Capítulo 35: Xenia(Hospitalidad)
Un pedazo de carne roja considerablemente grande se asaba sobre el fuego de una fogata armada en medio de la playa. De cuando en cuando el susurro de la lumbre se elevaba debido a las gotas de jugo que caían de la carne. Un niño observaba fascinado este espectáculo (hacía varios meses que no tenía el lujo de probar carne roja); casi como si su mirada pudiera acelerar el proceso de cocción de la carne.
-"Adh seidh."- La entonada voz llegó acompañada de una sombra larga. –"Deja de mirar el fuego así. No querrás terminar como Polifemo."- Terminó aquella oración arrojando un pequeño chorro de la bebida que llevaba consigo en el fuego, ocasionando que éste revoloteara y despidiera una tenue luz azulada. El niño brincó debido al susto y se alejó un tanto de la lumbre.
-"No haga eso."
-"¿Es una orden?"- El Santo de Escorpio se agachó y sujetó con fuerza la oreja del niño. Era sorprendente cómo aún después de casi dos años de enseñanza, aún no había aprendido a mantener la boca cerrada.
-"No."- El niño no tuvo más remedio que rendirse. Gruñó con molestia una vez que sintió su oreja ser liberada.
-"Eso pensé."- Sorbió un poco del líquido transparente de su vaso. –"Además, no podíamos olvidar la libación a los Dioses. ¿O querrás acabar como Hirieo siendo castigado con un hijo como Orión?"
-"Orión había sido su premio."- Corrigió.
-"No, no. Orión fue su castigo porque seguramente no les dio vino a los Dioses. Recuerda, Adh seidh: nunca te olvides de ofrecer alcohol."
Milo no encontró las palabras adecuadas para responder a las de Ewan.
-"¿Cuánto falta?"
La pregunta referida a la comida se alzó. A los pocos minutos, tanto el maestro como el alumno disfrutaban de un par de trozos de carne que fue bien recibida por sus estómagos.
Milo mantenía su vista firme en el camino que Camus había recorrido la noche anterior. El guardián de la Octava Casa suspiró mientras recargaba parte de su peso en una de las muchas columnas de su Templo.
Todos se habían ido. Camus estaría en Siberia un buen rato. Saga ya no parecía tener ni tiempo ni ganas de estar con él. Ewan ya no era una opción, al menos no por ahora. Kanon. Para lo que Milo sabía, él podía estar muerto. Dejó caer todo su peso al suelo. Su mirada ahora se mantenía fija en el irregular piso de la entrada del Templo del Escorpión Celeste.
Milo tendría qué pensar en cómo mataría el tiempo por el resto de los meses (posiblemente también de los años). Hasta cierto punto tuvo algo de suerte debido a que en ese momento una nueva pero ya conocida presencia apareció en la Octava Casa. El Santo de Escorpio alzó el rostro con algo de incredulidad hasta que sus ojos se posaron en un par de párpados cerrados. Le tomó varios segundos poder reconocer la grácil figura que se levantaba ante él.
-"Por todos los Dioses."- Comentó casi riéndose
-"¿Disculpa?"- La serena voz contrastó enormemente con el fuerte, casi ofensivo, tono del Santo de Escorpio. Aquella era una voz dulce, tranquila y, sin embargo, firme y segura. Una extraña combinación.
-"Shaka de Virgo. Han sido muchos años ya ¿no lo crees?"- Se puso de pie no para poder conversar con su interlocutor cara a cara, sino para aprovechar aquel movimiento y permitirse una mirada más exhaustiva al Santo de Virgo. Pudo olfatear el picante y dulce olor del Caballero y casi pudo tocar la delgada capa que rodeaba gran parte de su Armadura. –'Como un sari.'- Pensó. Por otro lado… los saris solo eran usados por las mujeres hindúes. Aclaró su garganta, sintiéndose tan avergonzado por aquel pensamiento como si lo hubiese dicho en voz alta.
-"Así parece, Milo de Escorpio."- Casi se podía notar un tono molesto en las palabras del Santo de Virgo.
-"Recordaste mi nombre. No esperaba que lo hicieras."
-"No suelo olvidar a las personas. Especialmente si se trata de uno de los 12."
-"Me siento honrado al recibir la aceptación del Santo más cercano a ser un Dios."- Se inclinó con un ligero tono burlón.
-"¿Debo de compartir el sentimiento al ser llamado de ese modo por ti?"- La actitud bulliciosa de Milo no parecía caerle demasiado en gracia al guardián de la Sexta Casa.
-"Solo dije lo que los demás dicen."
-"Eso es obvio. ¿Por cuánto tiempo más planeas detenerme? Solo quiero saber si debo de exigirte hospitalidad o no."
-"No te detendré más. Cuando regreses y tengas tanto tiempo como disposición podrás recibir una digna bienvenida helénica."
-"Que así sea entonces."
Shaka siguió su camino a través de las 12 Casas mientras Milo lo observaba entre divertido e intrigado.
-"El hombre más cercano a los Dioses."
Milo no sabía que los Dioses pudiesen ser tan poco humanos.
Camus de Acuario caminaba entre las pocas calles existentes en Ambarchik. El Sol aún no se dignaba a salir por el horizonte y probablemente no lo haría sino hasta el próximo mes. Con tan solo una semana en el Santuario, el francés había aprendido a acostumbrarse una vez más al día y la noche. Ahora tendría que adiestrarse de nuevo a los días de 6 meses. Al menos por ahora era de noche. Era cuando el Sol aparecía que a Camus le molestaba vivir a semejante latitud. Por ahora aprovecharía la calma de la noche y el brillo de la Aurora Boreal y se dedicaría a algo más interesante: educar a un aprendiz cuyo rostro aún desconocía.
Una figura cubierta por una gruesa chamarra gris se asomó por la ventana de una de las pocas casas del lugar. Camus asintió en conocimiento hacia Perchik, pero no fue sino hasta que el hombre le hizo una señal con la mano que aceptó entrar a la casa. Camus se sintió ligeramente molesto al notar que incluso ahora que era dueño de la Armadura de Acuario (la cual había optado por dejar en Grecia) no se podría librar de aquella familia.
Perchik abrió la puerta y dejó pasar al Santo de Acuario, cerrando con rapidez para evitar que el frío inundara la habitación. Camus miró con descuido el amplísimo abdomen de Nadezhda. Otra mirada de conocimiento. Eso fue todo lo que se dignó darle a la familia, ya que su atención fue inmediatamente llamada por un niño de siete años. Cabello corto y del color del olivo y una mirada, levemente desafiante, del mismo color eran las características que Camus decidió examinar con especialidad. Ignoró, sin embargo, el par de abrigos que lo cubrían y la insistencia con la que acercaba sus manos a la chimenea frente a él.
-"Este es Isaac."- La delicada voz de Nadezhda contestó la pregunta sin pronunciar de Camus. –"Ha llegado ayer en la mañana con un enviado del Santuario. Dijeron que está aquí para ser tu alumno."
-"Eso es lo que tengo entendido."- No dejó de mirar al niño. Con descaro sujetó su mandíbula, alzando su mano para poder echarles una mejor mirada a los escandinavos rasgos de Isaac. –"¿Ayer en la mañana?"- Sí, Camus se había tomado su tiempo para llegar a Siberia. Simplemente no tenía excesivas ganas de hacerlo. -"¿Cuál es tu signo?" - Aún no soltaba el rostro de Isaac.
-"Acuario."- Camus hizo una mueca de desagrado al notar el obvio tono provocador del niño.
-"¿Y de dónde eres?"- Elevó su voz e hizo que la misma sonara un poco más grave. No tenía intenciones de ser el maestro del niño, pero si tenía que serlo, al menos se encargaría de enseñarle un poco de modales. No importaba de qué modo tuviera que inculcárselos.
-"Helsinki."
Camus dejó escapar una pequeña risa.
-"Helsinki."- Repitió divertido. –"Un poco más y me traían a un chico de Sudamérica. Con razón tienes tanto frío."- Sabía que sus palabras habían sido exageradas pero le divirtió decirlas. –"Quítate eso ¿quieres? De tan solo verte me da calor."- Camus recordaba aquel día en el que pisó Siberia por primera vez. Desafortunadamente estos recuerdos solamente consistían en imágenes. Poco quedaba en su mente del frío que había sentido en aquellos días. Esperó por unos segundos y el niño no respondió a su orden. –"Camus de Acuario. Ese es mi nombre. De ahora en adelante me obedecerás en todo. ¿Has entendido?"- El niño no contestó pero asintió a regañadientes. Sin embargo, no parecía tener intenciones de quitarse uno solo de los abrigos. Camus elevó su rostro hacia Perchik quien lo miraba con desaprobación a tan solo unos metros de distancia. –"¿Trajo algo consigo?"
-"No. Solo la ropa que trae puesta."
-"¿Eso incluye los abrigos?"
-"No."- Murmuró.
-"Bien."- Miró de nuevo a su aprendiz. –"Entonces quítatelos para que se los podamos regresar a Perchik. Después de eso nos iremos a donde entrenarás durante los próximos años."- Camus comenzó a caminar hacia la puerta.
-"Tengo frío."- No fue una queja. Fue tan solo una noticia. Isaac no saldría de aquella casa que, si bien no era cálida, era mucho mejor que el cortante frío del exterior. Al menos, no quería hacerlo.
-"Lo sé. Por eso te estoy diciendo que te quites los abrigos."- Apenas y pudo contenerse al ver la mirada de odio que el niño le propinó. –"¿Quieres ser un Santo de Atena? Entonces no puedes echarte frente a una chimenea porque 'tienes frío'. Si deseas quedarte aquí dímelo de una buena vez para poder regresarme a Grecia. No estoy para andar perdiendo mi tiempo con alguien tan insolente como tú."
Isaac finalmente se dio por vencido y se quitó los abrigos para luego dejarlos sobre una silla que tenía cerca. Se despidió pobremente de Perchik y de su hija y finalmente salió de la cabaña, siguiendo en silencio al Santo de Acuario.
Camus, por su parte, tenía en mente algo más importante que el disgusto que había acabado de tener. Sí, el niño obviamente era problemático pero solo lo era porque tenía frío y miedo. Estaba casi seguro de que en otras condiciones hubiese sido sencillo apaciguarlo. Sin embargo, el Patriarca lo había descrito como un aprendiz al que era casi imposible enseñársele. Supuso que las razones por las cuales Arles lo había mandado aquel lugar eran mucho más lejanas de lo que tenía pensado.
Prefirió no indagar más en ello. En su mente no se aceptaría a sí mismo como un proscrito.
-"¿Milo?"
La lozana voz perturbó el sueño del Guardián de la Octava Casa. Abrió los ojos y movió su cabeza en dirección a su puerta. Pensó que la voz había sido tan solo su imaginación, por lo que cerró los ojos una vez más e incluso se dio vuelta sobre su estómago.
-"¿Milo de Escorpio?"
De nuevo aquella voz. ¿Tal vez no era un sueño después de todo? Su mente en esos momentos seguía más en el mundo de la inconciencia que en el de la vigilia por lo que, en lugar de confirmar sus sospechas de que alguien lo llamaba con insistencia, se limitó a cubrir su cabeza con una almohada.
Fue debido a este curioso casco que no pudo ver cuando su visitante entró a su habitación sosteniendo en una de sus manos una pequeña lámpara de aceite.
-"Milo de Escorpio. ¿Acaso esto es a lo que llamas hospitalidad helénica?"- Las palabras denotaron presunción.
Aparentemente, tantas palabras coherentes juntas fueron prueba de que la imaginación de Milo no era la responsable de aquellos curiosos sonidos. Finalmente se atrevió a quitarse la almohada de la cabeza y miró hacia la luz, cerrando su ojo izquierdo debido a que sus pupilas aún no se acostumbraban al cambio de la iluminación.
-"Mis disculpas. No esperaba que regresaras."
-"Eso veo. Lo lamento. Obviamente vine en mal momento. Regresaré en otra ocasión."
-"No." 'Primero me levantas y luego dices que te vas. Que fácil ¿no?'- Milo insistió poniéndose de pie. Sabía que no tendría demasiadas oportunidades de hablar con el Santo de Virgo. Si quería mantener su morbo en pie, debería de aprovechar la situación. –"Cualquiera que entre en territorio griego es un huésped. Así que vamos, Atis."- La última palabra la pronunció al momento de salir del cuarto.
-"¿Atis?"- El Santo de Virgo lo siguió hacia la cámara común.
-"Es una leyenda."
-"¿De qué tipo?"
Milo no estaba acostumbrado a que le preguntaran sobre ese tipo de asuntos. Obviamente Ewan había hartado a todos los del Santuario con su manía de los apodos y ya nadie preguntaba sobre ellos. Shaka solo había visto a su maestro una vez y no fue suficiente como para hacerlo digno a uno de sus sobrenombres. Milo lo había atrapado relativamente desprevenido.
-"De Asia Menor. Servía a la Diosa Cibeles en Frigia."- No consideró necesario hacer el comentario de lo estricta que era Cibeles en cuanto a la castidad de sus sacerdotes se refería. Tampoco consideró prudente mencionar el cómo el joven Atis había caído bajo los encantos de la ninfa Sagaritis y que, al ser descubierto, acabó siendo castrado. Tal vez se lo mencionaría en otra ocasión.
-"No tengo demasiados conocimientos en religiones ajenas a la Griega o a la Budista. Supongo que no me han interesado lo suficiente."- Con aquella afirmación, el Santo de Virgo decidió concluir la discusión.
-"¿Quieres café o té?"- Milo esperaba que el Santo de Virgo permaneciera en la sala común, pero sin darse cuenta, el hindú lo siguió hasta la cocina.
-"Té, por favor."- Shaka decidió sentarse en una de las sillas de la habitación.
-"Que bueno. No tengo café."- A los pocos minutos, Milo había preparado dos tazas de té que dejó reposando sobre la mesa en la que solía cocinar. Caminó entonces hacia el mueble que su maestro había utilizado como cava y sonrió satisfecho al notar que Ewan no se había ido del Santuario con todo y botellas. Vertió un pequeño chorro de wodka en un vaso de vidrio y remojó sus dedos en él para después arrojar unas cuantas gotas del incoloro líquido al suelo.
-"Tenía entendido que solo se hacía eso cuando los comensales beberían."
-"Lo que ocurre, Shaka…"- Le ofreció una de las tazas de té y se sentó frente a él. –"Es que uno nunca sabe cuándo está un Dios presente."
-"Admito que tu hospitalidad es mucho mejor y más sana de lo que esperaba. Los griegos no suelen recibir a los extranjeros con tanto entusiasmo. Al menos no en el Santuario."
-"Aye. Eso es lo que he visto. Pero mi maestro siempre me decía que un heleno que no recibía a un extranjero como su huésped, no era un heleno."
-"Extrañas palabras viniendo de un Escocés."
-"Tal vez sea porque tenía sangre inglesa."
-"Es curioso."- Tomó un sorbo de la bebida. –"Yo también."
La velada pasó sin pena ni gloria para ambos. A lo largo de los años, el Santo de Escorpio repetiría más de una vez esa tarde acompañando al Santo de Virgo con un par de tazas de té; pero ninguna de esas tardes representaban mas que el simple ritual de aceptación del uno hacia otro.
Tal vez, cuando el día lo apremiara, tomarían una segunda taza.
Comentario de la Autora: Ah... bueno... Polifemo. Supongo que varios ya saben quién es. Cíclope hijo de Poseidón que fue cegado por Odiseo con un trozo de leña encendida.
Hirieo era un labrador que un día recibió a Zeus, Poseidón y a Hermes con mucha hospitalidad. Como agradecimiento, los dioses le cedieron un deseo y éste fue un hijo (etto... este niño fue engendrado cuando los dioses orinaron sobre la piel de un buey que Hirieo había sacrificado para ellos). El niño, por supuesto fue Orión.
No sabía cómo poner que Shaka hablara. En el manga (¿y en el anime? no recuerdo bien eso), Shaka habla con extrema formalidad (con el vosotros y todo el asunto). Quería hacer lo mismo aquí... pero sé que soy muy mala con eso de la plática formal y que a la larga comenzaría hacerlo mal así que mejor me alejo de eso y pongo que habla como mexicano con clase.
Originalmente iba a hacer que Shaka y Milo se llevaran mal. No me salió ¿por qué? En realidad no sé... pero simplemente no salía natural. Por eso les puse una actitud mas bien indiferente. Tal vez esto cambie en un futuro. No lo sé.
Isaac... no... no lo odio. De hecho me cae bien. Pero en la situación en la que puse a Camus, me di cuenta que no podía llegar a Siberia diciendo "¡Huy! ¡Fabuloso! ¡Soy maestro!" Con el paso del tiempo Camus aprenderá a quererlo... a su manera. Pero por ahora no le pudo haber caído en un peor momento.
Cibeles. Tengo entendido que esa Deidad no era tan ajena a la zona occidental (incluso se llegó a adorar en Roma), pero para mis fines era necesario poner que Shaka no supiera de ello. No es porque haya considerado a Shaka demasiado obstinado como para preocuparse por otras religiones, simplemente era necesario para la 'broma'.
Phew... mucho comentario en este capie. Ojalá les haya gustado. A mí me pareció lindo. No bueno, pero lindo. ¡DANKE
