Capitulo 33

Esta vez obedeceré…

Mientras terminaba de recuperarme físicamente del todo, en la comodidad y el aislamiento de nuestro hogar, la ciudad bullía fuera de las paredes. La repentina y sorprendente victoria del ejército rebelde frente a las tropas del general Cope, que se vio obligado a huir a Berwick on Tweed, al frente de cuatrocientos rezagados, dejando quinientos muertos y más de mil prisioneros, además de perder su artillería pesada, caballería y aprovisionamientos, impresionó de tal forma al ejército jacobita, que el joven Tearlach comenzó a pensar que era invencible. Instaló su corte en Holyrood, el palacio de sus antepasados, dividiendo a Edimburgo en dos mitades. El castillo en la colina volcánica seguía ocupado por la guarnición inglesa, con el anciano coronel Guest al frente, y los jardines del palacio, se convirtieron en el campamento improvisado de parte del ejército rebelde.

Terry, George y Albert nos tenían firmemente custodiadas en la casa. Los enfrentamientos entre las dos mitades eran habituales. Lo que comenzó como una tensa tregua, fue convirtiéndose en pequeñas muestras de fuerza de ambos bandos. En la oscuridad de la noche, solíamos oír descargas de mortero disparadas desde la colina donde se alzaba el castillo, y pequeños grupos de soldados se internaban en la noche, llegando a asesinar a inocentes ciudadanos que se encontraban en el lugar equivocado.

El príncipe Charles se sentía incómodo por esa situación y no dudaba en mostrárselo a su Consejo de Gobierno. Se decidió el bloqueo de suministros al castillo, lo que provocó de nuevo molestias y luchas callejeras. Finalmente, se volvió a firmar una tregua, un tanto extraña, que separó a la ciudad de Edimburgo, en la que confluían los ingleses y escoceses, intentando no mezclarse en demasía. Nuestros maridos abandonaban la casa de madrugada, reclamados por sus obligaciones militares, y regresaban al anochecer, cansados, y claramente enfadados por cómo habían transcurrido las semanas posteriores a la batalla de Gladsmuir.

El principal problema constituía la escasez monetaria, como suele ser habitual. El príncipe seguía esperando la llegada de tropas francesas, y, mientras tanto, creó un impuesto para aquellos ciudadanos que constituían el nacimiento de la nueva burguesía. Se instaló una oficina recaudatoria en la esquina de Cannongate con Leith, que fue varias veces atacada y vilipendiada. Por todo ello, nuestra casa se convirtió en refugio y acogida de aquellos que seguían intentando aparentar tranquilidad, en un estado de guerra.

Algo había cambiado en nosotras también, habíamos perdido quizá parte de la inocencia que trajimos de Francia.

Después de Prestonpans, nos dimos cuenta de que aquello era real, que no había vuelta atrás, que cada uno de nuestros actos estaría condicionado por lo que pretendíamos conseguir en el futuro. Y nos enfrentamos a ello sin caer en la monotonía. No había día que no recibiéramos visitas inesperadas, encuentros deseados y, sobre todo, la asistencia, que se convirtió en habitual, del espíritu inquieto de Aonghus, junto con otros compañeros de ejército, para recibir una buena comida, una charla agradable y un buen licor, que solía ser whisky de su propia fabricación.

Catlyn y yo bajábamos la escalera una tarde, cuando un soplo de aire frío nos indicó que llegaba un nuevo visitante. Oímos la risa grave y musical de Aonghus, y otra voz, que no alcanzamos a reconocer. Ambos hombres se aproximaron a la escalera al vernos aparecer. Tanto mi hermana como yo nos quedamos inmóviles a mitad de camino. Ambas por diferentes motivos.

—¡Neal! —exclamó Catlyn, torciendo el gesto y apretando la barandilla con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—¡Daniel! —saludé yo con una gran sonrisa, y tiré de mi hermana, que parecía haberse quedado muda de asombro e incredulidad.

Llegué hasta él y lo abracé con cariño. Vestía de forma sobria, con jubón y pantalón de paño oscuro, sobre una camisa algo sucia. Observé que llevaba el brazo prendido de un tosco cabestrillo de tela hilada gris.

—¡Estás herido! —Lo examiné con preocupación. Albert no lo había mencionado.

—Candice. —Inclinó la cabeza a modo de saludo algo rígido y su rostro se volvió impasible hacia mi hermana.

—Ella es Caitlyn —expliqué, entornando los ojos ante su actitud distante.

—¡Qué nombre más curioso! Lo desconocía —dijo él, haciendo una cuidada reverencia.

Mi hermana lo miró fijamente y a sus labios asomó una leve sonrisa, mientras intentaba interrogarme con la mirada.

—Daniel es el preceptor de mis sobrinos, un hombre de letras —indiqué, ofreciéndole un butacón al abrigo del fuego de la chimenea. En el exterior hacía un frío helador, más propio de meses invernales que de octubre, por lo que ambos hombres mostraban sus rostros enrojecidos por la inclemencia del tiempo.

Daniel se sentó con gesto cansado, sin dejar de observarnos. Pronto, mi hermana se olvidó de él, al descubrir que Aonghus le traía novedades. Ellos se quedaron en la mesa principal compartiendo sus descubrimientos, un té y whisky.

Me acerqué al aparador y serví dos vasos de licor. Daniel lo aceptó de forma mecánica y yo me senté frente a él. Tenía la mirada perdida en el fuego de la lumbre.

—¿Dónde te alojas? —pregunté, iniciando la conversación.

—En Holyrood, en una pequeña habitación con otros heridos. No soy oficial, no me corresponde otro lugar—respondió de forma cínica.

Lo observé con detenimiento. Su característica amabilidad, su educación y empatía habían desaparecido, tanto de sus modales, como de su mirada, que lucía con algo muy parecido a la amargura. Chasqueé la lengua, había visto ese rostro en muchos que se habían embarcado en aquella aventura esperando logros y ahora se veían privados de ellos, lejos de sus familias y acuciados por la necesidad.

—¿Echas de menos a los niños? —inquirí con curiosidad.

Él pegó un pequeño respingo y me miró parpadeando.

—Yo… sí, en ocasiones, tampoco dispongo de mucho tiempo para recordar, ni para escribir, ni para hacer nada de lo que solía —musitó con desánimo.

—Puedes venir aquí cuando desees, el hogar de Albert está abierto a todos, ya sean familia. —Sonreí—, o como amigos.

—Albert —murmuró, entornando los ojos, y de improviso, levantó la vista al techo artesonado en madera noble—. Una casa bonita, simple en las formas, pero decididamente fuerte.

Abrí los ojos con sorpresa y reí sin ganas.

—Me acabas de recordar a alguien de mi pasado —susurré, algo confundida.

—¿A quién? —Ahora tenía toda su atención.

—A mi ex marido. —No tenía sentido ocultarlo—. Él era arquitecto.

—No sabía que fueras viuda —replicó rudamente.

—Él me abandonó —dije, sin dar más explicaciones.

Me miró unos instantes con intensidad, reflejado en su iris marrón el brillo de las llamas, y bebió un largo trago de whisky.

—¿Por qué te alistaste, Daniel? Me resulta extraño en un hombre como tú, dedicado a la enseñanza —continué, cambiando bruscamente de tema.

—No tuve más remedio —repuso él, levantándose rápidamente para acercarse al aparador. Una vez allí, se volvió con gesto algo contrito—. ¿Le importará a tu marido que gaste sus reservas? —preguntó de forma irónica.

—No, claro que no —contesté, preguntándome si él y Albert habían tenido alguna disputa por haber abandonado a Rosemary con los tres niños pequeños.

—Y dime —comentó, dejándose caer en el butacón y mirándome con atención, ya más relajado debido a la ingesta alcohólica—. ¿Eres feliz aquí?

La pregunta me pilló tan de sorpresa que, por un instante, no supe qué contestar.

—¿Cómo?

—Recuerdo que en el castillo deseabas escapar, regresar a tu hogar. El día que saltaste por la ventana se formó un gran revuelo. Luego desapareciste y todo el mundo pensó que no volverías. —Remarcó la última palabra que sonó como un desaire.

—Bueno, creo que eso pertenece a la intimidad de mi marido y mía —repliqué, entre confundida por su actitud y enfadada por su velada acusación.

—Entiendo —musitó él, bebiendo un largo trago—. Ha sido un error preguntar —dijo—. Y una clara falta de educación—añadió, como si recordara algo de forma tardía.

En ese momento, entraron Terry y mi marido, y nos levantamos a su encuentro. Albert me dio un profundo beso en los labios y se acercó frotándose las manos heladas al fuego. Daniel lo contempló desafiante y Albert le sonrió afablemente.

—Daniel, ¿cómo va tu brazo?

—Recuperándose —contestó brevemente, dejando el vaso ya vacío en una pequeña mesita accesoria con un brusco golpe.

Terry se había acercado a la mesa principal y había posado ambas manos sobre los hombros de mi hermana, que seguía discutiendo sobre los papeles extendidos sobre ella.

—Padre, con el tiempo que pasas aquí, me imagino que estaremos de cara a Dios, libres de acudir a tu sermón de los domingos —exclamó con voz divertida.

—¡Eso nunca! —contraatacó Aonghus, levantándose con una agilidad envidiable y palmeando a Terry en la espalda—, y mucho menos, pecadores como tú —añadió, bajando la voz.

Terry gruñó ostensiblemente y lo fulminó con la mirada.

—Aunque veo que esta encantadora dama te ha redimido—continuó Aonghus sin amedrentarse.

El gruñido de Terry fue en aumento y Albert intervino.

—¿Os quedaréis para la cena? —preguntó, elevando la voz.

—Nos gustaría, pero ¿cómo íbamos a perdernos las exquisitas viandas que el ejército de Bonnie Prince Charles nos tiene preparadas? —argumentó Aonghus con una risa sardónica.

Sonriendo, los acompañamos hasta la puerta. Cuando esta estuvo cerrada, me volví hacia Albert.

—¿Qué sucede con Daniel? ¿Habéis discutido por algo?

Él pareció extrañarse por la pregunta.

—No, ¿por qué?

—Lo he notado cambiado, tiene un rictus de amargura que me resulta extraño en su persona.

Albert cabeceó y se frotó la mandíbula.

—No debería haberse unido al ejército. Hay hombres que no saben luchar.

—Vaya, así que has descubierto otra clase de hombres en la batalla, aquellos de letras que, aunque tengan la valentía suficiente para enfrentarse al enemigo, son más una carga que una ayuda.

—Yo no lo podría haber dicho mejor. ¿Qué tal la tarde? ¿Está preparada ya la cena? —inquirió mirando alrededor.

—Maggie la traerá en un momento. Estás hambriento, ¿eh?—Sonreí.

—Mucho. Y no solo de comida —expresó, atrayéndome de nuevo a sus brazos y levantándome en volandas, hasta que conseguí, pataleando, que me bajara.

Ayudé a mi hermana a recoger todos los papeles dispersos en la mesa, mientras ambos hermanos se servían sendos vasos de whisky. Nos sentamos junto al fuego a esperar la cena, conversando.

—¿Hay novedades? —pregunté con gesto serio, encarando a Terry y Albert.

Ambos cruzaron una mirada cargada de silencio, que no me pasó inadvertida.

—Se han unido al Levantamiento lord Ogilvy, con un regimiento de seiscientos hombres, el viejo Gordon de Glenbucket, con un cuerpo de cuatrocientos, y lord Plistigo, acompañado de un buen número de caballeros de los condados de Aberdeen y Banff, con todos sus sirvientes, bien armados y montados. Trae un excelente cuerpo de caballería y también de infantería —nos comentó Albert.

Catlyn pareció alegrarse y yo me desanimé, al parecer todo sucedía como estaba escrito.

—Y no olvides los seis mil pares de zapatos que ha entregado Edimburgo —señaló sarcásticamente Terry.

—También ha llegado a Montrose desde Francia un barco cargado de armas y municiones con una pequeña suma de dinero, lo que proporciona algo de desahogo a las arcas del príncipe, dirigido por el marqués de Boyer d'Eguille, que se ha erigido en embajador de Francia, cuando realmente no lo es. Afirma que le siguen más barcos con armamento y voluntarios irlandeses. Veremos si es cierto —continuó Albert, observando mis reacciones.

—Sí, a lo que hay que restar las numerosas deserciones que se están produciendo desde el campamento del ejército en Duddington. No es bueno tener a los soldados tanto tiempo inactivos, y el Consejo lo sabe —apostilló Terry, siempre más sincero y crítico que Albert.

—Sí, pero no os escuchan —musité yo.

—No, la verdad es que están enzarzados en una lucha de poder para expulsar y desacreditar a lord George Murray, por parte de Thomas Sheridan y O'Sullivan, el maldito irlandés —explicó Albert.

Se aproximaba la fecha de partida, estábamos casi a finales de octubre, y el ejército debía tomar una decisión definitiva frente a la movilización que estaba haciendo Forbes en el norte, en la que había conseguido comprar a varios jefes de clanes, en principio partidarios del joven Tearlach, y la reagrupación de tropas venidas de Flandes y dirigidas por el temible duque de Cumberland.

Mi hermana y yo nos miramos con idénticas expresiones de disgusto en el rostro. Ambas éramos, probablemente, las que mejor conocíamos el transcurso y los errores de la contienda, y nos sentíamos frustradas e inútiles.

—Y, mientras tanto, Charles —pronuncié, negándome a darle otro trato más acorde con su rango— se dedica a agasajar a sus fieles con abundantes cenas y bailes que se prorrogan hasta el amanecer.

—Antes de recoger hay que sembrar —sentenció Albert, cogiéndome la mano.

Yo me solté, golpeando en el retroceso la pequeña mesa auxiliar, que se tambaleó, haciendo caer varias de las proclamas entregadas por Aonghus. Me agaché a recogerlas, ante el gemido involuntario de mi hermana. La miré con extrañeza y después fijé la vista en una de ellas. Había visto algunas, en las que se declamaban las epopeyas del triunfante ejército, pero estas eran considerablemente diferentes. Observé con atención una burda representación de la diosa Diana enarbolando una bandera escocesa en medio de un campo de batalla. Bajo su pie un soldado inglés muerto.

—Se te parece, ¿no crees? —inquirió mi hermana, mirándome algo temerosa.

—Espero que no —indiqué con acritud, apartando la mirada del grabado—. ¿Te recuerdo que no sé dónde puede estar el coronel Darknesson? Si llegan a sus manos, no tardará en sumar dos y dos. Esto —dije, señalando el dibujo— lo único que consigue es que estemos en peligro. Eres idéntica a mí. Nunca significó nada bueno aparecer en algo así —musité, recordando la proclama que me acusaba de asesinato emitida por lord Collingwood.

—Ya, bueno. Pero no creo que sea tan terrible —contestó ella con una sonrisa. No pude culparla, ella no había vivido lo que yo. Y parecía haber olvidado lo sucedido en la abadía de la Sainte Croix con suma facilidad, una vez embarcada en la guerra y, sobre todo, con Terry.

Albert me arrancó el papel de la mano y lo estudió con intensidad.

—¿Qué escondes ahí? —le pregunté a mi hermana, inclinándome al ver que recogía un papiro y lo guardaba entre los pliegues de su falda de lana azul añil.

—Nada. Solo una que aún te gustará menos.

—Déjame ver —pedí con un suspiro de resignación.

Ella me entregó la hoja a regañadientes. El dibujo era de dos mujeres rubias mirándose de frente. Habían desfigurado nuestros rostros hasta que solo fueron una caricatura. Leí el pie de página: «Las gemelas malvadas». No pude contener una risa algo histérica. «¡Maldita sea!», pensé, ahora saben que somos dos.

—Me recuerda a los cuentos de los hermanos Grimm. Parecemos unas brujas —pronunció ella, asomándose sobre mi hombro.

—A mí más bien me recuerda a una novela de Edgar Alan Poe, y hasta es posible que seamos unas brujas. Una vez me dijiste que me estaba convirtiendo en una de ellas—mascullé con cinismo.

Me sentí insultada y a la vez indefensa. No podía entender cómo alguien podía perder el tiempo difamando sin consideración alguna a otra persona, conociendo de antemano el daño que eso podía producir. Mi hermana sintió mi estado de ánimo y sonrió con tristeza.

—No debes darle mucha importancia, Candy, la gente se aburre, se siente fracasada, y esa es su forma de contribuir a expandir la cultura vulgar, asustando a la población para que se levante contra su propio pueblo.

Albert y Terry nos observaban, sin perderse detalle de la conversación, y sin apenas entender nada de ella.

—También hay algunas de ellos —anunció Catlyn con una sonrisa de orgullo.

—¡Ay, Dios! —exclamé cogiendo un papel de sus manos. «El bastardo Graham» leí con indignación, y a continuación, relataba toda una serie de atropellos, asesinatos, violaciones y tropelías varias realizadas por Albert, advirtiendo a las jóvenes que huyeran si lo vieran aparecer, haciendo que con ello muchas más suspiraran por él, a mi pesar. Se la devolví a Catlyn, sin querer descubrir más de aquellas infamias.

Nos interrumpieron George y mi madre, que traía al pequeño Jimmy sujeto del hombro, recitando un popular trabalenguas en inglés.

—Cien veces. —Estaba diciendo mi madre, que se había erigido como su profesora, dándose cuenta de mi torpeza en el empeño—. Lo escribirás cien veces.

—No sé contar hasta cien —repuso el niño, mirándola con gesto avergonzado.

—¡Señor! —masculló mi madre, que estaba empezando a perder también la paciencia.

—Yo te enseñaré, Jimmy —aseguró George, cogiéndolo en brazos, volteándolo, y haciendo que riera y olvidara al instante trabalenguas y números.

Maggie trajo la cena, y mientras se preparaba la mesa, nos quedamos Catlyn y yo solas un instante. Estaba a punto de levantarme, cuando ella comenzó a hablar.

—¿Crees… crees que algo de esto llegará al siglo XXI?

—No lo sé. ¿Por qué lo preguntas? —inquirí mirándola.

—Porque me gustaría que Sergei supiera que estamos vivas. Sé… yo… tengo la seguridad de que ha seguido investigando y puede que haya averiguado algo.

—¿Lo has perdonado? —musité.

—No, jamás podré hacerlo, sin embargo…

—Piensas a menudo en él —afirmé, terminando su frase.

—Yo… sí —concedió finalmente—, él siempre formará parte de mí de alguna forma.

Se mantuvo en silencio un momento, mirando fijamente el fuego, con lo que me indicó que yo llevaba razón en mis suposiciones.

—Lo quería, pero jamás podré olvidar su traición hacia nosotras —contestó finalmente—. Aunque tengo la sensación de que junto a Terry, aquí, en este lugar y este tiempo que no me corresponden, he comenzado a vivir, como si lo anterior fuera un recuerdo de otra persona. Como si Sergei en el fondo tuviera razón. ¿Te sucede a ti?

—Sí —contesté—, a mí también.

La miré con intensidad y sequé con un dedo una lágrima furtiva por todo aquello que habíamos perdido en tan poco tiempo.

—El príncipe nos ha hecho llegar una invitación a una de sus fiestas —exclamó mi madre, rompiendo el hechizo.

—¿Qué? —Contestamos mi hermana y yo al unísono, ella claramente más entusiasmada que yo.

—Sí, es cierto —afirmó Albert mirándome con los ojos entornados, valorando mi futura respuesta—. Incluso se ha interesado por tu estado… ¡ejem!, después de lo sucedido en el campo de batalla.

—Puedes darle las gracias, si lo crees conveniente —expresé, frunciendo los labios—. Aunque no tengo ninguna intención de acudir.

—¿Por qué no? Es una ocasión excelente para conocer y disfrutar de… —Mi hermana inició una serie de recomendaciones que a mí se me antojaron absurdas.

Albert sonrió aprobatoriamente. Sabía, por haber leído furtivamente alguna de sus misivas, que estaba haciendo averiguaciones de dónde podía estar destinado el coronel Darknesson, y no quería correr riesgos exponiéndome al público.

Mi madre la interrumpió rápidamente, dándose cuenta del intercambio de miradas entre mi marido y yo.

—Tienes razón, hija. Tampoco creo que él se alegre mucho al verte de nuevo —musitó.

Mi hermana nos miró a la una y a la otra totalmente ofendida, y cambió el gesto recordando algo.

—Sí, es posible, no vaya a ser que expongas tus ideas en público y acabemos en el cadalso por insurrección—admitió finalmente.

—¿Y eso por qué? —La atención de Terry estaba sobre nosotras.

—En ocasiones, en Francia, le oí murmurar que la mejor forma de acabar con la guerra era no empezarla.

—¿Y cómo podría conseguirlo una mujer sola? —inquirió George con expresión de curiosidad y desconfianza.

—Bueno, entre las opciones que barajó estaba el envenenamiento, la defenestración desde alguna torre o atarlo con cuerdas y arrojarlo directamente al mar—barbotó mi hermana a trompicones.

George me miró con gesto horrorizado, como si realmente hubiera hecho aquello en lo que solo pensaba, aunque pensarlo ya era condenable de por sí.

Terry prorrumpió en sonoras carcajadas, que rompieron el tenso silencio, y Albert asintió y masculló algo ininteligible en gaélico.

—¿Qué has dicho? —pregunté, mirándolo con furia contenida.

—Que, sinceramente, conociéndote, no me sorprende en absoluto —contestó, y todos rieron entre dientes.

—¿No estabas hambriento? —Respondí con acritud—. Pues cenemos —exclamé, sentándome junto a él con gesto enfurruñado.

Dos días después, me encontraba en la habitación desvistiéndome para acostarme, cuando finalmente llegó Albert. Solo verlo supe que no traía buenas noticias.

—Te marchas —le dije, acercándome a él, que me acogió entre sus brazos. Aspiré su olor a jabón, a humo, a fresco, como si fuera la última vez que lo hacía.

—Mañana partimos hacia Inglaterra —murmuró.

Me aparté, para observarlo a la precaria luz de las velas. Su rostro estaba serio y circunspecto. Sus ojos enrojecidos me mostraban que había pasado el día entero uniendo a sus hombres y perdido entre el papeleo.

—No ha servido de nada —exclamé con un ronco gemido y me senté en la cama sin fuerzas.

—Mo anam. —Respiró fuertemente y se arrodilló frente a mí—. Hemos hecho todo lo posible, aun teniéndolo en nuestra contra. Excepto Stirling y Dunbarton, Escocia es nuestra. El joven Tearlach se muestra entusiasmado con la posibilidad de llegar a Londres y expulsar al elector Hannover. Todos y cada uno de nosotros hemos mostrado nuestras reticencias, y solo lord George Murray ha podido ofrecernos una salida digna. Partiremos en dos columnas para distraer al enemigo, nos encontraremos en…

—Carlisle —terminé yo por él, y levanté la vista para ver la profundidad de sus ojos azules—. La conquistaréis, pero no llegaréis mucho más lejos —advertí.

Recordaba las palabras de Charles en su carta de ánimo

«… confío en la justicia de mi causa, el valor de mis tropas y la ayuda del Todopoderoso, para conseguir la gloria de mi empresa. Esta declaración reivindicará a la posteridad la nobleza de mi empresa y la generosidad de mis intenciones».

—No podemos permanecer aquí sin ejercer movimiento alguno, mientras en Inglaterra se están reagrupando—expuso Albert, con la seriedad que le daba el no terminar de creerse la información que yo le suministraba, y su fidelidad a la causa.

—Me dejarás aquí de nuevo, ¿verdad? —Lo miré con dolor.

—Sí, no tengo más opción, es muy peligroso, no solo por el miedo que tengo a verte expuesta a una nueva batalla, sino también porque aquí estarás protegida y escondida de tu marido —musitó.

—Sabes dónde está Edward, ¿no es cierto? —inquirí con algo de sorpresa.

Él se levantó, y comenzó a deshacerse de la ropa con movimientos lentos y pausados, mientras yo lo observaba, y mi temperamento se iba agriando por momentos.

—Creo que está regresando de Flandes con Cumberland—dijo finalmente.

—¿Por qué no me habías dicho nada?

—Porque esta vez, Candy, te mantendré a salvo, cueste lo que cueste, y si decides no volver a mirarme por abandonarte nuevamente, lo asumiré, pero no te acompañaré yo mismo hasta su encuentro.

—Ven. —Alargué la mano y atraje su cuerpo desnudo, hasta que chocó contra el mío—. Permaneceré aquí y te esperaré.

Suspiró sobre mi coronilla y me abrazó con fuerza. Sus manos subieron el camisón de seda hasta que lo pasó sobre mi cabeza y se quedó mirándome con atención, durante unos instantes eternos.

—Gracias —murmuró, cogiendo mi rostro entre las manos para besarme con fiereza.

Alcé las manos hasta su nuca y le obligué a profundizar en el beso. Nuestras lenguas se entrelazaron y lucharon por ser una sola. Me cogió en brazos y me depositó con cuidado sobre el colchón, tendiéndose él sobre mí, soportando su peso en los brazos.

—Te amo, Candy, soy un hombre sin alma si tú no estás junto a mí.

—Estoy, Albert, siempre estaré junto a ti —susurré, y lo atraje a mis brazos de nuevo.

Recorrió mi cuerpo con lentitud, trazando círculos que se transformaron en espirales de placer, besándome con delicadeza, mostrándome con ello lo valiosa que era para él. Deslicé mis manos por su espalda hasta atrapar sus perfectos glúteos, cubiertos por una fina capa de pelo rubio, y abrí las piernas para recibirle por completo, entregándome a él sin reservas. De improviso, la calma se transformó en urgencia y entró en mí de forma rápida y decidida. Golpeó en mi interior, intentando desahogar su preocupación, su ausencia obligada, sin saber que yo ya lo había perdonado. Me sujeté a sus hombros, clavándole las uñas, mientras sentía cómo se rompía mi interior, cómo llegaba donde nunca antes lo había hecho. Sin embargo, no me retraje, lo impulsé con mis movimientos y me vi alzada por la cintura para facilitar sus fuertes empujes. Emití un grito desgarrador al sentir cómo todo mi cuerpo temblaba en una descarga eléctrica, que me llevó a sentir el placer más absoluto, mientras jadeaba en busca de oxígeno.

Detuvo sus movimientos y se quedó inmóvil, observándome, mientras mi rostro arrebolado se relajaba.

—Albert —musité.

—Lo sé —contestó él, enterrando el rostro en mi cuello, para lamer la vena palpitante de mi cuello—. Lo sé.

Empujó con fuerza de nuevo, mientras yo recogía sus acometidas con renovado placer. Mi cuerpo respondía todavía tembloroso, excitándose de nuevo, hasta que no lo pude soportar más y me arqueé gritando su nombre. Solo entonces, él recogió mi deseo y en una última embestida se dejó llevar pronunciando el mío, Candice.

Continuara...

Hola chicas, las felicitaciones son para ustedes que han logrado que esta historia tuviese mas de 1000 Reviews, y eso que faltan muchos capitulos...

He estado leyendo los Reviews, y me gustaria comentar algo que leei hace nucho tiempo...

Hay personas que dicen que Candy esta basada en la historia Papito piernas largas, de Jean Webster, que nos narra a través de cartas en su mayoría, la vida de Judy Abbott. La chica es una joven huérfana que debe partir del asilo debido a que es demasiado mayor para ser mantenida allí.

Por suerte, sus dotes para la literatura la salvan de alguna manera. Judy escribe un texto lleno de humor donde describe la vida en su orfanato y un benefactor aparece satisfecho de lo que ha leído y se ofrece para pagar su colegiatura en la universidad.

Judy empieza una nueva vida, rodeada de amigas de su edad, y con la mesada que le otorga su papaíto piernas largas (como empieza a llamar al hombre que paga sus estudios en las cartas que le envía regularmente) compra libros y se adentra en la maravilla de la lectura.

Es una historia que trata sobre la amistad, el primer amor, y la perseverancia. Yo leei el manga es corto pero muy lindo con un final inesperado.

Pero en otro sitio leei que Mizuki, era gran admiradora de Mongomerry, por lo cual inspiro a Candy Candy en "Annie"Anne of Green Gables traducido en español como Ana, la de Tejas Verdes que fue lanzada en 1908 por la escritora Canadiense Lucy Maud Montgomery, esta historia cuenta de dos hermanos de mediana edad que viven juntos en tejas verdes, un a granja de un pueblecito llamado Avonlea, en la isla del principe Eduardo, deciden adoptar a un muchacho huerfano par que les ayude xon la granja, y para sorpresa les llega Annie.

En realidad es hermosa esta historia, esta en Netflix, se las recomiendo.

Tambien leei sobre la diferencia de edad de Candy y Albert y el color del cabello de Albert y el de Terry...

Cuando Candy conocio s su principe, ella tenia 6 años y el 17, aunque eso varia mucho en la serie ni se nombran las edades y en el manga si, en la novela CCFH, si se hace referencia a las edades de ellos creo que se llebaban unos 11 años de diferencia si no me equivoco, terry siempre ha sido castaño, creo que en el manga no se lo oscurecen mucho, pero nunca hay referencia de que el rebelde sea rubio...

Cuando despues de mas de 6 años(eso creo) cuando Candy volvio a encontrarse con Alber (Principe de la colina) el tenia el cabello castaño, cuando Akber la salvo cuando ella cayo en la cascada, eso ocurre solo en el manga y en la novela CCFH, en la serie animada siempre fue rubio y en la novela CCHF el explica que cuando el estuvo en Africa se le aclaro el cabello.

Bueno chicas no me quiero extender mucho, Candy Candy comienza ella de niña conociendo a su principe en la colina de pony, y termina en la colina de pony con su principe, os dejo porque ya me voy a dormir, ya son casi las 2 am ...* _* y reitero mis felicitacion a todas ustedes y por sus comentarios tan entretenidos y graciosos..

Abrazos y bendiciones ... AbigailWhite70