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Capítulo 36 Al otro lado

Draco se despertó entre retazos de recuerdos: largos pasadizos oscuros, dolor, gritos de alegría, azules y verdes a su alrededor, la sonrisa de Harry, un exquisito caldo de carne y cebollas. Estaba en su tienda, en su cama, y en cuanto abrió los ojos supo que lo habían conseguido, que habían salido del pasadizo.

Sintiéndose aún débil, se levantó con cuidado de la cama y fue al cuarto de baño. Llevaba los calzoncillos y un pantalón del pijama que no era suyo. Dado que Ron era un poco más alto que él y aquellos pantalones dejaban sus tobillos al aire, dedujo que eran de Harry. Probablemente se los había dejado para no estar hurgando en sus cosas, un detalle que agradeció. Y la idea de llevar puesto algo suyo le gustó. Seguro que olían a Harry.

De cintura para arriba iba desnudo, pero tenía los brazos llenos de vendajes. Había manchas verdes en ellos, como si le hubieran colocado algún emplasto hecho de hierbas. Hierba… Tenía ganas de verla de nuevo.

Necesitaba una ducha y se moría de hambre, pero sobre todo necesitaba sentir el sol y la brisa en su rostro, asegurarse con sus propios ojos de que estaban ya fuera del pasadizo, así que se dirigió hacia la puerta de la tienda y la abrió.

Lo que vio le dejó maravillado.

Estaban en un hermoso prado, cerca de un enorme lago cuyas aguas refulgían a la luz del sol. Había un pequeño bosquecillo de manzanos a quizás doscientos metros y la mitad de los árboles estaban cargados de fruta. Hagrid estaba ahumando carne, largas tiras de aspecto rojizo y sabroso colgando de unas cuerdas. Luna parecía estar asando pescado en una hoguera, Harry estaba removiendo el contenido de una olla en otra y si no le fallaba la vista, Ron estaba pescando en el lago.

-¡Draco! –exclamó Harry, olvidándose del caldero y yendo a toda prisa hacia él. Para sorpresa de Draco, le dio un breve y fuerte abrazo. Pero era una sorpresa tan agradable que tuvo que hacer un esfuerzo para no aferrarse a él-. ¿Cómo te encuentras?

-Mejor… Aunque me muero de hambre.

-Normal, llevas casi dos días sin comer. –Mientras Hagrid y Luna se acercaban a saludarlo también, Harry sacó su varita, e hizo aparecer una manzana roja y apetitosa-. Ten, para que mates el gusanillo. Pronto almorzaremos.

Draco le dio un bocado a la manzana y no pudo evitar un largo gemido de placer. Era deliciosa, dulce y jugosa.

-Está buenísima…

Hagrid le dio una palmadita en la espalda.

-Come, muchacho, necesitas reponer fuerzas.

-¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

-Llegamos hace dos días por la tarde –replicó Harry-. Has estado durmiendo casi cuarenta y ocho horas. Al principio estábamos un poco preocupados, pero como te medio despertabas para comer y beber supusimos que sólo necesitabas descansar.

Draco asintió y siguió comiéndose la manzana con apetito mientras se regodeaba en la vista.

-Eh, ¿dónde están las Montañas Peregrinas? –exclamó al darse cuenta de que no las veía. Habían caminado mucho por el pasadizo, sí, quizás unos doscientos kilómetros, pero la cordillera era larguísima y él había tenido la sensación de haber estado viajando siguiendo una trayectoria paralela a las Peregrinas.

-Las hemos dejado atrás –dijo Luna.

-Sí, no las verás ni subido en la escoba –añadió Harry-. Caminamos bastante allí dentro, pero creo que era una especie de atajo mágico.

-¿Estamos más lejos de lo que deberíamos estar?

-Eso parece. Dione dice que tiene la sensación de estar a varios cientos de kilómetros de la entrada del pasadizo o del río. –Harry se quedó pensativo un momento y luego se encogió de hombros-. Pero supongo que estemos donde estemos, aquí es donde debemos estar, ¿no? Estamos siguiendo las instrucciones de los centauros.

Luna y Hagrid regresaron a sus quehaceres y Harry le explicó que allí la caza y la pesca eran abundantes y que también habían encontrado montones de fruta y verdura: aparte de los manzanos, había zarzales llenos de moras no muy lejos de allí y habían llenado ya una bolsa con espárragos silvestres, otra con nueces y dos con setas. Habían acordado quedarse allí un día más, descansando y reuniendo comida, antes de ponerse de nuevo en marcha. A Draco le parecía un plan fantástico, y la pena era que no pudieran pasar más tiempo en aquel lugar paradisíaco.

Dione se había ido a cazar unos enormes faisanes que habían visto sobrevolando la zona y Betty estaba en su tienda. Harry le contó, sin entrar en demasiados detalles, que había tenido un pequeño ataque de nervios después de salir de allí y que les había costado bastante calmarla. Desde entonces, prácticamente no había hecho otra cosa excepto dormir.

-Ha desayunado con nosotros esta mañana y al menos parecía un poco más entera que ayer. Con un poco de suerte, se repondrá del mal trago.

-Debemos confiar en la profecía.

-Odio las profecías.

Draco asintió.

-Lo sé.

Ron se acercó en ese momento a ellos con un cubo en el que se veían tres pescados de buen tamaño.

-Eh, Malfoy, me alegra verte despierto –dijo, sonando tan sincero que a Draco no le quedó más remedio que creerlo-. ¿Te encuentras bien?

-Sí, gracias.

Ron asintió, miró hacia otro lado un segundo y carraspeó.

-Hace falta valor para hacer lo que hiciste ahí dentro –reconoció.

Draco se horrorizó tanto al descubrir que le importaba lo que Ron opinara de él que sólo consiguió farfullar otro gracias; no importaba mucho porque Ron estaba huyendo rápidamente, tan incómodo como él. Cuando escuchó a Harry riendo entre dientes se giró hacia él, algo indignado.

-Me alegra que os estéis llevando mejor –dijo Harry como respuesta. Draco no supo qué responder a eso así que se limitó a dejar escapar un hum que podía interpretarse de una docena de maneras distintas. Harry se lo quedó mirando unos segundos y Draco, consciente de que sólo llevaba los pantalones del pijama, sintió cómo su piel hormigueaba un poco ante su proximidad-. ¿De verdad estás bien? Me diste un buen susto en el pasadizo.

Draco volvió a asentir, intentando olvidarse de las reacciones que Harry provocaba en su cuerpo.

-Sí, sólo estoy un poco cansado.

-¿Te duelen? –preguntó, señalando sus vendajes.

-Un poco. ¿Qué me habéis puesto?

-Tendrás que preguntárselo a Dione, es ella la que ha preparado el emplasto de hierbas. –Meneó distraídamente el cucharón con el que revolvía el contenido del caldero, que parecía una sopa de verduras-. Ron tiene razón, estuviste genial allá abajo.

La sonrisa más tonta amenazó con insinuarse en sus labios y Draco luchó ferozmente por suprimirla. Aceptaría el cumplido como un hombre hecho y derecho, no como un colegial enamorado.

-Gracias. Tú también –dijo con sinceridad-. Nos habríamos venido abajo sin tus estúpidas canciones. –Harry se echó a reír-. No te importará que les enseñe a mis amigos en un Pensadero cómo cantaste y bailaste esa canción de la taza, ¿verdad?

-Si a ti no te importa morir de manera lenta y dolorosa después…

Esta vez fue Draco quien rió.

-Vale, mensaje captado.


La vida en aquel paraje era espectacular, pero llegó el momento de continuar la marcha. Llevaban con ellos un fardo tan grande de comida como el que habían tenido al comenzar el viaje, aunque no era tan variado: carne de ciervo fileteada, patos, faisanes, cestos con verdura y fruta, pescado curtido… Y todavía tenían unas pocas provisiones del paquete original, como tres tabletas de chocolate, un par de kilos de harina, otros dos de arroz, té, azúcar y sal. Harry sabía que, además, a todos les quedaba aún algo de sus provisiones particulares. No mucho, pero algo, lo suficiente como para cambiar un poco de sabores de vez en cuando.

El ánimo del grupo era bastante alto, después del descanso en aquel lugar. Draco, su maravilloso y obstinado Draco, parecía bastante restablecido, aunque Harry le había convencido de que anduviera sólo un par de horas y luego hiciera el resto del camino en la escoba. No sabían cuánta sangre había llegado a perder realmente, pero era mejor ser precavido porque no quería verlo inconsciente nunca más. Ron y Hagrid se habían animado con el primer rayo de sol y el primer bocado de comida, Dione volvía a ser la de siempre tras unas cuantas carreras al aire libre y Luna nunca había llegado a acusar realmente la travesía bajo tierra. Era Betty la que más le preocupaba, pues era evidente que todavía estaba muy afectada y asustada por lo que habían pasado. El hecho de que ahora fueran a entrar en las tierras de esas criaturas agresivas de las que habían hablado los centauros, los klargotts, no ayudaba a que se sintiera más segura. Pero al menos parecía lista para seguir adelante, a pesar de su terror, y Harry sabía que eso también era valentía.

El día transcurrió con tranquilidad, entre paisajes tan bonitos como los que habían dejado atrás. Mientras caminaban, Dione distinguió una plantación de zanahorias silvestres y las añadieron a su despensa, debidamente conservadas con un hechizo. Draco, que había estado recogiendo ingredientes para pociones a lo largo del camino, tuvo suerte un pare de veces. La temperatura era agradable y el aire olía a flores y a campo.

Harry quiso montar guardias de nuevo aquella noche, pero dejó fuera a Draco, cosa que por supuesto no le hizo gracia. Tras prometerle que contaría con él a la noche siguiente si pasaba el día sin marearse, se emparejó a sí mismo con Betty. Si ocurría algo, estaría cerca de ella y podría ponerla a salvo. Pero no ocurrió nada, ni durante su guardia ni durante la de los otros, excepto la llegada de unas nubes grises por el horizonte que se tradujeron en una mañana lluviosa. Con los hechizos para repeler el agua eso no era ningún inconveniente y cuando la lluvia cesó al mediodía el aire que les rodeaba se había vuelto aún más fresco y fragante.

Por la noche volvió a llover, esta vez con algo de truenos y relámpagos. Las tiendas resistieron bien y a la mañana siguiente se encontraron con un cielo bastante azul y un suelo muy embarrado. Los ánimos seguían altos gracias a la abundancia de comida y a la falta de incidentes, Draco parecía recuperado a pesar de las cicatrices redondas que ahora adornaban sus brazos y Betty también hacía mejor cara y hablaba un poco más.

Y entonces, por supuesto, se complicaron las cosas.

Un grito lejano, que parecía provenir de un niño, hizo que todos dieran un respingo y frenaron en seco.

-¿Qué ha sido eso? –exclamó Hagrid.

-Venía de allí –dijo Ron. El grito se repitió, seguido de otro grito que parecía menos humano y más un gruñido animal, y Ron ya no se lo pensó-. ¡Vamos!

Un momento después había salido volando en escoba en dirección al ruido y Harry le seguía, también en escoba, aguijoneado por el mismo instinto protector que Ron. Una vocecita en su cabeza –por no hablar del "volved aquí, estúpidos" que sonó tras ellos-, le recordó que era una locura abalanzarse de esa manera hacia el peligro y que habría sido más sensato aproximarse con más cautela, averiguar a qué se enfrentaban y hacer un plan práctico e inteligente. Era lo que se suponía que hacían los aurores. Pero no era lo que hacían los Gryffindor y Harry sabía que a Ron, como a él, le preocupaba más llegar demasiado tarde que no llegar preparado.

Un nuevo grito que sonaba como si alguien estuviera pidiendo auxilio les ayudó a localizar por fin el lugar que buscaban y se encontraron de pronto con dos criaturas de aspecto horroroso, reptiliano, que perseguían con lanzas puntiagudas, como gatos jugando con un ratón, a algo que parecía un auténtico gnomo, gorro de punta incluido. Ron fue hacia ellos como una exhalación.

-¡Parad ahora mismo!

Las criaturas reaccionaron preparando sus lanzas y Ron le dio de lleno a uno con un Desmaius. Harry atacó al otro antes de que pudiera ensartar a Ron con su lanza, como parecía su intención. Pero aunque su hechizo y el de Ron dieron en el blanco, todo lo que consiguieron fue hacer que se tambalearan un poco. Harry se acordó de las Bestias; no iba a ser fácil vencer a esos dos lagartos humanoides si eran tan resistentes a los hechizos.

-¡Los Desmaius no les hacen nada!

Ron le lanzó a su lagarto un Incendio. La criatura bramó de dolor mientras trataba de abalanzarse contra él, pero Ron seguía sobre su escoba y no tuvo problemas para esquivarlo. Para sorpresa de Harry, el otro ser intentó alcanzar a Ron con un escupitajo azul y un instante después trató de tirarse contra Harry. Éste lo esquivó y le atacó con otro Incendio. El lagarto rugió, pero sus rugidos se detuvieron bruscamente cuando un haz de luz atravesó su cuello y lo decapitó al instante. Draco estaba allí, no tenía ni que girarse para saberlo. Harry apuntó con su varita al otro lagarto que quedaba, todavía en llamas, y le lanzó un Levicorpus. No tenía intención de matarlo –iba a apagarle las llamas en cuanto lo tuviera bien inmovilizado-, pero un silbido que ya le resultaba familiar cruzó el aire y una flecha se clavó entre los ojos de la criatura, acabando con su vida en el acto. Esa era Dione.

-¿Estáis bien? –preguntó ella.

-No había necesidad de matarlo, Dione, ya lo tenía inmovilizado.

-¿Sabes de qué no había necesidad? –le espetó Draco, que parecía muy enfadado-. ¡No había necesidad de lanzarse al ataque como idiotas sin cerebro! ¿Y si hubieran sido veinte bichos en vez de dos?

-Teníamos que actuar rápido, ¿de acuerdo? –dijo Harry, tratando de calmar las aguas.

-Nosotros también –replicó Dione-. Estos deben ser los Klargotts. Por lo que mis primos centauros me contaron, son criaturas peligrosas, capaces de convertir a sus enemigos en piedra.

Harry tuvo una sospecha.

-Ron, ¿te ha alcanzado con su escupitajo?

-No, lo he esquivado por si era venenoso. Y porque era un escupitajo.

Luna también había llegado allí y estaba atendiendo al gnomo que habían salvado. Medía aproximadamente unos treinta centímetros con gorro incluido y era bastante joven, pues ni siquiera tenía barba. El gnomo se sujetaba el brazo derecho, que le sangraba un poco, pero por lo demás parecía en buen estado, aunque muy asustado. Harry se acercó allí no sólo para averiguar más cosas sobre el pequeño hombrecillo, sino también para huir de la mirada aún furiosa de Draco.

-¿Qué tal se encuentra?

-El Episkeyo funciona con él.

Harry se acuclilló y miró al gnomo con simpatía.

-¿Cómo te llamas? ¿Entiendes mi idioma?

-Es la lengua de los magos y centauros –contestó el gnomo-. Me llamo Robert, Robert Barbagrís. Mis padres me dijeron que los magos eran poderosos, pero no pensaba que podrían contra los Klargotts.

Parecía realmente impresionado. Harry supuso que para alguien de treinta centímetros incapaz de hacer ese estilo de magia, los Klargotts tenían que ser unos oponentes terribles.

-Yo me llamo Harry Potter, encantado de conocerte. Nos alegra haberte podido ayudar. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te perseguían?

Robert tragó saliva y les dirigió una mirada aprensiva a los restos de los Klargotts.

-Querían comerme. No debería haberme alejado tanto del poblado, pero estaba buscando alguna trufa para llevársela a mi madre y no me he dado cuenta de lo lejos que estaba.

Harry tomó la decisión en un momento.

-Si no va en contra de las costumbres de tu pueblo, te acompañaremos a casa. Tus padres deben de estar preocupados. –Con un poco de suerte, podrían darles alguna indicación más sobre cómo llegar a la corte de las hadas.

El gnomo se puso en pie.

-Os lo agradezco. –Robert miró a Ron, que también se había acercado a escuchar-. Señor mago, mi familia está en deuda con usted.

A Ron se le pusieron rojas las orejas.

-Oh, bueno… No es nada. No los he derrotado yo solo.

-Pero fue el primero en venir en mi ayuda –dijo Robert, con vehemencia-. Mi pueblo compondrá canciones sobre su hazaña. ¿Cómo se llama?

-Ron. Ron Weasley.

-Ronald el Rojo…

-Tiene mucha resonancia –opinó Luna, con ensimismada aprobación mientras a Draco se le escapaba un pequeño resoplido de risa a pesar de su cabreo.

Harry se puso en pie.

-Entonces vamos a reunirnos con el resto de nuestro grupo y pongámonos en marcha.


Decir que Robert se quedó de piedra al ver a Hagrid habría sido quedarse corto. Los gigantes de Ávalon vivían muy lejos de allí y, además, no desdeñaban incorporar a los gnomos a su dieta. Pero todos le aseguraron que Hagrid era un semi-gigante, que formaba parte del grupo y que jamás le haría daño, y el propio Hagrid prometió solemnemente que jamás se había comido a un gnomo ni se lo comería, y Robert aceptó su presencia con confianza.

Betty, por su parte, también se sorprendió al ver a Robert, tanto que se olvidó un poco de los nervios que había pasado al verlos salir al rescate.

-No se parecen en nada a los goblins –le dijo a Harry en voz baja.

-No son la misma especie –contestó él.

-¿Crees que vivirán en setas? –se preguntó; la idea le hacía gracia. Ella misma se contestó-. No, no son tan pequeños, ¿verdad?

-No, viven en los troncos de los árboles y en madrigueras bajo tierra –dijo Harry, haciendo memoria.

Robert decía que su poblado estaba a una hora, pero eso era a paso de gnomo. En menos de media hora llegaron allí. Harry vio antes a los gnomos que sus casas, pues las puertas de los árboles estaban muy bien disimuladas. Aquellos pequeños seres parecían un poco alarmados ante su llegada, pero Robert los calmó rápidamente, alabando al mago Ronald el Rojo y sus amigos. El resto de los gnomos se animó a salir y pronto se vieron rodeados de medio centenar de aquellas criaturas. Algunos eran ancianos y tenían largas barbas blancas; los adultos más jóvenes llevaban barbas más cortas y oscuras. Había ancianas de trenzas grises y mujeres con diminutos bebés de dos o tres centímetros en brazos. Los varones vestían túnicas y pantalones de distintos tonos de azul, pero su gorro era invariablemente rojo. Las hembras, sin embargo, llevaban vestidos blancos y verdes y sus gorros eran verdes.

-Por favor, aceptad nuestra hospitalidad por haber salvado a Robert –dijo una de las ancianas, de ojos claros y mejillas sonrosadas.

-Tenemos prisa y no podemos quedarnos mucho, pero será un honor compartir nuestra cena con vosotros.

Eso bastó para que empezaran a organizar un pequeño banquete. Como los gnomos no comían carne, Harry les dio una parte de las moras y las setas que habían recolectado, pero los gnomos también deseaban darles algo de comida a ellos.

-¿Sabe alguno de vosotros recolectar miel?

-Yo lo he hecho a menudo –dijo Dione.

Los gnomos la llevaron entonces hasta una colmena de abejas y Harry observó con interés cómo los gnomos adormecían a las abejas tocando una melodía con un caramillo. Dione les quitó la miel y la metió en una canasta vacía. No andaban sobrados de azúcar, así que toda esa cantidad de miel era un buen regalo. Los gnomos, además, les ofrecieron un barrilito a cada uno de un licor de hierbas que ellos mismos fabricaban. Tenían el tamaño de un vaso de tequila, pero cuando Ron lo probó, dándole un pequeño traguito, se puso colorado en cuestión de segundos y resopló expresivamente como un dragón intentando expulsar fuego.

-Cuidado con esto –dijo, casi sin voz.

Harry, curioso ante su reacción, se mojó los labios con el licor y al momento tuvo la sensación de que le ardían.

-Guau.

El único capaz de beberse aquello sin parpadear era Hagrid, pero durante el banquete descubrieron que los gnomos lo bebían como si fuera agua, sin que pareciera emborracharles demasiado. Después de la cena, los gnomos sacaron sus instrumentos musicales y bailaron y cantaron alrededor de sus pequeñas fogatas. Algunos niños pequeños estaban trepando por Hagrid como si fuera un enorme juguete y él se reía y los hacía chillar de miedo y entusiasmo de vez en cuando.

-¿Qué os trae por Ávalon? –les preguntó con amable curiosidad uno de los ancianos, llamado Timbo.

-Estamos buscando a la Reina de las Hadas –contestó Harry-. Nos han dicho que si cruzamos estas tierras en dirección al norte terminaremos dando con ella.

El gnomo se acarició la barba.

-Hace unos días nos llegó un mensaje de nuestros primos de las montañas. Unos magos habían pasado por allí buscándola también. –Harry intercambió una mirada sorprendida y alarmada con los demás-. ¿No son amigos vuestros?

-No, todo lo contrario. Son unos asesinos.

-Fueron amistosos con nuestros primos, sin embargo. Pero nos dijeron que llevaban unas extrañas armas metálicas y que tenían dos graphorns con ellos.

Los graphorns eran lo bastante grandes como para ser usados como montura de tanto en tanto por los trolls y tenían un comportamiento agresivo e impredecible. Los Parásitos no se andaban con tonterías, desde luego. ¿Para qué los querrían? ¿Para usarlos como arma si alguien les atacaba?

-No creo que hayan venido a herir a los habitantes de Ávalon, aunque lo harán si es lo que necesitan para conseguir lo que quieren.

-¿Viven muy lejos vuestros primos? –preguntó Ron.

-A casi una luna de camino, aunque claro, vosotros llegaríais antes con vuestra magia.

Harry se dio cuenta por el brillo en los ojos de Ron que éste estaba considerando la posibilidad de interceptar a los Parásitos por el camino, pero él no estaba nada seguro de que fuera el curso de acción más correcto. Si se desviaban para ir tras ellos se arriesgaban a no encontrarlos antes de que fuera demasiado tarde. Y además, ir a por ellos equivalía a escoger la opción que conducía a una batalla campal, algo que Harry no deseaba, no cuando él era el único auror del grupo. Era mejor atenerse al plan original, en teoría menos violento: llegar antes que los Parásitos al bosque de Titania y asegurarse de que la espada quedaba a salvo. Su resolución se hizo aún más fuerte cuando Timbo les dijo que la expedición que sus parientes habían visto constaba de más de treinta personas. Treinta contra siete era una mala proporción, sobre todo si esos treinta contaban con dos graphons. Harry no les temía, pero no iba a arriesgar la vida del resto del grupo.


-Eh, parejita, hora de hacer guardia.

Harry parpadeó al escuchar la voz de Draco, se desperezó y salió de la cama para vestirse. Allí hacía fresco por la noche, así que se colocó también una capa de lana por encima de la ropa. Ron salió de la habitación vestido más o menos del mismo modo y se reunieron con Draco y Luna en el exterior.

-¿Todo tranquilo?

-Sí –dijo Draco, somnoliento-. Buenas noches.

-Buenas noches, chicos –dijo ella, yéndose también hacia su propia tienda.

-Buenas noches.

Harry observó unos segundos la espalda de Draco y después se giró hacia Ron y le hizo una seña con la cabeza para que se diera con él una vuelta por el campamento. Normalmente buscaban un sitio despejado en el que acampar, en el que cupieran todas las tiendas con más o menos orden, pero aquella noche estaban montadas entre los árboles. Para encontrar algún rastro visible de los gnomos había que mirar hacia arriba, hacia las ramas de esos árboles; allí podían distinguirse algunos puentes colgantes entre un árbol y otro.

-¿Cómo crees que irán las cosas en casa? –dijo Ron, alargando la mano para pasarla distraída y juguetonamente entre las hojas de un arbusto.

-Espero que bien.

-Rose estaba bastante preocupada por los TIMOS. No tanto como Hermione en sus tiempos, pero…

-Lo hará bien. Puede que no sea tan inteligente como Hermione, pero también es lista y no le asusta estudiar. -Era inevitable que pensara en Albus, quien había bajado el ritmo después del secuestro. No se lo reprochaba, entendía que tuviera la cabeza en otro sitio, pero necesitaba buenas notas al menos en Defensa, Pociones y Encantamientos-. ¿Qué quiere ser cuando salga de Hogwarts?

-Está dudando entre historiadora y periodista. No como Rita, ¿eh? De las serias.

-Si algo necesita el mundo mágico es periodistas serios.

Los dos siguieron hablando en voz baja de los posibles futuros de sus hijos mientras caminaban entre las tiendas, atentos a cualquier ruido extraño. Las protecciones de costumbre estaban tranquilas. Los gnomos les habían dicho que los Klargotts solían estar algo más al norte, aunque no era raro que de vez en cuando se acercaran a cazar a esa zona. Valía la pena tomar precauciones.

Ron estaba comentando las posibilidades de Hugo como futuro Buscador estrella de los Cannons cuando la brisa nocturna cambió de dirección y Harry notó un atisbo de olor acre que no había notado antes. Con un gesto de la mano hizo callar a Ron. Probablemente sólo era algún animal, pero quería estar seguro. Durante unos segundos no vio, olió o escuchó nada fuera de lo normal; después, le pareció oír un susurro áspero entre la maleza. Harry sacó inmediatamente la varita y vio que Ron hacía lo mismo. Con un gesto silencioso, Harry le pidió que avisara a los demás sin hacer demasiado ruido. Si se equivocaba y los despertaba para nada iban a querer darle una patada en el culo, pero prefería pecar de precavido a que los pillaran a todos durmiendo. Ron se dirigió hacia la tienda de Luna y Harry fue a por Dione, que dormía al aire libre. La centáuride abrió los ojos al escuchar cómo se acercaba a ella y Harry hizo un gesto con la mano para indicarle que había extraños entre los árboles. Dione se puso en pie al instante y olfateó el aire. Después, se inclinó para recoger su bolsa de cuero del suelo, se la puso al hombro y cargó una flecha en su arco. Viendo que Ron se dirigía a la tienda de Draco, él fue a la de Betty y dejó que ésta avisara a Hagrid.

-¿Betty? –susurró, entrando en su tienda y dirigiéndose a su dormitorio-. Betty…

-¿Harry? –exclamó ella, sobresaltada, desde la cama.

-Rápido, échate un hechizo desilusionador, súbete a tu escoba y vete de aquí. Cuando esto sea seguro, te mandaremos un patronus para avisarte.

-¿Qué pasa? –dijo ella, con los ojos como platos-. ¿Nos están atacando?

-Haz lo que te digo.

En cuanto vio que Betty se ponía en marcha, Harry salió de la tienda. Quería alejarla del peligro, no sólo para protegerla, sino también para no tener que preocuparse de ella mientras luchaba. Y justo cuando iba a reunirse con los demás, Dione dio la alarma.

-¡Al suelo!

Todos, incluso ella, fueron rápidos. Nada más caer a tierra Harry oyó pasar por encima de su cabeza un montón de flechas. Cuando giró la cabeza para ver dónde caían, se dio cuenta de que estaban en llamas, y el fuego comenzó a extenderse por el campamento y los árboles de los gnomos. Un momento después, todas las protecciones avisaron de que alguien estaba entrando en el perímetro.

-¡Nos atacan! –gritó Harry, para alertar a los gnomos-. ¡Luna, Draco, ocupaos del fuego!

Si el Murificatio detenía los balazos, seguro que hacía lo mismo con las flechas. Harry se echó encima el hechizo inventado por Mei a tiempo de ver cómo una flecha en llamas chocaba contra el escudo y caía al suelo, prendiendo en la hierba. Harry apagó el fuego, gritó un Accio escoba y se subió en ella inmediatamente. Si los Klargotts no les estaban atacando ya desde el aire es que no podían hacerlo, así que contaban con esa ventaja.

Bajo sus pies, Draco y Luna empapaban de agua los árboles y las tiendas en llamas, Dione disparaba sus flechas con seguridad y Ron y Hagrid lanzaban hechizos a su alrededor. Y entre los árboles y la maleza, distinguió a los Klargotts, al menos dos docenas de ellos, esquivando hechizos y acercándose rápidamente hacia el campamento. Recordando que hechizos sencillos como el Desmaius no les afectaban, apuntó al suelo y convirtió la tierra bajo sus pies en arenas movedizas. Los Klargotts que iban a pasar por allí no se dieron cuenta hasta que dos de ellos ya quedaron atrapados hasta las rodillas. Algunos se fueron a intentar cruzar por otro lado y un par se quedaron a ayudar a los que estaban atrapados. Dione se ocupó primero de los dos que estaban libres y luego mató a los que estaban hundiéndose en las arenas movedizas. Harry hizo una mueca, pero siguió buscando más Klargotts a los que reducir.

Había media docena de Klargotts muertos, pero los restantes estaban ya en el campamento. Uno fue a atacar a Dione por la espalda y ella se lo quitó de encima con una coz en la cabeza. Harry, comprendiendo que debía ser más expeditivo, probó suerte con el Sectumsempra y descubrió que la maldición funcionaba con los Klargotts. Sin pensárselo más, atacó del mismo modo a otra criatura y lo dejó en el suelo, desangrándose. Después el instinto le avisó de que algo iba hacia él y realizó un giro en el aire para evitarlo. Era una flecha en llamas. Harry buscó al Klargott que le había atacado y le devolvió el detalle con otro Sectumsempra, pero la criatura le evitó. Eran ágiles, pensó, al ver cómo otro esquivaba un Diffindo de Draco. El Klargott intentó escupir a Draco y éste dio un salto atrás para evitar el escupitajo.

-¡Cuidado con la saliva! –les recordó Harry a los demás, mientras le lanzaba al Klargott un Levicorpus. La criatura gritó al verse alzando el vuelo, pero gritó aún más cuando Harry lo dejó caer desde treinta metros de altura.

-¡Harry! –le llamó Luna.

Cuatro Klargotts estaban intentando abalanzarse sobre ella. Luna los mantenía a un par de metros de distancia aún, pero eran muchos para ella. Harry voló hacia ellos, varita en mano, lanzó a uno de ellos por los aires con otro Levicorpus y detuvo a otro en seco con otro Sectumsempra. Luna ya se había deshecho de un tercero y un segundo después la cabeza del cuarto quedó limpiamente separada de su cuerpo.

¿Cuántos quedarían en pie? Harry ascendió un momento para hacerse una idea general y vio que ahora sólo quedaban ocho o diez Klargotts vivos. Dos flechas ardientes chocaron contra el escudo de su Murificatio y Harry contraatacó con dos Sectumsempra. Un gruñido le hizo mirar hacia la izquierda y vio que un Klargott había mordido a Hagrid en el brazo. Éste rugió de dolor y le dio un puñetazo tremendo a la criatura, pero el Klargott no le soltó. Harry fue a ayudarle, preocupado por los efectos que el mordisco podía tener en Hagrid. Por el rabillo del ojo vio que Ron, que acababa de hacer huir a un Klargott, se acercaba corriendo también.

-¡Harry, cuidado! –chilló de repente la voz de Betty.

Él se detuvo, buscando la amenaza y vio un bulto acercándose por su izquierda. Mientras se giraba hacia él, empezando a pronunciar mentalmente el hechizo que con el que pensaba atacar, se dio cuenta de que el Klargott echaba la cabeza hacia atrás, preparándose para escupir el veneno. Lo vio todo casi a cámara lenta, el veneno saliendo de su boca reptiliana, su Sectumsempra impactando en el cuerpo de Klargott un segundo después. Por instinto intentó maniobrar su escoba, pero supo que iba a ser tarde, demasiado tarde.

Algo chocó contra él, haciéndolo caer de la escoba y Harry rodó bruscamente por el suelo.

-¡No! –gritó Hagrid.

Harry buscó a toda prisa la causa de aquel grito y cuando la encontró, fue como si le hubieran arrancado el alma.

-¡No! ¡No! –Trastabillando, fue hacia él-. ¡Episkeyo! ¡Episkeyo!

Hagrid le advirtió que tuviera cuidado con el veneno, pero Harry, sin hacerle caso, sujetó a Ron entre sus brazos. Ron se convulsionaba y le salían espumarajos púrpura por la boca y su piel y sus ropas parecían estar cubriéndose de piedra grisácea.

-¡El veneno, Harry! –le advirtió Hagrid de nuevo.

Él apenas lo escuchó. Le echó un hechizo de estasis, pero no vio ninguna diferencia. Ron se estaba muriendo y no parecía haber nada que pudiera hacer para impedirlo.

-No, no, no… -El pánico se apoderó de él- ¡Socorro! ¡Ayuda!