Idilio

Los meses pasaban y Astoria se podía dar cuenta de cómo el tiempo se oscurecía cada vez más, dándole a entender que la guerra seguía avanzando y tarde que temprano estallaría. La castaña sonrió con tristeza al recordar aquella noche en la que vio por última vez a Draco, habían quedado bien pero no podían seguir juntos, tal vez no existía una explicación, quizá simplemente era el miedo de perder lo que en verdad amaban.

Astoria suspiró al observar como la gárgola se movía luego de haber murmurado correctamente la contraseña, para dejar ver unas escaleras que daban hacía el despacho del director, pues había llegado la hora de ir nuevamente a esas reuniones donde ella pasaría información o el anciano director le encomendaría hacer algo.

-Señorita Greengrass es bueno volverla ver por aquí- manifestó tranquilamente desde su escritorio.

La castaña no paraba de preguntarse una y otra vez como podía ese hombre estar tan tranquilo al estar enterado de todo lo que le ocurriría al finalizar el año, como también se preguntaba como lo había averiguado pues, a pesar de que ella lo supiera y trabajara como espía para él, no había tenido el coraje de decírselo; sin embargo, él se lo había insinuado días atrás en una de las tantas reuniones que asistía dejándola completamente sorprendida.

-Profesor Dumbledore- saludó con una sonrisa, pensando en que tal vez había llegado el momento de pedirle una ayuda.

-Esta noche debo informarle sobre unas cuantas cosas de mucha importancia- habló, mientras la observaba con seriedad –Señorita Greengrass, ¿se acuerda usted meses atrás cuando le pregunté sobre los peligros que corría al ser una espía?

-Sí, señor- respondió con confusión, mientras observaba con disimulada curiosidad la mano ennegrecida del director –Los sigo reconociendo perfectamente, señor.

-Dados los sucesos que se aproximan, debo informarle que al finalizar este año escolar su padre y su hermana mayor serán trasladados a un suburbio muggle en Francia por su seguridad- anunció –Mientras que usted se hospedará en el 12 de Grimmauld place con los demás miembros de la Orden.

-Profesor Dumbledore pero…

-No hay peros, señorita Greengrass, así como usted entendió los peligros debe entender también las consecuencias y debe saber que es para su protección y la de su familia- le interrumpió, observándola desde sus gafas media luna.

Tenía razón, si ella había aceptado aquel peligroso trabajo, debía de estar de acuerdo también en alejarse de quienes amaba por la seguridad de todos. Astoria ahora podía entender el dolor que había sentido Draco al dejarla.

-Profesor, yo me preguntaba si usted me podría ayudar.

-Por supuesto que sí, dígame que sería señorita Greengrass.

-Proteja a Draco Malfoy también, señor- declaró –Draco no tiene elección y usted no sabe la clase de cosas que él obliga a hacer.

-Créame señorita que conozco perfectamente a todos mis alumnos y sé muy bien la clase de cosas que son capaces de hacer- respondió –Draco Malfoy tendrá protección, aunque él no sepa que la tiene.

-Gracias señor, por todo- expresó, sintiendo como unas lágrimas de alivio llenaban sus ojos.

-No hay nada que agradecer, señorita Greengrass y será mejor que regrese antes de que sea demasiado tarde- finalizó, haciendo que la castaña se levantara del asiento y se dirigiera hacia la salida, donde el profesor Severus Snape esperaba al anciano director con apatía.

-¡As! ¿Dónde estabas?- preguntó el moreno al ver a su amiga en uno de los oscuros pasillos, mientras le decía a su acompañante que se fuera.

-Ya sabes, cosas importantes- respondió con simpleza, llevándose un asentimiento por parte de su amigo –Todo lo contrario que tú.

-Sí bueno, tengo necesidades.

-Blaise, sabes que nunca me he metido en tu vida "amorosa"- enfatizó divertida –Pero, ¿no crees que ya deberías de sentar cabeza? Como una chica te digo que no es bonito lo que haces con cada una de ellas.

-Son ellas las que me buscan- se excusó.

-Blaise, solo te digo que no las trates como juguetes de acción.

-Lo intentaré pero no prometo nada.

-¡Blaise!- regañó divertida.

-Está bien, está bien, lo haré- respondió con una sonrisa –Hey, ¿dónde vas?

-Debo hacer algo importante- dijo, mientras disponía a seguir su camino.

-¿Por qué te haces esto?- preguntó, imaginando el lugar en donde iría.

-Creí que lo entendías, Blaise- respondió –A pesar de todo debo ayudarlo, no está solo, nunca permitiré que lo esté.

-Él te dejó sola.

-Ahora sé que nunca lo hizo, Blaise, no porque quiso- sonrió, dejando al chico confundido en aquel oscuro pasillo.

Llegado al séptimo piso del Castillo, Astoria ingresó una vez más por aquella puerta forjada en donde podía encontrar aquel armario que les estaba haciendo la vida imposible a ella y al rubio. Aun no podía entender como un objeto tan insignificante podía llegar a tener un valor tan grande para el Señor Tenebroso; aunque, quizás no era el todo insignificante, de lo contrario su misión no hubiese sido repararlo.

La castaña pensaba que repararlo tal vez no iba a hacer del todo complicado, pero lo que si costaría era hacerlo funcionar, puesto que lo poco que había leído la noche anterior en uno de los libros de la biblioteca era que aquel armario podía hacer aparecer y desaparecer cosas de un armario a otro, pero no especificaba que clase de cosas y dónde se trasladarían.

-No debe ser tan difícil- murmuró, observándolo con atención mientras soltaba un suspiro y pensaba si Draco ya la había dado un vistazo o seguía planeando las mil y una formas de matar al director.

La chica se dirigió hacia una de las enormes pilas de libros con la ilusión de encontrar algo que fuese de su utilidad, pero en realidad solo los falsos y odiosos libros de Gilderoy Lockhart y uno que otro de historia muggle.

-¿Qué haces aquí de nuevo?- preguntó una voz bastante conocida, haciéndola sonreír al instante.

-A ayudar y hacer lo que corresponde.

-No te cansarás de insistir, ¿verdad?- preguntó acercándose a ella, aunque conservaban una prudente distancia.

-Ya sabes mi respuesta- sonrió.

-Por supuesto, eres Astoria soy una terca Greengrass.

-Claro, y tú eres Draco soy un odioso Malfoy- contraatacó divertida.

-No viene al caso- respondió con seriedad, aunque sin mirarla por un instante a los ojos, algo bastante curioso para la pequeña Greengrass.

-¿Qué traes en las manos?- preguntó, fijándose en la caja de terciopelo negro que sujetaba con fuerza.

-Nada que sea de tu incumbencia.

-¡Oh vamos Draco! ¿No puedes dejar de ser odioso por tan solo un momento?- bufó con cansancio.

-¡¿Y qué quieres que te diga?! ¡¿Qué es un collar que pienso maldecir para enviárselo a Dumbledore para matarlo?! ¡¿Eso?!- exclamó desesperado, halándose el cabello.

-Yo…

-Sí, lo sé, también yo- la interrumpió, suspirando con cansancio –Solo no indagues tanto, Tori. No es un tema de conversación y tampoco es algo de lo que estoy orgulloso.

-Ninguno de los dos Draco- negó, tomándolo suavemente de la mano.

-Te extrañé- soltó sin pensar.

-Creo que no deberíamos de alejarnos tanto.

-No es el lugar ni la mejor situación para encontrarnos.

-Pero no hay otro lugar ni otra situación, Draco. No sabemos si hay mañana, solo tenemos y vivimos por el hoy.

-Eres la luz en la oscuridad, Astoria- dijo, observando el brillo en aquellos ojos color esmeralda que lo enloquecían.

-Y tú eres el idilio que no quiero perder- sonrió.

-Quédate conmigo- pidió con desespero.

-Siempre.