NOTA: Me está costando mucho escribir esta parte final porque soy muy canónica, y sabemos tan poco del alcance de los poderes de Lepidóptero y de sus verdaderas motivaciones que siento que me estoy lanzando a la piscina con mis suposiciones. Por otro lado dudaba sobre si escribir una pelea final al uso o hacerlos recurrir a su ingenio para engañar al villano sin luchar. Creo que al final no he sido capaz de decidirme. Espero que no haya quedado muy pastiche.
Por otro lado creo que en estos últimos capítulos el protagonismo recae más sobre Adrián/Cat Noir... pero supongo que tiene sentido; después de todo, se trata de su padre. ¿No?
El próximo capítulo está en camino. No lo voy a dejar así mucho tiempo, tranquilos ;).
Se apresuró a volver a transformarse en Adrián en cuanto aterrizó en su habitación.
–Bueno, ¿cuál es el plan? –inquirió Plagg–. ¿Qué vas a hacer con tu padre?
–Hay que tratar de cogerlo por sorpresa –respondió Adrián–. Y me temo que no será fácil. Si ha activado las defensas de la mansión es porque sabe que andamos tras sus pasos. Pero primero tenemos que encontrar a Marinette. No sé dónde está ni qué andará haciendo, pero es posible que se encuentre en peligro.
–Vuelves a ser Adrián –le recordó el kwami–. Y ella no sabe que eres Cat Noir. ¿Qué le vas a decir cuando te reúnas con ella?
El chico no respondió enseguida.
–No lo sé, Plagg –dijo al fin–. Pero ya se me ocurrirá algo.
Ocultó al kwami en el interior de su camisa y se apresuró a salir al pasillo. Allí se tropezó con Nathalie.
–¡Adrián! –exclamó ella, visiblemente aliviada–. ¿Dónde estabas?
–¿Qué está pasando? –preguntó él a su vez, fingiendo preocupación–. ¿Por qué habéis activado las defensas? ¿Hay algún akuma?
Nathalie negó con la cabeza.
–Tu padre piensa que alguien va a entrar a robar en la mansión.
Adrián trató de mostrarse adecuadamente sorprendido.
–¿Quién? ¿Cómo lo sabe?
–No me lo ha explicado, pero...
–¿Ha llamado a la policía?
–Creo que no, pero ya lo conoces; le gusta hacer las cosas a su manera. –Nathalie miró a su alrededor–. ¿No está tu amiga contigo?
–¿Te... refieres a Marinette? –inquirió él con precaución.
Nathalie asintió.
–Llevo un buen rato buscándote por toda la casa para avisarte de que ha venido a verte, pero ahora no la encuentro a ella. Pensaba que estaba contigo.
–Oh, sí, está... ha entrado un momento al baño –improvisó él con una sonrisa forzada–. Pero ¿cómo va a volver a su casa con todas las salidas selladas?
–Ya lo solucionaremos. De momento, quedaos en tu habitación hasta que estemos seguros de no hay peligro. –Suspiró–. Ojalá estuviera aquí tu guardaespaldas.
–Estaremos bien –le aseguró Adrián–. Solo espero que Marinette no se asuste demasiado. La pobre lo pasó muy mal ayer cuando la secuestraron.
–Dile que estará segura en la mansión. –Dio media vuelta para marcharse, pero en el último momento pareció recordar algo–. ¿Le has devuelto ya su bolso?
–¿Su... bolso?
–El que se dejó en el coche cuando la llevaste al baile. –Nathalie frunció el ceño, desconcertada–. Me ha dicho que ha venido por eso. ¿Era solo una excusa para verte?
–¡Ah, el bolso! Sí, claro, perdona, me he despistado. Sí, naturalmente, ya se lo he dado. Marinette no necesita excusas para venir a verme, Nathalie. No es una fan loca, sino una amiga del colegio, ya te lo he dicho.
–Sí, disculpa. –Nathalie suspiró de nuevo–. Estoy un poco nerviosa.
–¿Dónde está mi padre? ¿En su estudio?
–No, está revisando la casa para asegurarse de que no hay peligro. La última vez que lo vi se dirigía a su habitación. Le diré que quieres verlo.
–No, no, es igual. Nos quedaremos en mi cuarto y no molestaremos.
Nathalie asintió y se alejó taconeando pasillo abajo.
Adrián volvió a entrar en su habitación y cerró la puerta tras de sí, pero no se fue muy lejos. Aguardó un momento para asegurarse de que Nathalie se había ido y volvió a salir, caminando en silencio, como un ladrón, en busca de Marinette.
En el estudio de Gabriel Agreste, Marinette estaba intentando no ponerse demasiado nerviosa. Probaba un código tras otro, tratando de abrir la caja fuerte, consciente de que solo un increíble golpe de suerte la ayudaría a acertar con el número correcto por pura casualidad.
Pero la puerta permanecía obstinadamente cerrada.
Marinette gimió para sus adentros. Sabía que lo más sensato era salir del estudio y fingir que se había perdido buscando a Adrián, porque tarde o temprano llegaría alguien y la sorprendería tratando de abrir la caja fuerte de Gabriel Agreste. Pero no se veía capaz de alejarse de sus pendientes... ni de Tikki.
–Marinette –dijo entonces una voz a su espalda, sobresaltándola.
Ella se volvió con el corazón desbocado. Adrián Agreste había entrado en la habitación, cerrado la puerta tras de sí y caminado hasta situarse a pocos metros de Marinette sin que ella se hubiese percatado de su presencia. Desde luego, a veces aquel chico parecía un ninja.
–Oh, A-drián –pudo farfullar–. Esto n-no es lo que parece. Estaba esperándote en la entrada, pero tu asistente no volvía y yo te-tenía que ir al baño, así que me he puesto a buscarlo y... ejem, me he perdido porque es una casa muy grande y...
Adrián pensó en tomarle el pelo preguntándole si acaso esperaba encontrar un cuarto de baño detrás de un cuadro, pero reprimió la tentación porque no tenían tiempo para bromas.
–¿Están ahí los pendientes? –preguntó, avanzando hasta ella para examinar la caja fuerte.
Marinette parpadeó.
–¿C-cómo dices?
–Los pendientes de Ladybug. ¿Mi padre los ha escondido ahí dentro?
Marinette seguía mirándolo, desconcertada. Adrián le devolvió la mirada y, por alguna razón totalmente irracional, ella supo que podía confiar en él, aunque aún no comprendiera el papel que jugaba en aquel asunto.
–Sí, lo he visto guardarlos en la caja fuerte... pero no puedo abrirla, no conozco la combinación. –Lo miró, esperanzada–. ¿Tú sí?
Adrián negó con la cabeza.
–Ni siquiera sabía que mi padre escondía una caja fuerte detrás de este cuadro. Pero claro, por lo que parece hay muchas cosas que no sabía acerca de él.
Marinette no supo qué responder. Había amargura en la voz de su amigo, pero la chica seguía sin saber hasta qué punto estaba al tanto de lo que Cat Noir y ella habían descubierto.
–Conozco una manera de abrirla, sin embargo –estaba diciendo él. Se volvió para mirarla con expresión implorante–. Por favor, no me odies.
–¿Cómo...? –se sorprendió ella–. Pero si yo no...
–Al fin os encuentro –dijo entonces una voz a sus espaldas.
El corazón de Marinette se detuvo un instante. Adrián dio un respingo y se volvió con expresión culpable.
–¡Padre! –exclamó–. Esto no es lo que parece.
Empujó el cuadro con el pie para devolverlo a su lugar, pero lo hizo con tanta fuerza que rebotó contra la pared y se quedó abierto. Adrián se las arregló para componer una sonrisa de disculpa, pero Gabriel Agreste no movió un músculo. Se limitó a levantar una ceja y preguntar:
–¿De veras?
–M-marinette estaba buscando el baño y se ha perdido, y yo..., bueno, jeje, la he encontrado a ella. Pero ya volvemos a mi habitación, ¿de acuerdo? No te molestamos más.
Tomó la mano de Marinette, dispuesto a llevársela a rastras de allí a pesar de su miedo y su desconcierto. Pero su padre cerró la puerta tras él, oprimió un botón de su mando a distancia y más pantallas de seguridad sellaron de golpe todas las salidas, dejando a los dos adolescentes atrapados en el interior de la habitación... con Gabriel Agreste.
–¡Padre! –exclamó Adrián, alarmado–. ¿Qué estás haciendo?
–Aléjate de esa muchacha, Adrián. Si hay algo aquí que no es lo que parece... es ella.
–¡Mire quién fue a hablar! –se indignó Marinette.
–¿Niegas entonces que has venido hoy hasta aquí para tratar de robarme? –planteó Agreste con tono helado.
–¡Padre! –protestó Adrián–. Marinette es amiga mía y ha venido a visitarme.
–Eso es lo que ella dice. Pero te ha estado utilizando, hijo. No está interesada en ti, por mucho que finja lo contrario. Le gusta otro chico, ¿no es cierto, señorita Dupain-Cheng? Un muchacho esquivo e irritantemente insolente. Y con cierta tendencia a saltar por los tejados.
Marinette se había puesto pálida. No sabía si Gabriel Agreste había adivinado ya su identidad secreta; pero sí estaba claro que la relacionaba directamente con Cat Noir y la consideraba su cómplice.
Era lógico, después de todo. Lepidóptero había akumatizado a Coralie Leblanc. Y ella era una de las pocas personas que sabían que había algo entre Cat Noir y Marinette. Se maldijo a sí misma por no haber caído antes en ello.
Pero Agreste también había pronunciado otras palabras que habían sacudido su conciencia y se le habían clavado en el corazón.
«Te ha estado utilizando, hijo. No está interesada en ti, por mucho que finja lo contrario.»
Era verdad en cierto modo: había utilizado su amistad con Adrián para entrar en la mansión y acercarse a su padre. ¿Se sentiría él engañado al descubrirlo? ¿La odiaría por ello?
Marinette estaba muy segura de sus sentimientos hacia Cat Noir; sin embargo, Adrián significaba mucho para ella y no quería hacerle daño. Se volvió hacia él, temiendo encontrar en su expresión la evidencia de que se sentía traicionado.
Pero él solo se mostraba indignado; de hecho, su mano seguía sosteniendo la de Marinette, y en aquel momento la oprimió con fuerza, transmitiéndole su apoyo.
–Padre, solo somos amigos. No es asunto mío si sale con otro. Puede venir a visitarme siempre que quiera. Porque para eso están los amigos.
La mente de Adrián trataba frenéticamente de encontrar una salida a aquel atolladero. Sintió que Plagg se removía en su bolsillo interior, atento a sus instrucciones. Pero él no quería transformarse y revelar su secreto todavía. Si había alguna posibilidad de que su padre no sospechara aún quién era en realidad... debía aprovecharla.
Pero necesitaba que Plagg lo ayudara de otra forma.
–Y no comprendo por qué la acusas de robar –prosiguió–. Simplemente se ha perdido y ha entrado aquí, y este cuadro estaba abierto y le ha llamado la atención... y a mí también, la verdad. No sabía que escondieras una caja fuerte detrás.
–Tampoco necesitabas saberlo, Adrián. No está ahí para satisfacer la curiosidad de tus... amigas –pronunció la palabra con disgusto y cierto desprecio.
–De todas formas, es una caja fuerte y está cerrada –prosiguió Adrián–. ¿De verdad piensas que Marinette habría podido abrirla? Cómo, ¿atravesando la puerta como si estuviese hecha de humo?
Plagg volvió a removerse en el interior de su bolsillo. Adrián lo sintió escurrirse en silencio por debajo de su camisa y comprendió que había captado la indirecta.
«Vamos, vamos, Plagg», rogó para sus adentros. «Recupera esos pendientes».
Debía evitar a toda costa que su padre descubriera la jugada, por lo que, sin soltar la mano de Marinette, se movió ligeramente para ocultar la caja fuerte con su propio cuerpo.
Gabriel Agreste se rió con suavidad.
–Siempre has sido un romántico y un sentimental, hijo. Por eso esta muchacha ha podido engañarte con tanta facilidad. Mírala; ni siquiera ella es capaz de negarlo. ¿No es cierto?
Adrián se volvió para mirar a Marinette y descubrió la culpabilidad en su expresión. Comprendió de pronto que las palabras que su padre la estaban afectando más a ella que a él mismo... porque realmente sentía que había engañado a Adrián y lo había utilizado para llegar hasta allí.
«No, no, no, Marinette», quiso decirle. «Eres Ladybug y él es Lepidóptero. No puedes dejarte engañar».
Pero ella bajó la cabeza, incapaz de seguir sosteniendo su mirada. Adrián sabía que había sentido remordimientos por ocultar su identidad ante Cat Noir durante tanto tiempo. Pero una parte de ella sentía que era lo correcto, porque ambos eran superhéroes y aquellos secretos eran necesarios por una simple cuestión de seguridad.
Cat Noir estaba ya involucrado en aquella guerra. Pero Marinette..., Ladybug..., siempre se había esforzado mucho por mantener a Adrián al margen de ella.
Al margen de los secretos y mentiras de su propia vida.
A salvo de todo peligro.
«Si tú supieras», pensó él. Y ese era el problema, comprendió de pronto. Que no lo sabía.
Pero aquel no era el mejor momento para contárselo. Probablemente, de hecho, no existía un momento peor.
Porque debía mantener el secreto un poco más para que su padre no sospechara de él. Para no perder la ventaja que habían conseguido.
«Lo siento, Marinette», le dijo en silencio.
Porque iba a tener que actuar una vez más.
Le soltó la mano de pronto, como si quemara, y retrocedió unos pasos.
–¿Es verdad eso? –preguntó–. ¿No has venido aquí para verme a mí... sino para hurgar en la caja fuerte de mi padre?
Ella lo miró, muy perdida. Si se detenía a pensar en ello recordaría que apenas unos minutos antes el propio Adrián se había ofrecido precisamente a ayudarla a abrir la caja fuerte y recuperar los pendientes de Ladybug. El chico deseó que se diera cuenta de ello, entendiera su plan y le siguiera el juego... pero en los ojos de Marinette no había más que dolor, incomprensión y culpabilidad.
–Yo... yo... –balbuceó–. Había una buena razón, Adrián...
–¿Lo ves? –intervino Agreste–. Te ha estado mintiendo desde el principio.
«Se lo cree», pensó Adrián al detectar la angustia en la expresión de Marinette. «La está llevando a su terreno».
Sabía que la magia de Lepidóptero consistía en otorgar superpoderes a otras personas. Pero se requería una gran habilidad para llevar a cabo lo que su padre estaba haciendo en aquel momento: hallar las flaquezas, dudas y temores que anidaban en el corazón de sus víctimas y hacerlas sucumbir a ellos para que accedieran a cumplir la voluntad de Lepidóptero. Sin duda Gabriel Agreste era un maestro de la manipulación psicológica, pensó Adrián con amargura; después de todo, se las había arreglado durante años para que su hijo hiciera todo lo que él quería sin ser apenas consciente de ello, hasta el punto de hacerlo sentir culpable ante la simple idea de decepcionarlo.
El parlamento de Agreste había estado destinado a persuadir a su hijo en primer lugar; pero era Marinette quien había sido engañada por aquellas palabras envenenadas.
Adrián detestaba tener que seguirle el juego a su padre. Pero no veía otra salida. Tenía que hacerle creer que lo había convencido.
–Marinette –murmuró, fingiéndose dolido y decepcionado–. Yo confiaba en ti. ¿Cómo has podido?
Retrocedió un poco más, alejándose de ella para aproximarse a Gabriel Agreste, que sonreía.
–A-adrián, yo... –balbuceó ella–. No es lo que parece. Tu padre...
–¿Tienes algo que decir sobre mi padre? –cortó él, desafiándola a que hablara.
El corazón de Marinette sangraba. No se sentía capaz de revelarle a Adrián la verdad sobre su padre, al igual que, tiempo atrás, tampoco había podido confesarle que el pañuelo azul que tanto le gustaba no se lo había regalado él en realidad.
De modo que tragó saliva, apretó los dientes y desvió la mirada.
–Es lo que pensaba –murmuró Adrián, odiándose a sí mismo por cada sílaba que pronunciaba–. Me has decepcionado mucho, Marinette. No sé qué se te ha pasado por la cabeza al venir hoy aquí, pero ya no sé si quiero saberlo.
Le dio la espalda, incapaz de seguir sosteniéndole la mirada, y caminó hasta situarse junto a su padre, que lo recibió con una sonrisa de satisfacción. Se esforzó por centrarse en la corbata a rayas que adornaba su pecho. Si Nooroo tenía razón, tras ella ocultaba el prodigio de Lepidóptero. Tenía que hacer lo posible para no despertar sus sospechas, porque probablemente no se le presentaría una oportunidad mejor.
Y debía distraer a su padre para que dejase de prestar atención a Marinette.
–¿Has activado las defensas por Marinette? –le preguntó entonces–. ¿No bastaba con llamar a la policía?
Agreste se volvió para mirarlo.
–Me gusta ocuparme de mis propios asuntos, Adrián. Además..., es muy posible que la señorita Dupain-Cheng no actúe sola.
«Vamos, Plagg, vamos», pensó Adrián.
Marinette, por su parte, se había quedado paralizada y sin saber qué hacer. Todo su plan parecía haberse venido abajo. No solo no había recuperado los pendientes, sino que además había alertado a Gabriel Agreste de su presencia y había perdido la confianza de Adrián. ¿Y dónde andaría Cat Noir? Marinette no quería pensar en ello, pero temía que, si su novio no había dado señales de vida todavía... tal vez se debiera a que Lepidóptero había logrado capturarlo de alguna manera. Y eso significaba que ya tenía los dos prodigios en su poder.
Y que habían perdido.
–Ladybug –dijo entonces una voz tras ella.
Marinette dio un respingo. Dirigió una mirada a Adrián y su padre, que seguían hablando sobre lo que debían hacer a continuación, y contuvo el aliento.
–Ladybug, soy Plagg –volvió a susurrar la voz tras ella, y su corazón latió más deprisa–. Prepárate. Voy a abrir la caja fuerte.
Marinette inspiró hondo. Sabía que Plagg era el kwami de Cat Noir. El hecho de que estuviese allí significaba que su novio andaba cerca... bajo su verdadera identidad. ¿Estaría oculto en algún lugar de la mansión, prisionero de Lepidóptero?
Se esforzó por no pensar en ello. Echó un breve vistazo a Adrián y a su padre, y cruzó una mirada con su amigo. Él pareció notar algo en su expresión, porque entornó los ojos un momento... y segundos después se arrojaba a los brazos de Gabriel Agreste.
–Lo siento mucho, padre –balbuceó–. Siento haber dudado de ti, siento haberte decepcionado...
Marinette se quedó de piedra. Era un gesto inesperado viniendo de Adrián. Su padre, al parecer poco acostumbrado a aquellas muestras de afecto, no supo cómo reaccionar.
Y entonces Marinette oyó el «clic» de la caja fuerte tras ella.
Y aprovechó la oportunidad. Se volvió como un rayo, sin prestar atención a la figura de color negro que flotaba en el interior de la caja, y se abalanzó sobre sus pendientes.
–¿¡Qué!? ¿Qué estás haciendo? ¡Detente! –oyó que gritaba Agreste tras ella.
Marinette se apresuró a ponerse los pendientes, pero las manos le temblaban. Dio un respingo al ver que el hombre corría hacia ella..., pero Adrián se arrojó sobre él para detenerlo y alargó la mano para tirar de su corbata.
Marinette no entendía lo que estaba sucediendo, pero no se detuvo. Logró por fin ponerse los pendientes y sonrió cuando Tikki se materializó ante ella.
–¡Tú! –bramó Agreste, tratando de sacarse de encima a su hijo–. ¡Devuélveme mi prodigio!
Marinette detectó la corbata en manos de Adrián... y el broche prendido en el pecho de su padre.
–¡Transfórmate, vamos! –le gritó Adrián.
Volvió a arrojarse sobre su padre, luchando por arrebatarle el broche; pero este era más grande y fuerte que él, y lo apartó con brusquedad.
–¿Qué crees que estás haciendo? –siseó con helada cólera, arrojándolo contra la pared.
Marinette iba a pronunciar las palabras mágicas, pero su corazón se detuvo un instante cuando vio a Adrián chocar contra la pared y resbalar hasta el suelo, a merced de Gabriel Agreste.
Y las palabras brotaron directamente de su corazón.
–¡Cat Noir, no!
Se cubrió la boca, incapaz de comprender por qué había dicho eso. Pero Agreste la había oído a la perfección y se volvió hacia su hijo con el ceño fruncido.
–¿Cat Noir? –repitió con los ojos entornados.
Adrián, desde el suelo, esbozó una sonrisa de disculpa.
–Bueno, supongo que ya no hay gato encerrado.
Marinette apenas podía respirar. No podía dejar de mirar a Adrián tendido en el suelo, a los pies de su padre, con aquella sonrisa pícara tan propia de Cat Noir, su Cat Noir, que le hacía daño en el corazón.
–Tienes que ayudarlo –susurró Tikki–. Di las palabras.
Marinette no terminaba de comprender lo que estaba pasando, pero nunca antes había dejado a su gato en la estacada..., y nunca lo haría.
–Tikki, puntos fuera –murmuró.
Gabriel Agreste se volvió hacia ella cuando la envolvió el resplandor de luz rosada. Se mostró un tanto sorprendido al ver ante él a Ladybug, pero enseguida le dedicó una sonrisa desagradable.
–Bien, bien, quién iba a decirlo. Cometí un error, Ladybug. Pensé que la señorita Dupain-Cheng no era más que una niña ingenua seducida por Cat Noir.
–¡Eh! –protestó Adrián, incorporándose.
Pero el hombre alzó la mano sin mirarlo, exigiendo silencio, y el chico enmudeció al instante, porque, a pesar de todo, su padre todavía tenía un enorme poder sobre él.
Ladybug no respondió. Hacía girar su yoyó en el aire, dispuesta a atacar, con la mirada fija en el broche que adornaba el pecho de su adversario.
–Pero me equivocaba –prosiguió Agreste–. Detrás de esa carita dulce e inocente se ocultaba una auténtica víbora que engañó y sedujo a mi propio hijo... y lo volvió contra mí.
–¡Padre! –empezó Adrián–. Eso no...
Agreste no lo dejó terminar: movió un brazo, rápido, y lo agarró por la muñeca para arrastrarlo ante sí. Ladybug inspiró hondo, alarmada, al verlo utilizar a Adrián como escudo humano.
–Déjalo en paz –le advirtió–. No le hagas daño.
–¿Me crees capaz de hacer daño a mi propio hijo? –replicó él con irritación.
Ladybug avanzó un paso, pero no se atrevió a moverse más. Aunque Gabriel Agreste siempre había sido un padre severo y sobreprotector, en el fondo se preocupaba por Adrián.
¿O no?
Ladybug, indecisa, permaneció inmóvil mientras Agreste alzaba la mano de su hijo para examinar la joya que adornaba su dedo anular.
–¿Sabes por qué razón necesito los prodigios de Ladybug y Cat Noir, Adrián? –le preguntó con suavidad.
El chico temblaba, pero repitió sin dudar las palabras de Nooroo:
–Para obtener el poder absoluto.
–Para traer a tu madre de vuelta –corrigió Agreste, y Adrián jadeó, sorprendido–. ¿Qué esperabas de mí? ¿Realmente creías que tu padre es un malvado villano? ¿Tu propio padre, Adrián?
El muchacho vaciló.
–Si me entregas tu prodigio y me ayudas a recuperar el de Ladybug... traeremos a tu madre de vuelta. ¿No la echas de menos, Adrián? Sé que sí. Sé lo mucho que has sufrido desde que ella se fue. Pero eso puede acabar aquí y ahora, hijo. Podemos arreglarlo.
Adrián miró a Ladybug un momento, como implorando su perdón. Entonces dejó caer la cabeza en señal de rendición y relajó el brazo que su padre sostenía.
–Adelante, cógelo –murmuró–. Es tuyo.
