Pensé que eras un padre celoso y que no querrías que te presentara a ningún novio…

―No me opondría a que fueras monja, hija mía.

Ángela se carcajeó y se levantó para dejar otro beso en la mejilla de su padre al que tanto adoraba.

― Prometo que serás el primero en saber si me enamoro ―aseguró cuando volvió a su sitio en la mesa. ―Y sobre el viaje, ¿no te gustaría que fuéramos juntos?

―No es una mala idea, lo pensaré, antes debo resolver algunos… asuntos ―dijo, pensando en su Bella y en su hijo Edward, decidiendo sobre este último hablar con su hija. ―Por cierto, hay algo que tengo que decirte.

Ángela masticó la comida mirando a su padre con ojos expectante. Ya estaba usando ese tono de voz que denotaba misterio y que a ella le ponía la piel de gallina.

― ¿De qué se trata? ―preguntó con cautela y curiosidad. Su padre limpió la comisura de sus labios y se apresuró en contestarle.

―Uhm… hace un tiempo me enteré que tengo un hijo.

Ángela soltó la cucharita de plata y se quedó mirando a su padre con la sorpresa dibujada en su rostro, como si a él se hubiera convertido en alienígena. Su padre soltó el notición sin ninguna clase de charla previa como para prepararla. Sin duda, Aro Vulturi conservaba el estilo único que lo caracterizaba.

―Pero… pero…

Aro no pudo evitar sonreír por el rostro de estupefacción de su hija y la confusión, por lo que pasó a aclararle resumidamente la historia.

―Una muchacha que conocí cuando era muy joven. Vivía en una zona apartada, en medio de un campo. Perdí contacto con ella y ahora que regresé, me reuní con una amiga en común de ambos, la que me lo dijo.

―Oh, vaya…―dijo ella, sin poder creérselo ― ¿Y quién es? ¿Él ya lo sabe?

Aro asintió a la vez que bebía de su café.

―Lo sabe pero le está costando hacerse a la idea. Hablé con él hace unas semanas.

Y lo entendía, pensó Ángela, cuya cabeza estaba corriendo a toda velocidad mientras le tomaba el peso a la información que su padre acababa de darle como si fuera un regalo atrasado de navidad. Tenía tantas preguntas, que no sabía por cual comenzar, solo soltó la que se le vino primero, respecto a eso último que su padre había dicho.

― ¿Por qué dices eso de que le cuesta hacerse a la idea de que eres su padre? ¿Piensa que no te quisiste hacer cargo de él? ¿Por eso?

―Supe de su existencia hace apenas unos meses, así que no puedo declararme culpable. Me temo que el asunto es un poco más complicado…

― ¿Complicado por qué? ―insistió ella, queriendo averiguar más. Él la llevó a la calma levantando una mano con la palma abierta.

―Sabrás todo en su momento.

Pero Ángela parecía no oír a su padre, pues la ansiedad de saber a su hermano estaba escalándole por la garganta, incontrolable.

― ¿Y quién es, cuál es su nombre?

―Eso también lo sabrás a momento.

Ángela bufó molesta, tomando un buen trago de chocolate, dejando caer luego la taza contra el plato con un fuerte golpe.

― ¿Por qué no me lo quieres decir ahora? ¿A caso no me quiere conocer? ―preguntó, sonando un poco ofendida, molesta quizás. ¿Qué de malo tenia para que su padre no quisiera presentárselo o al menos decirle de quien se trataba?

Él torció la cabeza y extendió su mano hasta dar con la de su hija, apretándola levemente.

―Ángela, hija, aun no es el momento, no puedo apresurarme y arruinar todo con él. Te dije que está quisquilloso con la idea de ser mi hijo, así que debes tomarlo con calma, por favor ―dijo con tono suave, como de quien lo usaba para pedir un favor, aunque en verdad lo que Aro estaba dando era una especie de ordenanza. Cuando vio que su hija dejaba caer sus hombros y soltaba un suspiro, estiró su mano y acarició el rostro de la hermosa joven. ―Yo mismo me encargaré de hacer las presentaciones espero que dentro de muy poco, lo prometo. De momento solo te puedo asegurar que él va a adorarte cuando te conozca.

Ella esbozó una pequeña sonrisa torcida, que convenía haría caso a su papá, dejando el tema de lado, al menos por un rato. Siguieron hablando sobre el trabajo de Ángela, los negocios de Aro y el viaje que éste le había regalado, proponiéndole lugares que no debía dejar pasar.

Cuando acabaron de desayunar, ella se dirigió hasta su dormitorio y él a su despacho a revisar unos asuntos muy importantes, los que tenían nombre de mujer, su mujer.

Se sentó detrás de su escritorio y levantó el auricular del teléfono, comunicándose con su informante, al que había dispuesto para que le siguiera los pasos a Isabella. El hombre respondió en menos de dos segundos.

―Infórmame ―demandó Aro, echándose hacia atrás en su silla, esperando la respuesta del informante que puso a disposición para seguirle los pasos a Bella las veinticuatro horas del día.

Señor, la señorita Swan dejó el apartamento en vísperas de Navidad con su madre. Están actualmente alojando en el apartamento del señor Masen.

―Genial… ―murmuró derrochando ironía. Su hijo estaba tomando ventaja, pero él no demoraría en salir a escena y tomar la delantera.

Y hasta ahora nadie ha abandonado el apartamento.

― ¿Su madre está con ellos?

―Sí, señor.

―Gracias. Comunícame cualquier cosa que suceda.

Como usted ordene.

Aro colgó el teléfono y suspiró, cansado. Ya era suficiente tiempo de esa actitud pacífica y sentía que estaba desperdiciando tiempo. Ya le había dejado tomar por si sola a ella la decisión de volver con él pero al parecer iba a necesitar un empujoncito.

Bella estaba encariñada con su hijo y no podía culparla, pero seguro con el tiempo entendería que lo que en verdad ocurría era que inconscientemente Bella lo buscaba a él en su hijo, pero seguro el cariño que había anidado por él no tenía comparación a la pasión arrebatadora que surgía entre ambos cuando estuvieron juntos, tanto que ella olvidaba todo y se entregaba a él, loca de pasión.

Pensativo, pasó la mano por sobre la base de la mesa y sonrió de saber lo feliz que sería cuando la volviera a poseer sobre la base de esa mesa, dejando su odiosa historia de amor con el músico atrás, que seguramente no la hacía sentir como él. Pero esa relación tenía tiempo de caducidad, muy, muy prontamente. Él se encargaría de eso. Era su tarea abrirle los ojos a su hijo y recordarle a su mujer eso, que era suya. Y de nadie más.

Edward era un hombre joven y atractivo que no demoraría en reemplazar a Bella. Los artistas como él, eran muy volubles y seguro iban amando a mujeres a diestra y siniestra, por lo que las promesas de amor que Edward le haya podido hacer a su mujer no tenían validez alguna, estaba seguro.

Lo sacaron de sus pensamientos los golpes rápidos que su asistente profirió contra la puerta antes de entrar. Lo saludó con un asentimiento de cabeza cuando estuvo frente a él, al otro lado del escritorio.

―Qué sucede Luis ―demandó Aro.

―Una visita inesperada me temo, señor.

― ¿De quién se trata?

―Gianna.

El rostro de Aro se contrajo de rabia, al igual que los músculos de su cuerpo se tensaron por la repentina información que su mano derecha acababa de darle. ¿Cómo era posible que esa mujerzuela se atreviera a pisar su casa?

―No me digas que la hiciste pasar.

—Está al otro lado de la entrada y demanda verlo. Dice que no se moverá de ahí hasta que lo consiga, de lo contrario se pondrá a gritar como una loca… incluso amenaza con esperar a que salga la joven Ángela para verla…

―Sobre mi cadáver ―juró, poniéndose de pie. ― ¿Dónde está mi hija?

—En su recamara.

―Es mejor ir a ver que quiere esa demente, antes que mi hija la vea. Seguro se le acabó el dinero que se tiene que haber gastado en drogas y alcohol.

Caminó decidido Aro hacia la entrada de su casa, cuya propiedad estaba bien resguardada detrás de altas verjas de hierro que contaban con un sistema de seguridad casi inquebrantable. Si alguien se atrevía a intentar saltarlas para entrar a la propiedad, seguro se electrocutaría. Además estaban todos los hombres de seguridad que flanqueaban el entorno, los que tenían la orden de disparar por si alguna persona entraba con afán de robar. Ciertamente Aro no demoraría en dar esa orden si supiera que esa mujerzuela se atrevía a atravesar la entrada como la vil ladrona que era.

De lejos la vio: delgada y alta, desgarbada y sucia, cuya edad se le había venido encima después que comenzara a abusar de las drogas y el alcohol, cuando el sexo no fue suficiente para ella.

― ¡Veo que le haces honra al espíritu navideño! De otra forma no te habrías dignado a venir a verme…

― ¿Qué demonios quieres? ―preguntó Aro al otro lado de la verja, dialogando con la mujer entre los barrotes. Tenía sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón, intentando verse relajado, aunque verdaderamente no lo estaba.

― ¡Quiero ver a la hija que me quitaste!

Aro estrechó sus ojos amenazantes hacia ella y no se movió cuando ésta se acercó y se aferró a los barrotes del enrejado, exponiendo su rostro sucio y furioso que ella pensó sería una amenaza para Aro, quien simplemente se río ante la exigencia de esa mujer.

Gianna fue una de las mujeres que estaban al servicio de los señores que iban al club de sexo, el mismo donde años más tarde llevó a Bella, intentando que ésta se adaptara con los actos que allí ocurrían. En su tiempo, la mujer sucia y desaliñada que demandaba incoherencias frente a Aro, fue una de las mujeres más cotizadas en el lugar. Con su garbo propio de los italianos, y que Aro conocía tan bien, no dudó en pedirla a ella cada vez que iba al club. Incluso permitió llevarla a la casa y pasar allí un buen rato, esto hasta que la mujerzuela, como parte de un plan bien urdido, quedó embarazada a propósito, con tal que Aro sentara cabeza con ella y la convirtiera en su esposa.

Aro desconoció la paternidad del bebé que Gianna había tenido, pero tiempo después y a través de exámenes, él se aseguró que la niña sí era su hija, esto cuando la italiana fue echada del club por incumplir normas, quedando prácticamente en la calle, sin dinero ni los lujos que acostumbraba a recibir por parte de los visitantes.

Quédate con mi Angelita y dame dinero, mucho dinero… te juro que no volveré a molestarte… ―le había suplicado Gianna aquella vez, cuando llegó con un pequeño bultito de cuatro meses envuelto en una vieja y sucia manta de lana.

Después de asegurarse Aro que esa niña era suya, le dio dinero a Gianna, que renunció a la maternidad de la niña, entregándosela a Aro, que tuvo plena potestad sobre la niña, y que amenazó de muerte a Gianna por si se le ocurría regresar algún día por su hija.

―Yo no te quité a ninguna hija ―le respondió en voz baja Aro, acercándose unos pasos más cerca de los barrotes de hierro por sonde Gianna asomaba su cara sucia. ― ¿Me la vendiste, lo olvidas? Estuviste de acuerdo en desaparecer a cambio de una generosa suma de dinero…

― ¡Pero ahora quiero ver a mi niña!

―Tu niña te odiaría en el momento que supiera lo que hiciste…

―Ella es buena, sabrá entenderme… además estoy segura que no sabe qué clase de padre es el que tiene…

―Lo sabe, Gianna, por supuesto que lo sabe… ―en un rápido movimiento, aferró a la mujer por el suéter negro que llevaba puesto, apretándole el rostro con violencia contra los barrotes ―Esfúmate de mi vista, Gianna, o atravesaré tu cráneo vació con una bala. No vuelvas por aquí o mis hombres te dejarán hecha un colador humano. Lo mismo ocurrirá si sé que estás siguiendo a mi hija…

―Pero… ―lloriqueó la mujer de la desesperación y el dolor ―es que quiero verla… por favor… Aro, haré lo que sea…

― ¿Quieres verla? Devuélveme el dinero que te di y podrás verla…

― ¡No lo tengo! ―exclamó presa de la desesperación y de las manos de Aro que la aferraban contra la reja ―Pensaba que tú pudieras darme algo…

Aro le dio un empujón a la mujer, haciéndola trastrabillar y caer al suelo. La miró con desdén y asco, dándoles órdenes a sus hombres que rodeaban sin quitarle los ojos furiosos de encima.

―Ya saben lo que tiene que hacer si esta mujer vuelve a aparecerse por aquí.

Se dio media vuelta, seguido por Luis, que caminó unos pasos detrás de su patrón, mientras que su espalda la mujer se volvía a levantar y pedía clemencia aferrada a los barrotes, peleando con los hombres que estaban apartándola de la propiedad, pidiéndole que se fuera por las buenas o tendrías que poner en marcha la orden del jefe.

―Luis, pon un par de hombres a seguir a Ángela y no permitas que esa mujerzuela se le acerque.

―Como ordene señor… ―Luis arrugó el entrecejo y se atrevió a hablar, dándole su parecer al jefe ―Ejem… Señor Vulturi, si me permite, ¿no sería mejor que hablara con la niña Ángela sobre esta mujer?

―No voy a hacer pasar a mi hija por la vergüenza de saber que es hija de una puta.

―Ciertamente señor, pero quizás podría advertirle que alguien lo ronda a usted y que está inventando una sarta de mentiras para obtener dinero… Digo, la niña no pondría su palabra en duda y así estaría en sobre aviso por si Gianna se vuelve a aparecer sin que nadie se de cuenta.

Aro soltó el aire de sus pulmones frente a la puerta, justo antes de entrar. Quizás su hombre de confianza tenía razón, y era mejor dar un paso adelante. Pero debía pensarlo bien, no podía tomar esa decisión a la ligera.

―Lo pensaré, Luis. Lo pensaré.

Después de eso entró a la casa, y caminó directo a su estudio, con la imagen en su cabeza de la italiana rogándole por su hija. Él había salvado a su hija de las garras de esa mujer, y lo volvería a hacer si era necesario.

**OO**

Era increíble ver a Renée moverse alrededor de la cocina de discreto tamaño como si hace ya tiempo estuviera familiarizada con el lugar. Tanto Isabella como Edward la miraban con asombro mientras la futura abuela se movía de un lado a otro, hablando de una cosa y otra, recordando lo especial que había sido la cena de la noche anterior. Edward, divertido pero en silencio, pensaba que quizás el ánimo de su suegra se debía además de saber que sería abuela, a que un hombre menor la estaba cortejando.

― ¡Estoy tan emocionada! ―exclamó Renée, sentándose otra vez en su lugar frente a los futuros y novatos padres. ―Alguna vez tejí, pero perdí la práctica. Seguro ahora tendré que comenzar otra vez.

― ¿Renée…? ―Edward carraspeó, rascándose la nuca. Él no sabía nada de tejidos ni agujas para tejer y quizás era un estúpido por preguntar, pero… ― ¿Renée, puedes tejer… ya sabes, estando ciega?

Isabella soltó una risita y Renée elevó el mentón, dirigiendo su rostro hasta donde sabía estaba Edward sentado.

―Para que usted lo sepa, señor músico, los ojos no son del todo necesarios cuando los dedos saben hacer bien su trabajo ―levantó sus manos y movió con orgullo los diez dedos de sus manos ―y yo soy experta con esto.

Isabella levantó el mentón con orgullo, mirando a su novio con altivez. "¡Chúpate esa, Edward Cullen!"

―Tienes razón, tienes razón ―sacudiendo su cabeza un poco avergonzado. Entonces sonrió y estiró la mano tomando las de Renée entre las suyas. ―Entonces estoy seguro que si eres capaz de tejerle algo a mi hijo, serás capaz de tejerla algo lindo a su padre.

― ¿Me estás desafiando?

Isabella no podía sentirse más feliz de ver el cariño que había entre su madre y el hombre que amaba, entonces se los imaginó conviviendo día tras día, lo que le ayudó para ser ella la que planteara el tema.

― ¿Mamá, te gusta este lugar?

― ¿El apartamento? ―preguntó Renée, sorprendida por la pregunta de su hija ― ¡Dios, es fabuloso y lo mejor es que está justo frente al mar!

Isabella sonrió y miró a Edward quien devolvió para ella la sonrisa y le guiñó un ojo.

― ¿Y no le gustaría disfrutar de esto todos los días? ―intervino Edward, tomándole la mano a su chica, agradeciendo que fuera ella la que sacara el tema a colación.

― ¿A qué te refieres?

―Me refiero a que no me creo capaz de seguir viviendo solo, menos ahora cuando sé que la mujer que amo está embarazada.

―Ejem… bueno, eso fue algo que yo le dije a mi niña, y me parece de lo más normal que quieran empezar a vivir juntos. Los tiempos han cambiado ahora y una no espera que su hija salga de la casa directo al altar de una iglesia, vestida de novia…

Edward entendía las aprehensiones de Renée, y haría lo posible por mantenerla a raya, al menos que no fueran sus razones para oponerse a la idea, o pensar que era muy apresurado. Debería estar tranquilo después de saber que su suegra y su mujer hablaran del tema, pero quería que Renée supiera que él aseguraría la felicidad y la seguridad, no solo se Isabella y su hijo, sino el de ella también.

―Renée, me acabo de divorciar hace unos meses y me parece correcto esperar un tiempo, pero le juro que habrá boda, la que usted siempre esperó para su hija, pero no voy a poder aguantarme hasta entonces…

―Yo lo entiendo, de verdad… es solo que… ustedes serán una familia, y no tienen que cargar conmigo…

― ¡¿Cargar?! ¡Dios, Renée, no sabe lo que dice!

―Mamá ―intervino Isabella ―vamos a necesitarte a nuestro lado, y que yo venga aquí a vivir definitivamente, depende de si tú quieres venir también. No voy a dejarte sola, ni Edward tampoco lo permitirá. Te necesitamos…

―Yo sería el más feliz de tenerlas a ambas aquí… ―dijo entonces Edward, esperando la reacción de Renée, que será su respuesta definitiva, la que no tardó en llegar.

― ¡Oh, no tienen que seguir rogando! ―se levantó de la silla y puso sus manos sobre sus caderas ― ¿Cuándo puedo traer mis cosas?

Entonces el músico se levantó también de su silla y se le acercó, rodeándola con sus brazos en un cariñoso y sentido abrazo.

― ¡Dios, Renée, hoy mismo! ―exclamó, dejando un beso en su mejilla ―Ha hecho de mí un hombre feliz.

Isabella en tanto los miraba con su mentón afirmado sobre sus manos, sin evitar que su sentimentalismo brotara al mirar la forma en que las dos personas que más amaba en este mundo se querían entre ellas.

―Por cierto, hoy no almorzaré con ustedes ―dictaminó Renée, aun abrazada al torso de Edward. El músico la miró y alzó sus dejas, a su vez mirando a Isabella que se secaba las lágrimas rodaba los ojos, sabiendo el por qué no almorzaría con ellos.

Al día siguiente, Isabella tuvo que retomar su trabajo con la alegría que había dejado en ella la fiesta de navidad. Con quien primero que se encontró al llegar a la UCI cardiaca del hospital fue con Eleazar, que le dio un fuerte abrazado de oso, preguntándole por ese brillo especial que refulgía en su mirada.

―Cuéntame, amiga ―le insistió el doctor Ananías, dándole juguetones golpes en el hombro. ― ¿Qué tipo de regalo recibiste, que te tiene tan feliz?

Isabella sonrió y esperó que no fuera un desatino contarle a Eleazar sobre el perfecto regalo que había llegado a llenar su vida y su corazón.

―Estoy embarazada.

Poco a poco la boca y los ojos del cardiólogo se abrieron ampliamente, tanto que Isabella no pudo aguantar reírse por el gesto en el rostro del doctor.

― ¡Dios mío! ¡Qué alegría enterarme que voy a ser el padrino de ese lindo bebé! ―exclamó, tomando a Isabella por la cintura, y haciéndola girar sobre sus pies. "Espero que Edward no se enoje por esto…". Cuando la dejó en el suelo la tomó por los hombros y la miró directo a sus claros ojos. ―Isabella, es maravilloso. ¡Diablo! No me lo esperaba… tan rápido… y bueno, ¿cómo se lo tomó el músico?

La última pregunta se la hizo caminando por los pasillos, con su brazo derecho rodeándole los hombros. Ella le comentó relajadamente cómo habían pasado las cosas, atragantándose el doctor con su saliva cuando Isa le reveló que Alice también estaba embarazada, con un par de semanas más que ella.

― ¡Dios! ¡Ustedes dos sí que saben hacer las cosas! ―comentó el doctor, carcajeándose.

―Fue un buen regalo para todos ―dijo Isabella, recordándole algo al doctor.

―Hablando de regalos, por supuesto tengo tu regalo que está en mi consulta, y muy temprano llegó una caja a recepción con tu nombre.

― ¿Para mí?

―Sí, niña. Ve por él antes de ponernos manos a la obra. Tenemos una operación en agenda.

Isabella, movida por su inherente curiosidad, corrió a recepción por su regalo, el que pensó había dejado para ella en ese lugar su gracioso novio, solo para sorprenderla. La recepcionista puso una caja pequeña sobre el mesón, guiñándole un ojo. Y en cuanto Isa vio la cajita un nudo apretó su estómago. El papel celofán y la cinta en tonos oro le dijeron que ese regalo no venía de parte de su novio.

Con sus manos temblorosas miró la tarjeta que venía sujeta a la cinta, vio una letra ruda y cursiva que le revolvió el estómago:

"Para Bella, con profundo amor, en esta navidad"

Esa no era la caligrafía elegante de Edward. Aun así, desató la cinta, quitó la tapa y apartó el papel de ceda que tenía el nombre Cartier impreso sobre éste, revelando el contenido: un reloj de oro y brillantes, imponente, ostentoso… nada como lo que a ella usaría. Nada como lo que ella usaría. Por lo que tapó la caja y miró a la recepcionista que decepcionada, esperaba que le mostrara el contenido del regalo. Cuando Isabella le entregó la caja, la miró como si estuviera loca.

― ¿Por qué me lo entregas?

―No lo quiero. Devuélvelo, tíralo o quédatelo. No lo quiero ―reiteró, antes de darse la vuelta y ponerse en marcha en su trabajo. No alcanzó a ver el rostro asombrado de la chica cuando abrió la caja y vio el regalo, gritándole si acaso estaba loca.

Loca estaría si aceptara el regalo, que no era más que un recordatorio de que seguía alrededor suyo, vigilando sus pasos. Trató de que el temblor en sus rodillas no la hiciera caer, ahora debía ser fuerte y prudente, no por ella, ni siquiera por Edward, sino por el hijo que llevaba dentro. Eso la hacía más fuerte, tanto que ni todo el poder que Vulturi había desplegado sobre su voluntad alguna vez en su pasado, podría con ella.

**oo**

Así como la fiesta de navidad tuvo su momento de auge, la fiesta de fin de año tomaba su turno y como había acordado Carlisle, el fin de año era el turno de Esmerald para pasar la fiesta con Jane en una fiesta en la costa, mirando los fuegos artificiales. Confirmó que el día primero de enero durante la noche iría por la niña a casa de ella a buscar a su hija. Así es que la dejó con su madre y se dirigió al apartamento de su hijo, donde se desarrollaría otra fiesta que había nacido de forma casi espontánea pues había mucho que celebrar.

Cuando Carlisle estuvo lejos, Esmerald, usando sus trajes de falda de tubo y blusas de ceda, sentó a su niña sobre las piernas y le preguntó sobre cómo lo había pasado en navidad. La niña no paró hasta que le contó con lujo de detalle primero sobre el concierto que su hermano dirigió, y lo de la cena del día veinticuatro, detallándole uno por uno los regalos que había recibido, incluyendo los peces que debía ir a buscar.

― ¿Y… no pasó nada más? ―preguntó como que no quiere la cosa Esme, peinando el cabello rubio de su hija.

―Ah, sí ―recordó la niña, rascándose la nariz ―Edward va a ser papá.

El piso bajo los caros zapatos de Esmerald se abrió, debiendo sacar a su hija de sus faldas, la que aprovechó para correr hasta el pie de árbol y ver qué regalos había dejado Santa allí para ella, mientras Esme repetía lo que su hija había dicho.

Se inclinó junto a Jane y la tomó por los hombros, obligándola a mirarla. Debía asegurarse de que lo que decía era verdad y no parte de la infantil imaginación de su hija.

―Jane, cariño, ¿Cómo es eso de que Edward será papá?

―Eso… dijeron algo de un test de… embarazo, y yo no entendí bien qué significaba. Le pregunté a mi papi y él me dijo eso, que Edward será papá, o sea que yo voy a ser tía.

― ¡¿Esa…?! ―se controló antes de decir puta delante de su hija para referirse a la enfermera entrometida ― ¿Isabella está embarazada?

―Sip, eso mismo.

―Oh, por Dios… ―murmuró, impactada, levantándose y apartándose de su hija. ―Debo tomar cartas en el asunto… y Aro tendrá que ayudarme.