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Disclaimer: agradecerles el tiempo que dedican a leer esta historia. Saint Seiya pertenece a Masami Kurumada, aunque de regalo me encantaria recibir a Shura e Isaak de regalo. Eva y Aimée son de mi creación.
Agradezco Shadir, Kari y a mi adorada Lara Harker por su tiempo y compañía en el desarrollo de la historia. Siento que a las chicas les ha tocado crecer pronto y afrontar situaciones complejas para su edad, eso es lo que quiero explotar de ahora en adelante y sus comentarios serán de mucha ayuda en ese proceso. De nuevo gracias y disfruten.
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Capítulo 36: Still Standing
Estuve una semana en El santuario, y sólo hasta entonces me di cuenta de lo mucho que extrañaba a Camille y a mi maestro. Aldebarán no me permitió dormir en mi cabaña, y casi me exigió quedarme en Tauro, y el cambio me sentó bien; por lo menos no era un lugar que estuviera inundado de recuerdos de Isaak, aunque sí unos cuantos de Marah, como el día en el que nos habíamos visto por primera vez, chocando la una con la otra y gruñéndonos como gatas. Mi maestro había usado unas banditas de Hello Kitty para tapar la sangre que salía de la frente de Marah; reprimí una risita y en ese momento Camille entró con una bandeja llena de aceites y esencias, seguramente venía del Templo del Patriarca.
- Estás de mejor humor, país.- dijo, mientras me acompañaba y se sentaba sobre la cama mientras hacía las maletas.
Doblé una camiseta y me senté junto a ella, suspirando. Sí, estaba de mejor humor que las semanas anteriores, aunque todavía tenía resaca emocional por todo lo que había pasado las últimas semanas. Asgard me esperaba de vuelta con el desafío de ganar terreno en las negociaciones que Poseidón ya había iniciado, y en las que me llevaba ventaja.
- Tal vez Camille...- respondí al fin, alzando la cara para mirarla. - aunque debo volver a Asgard y allá está la mitad de mis tristezas.
- ¿Tan mal se ha puesto la cosa?- preguntó, preocupada. Sólo a Eva le había hecho un breve resumen de lo que fueron mis escasas y muy desalentadoras conversaciones con Isaak, y de lo herida y decepcionada que me sentía.
- Sí... lo peor Camille es que lo sigo queriendo, y me siento tonta.
Camille me tomó las manos y se puso de pie, obligándome a seguirla. Me llevó hasta el cuarto de baño y me obligó a mirarme frente al espejo. Mi reflejo se veía más alegre que la vez pasada, menos pálida y con los ojos un poco más brillantes.
- No eres tonta por atesorar todo lo bueno que te ha pasado.- Apoyó sus manos en mi hombros, mirándome a través del espejo. - Ambos son jóvenes, inexpertos, y están en medio de un mundo complicado, Aimée.- Bajó una de sus manos y salió del cuarto de baño, la seguí hasta el cuarto y de uno de los bolsillos de mi maleta, tomó el colgante del mjölmir que me hubiese regalado Isaak, abrió el broche y me lo puso alrededor del cuello.
- Pero, Camille...- insistí, corriendome de su alcance antes de que cerrara el broche del collar sobre mi cuello. - Isaak me ha tratado con sequedad, ha sido cruel...- Agaché la cabeza derrotada, y ella me tomó la cabeza entre las manos, obligándome a mirarla.
- No te estoy diciendo que ignores lo que ha pasado porque lo quieres; pero cuando todo se calme, por lo menos, deberían hablar y ya estará en tus manos decidir qué pasa después.- Tomó el colgante, me abrió la palma de la mano y depositó el colgante, y me cerró en la mano.
Suspiré, tenía razón en algo, más tarde que temprano tendríamos que hablar, y me escucharía le gustase o no.
- Por ahora, tendré que hacerme la indiferente, o algo...
- Ocúpate de tu trabajo nada más- Me guiñó el ojo.
Le sonreí, le devolví el colgante y me di la vuelta para que me lo abrochara. Una vez puesto, le di un besito antes de meterlo dentro de mi camisa.
De la primera planta llegaron varias voces, una de ellas de Aldebarán; la otra, para mi infinito desprecio, de Kanon. Camille me ordenó quedarme en el cuarto, pero la seguí hasta la puerta, ella salió hasta el balcón de la segunda planta, escondida entre las columnas.
- Te prohibo meterte con mi alumna, Kanon, déjala en paz...- la voz de mi maestro sonaba distorsionada por la lejanía. Kanon respondió algo ininteligible, pero Camille se devolvió y cerró la puerta tras ella, pálida.
- ¿Qué pasa, Camille?
- Sólo, no salgas Aimée... Kanon está histérico, parece que no ha dormido bien, y está bebido.
- Pero, ¿qué? ¿para qué quiere buscarme?- Insistí, tratando de abrir la puerta, y aunque Camille no tenía la misma fuerza que yo, se plantó con firmeza en la puerta para que no la abriera. Resignada, me senté en el colchón otra vez, mientras ella juzgaba mis intenciones hasta que finalmente se me acercó.
- Aimée, Kanon y tú no se caen bien, además de tu relación con Isaak y las presiones de Poseidón para que Marah se entregara... todo eso junto, lo tienen furioso y como no hay nadie de Atlantis con quién desquitarse, lo hará contigo si se lo permites.
Fruncí el ceño, aunque a mí me molestara la situación, sabía que Kanon era en extremo peligroso y no tenía deseos de arruinarme los últimos días en El Santuario teniendo una discusión con él en la que saldría mal herida y lastimada, pues si algo tenía el gemelo menor, era una lengua afilada que destilaba el mejor veneno si se lo permitían, y yo no sabía como evitarlo. Eso sí, tarde o temprano tendría que encontrármelo en mi subida hasta el Templo del Patriarca. Sabía por Camille que había tenido unos días terribles, que se había peleado con Saga y que estuvo unos días en cama, entendía su dolor; pero eso no le daba derecho a querer desquitarse conmigo. Me recosté en la cama, Camille me palmeó la rodilla con ternura, ¿qué más le iba a hacer?
- ¿Qué es lo peor que podría decirme?- Insistí. - Que soy una tonta, que la muerte de Marah es mi culpa...- Agaché la cabeza, y Camille me dio un zape.
- No es lo que pueda decirte, sino que podría atacarte... no sé Aimée, está muy mal. no sólo es la bebida, está trastornadoo también.- Mientras hablaba, la vestal manoteaba nerviosa y miraba hacia la puerta cada cierto tiempo.
- A estas alturas...
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Estaba entrenando con Aioros, como de costumbre, cuando el Cosmo de Shion contactó con el mío ordenándome acudir a su presencia. De inmediato, mi maestro dio por terminado nuestro entrenamiento de rutina y me acompañó hasta el hall de Sagitario donde tomé una toallita que tenía y me limpié la cara, la doblé y la metí en un pequeña maleta que cargaba conmigo todo el tiempo, de esas que se atan a la cintura; pero antes de salir hacia Capricornio, Irene me tomó del brazo.
- ¡Ven acá niña, debes ir mejor presentada ante el Patriarca!- me haló por todo el corredor hasta la cocina de Sagitario mientras yo trataba de explicarle que tenía mi armadura en Capricornio y que planeaba usarla para ver al Patriarca. Me tendió un trapo húmedo con esencia de lavanda con el que me limpié la cara, el cuello, el pecho y los brazos; luego me soltó el cabello y me lo ató en una trenza, parecida a las que se hacía cuando usaba un himatión en ceremonias especiales.
- ¡Irene! Déjame ir o llegaré tarde.- protesté, todavía con mi cabello en sus manos mientras ataba la trenza con un caucho oscuro.
- Ya, vete. - Dijo, una vez soltó mi cabello. Y sin pestañear salí corriendo hasta Capricornio en donde tomé la caja de mi armadura y la vestí como un suspiro, para luego salir corriendo hacia el Templo Papal. Una vez allí, me detuve en la entrada para tomar aire con la mirada exasperada del guardia. Entré con paso veloz, frente a Shion ya estaba Shura, me arrodillé junto a él e incliné la cabeza como saludo, Shura me dio una mirada rápida pero recriminadora, en sus ojos estaba la frase: "¿por qué llegas tarde?", agaché la mirada
Shion, para aliviar la atención, se aclaró la garganta y ambos lo miramos al instante.
- Shura, Eva, las tensiones se han liberado un poco para nosotros aunque a un costo muy alto- agaché la cabeza, aunque Shion lo hacía sonar como algo natural, también le dolía que hubiéramos perdido a Marah de manera irremediable. - Por eso es hora de que ustedes viajen a reclutar a nuevos aspirantes a Caballeros.
Ambos asentimos.
- Shura, tu labor es entrenar a Eva, para que en adelante pueda ella hacer ésta tarea y entrenara otros por su cuenta.
- Sí, señor.
- Eva,- continuó Shion, escrutándome con sus enormes ojos violeta. - nuestra señora tiene su confianza puesta en tí para ésta misión.
Asentí con suavidad y luego enfrenté sus ojos, buscando algo que me estuviera velado en sus palabras. Saber que la responsabilidad caería en mí me llenaba de terror, pues nunca había hecho nada semejante; sin embargo, la confianza de nuestra señora me daba aliento para embarcarme en esa misión con toda mi alma.
- Así será, señor.
- Para ello, espero que puedan partir mañana en la mañana. Su primer lugar, como ya saben, es en España, donde ambos se encontrarán con viejos conocidos de la Orden. - Shura y yo asentimos nuevamente. - Luego, deberán viajar por toda la península ibérica y adentrarse por los Alpes, hasta llegar de nuevo a Grecia. Shura te dará los detalles de cómo proceder una vez fuera, y que Niké los corone.
- Gracias, Santidad.- Dijo Shura, yo sólo asentí con timidez antes de ponerme en pie y salir detrás de Shura, como mandaba el protocolo al ser él de un rango superior. Sin embargo, ya en la puerta, se quedó atrás hasta que salí del Salón y el guarda cerró la puerta. Caminamos juntos hasta la escalinata, y echando una mirada hacia atrás, se me acercó tomándome del brazo.
- ¿Por qué llegaste tarde?- susurró, conteniéndose. Suspiré contrariada, Shura enojado no era mi persona favorita, y sabía lo mucho que le molestaba el que el entrenamiento e Irene me hubieran retrasado más de lo que yo esperaba.
- Shura, disculpame, por favor. - Dije, buscando un tono conciliador. - Estaba entrenando con Aioros y luego Irene me retrasó, no era mi intención llegar tarde.
- Hablamos del Patriarca, Eva. Por más paciente que él sea, es una falta de respeto hacerlo esperar a él, incluso a mí...
Mentalmente me froté las sienes, exasperada. Shura podía ser terco y pesado cuando se lo proponía, y según cuentas, hoy no había amanecido de buen humor.
- Ya lo sé, ¿qué quieres que te diga? ¡Lo siento!
Shura se frotó los ojos molesto y andó dando zancadas escalinata abajo, lo seguí calladita y a cierta distancia, cuando se ponía en plan digno, me molestaba montones; pero también estaba a punto de salir de viaje con él y no me convenía pillarlo de mal humor, menos cuando sería entrenada por él que como maestro, era doblemente estricto. Antes de llegar a Piscis me le adelanté y me paré a medio camino frente a él, obligándole a detenerse.
- Vale, lo siento, de verdad, no te enojes.- Susurré con melosería, poniendo mis manos sobre la pechera de su armadura. Shura tomó mis manos entre las suyas, seguía molesto pero su gesto se había suavizado completamente.
- Sabes que tengo un problema con eso, detesto que me hagan esperar y, bueno, ya te lo dije, era el Patriarca...
- Ya lo sé...- Agaché la cabeza, mi redescubierto espíritu rebelde detestaba todo intento de Shura por aleccionarme, pero mi sentido común me dictaba que fuera sensata, él tenía razón. Hubiera podido plantarle cara a Irene y decirle que llegaría tarde y en cambio, la dejé acicalarme como si se tratara de un concurso de belleza porque sabía que estaría junto a Shura; y había olvidado su manía con la puntualidad: el resultado, no se había detenido a mirarme como lo hacía de costumbre, me había salido el tiro por la culata por partida doble, suspiré. - No te enojes conmigo.
Subi dos escalones, quedando a la altura de su cara y le di un besito en la mejilla, él todavía tenía mis manos entre las suyas. Me soltó, agachó la cabeza y me respondió con un besito delicado en los labios antes de seguir bajando. Ya más relajada, lo seguí hasta Capricornio.
...
Muy entrada la madrugada, Shura me levantó para salir de viaje. Estaba de mal humor, mi adorado Santo de Oro no había querido pasar la noche conmigo diciendo que debíamos descansar bien, pero venga, que no íbamos a pasar la noche completa en vela, y así tuve que irme a dormir con unas ganas tremendas de estar bajo sus brazos; cuando me despertó traté de enrollarme otra vez con la sábana pero me la arrebató tan fuerte que por poco y me sienta de golpe; lo miré molesta, somnolienta y desubicada.
- ¿Cinco minutitos más?
- No- rió, halándome del brazo hasta la ducha. - Nos dejará el tren, además, entre más rápido lleguemos, más tiempo libre vamos a tener...- y eso último lo dijo con un convincente y juguetón tono seductor.
Me metí a la ducha, apenas despertando. Abrí la llave y el agua fría me hizo retroceder un par de pasos, el muro también estaba frío; gruñí antes de meter primero la pierna derecha, luego la izquierda; un brazo, el otro y finalmente el pecho y la espalda; ahogué un grito cuando el chorro de agua helada cayó sobre mi espalda. Me lavé rápidamente la cabeza, el cuerpo y salí tiritando de frío ante la atenta y divertida mirada de Shura, que estaba por destornillarse de la risa en el suelo, llorando y pataleando.
Pasé junto a él dándole un empujón antes de sentarme en la cama a secarme el cabello. Él se metió a la ducha, todavía muerto de la risa, cuando salió buscó mojarme con el cabello, del que le caían gotas por los hombros y la espalda. Le tiré una toalla y salí al hall del segundo piso, en donde habíamos puesto nuestras maletas y las cajas de nuestras armaduras, luego, en la cocina puse algo de agua caliente para tomar un té y busqué un par de tostadas; minutos después Shura llegó y me ayudó con lo que quedaba. Comimos en silencio y tomamos el equipaje.
- ¿Debemos ir donde el Patriarca antes?
- Si hacemos eso, nos enviará a Jamir de una patada.- Reí, y comenzamos el descenso de las Doce Casas hacia la salida del Santuario. En Tauro, una muy somnolienta Aimée salió a despedirse, todavía con su ropa de dormir y algo despeinada.
- ¿Tú que haces despierta a ésta hora, chavala?- Pregunté, soltando mi maleta en el suelo junto a ella, que sólo se limitó a darme un abrazo, muy fuerte.
- No podía dejarte ir sin despedirme, por si acaso...- Agachó la cabeza, la envolví en un abrazo fuerte. Shura nos miraba a cierta distancia, enternecido por el gesto simple de Aimée; me hizo señas de que se adelantaría, y asentí todavía abrazando a mi amiga.
- No te preocupes, tía, - la tomé de las mejillas. - Aquí volveremos a encontrarnos pronto, lo prometo. Anda, quita esa cara larga, todo debe estar por mejorar... aunque nos falte una parte de esa dicha.
- Eso espero, Eva. Cuídate y buen viaje.- Volvió a abrazarme, estampándome un beso en la frente. Le revolví el cabello, tomé mi maleta y salí corriendo. Cuando ya iba en la puerta le grité.
- ¡Y vete a dormir que te ves horrible!
- Typerä!- Le escuché responder mientras se perdía de mi vista. Alcancé a Shura casi en el camino que daba hacia la Villa de las Amazonas. De ahí, caminamos hasta Rodorio, Athene y Kamalákion, y luego hasta el Pireo en donde tomamos un barco que nos llevaría hasta Italia. Los encargados de la Fundación Graude se ocuparon de las acomodaciones, y hasta Italia estaríamos cómodos en un cuartito pequeño con una litera, un cuarto de baño y una mesita. Ubicamos las maletas en una esquina junto a la litera y me eché sobre la parte de abajo de la litera.
- Tú eres alto, así que te jodes.- Y me recosté, escuchando la carcajada de Shura mientras sacaba un par de cosas de su maleta, se quitaba la chaqueta y se sentaba junto a mí.
- Vale, siempre y cuando me dejes dormir contigo.
- Ah, no, ayer no quisiste darme ni la hora, te jodes por eso también.- Alcé los pies sobre el borde de la cama y me crucé de brazos, mirando hacia el lado opuesto.
- Era el deber.- dijo simplemente.
Me senté, y mirándolo me crucé de piernas.
- Hablando del deber, tío, ¿cómo, cuándo y dónde haremos todo lo que haremos en esta misión?- El semblante juguetón de Shura cambió por uno mucho más serio, sabía lo orgulloso que se sentía de servir a la diosa y el poder entrenarme en algo que él hacía muy bien; buena parte de los antiguos Santos de Plata habían sido reclutamientos suyos: Albiore, Crystal, entre otros.
- Bien, manos a la obra.
Voy a resumir la extensa explicación de Shura: nuestro objetivo era llegar a España, a uno de los campamentos de Santos que estaba ubicado en los alrededores del camino hacia Santiago de Compostela; allí, evaluaríamos a varios de los candidatos que tenían por su habilidad, fuerza y carácter; luego deberían seguir un período de entrenamientos indicado a sus maestros por Shura, el objetivo era que éstos chicos se presentaran en seis meses al Santuario, para ser evaluados por otro grupo de Santos que determinarían si serían aceptados como aprendices de Caballero y el nivel de dicho entrenamiento.
De España viajaríamos a Francia en los Alpes, a Sicilia en Italia, y de ahí viajaríamos por Alemania, Austria, y toda la Europa Occidental hasta llegar de regreso a Atenas; en todas partes haríamos lo mismo, evaluar, entrenar y seleccionar a los futuros aspirantes a Caballeros. Y mientras tanto, Shura me entenaría a mí para poder hacer todo ese proceso sola, además de enseñarme las rutas de acceso a los diferentes campamentos de entrenamiento a lo largo y ancho del mundo, en su maleta tenía un mapa tachado en varios puntos con una "X" o un punto con alguna anotación.
- ¿De verdad tendré que hacer eso sola?
- Sí.
- Por Atenea, Shura, es demasiado...- me puse en pie, andando en círculos, mordiéndome el labio.
- Al principio... no te estreses pensando por adelantado, cariño, puedes hacerlo.
Me detuve a mirar a Shura, y él se puso en pie, tomó la caja de mi armadura y la puso frente a mí, la abrió suavemente, y el brillo y Cosmo de Sagitta inundó la habitación. Dejó que el brillo me cegara por unos segundos y luego volvió a cerrarla, escuché la voz cósmica de Sagitta refunfuñar a mi Cosmo.
- Pero...
- Eva, si estás aquí es porque Atenea cree que puedes hacerlo. Has pasado muchas pruebas en El Santuario para llegar hasta aquí, ten más confianza en tí misma.
Me rasqué la cabeza y me revolví el cabello en un gesto nervioso, y luego por impulso abrí la puerta.
- Por ahora, tengo hambre, vamos a buscar el desayuno, ¿quieres?- dije, zanjando la cuestión. era demasiado para procesar en pocas horas, y esa era la parte menos complicada del asunto. Aún así, en el fondo, estaba tranquila, Shura no me dejaría sola a menos que no me viera realmente preparada; estaría bien siempre y cuando fuera honesta con él acerca de mis capacidades; pero también me daba terror defraudarlo.
Salimos a la cubierta, y de ahí hacia el comedor, y fingimos ser una pareja de novios que viajaba despreocupada por el Mediterráneo, entre más bajo perfil tuviéramos, mejor nos iría.
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- ¿Es una broma?- Sorrento casi tenía los ojos abiertos como platos, un leve mal humor comenzaba a apoderarse de él a medida que recibía reportes de sus hombres. En todas las costas que daban acceso a Atlantis, varios hombres habían sido atacados a traición por un grupo de hombres con armaduras broncíneas y peplos que brillaban como el sol. Y justo eso era lo que le preocupaba, la descripción de los atacantes coincidía con la de unos guerreros en particular, mismos que desde la era del mito servían a Apolo como su ejército, y eran conocidos como los Apellai.
- Han vuelto, es lógico... - María interrumpió el tren de pensamiento de Sorrento, que la miró buscando más respuestas. - Apolo, la Pitia, Delfos... lo que no entiendo es, ¿planean atacarnos en serio?
- Es una posibilidad, aunque hasta ahora sólo han hecho un acercamiento tímido.- Sorrento completó. Estaba sentado en un salón contiguo al Trono de Poseidón él, los demás Generales, María y Julián- Poseidón, y todos tenían gestos graves, el panorama no era alentador.
- Podremos contrarrestarlos si llegan a Atlantis.
- Sí, Krishna, podremos... pero esto no hace parte de los acuerdos a los que se había llegado con Apolo, ¿Julián?- El aludido tenía ambas manos juntas, mirando con atención el centro de la mesa. Cuando Bian lo llamó, levantó la mirada, mirando primero a Sorrento y luego a los demás.
- No lo es, es cierto.- Se puso de pie y rodeó la mesa. - Apolo no estaba muy complacido con las presiones que tuvo que ejercer sobre nosotros y Atenea, aunque yo no lo tomaría como una declaración de guerra.
- ¿No? ¿Entonces qué demonios es eso?- Todos miraron a Kaysa escandalizados, y más de uno lo golpeó mentalmente por insolente. Julián sonrió de medio lado, cuando Poseidón ocupaba buena parte de su conciencia, no era tan tolerante con las bromas.
- Una advertencia, evidentemente. Y si cedemos nuevamente a sus presiones, nos tendrá en la palma de su mano. - Julián rodeó una vez más la mesa y se apoyó hacia adelante, sosteniendo su peso en las palmas de sus manos sobre la mesa. - Estén alerta, pero yo no pienso movilizar a nadie, ni arriesgar a mis hombres por el capricho divino de Apolo.
- En ese caso, debemos cerrar los círculos de vigilancia alrededor de los Pilares, ¿Isaak, el Ártico soportará bien, verdad?
- Así es. He ordenado a mis hombres estar alertas y vigilar con más énfasis la zona en donde se extrae el hielo para el Pilar, en unos días estaríamos de nuevo en esas labores.
Julián asintió, Sorrento también. María se acercó a Julián y susurró unas palabras, luego miró a los demás y esperó la aprobación de Julián para hablar.
- Quiero recordarle a todos ustedes, - dijo con timidez, aunque era una mujer poderosa, los seis Generales la intimidaban a su manera, y sabía lo poderosos que eran a pesar de su inexperiencia en la guerra. - que Apolo ha prometido encontrar a la reina Anfitrite, y por ello deben ser en extremo cautos con sus provocaciones, sería una pena para Atlantis no tener a su reina, pues su Cosmo, así como el de nuestro Señor, dan vida a buena parte de este reino que aún no despierta por completo.
- ¿De verdad que no vamos a responder? Yo podría leer las mentes de esos hombres y- Eo apoyó su brazo en el hombro del General del Antártico, y éste dejó caer los hombros, resignado.
Los Generales continuaron reunidos con Julián-Poseidón creando una estrategia de protección para Atlantis y, sobre todo, para todos sus habitantes. Planes de contingencia llovían de un lado para otro, y las ideas no dejaban de flotar en el aire. Mientras, los planes para elegir al nuevo portador de Dragón del Mar seguían en marcha: todos los candidatos presentados a Julián habían sido aprobados y entre ellos habían librado pequeñas batallas de entrenamiento. Sin embargo, los ánimos entre unos y otros estaban caldeados y de haber podido matarse entre ellos, lo hubieran hecho.
María continuaba buscando señales para encontrar a Anfítrite y ya se estaba preparando para visitar Delfos en un futuro cercano, y sus vestales vivían malhumoradas de tanta presión que tenían encima.
- ¿Y si vuelven a atacarnos los Apellai, qué haremos?
- Aguantar sin atacarles de vuelta.
- No, Sorrento, no... hay algo más que podamos a hacer...- Insitió Krishna.
- No- Sorrento se veía impaciente, bajo los ojos tenía ya unas ojeras, apenas perceptibles por su piel bronceada. Hizo un esfuerzo por no golpear la mesa y mandarla a volar. Intercambió una mirada con Isaak, quién suspiró molesto y luego tomó la palabra.
- Si los atacamos, les daremos oportunidad para presentar un asalto real con todas sus fuerzas, nadie quiere eso.
- Pero...
- Saatana, hombre, que no.- Isaak perdió la paciencia con Krishna, alzó levemente la voz. - No queremos un ataque directo porque nuestros hombres son todavía inexpertos, ¿quieres perder una parte de tus hombres en ese despropósito?
- Está bien, está bien- Concedió, no muy convencido. En parte, Krishna tenía razón en insinuar que iniciaran un ataque para defenderse, después de todo, y según los cálculos hechos por los centinelas, las fuerzas de Poseidón eran más numerosas que las de Apolo, y les tomaría tiempo organizarse hasta ser un ejército de verdad. Aún así, en la mente de Poseidón sólo estaba contener a Apolo para poder tener junto a él a su reina y regresar su hogar a su antigua gloria.
Cuando terminó la improvisada reunión de Generales, cada uno salió de ahí cuán rápido pudo. Los ánimos no les daban para más, sólo Sorrento salió junto a Julián, quien volvía a ser él mismo por completo.
...
El Ática estaba lleno de nuevo, esta vez para celebrar el Haloa, y de paso, presenciar la elección del nuevo General Marino. En el centro de las gradas estaba el palco de Poseidón, y debajo de éste, un pedestal mostraba a los asistentes la Escama que fuese vestida por Kanon varios años atrás. Una buena parte del ejército estaba presente, aunque cada sección del ejército había apostado hombres en los Pilares y en el Templo de Poseidón como medida preventiva.
Junto a una de las salidas, Irina se encontraba dando vueltas como un león enjaulado, cuando sintió la presencia de Isaak, trató de calmarse sin éxito. Él la había elegido a ella para ser su candidata a luchar por la armadura de Dragón Marino. Sus enormes ojos azules escaneaban las gradas, buscando a los demás competidores: por lo que sabía, podría tener problemas con los candidatos de Bian y Sorrento, quienes llevaban los mismo años que ella sirviendo a Poseidón, y por ende, más años de entrenamiento y experiencia.
- Podría apostar que estás nerviosa...- Irina se dio la vuelta de un salto, la voz de Yan la sacó de sus cálculos. Se acercó a ella hasta que su nariz estuvo por rozar la de ella.
- Sí, no, tal vez...- Dijo ella, alejándose un par de pasos hacia atrás.
- No me rehuyas...
- Déjame, debo estar concentrada y en cualquier momento podría aparecer Isaak. Prometimos no incomodarlo, ¿recuerdas?- Yan puso los ojos en blanco unos segundos y luego sonrió, cediendo. Se paró junto a Irina, observando a los dos contrincantes que ella consideraba de más riesgo, su mirada subió un par de gradas hacia la izquierda y se quedó con un hombre de piel morena y ojos hazel, aprendíz de krishna y luego miró a Irina de vuelta. Ella lo miraba con nervios contenidos, había seguido su mirada y visto también al candidato por el Océano Índico, en su hombro sintió una palmadita que no venía de Yan, se dio la vuelta y se encontró la sonrisa sarcástica de Isaak.
Irina trató de sonreírle de vuelta, aunque con una sonrisa tímida.
- Cabeza fría, Irina. No pienses en ellos más que cuando los tengas en frente- Tanto ella como Yan asintieron. - Además, pase lo que pase ahí, -dijo, señalando la arena - eres la mejor, de eso no hay duda. - Y su sonrisa sarcástica se ensanchó un poco más, con orgullo.
- De consentirla tanto la vas a malcriar- resopló Yan.
Isaak chasqueó la lengua e Irina le dedicó una mirada admonitoria. Yan se encogió de hombros antes de acercarse a Isaak también y poner un mano sobre su hombro. Kraken a duras penas se movió.
- En fin,- dijo - sólo venía a desearte suerte, aunque no la necesitas, Irina.
- Gracias, General.
Isaak le dio un saludo militar antes de salir, y luego se despidió de Yan con un gesto de la mano. Mientras se alejaba, pudo escuchar el leve cuchicheo de Irina mientras regañaba a Yan. Ese día llevaba su armadura, era una de las tantas precauciones que habían tomado junto a Sorrento; en caso de un ataque sorpresa, debían estar listo para defender el reino submarino.
El palco donde debía estar aún estaba vacío, y no iba a ser él el primero en ocuparlo. Se sentó en una de las gradas intermedias, cerca de otros de sus hombres. Más allá, vio a Fedra nuevamente, quien se le quedó mirando todo el tiempo, por más que él evitó su mirada; Bian estaba ocupado hablando con su candidato, así que no se dio por enterado, y mientras, Isaak maldecía en sus adentros. Sintió que alguien se sentaba junto a él, pero el esfuerzo por ignorar a Fedra y su mirada llena de preguntas por Aimée, le hizo obviar esa compañía hasta que la misma se hizo notar acariciándole el cabello.
Isaak reaccionó de inmediato, y cuando su mirada se encontró con la de Katerina, se quedó frio. Ella continuaba acariciando su cabello, hasta que él abrió distancia entre ambos.
- No seas tan arisco...- Dijo con tono meloso y seductor, cerrando nuevamente la distancia entre ellos, mientras Isaak retiraba la cabeza para que dejara de acariciarle el cabello, ese gesto lo tenía con los nervios de punta.
- ¿Qué quieres?
- Hablar... ya sabes. - Isaak puso los ojos en blanco, pero ella en lugar de molestarse le dedicó una sonrisita traviesa. - No te hagas, ya me han contado que estás solo, yo estoy sola.. ya sabes.
Insistió, y mientras, su dedo acarició la mejilla de Isaak y recorrió con él buena parte de la pechera de su armadura hasta que él se puso en pie y se alejó.
- Déjalo, lo que sea que estés pensando, no me incluyas en ello.
Katerina, en lugar de sentirse enojada u ofenderse, cruzó las piernas y apoyó el codo en la grada superior, mirando divertida la escena que Isaak le planteaba.
- O sea que es cierto, de verdad quieres a esa Santa... ¡por los dioses!
- Métete en tus asuntos.
Y sin esperar respuesta, se alejó de ella con pasos tranquilos para no delatarse más. Suspiró al momento en que llegó al palco que le correspondía a los Generales. Para su alivio, allí estaba Sorrento ya. Ambos se quedaron absortos en sus propios pensamientos, mientras los guerreros que disputarían las armadura, los demás Generales y Poseidón tomaban sus lugares para dar inicio al Haloa.
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A/N
Haloa: Fiestas celebradas durante el mes de Poseidón (diciembre) con las que se pretendía proteger los granos que comenzaban a germinar.
