Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta retorcida historia.
ADVERTENCIA: El capitulo que van a leer contiene escenas explicitas de sexo, violencia y lenguaje adulto. Si eres menor de edad, están advertidos (¡Apuesto que extrañaban este mensaje!) Gracias por su paciencia… que disfruten el capi.
Capitulo 32: Sacrificios
Canción del capítulo: Make you feel my love – Adele
"En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo."
Paulo Coelho
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Había perdido la cuenta ya cuantas veces di vueltas en la cama. A mi derecha un enorme espacio vacío no me dejaba descansar, sonreí despacito al notar que eran Edward y su ausencia lo que no me dejaba dormir. En apenas dos días me había acostumbrado tanto a su calor, a su aroma que intentar dormir sola me resultaba imposible.
Carlisle me informó hace un par de horas que Edward había caído rendido después de su terapia de esta mañana. Llevaba ya un buen rato dormido en su habitación y a pesar de que le tocaba la medicina las enfermeras no tenían corazón para despertarlo.
– Papá debe estar muy cansado. Anoche apenas durmió por estar conversando con usted señorita – toqué mi vientre y sonreí – Sí, los escuché hablar mi cielo. Ustedes dos serán grandes amigos... Lo sé.
Me quedé en silencio un buen rato solamente acariciando mi vientre. Recordé las palabras de la Dra. Keller:
"Esta pequeñita va muy bien"
"Su fecha aproximada de llegada estará en la última semana de febrero"
Cada vez faltaba menos para conocer a mi bebé, sostenerla en mis brazos y arrullarla delicadamente, pero a la vez que la espera se acortaba, el miedo incrementaba. No quería admitirlo pero el temor a que ocurriera algo parecido a lo que sucedido con mi abuela en su parto me tenía realmente nerviosa. ¿Sería capaz de traer al mundo a Elizabeth sin tener el mismo fatal destino que mi abuela?
Sacudí la cabeza con fuerza y me obligué a no pensar más en ello.
– Vamos a salir bien de esto mi bebé. Ya pronto estaremos juntas – susurre mientras me cubría con una manta y cerraba los ojos para intentar conciliar el sueño.
Luego de mucho intentarlo y ya cuando estaba algo grogui, escuché unos pasos entrar a la habitación. Enseguida abrí los ojos al suponer que era Edward... pero me equivoqué.
– Bells – escuché su voz, aquella voz que pensé había quedado en el pasado.
– Matt – susurré mientras me sentaba en la cama – ¿Que estás haciendo aquí?
– Yo... Yo vine para hablar contigo – habló despacio como meditando cada palabra que salía de su boca. – Yo necesito hablar contigo – En ese momento se acercó un poco más a la cama pero yo lo detuve poniendo mis manos enfrente.
– ¡No, no te acerques! – Le dije atemorizada por su presencia – ¡No te acerques a mi o grito!
– No Bells... No grites por favor. Yo…yo solo quiero decirte que lo siento.
– ¡Tú...! – le grité con rabia – ¡Tú sabías quién me había atropellado! ¡Tú...! ¡Tú estabas aliado con esa mujer! ¡Tú...! ¡Tú me mentiste maldita sea!
– Bells, lo siento... Realmente lo siento. No te imaginas el infierno que ha sido mi vida estas semanas. No hay día que no me arrepienta de haber hecho lo que hice. Yo solo...– se volvió a acercar de manera sigilosa.
– ¡No te acerques te dije! – Volví a gritar esta vez asustada – ¡Necesito que te vayas! ¿Cómo supiste si quiera donde estaba?
– Hace un par de días leí la noticia en el periódico: "Peligroso cruce de balas en la casa del Dr. Carlisle Cullen deja tres heridos" rezaba el titular. Algo me decía que tenía que ver contigo así que fui a buscarte en casa de tu padre pero no estabas. Estaba desesperado por no saber de ti por lo que no tuve otra opción que seguir a Sue. Apenas esta mañana supe que estabas internada aquí.
– Pues déjame informarte que tu cómplice no logro matarme, falló esta vez así como falló en Forks. ¿Cómo...? – Balbuceé mientras negaba con fuerza – ¿Cómo puede ser posible que tu estuvieses de acuerdo en matar a mi hija? ¿Cómo? – Sollocé mientras me aferraba a la cama – ¡Era una bebé! ¡Tú...! ¡Tú y esa mujer intentaron matar a mi bebé!
– Bells, eso no es cierto... Yo nunca... Bells! Tú me conoces, sabes que yo no...
– ¡Yo no te conozco más! No sé quién eres...– sollocé mientras negaba con mi cabeza – ¡Porque mi amigo Matt de seguro que no eres!
– Bells, yo... ¡Yo te amo! Dame una oportunidad de hacerte feliz – Susurró con lágrimas en los ojos – Yo puedo ser el padre de tu hijo...
– Mi hija – remarqué con rabia mis palabras – Ella no necesita otro padre… ella tiene uno que la ama y que me ama. Elizabeth y yo tenemos a Edward...
– Bells... ¡Ese hombre te mintió! ¿Cómo puedes seguir confiando en él?
– ¿Y tú? – Volví a gritar – ¿Qué hiciste tú? ¿Acaso tú hiciste algo diferente a lo que hizo Edward? Tú también me mentiste Matt! Edward tuvo las agallas y pantalones suficientes para reconocer sus errores y pedir perdón. En cambio tú… ¡Tú! – Me ahogué en mis propias palabras – ¡Tú sigues aquí intentando parecer una víctima! Tú me defraudaste, traicionaste mi confianza… ¡Tú! ¡Tú eres simplemente alguien a quien no quiero en mi vida…! – grité con decepción.
– Bells, pequeña… lo siento – volvió a acercarse y estiró su mano para tocarme. Esa mano que algún día me consoló, era la misma que un día quiso matar a mi hija. Me alejé lo más posible del borde de la cama y me aferré a la manta.
– ¡Aléjese! ¡Aléjese de mí! – Volví a gritar – ¡Edward…! – Susurré asustada – Edward por favor ven…
– ¿Cómo puedes amarlo a él? – dijo con voz quebrada mientras se alejaba un poco – ¿Cómo? – Casi al instante escuché unos pasos acercarse corriendo a la habitación.
– Edward – susurré al verlo. Él corrió hasta mí y se aferró con fuerza a mi tembloroso cuerpo. Matt retrocedió unos cuantos pasos y se ocultó en la oscuridad de la habitación. No lo perdí de vista un solo instante, tenía miedo que intentara hacerle daño a Edward.
No pasaron ni dos segundos cuando sentí que Edward se volteó y vio exactamente lo mismo que yo estaba viendo.
– ¿Qué hace él aquí? – Preguntó con un remarcado tono de furia – ¿Qué hace este maldito aquí? – gritó
– Vine a hablar con Bella – respondió Matt mientras se acercaba a nosotros. Edward enseguida rodeó mi cuerpo con su brazo y me apretó a su pecho.
– No te acerques a Bella y a mi hija… o lo vas a lamentar – masculló con rabia – Voy a llamar en este momento a la policía. ¿Cómo puede ser posible que hayan dejado entrar a este infeliz aquí? – Mi cuerpo seguía temblando y mis sollozos no paraban. Edward se percató de eso y me miró asustado – Mi amor ¿Estás bien? Pequeña… tranquila por favor – susurró mientras besaba mi cabeza.
– Solo… solo sácalo de aquí Edward… no lo quiero ver nunca más – sollocé mientras enterraba mi rostro en su pecho.
– Bells… ¡Perdóname! – habló con su voz quebrada – Yo nunca quise…
– ¡Cállate! ¡Ni siquiera intentes decir que no quisiste hacerle daño! ¡Intentaste matar a mi hija maldito hijo de puta! ¡No te atrevas a decir que no quisiste lastimar a Bella…! – Edward me estrechó más a su cuerpo, pude sentir que él también temblaba. A diferencia mía, el temblor de Edward no era por miedo, sino por furia, por rabia al escuchar las palabras cargadas de cinismo de Matt
– Bells ¡Escúchame! Lo siento…– volvió a hablar. Yo negué con fuerza.
– Edward… sácalo de aquí. Tengo miedo…–susurré.
– Bella mi amor, cálmate…– dijo intentando calmar mis nervios – La bebé… ¿Recuerdas? – volvió a mecerme mientras acariciaba mi cabello.
– Srta. Swan… Sr. Cullen…– oí una voz entrar a la habitación. Supuse que era una de las enfermeras, ella prendió la luz de la salita contigua y la estancia se iluminó – Escuchamos unos gritos y quisimos saber si estaban bien.
– Señorita por favor – habló Edward separándose de mi – Llame a la policía o a la seguridad del hospital y díganles que…
– Que yo me voy… – lo interrumpió Matt – No es necesario llamar a nadie yo me retiro en este momento.
– ¡Oh no…! – Habló Edward – Tú no vas a ningún lado. ¡Señorita llamé a la policía ahora! – Se dirigió a la enfermera quien asintió y salió rápidamente de la habitación – Tienes que responder por tus actos al igual que la loca que está aquí.
– Edward… ¿Tanya está aquí? – pregunté asustada separándome de él. Edward solo asintió resignado.
– Está bajo resguardo policial mi amor, ustedes están protegidas – me volvió a aferrar a su pecho.
– ¿Por qué no me lo dijeron antes? – dije con voz temblorosa.
– Porque no queríamos que te pongas así. La doctora prohibió sustos y sobresaltos ¿lo recuerdas? – dijo mientras acariciaba mi mejilla. Sentí a Edward tensarse en ese momento y rápidamente me soltó.
– No… no… ¡Tú no te mueves de acá! – tomó de la camisa a Matt y lo detuvo ya que él había empezando a caminar con rumbo a la puerta.
– ¡Suéltame! – intentó zafarse Matt. En su intento, golpeó el brazo lastimado de Edward lo que provocó que él se debilitara y lo soltara momentáneamente. En el rostro de Edward una mueca de dolor se dibujó.
– ¡Edward! – grité desde la cama. Tenía que hacer algo por él así que intenté bajarme de la cama.
– Bella… ¡no te muevas! – siseó. Nuevamente Matt caminó hasta la salida pero Edward lo detuvo por segunda ocasión.
– ¡Tú ganaste Cullen! ¡Tú te quedaste con ella! ¿Estás contento ya? – le gritó Matt a Edward mientras se soltaba de su agarre otra vez.
– No… no estaré contento del todo hasta que no haga esto – habló con furia Edward para levantar en ese momento su puño y estrellarlo en la quijada de Matt quien cayó estrepitosamente al suelo gracias al golpe. Corrí hasta donde estaba Edward y lo abracé
– Mi amor – susurré aferrada a su pecho – Edward…– sollocé.
– Ya está mi pequeña… ya pasó – me habló en susurro mientras besaba mi cabello. Pasaron apenas un par de minutos cuando un enorme guardia de seguridad del hospital entró a la habitación y levantó del piso a Matt quien estaba algo aturdido por el golpe.
– Entréguelo a la policía. Avíseles que tienen al cómplice del accidente de Isabella Marie Swan en Forks, Washington el pasado 16 de Septiembre – habló Edward con voz pasiva – Si la policía necesita alguna declaración adicional que se dirijan conmigo, Edward Anthony Cullen, abogado y novio de la Srta. Swan
– Camina – le ordenó el grandulón a Matt. Vi al que algún día fue mi amigo salir de la habitación escoltado por el intimidante guardia.
– Edward ¿Estás bien? – pregunté mientras me separaba un momento de él.
– Si mi pequeña, estoy bien – me respondió con una mueca de dolor. Desvié la mirada en ese momento para ver su brazo lastimado. La venda estaba completamente manchada con sangre.
– Edward… tu brazo – susurré algo débil. El olor de la sangre de Edward se impregnó rápidamente en mis fosas nasales provocándome un mareo inesperado. Casi al instante mis piernas se debilitaron y mi cuerpo se desvaneció.
– Mi amor – dijo Edward mientras me atrapaba en sus brazos – Ayuda…. ¡Alguien que me ayude! – gritó con fuerza. Mis parpados se sentían muy pesados y mi cabeza daba vueltas – Pequeña, no te duermas… ¡Mírame! ¡Mírame Isabella! ¡Quédate conmigo! – susurraba desesperado.
– Estoy bien mi amor – alcancé a responder mientras cerraba los ojos. Lo último que recuerdo haber sentido fue mi cuerpo recostarse en una superficie mullida, el olor de Edward rodeando mi cuerpo y un te amo susurrado a mi oído.
No sé cuantos minutos estuve inconsciente, quizás fueron varios, lo que si permanece claro en mi mente es el exquisito aroma de Edward cerca mío durante todo el tiempo. Tenía mucho sueño y me sentía muy cansada pero un leve pinchazo en mi brazo me hizo reaccionar. Me moví despacio y escuché su voz a lo lejos.
– Bella mi amor... Pequeña mía ¿Qué te paso? – su voz se escuchaba quebrada y algo desesperada. Me volví a mover despacio y de a poco abrí los ojos. Las imágenes se veían algo difusas pero lentamente se fueron volviendo más claras. A mi derecha una enfermera cerraba un pequeño tubo con la muestra de sangre que segundos atrás me habían extraído... A mi izquierda, un ángel... Mi ángel del rebelde cabello cobrizo.
– Bella...– me susurro acercándose a mí y tocando mi mejilla – Mi Bella...
– Estoy bien – dije con dificultad mientras veía como la enfermera abandonaba la habitación – No es nada, yo...
– Shhhh no hables, la doctora viene en camino mi amor – me interrumpió rápidamente.
– Pero estoy bien cielo – intenté alzar el brazo para acariciar su rostro pero él me detuvo mientras negaba con la cabeza.
– No Bella... No te muevas por favor.
– Edward, estás exagerando... – Estoy bien, solo fue... El olor de la sangre, eso me mareó y no...
– No – me volvió a silenciar – No me quedaré tranquilo hasta que la Dra. Keller te vea... – intenté hablar pero nuevamente me silenció, esta vez para hacerlo puso un dedo en mis labios – Acabas de pasar un susto muy grande pequeña, estás muy débil...
– Si amor pero yo...–de inmediato sentí sus labios sobre los míos en un suave beso. Acunó mi rostro en sus manos y acarició mis mejillas mientras se separaba lentamente.
– Si sigues hablando voy a tener que seguir silenciándote de esta manera mi pequeña – una sonrisa traviesa se dibujó en mi rostro y una maquiavélica idea atravesó mi cabeza.
– Por tanto – empecé a hablar rápidamente tratando de no obviar palabra alguna – Nosotros los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso general, acudimos al juez supremo del mundo para hacerle testigo de la rectitud de nuestras intenciones. En el nombre y con el poder pleno del buen pueblo de estas colonias damos a conocer solemnemente y declaramos que estas colonias unidas son y por derecho han de ser Estados libres e independientes; que...– vi de reojo una enorme sonrisa esbozarse en el rostro de Edward para luego estampar nuevamente sus labios contra los míos. Esta vez el beso no fue delicado como en la primera ocasión. Sus demandantes labios se abrieron un poco profundizando de esta manera el beso. Nos separamos varios minutos después.
– ¿La declaración de Independencia de Estados Unidos? – Susurró contra mis labios – ¿Es en serio? – yo asentí despacito.
– Y si vas a seguir silenciándome con esos besos soy capaz de recitar todo el primer capítulo de Hamlet – Edward chasqueó la lengua en un gesto divertido y dejó un beso en la punta de mi nariz.
– Te amo tanto mi pequeña tramposa – dijo sonriente. Un nuevo beso interrumpió cualquier respuesta que hubiese podido darle.
– Si la causa de los desmayos de Bella son los besos que el cariñoso padre de su hija le da, tengan por seguro que no atiendo una llamada más de emergencia de ustedes dos – reconocí la voz de la Dra. Keller entrar a la habitación. Sonrojada de una manera casi imposible me separé de Edward, quien tenía un gesto de niño travieso en su rostro.
– Doctora Keller... Yo... – intenté de manera patética excusar mi comportamiento.
– Fue mi culpa – intervino Edward – Le dije que se mantuviera en silencio y al parecer besarla era la única manera que me hiciera caso. – La doctora negó y sonrió para luego tomar la historia clínica que estaba cerca de mi cama.
– El análisis de la sangre que te tomaron hace unos minutos estará listo en una hora. No creo que sea algo grave pero necesito cerciorarme.
– Doctora, en serio no creo que sea algo grave. Vi sangre en la venda de Edward y su olor me provocó un mareo que me desvaneció. Estoy bien...– mascullé aquella ultima parte.
– Sé que estas bien Isabella, pero la llamada asustada de Edward me puso en alerta. Igual saldremos de las dudas. ¿A qué se debió que tu herida sangre Edward? – preguntó la doctora mientras cerraba la historia clínica y se acercaba a nosotros.
– Un leve forcejo pero nada de gravedad, de seguro que no vuelve a ocurrir – me miró con sus hermosos orbes verdes en los que un atisbo de preocupación se reflejaba de manera clara.
– Nunca más – susurré para tranquilizarlo. El me sonrió y puso una mano en mi pancita.
– Nunca más – repitió.
– Espero que no haya existido ningún sobresalto para Bella y la bebé – habló la doctora reventando nuestra burbuja, enseguida Edward me apretó un poco a su cuerpo como queriendo protegerme de un peligro ya inexistente para luego negar de manera vehemente – Ok, eso me deja tranquila. Entonces, esta noche quiero que descanses Isabella, trata de dormir temprano y cuando hablo de una noche tranquila, eso incluye que estés sola. – Dijo mirando a Edward, él asintió levemente – Voy a pedirle a las enfermeras que te preparen un té de manzanilla para que concilies el sueño rápidamente. Regreso en un par de horas con tus resultados.
– Gracias Dra. Keller – susurré. Ella simplemente me sonrió y salió de la habitación.
– Me asustaste – me habló Edward mientras acariciaba mi cabello – Te desvaneciste en mis brazos y pensé que ese maldito te había hecho daño.
– Amor, estamos bien – usé el plural para hacerle saber que Elizabeth tampoco corría peligro – Solo fue un mareo. Ahora… hay algo que me preocupa Edward – hablé de manera severa.
– ¿Qué te preocupa mi pequeña? – preguntó con un adorable gesto de ceño fruncido.
– Que cuando Elizabeth lloré por las noches porque necesita un cambio de pañales o tenga hambre quieras salir corriendo donde la pediatra – tuve que contener la risa por lo gracioso de la situación.
– No quiero verla llorar – masculló.
– Yo tampoco amor… pero tampoco podemos sobreprotegerla demasiado, así como lo haces conmigo – susurré mientras acariciaba una de sus mejillas.
– Tratare de ser un poco menos paranoico mi pequeña …– respondió – Eso sí, un llanto de más de cinco minutos es una llamada segura al pediatra – finalizó.
– Te amo – susurré sobre sus labios antes de dejar sobre ellos un corto beso.
– Será mejor que me vaya – habló un rato después – Debes descansar y no quiero otro regaño de la Dra. Keller – me dijo mientras salía de la cama y me ayudaba a acomodarme en la mitad de la misma.
– Me vas a hacer falta – hablé bajito al tiempo que él dejaba un beso en mi frente.
– Falta poco para irnos a casa, a nuestra casa. Te amo pequeña mamá…descansa – fueron sus últimas palabras antes de apagar la pequeña lamparita y salir de la habitación.
Creo que en los siguientes 120 minutos memoricé cada patrón del decorado del techo de mi habitación. El famoso té de manzanilla no surgió efecto y estaba más despierta que un búho aunque ya eran pasadas las 9 p.m.
La doctora llegó con los resultados unos veinte minutos después, como era de esperarse nada fuera de lo normal revelaban las analíticas. Si todo seguía de acuerdo a lo planeado esta sería la última noche que pasaba en el hospital ya que mañana al medía día estaría libre para irme.
La doctora se despidió unos cuantos minutos después. Nuevamente miré al techo para conciliar el sueño… pero nada. Cuando iba por la oveja número 325 en mi cuenta para dormir, el teléfono de la habitación sonó. Rápidamente extendí la mano y alcé la bocina.
– ¿Pequeña? – escuché su voz al otro lado – ¿Te desperté?
– No amor – respondí encendiendo la luz de la lamparita.
– No puedo dormir Bella – confesó despacito. Yo sonreí.
– Bienvenido al club. Yo tampoco puedo dormir… me haces falta – susurré al teléfono.
– ¿Qué dijo la doctora? – preguntó rápidamente.
– Que estoy perfecta, que el padre de mi bebé es un loco exagerado y que mañana puedo irme a casa – respondí rápidamente y finalicé con una pequeña risa.
– ¿Entonces estás completamente bien? – volvió a preguntar.
– Si Edward… ¿Por qué?
– Srta. Swan – cambió su tono de voz para usar uno muy seductor – ¿Me acepta usted una cita esta noche?
– ¿Una cita Edward? – Pregunté confundida – Amor, no podemos salir del hospital.
– Cualquier lugar es perfecto para una cita con mi pequeña Bella, incluso un aburrido hospital. ¿Acepta la invitación del hombre que la ama con locura?
– Estás loco Edward…– sonreí al teléfono – Pero si… ¿Vienes por mí o voy a tu piso? – bromeé con él.
– Paso por ti en veinte minutos. Un carruaje especial estará en su puerta en unos minutos.
– Espero que esto no nos meta en problemas – comenté preocupada.
– Todo estará bien… Te amo mi hermosa Bella, te veo pronto – me lanzó rápidamente un beso y cerró la llamada.
En cuanto dejé el teléfono en su lugar intenté acomodar mi cabello en una sencilla trenza, acomodé mi deprimente bata verde de hospital y me senté a esperar a Edward. Como todo un caballero inglés, Edward cumplió su palabra y en veinte minutos estuvo en mi habitación… empujando una silla de ruedas vacía.
– Me dijeron que en esta adorable suite se hospeda la más hermosa embarazada de este piso – dijo mientras entraba a la habitación.
– La más redondita querrás decir – le dije mientras tocaba mi vientre. Elizabeth pateó en ese momento, la voz de su papá siempre la ponía de humor pateador.
– Pues déjeme decirle señorita, que su novio piensa que usted es la redondita más sexy del mundo – sonrió mientras tomaba mi mano y me ayudaba a sentarme en la silla de ruedas. En su otra mano llevaba una canasta cerrada lo que provocó de inmediato mi curiosidad.
– ¿Dónde vamos Edward? – pregunté.
– A las estrellas – me susurró al oído. Yo sonreí y asentí.
Edward me llevó al elevador y una vez dentro de él, presionó el botón del octavo piso, la terraza del hospital.
– ¿En serio vamos a ver las estrellas? – pregunté confundida. El asintió mientras salíamos del corredor de elevadores y llegábamos al llano de la terraza. El lugar a pesar de estar completamente desierto tenía un cobertizo muy pequeño en una esquina. En él, había un sofá que se veía muy cómodo con muchas cobijas sobre él.
– Es el lugar donde papá suele escapar cuando se siente muy agobiado, se lo pedí prestado y accedió con la condición que te regrese pronto a la cama.
– Dale las gracias de mi parte – le sonreí mientras nos dirijamos al sofá. Un viento agradable soplaba aquella noche, era otoño y aunque las temperaturas debían empezar a bajar a finales de noviembre se sentía una noche muy agradable para estar al aire libre.
– ¿Te gusta la vista? – me preguntó mientras me ayudaba a sentarme en el mullido sofá. Yo asentí despacito a la vez que lo ayudaba a acomodarse junto a mí.
– Se ve muy hermoso – le dije mientras nos cubríamos con las cobijas. Sentí los brazos de Edward rodear mi cuerpo casi enseguida y dejar un par de besos en mi cuello.
– Nada es más hermoso que la mujer que ahora está junto a mí. Te amo mi Bella – susurró acunando mi rostro en sus manos.
– Y yo te amo mi Edward… Eres todo lo que necesito para ser feliz – me acerqué despacito a sus labios y los besé. Estuvimos mucho rato acariciándonos, mimándonos y recordando cómo era nuestro amor antes que todo el desastre ocurriera. Disfrutamos del silencio y de la paz que aquel reencuentro íntimo nos dejaba, aquel silencio que hacía de esta cita la más perfecta que pueda recordar junto a Edward.
Un rato después Edward se movió y de la canasta sacó una pequeña bolsa, la misma que tenía un logo bastante familiar.
– Toda cita debe tener una cena, y toda cena un postre. Bueno, como la cena nos la hemos saltado… ¡Es hora del postre! – dijo extendiéndome una pequeña cucharilla y un bote de helado, de nuestro helado.
– ¿Dónde lo conseguiste? – pregunté mientras lo abría.
– Nada complicado cuando se tiene la influencia de ser el hijo del jefe de residentes del hospital – me sonrió mientras tomaba su bote de helado.
– Engreído – negué entre risas. Empezamos a comer acompañando nuestros helados con nuestras infaltables galletas. Mi bebé se movía feliz, pateaba despreocupada, supongo que también estaba disfrutando de la ingesta de glucosa que mamá le estaba dando a las 10 p.m.
Sintiendo a mi bebé tan contenta no pude sino recordar a otra mujer embarazada, una muy cercana a mí pero cuyo final de historia distaba mucho del mío.
– Quiero terminar de leer los diarios de mi abuela – solté mientras dejaba la cucharilla en el bote vacío y se lo entregaba.
– Bella mi amor… No creo que sea buena idea – respondió Edward mientras desechaba su bote vacío junto al mío en la canasta.
– Necesito saber que ocurrió después Edward – le dije de manera muy suave acariciando su suave cabello cobrizo – Creo que se lo debo a Marie Morgan – usé su apellido de soltera ya que ella jamás estuvo enamorada de mi abuelo como para decir que estaba felizmente casada y que portaba el apellido Swan con felicidad extrema.
– Creo que tienes razón. Pero – acarició mi mejilla muy despacito – vamos a leer lo que queda del último diario juntos. Debo estar a tu lado, creo que yo también se lo debo a mi abuelo Edward – Yo asentí despacito.
– En cuanto estemos en casa los leeremos juntos. Gracias amor…– susurré.
Estuvimos en la terraza por aproximadamente dos horas más, durante ratos hablamos de nuestra bebé. Edward era muy curioso y preguntaba que sentía cuando Elizabeth se movía en mi panza, sus ojos brillaban hermosos cuando le hablaba a la bebé diciéndole que se moría de ganas por conocerla, por tenerla en sus brazos y arrullarla. El tiempo que no estábamos hablando lo ocupábamos en besarnos muy suavemente y en disfrutar del hermoso momento que estábamos viviendo.
– ¿Has pensado en un segundo nombre para la bebé? – me preguntó mientras yo recostaba mi cabeza en su pecho. Habíamos bajado hace unos pocos minutos y después de negarme a dormir sola en mi habitación terminamos los dos metidos en la cama de su habitación.
– No…– confesé – ¿Ves por qué digo que seré una pésima madre?
– Ya tendremos tiempo para pensarlo amor. No serás una mala mamá… El ser padres es una experiencia que vamos a vivirla juntos, yo tampoco sé cómo ser papá pero de seguro mejoraremos con el paso de las semanas.
– No sé cambiar un pañal… ni preparar un biberón – susurré apenada. Era cierto, nunca tuve un hermanito y de pequeña no jugaba a ser mamá ya que desde niña mi pasión fueron los libros.
– Creo que vamos a necesitar la ayuda de mamá por las siguientes semanas. Ella nos puede dar una guía rápida "Como criar a su bebé y no morir en el intento" – yo reí despacito por lo gracioso de su comentario.
– Voy a extrañar a mamá – le dije con voz triste un rato después. El alzó mi rostro y me sonrió amable.
– Lo sé mi amor… lo sé. No intentó suplir su lugar en tu vida, pero si depende de mí trataré de hacer menos dolorosa su ausencia dándote el doble de amor que necesitas – yo solté un suspiro antes de besar nuevamente a Edward. Nos separamos unos minutos después y nuevamente me aferré a su pecho.
– De seguro Marie no… – comenté.
– ¿De que hablas Bella? – me preguntó.
– Que el segundo nombre de Elizabeth no será Marie. Hay mucho dolor encerrado en ese nombre y no quiero que mi bebé cargue con eso – acaricié mi pancita despacito al sentir un nuevo movimiento de la señorita pateadora.
– Creo que contigo se rompe la maldición amor… no más dolor… ¡Nunca más! – besó mi frente y me abrazó con fuerza. Y fue así que nos quedamos dormidos.
Cerca de las 6 a.m. mi príncipe encantado con un beso me levantó. Mi carruaje de ruedas estaba esperándome para llevarme a mi habitación antes que la bruja malvada nos descubra y nos deje en el castillo del dragón por una semana más.
– El Dr. Collins debe firmar mi alta cerca de las 10 a.m., en cuanto la tenga vendré por ti – me dijo mientras me dejaba en la cama.
– Está bien – suspiré sin ganas – Te veo luego.
La Dra. Keller firmó mi alta cerca del medio día. Alice, quien estaba más repuesta de su gripe nos buscó en el auto de Edward y nos llevó a la casa. Esta vez, y sin los nervios de la primera vez que estuve allí, reparé en cada detalle de la hermosa casa que Edward había comprado para nosotras. El jardín estaba radiante con mis fresias que a esas horas del día, graciosas y olorosas nos daban la bienvenida. El patio era realmente grande y en la mitad del mismo un caminito de rocas y flores llevaban a la entrada de la casa.
– ¿Te gusta? – me susurró al oído mientras me abrazaba por atrás. Yo asentí despacito tratando de contener mis lágrimas – Ven, te voy a enseñar el resto – En ese momento sentí mis pies elevarse del suelo. Edward me llevaba al estilo novia hasta la puerta.
– Edward – intenté regañarlo.
– Es así como debe ser… futura Sra. Cullen – dejó un beso en mi cabeza y empezó a caminar. Estaba preocupada por su herida por lo que procuré no moverme mucho.
Magistralmente y como si yo fuese tan liviana como una pluma, sacó las llaves de la casa de su bolsillo y abrió la puerta conmigo en sus brazos.
– Bienvenidas a casa Isabella y Elizabeth Cullen…– me susurró al oído. Yo acaricié despacito su rostro mientras una lágrima escapaba de mis ojos. El negó despacito mientras la secaba…– Dime que no estoy soñando Bella, dime que ustedes no se van a ir de mi lado.
– Nunca… Nunca mi amor – besé la comisura de sus labios y sonreí – Estamos aquí para siempre…
Edward me bajó de sus brazos unos minutos después. Casi en silencio empezamos a recorrer la casa. La sala, una obra maestra de Esme era realmente hermosa. Muebles que hacían juego a unas hermosas lámparas colgantes que iluminaban estratégicamente la chimenea. Sobre la misma una serie de fotos llamaban la atención. La primera era mi foto, la que Edward había tomado de mi oficina.
– ¿Quién diría que esa hermosa joven ahora estaría esperando una bebé? – me susurró acariciando mi vientre despacito. Yo negué mientras dejaba aquella fotografía y tomaba la segunda, la ecografía de Elizabeth.
– ¡Hola pequeño gusanito! – Sonreí al ver la imagen – Eras muy pequeñita en esta foto.
– ¿Y recuerdas esta foto? – me preguntó al tomar la tercera. Foto que no sabía que existía…
– ¿Quién tomó esta foto? – pregunté.
– Ángela… Yo tampoco sabía que existía hasta que Ángela me lo dijo hace un par de días atrás – En la foto, una impresionante figura de un ángel de ojos esmeraldas miraba con devoción a una joven que usando un vestido de color aguamarina deslumbrada bailaba con él.
– La noche de La Gala… la noche de la primera vez – le dije despacito viendo a las mismas esmeraldas de la foto.
– Una de las noches más hermosas de mi vida, la noche que en mis brazos te hice mujer… mi mujer – yo asentí despacito.
– ¿Una de las noches? ¿Hay más? – pregunté aferrándome a su pecho.
– Muchas más… Aunque tengo mis tres favoritas – sonrió.
– ¿Ah sí? ¿Cuáles son? – me aparté un poco. Una sonrisa torcida asomó en su rostro y sus ojos brillaron.
– Además de la noche de La Gala, mi otra noche favorita fue en La Jolla cuando en la playa hicimos a nuestra hija. Y la tercera… La tercera pasó unas noches atrás, justo aquí… La noche en que obtuve tu perdón – me abrazó con fuerza y yo solo sollocé.
– Siempre lo tuviste mi amor, solo que no estaba lista para decírtelo…– confesé entre lágrimas – Te amaba tanto que me dolía, pero mi maldito orgullo me había puesto una venda, una venda que solo el amor pudo remover.
– Te amo Bella – acunó mi rostro y me besó. Yo me aferré con fuerza a su cabello y respondí a su beso. Nuestras lenguas batallan sin ánimo de encontrar un ganador, era un beso fiero cargado de amor, de agradecimiento, de felicidad… de nuestra felicidad.
Seguimos recorriendo la casa un poco después, la cocina y su horno de galletas, un patio enorme con una piscina muy hermosa. Su piano, el que compuso nuestras melodías. Una habitación llena de libros y un hermoso escritorio de estilo Victoriano que hacía la función de biblioteca.
En el primer piso había cinco habitaciones. La del conejito que era la de Elizabeth, un adorable cuarto de juegos para la bebé y una habitación de invitados estaban en la parte norte del piso superior. Hacía el lado del sur de la casa estaban las dos restantes, caminé un poco por el pasillo y abrí una de las puertas. Me quede sin palabras al ver aquella habitación.
– Edward – susurré tomando su mano.
– Elizabeth necesitará un hermanito algún día…– me abrazó despacito por atrás y acarició mi cabello. La habitación donde nos encontrábamos estaba completamente vacía, sus paredes estaban pintadas de un color celeste cielo y en la mitad de la misma había un pequeño caballito de madera. Yo asentí despacito mientras me recostaba en su pecho y acariciaba su cabello. En esa posición nos mantuvimos un rato antes de ir a la última habitación.
– Esta fue la primera habitación de la casa que terminé, quise decorarla yo… necesitaba dejar algo de mí en ella – me dijo mientras abría la puerta – Es nuestra habitación mi amor…
Entré despacito tomada de su mano, la habitación de mis sueños se mostraba para nosotros como el resultado de mucho trabajo por parte de Edward. Una enorme cama con edredones blancos y grandes almohadas estaba en la mitad de la habitación. A los costados unas mesitas de noche y sus respectivas lamparitas daban al lugar un aire romántico. Un vestidor muy grande estaba cerca de una esquina y al otro extremo una puerta que supuse era el baño.
– ¿Te gusta? – preguntó.
– ¡Me encanta! – Dije emocionada – Es perfecta mi amor – caminé hasta una de las mesitas y vi una foto cerca de la lamparita. Era una de las fotos que Alice me había tomado en mi habitación semanas atrás.
– Mamá debió ponerla allí, te ves hermosa – se acercó a mí y tomó la fotografía de mis manos – Mis dos amores en una sola foto…– Yo asentí despacito. El me sonrió y me ayudó a sentarme en la cama – Será mejor que duermas un poco, la Dra. Keller recetó mucho descanso.
– No tengo sueño – dije recostándome en la mullida cama.
– Bella…– me regañó.
– Esta bien… pero, tengo una condición – reparé.
– Ah ¿sí? – preguntó acomodando mis almohadas.
– ¿Puedes dormir junto a mi? – hice un puchero y el sonrió. Rodeó la cama y se acostó muy despacito junto a mí. Me abrazó y colocó una mano en mi vientre.
– Duerme mi Bella… Que yo estaré aquí velando tu sueño – besó mi cabello y de a poco fui quedándome dormida con el tarareo suave de mi nana.
Un olor delicioso me despertó varias horas después, era algo como especias y pollo. Me estiré un poco y noté que el lado de Edward estaba vacío, me senté en la cama y mi bebé pateó con fuerza…
– ¡Ouch! ¡Elizabeth! ¡Eso duele! – Toqué mi panza y recibí otro golpe a cambio – ¿Tienes hambre? ¡Yo también! ¡Vamos a buscar a papá! – Me disponía a bajar de la cama cuando sentí unos pasos acercarse.
– Tks, tks…– negó Edward entrando a la habitación con una bandeja de comida – ¿Dónde iba la Srta. Swan? La cena está lista – me sonrió y caminó hasta la cama.
– ¿Tu cocinaste? – pregunté al ver la bandeja. Panes, una ensalada con patatas y un delicioso pescado estaba listos para ser devorados por mí.
– Sí… y espero que comas todo Bella – dejó la bandeja en la cama y me extendió una servilleta en mi regazo.
– Se ve delicioso… gracias – le agradecí. Edward bajó por su cena y me acompañó a comer. Bromeamos un largo rato recordando la cita de los palillos chinos, le prometí que la próxima cena prepararía fideos pero él se negó rotundamente a dejarme hacer la cena.
– Sobreprotector – le susurré cuando estábamos nuevamente acostados.
– Es mi deber protegerlas… siempre – dijo antes de besarme y desearme buenas noches.
Al día siguiente nos despertamos muy temprano, bueno nuestra hija nos levantó temprano. Cada vez aguantaba menos las ganas de hacer pis y debía correr al baño. Después de tomar una ducha rápida me envolví en un albornoz blanco y salí para buscar algo de ropa en el vestidor, me sorprendí al ver absolutamente todo mi vestuario allí en casa… todo lo que había dejado en el departamento de Edward.
– No me queda nada de esta ropa – susurré con tristeza. Edward apareció en ese momento, estaba envuelto en una toalla que apenas lo cubría de la cintura hacia abajo. Tuve que obligarme a respirar ya que el espectáculo era no apto para cardiacos. Acaba de salir de la ducha y las gotas aun corrían por su definido torso.
– Compré algo de ropa pre mamá para ti – se acercó a mí y yo tragué en seco. Su aroma me golpeó con fuerza, el muy canalla solo sonrió – Está en este cajón…– tomó de mi mano y me llevó al fondo del vestidor. Sacó una blusa de color rosa con un lacito blanco en la parte baja del busto, unos vaqueros holgados con cintura ajustable y de la zapatera tomó unas bailarinas.
– ¿Pensaste en todo eh? – él me sonrió y asintió.
– En el fondo tenía la esperanza que algún milagro ocurriera y yo me pudiera quedar con ustedes – confesó acercándose a mí.
– Y el milagro se llama Elizabeth…– le hablé suavecito. El asintió y me abrazó.
– Debo ir a mi departamento a buscar unas cosas y supongo que tu querrás ir a la tuya – yo asentí.
– Además…necesito ponerme al corriente de la empresa, otra vez la dejé botada – me aferré a su pecho desnudo y llené mis pulmones con su aroma. ¡Alerta roja! Gritaron mis hormonas… las pobres estaban a punto de entrar en huelga.
– Entonces voy a buscar algo para ponerme, preparo el desayuno y salimos ¿te parece? – esta vez negué. El me miró confundido y me soltó por un momento, momento que aproveché para soltar rápidamente mi albornoz y quedar desnuda frente a él.
– Quiero que primero me hagas el amor – confesé de manera tímida. El sonrió y se acercó a mí…
– No hay nada que desee más en el mundo que hacerte el amor mi pequeña… Pero la bebé está…– puse rápidamente un dedo sobre sus labios y lo silencié.
– La bebé estará bien… te deseo Edward… por favor – dije en tono de suplica. El negó con una sonrisa y acunó mi rostro en sus manos.
– Bella…– susurró sobre mis labios – mi Bella… mía…– fueron sus últimas palabras antes de besarme. Rápidamente rodeé su cuello con mis brazos y me aferré a él con fuerza. Edward me alzó un poco en sus brazos y así me sacó del vestidor. En el corto trayecto hasta la cama me deshice rápidamente de su toalla obteniendo un gruñido sexy de su parte. En pocos segundos estuvimos en la cama, cuidadosamente Edward se ubicó sobre mi aguantando todo su peso para no incomodarme con mi pancita.
– Eres hermosa – susurró besando y mordisqueando mi cuello – Te amo tanto…– dijo con voz ronca mientras bajaba al valle de mis pechos. Muy despacito los besó y lamió, un gemido escapó de mis labios – Pequeña mía, recién empiezo y… ¿Ya estás así? – yo asentí despacito y él solo se rió. Siguió con su tarea de besar mis pechos, mordisqueaba mi pezón y lo halaba despacito con sus labios para luego lamerlos y soplar sobre ellos.
– ¡Oh Dios! – se me escapó cuando con su mano acarició mi otro pecho. El sonrió sobre mi piel y siguió con sus caricias. De a poco sentí que su miembro empezó a despertar así que mientras él acariciaba mis pechos y besaba mi vientre yo tomé su miembro con mi mano. Esta vez el gemido vino de su garganta.
– Dios… ¡Bella! – me dijo cuando yo acaricié toda su extensión completamente erecta ya.
– Te necesito Edward – le susurré.
– Yo también amor… yo también – dijo antes de besarme. En un rápido movimiento Edward se recostó a mi lado y tomándome de la cintura me colocó sobre él. Me mordí el labio al ver su rostro excitado recostarse sobre las esponjosas almohadas. Nuevamente tomé en mis manos el miembro de Edward y lo acerqué a mi centro.
– Espera Bella – me detuvo por un instante – Despacio mi amor…– yo le sonreí y negué.
– Confía en mi… te amo – dije mientras de a poco iba bajando mis caderas para llenarme de él. Lentamente toda mi vagina se fue llenando con el miembro erecto de Edward… reconociéndose, reconociéndonos como el perfecto puzle que éramos.
Muy despacito empecé a mover, acoplando de a poco aquella hermosa intromisión en mi cuerpo, sincronizando muy despacio nuestros movimientos. Edward me aferró a su pecho mientras yo movía mis caderas de arriba hacia abajo como algún día me enseñó.
– Bella…– gruñó Edward mientras empezaba a embestirme con un poco más de fuerza.
– La bebé está bien… te necesito mi amor – le susurré. Sus embestidas comenzaron a ganar fuerza con el paso de los segundos, haciéndose más latentes, más profundas. Ambos sabíamos que no duraríamos nada, demasiadas semanas sin sexo nos tenían al borde.
– Bella… yo…– alcanzó a decir con voz ronca mientras besaba con devoción mis pechos y acariciaba con su nariz mi peca. Mis paredes se cernieron alrededor de su miembro exprimiéndolo de manera dolorosa.
– Edward… Edward…– repetía entre gemidos. Una espiral se formó con la velocidad de un tornado, con la fuerza de un huracán y explotó con la violencia de una bomba nuclear. Mi tan ansiado orgasmo al fin había llegado. Tres estocadas más fue lo que necesito Edward para derramar su semilla dentro de mí…
Ahora sí, me sentía en casa.
Nos quedamos abrazados un par de minutos, disfrutando del vaivén de nuestros cuerpos que de a poco se recuperaban de las poderosas sacudidas que el orgasmo nos había dejado.
– ¿Sabías que mamá es una diosa incitadora? – Le habló a mi vientre – Espero que todo esté bien allá dentro mi princesa.
– Edward… es solo un poco de semen, no la bañaste con la manguera de los bomberos – sonreí.
– Puede no ser la manguera de los bomberos… ¡Pero vaya que apaga fuegos!
– Presumido – golpeé su hombro mientras salía de él muy despacito imposiblemente sonrojada.
– Afrodita provocadora – me besó mientras me llevaba en brazos a la ducha nuevamente. Entre besos, caricias y una ducha calientita terminamos haciendo nuevamente el amor en la bañera. Esta vez Edward se ubicó detrás de mí y me penetró con una certera embestida. Mientras se aferraba a mis pechos con fuerza, yo rodeaba su cuello con uno de mis brazos y con el otro trataba de apoyarme en la pared de la ducha. Esta vez los gemidos y jadeos eran imposibles de reprimir, lo sentía tan dentro de mí que el placer se volvió casi insoportable,
Mis piernas flaquearon cuando el orgasmo me golpeó, aquella sensación tan exquisita en mi avanzado estado de gestación se multiplicaba por cuatro ya que las hormonas me tenían al límite haciendo de cada caricia, de cada beso, una hecatombe en mi interior.
– Creo que vamos a necesitar algo de práctica para volver a estar en forma – me susurró un poco después de correrse dentro de mí.
– Prometo ser una alumna aplicada – dije entre risas. Salimos del baño unos pocos minutos después. Nos vestimos mutuamente y bajamos a preparar el desayuno, la alacena estaba algo vacía así que solo hicimos unas tostadas francesas y huevos.
Salimos de la casa cerca de las 11 a.m., Alice había dejado el auto por la noche en nuestra casa así que iríamos en el adorado Volvo de Edward. La primera parada era su departamento por estar más cerca de North Hastled.
– No vamos a demorar mucho. Solo son unas pocas cosas que pensaba dejar en casa de mamá por no poder llevarlas a Londres. Ayer…– hizo una pausa y aplastó el botón 18 del elevador – Ayer mientras dormías me llamaron de Londres.
– En… ¿en serio? – balbuceé nerviosa. Mi corazón se aceleró de inmediato, Edward acarició mi mejilla rápidamente.
– Si, tuve que decirles que aunque allá me esperaba un bufete muy importante de abogados, acá me esperaban en casa las dos mujeres más importantes de mi vida. Agradecí su propuesta pero no podía ir a Londres… No si ustedes no van conmigo.
– Entonces… ¿No vas a ningún lado? – pregunté nerviosa mientras la campanita anunciaba que habíamos llegado. El negó y dejó un beso en mi cabeza, yo solo suspiré aliviada…
Llegamos a su departamento tomados de la mano. El lugar de nuestros recuerdos se veía vacío, el piano no estaba allí y unos cuantos muebles habían quedado en la sala.
– Se ve…– susurré – diferente.
– Lo sé, vacío, sin vida… Así era mi vida sin ti. Voy a mi habitación un segundo, ya vuelvo – me dejó un beso y salió a su habitación. Recorrí un poco la sala, la mesa donde solíamos cenar. Sobre ella vi una cantidad de papeles de diferentes colores y formas. Eran facturas, de toda clase de almacenes: jugueterías, ferreterías, mueblerías, insumos de jardín, la tienda de bebés.
Una duda enorme saltó a mi cabeza en ese momento: ¿Cómo Edward había financiado la casa y todo lo que en ella había? Aquel era un detalle en el que no había reparado, era un tema delicado de tratar. No quería hacer sentir menos a Edward ya que desde el inicio era claro que nuestras posiciones económicas eran muy distantes la una de la otra. Hice una nota mental en ese momento, debía preguntar a Alice muy delicadamente el origen de esos fondos.
– ¿Estamos listos? – preguntó tocando mi vientre y regresándome a la realidad. Yo solo asentí tomando su mano.
La siguiente parada era mi casa. Por la hora supuse que mi padre debía estar almorzando así que entré a la casa y me dirigí a la cocina pero no vi a nadie.
– Debe estar comiendo en su habitación – le dije a Edward mientras subía las escaleras.
– Ten cuidado mi amor, estas subiendo muy rápido – me habló. Yo solo volteé y sonreí.
– Sobreprotector, estoy bien. Recuerdas lo que lo paso esta mañana… ¿dos veces? – Edward se sonrojó como jamás lo había visto antes. Yo negué y seguí subiendo.
Caminé hasta la habitación de mi padre y allí me llevé una sorpresa. Mi padre y Sue estaban sentados en la cama y estaban tomados de la mano.
– Lo… lo siento…– me disculpé y cerré rápidamente la puerta.
– Bella – escuché la voz de papá, abrí nuevamente la puerta con cautela – Pasa…– dijo con esfuerzo. Sue había retirado su mano de la mano de papá y estaba de pie lejos de la cama.
– No quise interrumpir – me excusé.
– No interrumpiste nada, solo… solo estaba agradeciendo a Sue – yo me acerqué despacito a la cama y me senté junto él – Hola Edward – lo saludó. Edward entró cauteloso a la habitación.
– Buenas tardes Charlie… Hola Sue…– saludó.
– Me alegra que hayan salido ya – en ese momento tosió con fuerza y yo lo silencié.
– Shhhh… no deberías hablar mucho papi. Yo… yo vine por mis cosas, voy a mudarme con Edward – confesé sonrojada.
– Van… ¿van a vivir juntos? – yo asentí – Bella…
– Bella pronto será mi esposa Sr. Swan, aún no se lo he pedido de manera formal porque estoy esperando una ocasión especial para hacerlo… Ella lo merece – papá asintió despacito y luego sonrió – Además la bebé necesita cuidados especiales y no voy a dejar a Bella sola en esto.
– Ella… ¿ella está bien? – preguntó papá tocando mi vientre.
– Si, estamos bien. Edward es un poquito exagerado papá – le sonreí para luego hacerle una mueca divertida. Él, a cambio me regaló una sonrisa torcida… Canalla
– Entonces… ¿Ya no te veré por acá Bells? – preguntó con tristeza. Yo negué…
– No con la misma frecuencia, pero voy a estar muy pendiente de ti… aunque sé – volteé a ver a Sue – Sé que estas en buenas manos.
– Te quiero pequeña – me abrazó con fuerza mi padre. Yo sollocé en su pecho mientras respondía a su abrazo.
Unos minutos después Charlie le di una divertida charla a Edward sobre cómo ser padre. Me quedo con una de sus frases:
"Cuando veas a tu bebé sonreír a pesar de ser las 4 a.m. y te mueras de sueño…
Es allí cuando mas disfrutaras del hecho de ser padre. Tu mundo se vuelve de cabeza y a ti… al final… ya no te importa con tal de volver a verla sonreír una vez más"
Salimos de la habitación de mi padre rumbo a la mía. Era muy poco lo que debía llevar, mis cremas, perfumes y una que otra joya. Mientras guardaba todo en una maleta me di cuenta que sobre la mesita de noche estaba la caja con los diarios. Guardé los 4 pequeños libros de mi abuela y cerré la maleta. No me interesaba saber nada más que hubiese en los diarios de mi abuelo, no lo hubiese podido soportar tampoco.
Esa tarde nuevamente almorcé de manos de Chef Edward, mientras él dejaba la bandeja en la cocina llamé a Ángela y después de hacerle prometer que mañana iría a la nueva casa con todos los pendientes de la empresa para trabajar desde allí, me senté en la cama y abrí mi maleta. Los diarios estaban allí listos para ser leídos, los tomé con cuidado y los dejé sobre la cama.
– ¡Los platos quedaron limpios! – Entró Edward a la habitación, yo estaba con la mirada perdida en los diarios. Él se acercó a la cama y se sentó junto a mí – ¿Estás segura que quieres esto Bella? – yo asentí despacito.
– Necesito saber cómo terminó todo… Como se apagó la vida de mi abuela – le dije mientras tomaba el cuarto diario.
– ¿Quieres que lo lea yo? – me preguntó, yo negué rápidamente.
– Solo… solo abrázame – el asintió y despacito se acomodó detrás de mí rodeando mi cuerpo con el suyo. Busqué el lugar donde me había quedado, aquél fatídico día cuando el abuelo de Edward había buscado a mi abuela en su casa. Después de esa entrada no hubo nada más hasta pasados varios meses.
Respiré y empecé a leer en voz alta….
.–.–.––.–.–.–
Febrero 24, 1951
El día está cerca, lo puedo sentir... El bebé se mueve muy poco ya y mi vientre se contrae de manera dolorosa ahora con más frecuencia. Según el último chequeo debo estar en los días previos, cuatro de acuerdo al calendario del doctor.
Cuatro días es lo que me queda para conocer al pequeñito que por nueve meses ha sido mi alegría, la única desde que Edward abandono por completo mi vida. Mi pequeñito, el que sin saberlo cambió por completo los planes de su madre.
Cuatro también han sido las semanas que he pasado encerrada en esta maldita habitación, cuatro semanas desde aquella maldita noche de viernes.
Estaba sentada en una pequeña mecedora muy cerca de la ventana de mi habitación. Estaba leyendo un libro de Richard Wright, era uno de los escritores más importantes de la década y "Black Boy" era uno de los lanzamientos que la editora de Charles había publicado a inicios de este año. Despreocupada pasaba una mano por mi abultado vientre mientras con la otra cambiaba las hojas. Estaba tan concentrada en la lectura que nunca escuche la puerta abrirse.
– Amor – escuché su voz susurrar a mi oído.
– Buenas noches – respondí de manera seca. Charles apartó mi cabello a un lado y besó mi cuello.
– Te ves hermosa leyendo – masculló mientras besaba mi oreja. Me removí incomoda al sentir sus caricias – Marie – gruñó... – ¿Hasta cuando me vas a rechazar? – preguntó susurrándome cerca de mi mejilla. En ese momento percibí un fuerte olor a alcohol.
– Estas ebrio Charles – dejé el libro sobre mi regazo y le di una mirada asesina – Será mejor que salgas de mi habitación.
– Marie – volvió a gruñir, esta vez tomándome del brazo y poniéndome de pie de un solo impulso. Me acercó a su cuerpo y un desagradable olor de perfume barato me llegó.
– Veo que no pudiste aguantar las ganas de acostarte con una mujer... La pregunta sería ¿Estuvo ella de acuerdo o también tuviste que violarla?
– ¡Basta Marie! – me sacudió con fuerza, lastimando mi brazo. Yo intenté liberarme de su agarre pero fue inútil
– Sal de mi habitación Charles, me estas lastimando – le grité.
– ¿Sabes algo Marie? – Me susurró con su aliento a ron y a unos cuantos besos de alquiler – Esta tarde salí a celebrar, con la parte que me cedió Edward, Swan Editors se ha convertido la mayor editora del país liderada por un solo socio. Merecía una celebración y estuve bebiendo toda la tarde... Mi amor, nuestro hijo va a heredar una fortuna, una fortuna incalculable.
– Va a heredar algo ilegal, porque la compañía le pertenece a Edward – mascullé con rabia. Sus ojos se inyectaron en furia.
– No importa que haga, o como lo haga... ¡Maldita sea! ¡Siempre vas a estar del lado de Edward! ¡Ya basta Marie! Edward ya salió de tu vida... Para siempre… ¿Lo entiendes?
– ¡No! – Dije entre sollozos – Edward jamás saldrá de mi vida porque en mi piel están tatuadas sus caricias, en mi alma está grabada la huella de su amor. Y eso es algo que tú, Charles Swan ¡Jamás lograrás!
– Te tomé para mí porque te amo, te alejé de Edward porque te amo... Te hice mi...
– ¿Que hiciste qué? – Interrumpí entre balbuceos nerviosos – ¡Tú...! ¡Tú acabas de decir que me alejaste de Edward! – Charles desvió su mirada – ¡Habla Charles! ¿Qué hiciste? – golpeé su pecho con mis puños mientras mis lágrimas mojaban su ropa.
– Nunca hubo otra mujer Marie... Edward venía a casarse contigo y yo tenía que detenerlo de alguna forma. Yo retrasé su regreso a Chicago – soltó en un susurro – Mi amor, pero eso ya es parte del pasado... Tú eres mi esposa ahora y vamos a tener un bebé. Yo soy...
– ¡Un maldito bastardo! – Le grité empujándolo con fuerza y liberándome de su agarre – ¿Cómo...? ¿Cómo pudiste hacer eso? Charles... ¿Cómo pudiste? – Dije con mi voz ahogada en sollozos – Yo amo a Edward... ¿Por qué me alejaste de él? El es mi vida Charles... ¿Cómo? – caí de rodillas y cubrí mi rostro. El se acercó enseguida y se agachó muy cerca de mí.
– Yo te quería para mi Marie... ¡Entiende que lo hice por amor! – intentó consolarme pero yo aparté su mano de mi cabeza rápidamente.
– ¡No me toques Charles! Ni siquiera te atrevas a tocarme – de inmediato me puse de pie y caminé hasta la puerta.
– ¿Dónde vas? – preguntó tomándome del brazo y deteniéndome momentáneamente.
– ¿A dónde crees que voy? Necesito decirle esto a Edward... ¡Él debe saber la verdad! – grité con furia. Charles me dio una mirada de odio y se interpuso en mi camino.
– ¡Tú no vas a ningún lado Marie! – Espetó – No voy a permitir que mi mujer se convierta en una puta y vuelva a los brazos del hombre que la abandonó.
– Él no me abandono Charles – lo empujé pero esta vez no logre apartarlo de mi camino – ¡Tú nos separaste maldita sea! ¡Edward y yo íbamos a ser felices! ¡Y tú lo arruinaste todo! Yo lo amo a él... Entiéndelo de una vez Charles – lo mire con rabia y volví a gritar – Marie Morgan amará a Edward Cullen hasta el ultimo día de su vida... – enseguida y sin siquiera esperarlo su mano se estrelló en mi mejilla. Esa noche, con muchos tragos encima y después de haberse acostado con alguna mujerzuela, Charles Swan me golpeó por primera vez.
Di un paso atrás llevando mi mano a mi enrojecida mejilla, Charles me miró con semblante torturado e intento acercarse a mí.
– Si crees que una cachetada me va a detener estás equivocado – mascullé con furia – Cada vez más me convenzo que el padre de mi hijo es un animal...
– Marie, mi amor... Yo lo siento. No quise lastimarte, pero tú...– alcé una mano para detener su discurso.
– Ahórrate tus palabras Charles Swan... Ni siquiera vale la pena escucharte – me puse en camino a la puerta pero él me detuvo.
– Si tú llegas a decirle algo a Edward, Marie… ¡Te juro que lo mató! Yo soy capaz de matar a Edward Cullen si tú abres la boca…Así que decide: o es la verdad o es la vida de Edward. Piénsalo bien mi amor – acarició mi mejilla lastimada y salió rápidamente de la habitación. La puerta que tenía un pestillo de seguridad en la parte externa fue cerrada y asegurada para que yo no pudiera salir.
No valió de nada gritar, forcejear, llorar por varias horas. Nadie pensaba mover un dedo para ayudarme
– Edward mi amor... ¡Regresa por mi! ¡Te necesito! ¡Te amo! – gritaba con fuerza cerca de la puerta.
Esa noche y apenas pude dormir, entre sollozos pedía a alguien que abriera la maldita puerta y me saque de allí. Pero de nada sirvió… Mis gritos fueron inútiles al séquito de empleados que trabajaban para Charles, quién los aleccionó de tal manera que apenas si me pasaban la bandeja de comida tres veces al día y con precaución extrema de que no me escapé.
Mis días se volvieron un infierno, cada hora buscando un plan para correr donde Edward y decirle la verdad. Pero al recordar que su vida podía correr peligro por mi culpa todos los planes se iban por la borda.
Una tarde mientras me estaba bañando mis piernas se mancharon con sangre, sangre que venía de mi vagina. Me asusté mucho y enseguida me limpié con agua y jabón. Temí por la vida de mi bebé, ya que la mía me daba lo mismo. Si vivía, si moría… para mí era lo mismo. Corrí hasta la cama y me acosté con las piernas en alto, y así me mantuve por varias horas hasta que vi que era seguro no volver a sangrar. Desde ese día fuertes punzadas aparecen en mi vientre por las noches, no he querido decir nada ni a los criados ni a Charles. No quería saber nada de nadie, ahora éramos mi bebé y yo contra el mundo…
Me he hecho a la idea que este pequeño será mi salvavidas. Al principio fue difícil para mí aceptarlo pero el bebé era una parte de mí y aunque no fuese concebido con amor, con el amor con que yo esperar concebir los hijos que le daría a Edward, al final era mi hijo… un pequeño inocente que no pidió venir al mundo.
Y aunque el amor a mi hijo me ayude a llevar esta vida de una manera menos dolorosa, no podrá suplir jamás la ausencia de Edward en mi vida. Aquel hombre que me salvó, que me amó, y a quien yo también estaba salvando, a quien con mi último sacrificio le estaba permitiendo seguir siendo feliz…aquel hombre viviría por siempre en mi recuerdo y en mi corazón.
Diario… presiento que algo no saldrá bien en el parto, lo sé. No quisiera irme y dejar a mi pequeñito con Charles, pero si no sale todo bien quiero que mi hijo sepa que lo amo, que le deseo lo mejor y que espero que sea un gran hombre. No quiero pensar que esto es una despedida pero sí lo es así…
Edward,
Nos veremos algún día mi amor…
Te amará hasta el final
Marie.
.–.–.––.–.–.–
– Bella – escuché el sollozo de Edward muy cerca de mi oído y sus brazos estrecharme más a su cuerpo. Yo temblaba con fuerza y no podía parar de llorar. Mis lágrimas habían empezado a caer casi desde el inicio del relato y al llegar al final se volvieron sollozos desesperados.
– Edward… ella… ella lo salvó – dije hipando y tratando de controlar mis sollozos – Mi abuela Marie se sacrificó por él.
– Lo sé amor, lo sé – me volvió a susurrar mientras me mecía muy despacito en sus brazos – Mi abuelo jamás supo la verdad, él amó toda su vida a su pequeña Marie.
– ¿Te das cuenta de algo Edward? – Pregunté volteándome. Tomé su rostro entre mis manos y miré sus ojos llenos de lágrimas – ¿Te das cuenta que si las cosas no hubiesen sucedido de esa manera tu y no estaríamos aquí, en este momento, en esta casa y esperando a nuestra bebé?
– Ellos querían que nosotros fuéramos felices – susurró despacito, yo asentí.
– Y lo seremos, en su nombre lo haremos mi amor. Lamento tanto lo que pasó con tu abuelo… de verás lo siento.
– Shhhh – dijo acariciando mi cabello – No hay nada porque disculparse amor…shhh – me estrechó nuevamente entre sus brazos y así estuvimos varias minutos. Rindiendo un homenaje silencioso al gran amor de Edward y Marie, nosotros sus nietos Edward e Isabella.
Edward comenzó a tararear mi nana un poco después y de a poco fui quedándome dormida en sus brazos. Mi último recuerdo de esa tarde fue haberme acomodado en las almohadas y haber escuchado la voz de Edward hablarle a mi vientre.
Desde que dormía en los brazos de Edward ya no tenía pesadillas ni sueño extraños, todo era muy pacifico ahora. Sentí a Edward moverse de la cama un momento, pensé que iba al baño pero al ver que no regresaba salí de la cama para ir en su búsqueda. Me calcé las pantuflas y abrí despacito la puerta de la habitación, cuando iba a bajar las escaleras escuché su voz en la sala, quise bajar corriendo hasta que me percaté que no estaba solo.
– Shhh… Alice ¡La vas a despertar! – masculló Edward.
– Es que yo quería verla. Tengo millón ideas de vestuario para Elizabeth y necesito la aprobación de Bella.
– Hermanita, Elizabeth aún no sale de la panza de Bella y le has hecho un guardarropa más completo que el tuyo – dijo entre risas.
– No me culpes, es mi primer sobrina aunque no la última verdad – alcancé a ver a Edward negar.
"La habitación azul" pensé para mí. Cierto era que primero debíamos saber cómo íbamos a sobrevivir con Elizabeth en casa como para pensar en otro bebé pero el futuro no se veía tan mal, yo también quería un mini Edward en casa.
– ¿Has hablado con Emmett? – preguntó Alice.
– Si, debo regresar al bufete mañana. Aceptó tenerme en su equipo por tercera vez – habló con tristeza.
– ¡Entonces ya tienes trabajo! – dijo con tono alegre, vi a Edward negar.
– Si, pero aun así no alcanza para la hipoteca. Necesito hacer algo Ali, no sé… tomar casos especiales, tener un trabajo por las noches, tejer bufandas de lana, puedo incluso trabajar los fines de semana de cadi en el campo de golf – agarró con rabia su cabello y agachó la cabeza – Necesito algo más, necesito tener el dinero para pagar el regalo de Bella.
– Edward… Algo se nos ocurrirá, no te desesperes que el primer pago es en enero y aun hay tiempo – le habló Alice y Edward se tranquilizó un poco – Será mejor que me vaya, esta tarde viene Jasper y debo recogerlo en el aeropuerto. Te quiero hermanito, y quédate tranquilo… Tengo la certeza que de alguna forma se arreglara todo.
– Gracias Ali – respondió con voz torturada Edward. En ese momento prácticamente corrí hasta la habitación y cerré la puerta. Me senté en la cama y acaricié mi vientre.
– Papá está endeudado por nosotras mi bebé… Papá también se está sacrificando y eso no debería ser así – En ese momento y como si fuese una profecía recordé las palabras que esa tarde había leído en el diario.
"Va a heredar algo ilegal, porque la compañía le pertenece a Edward"
Tomé rápidamente de mi bolsa mi teléfono celular y marqué un número que tenía guardado en la libreta telefónica. Debía ser rápida si quería que Edward no se enterase de nada. Al tercer repique contestaron la llamada.
– Hola Emmett – hablé despacito cuando escuché su voz al otro lado – Es Bella… y necesito de tus servicios – sonreí satisfecha al pensar que había llegado la hora de regresar todo a su dueño original…
¡Mis pequeñas! Un nuevo capítulo de esta historia… Cuantas acertaron a que era Matt el de la habitación? Algunos círculos empiezan a cerrarse ya, el final esta cerca. ¿Qué piensa hacer Bella? Este capítulo ha traído de todo, nervios, amor y algo de lemmon jejeje par de insaciables conejos!
Debo agradecer por todos los reviews y mensajes privados que recibí el capitulo anterior. A las nuevas lectoras bienvenidas! Sus alertas, favoritos y tweets siempre me alegran la vida. Un enorme saludo a: Naobi Chan, martinita, PalomitaCullen, Erendira, klaiva, Mentxu Masen Cullen, Tata XOXO, Caelius, Sayuri1980, jebell Cullen-Swan, yolabertay, Belewyn, , Shandra1, MELI8114, Yuri, karla-cullen-hale, VictoriamarieHale, LIZZY CULLEN, Negriithaah, Chuvi1487, SalyLuna, Linferma, NuRySh, Danny Masen Patt, rosa masen Cullen, whit cullen, Clauditha, Sky Lestrange, lauriss18, est cullen, Gegargas, .Cullen, claudia cullen xD, ivelita cullen, Carigt05, Yira27, Estteffani Cullen-Swan, Tandr3a29, kellys, AVampireYouCan'tSweatOut, felicytas, Marchu, Angeles Nahuel, zujeyane, vivi s, Carmen Cullen - . i love fic, mcph76, gpattz, EdithCullen71283, Yzza, mhae1982, silves, bellaliz, CindyLis, RED REAPER LoMy adictalfanfic, FresCullen, L'Amelie, vasy palma Mallorca, jazmin Li, Sully Yamileth Martinez, sandritav, Ely Cullen M, joli cullen, Myownvampires, SsiL, Luchii, Blapagu, katlyn cullen, Mary de cullen, Laura Katherine, Verota, dunia . elizah gmail . com, E . M . C . , diana, DianElizz, Bethzabe, Alcestis Cullen, yessenya, magymc, Isita Maria, Ursulax, NinnaCullen, ludgardita, anatomica15, LALALA, V, loquibell, Alexandra Shinomori, vasilica, Adriu, larosaderosas, Partisan11, ericastelo, Caro Rosero, yukarito, Bea, Gaby Acurio, Kdaniela, a las lectoras escondidas por allí y a todas mis pequeñas del twitter. Si olvido a alguna… ya saben!
La historia empieza a llegar a su fin. El siguiente será el penúltimo capítulo *nenis seca sus lagrimas* Pero hey! No todo es tristeza, mi loca cabecita ya ha empezado a escribir la siguiente historia y espero verlas allá en unas semanas.
Como siempre mi amor para mi betita Isita! Gracias por el aguante! Y sorry por levantarte hoy… un gran día nos espera! Yo llevo las palomitas y tú la cerveza jajaja
¿Qué les ha parecido este capítulo? Las leo en los reviews… Una vez más, gracias por su apoyo a Twisted Plans y sus casi 2,000 reviews!
Besos… y nos leemos pronto, preparen su corazón para los siguientes capítulos. Vienen de infarto!
