Capítulo 35.
Su voz fue lo primero que reconocí. Bueno no. En realidad lo primero que identifiqué fue su aroma, que flotaba ligero y constante dentro de la cabaña desde que traspasé el umbral, pero supongo que me había acostumbrado tanto a su ausencia que aunque mi nariz se puso inmediatamente alerta, mi cerebro se negó a creerle para no llenarme de falsas esperanzas que pudieran colapsar de forma inminente arrancando de tajo la última pizca de optimismo que me quedaba. Pero después…, después escuché su voz, y todo quedó confirmado al cien por ciento cuando finalmente mis ojos se posaron en los suyos. Azules, brillantes y perfectos. Mi corazón frenó de golpe su acelerado traqueteo y, al hacerlo, mandó un azote directo a mi incrédulo cerebro que, a su vez, atacó con fuerza estremecedora, y un despliegue de mil estúpidas mariposas, a mi estómago. Y todo, absolutamente todo se sumió en el más profundo de los silencios. Un silencio cargado de energía, emociones y palabras no dichas. Un silencio que por sí solo venía impregnado con las miles de horas que habíamos pasado sin decirnos nada.
Era él, ligeramente distinto, pero era él. Con ropa menos austera y sutilmente más acicalado, poco más delgado y con la piel menos tostada, pero seguía siendo él. Rubio, alto, barbado y divino. Y estaba ahí, parado detrás del sofá en el que estaba sentada, con una mano extendida hacia mí ofreciéndome otro pañuelo para limpiar mis lágrimas. Mirándome como lo había hecho tantas veces antes, con una mezcla preciosa de ternura, preocupación y complicidad.
Después de todos aquellos meses estaba ahí y todo mi ser reconoció su presencia. Había vuelto. Con una sonrisa levemente nerviosa pero con aquella inminente seguridad en su porte que tanto había llegado a respetar. Después de todo aquel tiempo sin saber nada de él, ahora podía estar completamente segura de que estaba sano y salvo y vivo; y, tal y como se lo había suplicado en incontables noches a los cielos, mi desmemoriado príncipe y autoproclamado pirata, volvía a mí.
He de confesar que después de perderle la pista, durante mucho tiempo uno de mis pasatiempos favoritos fue imaginar cuál sería mi reacción cuando volviera a encontrarlo. Fueron muchas las ideas que vinieron a mi mente, pero el escenario más recurrente era siempre el mismo: mi cuerpo identificaría su presencia antes siquiera de que mis ojos lo vieran; y en cuanto lo localizara entre un mar de gente, correría a su encuentro (como en las películas), y él estaría esperándome con los brazos abiertos y su más radiante sonrisa para alzarme en vilo y hacerme girar en el aire; lo abrazaría con uno de esos abrazos apretados que te dejan sin aire, lo llenaría de besos, le diría lo mucho que lo había echado de menos, le diría lo mucho que lo amaba y luego, entre risas y lágrimas, lo haría prometerme que no me dejaría nunca más. Pero la sabiduría de los ancianos está ahí por algo, y miles de veces he escuchado el famosísimo: «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes». Así que no. No le creí a mi cuerpo cuando lo reconoció antes de que mi cerebro lo hiciera, aunque no había un mar de gente entre el cual pudiera perderlo. No me levanté como impulsada por un resorte para correr a su encuentro, ni brinqué el sofá para estrecharme con fuerza entre sus brazos. Tampoco lo llené de besos llorosos y salobres mientras murmuraba ininteligibles palabras de amor entremezcladas con sollozos. No. No hice nada de lo que había pensado. Simplemente me puse en pie con toda la parsimonia de la que fui capaz, lo miré intensamente por unos segundos, directamente a los ojos, y antes de ponerme a gritar y llorar como una demente, me giré con violencia y salí del lugar, dejándolo con la mano extendida y una expresión de turbado desconcierto en su rostro.
―Debí haberlo imaginado ―lo escuché murmurar mientras yo salía como un bólido por la puerta.
Supongo que fue el estrés, el poco sueño y todo lo que había sentido durante las últimas horas, pero esa sensación de alivio que se generó en mi interior al ver resuelto el problema que me había estado carcomiendo las entrañas; esa profunda alegría acompañada de tranquilidad que me inundó después de ver el rostro que creía perdido; y la explosión de amor y felicidad que me colmó después de tantísimas horas de angustia; todas esas sensaciones tan intensas y maravillosas se fundieron en mi interior con increíble potencia convirtiéndose, para mi gran sorpresa, en la más absurda y terrible de las iras.
¿Quién demonios se creía él para desaparecer así de mi vida, llenarme de preocupaciones, quitarme el sueño, dejarme casi sin aire y después regresar como si nada hubiese sucedido? ¿Creía de verdad que solo con verlo iba a olvidar todas las noches en vela, todas las lágrimas? ¿Qué por su linda cara mi sufrimiento se iba a esfumar como por arte de magia y todo iba a estar bien de nuevo, así como así? ¿Pensó acaso: reaparezco y seguimos como si nada? Tipo: Candy + rostro de príncipe = ¡puff!, adiós dolor y tormento. Ni que fuera… Ni que… ¡Ah!
―Candy, espera.
«No. ¡Te esperé ya muchísimo tiempo!» pensé y aceleré el pasó caminando sin siquiera saber hacia dónde iba, pero siempre más lejos del alegre sonido que provenía de la fiesta.
―Candy.
«¡Qué no! Qué, qué…, qué te espere la más… ¡AH!». Estaba furiosa. Genuina y ardientemente furiosa y la ira me regresó la energía que casi me había abandonado unos momentos antes.
―Candy, por favor.
¡No! Eso no era justo. Esa voz ligeramente suplicante y lastimera me desarmaba siempre. Y yo no quería que me desarmara. Quería seguir enojada con él. Estaba en todo mi derecho.
Me había dejado sin decir adiós como se debía. ¡Se había despedido de mí con un correo electrónico! Se había largado de mi vida sin darme explicaciones. Dejándome en pánico por no saber qué sería de él. Diciendo que había soldados esperando para llevarlo a hacer solo Dios sabe qué cosa con su cabeza. Me abandonó escribiendo que me amaba pero que para hacerme feliz necesitaba apartarse de mi lado, ¡el grandísimo estúpido! Y luego, como si fuera posible, me pidió ser fiel a la promesa de no llorar por lo que algún día tuvimos, de seguir con mi vida y vivirla de verdad, de ser aventurera, soñar alto y ser feliz. ¡Como si ser feliz fuera tan sencillo! ¡Había soldados esperando para jugar con su cerebro! ¡SOLDADOS! Y él me pedía estar tranquila y ser feliz. ¡FELIZ!
¿Quién demonios se creía él para saber lo que me haría feliz si ni yo misma lo sabía? ¿Creía que todas las lágrimas que le había llorado eran una clara muestra de la más profunda alegría y júbilo que acompañan a la separación infundada de alguien a quien amas? ¿Creía que mis noches en vela eran prueba de serenidad y sosiego? ¡Imbécil! Pero lo más importante: ¿quién, por los diez mil demonios, se creía él para reaparecer así, tan ufano, cuando después de buscarlo por tanto tiempo, era yo quién debía encontrarlo a él?
―¿Qué quieres?
Me giré de forma tan inesperada y sin detenerme a pensar siquiera en si él venía siguiéndome de cerca que, en vez de ver su rostro apenado a la distancia, vi el tejido de su suéter cuando me estrellé de lleno contra su pecho, porque sí, él había salido casi corriendo tras de mí y obviamente chocó conmigo y, para sorpresa de… nadie, mi siempre grácil coordinación hizo que la mezcla de tacones y vestido me enredaran las piernas formando un soberbio nudo que me llevó a tropezar y, entonces, con una fidelidad casi exacta a lo que había imaginado, él me ciñó entre sus brazos y me alzó en vilo. Casi.
El silencio se volvió a cernir sobre nosotros. Pero esta vez pesado y amenazante. Y lo peor de todo fue que sentirme entre sus brazos fue reconfortante y… natural, pero yo no quería sentirme así. Quería gritarle, decirle todo lo que había sufrido por su culpa. Quería golpearlo, injuriarlo, zarandearlo. Quería…, quería… Y como sucede siempre que las emociones me sobrepasan, los ojos se me llenaron de lágrimas.
―¡Suéltame!
Lo empujé con fuerza. No quería que me viera llorar. Quería que notara lo furiosa que me sentía. Que se sintiera responsable. Pero sus brazos no cedieron ni un solo centímetro y la expresión de su rostro no se inmutó.
―No ―respondió con mesura―. Primero quiero que coloques ambos pies con seguridad en el suelo ―«bien pensado, Candy, exigirle que te suelte cuando te tiene prácticamente al aire»―. No quiero verte caer. No por mi culpa.
Me limpié los ojos con brío y le dediqué una mirada que echaba chispas, porque no era justo que él estuviera tan sosegado cuando yo estaba hecha un desastre. Pero al observarlo un poco más, la tranquilidad de su voz no concordaba del todo con el brillo de sus ojos. Mi ira titubeó un poco, pero mi ego herido no se iba a dejar amedrentar tan fácilmente.
«¿Y a ti que te importa se caigo?», pensé, pero:
―Ahora resulta que te preocupa si me hago daño o si eres tú el culpable ―fue lo que dije. Volví a intentar soltarme de su abrazo sin mucho éxito y, honestamente, sin mucho esfuerzo.
―Siempre me ha importado tu sufrimiento Candy ―dijo con convicción haciendo un énfasis particularmente extraño en la palabra «siempre».
―Pues tienes formas bastante peculiares de demostrarlo ―su mirada reveló algo muy similar a la pena, pero sus brazos no cedieron un solo centímetro y mis pies no intentaron soltarse del nudo en el que se habían metido―. Por favor, Albert, suéltame ―dije en tono poco menos belicoso y su sonrisa emergió al escucharme.
―Podría olvidar muchas cosas, Candy, pero jamás todo lo que siento cuando te escucho pronunciar mi nombre.
Mientras hablaba bajó la mirada y sonrió con tristeza, después suspiró y cerró los ojos como si de ello dependiera su cordura. Y yo… ¿cómo podía yo arremeter contra él después de todo? ¿Qué sabía yo de cómo había pasado para él el tiempo después de separarnos? ¿Había sufrido? ¿Se había sometido al tratamiento? Mi rabia seguía hirviendo bajo mi piel, pero lo había visto padecer tanto ya por la vida que le había tocado vivir, que me cuestioné seriamente si de verdad tenía la fuerza necesaria para hacerlo pasar por más malos ratos. Y casi sin darme cuenta, mi mano subió hacia su rostro, pero no para abofetearlo como había pensado unos segundos antes, sino para acariciar su mejilla.
Lo sentí estremecerse cuando mi piel rozo la suya. Su barba seguía siendo suave, su piel tersa y calentita, y su cabello sedoso y agradable, tal como los recordaba. Aun con los ojos cerrados él ladeó la cabeza y aprisionó mi mano entre su rostro y su hombro. Y ese solo gesto bastó para hacer que mi mundo entero y mi desbocado corazón comenzaran a ponerse en paz de nuevo. Los muros que había levantado mi mal genio estallaron en mil pedazos, y fue hasta ese momento cuando lo vi de nuevo. A él. Mi atormentado príncipe de la colina. El enojo se disipó y mi esencia saludó con alegría a su alma.
―De una forma completamente inusual, Candy, creo que te debo todo lo que soy.
Su voz estaba colmada de ternura, agradecimiento y cariño.
Mis pies finalmente se asieron al suelo. Sin dejar de tocar su mejilla, hundí mi rostro en su pecho y con la mano que tenía libre le devolví el abrazo, dejando que las lágrimas que había estado conteniendo fluyeran. Así de sencillo. Así, como siempre habíamos funcionado ambos.
Como respuesta a mi caricia, con un movimiento sumamente familiar, sus brazos me estrecharon con más fuerza. Porque aunque estoy completamente segura de que nuestras mentes tenían mil ideas y nuestras bocas centenares de cosas por decir, nuestros cuerpos, con su infinita sabiduría, necesitaban solo un poco de contacto para tranquilizarnos a los dos.
―Había renunciado a ti ―murmuré cerrando los puños y mi voz sonó tan lejana―. Creí que te había perdido por completo ―respiré su aroma y me escondí más en su pecho―. Oh, Albert, tuve tanto miedo.
Lo escuché suspirar y sus manos se deslizaron por mi espalda, haciendo que finalmente obtuviera aquel abrazo apretado que me dejó sin aire. Giró un poco su rostro y sus labios se posaron suavemente sobre mi palma, regalándome uno de los tantos besos que había esperado; después tomó mi mano entre una de las suyas y guio mis dedos hacia su cabeza, dejándome tocar las cicatrices que ya antes me había mostrado.
―Ahora sé cómo y cuándo me hice la mayoría de estas marcas, Candy ―se tomó su tiempo guiando mis dedos por su sien y alrededor de su oreja―. Y se lo debo en gran medida a esta otra diminuta cicatriz de aquí ―detuvo mis dedos casi en la base de su cráneo. Me sobresalté un poco―. Sí, pequeña, lo hice. Pero el experimento no fue tan agresivo como esperaba y funcionó.
―Pero contactamos al Doctor Martin y nos negó que fueras uno de sus pacientes ―dije mirando su rostro y recordando la visita que Terry, el Duque y yo le habíamos hecho al médico.
―Lo sé ―su voz tomó un tono grave―. Y no les mintió.
―Pero…, entonces, no entiendo nada ―lo escuché suspirar y se tomó su tiempo para responder, como si estuviera eligiendo cuidadosamente cada una de sus palabras.
―Albert Granchester no fue jamás paciente del Doctor Martin. Eso es a lo que me refiero ―exhaló con fuerza―. Su paciente fue el extraviado patriarca de los Ardlay ―volteé a verlo sorprendida―. William recuperó su identidad antes de someterse al tratamiento ―dijo su nombre, por primera vez, pero se escuchaba un poco incómodo pronunciándolo―, y no estuvo ni un solo minuto solo durante todos estos meses.
―¿Recordaste tu nombre? ―«y me lo ocultaste» pensé dolida. Él pareció notar mi malestar y se apresuró a responder.
―No, Candy. George lo recordó por mí.
Volteé a verlo y la tranquilidad de su expresión me hizo sentir feliz por él. Había recuperado a su familia antes de someterse al tratamiento. No había estado solo. Pero un toque de celos se apoderó de mi corazón porque el Señor George lo había cuidado y me había negado a mí esa oportunidad.
―Yo… ―las palabras se atoraron en mi garganta y lágrimas de dolor corrieron veloces a mis ojos. Otra vez.
―Lo lamento tanto, Candy ―dijo acariciando mi rostro―. Quería que estuvieras a mi lado. De verdad lo quería. Pero también tenía miedo de lo que podía sucederme y el daño que podía causarte.
―Pudiste haber esperado a que volviera a Londres. Pudiste… ―ya no quería hacerlo sentir culpable, pero sabía que ese sería precisamente el efecto de mis palabras.
―Si hubiese esperado tu regreso, Candy, si te hubiese tenido frente a mí jamás habría tenido el valor ni la fuerza para dejarte ir. Me habría aferrado a ti. Te habría llevado conmigo. Habrías sido como mi salvavidas y te habría arrastrado hasta el fondo conmigo. Te habría hecho pasar cada uno de los momentos, los buenos y los malos, a mi lado. Y jamás me habría perdonado hacerte renunciar a todo por mí. Jamás me habría perdonado ver en tu rostro la expresión de preocupación y dolor que vi día a día, por muchos meses, en los ojos de George. No soy tan fuerte, Candy. Puedo tolerar mi angustia, pero no la tuya.
―Pero fuiste capaz de hacerme llorar y sufrir por no saber nada de ti ―reclamé apenas conteniendo un sollozo―. ¿Sabes todo lo que padecí cuando desapareciste? ¿Sabes lo mucho que me dolió recibir tu despedida por correo electrónico?
―Puedo imaginarlo ―dijo apenado.
―No lo creo ―las lágrimas parecían no querer dejar mis ojos ese día―. Pasé la noche entera intentando contactarte. Cuando no lo logré salí disparada hacia el aeropuerto y tomé el primer vuelo disponible a Londres, solo para encontrarme con un departamento vació. Lleno de recuerdos y tus pocas cosas, pero sin ti ―apenas logré contener un lamento―. Te busqué por meses. Te lloré como jamás le había llorado a nadie en mi vida. Oh, Albert, yo… ―un nudo en mi garganta me impidió continuar.
―Pero saliste adelante.
―No gracias a ti ―reproché.
―Lo sé, Candy, y aunque suene absurdo, lo aplaudo. Tomaste las riendas de tu propia vida. Comenzaste un negocio exitoso y te convertiste en una mujer aún más maravillosa de lo que ya eras ―limpió mis lágrimas con uno de sus dedos.
―Pero no pude cumplir la promesa que te hice ―besó mi frente―. No pude ser feliz ―sollocé y él me estrechó sin decir nada―. Seguí adelante sí. Pero lo hice solo porque no podía hacer nada más. Tomé las riendas de mi vida porque necesitaba hacerlo. Porque si no me ocupaba en algo me volvería loca ―suspiré―. Pero…, estudié de nuevo esperando que milagrosamente te encontraras entre mis pacientes. Me quedé en Inglaterra porque secretamente confiaba en que un día aparecerías de nuevo en tu departamento y quería estar ahí para encontrarte. Destiné parte de mi dinero a un despacho jurídico que ayuda a personas que no tienen quién los defienda y en cada cliente te veía a ti. Invertí en una clínica que da trato especializado a personas que me recordaban a ti. Pero tú no regresaste. Me dejaste sola. Te fuiste sin preguntar si quería ir contigo. ¡Me abandonaste! Albert, ¿cómo podía ser feliz sin ti?
―Yo… ―por primera vez en todo el tiempo que llevaba conociéndolo lo vi quedarse sin palabras―. Sé que a tus ojos tal vez fui el más grande de los cobardes, Candy. Pero dejarte…, permitir que George me convenciera de que estaba haciendo lo correcto al alejarte de mí y pretender liberarte de la responsabilidad a la que te estaba atando ―suspiró y besó mi frente―. Renunciar a ti ha sido lo más difícil que he tenido que enfrentar en toda mi vida.
Volvimos a sumirnos en un profundo silencio y permanecimos así, callados, abrazados, por varios minutos. Lo único que se escuchaba era el viento removiendo las hojas de los árboles y el lejano sonido de la música.
Lo sentí comenzar a moverse y mi cuerpo se acompasó al suyo.
Cuando la música se detuvo dijo:
―Supongo que los hilos del destino nunca podrán cortarse ―volvía a su yo críptico, pero se sentía tan bien estar acurrucada en sus brazos que no pensaba dejar que algo tan sencillo me alejara de él―. ¿Algún día podrás perdonarme? ―su mirar contrito me estrujó el estómago.
―Primero deberás contarme todo lo que pasó desde que te subiste a aquel tren ―sonrió.
―Tenemos una vida entera por delante para hacerlo ―su inocente confianza me hizo devolverle la sonrisa. Lo miré interrogante y él no dijo nada.
―Pues, ¿a qué esperas? Una vida entera es mucho tiempo y, como sabes, soy poco paciente ―lo escuché reír por primera vez en mucho tiempo y, ¡dios!, en ese momento me di cuenta de lo mucho que amaba ese sonido.
―Primero me gustaría hablar de otra cosa contigo.
―¿Otra cosa? ―pregunté―. ¿Más importante para mí que saber dónde te metiste todo este tiempo y por qué? ―rio de nuevo.
―Es importante para mí.
―Está bien. Te escucho ―soltó su abrazó y mi cuerpo de inmediato acusó su lejanía.
―No. Aquí no ―volteó a ver hacia la cabaña―. George nos está esperando.
―¿George?
―Te lo explicaré todo. Lo prometo ―me miró con otra de esas miradas que tanto extrañaba y asentí.
―Vamos entonces ―comencé a caminar, pero antes de que diera el tercer paso sentí su mano tomar la mía.
Volteé a verlo. Estaba muy quieto, serio y tenso. Lo miré con toda la intención de preguntar si algo iba mal, pero las palabras no alcanzaron a salir de mi boca, porque anticipándose a mí, en un movimiento impetuoso y vehemente, me jaló hacia sí y como si hubiese estado esperando por mucho tiempo para hacerlo, me besó.
Los sollozos de alegría no se presentaron y mis lágrimas no fluyeron incontrolables. Pero ese beso fue mil veces mejor al que había imaginado por tantos meses. Albert, mi Albert, había vuelto. Ya no era más solo una creación de mi mente solitaria. Y al sentirme en sus brazos, con sus labios presionados contra los míos fui de nuevo completa y decididamente feliz.
Lo sé, lo sé… la "shame nun" me lo ha estado diciendo por muchísimas semanas: shame, shame!. Lamento profundamente el retraso, pero en serio, el tiempo, el trabajo, el muso y todo lo demás me han impedido sentarme al computador y escribir, pero aquí estamos. Se supone que este iba a ser el capítulo final pero pus… ese todavía está en proceso (y sí ya está iniciado). Quería esperar y publicar los dos juntos (o dejar uno inmenso), pero en la última semana he recibido muchos mensajes de ustedes (gracias infinitas por estar pendientes de mí), y decidí publicar éste y continuar con el siguiente.
Desde mi lejano rancho las abrazo, les ofrezco una gran disculpa por la tardanza y pus nada… sus comentarios son mi sueldo (aunque creo que en esta ocasión no me los merezco). Linda semana.
