¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz Día de San Valentín!

Todos atrasados, lo sé, al igual que la actualización y no tengo excusa. Simplemente no entiendo cómo, por más que quiero, no puedo actualizar más rápido. Pero, en fin, ya falta cada vez menos para que se acabe el fic, así que, no se preocupen, aunque a veces (o, casi todo el tiempo) tarde una eternidad en actualizar, ¡no se quedará incompleto!

Ya, los dejo para que lean.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

Capítulo XXXV – Eclipse de Luna

Haruka se removía entre las sábanas blancas de la cama. Su frente estaba empapada en sudor, aun cuando las ventanas de la habitación estaban abiertas de par en par y una brisa helada se colaba por allí. Aquellas imágenes no la habían abandonado. No desde la terrible pelea verbal que había tenido con Michiru. Una y otra vez, la imagen de aquel beso que su amada y el terrible Moros habían compartido se colaba en sus pensamientos, volviéndola loca.

Fue entonces cuando la mujer de cortos cabellos se levantó de golpe. Se llevó una mano a la frente; el dolor de cabeza la estaba matando. Miró de reojo el espacio vacío en la cama y el corazón se le encogió dolorosamente. Chasqueó la lengua y se puso de pie para cerrar las ventanas. Pero antes de empujarlas, desvió la vista al cielo. Un cielo donde aquella noche no brillaba ni luna ni estrellas. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que algo iba a suceder, sólo que no sabía descifrar si ese "algo" sería malo. Probablemente sí, dadas las circunstancias actuales, pensó.

Se apoyó en el alfeizar de la ventana y se volvió a preguntar, por enésima vez aquel día, por qué demonios había dejado que Michiru se marchara, sin siquiera intentar detenerla. Justo cuando regresaban a la Tierra, la mujer de cabellos aguamarinas recibió una "misteriosa" llamada de su representante, pidiéndole que volara a Alemania esa misma noche. Haruka recordó que se había dado cuenta sólo porque, de forma indiscreta, había espiado aquella conversación. Michiru se había limitado a ignorarla mientras empacaba.

Antes de que la violinista se marchara, Haruka estaba tomando una copa de vino, viendo cómo la otra ponía en orden su equipaje, mientras esperaba la llamada de su representante, quien iría a recogerla. El teléfono de Michiru sonó y la mujer tomó sus pertenencias. Abrió la puerta de apartamento y tiró la llave al piso. Antes de cerrar la puerta de golpe, posó unos inexpresivos ojos en Haruka, que se quedó de piedra. Nunca, jamás, Michiru la había mirado de esa manera. Además, ¿por qué había tirado su llave? Acaso…No, no podía ser posible, pero, ¿es que no pensaba regresar?

Haruka se asomó por la ventana, viendo cómo un hombre abría la puerta trasera de un elegante automóvil negro. Michiru entró. Instantes después, el vehículo se puso en marcha, llevándose consigo al amor de su vida. Chasqueó la lengua y se sirvió otra copa de vino, una que se bebió de un solo trago, antes de azotarla contra el piso. Vio la sangre brotar de la pequeña herida que un trozo de vidrio había hecho en su pie, como si fuese la cosa más interesante del mundo.

—Michiru. No te detuve. ¿Por qué no te detuve? —se dijo la mujer, dejándose caer lentamente en el suelo —Bah, eso es fácil de responder. Porque yo tengo algo gigantesco que se llama orgullo. ¿Qué más da si besaste al maldito Moros?, fuiste capaz de sellarlo de todos modos, ¿no? —se llevó ambas manos al rostro, en gesto desesperado —Michiru, ¿acaso vas a dejarme, así nada más?

Aquella noche, el vino corrió. Haruka ya ni siquiera se molestó en tomar una nueva copa, pues simplemente se bebió el licor directamente de la botella. Después de lo que a la mujer le pareció una eternidad, aún conservaba la consciencia, estaba sobria. Maldijo su absurda tolerancia al alcohol y siguió bebiendo. Después de todo, aquello que la gente llamaba "ahogar las penas en alcohol", quizás no fuese tan malo.

La sexta botella de vino se deslizó de entre sus dedos y fue a parar al lado del celular, que ella ya no era capaz de recordar cómo había llegado hasta ahí. La pantalla del aparato se iluminó, con la familiar advertencia de "batería baja". La mujer entornó la mirada y tomó el aparato, ya con manos torpes por el efecto del alcohol. Contempló con una sonrisita tonta el fondo de pantalla. Era una foto de Michiru y ella, en la Puerta de Brandeburgo, en Alemania.

Alemania.

Haruka sintió que el efecto del alcohol en su organismo mermaba. Dejó de lado la botella que estaba a punto de beber, tecleó un par de veces y se llevó el celular a la oreja. Escuchó un par de timbrazos, antes de que un hombre respondiera, del otro lado de la línea, con voz adormecida:

Buenas noches, habla…

—Sé quién eres, puedes ahorrarte las presentaciones, Mizuki —lo interrumpió Haruka, bruscamente.

Haruka, por fin apareces. Estuvimos esperando tu llamada o la de Michiru todo el día. Tú no respondías y el teléfono de Michiru parecía que estaba apagado. ¿Está todo bien? ¿Cómo fueron las cosas en Urano? —la mujer no respondió. Un silencio casi sepulcral hizo que el rubio se preocupara —¿Haruka? Oye, ¿están bien?

—Sí, bueno, no. Bueno, la verdad es que no lo sé —contestó ella, de forma atropellada —Michiru y yo discutimos, fue una pelea algo fuerte, entonces ella se fue a Alemania sin decir nada y…

¡¿Alemania?! —ahora sí Mizuki sonaba completamente despierto. Haruka escuchó el sonido de cosas caer del otro lado —Repite lo que acabas de decir. ¿Estás diciendo que dejaste que Michiru se marchara a Alemania? ¡¿Completamente sola?!

—Pues, no va sola, su representante…

Haruka, estoy hablando en serio —replicó el hombre, con frialdad —Eres una mujer inteligente, de eso no me cabe la menor duda. Es por eso que no entiendo cómo fuiste a permitir una cosa como esta. Sabes lo crítica que es nuestra situación actual. Sin importar el motivo por el cuál discutieron, esa no es excusa para actuar de forma infantil, no cuando el destino de universo está en nuestras manos.

—No necesito sermones de un sujeto que nada puede hacer nada ya para proteger este universo —espetó la mujer, con tono venenoso, sin medir realmente el impacto de sus palabras. Mizuki no dijo nada, lo único que Haruka llegó a escuchar fue el sonido de la respiración del otro —Yo… supongo que lo siento, no fue mi intención ir tan lejos. Estoy frustrada, molesta, es todo. Te llamé para que me ayudaras a encontrarla.

¿Ni siquiera sabes a dónde fue? —preguntó Mizuki, luego de algunos minutos de silencio. Pero como la mujer no contestó, él siguió hablando —Muy bien, supongo que puedo hacer algunas averiguaciones y enviarte allá —Haruka alzó las cejas, sorprendida con la respuesta —Diga lo que diga, no vas a escucharme e irás de todos modos. Además, ¿quién soy yo para decirte lo que debes o no hacer, cierto?

Una vez más, Haruka no supo cómo reaccionar o qué contestar. Pocas eran las veces que se quedaba sin palabras, pocas las personas que la dejaban sin habla. De pronto Mizuki se le antojó como el sujeto más arrogante que había conocido en mucho tiempo.

Te llamaré en unas horas. Deja de beber, ve a dormir y toma un buen baño caliente al despertar, ¿quieres? —Haruka abrió mucho los ojos, indignada con la actitud arrogante del otro —No quiero ni imaginar lo mal que debes verte en este momento. En fin, buenas noches.

Y colgó. Haruka se quedó con el aparato en la oreja, con un gesto de indignación en el rostro. Arrojó el pobre celular al suelo alfombrado y se levantó, tambaleante. Recogió las botellas del suelo y las arrojó a la basura, antes de regresar a la habitación y dejarse caer en la cama. Las imágenes de aquella noche la asaltaron nuevamente, pero esta vez recordó algo que, por su ira, había pasado por alto antes. Justo cuando había abierto los ojos, luego de permanecer inconsciente durante quién sabe cuánto tiempo, justo antes de que Michiru y Moros compartieran ese beso, ¿por qué parecía que la protegida por Neptuno estaba sufriendo?

oOoOoOoOoOoOoOoOo

De regreso en el palacio lunar, Serena e Hiperión se dirigieron a la torre más alta, allá donde se encontraba el tan preciado observatorio que la reina solía frecuentar. Allí, por supuesto, estaba Serenity, mirando fijamente el oscuro cielo nocturno. Se volteó en cuanto se percató de la presencia de dos personas en la habitación. La mujer le dedicó una leve inclinación de cabeza a Hiperión y una sonrisa algo nostálgica a su hija.

—Ha pasado mucho tiempo, Serenity —dijo entonces Hiperión —He venido para confirmarlo, pero parece que no hay atisbo de duda en tu esencia.

—¿Acaso debería tener un motivo para dudar de una decisión que está tomada desde hace milenios? —contestó ella, lanzando una pregunta que sorprendió un poco a Hiperión —Me he mantenido en este mundo para cumplir el juramento que le hice a Silvano aquella vez. Porque la felicitad de Serena es mi felicidad.

—¿Mamá?

—Serena, cariño, es hora de que vayas a salvar al joven Seiya —le dijo ella, con una sonrisa, posando su mano en la mejilla izquierda de su hija, acariciándola con ternura —No debes perder más tiempo, de lo contrario podría ser demasiado tarde. El poder de la reina Hemera no durará mucho más, ¿verdad? —añadió, mirando a Hiperión.

—Tendremos, a lo sumo, treinta minutos —respondió, volviéndose hacia Serena —Escúchame con atención, por favor, Serena —la rubia asintió —Como fui forzado a salir de mi lugar de reposo, el sello que contenía el mortífero calor del sol se ha liberado. El reino del Sol no es un sitio habitable en este momento, no hay ser que pueda resistir el calor abrasante que se ha liberado en este momento. No me extrañaría que incluso el palacio haya sido reducido a cenizas.

"No es sólo el hecho de que el príncipe Helio corra peligro. Si no detenemos el flujo descontrolado de calor del núcleo solar, todos los planetas de la Vía Láctea podrían quedar reducidos a cenizas, incluso la Tierra. Es por eso que tengo que regresar para restablecer el sello y, claro está, salvar al príncipe. Tú tienes la esencia de Tea que te protege, eres un ser de luz, incluso más brillante que la misma Tea. Ocultas un poder inmenso que será la clave para salvar la Vía Láctea y al universo más adelante. Sin embargo…"

—Mi cristal cósmico está incompleto —terminó Serena, para sorpresa de Hiperión —Lo sé. Aunque los recuerdos llegan a mí de forma desordenada, he podido recuperar varias de mis memorias pasadas desde que regresé a la Luna. Sé que hace mucho tiempo mi cristal fue partido en dos, permaneciendo una parte conmigo y la otra oculta en un "contenedor" seguro. Claro que "contenedor" suena grosero, más cuando mi otra mitad ha estado siendo protegida durante tanto tiempo por Amaterasu.

—Serena, tú…

—Mamá, tengo que darme prisa y salvar a Seiya, porque él no es el único que corre peligro —dijo Serena —Tengo el presentimiento de que algo terrible va a ocurrirle pronto a Amaterasu. Ella nos ha salvado incontables veces desde tiempos pasados, por eso yo quiero hacer algo por ella esta vez. Y no sólo porque sea ella quien guarde parte de mi poder.

—Tienes un corazón puro y noble, justo como me lo había comentado Tea —dijo Hiperión —No hay duda de por qué el mismo cosmos te eligió. Estaré feliz de acompañarte en esta misión, sin importar lo que pase. Serenity, —se volteó hacia la reina —ya has escuchado a tu hija. Es hora de comenzar —la mujer asintió y se acercó para tomar de las manos a su hija.

—Mi pequeña Serenity, deseo que seas muy feliz —al entender lo que estaba a punto de suceder, los ojos de la rubia comenzaron a cristalizarse —Recibe por favor este, mi cristal cósmico. Permite que mi esencia te acompañe, para toda la vida.

El hermoso cristal cósmico brilló en el pecho de la reina. La joya fue levitando hasta colocarse justo a la altura del pecho de Serena. La rubia sintió cómo la calidez de la esencia de su madre la iba envolviendo, casi como si la dama la estuviera abrazando. Cerró los ojos, mientras las tibias lágrimas rodaban por sus mejillas. Pronto sintió cómo el cristal se enterraba en su pecho. La sensación fue la de un calor intenso, seguido de un pequeño dolor en el corazón que la muchacha atribuyó a la tristeza. Porque cuando sus ojos azules se abrieron nuevamente, la imagen de su madre había desaparecido.

—Que seas muy feliz, mi amada Serenity —esas fueron las últimas palabras que le dejó su madre, quien, a pesar de haberse marchado, permanecería muy cerca de ella, en su corazón, para siempre.

Serena se limpió las lágrimas del rostro, respirando hondo, tratando de sobreponerse a la gran pérdida que acaba de experimentar. Se quedó callada, reflexionando un momento. Estaba segura de que, en el pasado, hubiese llorado y llorado, sin consuelo; no se habría sentido con las fuerzas para seguir adelante. Pero, aunque siguiera siendo una mujer – a su parecer – débil y llorona, podía decir, con seguridad, que al menos había madurado un poco.

Hiperión se quedó mirando a la chica, admirado con su actitud. No era como la recordaba en el pasado. Había dejado de ser la débil princesa que resolvía llorando cada situación difícil a la que se enfrentaba. En definitiva, a pesar de haberla conocido en una vida pasada, sentía que estaba enfrente de otra princesa, de una mujer con un carácter firme, pero que no perdía la dulzura de su esencia.

La rubia miró de reojo a Hiperión, sonrojándose por la intensidad con la que cual la miraba. Y es que a pesar de que no se trataba de Seiya, aún sentía que la escrudiñaba con los mismos ojos que el hombre que amaba. Después de todo, Hiperión estaba en el cuerpo de Seiya. Recordó entonces que no tenían tiempo que perder. Sacudió la cabeza para apartar cualquier pensamiento innecesario y dijo:

—Es hora de partir, no debo desperdiciar el sacrificio de mi madre.

Hiperión asintió con la cabeza. Se tomaron de las manos – acción que hizo sonrojar a Serena – y, cerrando los ojos se dejaron llevar. Ambos tenían un solo destino en la mente. El reino del Sol. Con los poderes de Hiperión, combinados con el poderoso cristal cósmico de Serena, no había forma de que las cosas salieran mal. ¿O sí?

oOoOoOoOoOoOoOoOo

"Quiero que la boda sea efectuada lo más pronto posible", aquellas habían sido las órdenes del señor de Varuna. Esta había puesto a correr a los sirvientes del palacio, quienes afinaban los detalles para la importante ceremonia. El salón, la decoración, la cena, el vestido de la novia, el traje del novio. Pero, más importante, los invitados. Kakyuu quería que aquella fuera una boda íntima, pero había personas que, según ella, no podían faltar. Entre esas personas se encontraba, por supuesto, su hermano Darien.

Los sirvientes comenzaron a diseñar las invitaciones. Pero esto fue lo que Heracles dijo, cuando Caronte le entregó la lista preliminar de invitados:

—Es demasiada gente. Kakyuu y yo decidimos que fuera una ceremonia íntima, lo más pequeña posible.

—Pero, Excelencia, estamos incluyendo a personalidades muy importantes de Kinmoku y Varuna —explicó Caronte, revisando nuevamente la lista —Además, los guerreros del universo nos ayudaron antes, así que, como muestra de gratitud, la reina…

—La reina me ha dejado a cargo de la ceremonia, mientras se encarga de asuntos importantes que tienen que ver con la seguridad del universo y, por ende, de nuestros planetas —replicó el hombre, que, por alguna extraña razón, comenzaba a enfadarse —No tiene tiempo para preocuparse por atender a invitados que sólo vienen a criticar —Caronte parpadeó, confundido con las palabras del otro —En estos momentos de crisis, no necesitamos una boda ostentosa. ¿Imaginas el alto costo que representa para Kinmoku y Varuna esta boda?

—Es demasiado pronto para casarse, de todos modos —susurró Caronte, en voz baja.

—¿Dijiste algo, Caronte? —preguntó Heracles, de forma amenazante. El hombre abandonó su silla, detrás del escritorio y se colocó enfrente del anciano, que se encogió, casi temblando. Caronte negó con la cabeza y agachó la mirada, temeroso de enfrentarse a su señor —Muy bien —le dio unas palmaditas en la espalda —Me alegra que nos hayamos entendido, Caronte. Puedes retirarse.

El anciano mayordomo salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Una vez fuera, el hombre pegó la espalda contra la puerta, intentando calmar su agitada respiración. El anciano sintió que su pobre y viejo corazón no podría aguantar más sobresaltos. Respiró profundamente un par de veces, hasta que se tranquilizó por completo. Se alejó de la puerta del estudio y comenzó a caminar de regreso a la cocina. Definitivamente necesitaba un té tranquilizante.

—Así que finalmente ese sujeto muestra sus "verdaderos colores".

Al escuchar el susurro de aquella voz femenina el mayordomo dio un respingo, llevándose una mano a la zona de corazón, que ya latía, acelerado, nuevamente. Se volteó lentamente, con las rodillas temblorosas, para encontrarse con Mina, que dirigía una mirada recelosa a la puerta del estudio de Heracles, antes propiedad de la reina. La rubia tomó al anciano del brazo, para ayudarlo a llegar a la cocina.

—Señorita Mina, no me dé esos sustos, por favor —balbuceó el anciano.

—Mil disculpas, Caronte, —contestó la rubia, apenada —no fue mi intención perturbarlo. Pero es como lo he dicho, Heracles de Varuna finalmente ha mostrado sus verdaderos colores. En la madrugada, por ejemplo, vi cómo los guardias del palacio arrastraban a una pobre mujer hacia el calabozo de Varuna. Ya sabe, ese tenebroso sitio donde encerraban a los traidores.

—¿Dice que… una mujer? —preguntó, sorprendido —¿Tendrá algo que ver con el incidente de anoche?

—¿Se refiere a esa extraña luz? Pues imagino que sí. Molly fue la encargada de escoltar a la prisionera. Yo últimamente he sido excluida de toda actividad oficial que tenga que ver con la seguridad del reino —continuó —"Necesita concentrarse en su entrenamiento, señorita Mina", fue lo que dijo "su Excelencia" —añadió esto último en tono despectivo.

—Señorita, le aconsejo que cuide sus palabras dentro del palacio —dijo el anciano, mirando asustado hacia todos lados —Recuerde que… las paredes tienen oídos.

—Eso no me preocupa, señor Caronte. Porque voy a ser yo quien descubra la verdadera identidad de Heracles, el señor de Varuna.

Mientras tanto, dentro del estudio, Heracles se había dejado caer nuevamente en su silla, subiendo los pies al escritorio. Se desabrochó los primeros botones de la camisa y echó la cabeza hacia atrás, bufando, molesto. Abrió la primera gaveta y sacó de ella un espejo con el marco de plata. Lo tocó con el dedo índice e instantes después apareció la imagen de un nervioso Thanatos.

—M-Mi señor…

—Buenas noches, general Thanatos, ¿qué tal van las cosas en la Tierra?

—P-Pues verá… la verdad es que…

—Thanatos —lo interrumpió, con una sonrisa que hacía que al general se le erizaron los vellos de todo el cuerpo —Sabes que odio que me hagan esperar. Dime de una vez cuál es la situación en la tierra. También quiero saber qué ha sucedido con mis generales. ¿Ha despertado ya tu encantadora esposa?

—Sobre eso, señor —contestó Thanatos, respirando profundamente —M-Moros ha sido sellado nuevamente y Ker fue derrotada —los ojos de Heracles se abrieron con la sorpresa —Keres… Keres se ha negado a abandonar el Mukai, aun cuando yo mismo fui a verla. Según Hypnos, ella misma se negaba a despertar, pero en este momento ya está libre de su sello. Moiras está en Saturno y su hermana, el Caballero Solar Éter, ya ha ido a encontrarse con ella.

—Si Moiras recupera a su "otra mitad", se convertirá en una poderosa aliada. Nada podrá detenerla. Muy bien.

—Sin embargo, un invitado inesperado ha seguido a Galatea hasta Saturno.

—¿Qué quieres decir?

—El príncipe Endimión está en Saturno en este momento —Heracles se rascó la barbilla, pensativo —Estuve pensando que esto podría ser bueno para nosotros también, señor. Si Moiras logra deshacerse también del príncipe de la Tierra, el balance de los guerreros del Universo se romperá.

—Es cierto. Además, no hay manera de que Moiras sea derrotada. ¿Qué pasa con Geras?

—¿Geras?, pues en este momento ha de estar dándose un banquete con la inmensa energía de la princesa de Marte —Thanatos rió, perversamente —No me extrañaría que ya estuviera muerta.

—Yo no estaría tan seguro —replicó el otro —La princesita de Marte siempre ha sido una mujer bastante problemática y ni qué decir de su querido prometido. Ese sujeto ha de estar en Marte ya. Esperemos que no haya llegado demasiado tarde, ¿cierto? —Thanatos iba a hablar, pero las siguientes palabras de su señor lo silenciaron —Por cierto, a que no adivinas quién está en mi poder en estos momentos.

—¿Señor?

—Es una mujer problemática y el motivo por el cual, probablemente, el prometido de la princesita se encuentre ya en Marte. También fue la responsable del escape de las hijas del Sol y la Luna —Thanatos se quedó boquiabierto —Sé que no tengo que decirte su nombre, pero lo haré, por aquello de las dudas. La grandiosa Duquesa del Sol, Solaris, la poderosa Amaterasu, se encuentra prisionera en el calabozo de Varuna. La pobre e ingenua mujer pensó que podría escaparse de mí. ¡Ja!, ¡qué mujer tan estúpida!

—Mi señor, entonces, ¿acabará con ella? —Thanatos dijo esto con un marcado nerviosismo en su voz, mordiéndose el labio inferior —Sabe que no está sola…

—Sé que su maldita vida le pertenece a esos sujetos, pero, si acabo con ellos ya no tendré de qué preocuparme, ¿no es así? —el general alzó las cejas, incrédulo —¿Por qué te sorprendes tanto, Thanatos? ¿Acaso crees que no tengo el poder suficiente para enfrentarme a los tan afamados Jueces Celestiales? —no dejó que el otro respondiera y siguió hablando —No me subestimes, Thanatos.

—N-No… j-jamás… y-yo… —balbuceó el otro, completamente aterrado. Esa sonrisa… cuando Despair tenía esa sonrisa en sus labios. Simplemente no podía significar nada bueno. Pero, ir en contra de los Jueces Celestiales, era como ir en contra del mismísimo universo.

—Vamos, Thanatos, no te pongas tan nervioso —añadió, riendo —Pero basta de hablar de mis generales, hablemos de los tuyos. Imagino que estarán entreteniéndose bastante con los guerreros del universo, ¿verdad?

—Bueno, con respecto a eso, ¿cómo puedo decirlo? —contestó, volviendo a ponerse nervioso —Hemos perdido a Eris, Hilda y Fenrir. Hestia y Fauno esperan órdenes —Despair se quedó en silencio por un par de minutos, pero el general no se atrevió a hablar más.

—Parece que los guerreros del universo son mejores de lo que pensábamos —dijo de pronto, echándose el cabello hacia atrás —Bueno, esto es lo que quiero que hagas, Thanatos —el otro tragó saliva y asintió con la cabeza —Envía a Hestia a Alemania. Quiero que vaya tras una pequeña sirena que huyó de casa.

—¿Alemania?

—Verás, parece que algo interesante sucedió en Urano y la princesita de Neptuno escapó de casa. Ahora está en Alemania, más específicamente en Múnich, así que quiero que le pidas a Hestia que le haga una vista cordial. Tal vez una "charla de mujeres" la haga sentir mejor, ¿no crees? —guiñó un ojo —Ah y dile a Fauno que tiene mi permiso para hacer lo que quiera con esa insignificante ciudad. Hagamos que los guerreros del universo se diviertan un rato también.

—A-A la o-orden —balbuceó torpemente el otro, cuando su señor tomaba nuevamente un semblante tranquilo. Heracles colocó de nuevo el espejo en la gaveta y se levantó del escritorio, estirándose.

—Bueno, es momento de planear una boda.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

Calor abrasante. Calor. Calor. Era lo único en lo que Serena podía pensar en ese momento. Finalmente habían llegado al reino del Sol y los temores de Hiperión se habían confirmado. Más que un reino, aquel sitio parecía un infierno. Al menos, se parecía a la concepción que Serena pudiera tener de ese sitio. El crepitar de las llamas que cubrían los campos hacía que la rubia se estremeciera. El fuego se extendía sin control, rebelde, indomable.

Serena se acomodó la capa para protegerse del calor. La capa que la rubia vestía, de color blanco, con detalles plateados, era la famosa Capa Lunar, aquella que se decía era capaz de soportar el calor abrasante de las llamas solares. Era uno de los preciados objetos que Tea había dejado en la luna, como presenta para las futuras generaciones. La reina Serenity nunca había tenido que usarla, así que nadie estaba muy seguro de si las leyendas acerca de su poder eran ciertas. De cualquier manera, Serena estaba segura de que, de no ser por la nombrada capa, su piel ya se habría quemado.

Hiperión llevaba una capa común, bastante más delgada que la que llevaba la rubia. La piel de su rostro había comenzado a adquirir un tono moreno, casi acaramelado. Gotas de sudor rodaban por su frente y mejillas. A Serena se le antojó tentadora esa imagen. Diablos cómo extrañaba a Seiya. No era como si hubiesen estado separados por mucho tiempo, pero a ella se le había hecho una eternidad. Se mordió el labio inferior y desvió la mirada.

Sintió que la tomaban de la mano. Abrió mucho los ojos y se sonrojó cuando Hiperión comenzó a halarla suavemente por un camino cubierto de llamas. Ante el paso de Hiperión, el camino de fuego se partió en dos, permitiéndoles el paso. Apenas les daba tiempo de avanzar, antes de que las llamas se volvieran a unir.

—¿Adónde nos dirigimos ahora? —preguntó entonces Serena, aun sintiéndose incapaz de mirar al otro a los ojos.

—El núcleo solar se encuentra en el centro del reino, en la ciudad de Solaria. Es el sitio donde se originó la Orden de los Caballeros Solares —contestó Hiperión —En este momento, la entrada debe estar bastante despejada, pues las llamas ya han sido liberadas al resto del reino.

Continuaron caminando, adentrándose más en el reino. Hiperión no había soltado la mano de Serena. Hacía calor, muchísimo calor, y aunque Serena se sentía desfallecer, no se permitió a sí misma detenerse ni un momento. Trotó un poco, para que el hombre no se adelantara demasiado. Hiperión parecía preocupado por algo, por eso a la rubia no se le ocurrió pedirle que se detuvieran a descansar. Quizás Seiya estaba en peligro.

—Esto… Hiperión… —pero el hombre no respondió. En vez de eso, se mordió el labio y frunció levemente el ceño, mientras susurraba por lo bajo palabras que la chica no fue capaz de comprender —¿Está todo bien? —intentó nuevamente.

—Las cosas podrían estar a punto de ponerse algo… feas.

Y no dijo nada más. Continuaron caminando. Luego de un par minutos, Serena fue capaz de ver una pequeña villa. Había algunas pocas estructuras que aún se mantenían en pie, pero la mayoría había sido consumida por las llamas. La más grande de las estructuras que había sobrevivido, era un taller. Al adentrarse en él, Serena pudo ver las herramientas típicas de un fabricante de armas y, un poco más adelante, un mostrador con varias joyas que, milagrosamente, permanecían intactas. Serena contempló un par de zafiros, asombrada.

—Esta es la calidad de las joyas de la familia de Solaria —dijo Hiperión, que ya había soltado la mano de Serena —Ni siquiera el más abrasante calor lograría destruirlas.

—Es impresionante. Y ese color…

—Sí, parece que hubieran sido creadas inspiradas por los ojos del príncipe del sol —la rubia se sonrojó, pues eso era precisamente lo que estaba pensando —Bueno, será mejor que sigamos.

Hiperión se adentró hasta el sitio donde yacía una inmensa chimenea. Había varias herramientas de forjado, bastante oxidadas, allí. Serena sintió de inmediato un impresionante cambio de temperatura y volvió a acomodarse la capa. Una alta llamarada brotó de la chimenea, amenazante. Hiperión volvió a tomar a Serena de la mano.

—Pase lo que pase, no te separes de mí —y comenzó a avanzar hacia el fuego.

—¿Eh? Entonces, ¿vamos a…?

Pero no necesitó que Hiperión le respondiera. Juntos se adentraron en la chimenea. Serena cerró los ojos con fuerza y se aferró al brazo de Hiperión. Sintió un calorcito recorrer su cuerpo, pero no se quemó; era como si las llamas acariciaran su cuerpo. Abrió los ojos y se encontró con un pasillo de piedra, parecido al de un calabozo. Con cada paso que daban, parecía que las llamas se hacían a un lado, como dejándoles pasar. La rubia pensó entonces que… en realidad aquello no parecía tan malo como Hiperión lo había hecho sonar. ¿Sería acaso el poder de la capa?

—No, este es el poder de la reina Hemera —dijo entonces Hiperión, como si le hubiera leído la mente a la rubia.

—El poder de la madre de Seiya. Es… inmenso.

Hiperión abrió una puerta de madera, que se desintegró con un ligero toque. Ante ellos aparecieron unas escaleras, por las cuales comenzaron a descender, con cuidado. Las escaleras en forma de caracol eran viejas y crujían bajo sus pies, con cada paso que daban. Serena estuvo a punto de tropezar, pero los fuertes brazos de Hiperión – que eran en realidad los de Seiya – la aferraron por la cintura, salvándola. La rubia volvió a sonrojarse y se alejó de él.

Una vez llegaron a la pequeña habitación cuadrada, – que no tenía más que trozos de metal desperdigados por todo el lugar – Hiperión abrió una trampilla que estaba cubierta de polvo. En cuanto la tapa de metal fue retirada, una oleada de calor se escapó, dándoles de lleno en el rostro. Hiperión se colocó enfrente de Serena y extendió una mano, al tiempo que las llamas – que ya comenzaban a salir por la trampilla – regresaban por donde habían venido.

—Por ningún motivo te separes de mí, Serena —ordenó Hiperión, alzando a la rubia al estilo princesa y dando un gran salto para caer por la trampilla. Serena ahogó un grito, ocultando el rostro en el pecho de Hiperión —No puedo creer que esa mujer esté libre.

Serena podía escuchar el crepitar de las llamas a su alrededor cuando Hiperión la dejó nuevamente en el suelo. El lugar donde se encontraban ahora tenía el aspecto de una antigua tumba, muy similar a las tumbas egipcias, donde eran enterrados los antiguos faraones. Sólo que en lugar de un sarcófago, se encontraba, justo en el centro de la habitación, un ataúd de cristal. Serena se acercó lentamente. Dentro de la estructura de cristal, se encontraba el cuerpo de un apuesto hombre. Se parecía muchísimo a Seiya. No había duda de quién se trataba.

El hombre dentro del ataúd vestía una sencilla túnica blanca y su larguísimo cabello negro estaba suelto y algo revuelto. Tenía las manos sobre el pecho, como sosteniendo una joya. Serena reconoció la joya al instante; se trataba de un cristal cósmico. El cuerpo de Hiperión parecía estar intacto y en ese momento la chica vio que los párpados del otro comenzaban a moverse. Una inmensa sonrisa se dibujó en los labios de la chica.

—¡Se…!

Hiperión se colocó enfrente de Serena, usando su cuerpo como escudo. Con su energía logró desviar una daga que volaba hacia la rubia. Sin despegarse de Serena, Hiperión se volteó para encarar al enemigo. Se trataba de una mujer. Esta mujer iba completamente desnuda. Tenía una piel blanquísima y una cabellera roja como el fuego. Una serpiente se enredaba en su cuerpo, de forma tenebrosa.

—No esperaba encontrarte despierta; al menos no tan pronto, Lilith —la mujer sonrió, relamiéndose los labios.

—¿De quién crees que es la culpa? —dijo ella, acariciando la cabeza de la serpiente, que mostraba los colmillos de manera amenazante —Culpa a la pequeña hija de Thanatos. No es como si yo quisiera despertar tan pronto. Simplemente no era el momento pero, ya ves, aquí estoy. ¡Ah, tengo tanta hambre! —se volteó y deslizó sus larguísimas uñas por la superficie de cristal.

—¿Quién es esa mujer? —preguntó Serena en voz baja. Antes de que Hiperión pudiera responder, la aludida se volteó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Eres la princesa de la Luna?, vaya, ha pasado mucho tiempo, pero no has perdido tu encanto —dijo —Ya entiendo por qué este niño quedó completamente embobado contigo —rió cuando Serena se sonrojó —Bien, entonces, deja que me presente. Mi nombre es Lilith, uno de los Generales de los Hermanos de la Destrucción, más específicamente, la esposa del gran Chaos.

—¿La… la esposa de… Chaos? —balbuceó Serena, sorprendida.

—Han llegado justo a la hora de la comida —continuó Lilith, lamiéndose los labios mientras miraba de nuevo a Seiya —Sólo necesito un momento para recuperar mis energías y entonces podremos charlar.

—Como si fuera a dejar que eso sucediera —espetó Hiperión, dando un paso al frente —Lilith, confiesa, ¿qué has hecho con la reina Hemera?

—¿Hemera?, ah, sí, esa mujer. Pues destrocé su esencia con mis garras justo antes de que pudiera fusionar su cristal cósmico con el de este niño —señaló el ataúd —Sabes que estas cosas sólo pueden ser abiertas desde adentro. Pero, aunque el chico esté despierto, no hay manera de que pueda liberarse de la prisión con sus poderes actuales.

—¿Quieres decir que Seiya se quedará encerrado allí, para siempre? —preguntó Serena, horrorizada. Lilith le dedicó una sonrisa empática.

—Pequeña princesa de la Luna, comprendo el dolor de perder al ser amado. Después de todo, fuiste tú quien acabó con mi amado esposo, antes de que pudiera vestir su imponente armadura. Pero, no te preocupes, no te guardo rencor. Y, como soy muy bondadosa, dejaré que ambos se encuentren de nuevo, dentro de mi cuerpo.

Lilith clavó sus uñas en la superficie de cristal, atravesándola limpiamente. No le hizo ni una sola grieta, la atravesó como si fuera una sombra. Sus dedos sujetaron el cristal cósmico y fue entonces cuando Seiya abrió los ojos de golpe. Serena quiso gritar su nombre, pero la voz no le salía. Hiperión ya se había adelantado y sujetaba a Lilith por la muñeca, impidiendo que se moviera. La mujer miró a Hiperión con odio.

—Apártate, Hiperión, no creo que quieras que tu amado cuerpo sea carbonizado por las llamas de este lugar, ¿cierto? —ella le sonrió socarronamente —No falta mucho tiempo para que la barrera dejada por Hemera se desvanezca. Entonces, ¿qué crees que les pasará a todos ustedes?

—Claramente sólo dos de nosotros moriremos carbonizados —contestó él, con una voz tan segura que Lilith arqueó una ceja, sorprendida.

—¿Qué puedas hacer tú solo, en un cuerpo que ni siquiera es el tuyo?

—No me subestimes.

Lilith no pudo responder, porque en ese momento sintió que alguien sujetaba su otra muñeca. Volteó la cabeza y se topó con los brillantes ojos de Seiya; – que aún estaba en el cuerpo de Hiperión, por supuesto – el chico la tenía sujeta. La había sujetado justo antes de que la mujer cerrara su mano alrededor del cristal cósmico que le había dejado Hemera.

—Maldito seas, príncipe del Sol.

—¡Seiya! —exclamó Serena, con lágrimas en los ojos, al verlo despierto. Él le sonrió, de esa forma tan suya, pero a la vez tan inusual por hallarse en un cuerpo que no era el suyo.

—No hay manera de que puedas escapar ahora, Lilith —dijo Hiperión —Simplemente ríndete y regresa conmigo al lugar del cual provenimos, el mismo Cosmos —entonces, la mujer comenzó a reír perversamente —Vaya, parece que el miedo te ha hecho enloquecer.

—¿Miedo? —espetó —¿Miedo, yo? ¡Por favor, Hiperión, hermano mío! ¡Qué poco me conoces! ¿Crees que alguien como yo, la compañera del mismísimo Chaos, podría tener miedo? ¡Yo no conozco el miedo, Hiperión! —ni siquiera forcejeó para liberarse del agarre —Pero no puedo decir lo mismo de ustedes.

Señaló a Serena, quien estaba detrás de él, con las manos cubriéndose la boca y los ojos muy abiertos. Estaba asustada, de eso no había duda. Dio unos pasos hacia atrás. Hiperión se volteó lentamente hacia Serena, que entonces señaló nerviosa hacia el sitio donde estaba Seiya. Los ojos de Hiperión se abrieron como platos en cuanto se percató de lo que estaba sucediendo. Lilith empujó a Hiperión, liberándose de su agarre al tomarlo desprevenido. La mujer arrancó el cristal del pecho de Seiya y se lo devoró en un instante.

En ese momento, las llamas comenzaron a extenderse violentamente por la habitación. La serpiente de Lilith se abalanzó sobre Serena, enrollándose en su cuerpo. Hiperión fue lanzado contra una pared por el violento fuego. Serena gritó de dolor, cuando la serpiente estrujó su cuerpo. Seiya, incapaz de liberarse de aquella prisión, simplemente golpeaba con los puños el encierro de cristal, gritando:

—¡Bombón!

La serpiente se había aferrado al cuerpo de la rubia y poco a poco la iba dejando sin aliento. La chica asió las manos al cuerpo del animal, que le mostró los colmillos amenazadoramente. Serena cayó de rodillas al suelo, sintiendo que poco a poco iba perdiendo el conocimiento. Seiya continuaba golpeando el cristal con todas sus fuerzas, intentado liberarse. Hiperión se abalanzó sobre Lilith, pero esta fue protegida por una barrera de llamas.

—Maldita sea —bufó Hiperión, molesto. Si se hubiese tratado de su cuerpo, él no se lo habría pensado dos veces para lanzarse contra el fuego, pero no podía permitir que el cuerpo del príncipe del sol resultara lastimado.

Sus pensamientos parecieron descubiertos por Seiya, que en ese momento exclamó:

—¡No te preocupes por mi cuerpo! ¡Sálvala, por favor! —suplicó, con gesto desesperado —¡No vayas a dejar que muera!

Hiperión miró a una Serena que yacía sobre el suelo, mientras intentaba en vano tomar aire. El hombre vio, además, que Lilith comenzaba a alejarse por un pasillo oculto, aquel que, bien sabía él, no guiaba a otro sitio más que aquel donde permanecía oculta la armadura de Chaos. No podía permitir que Lilith se hiciera con tan poderosa y terrible arma, pero tampoco podía dejar morir a Serena. Chasqueó la lengua y atravesó el fuego, cubriéndose el rostro con las manos. Haló a Lilith por el cabello y la derribó, quedando encima de ella.

—¿Qué significa esto, Hiperión? —pronunció ella, con una sonrisa burlona —¿Qué pensaría Tea si te viera así? Por todos los cielos, apenas acabamos de vernos, después de milenios y tú simplemente te abalanzas sobre mí, como un depredador.

—Voy a detenerte, aquí y ahora.

—Sabes que no puedes hacerlo —replicó —Este no es tu cuerpo; sabes bien que el cuerpo de ese niño jamás resistiría tu inmensa energía, además, aún sin pudiera soportarla, sin tu verdadero "contenedor" jamás podrás liberar todos tus poderes. Eso sumado al hecho de que este lugar ya ha comenzado a arder. El efímero poder de Hemera ya no los puede proteger.

Por primera vez en mucho tiempo, Hiperión sintió que la mente se le quedaba en blanco. Allí estaba él, apresando con sus manos los brazos de Lilith, mientras sus rodillas impedían que ella moviera las piernas. Mientras tanto Lilith sólo se burlaba de él. Hiperión se reprendió mentalmente por no ser capaz de pensar en una forma de resolver aquel problema. Y es que, antes de llegar, jamás se le hubiese ocurrido que Lilith pudiera estar despierta.

—El príncipe del sol es un muchacho muy atractivo —comentó entonces Lilith, paseando sus manos por los fuertes brazos del cuerpo de Seiya —Podría divertirme contigo, pero, lamentablemente, tengo asuntos más importantes de los cuales ocuparme.

La mujer aprovechó el desconcierto de Hiperión para liberar por completo sus brazos y chasquear los dedos. Las llamas volvieron a obedecerla y golpearon a Hiperión de lleno en el torso. El hombre sintió como si le hubieran propinado un poderoso puñetazo, que lo dejó sin aire. Se retorció de dolor en el suelo y tuvo que quitarse la camisa, que comenzaba a quemarse. Intentó pensar rápido en su siguiente movimiento, pero un desgarrador grito de dolor lo paralizó por completo.

La serpiente había soltado el cuello de Serena, pero en cambio la había mordido en el cuello, dejando una desagradable marca, casi como la de un vampiro. La chica se retorcía en el suelo, con ojos cerrados fuertemente y varias lágrimas adornando sus mejillas. Tenía el rostro pálido y había comenzado a sudar frío.

—No puede ser, ¿acaso es…?

Lilim —contestó ella —el veneno de reino de la oscuridad. Tú lo conoces bien, ¿no es así, Hiperión? Sabes lo que pasará si no le das el antídoto en los próximos diez minutos.

Hiperión contempló la ahora imponente figura de Lilith, con los ojos abiertos. Estaba asustado. Las cosas se habían salido completamente de control. No sólo había conducido a la princesa de la Luna a su muerte, sino que también dentro de poco el príncipe del sol y él mismo morirían carbonizados en el núcleo solar. Y lo peor de todo, era que él no era capaz de pensar en nada. ¿Acaso su destino era mirar cómo morían los salvadores del universo? ¿Por qué? ¿Por qué era tan inútil? ¿Por qué no era capaz de pensar en nada?

—¡No desesperes, Hiperión! —de pronto la voz de Seiya lo sacó de sus cavilaciones. El chico lo miraba desde el ataúd, con una mirada llena de determinación —¡Ninguno de nosotros va a morir! ¡Ya lo verás! Necesitas tu cuerpo para acabar con esa mujer, ¿verdad? —continuó —¡Espérame! ¡En un momento saldré de este lugar!

—¡Mocoso arrogante! —se burló Lilith, riéndose de nuevo —¡Jamás serás capaz de liberarte!

—S-Seiya… S-Seiya… —se escuchó la débil voz de una Serena a quien, a causa del veneno, le faltaba el aire nuevamente —S-Seiya… p-pronto… p-pronto… t-te salvaré… e-espera u-un momento… p-por favor…

Y, al parecer, esa fue toda la motivación que el muchacho necesitó. Porque en ese instante algo que no puede ser llamado más que milagro, ocurrió. Las llamas se reunieron en torno al ataúd, envolviéndolo. Lilith vitoreó, pensando que aquel sería el final del príncipe del sol. Pero, en vez de eso, se escuchó el sonido del cristal resquebrajándose. Las llamas continuaron moviéndose furiosas, hasta que sólo se vieron trozos de cristal volar. Cuando el fuego se disipó, la imagen de Seiya se veía imponente. Era como si las llamas se sometieran a su voluntad. La túnica blanca estaba destrozada en varias partes, pero el cuerpo de Hiperión estaba intacto.

—No puede ser posible…

—Las llamas del sol obedecen a aquel ser con la voluntad más fuerte —dijo Hiperión —y esta vez no fui yo. Eres un digno heredero de este reino, Seiya.

El muchacho ni siquiera le prestó atención al cumplido. En vez de esto, corrió hasta donde estaba Serena, pero Hiperión se interpuso en su camino. El muchacho, molesto, iba a replicar, pero el otro hombre habló primero:

—No te acerques. No se te ocurra ni siquiera tocarla, porque si lo haces morirá —Seiya parpadeó, confundido —Lilim es el veneno más mortífero de todo el universo, si no es tratado con cuidado, la víctima morirá al instante.

—Entonces, ¡toma tu cuerpo de vuelta y sálvala! ¡Maldición! —gritó Seiya, sujetando a Hiperión por el cuello de la camisa.

—Necesitas calmarte, Seiya.

—¡¿Calmarme?! —volvió a gritar —¡¿Calmarte?! —repitió, con los ojos desorbitados —¡¿Cómo puedes pedirme que me calme cuando estoy viendo morir ante mis ojos a la mujer que amo?!

Hiperión apartó las manos de Seiya y le dedicó una mirada severa. Por un momento, el muchacho se sintió intimidado y retrocedió involuntariamente. Hiperión iba a reprenderlo, pero al darse cuenta de que Lilith había desaparecido, se volteó, diciendo:

—Voy a detener a Lilith. Tú quédate aquí y no hagas nada, si tu corazón se descontrola por la cólera, las llamas nos calcinarán a todos. Regresaré para salvar a Serena —pero Seiya lo sujetó del hombro para detenerlo.

—Sálvala. Ahora. Por favor —su tono iracundo se había transformado en una súplica.

—Seiya, entiende que…

Pero no hizo falta que Hiperión fuera tras Lilith, porque ella misma había regresado para enfrentarlos. Su cuerpo desnudo iba ahora cubierto por una armadura completamente negra, con destellos de plata. Despedía una energía oscura tan poderosa que Seiya sintió que le fallaban las rodillas. Sin duda, aquella armadura guardaba la esencia del mismo Chaos. Lilith rió otra vez, cuando las llamas regresaron a estar bajo su control una vez más.

—Permítanme acabar con todos ustedes, con el preciado recuerdo que me dejó mi esposo, el todopoderoso Chaos.

Obedeciendo la voluntad de Lilith todas las llamas se congregaron en un gigantesco remolino el cual arrojó hacia donde estaban Hiperión y Seiya. Ambos hombres se colocaron justo enfrente del fuego, con aquel porte que los caracterizaba. Pensaban hacerle frente a las abrasantes llamas, aun sabiendo que no tenían oportunidad alguna. Pero entonces…

—¡Eclipse Lunar, transformación!

Un poderoso escudo de luz dorada se colocó entre ambos hombres y el fuego. La persona que estaba enfrente de ellos, protegiéndolos, no era otra que la mítica Sailor Moon. Serena acababa de despertar Eclipse en su "verdadera" forma. Aun cuando su cuerpo resentía los efectos del veneno, – la zona de la mordida se había puesto de un desagradable color azulado – la guerrera se había levantado para proteger a quienes la necesitaban.

Lilith gritó frustrada y encolerizada, empujando el fuego hacia una Sailor Moon que no retrocedía. Su cristal cósmico estaba en su esplendor. La rubia podía sentir cómo el poder de su madre y el suyo propio corría por sus venas. Podía hacerlo. Tenía que salvar a Seiya. Después de todo, desde que se conocieron, siempre había sido él quien estaba salvándola todo el tiempo. Ya era hora de que dejara de ser una llorona y fuera ella quien tomara el papel de salvadora.

—¡Seiya! ¡Hiperión! —gritó ella, sin voltearse —¡Intentaré ganarles algo de tiempo! ¡Hagan el cambio!

Los dos hombres se sorprendieron, pero salieron de su ensimismamiento con aquellas palabras. Serena hacía todo lo posible por mantener en pie el escudo, pero Lilith hacía lo propio tratando de despedazarlo y acabar con sus enemigos.

—Démonos prisa —apremió Hiperión —Aún con Eclipse, Serena no resistirá mucho tiempo más; el veneno ya le ha hecho mucho daño.

—Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? —preguntó Seiya, impaciente.

—Lamentablemente, no has tenido el tiempo suficiente para que el cristal cósmico de la reina Hemera se fusionara con el tuyo —explicó rápidamente el hombre —Es por eso que en cuanto cambiemos de cuerpo serás incapaz de moverte por un rato. Sin embargo, en cuanto yo haya acabado con Lilith y extraído el veneno del cuerpo de Serena, tienes que usar todas las fuerzas que te queden para colocar una barrera. La barrera de Sailor Moon no funcionará cuando mis poderes y los de Lilith choquen. Entonces, ¿estás listo?

Seiya ni siquiera había terminado de asentir cuando sintió que su pecho era perforado. Bajó la mirada y vio que el brazo izquierdo de Hiperión lo había atravesado limpiamente, justo en medio del pecho. Sin embargo, no había herida, sólo un calor abrasador que le quemaba el pecho. Seiya gritó de dolor. El rostro de Hiperión se contrajo en una mueca de molestia al confirmar que el cristal cósmico de Seiya seguía incompleto. Maldita Lilith, se dijo.

Seiya se desplomó en el suelo. Hiperión respiró con dificultad. Ambos acababan de regresar a sus respectivos cuerpos. Hiperión corrió hacia Serena y se lanzó sobre ella justo cuando el escudo era destrozado por Lilith. Serena rodó por el suelo y cayó cerca de donde yacía un inmóvil Seiya. Las manos de Hiperión brillaron, como si estuvieran cubiertas de fuego. Dejando que las llamas vinieran sobre él, el hombre avanzó y sujetó a Lilith por el cuello, levantándola del suelo. La mujer comenzó a darle patadas, tratando en vano de liberarse.

—Es hora de acabar contigo, de una vez por todas.

El cuerpo de Lilith comenzó a perder su fuerza. Su piel se fue arrugando y su rostro perdió el poco color que tenía. El cabello comenzó a caérsele a trozos. La armadura se resbalaba por sus extremidades ahora que su cuerpo iba quedando reducido a huesos. Como un cadáver. La mujer maldijo en voz baja, pero ya no tenía fuerzas para luchar.

—M-Maldito… s-sigues siendo… igual d-de… d-despiadado…

Así, el cuerpo de Lilith se convirtió en cenizas y los trozos de la armadura cayeron pesadamente al suelo. Las rodillas de Hiperión flaquearon, pero se mantuvo en pie para dirigirse a donde estaban Serena y Seiya.

—Resiste… bombón… —dijo Seiya, extendiendo con dificultad el brazo para rozar la mano de la rubia.

—¿E-Estás bien, Seiya? —preguntó ella, respirando con dificultad de nuevo. Él asintió, mordiéndose el labio al ver la lastimera figura de su amada —M-Me alegro… —y cerró los ojos.

—¿Bombón? ¡¿Bombón?! —exclamó Seiya, asustado.

—Sólo está exhausta, —dijo Hiperión que se había arrodillado al lado de la rubia —pero estará bien, eso te lo puedo asegurar —Bueno, no me queda mucho tiempo, así que voy a empezar. Descansa todo lo que puedas mientras extraigo el veneno.

Seiya asintió, mientras Hiperión colocaba las manos en el cuello de Serena, tal y como había hecho con Lilith. Seiya vio cómo las manos del otro se iban impregnando con el desagradable color que le había dejado la mordida de la serpiente. El rostro de Serena fue retomando su color y su respiración comenzó a normalizarse. Hiperión por otro lado parecía estar sufriendo. Como si…

—N-No me digas que… —Hiperión asintió.

—Estoy absorbiendo el veneno. Es lo mismo que hice con Lilith, absorbí su esencia y ahora está dentro de mí —Seiya abrió los ojos como platos —Pero, es demasiado poderosa, incluso para mí, por eso mi cuerpo explotará dentro de poco. Es en ese momento en el que tienes que colocar la barrera o de lo contrario ambos se convertirán en polvo, así como yo.

—¡¿Estás loco?! ¡Es un suicidio! —exclamó Seiya, luchando por sentarse —¡No puedes hacerlo!

—Mi tiempo de proteger este universo ha pasado ya —contestó —Es hora de dejar el camino libre a las nuevas generaciones. Con esto no quiero decir que me estoy librando de toda responsabilidad, porque cuando me vaya, dejaré una parte de mi esencia contigo, príncipe Seiya. Tú estás más que capacitado para proteger este universo, no lo dudes —retiró entonces las manos del cuerpo de la rubia y se puso de pie —Sólo tenemos que dejar que descanse.

Hiperión se colocó la armadura de Chaos con parsimonia. Las piezas, extrañamente, le encajaron a la perfección. Las llamas comenzaron a descontrolarse al tiempo que el cuerpo de Hiperión absorbía los trozos de metal. El hombre se llevó una mano al pecho, atravesándolo para extraer su propio cristal cósmico y lanzárselo a Seiya. Apenas la joya tocó los dedos del muchacho, brilló y se enterró en su pecho. Hiperión sonrió, pero su cuerpo comenzó a convulsionar. Seiya se puso de pie con dificultad e intentó correr hacia él, pero el hombre le hizo un gesto con la mano para que se detuviera.

—Adiós, príncipe Seiya —el cuerpo de Hiperión comenzó a brillar —Levanta la barrera, ahora.

Seiya hizo lo que el otro le ordenó, tomando primero a Serena en sus brazos para acunarla en su pecho.

—Muchas gracias por todo, Hiperión —dijo Serena, en voz baja —Te debo la vida.

—No ha sido nada —contestó —Estaré observándolos desde los confines de este universo. Esperaré pacientemente hasta el día en que vea a sus hijos corretear por la pacífica tierra.

Serena y Seiya se miraron un momento, luego se sonrojaron. Entonces, ocurrió una inmensa explosión. La explosión absorbió las llamas. Y, para el momento en que la luz y el polvo se despejaron, no había rastro de Hiperión. El fuego se había extinguido por completo también. Serena comenzó a llorar, ocultando el rostro en el pecho de Seiya. Seiya por su parte respiró hondo, pero no pudo detener las lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas. Abrazó con más fuerza a Serena, mientras ambos seguían llorando.

Pasados unos minutos, Serena se separó un poco de Seiya para mirarlo a los ojos, que aún estaban brillantes por las lágrimas. Limpió los rastros del llanto del chico delicadamente con su mano – la transformación Eclipse se había desvanecido hacía tiempo – y le sonrió. Se incorporó, aún cansada, para besarlo en la mejilla.

—Seiya, ¿ya te había dicho que te amo? —el muchacho la miró, extrañado.

—Me lo dices todo el tiempo, bombón —contestó él, besándola en las mejillas —Cuando me miras así, de esa forma que le roba el aliento, cuando me besas, cuando me abrazas, cuando te acurrucas en mi pecho. Todo eso y más me demuestra lo mucho que me amas.

—Ya, no seas cursi —se quejó ella, ocultando su sonrojado rostro en el pecho de Seiya, pero con una inmensa sonrisa dibujada en los labios.

—Por cierto, yo también te amo, bombón —ella volvió sonreír. Tras una breve pausa, la rubia volvió a hablar:

—¿Seiya?

—Dime.

—Quiero que tengamos tres hijos —el muchacho se separó de ella y la miró, confundido —Quiero un niño, que sea tan apuesto como tú y también quiero que tengamos unas hermosas gemelas.

—¿E-Eh? ¡¿Eh?!