Nota:

¡Hola a todos/as! Espero que hayáis pasado unas buenas fiestas y un maravilloso fin de año.

He de disculparme por mi retraso, entre tanta fiesta y distracción, he dejado un poco abandonado el fanfic. Éstas semanas también vienen los examenes de la universidad, así que desgraciadamente no podré subir los capitulos semanales como hacía antes. Al menos he de dejar dos semanas para volver a la rutina normal. Todo esto sumado a que inquisition no está arrancando como me hubiese gustado, nos da como resultado mi gran retraso a la hora de publicar.

Ahora hablemos de éste capítulo extra. Es una pequeña experiencia que yo misma viví de pequeña (Modificada y adaptada, claro está) con el que hoy es mi Alistair. Espero que os guste mucho, me ha costado recordar detalles puesto que hace bastantes añitos que ocurrió.

Espero que la inspiración surja de nuevo porque las musas no me están acompañando ultimamente. ¡En dos semanitas vuelvo a estar por aqui!

Gracias a todos/as por vuestro apoyo y paciencia.

¡Espero que disfrutéis del capítulo!


Capítulo extra: Dulces recuerdos

El gran salón estaba muy bien decorado. Las rojizas cortinas adornaban las grisáceas paredes de piedra mientras que los ya conocidos candelabros dorados relucían ante el candente fuego que los iluminaba. El suelo estaba recién encerado, lo sabía ya que podía mirarse los zapatos en el reflejo del mismo.

La música, la comida y el murmullo de voces la estaban poniendo sumamente nerviosa, sin obviar el hecho de que estaba tremendamente aburrida.

Elissa observaba muy callada a todos los hombres y mujeres que comían, bailaban y reían embutidos en aquellos horribles y pomposos vestidos que a su madre tanto le gustaban. Odiaba aquella ropa, y la culpa era de su madre. Le obligaba a vestir ropajes chillones repletos de lacitos, cintas y volantes que no hacían si no facilitar las burlas y risas de su hermano.

"¡Eres una niña y debes vestir como tal!" Había dicho su madre tras oír las interminables quejas de la pequeña.

Elissa suspiró mientras agitaba enérgicamente sus cortas piernas que no alcanzaban el suelo. Estaba aburrida, muy aburrida. No podía bajar de aquella dichosa silla porque tenía miedo a caerse si saltaba de ella, sin embargo, llevaba tanto tiempo allí que comenzaba a dolerle el trasero.

Todo era culpa de Fergus, él la había dejado allí sola, aprovechando un momento de distracción de sus padres para escabullirse entre el gentío junto a Cailan y Anora.

"Son juegos de mayores" Había dicho "Y tú no eres mayor".

-Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?

Elissa levantó la mirada de sus zapatos y se encontró frente a un bello rostro de largos y rubios cabellos. El hombre la miraba risueño mientras mostraba una perfecta sonrisa de dientes blanquecinos. Definitivamente, Cailan era la viva imagen de su padre.

Elissa se ruborizó al instante, sabía de quien se trataba porque le había visto anteriormente, pero jamás había hablado con él.

-Ma-Majestad – Tartamudeó la niña.

-Eres la pequeña de los Cousland ¿Verdad? – Preguntó el rey - ¿Bellinda?

-Elissa – Corrigió ella – Elisabeth Cousland.

-¡Eso es! Perdóname pequeña, no soy muy bueno recordando nombres – El rey se rascó la parte posterior de la cabeza - ¿Qué haces aquí sola? ¿No están Cailan y Anora contigo?

La niña negó firmemente con la cabeza.

-Mi hermano y ellos han ido a…

-Maric, ¿Qué estás haciendo?

Elissa desvió la mirada del rey para posarla en el otro individuo.

Un hombre de pronunciadas facciones, oscuro cabello y claros ojos azules la observaba con semblante hosco y entrecejo fruncido. Su vestimenta oscura y su expresión seria intimidaban a los invitados otorgándole así un aspecto frío y severo que tan solo Maric parecía poder alterar. A Elissa siempre le había dado miedo Loghain, sobre todo cuando reñía a Anora y Cailan por hacer alguna travesura. Fergus lo sabía, y en más de una ocasión le había perseguido por todo Pináculo chillando: "¡Soy el comandante y vengo a comerte!".

-Mira que princesita he encontrado – Dijo Maric sonriendo.

-Déjate de tonterías – Gruñó Loghain – Tus invitados esperan.

-Oh vamos, no seas aguafiestas. Eamon se encargará de esos molestos nobles – El rey volvió a observar el rostro de Elissa – Siempre quise tener una niña ¿Sabes? Dicen que son más cariñosas y leales con sus padres.

-Hasta que se hacen mayores – Suspiró el comandante – Anora ni siquiera quiere que le arrope por las noches.

-Eso es porque se parece a ti.

Loghain frunció aún más el ceño y giró la cabeza hacia otra dirección, enfadado. Maric por su parte, seguía mirando a Elissa embelesado. La pequeña se percató de que el rostro del rey se convertía poco a poco en una expresión de tristeza y nostalgia. Loghain pareció darse cuenta también porque abandonó su fingido enfado y se situó justo al lado de su amigo.

-Dime – Dijo Maric – No crees que se parece a…

-¡Elissa!

Bryce Cousland se percató entonces de la atención de los dos hombres hacia su hija y se dirigió hacia ellos con expresión preocupada.

-Elisabeth ¿Qué estás haciendo? – El hombre realizó una leve reverencia para saludar al rey y al comandante – Espero que mi hija no les esté causando problemas.

-Oh no, Bryce – Maric hizo un gesto despreocupado con la mano – Tan solo comentaba con Loghain lo increíblemente bonita que es Elissa.

-Es la niña de mis ojos – Bryce sonrió orgulloso – Tesoro, ¿Dónde está Fergus?

-Hace poco le he visto con Anora y Cailan correteando por los jardines – Dijo Loghain.

-Estaban jugando a cosas de mayores – Explicó Elissa frunciendo el ceño – Y yo no puedo jugar con ellos porque soy pequeña. ¡Pero no lo soy!

-Claro que no tesoro, tu eres muy mayor – Bryce suspiró con pesadumbre – Mira que le dije que debía vigilar a su hermana…

-Papi – Elissa estiró los brazos hacia su padre y éste le ayudó a bajar de la silla - ¿Crees que el tío Eamon me dejará ir a su biblioteca para leer?

Tras un segundo de silencio, Maric produjo una sonora carcajada que resonó por todo el salón llamando la atención de varias personas. Inclusive Loghain dejó escapar una risilla.

-¿Qué modales son esos, jovencita? – Le reprendió su padre con una mezcla de enfado y diversión – Si tu madre te oyera…

-Eamon te dejaría, estoy seguro – Dijo Maric secándose las lágrimas – Ve, yo me ocupare de informarle.

-¡Gracias majestad! – Dijo Elissa haciendo una torpe reverencia.

-Ah no, si Eamon es tu tío yo también quiero serlo – Maric señaló al comandante y se acercó aún más a la niña para susurrarle algo al oído – Y este es tu gruñón tío Loghain.

-Te he oído.

Elissa rió divertida y se alejó mientras saludaba con la mano a los tres hombres, que la miraban con preocupación.

Los pasillos del castillo eran eternos, de techos altísimos donde apenas podía divisar las ventanas superiores. Elissa observó los personajes de los cuadros que colgaban a lo largo de las paredes, reconociendo alguno de aquellos rostros como el del mismo Eamon. Las puertas aparecían una tras otra, idénticas a todas las que había dejado atrás. Los pasillos se bifurcaban en varios caminos posibles, como un laberinto tortuoso.

De repente, un golpe hueco sobresaltó a Elissa que durante un instante quedó paralizada observando la puerta en donde había oído el ruido. Tardó unos minutos en reunir el valor para fisgonear por el hueco entreabierto de la puerta, pero finalmente lo hizo.

Un muchacho poco mayor que ella de dorados cabellos y ojos color miel jugaba con un hermoso perrito negro que saltaba vigorosamente intentando alcanzar la pelota que el chico tenía en sus manos. Elissa observó con interés al niño durante largo rato hasta que éste, por lanzar el juguete cerca de la puerta, se percató de su presencia.

-¡Eh tú! – Gritó yendo hacia ella.

Elissa se alejó asustada y corrió por el pasillo intentando alejarse del joven que la perseguía muy de cerca. Al doblar una esquina, tropezó con sus propios zapatos y cayó de bruces hiriéndose la barbilla y las palmas de ambas manos. La niña no se movió, se quedó muy quieta intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. En ese preciso instante, el muchacho que la perseguía llegó hasta ella jadeando y se detuvo al verla tirada en el suelo.

-Al… Al fin te atrapé – Dijo intentando recuperar el aliento - ¿Qué haces ahí tumbada?

La niña sintió como el joven se arrodillaba a su lado y le ofrecía su mano para que se levantara. Fue entonces cuando rompió a llorar. No era por el dolor en las heridas de su rostro o manos, sino más bien la humillación que sentía por haberse caído de aquella manera tan vergonzosa.

-¡Espera! ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? – El jovencito agitó los brazos sin saber que hacer – ¡Por favor no grites así! Si alguien descubre que he salido de la habitación me…

Unas voces cercanas apagaron las palabras del niño. Elissa se vio repentinamente levantada y corriendo por los pasillos del castillo huyendo de lo que quiera que fuesen aquellas personas. El muchacho la llevó hasta las cocinas y tras pasar por unas gruesas puertas de madera, ambos niños entraron en lo que debía ser la bodega. La luz del sol del crepúsculo iluminaba tenuemente la oscura habitación. Era muy grande, repleta de alimentos y bebidas en polvorientas botellas de cristal situadas en altas estanterías de madera que parecían llegar al techo.

-Bien, parece que las hemos perdido de vista – El jovencito suspiró aliviado.

-¿Por qué huíamos? – Preguntó Elissa.

-Porque no tengo permitido ir por el castillo cuando hay invitados en él.

-¿Y porque? – La niña se acercó al muchacho con curiosidad - ¿Quién eres?

El niño tragó saliva y enmudeció durante un instante, pero finalmente tomó la decisión de decir la verdad.

-Me llamo Alistair. Soy un sirviente del Arl Eamon.

-¡Ah! – Elissa sonrió – Por eso no te dejan salir.

-Exacto y ahora por tu culpa no puedo volver a la habitación porque estarán buscándome por todas partes – El chico suspiró – ¿Qué haces aquí? ¿Por qué te has escapado de la fiesta?

-No me he escapado – Elissa infló los mofletes con enfado – El tío Eamon me deja leer sus libros, pero me perdí porque este castillo es muy grande.

-¿Tío? ¿Acaso eres su sobrina?

-No, no – La pequeña negó con la cabeza – Le llamo así porque me gusta. Soy Elisabeth Cousland pero puedes llamarme Elissa.

-Está bien, Elissa – Alistair estrechó la mano de la niña – Es un placer conocer a la responsable de mi castigo.

-No digas tonterías, podemos quedarnos aquí hasta que se cansen de buscarte. Luego volvemos a tu habitación y ya está.

-No es una idea del todo descabellada – El muchacho se rascó la barbilla – Pero prométeme que no vas a decirle a nadie que has hablado conmigo.

Elissa estiró el dedo meñique y Alistair lo entrelazó con el suyo.

Los niños pasaron un buen rato jugando con las cajas de madera vacías, creando historias fantásticas sobre guerreros y monstruos dispuestos a atacar el país. Elissa blandía su espada de madera mientras que Alistair paraba sus golpes con su fuerte escudo. La luz del atardecer desapareció y la noche hizo presencia en la bodega, alejando los últimos rayos de sol dispuestos a iluminar su camino.

-Supongo que ya se habrán cansado de buscarme – Dijo Alistair siguiendo el único indicio de luz que provenía de la puerta que daba a las cocinas – Será mejor que volvamos, la fiesta no tardará en acabar.

Cuando el muchacho abandonaba su barco y se disponía a ir hasta la puerta de salida, unas voces cercanas obligaron a los niños a esconderse tras una de las estanterías. La luz inundó por completo la habitación al igual que la sombra de dos elfas que hablaban con nerviosismo mientras ojeaban la sala con sus grandes ojos. Elissa sentía a su corazón latir desbocado escondida tras la estantería. Alistair estaba con ella, abrazándola con fuerza y mirando por entre un hueco de la madera a las sirvientas del castillo.

Tras una breve discusión, las dos mujeres salieron de la bodega cerrando tras de si la puerta con llave y dejando la sala en completa oscuridad. Elissa tan solo podía oír la agitada respiración del muchacho y los latidos de su corazón.

-¡Maldición! Nos han encerrado aquí – Alistair hizo el ademán de levantarse, pero Elissa le detuvo.

-Por favor, no me dejes sola – Sollozó – Me da miedo la oscuridad.

Alistair se quedó de pie un instante, pero finalmente se sentó al lado de su amiga y la abrazó con fuerza.

-No pasa nada – Dijo en un susurro – Estoy aquí contigo.

Elissa sintió como su corazón daba un vuelco, y no precisamente a causa del miedo.

-Dime Alistair, el perrito con el que jugabas en tu habitación era un mabari ¿Verdad?

-Sí – Contestó el muchacho – Pero no podré quedármelo, es la mascota de uno de los invitados. El Arl me hizo responsable de cuidarle. Me encantaría tener un perrito…

-¡Yo tengo uno! – Dijo Elissa con emoción – Me lo regalaron para mi cumpleaños, es un mabari también. Se llama Roary.

-¿Roary? – Preguntó Alistair extrañado - ¿Qué significa?

-Cinco – Rió la niña – Es que mi cumpleaños es el día cinco.

Ambos muchachos rieron.

-¿Y cuantos años cumpliste?

-Cinco – Elissa volvió a reír.

-¡Yo soy mayor que tu entonces! – Alistair habló con voz triunfante – Tengo siete años.

-¡Que mayor! – Exclamó Elissa con asombro – Seguro que Cailan, Fergus y Anora te dejarían jugar con ellos por ser tan mayor.

Alistair enmudeció durante un momento, pero se repuso rápidamente.

-Co… ¿Conoces a Cailan?

-¡Sí! – Elissa ladeó la cabeza - ¿Tú también?

-No… Yo no.

El silencio se apoderó de nuevo de la bodega. Se oían murmullos desde el exterior y voces agitadas, pero parecían estar muy lejos del lugar en dónde se encontraban. Quizás pasarían horas hasta que dieran con ellos.

-¿Sabes qué? – Elissa inició de nuevo la conversación – Está bien que seas mayor que yo, así podremos casarnos antes.

-¡¿Qué?! – Alistair se removió nervioso - ¿Cómo que casarnos?

-Pues claro. Tú me gustas, ¿Yo no te gusto?

Alistair no supo que contestar.

-Sí que me gustas, pero yo soy…

-¡Entonces es una promesa! – Elissa agarró las manos del muchacho tanteando en la oscuridad - ¡Cuando seamos mayores nos casaremos!

Alistair correspondió a la muestra de afecto de la muchacha y acarició sus manos con dulzura. Elissa se quedó muy quieta, sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y podía ver levemente como el rostro del niño estaba completamente rojo. Fue entonces cuando la pequeña se irguió levemente y besó los labios de su amigo.

-¡Elissa!

La puerta se abrió de par en par y la luz penetró en la bodega. Bryce Cousland, seguido muy de cerca por Eamon, Maric y Loghain, entraron en la sala con nerviosismo.

Elissa situó su dedo índice en los labios indicando a Alistair que estuviera en silencio, y corrió hasta su padre al cual abrazó con lágrimas en los ojos.

-¡Papá! – Dijo entre sollozos – Me perdí por el castillo, no pude encontrar la biblioteca y yo… y yo…

Bryce agarró en brazos a la niña y la abrazó con fuerza. Era obvio por el sudor de su frente que había corrido por el castillo buscándola. Elissa correspondió al abrazo y apoyó su cabeza en el hombro de su padre.

-Vayámonos de aquí.

Maric sonreía al igual que Eamon. Loghain por su parte observaba con recelo el lugar en donde se encontraba Alistair, pero Elissa sabía que era imposible que le vieran desde ahí.

Los cuatro salieron de la bodega mientras Bryce reprendía a Elissa por su actitud, amenazándola con un posible castigo, pero la niña no le escuchaba, observaba con horror como Eamon giraba sobre sus pasos y cerraba la puerta de la bodega con llave.

-¡No! – Elissa se removió en los brazos de su padre - ¡No podéis cerrar!

Todos los hombres la observaron sorprendidos. Bryce dejó a la pequeña en el suelo y ésta corrió hasta Eamon dispuesta a decirle sobre la presencia de Alistair en la habitación, pero entonces recordó las palabras del muchacho:

"Pero prométeme que no vas a decirle a nadie que has hablado conmigo"

-Tranquila Elissa – Maric se arrodilló junto a la niña y le mostro una dulce sonrisa – Eamon no cerrará la puerta ahora. Volverá dentro de un rato para hacerlo, ¿Está bien?

La niña asintió algo más tranquila, observando como Eamon alejaba la llave de la cerradura y dejaba entreabierta la puerta, permitiendo así que un leve rayo de luz proveniente de las antorchas iluminara la bodega.

Elissa se dejó coger en brazos por su padre de nuevo y apoyó su cabeza en su hombro, observando la puerta que se alejaba lentamente, intentando vislumbrar la figura de Alistair entre la oscuridad de la habitación. Le habría gustado despedirse de alguna manera, pero no estaba preocupada, aquella promesa era irrompible después de todo.

La pequeña se dejó llevar por el cansancio poco a poco, pero antes de cerrar los ojos por completo, se percató de la triste mirada que Maric lanzaba hacia la bodega.