La noticia continuó su desarrollo de fondo retomando el ataque a la mansión Devau. Cuando King cortó el sonido de la pantalla el silencio pesó sobre todos al mismo tiempo. La mujer deslizó las manos por la mesa hasta posicionar los codos y enredando el cabello entre sus dedos, bajó el rostro sin mirar a nadie. En medio de aquella filosa quietud, los ventanales cerrados enmarcaron la caída perezosa de la nieve de diciembre, una fecha en la que Amelie ya no estaría más.

Kaoru se levantó en un movimiento ralentizado, el dolor del que era presa se erigía en la culpa. Ella había sido la detonante, ella debía asumir la responsabilidad y quitar el peso de aquella tragedia a todo el grupo.

— Es mi culpa. —sonó la voz gangosa de la chica. Dio un par de pasos al centro de la mesa y se expuso ante todos—. Yo...yo no debí apresurarme de esa manera. Lo siento tanto. — expresó con absoluta sinceridad mientras inclinaba su cuerpo frente a King—. Yo no...—

— No es culpa de nadie niña. —Interrumpió Terry, siendo incapaz de ver su menuda figura amoratada, asumir tal responsabilidad—. Las cosas no salieron como esperábamos. — Posó una mano sobre el hombro de la joven que parecía bastante afectada pero respiraba con calma manteniendo la inclinación.

— Si de alguien es la culpa... —agregó Benimaru—. Es de todos. Estábamos conscientes del riesgo y aún así nos metimos a ese sitio...las únicas que cargaron con las consecuencias, fueron ustedes. — Puntualizó con amargura dando una mirada retraída desde la pantalla hacia Mai y Kaoru.

Kyo se dejó caer en una de las poltronas vacías, el resentimiento ebullía con fuerza y la imagen de Amelie nerviosa, pidiéndole no subir por Kaoru, se le hacía nítida. Desvió su atención a la caída fractal de la nieve pero no encontró tranquilidad en aquella visión.

— Fue una decisión unánime y no esperábamos que alguien aparte de nosotros saliera herido, o muerto...pero todo se dio así y no podemos cambiarlo. —incursionó Mai con rabia contenida—. Tal vez sea inapropiado decirlo en este instante, pero la razón de esta incursión era conseguir algo valioso a cambio del riesgo. Diganme que no salimos sin nada de allí. — Indagó doliente observando a Kyo y a Kaoru.

— Hay cambios gubernamentales que están haciendo que los Yagami escalen en poder. Incluso las sospechas de que están armando un ejército privado pueden ser correctas. —habló Kyo desde el sillón apartado, aun mirando la ventana—. Varios representantes de las familias influyentes no parecían muy felices con la posición actual del clan y lo estarán mucho menos ahora tras la agresión, donde debieron reconocer a un Yagami como atacante. Eso podría quitarnos los sabuesos Yagami de encima por un tiempo. —entrecerró los ojos haciendo una pausa mínima—. Lo que sea que hagan con el poder político será para adquirir algo que necesiten y eso no será gratis.. Puedo poner algunos ninjas a rastrear sus movimientos bancarios y concesiones. Si damos con sus representantes, podríamos obtener alguna pista de Takeshi. — Opinó casi como para sí mismo, denso, pensativo. Iori lo observó detenidamente. Algo en Kyo parecía cambiar con una sutileza que pasaba desapercibida para todos. Su despreocupada manera de enfrentar las cosas parecía haberse asentado en una posición más calculada. La idea de liderar a los Kusanagi estaba madurando en él, pensó con cierta satisfacción. Aunque no dejaba de inquietarle.

— Así no consigan la información deseada, es una muy buena idea. Nos permitirá saber qué podemos esperar de ellos. —intervino Terry y se inclinó sobre la mesa pensativo. — Supongo que el hecho de que el gobierno esté cubriendo los errores de los Yagami y los esté llenando de favores, es una forma de pagar la colaboración del clan. Pero dudo que sea solo una cuestión de posición. Debe tener algo que ver con el tema de Orochi. Sabemos muy bien que ese monstruo siempre ha estado relacionado a personas con capacidades económicas que faciliten a sus huestes reunirse. —agregó Terry— . ¿Descubrieron algo acerca de lo que buscan con él? — Preguntó.

— Aparte de lo que hemos especulado sobre forzar el despertar, no hay muchas respuestas. Me informaron que la proposición de colaboración del gobierno ante los clanes, fue inicialmente amistosa. Buscaban el apoyo de los líderes, pero por alguna razón que aún desconocemos tanto Chizuru como mi padre se negaron. Ahora ambos están muertos y seguimos con las mismas preguntas. — Respondió Kyo reticente regresando la vista al exterior nevado.

— Creen ser capaces de controlar a Orochi y han pactado con poderes desconocidos para lograr ese cometido. —habló Iori sentándose parcialmente en el espaldar del sillón central—. Eso solo demuestra su incapacidad para actuar solos. Tanto, que se están exponiendo a los riesgos que conlleva juramentar con otras fuerzas.

— ...aquella extraña sombra en Takeshi, no era la única que acompañaba a los monjes.— Agregó Kaoru pensativa con voz queda, continuaba parada frente a la mesa.

— Es cierto, aquel fuego de tonos negros que controlaba Takeshi emanaba una energía distinta a la del espectro que nos rastreaba. —corroboró Kyo mirando de soslayo la mesa—. De todas maneras si quieren lograr algo con Orochi, necesitan las reliquias. Ya poseen el magatama y el espejo pero no les sirve de nada sin el poder imbuido en nosotros. —sonrió irritado—. Primero buscaron que cedieramos lo que sea que nos ata a las reliquias, luego intentaron tomarlo por la fuerza... —suspiró—. No sabemos con seguridad qué demonios piensan hacer finalmente, pero cuando estuvimos cerca de encontrar una respuesta al buscar a Chizuru, la desaparecieron antes de nuestra llegada.

— Si lograran tomar el poder de Orochi, podrían desatar algo mucho peor que su resurrección. — Agregó Mai pensativa dando una mirada intensa a Iori y a Kyo—. Sabiendo lo importante que son los poderes de las reliquias y teniendo el espejo de Yata en su posesión. ¿Cómo es que aun no los han encontrado? — Preguntó intrigada.

— Debieron entender con Chizuru, que asesinar al portador no les facilitaba el poder de la reliquia. Aún así es posible que el espejo sea la razón por la cual han logrado rastrear nuestra posición haciendo uso de esa criatura. Ella sabía o sospechaba que planeaban...pero ya no importa, está muerta al igual que Amelie. Al igual que lo estaremos nosotros si no actuamos primero. —Esbozo Iori de manera agresiva—. Ellos necesitan nuestro poder para hacer funcionar las reliquias y eso nos da una ventaja. Si Chizuru deseaba nuestra ayuda para detener a esos bastardos, eso es justamente lo que haremos. — Puntualizó Iori cansado de aquellas expresiones alargadas e inútiles. Un silencio corto arrebujó entre todos contagiando un poco aquella determinación, aquella rabia. King levantó una mirada nada amistosa hacia todos.

— Creo que la pérdida sufrida en esa reunión fue muy grande... ¿Y todo para obtener una información que podría especularse? — Preguntó King con voz cortante, agresiva—. Nada de eso nos da respuestas ni pistas de cómo detenerlos. — Se levantó dando un golpe en la mesa. El eco de la madera fue la última palabra.

— Hay algo más. —interrumpió Kaoru con timidez segundos después—. Kioshi Yagami es un miembro influyente de mi familia y era un gran amigo de mi padre. Él fue la razón por la que arriesgue todo al subir a la segunda planta. Él prometió ayudarme y su contacto confirmó mi petición. Espero verlo dentro de pocos días. —bajo la voz entristecida mirando a King—. Se que nada de esto justifica la muerte de Amelie, pero él está dispuesto a entregarme información de lo que sucede en el clan y de los pasos de Takeshi. Él más que nadie teme por los actos del actual líder que los rige y podría ser nuestra mejor oportunidad para entender que planean y saber cómo evitarlo. —

— ¿Cuando concretaste eso? — Preguntó Benimaru con densa curiosidad. La chica titubeo.

— En las horas de la tarde. El señor Bogard me acompañó en la tarea y al comunicarme con el informante, este... —titubeo una vez más—. Me explico cómo debía ser nuestro encuentro.

— ¿Como debe ser su encuentro? — Preguntó Iori con tono severo.

— Debo ir completamente sola o no accedera a verme. —imperó la chica en medio del silencio expectante—. Confió en él. Se que podra ayudarnos, permítanme...—

— No. —cortó Benimaru— Obviamente no iras sola. —

— No linda, no nos arriesgaremos de nuevo. Nos encargaremos de que él no se de cuenta de nuestra presencia. — Agregó Mai.

— Esta vez estaremos mucho más cerca. — Espetó Terry con aire autoritario casi paternal. Kaoru bajo la cabeza en señal de agradecimiento. Sabía que no había nada capaz de hacerlos cambiar de opinión. Pero sabía también que era imposible que Kioshi no descubriera que iba acompañada.

— Confiar en otro Yagami...Espero que ese tal Kioshi nos de algo que nos permita alivianar, así sea solo un poco, la muerte de Amelie. — Espetó King reticente ante todos y se alejó de la mesa abandonando la sala de estar en dirección a la salida. Sus pasos aunque lentos, eran firmes. Salió sin mediar más palabras, salvo una amargura insondable mientras Benimaru cruzaba el dintel tras ella.

Tras la salida de King todo se sumió en una calma fría, al igual que los callejones escarchados que rodeaban el edificio. Cada quien parecía sumergido en sus propios pensamientos.

Benimaru regresó poco después excusando el temperamento de King, pero nadie parecía interesado en juzgarla. Todos entendían su dolor y cada uno cargaba la culpa a su manera. Nadie esbozó palabra alguna a excepción de Iori.

— Informame si descubres algo más Nikaido. Si lo hago yo, se lo haré saber a Kyo. — Aseveró el pelirrojo y se acercó al castaño que parecía ignorar su entorno, aun con la mirada perdida en el espacio vacío del ventanal.

La mente de Kyo reiteraba en las últimas palabras de Amelie, queriendo entender por qué la habían asesinado y por qué habían abandonado su cadáver a la vista pública. Imaginar el miedo padecido por ella al momento de su muerte le causó un fuerte nudo en el estómago que repercutió en rabia y culpa; ella no merecía eso.

Suspiro despejando la imagen e intentó razonar con objetividad. Al gobierno no le convenía un asesinato público y los Yagami no podían actuar mientras estuviesen bajo la mirada de las familias opositoras. Solo había una persona para la cual los actos de Amelie pudieron haber afectado enormemente su posición. El benefactor, pensó apretando los puños. Una sacudida leve rompió sus cavilaciones.

— Tu vienes conmigo Kusanagi. — Aseveró Iori jalando a Kyo del hombro. Este espabiló un instante y le observó sin comprender. El pelirrojo movió la cabeza en dirección a la puerta y abandonó el apartamento. Kyo se despidió con un gesto simple que le regresó Terry y Benimaru mientras Mai interrogaba a Kaoru.


Caminó tras el pelirrojo por el pasillo ocre de iluminación sutil hasta llegar al ascensor. Iori activó el cierre negandole la entrada a un hombre que se acercaba con la misma intención de descender. Pasaron varios segundos en silencio. Kyo parecía abstraído en los mismos pensamientos mientras los pisos eran dejados atras con delicada velocidad.

El pelirrojo miró detenidamente al Kusanagi. Apreció la marca limpia sobre su mejilla y los tonos miel de su mirada distraída, dolida. Extendió la mano hasta enredar los dedos en el cuello de la camisa de Kyo y lo atrajo hacia sí con un movimiento brusco. Aquel gesto que parecía más una amenaza que un acercamiento divirtió al castaño que había salido de su ensimismamiento.

— ¿Que sucede Yagami? — Indagó con sorpresa forzando una sonrisa, manteniendo la poca distancia entre ambos.

— Vas a dejar de culparte por todo lo que salga mal. —ordenó Iori—. Por que esta no sera la última vez que suceda.—deslizó los dedos por el cuello de Kyo, recorriendo el corte imperceptible hasta envolver la nuca del castaño con la mano—. No vas permitir que todo lo que suceda te afecte. Yo no te daré ese lujo Kusanagi. —aseveró con cierta docilidad en la mirada—. Deja que yo me encargue de esa parte. Lo hago mejor que tú. — Puntualizó con una sonrisa tenue, sin dar pie a negativas.

Kyo sintió el tacto tibio de Iori acariciando su cuello con un movimiento suave del pulgar y una fuerte pulsión por besarlo le envolvió. Deslizó una mano por el torso del pelirrojo y apretó con fuerza el cuello de su gabardina con la intención de hacerlo, pero el ascensor asentó su destino y las puertas se deslizaron ante una pareja mayor que esperaba en la zona del estacionamiento.

Los ancianos observaron estupefactos un instante y luego se amedrentaron por la mirada poco amistosa del joven alto de cabellos rojos. Kyo apartó a Yagami en un movimiento rápido, incómodo ante la observación aguda de los ancianos. Ambos salieron mientras la pareja mayor ingresaba con desconfianza, sin saber si habían presenciado algún inicio de riña o algo que preferían no considerar.

Iori avanzó hasta el coche sin mediar palabra y Kyo pensó que estaba molesto, pero luego reflexionó que ese era su estado natural y sonrió para sí.

Cuando el pelirrojo estaba a punto de abrir la puerta del auto, el castaño se lo impidió atravesando una mano sobre el vidrio. Se acercó de repente anulando toda distancia entre ambos y cruzó sus labios con los de Iori en un beso lento y poco delicado. Le importaba poco quién más pudiera estar en aquel estacionamiento, esta vez obtendría lo deseado.

La respuesta vino de manera inmediata seguido de las manos del pelirrojo. El gesto cálido y húmedo los dejó sin aliento, ciñendo con fuerza su cuerpos.

— Gracias. —susurró Kyo a pocos milímetros del rostro de Iori y se apartó lentamente bajo aquella mirada intensa—. Tienes una particular y ruda manera de preocuparte por mi Yagami. — Sonrió con gesto coqueto. Iori bufó dejando que el cuerpo de Kyo se deslizara de sus manos y abrió la puerta del auto.

— Mejor ve con tus niñeras del clan Kusanagi. No sea que su incompetencia para mantener vigilado a su futuro líder se vuelva una constante. — Comentó con tono cínico desapareciendo tras la puerta de vidrio polarizado.

La ventana se deslizó con elegancia y un objeto pequeño se elevó haciendo un arco hasta las manos de Kyo. El castaño observó unas pequeñas llaves desnudas y sonrió ante el abuso de confianza de Iori para con su amigo.

El auto arrancó y Kyo se quedó allí parado un instante, apreciando como las luces del mercedes destilaban reflejos blancos en los fractales helados del invierno. Guardó las llaves en su chaqueta y consideró tranquilizador caminar un poco bajo la débil nevada antes de regresar a la casona Kusanagi.


El el apartamento de Nikaido los días consiguientes cruzaron más calmos y amenos. Benimaru hacía mucho mejor de enfermero que Terry y las dos mujeres se recuperaban satisfactoriamente bajo sus cuidados.

Kaoru contaba las horas para que alguna llamada le diera indicios de la reunión con Kioshi, mientras Benimaru le enseñaba un sin fin de mascarillas particulares para el cuidado del cutis. La joven no lograba entender como un hombre podía saber tanto de aquellas cosas, pero le divertía la particular explicación de elementos y se sorprendía de lo bien que estaba su rostro en tan poco tiempo.

Habían estado compartiendo casi todo el tiempo juntos y la presencia del rubio era una constante agradable y balsámica para todo lo acontecido. Incluso en una ocasión, mientras Benimaru narraba algunos de sus viajes por el mundo, llegó a pensar que si hubiese podido elegir su vida y con quien compartirla, habría sido con él. Tras aquel pensamiento pasó varios minutos sacando excusas terribles ante las indagaciones de Benimaru, que intentaba entender porque ella se había sonrojado de repente ante su explicación sobre la comida Rusa.

Por otro lado Terry iba y venía constantemente. Se había encargado de buscar nexos entre lo que sucedía en japón y el despertar de las sectas en europa oriental. A pesar de obtener buena información con sus contactos no lograba encontrar un punto de relación entre ambos lugares, como tampoco lograba localizar a Andy o a Mary. Optó por confiar en el bienestar de ambos y no mencionarle nada a los demás. Ya tenían suficiente con los problemas de este lado.

La mayor parte de las horas que pasaba en el apartamento, empezó a compartirlas con Mai. Primero porque quería darle a su amigo Nikaido el espacio ideal para hablar con la chica Yagami, y segundo porque aquella mujer Shiranui, aunque tuviese una herida delicada en proceso de curación, actuaba como si fuera un rasguño. Más de una vez tuvo que reprenderla por su falta de cuidados para consigo misma, ante lo cual Mai terminaba bromeando y llamándolo "Daddy" con un gesto poco fraternal que lo ponía nervioso.

Luego de varias ocasiones que daban pie a comentarios jocosos, Terry ya se había acostumbrado a la natural coquetería que Mai manejaba en su trato personal.

Nunca había profundizado mucho en su relación con ella y se sorprendió descubriendo a Mai Shiranui como una persona fuerte y decidida, pero con ciertos matices de docilidad rayanos en la inocencia. Cualidades que corroboró cuando siguiendo uno de los comentarios coquetos de la mujer, le respondió algo que la hizo sonrojar con tal intensidad que finalmente rieron juntos al ella evadir el tema de conversación.

Hasta aquel momento no había novedad alguna.


Kyo se vio completamente absorto por el protocolo previo a la ceremonia. La casona Kusanagi estaba acogiendo a los ancianos jefes que aún vivían y a los sucesores, solo un poco más jóvenes, que incursionan ya en la representación de sus congéneres muertos.

Aquellos días era imposible eludir la mirada de todos y ocultar la herida en su abdomen fue toda una hazaña. Agradeció una vez más aquella terrible brecha en su energía que parecía traerle solo ventajas, por lo menos hasta el momento. Gracias a aquella grieta espiritual, como lo llamaban sus monjes de cabecera, su cuerpo había curado gran parte del daño en solo cuestión de días.

Después de las constantes advertencias de su madre para con la ceremonia de posesión, Kyo presentó oficialmente su intención de liderar el clan Kusanagi a pesar de ser el hombre más joven de todos los miembros del conglomerado que conformaba al clan.

Tras largas horas de debates internos y la resolución de algunas responsabilidades previas que Kyo debería asumir antes de su liderazgo, recibió el apoyo unísono de las cabezas del clan Kusanagi. En la ceremonia oficial, que esperaba celebrarse el día en que el castaño cumplia un año más de vida, todos aceptarían su guía y ofrecerían su absoluta obediencia al hijo de Saisyu Kusanagi.

El primer asunto que debía encabezar era el enfrentamiento ante la corte para defender al clan de la seria acusación expedida por la desaparición de Ichiro Yagami. Kyo no podía hacer mucho al respecto, pero dio la cara como representante del clan Kusanagi, respaldando con su presencia a los abogados.

La pelea legal causada por la demanda de complicidad en la desaparición del funcionario, terminó hábilmente en una contrademanda de los abogados defensores, que usaron la confrontación donde había caído el difunto líder Saisyu Kusanagi, como argumento de defensa; relacionado los asesinatos silenciados por el gobierno, comprobado gracias a la información que Iori había compartido con Kyo, de que existía un acuerdo previo con los Yagami.

Finalmente dada la delicada posición del clan Yagami frente a la política interna del país, las pocas pruebas contundentes que exponían las armas Kusanagi y la confrontación de los abogados por persecución política del gobierno hacia el clan, los Kusanagi ganaron el control sobre el caso y conciliaron las partes. El tiempo remanente ya no era algo en lo que Kyo tuviese que participar así que dejo el resto en manos de aquellos agudos profesionales.

Tras varios días de centralizar toda su energía en los asuntos del clan a causa de la visita de los ancianos y soportar una vigilancia de 24 horas gracias a los mismos, había tenido que evitar cualquier tipo de reunión con Iori y los demás. Aún así se mantuvo en constante contacto con Benimaru, el cual le informaba ocasionalmente acerca la rápida recuperación de las chicas y algunos detalles sobre las indagaciones de Terry.

Apesar de los pocos avances, aquello lo tranquilizaba, por lo menos en el lado de Benimaru y los demás. Por otro lado estaba Iori, y él, era un asunto diferente que no dejaba de incordiar.

Miró el móvil por quinta vez, seguía sin recibir respuesta a sus mensajes. Gruñó ansioso, su problema radicaba siempre en Iori. A pesar de no poder hablar con él, le escribía cada que tenía un esporádico momento de privacidad, pero este respondía escasamente y con pocas palabras. A veces era ilocalizable durante largas horas donde tampoco atendía las llamadas y esto enervaba a Kyo. No sabía nada del jefe espía de los Supaida y entendía bien que el pelirrojo podría terminar en otra incursión, solo, sin que se supiera cuándo ni dónde, asumiendo todos lo que eso conllevaba y sin pensar en nadie más.

Suspiro irritado, su último contacto se había dado el día anterior por medio de una llamada. Al hablar con él lo había notado algo esquivo y su voz sonaba agotada y reticente. A pesar de sus indagaciones, el pelirrojo había negado encontrarse mal y había cortado la llamada tras pocas palabras. Desde eso no sabía nada de él y aquello le generaba gran ansiedad, con Iori cualquier sospecha podía tornarse en un suceso peligroso y era justamente esa idea la que no le permitía a Kyo confiar en su bienestar.

Observó pensativo el móvil una vez mas. Iori había dejado claro con su postura que su intención con Saito era algo completamente personal, pero el castaño no estaba de acuerdo con los asesinatos desmedidos ni con el riesgo que podría correr al actuar de esa manera.

Tenía que buscar la forma de llegar a él sacando provecho del juego de llaves que le había cedido. Apretó el objeto en su chaqueta, debía buscar la manera de evadir la vigilancia Kusanagi sin parecer sospechoso.

Poco después del medio día abordó al jefe de escuadrón encargado de espiar a los Kagura. El hombre que había regresado tras una temporada de ausencia en otra prefectura, se reunió en privado con Kyo y este le indicó su nueva labor en cuanto a los Yagami. Le solicitó dividir su equipo para realizar aquella tarea y que cualquier información acerca de los movimientos económicos fuese organizada solo para su revisión personal.

Luego de finalizar el asunto de los Yagami, apreció con agrado como los ancianos se dispersaron en otras actividades y encuentros fuera de la casa. Aquello le alivianaba la constante vigilancia en el sitio y le indicaba que los viejos empezaban a confiar en su juicio. Aún así no podía precipitarse a salir de allí todavía.

Visitó por primera vez varios días la habitación de Yuki, esperando tener un espacio de tranquilidad donde no pesara la mirada expectante de los miembros de su familia.

Discurrió las puertas siendo recibido por el sonido intermitente de una palpitación artificial.

Cada vez que entraba a aquel lugar, percibía un tipo de máquina diferente, y según su consejero, los Kushinada no estaban muy conformes con la decisión del clan Kusanagi de mantener a Yuki bajo su cuidado y no confiaban en el tratamiento que le estaban dando los monjes. Aún así toda aquella atención médica no parecía haber mejorado en nada a la chica, por el contrario, Kyo observaba una debilidad aún mayor en aquel cuerpo vacío y verla así le generaba una profunda desesperanza.

"¿Dime Yuki. Que puedo hacer por ti?" Se preguntó en silencio mientras deslizaba los dedos con tacto delicado por su cabeza.

Se recostó en el dintel que daba al jardín e intentó pensar en algún modo que sonase razonable para salir sin la supervisión del clan pero no encontró ninguno. Tras varios minutos en los que su atención se desviaba constantemente hacia la chica decidió abandonar la habitación, no quería volver a entrar allí nuevamente hasta tener algún indicio de que hacer por ella. Se sacudió aquella desazón generada y caminó en busca de su madre.

Avanzó hasta el salón central donde ella solia pasar las tardes pero no la encontró allí. Apreció un instante la foto de su padre y sonrio con tristeza ante la emoción lejana que le provocaba. Ya estoy bien encaminado viejo, pensó mientras aceptaba el hecho de que pronto ocuparía el rol de su padre. Salió del salón.

— Señor Kusanagi. — Saludó el consejero desde su espalda cuando Kyo cerraba las puertas. El castaño saludó con un gesto simple.

— ¿Dónde está mi madre? — Preguntó sin mostrar mucho interés.

— Justamente buscaba a la señora, pero al parecer no se encuentra en la casa. —titubeo un instante el consejero—. Señor Kusanagi, yo debo ausentarme por razones personales. Podría ser tan amable de decirle a la señora Kusanagi que los abogados la esperan esta tarde para firmar la segunda conciliación por el territorio del templo. — Solicitó el hombre algo apenado, expectante a la respuesta de Kyo.

Al castaño le brillaron los ojos con una leve satisfacción. Era mucho más fácil despachar a un par de guardaespaldas desde las oficinas de los abogados que salir de la casona sin ser vigilado.

— No importa, vaya tranquilo. Yo me encargo. — Respondió jovial. El consejero algo dubitativo ante la buena actitud repentina de Kyo hacia algo que solía matarlo de aburrimiento como verse con los abogados, se inclinó agradecido sin esbozar palabra y se alejó pensativo.

Para las horas de la tarde Iori continuaba sin dar señal alguna y al hablar con Benimaru rumbo al encuentro con los abogados, preguntó disimuladamente si alguno sabía algo de él. Tras una pausa en la que el castaño esperaba alguna burla o comentario atravesado, el rubio que pareció notar su preocupación, se saltó su casual respuesta y preguntó a los demás, confirmando a Kyo la negativa.

Ya ante los abogados firmó presuroso y acertivo todo lo dispuesto por los hombres y les entregó completa libertad en el caso, casi sin escuchar sus argumentos. Los hombres sonrientes complementaron la papelería y despidieron al castaño al finalizar la tarde.

Aquello podría salir un poco más costoso de lo esperado, supuso Kyo, pero no le interesaba nada del tema en ese instante. El malestar causado por la ausencia de Iori no dejaba de crecer reemplazando todo pensamiento, algo estaba pasando, podía sentirlo. Ordenó a los guardaespaldas regresar a la casona usando todo el peso de su autoridad. Los hombres dudaron unos instantes pero cedieron ante la orden y Kyo tomó rumbo hacia el apartamento donde debía estar Iori.


Iori tragó un par de inhibidores más y los paso con un licor suave de la barra de su amigo. Las pesadillas eran cada vez más recurrentes y esto lo había llevado a pasar largas madrugadas evitando dormir. Aunque el medicamento no parecía tener mucho efecto sobre sí, le extendía más las horas de vigilia, dejando solo pequeños lapsos para el sueño.

Se sentó levantando el instrumento en su regazo. Desplazó los dedos por la guitarra emitiendo un acorde débil. La vieja Gibson y su sonido desgastado le daba un toque único a la tonada. Su mano tembló levemente durante unos segundos, su cuerpo empezaba a sentir los estragos de la ausencia de descanso y la tensión de ese extraño estado de sueño. Apretó el puño retomando el control y continuó. La melodía que había estado componiendo noches atrás era una variable ambigüedad de acordes, compuesta de matices melancólicos y crescendos agresivos, intensos, imbuidos de una carga penetrante y cálida. Cada nota fluía con una particular intención, con un anhelante deseo.

En medio del vaivén de las cuerdas, sintiendo cada acorde como parte de sus dedos, Iori lo supo. No se había percatado al principio pero a medida que avanzaba resbalando en cada cadencia, podía sentir algo dentro de él vibrar con aquellas cuerdas desgastadas, llevándolo automáticamente a pensar en Kyo.

Aquella melodía le recordaba a Kyo. Era como esculpir su esencia en notas musicales, tocarlo, palparlo en los acordes. Río con cinismo y detuvo la tonada bajo un suspiro irritado. Hasta qué punto ese Kusanagi había profundizado en su alma, hasta que punto había llegado el castaño como para imbuirse dentro de aquel sagrado ritual que creía solo suyo.

Observó la nevada suave a través de los ventanales opacos por el frió nocturno de la tarde. Invierno...pronto sería el cumpleaños de Kyo, pensó. Y aunque era inapropiado para él considerar ese tipo de fechas, se descubrió a sí mismo satisfecho con la sola idea de ver que expresión pondría el castaño ante una tonada de guitarra creada solo para él.

Sonrió sintiéndose tonto, pero dejó correr libre la idea de obsequiarle una canción.

Retomó la melodía sin pensar mucho más, dejándola fluir como una emoción inacabada, prefiriendo no evocar en su mente al Kusanagi. Retomó sus cavilaciones alrededor de los últimos sueños y las largas vigilias.

Entre un tono y otro recordó algunas partes de la pesadilla. La constante presencia desvanecida de Chizuru en algún lugar abandonado en lo profundo de un bosque. Las antorchas y el dialecto viejo de las voces sin cuerpo; reiterativo e imperante. Aquellas imágenes que se tornaban tacitas y reales dentro de sus sueños, lo guiaban a algo, podía sentirlo. No era solo una pesadilla, ni estragos de la conexión anterior con aquella criatura.

Después de meditar mucho al respecto durante los últimos días mientras evadía la necesidad de dormir, lo descubrió finalmente. Había algo distinto en sus sueños desde el ritual fallido; percibía la existencia de un mensaje oculto en el reiterado panorama que visitaba al dormir. La criatura oscura que lo había cazado anteriormente, ahora intentaba decirle algo y usaba a Chizuru para comunicarse.

Tal vez ella era solo una representación para llamar su atención u obtener su confianza, o tal vez era la misma Chizuru que sin descanso, seguía buscando su ayuda. No tenía forma alguna de saberlo, pero se estaba resistiendo al efecto de aquellas visiones y tal vez debía hacer todo lo contrario. Debía dejar que siguieran su curso, permitirle a la pesadilla mostrar lo que deseaba comunicarle.

El celular sobre la mesa vibró sacandolo de sus cabilaciones y el nombre de Kyo se desplegó una vez más en la pantalla.

Iori sonrió ignorando la llamada. No deseaba hablar con él. Con el paso de los días el castaño indagaba cada vez más inquieto por su seguridad y no quería a un Kusanagi molesto preocupándose todo el tiempo. Detuvo la melodía y dejo la guitarra a un lado. Recogió el celular de la mesa y regresó a la habitación sintiendo su vibración en la mano.

Debía enfrentar aquella sospecha de una vez por todas y lo haria esa misma noche. Aprovecharía el efecto del inhibidor para evitar un sueño profundo. En la mañana, cuando tuviera respuestas, llamaría a Kyo.

Dejó la camisa a un lado de la cama y posó el celular en la mesita contigua. Se dejo caer sobre el colchón blando y sintió como a causa del cansancio acumulado, el sueño lo envolvió con toque amable, casi agradecido. Iori despreció aquellos inútiles medicamentos y permitió el efecto paralizante del ensueño dragarlo al abismo de la inconsciencia.

Las primeras imágenes en aquel panorama onírico ya conocido, llegaron como retazos adyacentes de pensamientos incoherentes y recuerdos despedazados. Cuando su mente entró por fin en un estado de lucidez, se vio rodeado por árboles y un frío que calaba hasta los huesos. Su cuerpo flotaba sobre la hierba y la humedad se sentía pegajosa en el aire. Avanzó sin moverse a través de kilómetros de follaje amorfo, siendo dirigido por aquella presencia del cazador oscuro.

Tras varios segundos la imagen se aceleró en un frenesí aturdidor de sonidos y frenó en seco un instante después desorientandole completamente. Iori sintió una incipiente debilidad en su existencia, como si todo aquel avance hubiese tomado siglos.

Observó a su alrededor y percibió como todo se tornaba en una pangea de entornos. Los troncos de los árboles eran vigas que sostenían un templo. El follaje oscuro se mezclaba con la piedra de una caverna y el vaivén de la hierba se transformaba en el oleaje que rodeaba un risco. Estaba y no estaba en aquellos sitios, en aquellas memorias incongruentes radicadas en tiempos diferentes, donde el sol ardía y la luna helaba.

Su cuerpo resintió una vez más la conexión y seguido de un dolor intenso en su pecho, percibió el regusto de la sangre, lejano pero propio.

Las voces de Orochi se elevaron apagadas, tardías. Su sangre reaccionaba agresiva ante la invasión extraña, como siempre, pero parecía circundar en un espacio ajeno al actual. Gritos ininteligibles se alzaban ahogados en la letanía de algún espacio igual de desconocido al que yacía frente suyo.

Iori intentó organizar pensamientos coherentes en medio de la náusea que le provocaba percibir todo al tiempo, pero las locaciones continuaron ahí mismo y solo logró encoger su forma onírica para soliviar el dolor que le generaba la conexión.

—Chizuru maldita seas...—susurro sin voz—. Sácame de aquí. — Gruñó disfonico.


Kyo observó detenidamente la segunda llave mientras el ascensor alcanzaba el piso deseado. Sonrió una vez más ante el descaro de Yagami al darle una copia de acceso a un apartamento ajeno y dio una mirada a su reloj. Ya la tarde había comenzado su cruce al ala nocturna y seguía sin saber nada de él. Empuño las llaves y observó ansioso el panel de pisos teniendo una amarga sensación ante la posibilidad de que Iori no estuviese allí, llevaba más de 24 horas sin contactarlo.

Al discurrir las puertas se dirigió presuroso hasta la entrada del apartamento. Desplegó la llave con agilidad y cruzó el umbral cerrando la puerta tras de sí. Al entrar al recibidor se detuvo en seco y observó el acceso a la sala. Una densidad extraña revoloteaba en el aire con un toque casi aglutinante. Avanzó con lentitud analizando el lugar.

En el salón habían varios objetos desordenados y viejas colillas de cigarrillo en un recipiente de cristal. La chaqueta oscura de Iori reposaba sobre el espaldar del sillón y a su lado yacía recostada una guitarra. Las luces menguadas titilaban agonizantes y un siseo bajo proveniente de la red eléctrica susurraba desde el cielo raso.

Aquella opresión en el pecho empezaba a tomar una forma conocida. Una que dragaba cada luz existente, una sensación pesada y asfixiante que acompañaba a la manifestación de los monjes sin rostro.

Kyo grito alarmado el nombre de Iori sin recibir respuesta. Avanzó sin cuidado al cuarto principal, notando en su camino por el pasillo como el largo espejo tenía su superficie empañada, como si el invierno hubiese entrado al lugar.

Al acercarse a la habitación percibió como la oscuridad parecía provenir de su interior.

— ¡Iori! — Gritó nuevamente sintiendo la opresión de la angustia en su estómago y se internó en la penumbra.

Al adecuar la vista a la oscuridad lo vió. Iori yacía acostado en la cama revuelta, sin camisa. Su piel extremadamente pálida estaba manchada de surcos oscuros de sangre que provenía de la comisura de sus labios. Sus ojos abiertos no poseían pupila alguna y la fuente de aquella oscuridad se arremolinaba a su alrededor como una brea densa que echaba raíces sobre la cama.

Al intentar avanzar hasta él, Kyo se sintió impedido por algo que se atenazaba a sus piernas y que no lograba visualizar. Evocó sus flamas en un movimiento rápido y estas conflagaron un instante, liberandolo, para luego desvanecerse solas.

A un costado de la cama un espectro nació de la oscuridad y tomó la forma de uno de los monjes sin rostro, encorvandose sobre el cuerpo de Iori; su presencia era solo un poco más clara que la de su entorno. Kyo reaccionó al instante y drago a su puño por segunda vez, una llamarada de tonos intensos, gritando nuevamente el nombre de Iori.

En un movimiento rápido y flameante se lanzó sobre el espectro que parecía no haberlo percibido, pero fue interceptado por otras dos siluetas que emergieron de los rincones renegridos de la habitación. Dirigió una oleada de fuego hacia los atacantes, pero este se desvaneció en el aire antes de tocarlos. Maldijo presa de una rabia insondable y golpeó el aire con sus manos desnudas al intentar apartar el espectro. La segunda sombra le propinó un impacto directo en el pecho, haciéndolo retroceder hasta el muro posterior.

Reiteró su avance a través de las siluetas buscando llegar a Iori. Esquivó el ataque del primer espectro y bloqueó al segundo, enfrentándolo. Cuando sintió el contacto de una forma física en aquella sombra, giró en un movimiento grácil atenazando aquel brazo, atrayéndolo hacia sí mientras desplegaba su otra mano hasta agarrar la cabeza de la sombra. Cuando tuvo contacto con el rostro oculto, Kyo estalló una nueva llamarada de fuego que alcanzó a reducir el cráneo de su adversario a una masa amorfa, justo antes de que el fuego se desvaneciera a causa del cantrip de anulación.

Encorvó la espalda hacia atrás esquivando un sable de luz pálida que rozó la piel de su cuello en el ataque. El primer espectro levantó una vez más la hoja inclinada y la descargó sobre el castaño, pero este ya había girado el torso propinando un puño directo al filo de luz. La hoja que destajaría su mano con facilidad se quebró en múltiples pedazos al contacto con la fugaz evocación del fuego carmesí. Kyo se acercó en un paso rápido rodeando el cuello del monje con ambas manos. Este evoco una segunda hoja luminosa, pero su cabeza estalló en llamas enrojecidas antes siquiera de levantarla. Su forma se desvaneció amorfa igual que la anterior.

La voz múltiple del monje espectro que estaba sobre Iori resonó en la habitación con un eco fantasmagórico.

— Déjame ver espíritu de Ankoku. ¡Dame su ubicación! — Gritó la orden y el cuerpo de Iori se irguió con los músculos tensos, sus ojos se tornaron negros como la brea que lo envolvía y su voz áspera respondió con un gutural "NO"

— ¡No lo toques! — Gritó Kyo desintegrando una vez más la oscuridad que reptaba a sus pies buscando inmovilizarlo. El monje espectral giró su rostro oculto en la dirección del castaño y su voz se elevó en una consonante seca emitiendo un sonido mántrico que palpó el cuerpo del castaño.

Kyo sintió el impacto atravesar cada parte de su ser y perdió de vista la habitación. Iori desapareció, el monje se desvaneció y la oscuridad se esfumó con ellos.

"No, no, no" Maldijo el castaño mirando a su alrededor. Su entorno había cambiado, estaba siendo reemplazado por un techo alto de vigas gruesas en madera oscura. Segmento a segmento se estructuró el templo en el que vio morir a su padre, con la misma fuente de sangre goteando abandonada en medio de aquel sitio olvidado por el tiempo. El mismo espacio amplio, vacío de ecos, se transformaba ante sus ojos, y sonidos sin forma existente emergieron en la soledad. La voz de su madre resonó palabra a palabra, siendo acompañada por la de Saisyu y finalmente de la risa de Hotaru.

— ¡No! —gritó Kyo—. Esto no es real… ¡Iori! — Llamó nuevamente, pero en ese instante los tres Bihksu que habían asesinado a su padre, aparecieron en un ataque sincronizado. Kyo saltó atrás esquivando por reflejo los cortes de luz que hendían el aire. Evocó su fuego que fluyó fácil e intenso, pero al intentar usarlo contra los Bihksu este se volvió en su contra, quemando sus manos.

— No es real. —se dijo a sí mismo mientras sintió la piel arder y retrocedió hasta que los Bihksu lo acorralaron contra el ventanal por el que Iori había caído aquella fatídica noche. Las tres hojas de luz sincronizada entraron en su abdomen y el dolor se hizo insoportable—. No...es real.— Se repitió iracundo e hizo arder su fuego carmesí al punto de envolverlos a todos con las llamas. Tanto Kyo como los Bihksu ardieron hasta la muerte.

Kyo recuperó la lucidez, el cielo nocturno y encapotado se redibujó frente a sus ojos y sintió el aire invernal sobre sus mejillas y pecho. Estaba al borde del ventanal de la sala con el torso rodeado de vidrios resquebrajados. La nieve caía volátil y lenta en el exterior y Kyo percibió los mortales metros que lo separan del pavimento muchos pisos más abajo. Se enderezó con brusquedad regresando la mitad de su cuerpo al interior del salón. El aire gélido se filtró por el espacio roto del ventanal.

— No te resistas Yagami. ¡Dime donde esta. Ankoku, te lo ordeno! — Resonó el eco compuesto del monje desde la habitación. Kyo salió del aturdimiento y corrió una vez más hacia Yagami maldiciendo, pero justo antes de llegar a la entrada la voz gutural de Iori se alzó en una negativa y una onda violeta de vetas rojizas consumió toda fuente de oscuridad en el apartamento.

La energía cruzó agresiva y luminosa. Todos los cristales se rompieron desperdigados en todas direcciones, las ventanas cedieron a la presión del calor abriéndose abruptamente al exterior y Kyo fue repelido por la poderosa onda expansiva que lo hizo caer de rodillas mientras una lluvia de vidrios reflectivos chispeaban sobre su cabeza.


Una mano helada se extendió hasta Iori y su tacto calmó el penetrante dolor de la conexión. El espectro de luz pálida le indicó el camino, insistiendo en que no debían demorar. Le advirtió sin palabras percibibles, que si mantenía la conexión por mucho tiempo lograrian ubicarlo.

Iori no comprendió bien el mensaje, aturdido por el estado caótico de las locaciones traslapadas y aceptó dócil que aquella figura que reconoció como Chizuru, lo guiara hacia el interior del bosque. Tras unos instantes, cuando perdió de vista los otros sitios y su mente retomó la lucidez, su cuerpo perdió aquel estado volátil, flotante. Sintió la hierba humedecer sus pies y el aire frío de tormenta impregnar sus pulmones con el particular olor balsámico del cedro.

El espectro pálido de Chizuru lo atrajo más al fondo y el bosque se desplegó como si los árboles tuviesen vida, como si avanzara por las coníferas sin moverse, siendo la tierra misma la que lo dragaba al lugar.

— Este es un pacto antiguo y poderoso, incluso anterior al encierro de Orochi y al nacimiento de los clanes como los conocemos. — Habló la forma pálida sin rostro con la voz de Chizuru—. Este juramento fue hecho con sangre y mentiras. Nadie puede engañar a un Yokai mayor y salir ileso, no sin pactar con el mismísimo Yomi. —se silencio un momento en que su imagen titiló y levantó su rostro sin ojos al cielo para luego girar hacia el pelirrojo en un gesto urgente—. Iori...debes buscarlo. La respuesta está...en las... tumbas d...Yokai. — Se entrecortó la forma pálida desvaneciendose por pedazos y Iori visualizó frente a ellos aquel monolito de piedra que había visto días atrás en el reflejo del mar, pero ahora estaba cubierto por moho. Sintió una violenta punzada en el pecho y vio su propia figura transmutar a un estado translúcido.

— No puedes...resist...más. —intentó hablar la desvanecida figura de Chizuru. — Te han encont...Ank...te ayud...—reitero la sutil forma casi deshecha—. Despierta Iori...— esbozó la voz moribunda de ella antes de desaparecer.

Iori sintió como la conexión retornaba su penetrante vínculo y su cuerpo se doblo en el más absurdo dolor. Gimió ahogado por el sabor ferroso de la sangre y los gruñidos de la bestia se elevaron caóticos resistiendose. Una voz inteligible resonó en el vacío del mundo, como un dios implacable impartiendo su voluntad. Tanto Iori como la bestia en su sangre sincronizaron su negativa y finalmente el espectro amorfo, hijo de la oscuridad y rastreador de las almas de los vinculados, se presentó ante Iori en su forma menuda y sin rostro, salvo por sus dos cuencas vacías, que parecian abismos que dragaban el alma.

Aquella criatura frágil y aterradora observó el cielo sobre el follaje, desde donde la voz exigía algo inteligible. El espíritu sacudió la cabeza lentamente negándose mientras el cielo dragaba su cuerpo a pedazos frente a Iori. El disturbio tomó control sobre la voluntad del pelirrojo y su consciencia se volatilizó cómplice, negandose ante el acceso de aquella voz del cielo.


Kyo se levantó adolorido, recuperando la audición y los sentidos paulatinamente. Había caído presa de aquella alucinación con extrema facilidad y eso le hizo comprender lo que los monjes Kusanagi le habían intentado explicar al temer por la brecha en su alma. Trastabilló un par de pasos en dirección a Iori y entró a la habitación. Él estaba allí bajo la luz azulada del exterior. Su figura se erguía con torpeza hasta quedar sentado al borde de la cama. Los copos de nieve que se filtraban gélidos al interior de la habitación reposaban sobre el piso y la sabana. La oscuridad que lo rodeaba había desaparecido.

Iori se inclinó sosteniendo su cabeza un momento y limpiando por reflejo la sangre de su boca. Observó a su alrededor aturdido, recuperando la consciencia espacial. Kyo se recostó en el dintel soltando una bocanada helada en señal de alivio.

— Que demonios paso Yagami. — Indagó Kyo acercándose—. ¿Estas bien? — Preguntó con sincera consternación. Iori lo miró confuso y guardó silencio detallando todos los vidrios esparcidos por la habitación y el viento helado filtrando copos de nieve por la ventana rota.

— Que demonios...—repitió Iori extrañado con voz queda—...estaba soñando... —

— Noo, eso no fue un maldito sueño. Te estaban rastreando. — Puntualizó Kyo palpando el cuello de Iori, revisando si había alguna herida.

— No...—habló Iori distraído—. La criatura se resistió a la orden... — Agregó aún aturdido.

— La c...—Kyo contuvo la palabra y sostuvo el rostro de Iori entre sus manos sosteniéndolo frente a su mirada—. ¿Te conectaste con ellos a propósito? ¿Tú solo...? — Su pregunta sonó cargada de indignación y sorpresa. Iori apartó el rostro con lentitud quitando las manos del castaño.

— No lo sé...no lo recuerdo. Solo era un maldito sueño. — Refutó Iori. Kyo lanzó un pedazo de vidrio que reposaba sobre la cama contra la pared.

— Esto no fue un simple sueño, fue esa maldita conexión y lo se muy bien por experiencia propia Yagami. —hablo imperioso—. Si están intentando vincularse de nuevo a ti, no debes estar solo. Me quedaré contigo y te vigilare de ahora en adelante. — Puntualizó Kyo decidido. Iori suspiro cansino, se sentía pesado, con los sentidos difusos. No lograba recordar qué había pasado y la sensación de que había olvidado algo importante lo irritaba.

— ...Y traer a los Kusanagi hasta mi? —respondió quedamente— Es un plan interesante Kyo. — Sonrió cínicamente intentando reponerse del malestar. Kyo gruñó frustrado. Y ambos quedaron unos segundos en silencio mientras Iori respiraba profundamente el aire helado intentando reponerse.

— Debes quedarte con los demás. No puedes estar solo. — Imperó Kyo.

— No necesito niñeras. — Gruñó Iori.

— Necesitas supervisión. Y si no es con ellos, pues me tendrás a mi y a los míos encima tuyo. — Habló decidido el castaño saliendo de la habitación. En los segundos de ausencia de Kyo, el pelirrojo intentó levantarse pero su cuerpo se negó ante el esfuerzo y tuvo una desagradable sensación de náusea. Maldijo por lo bajo.

Kyo regresó con la gabardina en un brazo, sacudiendo de la tela algunos vidrios incrustados.

— Enviaré a alguien que organice los daños. El tiempo que le tome hacerlo, estaré con ellos, ni un momento más. — Agregó hosco el pelirrojo, poniéndose de pie con algo de dificultad.

— Luego me encargare yo.—espetó Kyo—. Llamaré a Benimaru, recoge lo que consideres necesario. — Apuntó extendiendo la gabardina a Iori. A pesar de no querer mostrarse muy preocupado por lo sucedido, la expresión traicionaba al castaño. Una mezcla de enojo, resentimiento y ansiedad se dibujaba en su rostro.

— Eres una molestia Kusanagi. — Agregó Iori sonriendo.

— No más que tú. — Respondió Kyo lanzando la chaqueta que Iori logró atrapar con torpeza y desvió la mirada de aquella sonrisa casi dulce que Yagami le ofrecía maliciosamente, tenía que mantener la indignación intacta.

Iori discurrió la camisa por su piel. Vestirse nunca le había costado tanto esfuerzo. Su cuerpo estaba extrañamente débil y sólo vislumbraba pequeños vestigios del sueño en sus recuerdos. Maldijo por lo bajo y Kyo lo observó con agudeza.

— Solo necesito la guitarra. — Habló Iori desplegando la gabardina.

— Tu termina de vestirte, yo la guardaré. — dijo Kyo saliendo de la habitación.

Al momento que el castaño cruzó el dintel Iori se sostuvo de la pared lateral, sintió como sus manos temblaban y su cabeza daba vueltas. No sabia que le estaba sucediendo, pero terminó de deslizar la gabardina y salió al corredor desde donde visualizó los daños que incluían las botellas de licor añejo que le gustaba coleccionar a su amigo. Esas serían difíciles de reponer, pensó divertido ante aquella trivialidad.

A mitad de corredor perdió el equilibrio y su vista se tornó borrosa. Era como si su fuerza hubiese sido dragada, como si aquella criatura se hubiese estado alimentando de su fuerza vital todo ese tiempo. Tal vez había sido así como aquel espíritu logró resistirse a la orden de aquella voz en el cielo, pensó confuso intentando recordar. Pero solo obtuvo retazos incongruentes y la sensación de haber hablado con Chizuru.

Kyo deslizó el cierre del estuche y vió a Iori acercarse. No lo había percibido al principio, pero allí, bajo la tenue luz exterior de los avisos, observó el estado deplorable del pelirrojo; su palidez casi cadavérica y la debilidad en sus movimientos a pesar de la posición erguida que esté intentaba mantener, lo sorprendió. Abandonó la guitarra y se acercó hasta él.

— No estás bien... — Dijo

— Si lo estoy...— Respondió Iori con voz queda pero testarudo.

— Y una mierda que estas bien Yagami. Con dificultad mantienes el equilibrio. — Insistió Kyo con la intención de sostenerlo. Iori frunció el ceño, ser tratado como si no pudiese caminar le molestaba.

— Estoy bien Kusanagi. — Puntualizó apartando a Kyo para continuar su camino, pero el castaño lo retuvo.

— Me cansa tu maldita actitud. Solo...dejame ayudarte, asi no quieras decirme una maldita palabra al respecto. — Habló Kyo rodeándolo con los brazos y ciñendo su cuerpo contra sí. Al sostener parte de su peso, sintió la tensión en el cuerpo del pelirrojo. Recostó su frente en uno de los hombros de Iori—. Dejame ayudarte. — Repitió y Yagami respiró profundo cediendo ante el gesto preocupado de Kyo. Deslizó la mano derecha por la espalda del Kusanagi hasta enredar sus dedos en su cabello, del cual rebotaron diminutas esquirlas de vidrio.

— Estaré bien. — Susurró Iori mientras Kyo levantaba el rostro y posaba su mejilla en la suya.

— Si fuese cierto cada que dices eso, no estaríamos aquí. —refutó Kyo sonriendo, envolviendo con su mano el cuello de Iori—. ¿Cuantas veces me haras decirte que confies en mi? ¿Eh Yagami?— Preguntó con dejo cínico presionando la espalda del pelirrojo, percibiendo como este parecía reponerse gradualmente.

— Que te hace pensar que no lo hago. — Susurró Iori. Kyo sonrió decaído y deslizó su mejilla entre los mechones rojos hasta posar sus labios en el cuello de Iori y besarlo. El pelirrojo disfrutó aquel contacto en silencio e intensificó la presión en el cabello del castaño. Kyo sonrió complacido y deslizó los labios desde el cuello, pasando por la mejilla de Iori hasta mirarlo fijamente.

— Debemos irnos. — Esbozó Iori con calma.

Aunque disfrutaba la cercanía del Kusanagi, odiaba estar en ese momento de debilidad y aquel acercamiento le generaba una intensa pulsión por someterlo, por hacerlo suyo de una vez por todas.

— Sí...—dijo Kyo algo decepcionado, pero giró con una sonrisa picara—. Podría cargarte. — Agregó divertido ante lo cual Iori irritado lo apartó. Ya no sentía las náuseas y el mareo aunque la debilidad persistía.

— Puedo caminar solo Kusanagi. — Puntualizó empuñando el estuche de la guitarra y salió del sitio. Kyo le siguió sonriente, pero en su silencio existían tantas dudas como en Iori.


El frío se filtró como un dolor agradable rozando cada poro de su piel. Respiró el aire álgido citadino y cerró los ojos bajo el cielo encapotado. Las sensaciones físicas eran estados mentales fácilmente alterables con el entrenamiento de la mente. Eso era algo que le habían repetido infinitas veces cuando entrenaba de pequeña. La herida en la pierna era solo un hormigueo leve que le recordaba sus limitaciones temporales, pero no duraría mucho tiempo. Pronto podría moverse con la libertad que su espíritu de luchadora le exigía.

Respiró hondo una vez más y equilibró su energía centrándose en la parte dañada. Las técnicas de curación de los Shiranui siempre habían sido muy efectivas.

Benimaru caminó con dos bebidas humeantes rumbo a la mesa. Observó a través del vidrio como la figura desdibujada de Mai yacía en profunda meditación al exterior en una zona amplia del balcón bajo escasos copos de nieve y vistiendo solo prendas livianas sobre su cuerpo. Sintió un escalofrío recorrer su espalda de solo verla allí afuera bajo esa temperatura y pensó en lo difícil que debía ser el entrenamiento ninja.

Suspiró evadiendo la imagen, era Terry el responsable de que la testarudez de Mai le permitiera sanar rapido, no él. Ya había recibido suficientes negativas rayanas en la agresividad de parte de aquella mujer, cuando intentaba ser un enfermero estrella.

Se acercó a la joven Yagami que parecía analizar detenidamente la madera de la mesa y deslizó las dos tazas pequeñas con té caliente guiñandole un ojo a la chica.

— Deja esa expresión triste. Todo saldrá bien, ya hemos hablado de esto varias veces. — Habló amablemente el rubio tomando asiento en la silla contigua. Kaoru asintió con una sonrisa débil. Aparte de la muerte de Amelie, aquello que no la dejaba respirar tranquila, ni conciliar el sueño, era Aki. Las palabras de aquel hombre llamado Hein seguían resonando en su memoria. ¿Realmente Aki había intentado quitarse la vida, siendo solo una niña? se preguntó evitando que la tristeza aflorara nuevamente.

Miró a Benimaru y sonrió. No les había querido compartir aquellas palabras, porque no estaba segura que fueran ciertas, aunque en su corazón las sentía como una verdad absoluta. Temía que todos pudieran dudar de ella a causa de su desesperada necesidad de sacar a Aki. Debía concentrarse en la reunión y en que todo saliera bien. El tema con su hermana era algo que podía soportar mientras lograran dar con el paradero de Takeshi.

Igual ya había repasado varias veces el plan con Benimaru en caso de que Kioshi la contactara. ¿Pero cuando? ¿Que estaba esperando?

El mano de Nikaido se extendió hasta su rostro posando un dedo en su entrecejo.

— Esa expresión de nuevo. ¿Que no ves que daña tu lindo rostro? — Acotó el rubio con una sonrisa dulce—. No te preocupes, nosotros nos encargaremos de que todo salga bien. Encontraremos al bastardo y traeremos a tu hermana de vuelta. Pueden vivir conmigo el tiempo que requieran. — Agregó encantador ante la expresión dulcificada de Kaoru al mencionar a Aki—. Vamos, quiero verte sonreir. Te ves preciosa cuando lo haces. — Puntualizó coqueto deslizando el dedo por la nariz de la chica. Esta se tenso un poco y lo observó detenidamente, pero no se apartó. El rubio deslizó el dedo hasta tocar sus labios menudos y las mejillas de la joven se acaloraron con un rosa tenue mientras la yema de sus dedo surcó hasta posicionarse en el mentón y levantarle el rostro. La chica titubeo en un gesto que Benimaru considero de inocencia provocadora y el espacio que lo separaba de ella se acortó gradualmente.

La puerta del apartamento se desplegó enérgica y Kaoru dio un respingo separándose alarmada del rubio, nerviosa por haberle permitido acercarse de esa manera. Benimaru inclinó sobre la mesa su intención frustrada y miró resentido la puerta abierta por donde Terry ingresaba seguido de Kyo y Iori.

Benimaru se acercó a los visitantes mientras Kaoru centraba su mirada extrañada en Iori tras controlar los nervios. Terry saludo despreocupado a sus compañeros de apartamento y desvió su atención a la amplia platea del balcón. Suspiro cansino frunciendo el ceño y se disculpó pasando de lado en dirección a la platea exterior.

— ¿Se encuentra bien señor Yagami? — Preguntó la chica notablemente preocupada por la alarmante palidez de Iori.

— Vaya ¿Has decidido pisar el mundo de los muertos Yagami? — Preguntó Benimaru entre sorprendido y jocoso— ¿Que sucedió? — Se dirigió a Kyo. Iori irritado por la preocupación indeseada, se apartó huraño sacando un cigarrillo arrugado de su gabardina y se alejó del recibimiento rumbo al balcón. Kaoru lo observó confundida y Kyo sonrió molesto al quedarse solo para dar explicaciones. Miró a Benimaru pensando cómo decirlo y lo apartó un poco para no preocupar a la chica Yagami. El rubio lo siguió con una mirada desconfiada.

Terry discurrió la puerta del balcón y avanzó entre la delgada capa de nieve que se había formado, el frío exterior a esa altura le hizo estremecerse y especulo si Mai se estaba buscando una hipotermia. Se acercó a la mujer que en medio del trance meditativo no lo percibió.

Mai sintió como algo pesado le cubría los hombros y resintió de golpe el entumecimiento leve en la piel. Una enorme chaqueta de piel con cuello afelpado la envolvía. Miro a un lado confusa y Terry cruzando los brazos le sonrió a modo de saludo. Mai sonrió a su vez y apretó la chaqueta contra su cuerpo helado.

— ¿Te duele tanto la pierna que prefieres perderla por el frío a cuidarte? — Preguntó Terry en tono burlón.

— Me estoy cuidando muy bien señor Bogard. Y gracias por la chaqueta, creo que ayuda un poco. — Esbozo Maí envolviendose.

— En tu estado actual dudo que sirva mucho. ¿Por qué no entras? — Indago Terry incitando a la puerta.

— Aquí me siento cómoda. Aunque un poco de calor humano no estaría nada mal. — Aventuró Mai ocultando una sonrisa pícara tras el cuello afelpado.

— Claro que no, ven aquí. — Respondió Terry sin dudarlo y extendió los brazos. Mai lo observó un momento dudosa, no esperaba que Terry se tomara en serio su broma, pero luego apareció aquella sonrisa impropia en él y supo que la estaba molestando. Frunció el entrecejo con falsa indignación y la puerta del balcón se discurrió por segunda vez, cruzando el portal Iori.

— Si interrumpo algo, pueden ir a coquetear a otro lado. — Apuntó el pelirrojo encendiendo un cigarrillo algo torcido con un destello violeta y recostando la espalda al borde del muro. Terry bajó los brazos algo incómodo y rió por lo bajo. Mai se acercó a Yagami por un costado.

— Está bien, puedo perdonarte si me compartes uno. — Expresó simpática asomando una mano fuera del abrigo.

— No necesito tu perdón mujer. Pero puedes tomarlo. — Espetó extendiendo la cajetilla que asomaba pocos ejemplares acompañados de un encendedor pequeño.

— Ohh y yo pense que harias el truco de fuego para mi. Pareces bastante bueno para encenderlos. — Expresó Mai con picardía agitando el cigarrillo apagado. Iori gruñó a modo de reproche deslizando el encendedor de mala gana hasta que la mujer lo sostuvo y tanto Terry como Mai rieron.

— ¿Y dices que debo cuidar a ese desagradecido? Hmm creo que no estoy entendiendo tu petición Kyo. — Comentó Benimaru mordaz tras la explicación corta y poco esclarecedora. Kyo suspiró molesto.

— No necesito recordarte nuestra situación ¿O si? — Espeto Kyo.

— Claro que no, solo deja que fluya mi felicidad ante la visita de Yagami. — Expresó Nikaido con sobreactuada jovialidad. Kaoru los observó en silencio mientras bebía de su té.

— Solo cuida de que no pase nada. Esto debe estar relacionado a los Bihksu. —aseveró Kyo.— Necesito ojos sobre él sin tener que arrojarle encima a los Kusanagi. ¿Puedes hacer eso por mi? — Preguntó sin la intención de considerar una opinión contraria.

— Claro, cuando no. Siempre hago un gran trabajo. Prometo en esta ocasión no llevarlo a un hospital si se está muriendo. —sonrió con resentimiento—. También espero que no tenga esa indeseada compañía corrupta de Orochi manifestándose ¿eh? No te imaginas lo difícil que es intentar dormir así. — Apuntó Benimaru con gesto dramático.

— No, creo que es algo diferente. —suspiró Kyo sin ganas de seguir el juego de Nikaido—. Si sucede algo peligroso o tan siquiera alarmante, avisame inmediatamente. Supongo que entre Terry, Mai y tú pueden mantener a raya cualquier altercado con Iori y darme el tiempo necesario para llegar aquí. — Habló Kyo dubitativo.

— No sabes cuanto adoro la confianza que nos tienes. —esbozo una sonrisa Benimaru. Kyo lo miró irritado, estaba hablando muy en serio. El rubio bufó—. Ve tranquilo Kyo, Yagami esta en buenas manos. Conseguiré algunas cadenas para el peor de los casos. Si al enemigo le funcionó...— Acotó divertido. El castaño sonrió derrotado por la poca seriedad de su amigo.

— Llamame ante cualquier altercado. — Ordenó Kyo mas tranquilo.

— Yes Sir. — Respondió Benimaru imitando un gesto militar.

Kyo miró detenidamente a Iori antes de abandonar el lugar. Este yacía recostado en el borde cubierto de nieve mientras una bocanada de humo se deslizaba perezosa desde su boca. Su tez blanca parecía querer igualar el color de la capa invernal. Mai y Terry lo acompañaban mientras opinaban algo que parecía desagradable al pelirrojo.

Bajo la constante observación del castaño el instinto animal de Iori dirigió una mirada a su observador. Los ojos carmesí del pelirrojo toparon con los de Kyo y su expresión acusadora se dulcifico un instante solo para el castaño, intentando parecer tranquilizador. A Kyo, aquel gesto le bastó para confiar en que estaría bien allí y se retiró tras palmear la espalda de Nikaido y despedirse de Kaoru.

— ¿Qué sucede con Iori? — Preguntó Kaoru cuando Kyo hubo abandonado el apartamento.

— Nada que deba preocuparte linda. Tenemos todo cubierto. — Sonrió afable Benimaru. La chica continuó detallando al pelirrojo algo aprensiva por su aspecto. A pesar de su postura altiva y la conversación medianamente fluida que tenía con Terry y Mai, Kaoru solo había visto a Iori en un estado similar la noche del ritual.

— Oh vamos. —Reprochó Benimaru tomando su taza de té—. Escuche una vez de un amigo que la mala hierba nunca muere. Yagami estará mejor que cualquiera de nosotros para mañana. Tu solo centrate en pensar bien cómo negociar ese encuentro. ¿Seguimos hablando de eso? — Preguntó empático, haciendo una mueca tras beber un sorbo del té ya frío. Kaoru asintió en un gesto que podría haberle quitado 10 años de encima.