CAPITULO 36: la batalla de Faro de Piedra.
La tormenta fue brutal. Las olas que chocaban contra las murallas de la fortaleza que daban al mar sonaban como arietes que intentaban derribarlas, y el viento que se colaba entre las grietas de los muros y silbaba entre las torres tronaba como cuernos de guerra. Caía un aguacero de mil demonios y los patios de Faro de Piedra parecían barrizales, y aun que se desaguaban por sumideros antiguos, estaban tan mal mantenidos y caía tanta lluvia que en él los mejores ratos, el nivel del agua y el barro solía llegar por las rodillas de los pobres desgraciados que seguían apilando todo lo que encontraban en las barricadas.
Casimiro había forjado todo lo rápido que pudo tres pares de trípodes de metal donde colocar las grandes calderas de hierro que burbujeaban hirviendo aceite para colocarlas en la muralla encima de la puerta y volcar aquel liquido sobre los atacantes, si es que al final se decidían a atacar.
Pero un rato antes del amanecer, cuando el cielo ya clareaba y la tormenta perdía fuerza, las dudas sobre lo que iba a pasar se disiparon: los hombres del hierro se habían montado un campamento improvisado en la aldea más cercana, habían claveteado el mástil del barco en un carro maltrecho y habían colocado encima una barca de pescadores puesta del revés. Y parecían esperara a que la marea bajara para descubrir el istmo.
-Hijos de perra...- Mascullo Casimiro al ver el improvisado ariete con protecciones. Dio intrusiones a los pocos arqueros de que ataran trapos a las puntas de algunas flechas. Así cuando volcaran el aceite de pescado caliente, podían prenderles fuego. Era una buena idea si conseguían derramar aquella sustancia inflamable sobre el casco de la barca que protegía el ariete. Aquello no iba a detenerlos, pero los tendría entretenidos un rato...
Ser Pelton había salido temprano del castillo a ver como estaba la situación. Había tenido esperanzas de que los hombres del hierro se hubieran ido, y se le cayó el alma a los pies al ver que no solo no habían vuelto a casa, si no que pretendían atacar la destrozada fortaleza.
Cuando la lluvia ceso, un hombre del hierro ligeramente mejor vestido que el resto se puso a la orilla del agua, donde el nivel del mar sobre el istmo estaba empezando a descender.
Haciendo bocina con las manos, grito.
-¡EH! ¡Los de ahí dentro!- aulló- se que tenéis un barco. Si nos lo dais, junto a la mitad de las mujeres de la aldea que se que están ahí con vosotros y una parte del tesoro de los Sandead, nos iremos. ¡Nadie tiene por que morir y podemos hacer esto de la forma más fácil y rápida para todos!
No termino de hablar. Mientras Pelton seguía temblando como una hoja ante aquellas aberrantes condiciones de rendición, una piedra salió volando del muro, le dio al hombre del hierro entre los ojos, que se le pusieron blancos, y cayó derribado de espaldas. Mientras el resto de los compatriotas del caído chillaban de furia con ensordecedores gritos de batalla, Casimiro se giro.
Sam "el tumba ardillas a pedradas a 50 pasos de distancia" estaba buscando otra piedra.
-¿Se puede saber que cojones has hecho?- Le espeto Casimiro aun sorprendido por lo que acababa de ver.
-Mi hermana está ahí dentro, vivía en la aldea. MI madre también esta ahí dentro. Me voy a casar dentro de unos meses, y mi prometida, que trabaja en las cocinas de Faro de Piedra, también está ahí dentro. Dos de mis primas estaban en la aldea y no sé donde están ahora. Pero he oído los gritos de las mujeres que no consiguieron llegar a la fortaleza. Y mi tía, tampoco sé donde está. Coseré a pedradas a cualquier cabron que se acerque a esas puertas y si mi señor, o alguno de los Sandead decide abrirlas y negociar con esas condiciones, también se llevara una pedrada.
Sam se encaro a Casimiro, y el herrero solo pudo sonreír.
-Entonces ve cogiendo piedras más gordas, chico. Nos van a hacer falta.
Arcyth y Vadid habían aparecido poco después. Le contaron lo sucedido.
-¿Un barco? ¿A que se refieren con un barco?- Vadid había mirado desde lo alto del faro, y no había visto ninguna nave mas allá de las barcazas y las balsas de los pescadores.
-Justo debajo del faro, en la cara de roca de la península donde está el bastión, hay una cueva. Cerrada con una gran reja. Es el puerto oculto de los señores de Faro de Piedra, para poder huir por mar si el bastión cae. Pero esa reja hace más de 50 años que no se levanta. No sé cómo pueden saber que eso está ahí...y aun que se pudiera levantar, ¡es la única nave que nos queda! ¿Qué les impediría volver?
Ser Pelton hablaba deprisa. Y Arcyth puso los ojos en blanco. Aun que la reja y la cueva estuvieran ocultas a la vista desde tierra, los hombres del hierro venían desde el mar, y desde su punto de vista, aquella cueva enrejada era algo más que visible. La idiotez de aquella gente le tenia de los nervios.
-¿Como de grande es ese barco? Si hay que evacuar, sería nuestra única vía de escape.
-Es un barco luego. Unas 50 personas. 70 o 75 si amontonamos un poco...-Ser Pelton parecía esperanzado.
Arcyth no. Allí había mucho más de 75 personas. Por no mencionar que ni él ni Vadid, y menos aun Casimiro estarían dispuestos a abandonar a sus caballos. Eso sin olvidar a Harlum, que mataría a quien intentara alejarlo y hacerle abandonar su recién adquirida biblioteca, que en sus acolchados arcones, abultaba y pesaba más que una veintena de personas. Además, había que añadir el favor "Sandead", y básicamente, ningún señor huye abandonando su fortaleza. Y si se ve obligado a hacerlo, cargara todo lo que pueda: propiedad, recuerdos, ropa, tesoros, armaduras,...todo lo que tuviera algún valor. No creía que los Sandead tuvieran mucho, pero allí se enfrentaban a un autentico motín: si los aldeanos se enteraban de que su señor pretendía abandonarlos y que prefería llevarse tesoros que gente,...bueno, eran más de una centena de aldeanos aterrados. Y había como 7 guardianes protegiendo a dos adolescentes y a un viejo senil que se cagaba encima y no sabía ni en qué siglo vivía. Las cosas se podían poner muy serias y muy feas. Y llegados a ese caso, los hombres del hierro serian el menor de sus problemas, porque ellos aun tenían que cruzar las murallas y los enfurecidos campesinos ya estaban dentro.
-Mejor nos olvidamos de momento del barco, manda a alguien que limpie la reja para poder levantarla de ser necesario, pero no lo menciones a nadie. Que sea un plan de emergencias.- Arcyth después de hablar se dio cuenta que Ser Pelton no le debía lealtad alguna así que añadió- Al menos, es lo que yo haría. Hay más de una centena de campesinos aterrados y no podréis controlarlos si se enteran de que hay una vía de escape. Se encontrara con un motín entre manos. Y Si sus señores abandonan su fortaleza en estas circunstancias, os aseguro que jamás podrán optar a un titulo ni a recuperar sus tierras.
Los dos hermanos Minkundis que sabían manejar armas se fueron a la puerta de entrada junto a Casimiro. Harlum estaba en el patio de armas con su equipo médico de emergencias. Había cogido el botiquín grande. Habían hecho que todo hombre capaz de sostener un arma estuviera en el patio frente a la puerta atrincherada. Desde cocineros hasta el mozo de cuadras. Y cuando el primer golpe del ariete en la puerta llego, muchos de ellos se mearon encima.
-¡VOLCAD LOS CALDEROS!- aulló alguien.
Fue ese momento, cuando las puertas temblaban por el enorme golpe recibido y algunos de los cascotes de la barricada caían, cuando Casimiro hizo girar la palanca que volcaba las ollas. El aceite de pescado hirviendo se volcó. Y una nube de humo y vapor rodeo las murallas con un coro de gritos agónicos y de rabia.
-¡FUEGO!- Grito Sam el "apedrea-ardillas".
Varias flechas ardiendo fueron lanzadas. No con mucha precisión. Pero hubiera bastado con que las dejaran caer. El aceite de pescado caliente prendió, y en las puertas de Faro de Piedra se levanto una llamarada y una densa humareda que olía a fritanga.
-Genial...-canturreo Vadid desenfundado sus armas- ahora me va a dar hambre...
-Espera a oler a carne humana quemada, se te quitara enseguida- Se rio Casimiro empuñando su enorme martillo. Pero acto seguido lo dejo apoyado en una de las ruinosas troneras de las almenas y cogió un ladrillo. Lo sopeso. Miro fijamente a la horda de hombres del hierro que se recomponía para iniciar un ataque en firmes. Apunto con cuidado, y lanzo el ladrillo. La cabeza de uno de los hombres del hierro que se intentaba apagar las llamas de encima estallo en mil pedazos.
-Poco ortodoxo,...-susurro Arcyth impresionado- pero interesantemente efectivo.
Desde las saeteras, los pocos arqueros estaban disparando a todo lo que se movía. Pero media docena de arqueros poco podían hacer.
Los hombres del hierro iniciaron un ataque protegiéndose con escudos a la barbacana de la puerta principal. Esta vez con los escudos en ristre para defenderse del aceite y las armas arrojadizas.
Varios de los campesinos recién ascendidos a soldados estaban bajando las ollas vacías y subiendo otra tanda de grandes perolas humeando. Tal y como una de ellas estuvo lista, Arcyth aparto a los sirvientes y agarro la palanca de volcado. Se había colocado en la que estaba justo encima de la puerta. Vadid vio a los arqueros de los hombres del hierro tensar las cuerdas de sus arcos y agarrando el escudo que tenia colgado a la espalda lo coloco sobre la cabeza de su hermano mayor, poniéndose el a su lado.
Los hombres del hierro dispararon. Más de sesenta flechas volaron. Y aquel chubasco de de proyectiles cruzo el cielo para caer sobre el patio. Los gritos fueron horribles. El miedo cundió entre los campesinos que empezaron a pisarse unos a otros. Ser Pelton intentaba gritar órdenes pero nadie le oía. Y nadie sabía dónde estaba Ser Gormal Davel. Cuando los enemigos llegaron al ariete, no hicieron esperar su ataque. Los arqueros seguían disparando como locos mientras los porteadores habían hecho cargar el ariete otra vez contra las puertas. Arcyth sonrió. Volcó la olla de aceite de pescado e hizo llover muerte liquida sobre el ariete. Y cuando se hubo derramado todo, aplico más fuerza e hizo volcar del todo la olla. Era un perol enorme. De 100 litros. De hierro forjado. Y estaba al rojo vivo. La olla reboto sobre el muro y callo haciendo sonidos de campanazos sobre los hombres del hierro. Al golpear el ariete, la olla destrozo la barca que usaban como escudo y se quedo allí, clavada en el lodo como una piedra descomunal en el camino. Les iba a costar sortear aquel humilde utensilio de cocina para poder volver a sacarle partido al ariete. No los frenaría, pero les haría perder tiempo.
Pero pronto se dieron cuenta que todo aquello era un ejercicio en vano: los arqueros empezaron a concentrar su fuego en los defensores del muro. Porque otros, con garfios de escalada y cuerda, estaban trepando por las piedras. O frenabas a los escaladores o te ponías a salvo de las flechas. No era una decisión fácil.
Casimiro le había cogido cariño a eso de lanzar ladrillos y estaba empezando a dársele muy bien. Pero cuando se llevo un flechazo en el brazo las cosas se le pusieron feas. Rompió el astil del arma y siguió defendiendo su posición a ladrillazos.
Pero cuando Sam el "apedreardillas" recargaba su honda, vio como una flecha se le clavaba en un ojo y se precipitaba hacia atrás, cayendo en la barricada. La punta del astil le asomaba por la parte de atrás del cogote.
Al menos doce de los campesinos que había en el patio estaban sangrando por algún sitio, y había otra decena que no se movía, y que estaban tirados en el barro como muñecos rotos.
Pero no podían recargar las ollas con más velocidad que los hombres del hierro arremetían con el ariete. Y por más que lanzaran piedras, ladrillos y flechas, otro golpe con el mástil del barco fue dado. La puerta se salió de los goznes con un crujido terrible. Pero la barricada resistió.
-¡Eso no los va a frenar mucho rato!- Grito Vadid maniobrando con el escudo para protegerse él y a su hermano, que había guardado la espada y sacado la ballesta. Mientras Arcyth la cargaba para disparar un virotazo a uno de los que cargaban el ariete.
-Si abandonamos la posición solo podremos retroceder-Mascullo furioso el señor de Minkundis- y luchamos de espaldas al mar. No es una buena posición.
-¿Esto es una puta mierda, lo sabías?- Mascullo Vadid furioso- Si hubiéramos venido con una guarnición de nuestros soldados, podríamos defender esta posición sin despeinarnos.
-Pero no es así. Así que haremos lo que podamos con lo que tenemos.- Arcyth le palmeo el hombro a su hermano- ¿No decías que querías caer en combate en una batalla?
-Sí, pero no masacrado por una horda de zarrapastrosos defendiendo a un puto loco senil que se caga encima en una fortaleza perdida en el culo del norte de la que nadie sabe absolutamente nada.
Arcyth sonrió. Cargo la ballesta. Volvió a disparar.
-Siempre hay una salida- Dijo al final, colocando otro virote en su arma- Arslan me lo enseño. Siempre hay una salida. Debemos encontrarla.
Harlum, desde su posición, lo veía todo muy negro. Tomo una decisión.
-¿Donde está la cuervera?
-¿La cuervera?- Crispín no entendía
-Vais a enviar un mensaje a los Glover. Y a los Stark. Y a todos los grandes señores que haya en la zona. Vais a pedir ayuda.
-Pero...
-Pero nada- Harlum se había puesto serio- Hay una diferencia entre no querer ayudar a una familia cuyo señor no te cae bien y dejar que los hombres del hierro campen a sus anchas por su territorio masacrando a sus vasallos. Mandareis el mensaje a los Glover diciendo que estáis siendo atacados. Y les diréis también que habéis avisado a otras casas. Los Glover tendrán que venir a ayudaros por la simple razón de que otros podrían saber que no os socorrieron. Un señor tiene responsabilidades. Si solo avisáis a los Glover podrían ignoraros. Pero si avisáis a otros...y se lo decís a los Glover, no podrán ignoraros por que podrían ser juzgados. Y por lo que mas queráis, soltad todos los cuervos. Con un poco de suerte, si abaten alguno no será el que porte mensaje. Así estarán ocupados intentando averiguar a qué cuervos deben disparar. Con mucha suerte, alguno pasara. Mandad los malditos cuervos. ¡YA!
Crispín salto como un resorte y salió corriendo a la cima de la torre del homenaje, donde estaban las cuerveras. Varios minutos después, una nube de cuervos salió volando. Algunos fueron asaetados, pero la gran mayoría se fueron volando. Alas negras portando malas noticias. Desperdigados en todas direcciones con graznidos.
El heredero de los Sandead se llevo un susto de muerte cuando una vez soltados los cuervos, se giro y vio un arquero en lo alto del faro, en la barandilla exterior de las arcadas vidriadas. Pero no era un hombre. Era una mujer. Una mujer con el pelo recogido que vestía con una túnica Dorniense cubierta por una pesada capa de lana y piel de borrego. La mujer lo miro, sonrió, se llevo los dedos a los labios en un gesto de silencio, le guiño un ojo, y sacando una flecha del carcaj, apunto con cuidado hacia los hombres del hierro, soldando la flecha como la delicadeza y suavidad de una amante que lanza un beso. Y en algún lugar allá abajo, fuera de las murallas, un hombre cayo con un asta emplumada sepultada en su pecho.
Las cosas se habían puesto bastante feas para el medio día. La barricada estaba tan maltrecha que un golpe más la haría caer. Y apenas podían contener a los incursores que trepaban los muros. Cuando los que empujaban el ariete se las apañaron para volver a golpear, la barricada se abrió en canal.
-¡BRECHA EN LA PUERTA!-Aulló Arcyth cuando los primeros hombres del hierro entraban por entre los restos de las puertas- ¡LANCEROS! ¡CONTENEDLOS!
Las levas campesinas levantaron sus lanzas y sus alabardas. Y cargaron haciendo un muro de púas contra las puertas, reteniendo y manteniendo fuera a los hombres del hierro.
Los arqueros y apedreadores del muro abandonaron sus puestos, y empezaron una retirada al patio de armas. No todos lo consiguieron. Retrocedieron manteniendo una formación un tanto precaria, pero cuando todos hubieron cruzado al patio de armas, las segundas puertas se cerraron.
-¡Mierda, esto va de mal en peor...ya no podemos retroceder más!- Vadid estaba atacado de los nervios.
Los arqueros y apedreadores subieron a los muros del patio de armas para defender aquel último reducto que les quedaba, los carros y gran parte del mobiliario más pesado de la fortaleza fueron amontonados contra las puertas a modo de segunda barricada.
Los vítores y burlas de los hombres del hierro desmoralizaron aun más a los defensores de Faro de Piedra.
Harlum no daba a basto para atender a los heridos. Sacar flechas, poner vendas, y a los que tenían heridas muy graves, darles un golpe de gracia piadoso e indoloro en la nuca para que dejaran de sufrir.
Las cosas iban mal. Muy mal. Y aun fueron peor.
-¡Dadnos el puto barco y lo que queramos coger de los Sandead y nos iremos!- Se escucho decir a una voz- ¡Y nadie más morirá! ¡Creo que ya hemos perdido todos bastantes hombres en este sin sentido!
-¿Quien habla?- Arcyth grito al cielo. Era bastante extraño hablar con alguien al otro lado de un muro sin verle la cara.
-Paboro Styde, Capitán de la Perra Sanguinaria. Y aun que me importe una mierda a decir verdad, supongo que la cortesía que se espera de mi es preguntar con quien hablo.
Hubo un momento de incredulidad ante esas palabras, pero Arcyth solo sonrió.
-Lord Arcyth Minkundis. Y aprecio vuestra sinceridad aun que vuestros modales dejen mucho que desear.
-¿Minkundis?- Atronó la voz del capitán Paboro Styde- ¿quién carajos sois?
-De Descanso del Rey, en el Bosque Real.
-Estáis muy lejos de casa, Lord Arcyth.
-Mucho.
-Pues si queréis volver a esa casa vuestra en el sur, dejad que los Sandead hablen por sí mismos. Queremos el barco. La mitad de las joyas y objetos de valor de la fortaleza y la mitad de las mujeres. ¿Mejor saber que nos hemos llevado la mitad que os matemos a todos, verdad? Es un trato justo. Sabéis tan bien como yo que tenemos suficientes hombres como para tomar la fortaleza antes de que acabe el día. Y aun que no la tomáramos hoy, lo haríamos mañana por la mañana. Sé que habéis enviado cuervos, y si alguno llega a su destino, las casas más cercanas están al menos a un día a caballo. Nos habremos ido antes de que lleguen refuerzos o ayuda. Y vosotros estaréis todos muertos si no obtenemos lo que queremos de una forma fácil. Podemos hacerlo muy sencillo. O muy difícil. En cualquier caso, nosotros ganaremos esta contienda. Sé que los señores del sur sois muy aficionados a eso del honor y las batallas épicas...pero esto no es una batalla, Lord Arcyth. Esto va a ser una carnicería.
-Hablare con ellos. Meditaremos vuestra oferta- Fue la única respuesta neutra que Arcyth consiguió pensar.
-No tardéis demasiado. Cuando consigamos tumbar esas puertas, ya no habrá negociación que os salve.
Tuvieron un par de horas de gracia. No por cortesía por parte de los hombres del hierro, si no porque la puerta de acceso cruzando el istmo era pequeña. Cruzaron lentamente tomando posesión del patio. Repararon el ariete y preparándose para entrar en liza de nuevo.
Dentro del patio de armas, las cosas estaban muy tensas. Los campesinos estaban entrando en pánico y el miedo lleva a hacer estupideces. Tenían pocas opciones, y todos lo sabían.
Arcyth llamo a Vadid a gritos y su hermano pequeño lo siguió trotando dentro de la fortaleza, donde se reunieron con Harlum, y con los hermanos Sandead.
-Opciones. Que opciones tenemos- Pregunto Arcyth a las bravas.
-si les damos lo que queremos los Derkon se apropiaran de todo lo que tenemos alegando que no podemos defender a los nuestros...-Mascullo Crispín hundido de hombros.
-Pero tenemos otra opción. Una muy remota- Harlum miro a Arcyth con una mirada febril. Cuasi desesperada. Como la situación.
-¿Cual?
-Hay algo más que los hombres del hierro quieren por encima de las rapiñas y los saqueos. Y es un trocito del continente en tierra firme al que llamar suyo. Lo defenderían con uñas y dientes...-Harlum dejo caer aquello y todos instintivamente miraron a Lady Gria, que se puso a temblar.
-No, eso no es una opción. Es una pésima idea- Ser Pelton, que no había abierto la boca en todo el rato se puso en pie casi con violencia.
-Es una opción casi tan desesperada como nuestra situación, ser Pelton. Así que plantearos si renegar de un tratado matrimonial, o al menos ofrecerlo, porque nada garantiza que lo acepten, vale tanto como todas nuestras vidas, y la continuidad de la casa Sandead- Harlum hablaba despacio. De forma pausada. Dejando que sus palabras calaran en la dura mollera del viejo caballero, que parecía estar sudando a mares.
Cuando Casimiro entro allí, para ver qué pasaba, todos se miraban en un silencio incomodo. Cuando Harlum vio la flecha que sobresalía de su brazo, se aparto para curarle.
-No es necesario...-empezó a decir el herrero. Pero Harlum ya había arrancado parte de la manga de su camisa.
Se quedo congelado. El brazo del herrero estaba blanco la punta de los dedos hasta el nacimiento del cuello. Y rodeando todo el brazo había una red hecha de cadenas que parecía estar fundida con la carne, como si la hubieran colocado al rojo vivo sobre la extremidad y dejado que se fusionara con la piel.
-Dioses...-mascullo Harlum que jamás había visto nada así. Agarro la flecha y la saco de un tirón. La herida apenas sangro. Con los dedos abrió la herida para mirar dentro y la carne del brazo del herrero parecía pálida, como si estuviera muerta. Parecía el brazo de un hombre que hubiera muerto de hipotermia. Cerca de la mano, Harlum vio un rubí grande palpitando débilmente con una especie de luz interna. Como un diminuto corazón.- ¿Ser Casimiro...queréis contarme algo?
El herrero suspiro.
-Fui infectado más allá del muro por algo...malo. Esto detiene la corrupción para que no me posea.
-¿Es mágico?- Harlum miro aquellas cadenas con curiosidad.
-No sé lo que es. Pero la corrupción no avanza.
Ambos se miraron. Harlum asintió.
-Si sobrevivimos a esto, vais a tener que contarme toda la historia. Con todo lujo de detalles.
-Si salimos vivos de esta, hasta os hare dibujos y diagramas para dejar claras las partes difíciles...-Casimiro miro con cierta pasividad como Harlum le cosía la herida. No sentía dolor. El brazo que tenia afectado por aquella extraña dolencia era prácticamente insensible.
Uno de los arqueros apostados en las almenas interiores dio el grito de aviso. Los hombres del hierro volvieron a la carga.
Disparar con flechas al patio exterior había sido inútil, entraban bajo escudos y tenían las cuadras y los silos y la herrería para guarnecerse. Habían techados por todas partes para guarnecerse y ahora arrastraban el ariete, tras haberlo reparado mínimamente rehaciendo el techado con maderas y tablas claveteadas de cualquier manera, y lo lanzaban contra la puerta.
Por suerte para los Sandead, aquellas puertas menos torturadas por los elementos y las mareas eran más gruesas y estaba en mejor estado. Aguantaría más tiempo. Pero no indefinidamente. Lo que realmente pillo a todos por sorpresa fue lo que paso cuando la tarde empezaba a caer, la marea subía y el istmo empezaba a inundarse.
Se escucharon cuernos de batalla, y a lo lejos del camino se vio a varias unidades de caballería avanzar a toda velocidad hacia Faro de Piedra. Llevaban el emblema partido de la ola azur sobre sable y un árbol sobre azur. El emblema de los Derkon. No serian más de cincuenta caballeros con armaduras pesadas. Pero venían cargando desde lejos, con las armas preparadas.
Los hombres del hierro apenas tuvieron tiempo de montar la barricada que ellos mismos habían destruido. Pero todos escucharon las mismas palabras.
Lord Elgo Derkon se proclamaba señor de Faro de Piedra, e instaba a los hombres del hierro a largarse de su propiedad. A fin de cuentas, los Sandead no podían detener aquel ataque, y dejo bastante claro que si los Sandead y los hombres del hierro no hacían lo que quería, de allí no saldría nadie vivo y el contaría lo que quisiera sobre lo que había pasado allí. Sus exigencias eran simples: Lord Timbal y Lord Crispín serian entregados como rehenes a la casa Derkon. Lady Gria se desposaría con Lord Elgo para atar todos los posibles focos de resistencia sobre la legitimidad o legalidad de la toma de posesión de los Derkon sobre Faro de Piedra. Los hombres del hierro volverían a casa aun que tuvieran que hacerlo a nado. Si alguna de esas exigencias era desoída, todos morirían.
-Que nadie diga que estamos aquí. Si los Derkon se enteran de que hay testigos de otra casa presente, podrían matarnos a todos para que nadie cuente la historia. No sabrán como reaccionar si se enteran de que estamos aquí.
Arcyth vio que la marea subía. No podrían atravesar el istmo hasta la mañana siguiente. Aun que técnicamente no era muy tarde, en el norte oscurecía temprano. Y no pudo evitar girarse a mirar a Vadid y a Casimiro que estaban riendo con histerismo.
-¿qué os parece tan divertido?
-Estamos sitiados. Y los que nos tienen sitiados están sitiados. ¡Y todos quieren vernos muertos pero se odian tanto entre ellos que no saben a quién atacar primero!- Consiguió decir entre risas Casimiro, Vadid ya se había caído al suelo. Arcyth los comprendió y sonrió. Aquello era presa de la histeria.
De algún modo, nadie ataco a nadie en las siguientes horas, que fueron tensas para todas las partes implicadas. Pero por si acaso las cosas no eran bastante extrañas. Alguien llamo a las puertas del patio.
Vadid no pudo contenerse. Corrió hacia las puertas y con su voz más aflautada, soltó alegremente
-¿Si? ¿Quién es?
-¿Me estáis tomando el pelo o ahí dentro tenéis algún retrasado mental?- Sonó una voz desde el otro lado de la gruesa madera.
Hubo ciertas risas a ambos lados de las puertas de madera. Pero la voz firme y grave que había hablado y llamado volvió a hacerse oír.
-Soy Elmo Orkwood, y demando hablar con quien quiera que esté al mando ahí dentro. Flanqueadme el paso, voy desarmado con dos de mis hombres y el capitán Paboro Styde, creo que es hora de negociar seriamente.
Hubo una gran discusión y un revuelo terrible con aquel ofrecimiento, pero al final, la idea general de "que otra opción tenemos" se impuso. Las puertas se abrieron, y los cuatro hombres del hierro entraron.
Fueron recibidos por los Minkundis, por el caballero del valle y por miembros no seniles de la familia Sandead. Fueron todos al gran salón, donde les dieron vino, pan y sal. Y después se sirvió una cena de carne fría y algo de pescado.
-¿Creo que las cortesías ya están un poco gastadas, no pensáis?- rompió el hielo Arcyth.
Todos se miraron incómodos sin saber cómo empezar aquella conversación.
-Si queréis ir al grano, así sea- Lord Orkwood se rellano en su asiento. Era un hombre joven, que no llegaría a la treintena de años. Pero se le veía curtido por el viento, por el mar y por incontables saqueos. Habría sido un hombre atractivo si se cuidara un poco más, pero lo compensaba con una especie atractivo canallesco.- Queremos irnos a casa. Supongo que ya sabréis que aun que quisiéramos, no podemos. La tormenta estrello nuestros barcos contra la costa y los destrozo. No podemos permitirnos perder dos barcos. Así que sintiéndolo mucho por vosotros, queremos el barco que se que tenéis y un saqueo que compense con creces el haber perdido el otro.
Hubo ciertos murmullos y caras largas en la sala.
-¿Y por qué deberíamos daros semejante botín?- Ser Pelton había hablado con suavidad, como si tuviera miedo de usar palabras que no debía.
-Por que ni vosotros ni nosotros podemos vencer por separado a lo que hay ahí fuera. Pero juntos si podemos. No penséis en ello como un saqueo. Pensad en ello como el pago por nuestra ayuda.
-¿Y qué nos garantiza que una vez expulsados los Derkon no nos masacrareis y os llevareis lo que queráis de todos modos?- Esta vez fue Lord Crispín.
-No lo sabéis. Pero tenemos más soldados y guerreros que vosotros. Serán mis hombres los que mueran en mayor numero.- Lord Orkwood estaba muy serio- tras la batalla que tanda lugar por la mañana, podemos zanjar esto de un modo civilizado mientras nos dais lo que queremos, o podemos retomarlo donde lo dejamos y masacrarnos unos a otros hasta que el vencedor se quede con todo- Lord Orkwood tomo su jarra de cerveza y bebió de ella poniendo mala cara. Estaba demasiado aguada para su gusto, pero era mejor que el vino. Nunca le había gustado el vino.
-¡No entiendo porque debemos hacer estas negociaciones!- Grito uno de los guardaespaldas- ¡Somos hombres del hierro! ¡No compramos con oro! ¡Pagamos lo que tomamos con el precio del hierro!
Arcyth no se lo pensó. Saco su espada y se la clavo a aquel cabron en el estomago, hundiendo más de tres palmos de metal en sus tripas, en una puñalada hacia arriba.
-El problema de pagar el precio del hierro es que cuando te dan las vueltas puede que sea más de lo que puedes manejar. Negociar con oro sale más rentable. Es más seguro...no pensáis, Lord Orkwood?- Arcyth saco la espada de un tirón haciendo que los intestinos de aquel desgraciado se desparramaran por el suelo.
Elmo Orkwood miro la escena sin inmutarse. Giro los ojos hacia el resto de sus hombres y con un gesto de las manos los insto a echarse hacia atrás.
-Las leyes sagradas de la cortesía no nos son indiferentes, Lord Minkundis. Por eso ignorare el hecho de que acabáis de matar a uno de mis contramaestres de más confianza. Pero dado que el os ha insultado y amenazado, pasare eso por alto. Pero volved a poner la mano encima a uno de los míos y antes de que los Derkon inicien su ataque, os aseguro que ya habremos arrasado Faro de Piedra y huido en el puto barco que se que tenéis. ¿Está claro?
-¿Os dais muchos aires para ser básicamente un pirata y un ladrón, lo sabíais?- Arcyth había limpiado su espada y la envainaba lentamente, como dejando claro que podía sacarla enseguida de ser necesario.
-Nuestro oficio rara vez coincide con quienes somos o lo que somos. Os lo creáis o no, soy un hombre versado en las letras. Pero soy un pirata. Un excelente pirata de hecho. Y un ladrón aun mejor. Pero mi señor es un hombre sabio que ha inculcado cierta cultura en sus pupilos. Así que ya veis.
-¿Y quién es ese señor, si puede saberse? No estoy versado en las heráldicas de las islas del hierro.
-Lord Rodrik Harlaw- Fue la escueta respuesta.
Harlum se acerco a Arcyth y le hablo rápidamente al oído.
-Su emblema es una guadaña de plata sobre fondo sable. Perdió a sus hijos en la batalla de Isla bella durante la rebelión de los Greyjoy. Se le llama "el lector" por su desmedida afición a la lectura. Apenas sale de Su bastión en Diez Torres- Bajo la voz ostensiblemente antes de añadir- Se dice que es de los pocos hombres de las islas del hierro con los que se puede negociar.
-¿Vuestro maestre ya os ha chivado los datos necesarios para seguir la conversación?- canturreo el Orkwood con una sonrisilla sardónica.
-Sí, gracias por vuestro interés- Arcyth le respondió con una sonrisa también.
-Hay algo que no comprendo. ¿Porque si no sois señor de este baluarte estoy hablando con vos en lugar de con los que teóricamente mandan aquí?
-Por que vinimos aquí en calidad de mediadores y seguimos trabajando en ello. Así que tenemos permiso para hablar en nombre de los Sandead- Arcyth sabía que aquello no era técnicamente mentir, pero tampoco era cierto del todo. Harlum era el conciliador. No el resto. Pero dado que ningún Sandead había asumido aquel papel, lo había hecho el. Y lo seguiría haciendo dadas las circunstancias hasta que alguien aparte de ser Pelton tomara la iniciativa.
-¿Entonces qué decís, Lord mediador, aceptáis nuestras condiciones?
-No- Arcyth tomo su copa de vino y disfruto viendo las cejas de aquel joven pirata arquearse con curiosidad- Pretendemos ofreceros otro trato.
-¿Otro trato? ¿Pensáis intentar poner vuestras condiciones?- Se burlo el Orkwood- no estáis en posición de negociar.
-Oh, sí lo estamos. Tenemos algo que os podría ser mas valioso que lo que pedís. Algo que compensaría con creces haber perdido dos barcos.
El joven pirata se inclino hacia delante con curiosidad.
-¿el qué?
Arcyth se sentó frente a él. Se echo hacia delante, y con un tono de voz casi melódico, comenzó ha hablar mientras lo miraba fijamente a los ojos.
-Dejad que os cuente una historia. Era sea una vez, un grupo de piratas letrados que intentando esquivar una tormenta, acabaron varados en una playa donde habían varias aldeas y una antigua fortaleza muy maltrecha, por que la casa a la que pertenecía esa fortaleza no había tenido un líder fuerte durante mucho tiempo. Los piratas pensaron que podrían conseguir resarcirse de sus pérdidas y no ser castigados por haber dañado dos barcos, así que hicieron lo que se les daba bien hacer: piratear. Asaltaron las aldeas...pero muchos de los campesinos y las cosas de valor habían acabado en la fortaleza. Perdieron muchos hombres intentando asaltarla, muchos más de los que se podían permitir.
Y justo cuando pensaban que habían ganado, las tropas de otra casa rival de la casa que estaban atacando los sitio. Cuando todo parecía perdido, a los piratas se les ocurrió intentar pactar con la familia que habían atacado, a la que tanto daño habían hecho. Y entonces, se les planteo una opción interesante. Tener lo que nunca habían tenido: propiedades en el continente. Porque resulta que el viejo señor de aquella fortaleza no tardaría en morir, y solo tenía dos sobrinos: Su heredero, y una hermana. Era el heredero el que tendría el titulo de señor del bastión a la muerte del anciano. Pero la hermana...la hermana no iba a irse muy lejos. Así que al pirata le ofrecieron un trato: renunciar a su apellido y casarse con la jovencita, creando así un vínculo entre la familia de piratas y la del continente, pero para que los señores del señor de la fortaleza no pudieran protestar, siempre podrían esgrimir que le había renunciado a su "pasado".
Así que juntos, empezaron una campaña para acosar a esa familia rival, que tenia pretensiones sobre el territorio. Y juntos, los borraron del mapa. Tenían una nueva fortaleza. Mas grande, mas rica...que paso a ser la casa del heredero de la familia. Y el pequeño bastión junto al mar pasó a ser propiedad de la hermana, casada con el pirata. Porque ahora, ese pedacito de costa era suyo, y no iba a permitir que sus propios hombres saquearan lo que ahora le pertenecía. Y tampoco iba a dejar que ningún otro pirata pisara sus dominios. Porque su familia ahora poseía algo que muy pocos piratas tenían: tierras fuera de sus islas.
El silencio cayo como plomo fundido.
-Es un cuento muy interesante...-Susurro finalmente Elmo Orkwood con la boca seca y un brillo codicioso en los ojos.
-Sí, es curioso lo fácil que todo parece en los cuentos- Arcyth sonrió. Sabía que tenía su atención- pero en la vida real, las cosas serian un poco más complicadas.
-¿qué complicaciones preveríais?
-Para empezar, conozco algunas de vuestras costumbres. Lady Gria no sería bajo ninguna circunstancia vuestra esposa de sal. Seria vuestra esposa. La única. Con todos sus derechos y privilegios intactos.
-Razonable- Concedido Elmo.
-Nadie aquí aceptaría esa unión ni ese trato si os la lleváis a las islas del hierro. Deberíais quedaros vos aquí, como señor. Y dar un tiempo de gracia de noviazgo.
-Podría ser conflictivo, pero no sería imposible. Básicamente, proponéis que me quede como novio-rehén hasta que las cosas se calmen- Sonrió Elmo con diversión.
-Algo así- Arcyth asintió con la cabeza- Pero el problema es que con el ataque que habéis hecho y la escabechina que provocasteis, nadie va a quereros aquí. Deberéis firmar un tratado de no agresión y comprometeros a que la costa de Faro de Piedra sea un terreno seguro. No solo no lo atacareis, si no que lo defenderéis.
-Uno no ataca sus propias costas, eso es lógico- Elmo seguía sonriendo.
a las mujeres capturadas durante el ataque a la aldea, y devolveréis todo lo robado. Y esas mujeres podrán denunciar a sus violadores. Dichos violadores irán al muro o serán castrados según la ley de poniente.
Elmo dejo de sonreír.
-No podéis hablar en serio.
-Hablo muy en serio. No podéis hacer lo que os dé la gana sin repercusiones. Si queréis los derechos y los territorios tendréis que cargar con las obligaciones y las leyes. En un acto de buena fe, podríamos fijar una cifra simbólica de los hombres vuestros que cargarían con los delitos de todos. Pongamos 10. Por ejemplo. Elegid a los de menos fiar o a los que tengáis ganas de quitaros de encima por pendencieros, amotinados o problemáticos. Me da igual. Pero aquí habéis hecho mucho daño, y si queréis aspirar a señorear en estas tierras, deberéis hacer ver que cumplís con sus leyes. Aun que sea de una manera simbólica.
-Mis hombres no van a estar contentos...-Elmo seguía tentado de aceptar aquel trato, pero no le gustaba como sonaba esa última parte.
-Me importa una mierda que no estén contentos. Las mujeres a las que violaron no estarán contentas. Los maridos e hijos a los que mataron no estarán contentos. La libertad de la que hacéis gala pagando el precio del hierro solo os pone contentos a vosotros. Si os comportáis como criminales, se os tratara como criminales. Se os está dando la oportunidad de tener un señorío. Algo que muy pocos isleños del hierro pueden decir. Así que si queréis el premio, tendréis que pagar el precio. Y es un precio en sangre por los delitos que habéis cometido.
Elmo se echo hacia atrás. Y miro a Paboro. Este se encogió de hombros.
-la mayoría son buenos chicos, señor, pero hay unos cuantos nombres que no iría mal tachar de la lista. Isgon tiene tendencia a amotinarse y desobedecer órdenes. Y sé que Josser acuchillo a su anterior capitán aun que el jura que lo encontró así cuando fue a despertarlo. No me fio de ellos. Y han muerto ya algunos de los nuestros. Supongo que acusarlos de esos crímenes no haría daño a nadie y seguro que los cometieron en algún momento de sus vidas.
-¿Aceptaríais colgar cadáveres, Lord?- Sonrió Elmo con picardía.
-Colgaremos todos los cadáveres que hagan falta. Pero diez de la tripulación serán castrados o irán al muro. Y no diez al azar. Diez de entre aquellos que las mujeres liberadas acusen de violación y/o asesinato.
Elmo suspiro. 10 hombres de su tripulación o un señorío y salir de allí vivos. Tomo su decisión rápido.
-diez, sea pues. Y mejor decapitadlos. Castrarlos y tenerlos aquí causaría problemas. Y mandarlos al muro no es una opción, son hombres del hierro, acabarían escapando. Si queréis enviar un mensaje, aun que sea contraproducente para mí, lo mejor que podéis hacer es matarlos. Así ganamos todos aquí obtienen su justicia y yo me quito basura de en medio. Pero escogeré yo. Aun que me gustaría consultar con mi señor Harlaw sobre el asunto de este tratado.
-Haced como os plazca cuando todo haya acabado, ultimaremos los detalles cuando no estemos sitiados.
-¿Puedo al menos conocer a la novia?- Elmo enarco una ceja con aquella mirada calculadora que era capaz de poner precio a absolutamente todo y parecía evaluar si sería capaz de llenarse los bolsillos con todo objeto pequeño al alcance de sus manos.
Y esa simple pregunta los pillo a todos de improvisto. Arcyth mire a Harlum. Harlum mire a Lord Crispin. Lord Crispín miro a Ser Pelton. Y ser Pelton se puso pálido.
-Había ido a sus habitaciones. Ser Gormal Davel la escoltaba.
-¿Ser Gormal?- Vadid no pudo contenerse- ¿Donde estaba ser Gormal durante el ataque? ¿Alguien lo vio?
Todos se miraron. Nadie parecía saber nada de ese asunto. Y Arcyth ato cabos bastante rápido.
-¿Ser Pelton, a quien le dijisteis lo del barco? ¿A quién mandasteis a arreglar la reja?
-Dijisteis que fuera alguien de confianza así que mande a ser...-Callo. Pelton se había quedado sin palabras.
-¡Deberíamos ir a las habitaciones de Gria!- Crispín ya se había puesto en pie.
-No están allí- Mascullo Arcyth irritado.
-¿hay algún problema?- El Orkwood también se había puesto en pie, tenso al ver que algo iba mal y no comprendía quedaban
-¿Decidme, Lord Orkwood, que hacéis con los cabrones que os traicionan y huyen de la batalla?- le espeto Arcyth a bocajarro.
El pirata sonrió
-Los pasamos por la quilla.
-Bien, aquí tendrán diez de los vuestros, pero vos tendréis uno de los suyos. Al puerto. Enseguida.
Y mientras la noche caía, llenándolo todo de sombras, una pequeña comitiva de caballeros del valle, guerreros y piratas de las islas del hierro corría por las entrañas de Faro de Piedra como si la vida les fuera en ello.
