Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 33
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BPOV
Dedos fríos recorren la silueta marcada en tinta negra de mi tatuaje izquierdo, la agonía mezclándose con mi desesperanza, el reloj moviéndose tan lento como lo era aquel en la pared frente a una embarazada antes del parto. Presioné la yema del pulgar en la palidez de mi piel, logrando que la sangre se esparciera alrededor de las venas de mi muñeca. Incluso así, no logré tranquilizarme. Hubiese dado cualquier cosa por probar una copa del whisky más caro para quemarme las amígdalas.
Rose junto a mí no parecía de mejor aspecto; comiéndose las uñas en un rápido movimiento de sus piernas.
—¿Qué son 3 años, Bella? —susurró. Cerré los ojos ante la difusión de su voz, rebotando la parte trasera de mi cabeza en el respaldo de la silla— ¿Qué son 3 años de cárcel?
Mi garganta emitió un bufido doloroso. Todos los sinónimos que le siguieran a la palabra furia me representaban; ira, cólera, rabia, coraje.
No era justo. No era justo. No era justo.
—Emmett va a salir en unos meses, no lo van a tener ahí 3 años. Tendrá un comportamiento ejemplar y entonces lo enviarán a casa de nuevo.
—No en Jacksonville.
—Pero libre.
La sentencia no nos pilló por sorpresa, Charlotte nos había advertido en el comienzo del juicio hace tres meses atrás, pero eso no quería decir que estuviera resignada. Mantuve la esperanza, la pequeña de todas, que hubiese una pena considerable para él. La prisión preventiva no era suficiente para mí, y ellos esperaban que las niñas hubiesen aparecido dañadas para prestar atención. Aunque la jueza había determinado regresarlo a Hungría y negarle el ingreso a Estados Unidos durante un tiempo, no me conformaba.
—Si hubiese hecho las cosas bien desde el principio…—Rose jadeó y se tapó los ojos. Me moví incómoda en mi lugar, girando la punta del pie en todas direcciones, mientras Rose sollozaba encogida de espalda, como en sus días malos. El maquillaje se esparció por sus mejillas, volviéndose un desastre. Así era a veces, llorar como si nada más importara— No quiero que pienses que estoy llorando por él, no estoy llorando… no estoy sintiendo… no estoy…
Le interrumpí.
—¿Todavía lo quieres?
Se dio la vuelta para hacerme frente, con un leve temblor en su labio inferior.
—No lo sé. —contestó, sincera— Pero él no me hace bien y cada vez que vengo aquí tengo que escuchar su nombre y entonces todo es un caos en mi cabeza.
Asentí, tomando mi botella de agua del regazo y ofreciéndosela.
—Está bien, hoy es la última vez que estaremos aquí. No lo verás por un largo tiempo, te lo prometo.
Sin embargo, cuando a Emmett lo derivaron al carro policial, quisiéramos o no, lo tuvimos que ver de todas formas. Sentí a Rose tensarse a mi lado, pero estaba tan pendiente de la cara de Emmett, que no pude decirle nada para tranquilizarla. No creo que fuera odio o repulsión lo que sentía hacia su persona, pero sí mucha indignación. Mamá decía que él era una persona con muchas malas decisiones, que era tan inestable como Rosalie, pero que no era malo. Yo no sabía qué pensar.
Él se detuvo cerca de nosotras, moviendo las manos que yacían esposadas.
—Rose. —llamó, empujado por los demás que le pedían seguir su camino, aunque él no se dejó guiar, ni dejó de mirarla— Rose… —repitió— ¡Rose!
Ella no lo pudo enfrentar, en cambio, jugó con los pulgares en su regazo hasta que él desapareció de nuestro contacto visual.
—Rose… —repitió ella esta vez, cerrando los ojos— Rose, Rose, Rose… siempre es Rose. Todo es culpa de Rose.
Edward me echó un vistazo, desconcertado, pero solo negué con la cabeza. No era la primera vez que ella hablaba sola. Situaciones como ahora, que debía enfrentarse a él, la aturdían. Ella me lo dijo antes; siempre era "Rose" la palabra que salía de su boca. "Rose, ya no te amo" "Rose, esto tiene que terminar" "Rose, todo es tu culpa" "Rose, ¿no entiendes que estoy sufriendo también?"
Estiré la mano que descansaba a cada lado del asiento, apretando la suya con afecto. Rose interpretó mi apoyo colocando encima la otra desocupada. Luego nos dimos cuenta que permanecer allí no era lo mejor para nadie, así que nos dimos prisa para salir ya al exterior. Carlisle nos invitó a un café de un puesto cercano y dejé que el líquido descendiera como una pelota caliente en mi interior, quemando todo rastro de malos ratos que aún conservaba.
Ya era suficientes de esos.
—No creo que hubiese logrado esto sola… Yo —Rose cortó el silencio colectivo— estoy segura que me hubiera rendido.
Busqué mi voz, escondida entre los escombros.
—Pero no lo hiciste.
—Lo he hecho, muchas veces. —me recordó— Pero eso quedó en el pasado, ahora me siento capaz de cosas que antes se me hacían impensables, como vivir sola, mantener una casa… no siempre viviré con Esme… y con su apoyo nada de esto sería posible. En otras circunstancias, Bonnie nos tendría a mis padres, a mí y ella se merece mucho más que eso. —tomó la taza entre los dedos, soplando contra el vapor— Se merece una familia como ustedes.
—Las familias pequeñas también cuentan como únicas. Las personas merecemos las familias que tenemos a menos que estas hayan tenido una vida de agresiones, lo que en tu caso no es así. Bonnie hubiese tenido a los mejores abuelos y una madre amorosa. Y nosotros la queremos mucho, siempre será considerada parte de la familia. Igual que tú.
—Gracias. —asintió, al borde de las lágrimas— Me tranquiliza saber que los tendrá a ustedes, ya saben… a veces ni siquiera puedo levantarme de la cama.
—No te martirices tanto por eso. —siguió Edward— Bonnie crecerá sabiendo que tiene una madre que la ama por sobre todas las cosas.
—Y por sobre cualquier enfermedad… —señalé, lo que la hizo sonreír. Limpió sus lágrimas y limpié las mías, que silenciosas rodaban por mis mejillas— Bien, será mejor que cambiemos de tema antes de que inundemos la cafetería… —ofrecí, recibiendo la aprobación de los tres— ¿Hoy no tenías que hacer el trámite de tu beca? ¿Lo hiciste?
Rose estaba en trámites para inscribirse en un curso de estética este próximo año y la beca que le ofrecían no cubría todo el costo que significaba dicho curso, así que estaba viendo si podía conseguir una beca completa y así no tendría que dividir sus gastos.
—En realidad es mañana. —aclaró— Y tengo que comenzar a ver niñeras para Bonnie, aunque si consigo la beca, no estudiaré hasta septiembre y por ahora los horarios del trabajo con su escuela me favorecen.
Ese también era un tema que Edward y yo teníamos que ver. Cuando el segundo semestre acabara y septiembre llegara, las niñas iban a estar en preescolar, lo que significaba un horario distinto al anterior, mucho más reducido y lo más probable es que chocaran con los nuestros. No quería poner esa carga en los brazos de mamá porque trabajaba igual que nosotros y Alice no podía siempre.
Cuando regresamos a casa, mamá apareció por el umbral batiendo huevos en un recipiente de metal, acompañada de sus pequeñas ayudantes que vestían graciosos gorros de cocina. La ayudante Bonnie rebotaba un mezquino contra sus rodillas y la ayudante Lulú se ocupaba de comer galletas de canela, las últimas que quedaban de la navidad.
Cada una además llevaba un delantal rojo en el pecho, lo que era de gran ayuda porque este estaba manchado de tal forma que pensé que iba a ser difícil que la lavadora lo limpiara.
—¡Estamos cocinando omelette! —chilló Bonnie, ansiosa por regresar a la cocina.
Louisa, en cambio, sacó disimulada una galleta escondida en su bolsillo del pantalón, juntándola con la otra que tenía en la mano y sonrió con las migajas impregnadas en toda su barbilla.
—Cocinar es divertido. —dijo, antes de dar media vuelta y seguir los talones de Bonnie de regreso a la cocina con mamá.
Edward se aclaró la garganta, llevando el puño cerca de su boca.
—Qué te diviertas, niña galleta. —murmuró no lo suficientemente alto para que lo escuchara.
Ayudé a mi madre a limpiar el desorden después del desayuno y a meter los delantales en la lavadora, esperando en silencio que el detergente quitara todas las manchas de huevo y mermelada de frambuesa. No quedaba ningún omelette en los platos, lo que hizo feliz a las chicas, preguntando si podían cocinar de nuevo la próxima vez.
Bonnie me jaló del pantalón en tanto que esperaba que el sonido de la lavadora se detuviera, dejando una bolsa del resto de galletas en mi mano. Algo tenían las galletas caseras que a las dos las volvían locas.
—Son para ti, para Louisa y para Edward.
—¿Y las tuyas?
—No las quiero, a Louisa le gustan más que a mí. —se encogió de hombros.
Sonreí.
—Gracias, cariño, es muy amable de tu parte. —respondí, rodeándola con los brazos y luchando para no apretarle la cara. Bonnie era igual que esas muñecas de porcelana, salvo que sus ojos eran expresivos y no olía a plástico— Te amo.
—Yo también. —respondió ella, separándose de mí y diciendo adiós con la mano, apoyándose entre las piernas de Rose tan natural como si nunca se hubiesen separado— Vuelvan pronto.
Parpadee ante la imagen, segura ahora de que los lazos eran mucho más fuertes de lo que uno imaginaba, o solo el malvado destino lo quería así, pero no me molestaba, de hecho… me alegraba ver que ellas tenían la misma conexión que Louisa y yo.
La misma extraña conexión que las chicas tenían entre ellas, como hermanas.
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Las noches con Lulú hiperactiva eran eternas; sus saltos, los gritos y las canciones infantiles, me volverían loca, pero peor aún eran esas mismas noches, cuando Rose tenía turno en el trabajo y Bonnie venía a dormir a casa.
—¿Qué disfraz van a elegir esta vez?
—¡Jirafa!
—¡Caracol! —ambas rebotaron en la cama contra la cabeza de la jirafa en su espalda. Sacudieron sus pies rápidamente para meterse debajo de las mantas— ¿Nos leerías un cuento, Bella? ¿Por favor?
Estiré la mano para cerrar el disfraz de jirafa sobre el pecho de Louisa, alcanzando algunos de los cuentos que tenía bajo su cama.
—¿Cuál quieren que les lea? —quise saber. Entre las dos decidieron por la última opción— ¿La historia del Ave y el silbido?
—¡Siii! —gritaron al unísono.
—Está bien. —acepté, acurrucándome cerca de Louisa acostada. Abrí el libro en el primer capítulo, ganándome la atención de las dos— Érase una vez, en lo alto de las ramas de un árbol, yacía la familia de aves más querida de la ciudad, que con su canto alegraba a los aldeanos que perezosos debían levantarse a trabajar. —comencé— Una noche, cuando la fuerte tormenta se aproximó, la enorme ave Reina se enfermó. Un bebé impaciente empujó en su interior, haciéndola llorar. En aquella soledad del nido, esperó a que su marido volviera para merendar. Cuando el huevo caliente por fin se rompió, ella lo dejó tendido en el otro nidal, sin embargo, un rayo desde el cielo se acercó, azotando la rama más alta del árbol y causando que el bebé se desprendiera de su lugar. Por suerte para él, alguien lo atrapó en el aire antes de que cayera de verdad. Un ave anciana, que ya había criado otras aves, lo cuidó como si fuese su mamá.
—Pobre ave bebé, mamá.
—Lo sé, pequeña. —asentí, continuando la lectura— Cuando la anciana ave falleció, el ave que ya había crecido, decidió buscar un nuevo nidal por el cual habitar. Pululó durante días, siguiendo el sonido de un silbido familiar. Llegó hasta lo alto de una rama flaqueada, junto a las dos aves más famosas de la ciudad. Cuando la Reina lo vio, supo de inmediato que era aquel primogénito al que no dejaron de buscar. Ambos tenían una mancha especial en el ojo, que ningún otro más. Fue así entonces, como el ave se pudo reencontrar con su familia de verdad, uniéndose al silbido que recordaba haber escuchado en el nido de su otra mamá, sin saber, en ese instante, que ese canto lo llevaría de regreso a su hogar.
—Oh ¡que lindo, Bella! Es mi cuento favorito ahora.
—¿Verdad que lindo es? El ave logró ver a sus padres de nuevo. —celebró Louisa y comenzaron un diálogo entre ellas— ¿Él estaba triste porque el ave anciana murió?
—Obvio que sí, si era su mamá.
—Oh… —se lamentó Lou, abrazándose las piernas— Mami.
—¿Sí?
—¿Qué es un primogénito?
Edward entró a la habitación, pasándole el vaso de los Trolls a Louisa con su leche y otro para Bonnie. Luego se unió a nosotras en la cama, apoyando la cabeza en mis rodillas.
—Un primogénito es el primer hijo de dos personas que se aman... de un matrimonio o una pareja de novios. Así como el ave, él era el primer hijo del Ave Reina y el Ave Rey, por eso le llaman así. —expliqué— Papá es un primogénito igual que yo, porque ambos fuimos los primeros hijos de nuestros padres.
—Por lo tanto, tú eres nuestra primogénita. —dijo este, haciéndole cosquillas a su pie— Y Bonnie es la primogénita de Rose.
—¿Lo somos? —se sorprendió esta.
—Claro. —contesté, cerrando el libro y dejándolo encima de mi estómago.
—¿Y Nick?
—No, él no lo es porque es menor que su hermana. Alice es una primogénita. —ellas asintieron con los labios alrededor del vaso, manchándose debajo de la nariz con leche de vainilla— Creo que es hora de dormir. —ninguna alcanzó a protestar por ello, porque entonces alguien llamó a la puerta. Ambas cogieron el libro al mismo tiempo, aferrando sus vasos de leche— Es tarde para estar despiertas.
—Por favor, un ratito más.
Edward prometió hacerse cargo, lo que significaba que tendría que moverme de la cama. Me arrastré entonces fuera de la cama, dejándolos en medio de risas jocosas y dando grandes zancadas hasta el pomo de la puerta, revisando primero por la abertura.
Suspirando, retrocedí unos pasos.
—Edward. —llamé desde la distancia. La cama crujió y él se asomó en la puerta de la habitación— Tu madre está afuera.
Tironee de mi jersey, alejándome todavía más de la puerta. Edward chasqueó la lengua y revolvió su cabello lejos de los ojos, seguro de que no podíamos escondernos en ningún lugar. Los ojos verdes de Elizabeth llameaban incluso si estaba de buen humor. Ella torció una sonrisa congelada para nosotros, esperando que le permitiéramos pasar.
—¿Qué haces aquí, mamá?
—Vengo en son de paz. —contestó, levantando los dedos de la mano y cruzando el índice con el dedo medio— No les quitaré mucho de su valioso tiempo.
Entrelacé un brazo con otro en mi pecho, mirando a esa mujer a los ojos y recordando que siempre ha sido así; impoluta, malévola y mezquina con sus pares. ¿Qué ganaba espantándome? ¿Qué ganaba tratando a su hijo como si fuera su marido?
—Antes que nada… creo que es importante que sepas que en mi casa nadie insulta a nadie, si eso es lo que pretendes con tu visita, entonces no quiero perder mi valioso tiempo contigo, como bien has dicho. —aclaré.
Elizabeth agitó la cabeza en mi dirección, restos de cabello cobrizo asomándosele en la nuca.
—Ya lo sé, querida. —respondió, uniendo las palmas frente a su cara— Todo lo contrario, vengo a ofrecer mis disculpas. Mi comportamiento no fue adecuado, lo admito, estaba nerviosa con todo esto de la navidad y me enfadé porque no iban a probar lo que tanto me esmeré en preparar. —quería decirle que toda la comida la cocinó Eleazar, así que no veía cuál era el problema— Tengo otro tipo de crianza.
—Ya. —Edward fue el primero en hablar— ¿Cuánto tiempo van a durar tus disculpas?
—Edward, deja de ser tan duro conmigo. Lo estoy intentando.
—¿Sabes lo que pasa, mamá? Siempre haces lo mismo, pides disculpas a todo el mundo ¿y luego qué? Lo olvidas y lo vuelves a hacer. No es la primera vez que tratas de incomodar a Bella, y ella ha sido paciente contigo, pero con Louisa… —negó con la cabeza— Si quieres incomodar a alguien, hazlo con un adulto y no te escudes en una niña, menos con mi hija.
—Me dolió mucho que me dijeras todo eso, que no quieres estar alrededor de alguien como yo. Lo lamento.
—A mí también me duele tu actitud.
No sabía qué pensar, Elizabeth sonaba sincera, pero Edward era su hijo, por supuesto que estaba aterrada de perderlo, conmigo la cosa era diferente. Justo cuando pensaba que estaba estorbando en la conversación, ella se giró hacia mí.
—Bella, lamento lo ocurrido y lamento haberte incomodado a ti y a mi nieta. Eleazar ya me ha sacado en cara hasta el cansancio de mi error y aunque hay muchas cosas que no me gusta de ustedes, voy a tratar de mantenerme al margen. No quiero que esta estupidez me haga perder a mi hijo.
Necesitaba decir algo al respecto. Los segundos pasaban, su impaciencia a que me negara a sus disculpas crecía.
—Elizabeth… mientras cumplas con tu promesa, mientras dejes de entrometerte en mi matrimonio y la crianza de nuestra hija, no veo por qué vamos a tener problemas, sin embargo, hay algo que debes saber por si no entiendes bien lo que significa "mantenerte al margen"; Edward es un adulto, Edward es mi marido quieras o no, y lo que pase en nuestra familia es asunto de nosotros, no tuyo, porque no sé cómo habrá sido tu vida, pero al menos en mi matrimonio, somos dos y no incluye una suegra.
Unos segundos bastaron para que su rostro se desencajara. Imaginé que quería replicar de todas las formas posibles, conteniendo tantos insultos para mí. Su rostro volvió a ser el mismo cuando se dio cuenta que mucho ya no podía hacer, y el veneno que me lanzó fue suficiente para saber que esto solo lo hacía por Edward.
—Bien. Supongo que mis disculpas han sido aceptadas.
Para una persona como ella, que no soporta que le lleven la contraria, debe ser un verdadero suplicio mantenerse en su sitio y no correr y despellejarme la cara.
—Hasta pronto, mamá, hablamos luego. —Edward caminó de regreso a la puerta, abriéndola para ella— De verdad espero que estés siendo sincera con nosotros y lo de la cena en navidad no se vuelva a repetir.
Ella depositó una mano en su mejilla.
—Qué poca fe le tienes a tu madre. —se carcajeó— Aun así, te quiero. Nos vemos luego.
Elizabeth desapareció de mi vista, y pude respirar tranquila. Su presencia siempre lograba una tensión especial, como si tuviera una especie de poder maligno que me asfixiaba. Edward cerró la puerta a su espalda, apoyándose en esta y mirándonos a las caras, como si todavía no creyéramos que su madre hubiese ofrecido disculpas. Entonces decidí que no quería quedarme en mi lugar, desplazándome hasta rodear su cintura con mis brazos.
—Me encanta como suena mi nombre en tu boca, Bella. —susurró.
—Mi marido. —sonreí.
—De nuevo.
—Mi marido. —repetí, manteniendo una distancia mínima entre su cara y la mía.
Su boca dulce atrapó la mía, escondiendo mi cabello en su rostro y empoderándose de mi cadera con la fuerza de su agarre. Soplé el aliento en él que parecía incluso desesperado por sentirme y me dejé llevar por los latidos ansiosos de mi corazón y el suyo. Me mecí sobre su pecho, caminando por el pasillo y recordando de pronto a las niñas.
Edward tuvo que haber tenido ese mismo pensamiento porque ambos miramos a la puerta entreabierta y al sonido de la voz de Louisa que no iba dirigida a nosotros.
—El rey y la reina abrazaron a su hijo y fueron felices para siempre y todo el mundo estaba contento, hasta el ave anciana que sonreía en el cielo. Fin. —de a poco nos asomamos hasta que ambas se dieron cuenta de nuestra presencia. Louisa les leía a Poly y al señor cua-cua, sostenidas por Bonnie, y con el libro del revés en su regazo— ¡Miren lo que hicimos!
Junto a ellas y el libro, había una hoja de papel con un dibujo extraño sobre este. Lápices de colores se esparcieron alrededor de la colcha al tiempo que me incliné para agarrarla. Rayas verdes simulaban un árbol y adiviné que, sobre este, se encontraban dos aves. Louisa me lo confirmó antes de que le preguntara.
—¿Y esto?
Con los dedos enumeró las cosas que dibujó en la hoja.
—El ave bebé soy yo y el ave anciana es Rose —explicó—, pero ella no es una anciana, el ave sí.
Sonreí como una boba frente a la hoja, pasándosela a Edward.
—Está hermoso, amor. ¿Se lo piensas regalar a ella?
—Ajá. —asintió enseñando todos sus dientes, aunque deprisa arrugó el entrecejo— Mami.
—Dime.
—Yo no quiero que Rose muera como el ave anciana. Quiero que viva para siempre… que tú y papá vivan para siempre y nunca sean abuelitos como el ave. Los abuelitos mueren todo el tiempo.
Bonnie asintió detrás de ella, preocupadas de pronto de que eso sucediese. Envolví las manos en ambos de sus rostros, tirando el cabello desobediente hacia atrás.
—Para eso falta muchísimo tiempo… pero ¿saben una cosa? A veces no siempre podemos tener lo que queremos y cuando alguien nos falta… —señalé cada corazón que latía al compás del mío— se refugia aquí para siempre y entonces esa persona nunca se va a alejar de ti. Y estoy segura que el ave tiene al ave anciana en su corazón también, por eso él es feliz.
—¿Saltan sobre él? Mi corazón no es tan grande para que se refugien tantas personas. —opinó Bonnie.
Edward soltó una risita.
—Tu corazón no siempre será tan pequeño y te sorprenderías de la cantidad de personas que pueden ocupar tu corazón. —besé su cabeza y entonces las acosté de nuevo— Ahora sí que es hora de dormir.
—Mientras no sean muchos chicos los que ocupen tu corazón, yo estaré muy feliz. —apuntó Edward.
Le codeé, pero las niñas se rieron.
—¡Te amo, papá! —gritó Louisa.
Una vez dormidas, apagamos la lámpara de su mesita de noche y dejamos la puerta entreabierta para dormir. Todavía les echaba un vistazo para asegurarme que no se despertaran, cuando Edward me agarró por detrás y me arrastró por el pasillo.
—¿Cuántas personas ocupan tu corazón, si se puede saber?
—No lo he pensado todavía.
—¿Debería asustarme?
Estiré la trompa, pensativa.
—Deberías llorar.
Jadeó sobre mis labios, rozándolos apenas con los suyos.
—Te amo, tonta.
Sonreí y me enredé en su cuello, del que nadie me podría sacar jamás.
—Te amo.
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Alice metió el equipaje en el maletero y cerró la puerta de un empujón, recargando el trasero cansado en ella. Jasper, desde el otro lado, le lanzó una botella con agua.
—¿Listos para la aventura?
—¿Dónde voy a ir sentado? —lloriqueó Nick.
Su hermana miró por encima de la ventanilla.
—Junto a la maleta, por supuesto. Tranquilo, Nick, que no se derrumbará sobre ti… creo.
Hoy era un día muy especial para todos, ya que Alice y Nick emprendían un nuevo viaje antes de que las vacaciones de invierno acabasen. Visitarían Misisipi y todo lo que conllevaba esa decisión; el terreno en donde antiguamente estaba su casa y visitar a sus padres al cementerio. Nick era el más emocionado de los dos, porque soñaba con el momento de poder dejarle flores a su madre. Sin embargo, se les sumaba una nueva compañía: Jasper.
—Van a estar llamándonos ¿verdad? —pregunté, mientras la abrazaba.
—¡Claro! Y haremos muchas fotos… les saldremos hasta en la sopa, chicos, no querrán vernos más.
—Como si eso fuera posible. —se quejó Edward.
Louisa lloró abrazada a Nick, sin entender que se irían por dos días. Para ella un fin de semana completo sin su mejor amigo equivalía a un año.
—Cuando menos te lo esperes, estaremos los tres de regreso, pequeña Lou. —Alice le besó la mejilla surcada en lágrimas y Louisa escondió la cara en mi cuello— ¡Adiós, familia!
Nada más el vehículo rugió con los tres arriba, nos despedimos balanceando las manos hasta que desaparecieron al final de la calle. Rose y Bonnie vinieron a casa esa tarde para subirle el ánimo a pequeña Lulú, instalando películas de niños y preparando cabritas. Era el último fin de semana antes de las clases, así que tenían que aprovechar al máximo estos días. Mientras el panorama se efectuaba, serví café y la tarta que Rose trajo de casa.
Louisa se asomó en ese momento en el respaldo del sofá, asustándonos a las dos.
—¡Tengo algo que hacer! —chilló, rodando por el sofá y tropezando con la pierna de Bonnie. En un rápido movimiento que nadie alcanzó a evitar, Louisa cayó de espalda en la alfombra. Mi primera impresión fue llevarme una mano al pecho, pero ella se encargó de tranquilizarme— ¡Estoy bien! —se levantó cuan gacela y entró en su habitación. Bonnie, confundida, la siguió de puntillas. Largos minutos transcurrieron antes de que ambas regresaran, con Louisa sosteniendo el dibujo que hizo el otro día— Esto es para ti.
Rose se sorprendió.
—¿Para mí?
Lo único claro en la hoja era el árbol de hojas verdes, pero para Rose y para mí era una obra de arte. Bonnie se encargó de explicarle a Rose el cuento de memoria. Yo estaba impresionada con su capacidad para recordar.
—Tú eres el ave anciana, mamá —le dijo Bonnie, apuntándonos a ambas—, y tú… eres un bonito ángel, Bella, igual que Edward.
Un nudo se formó en mi garganta.
Era un simple dibujo y unas simples palabras para el resto de los mortales, pero tan significativas para nosotras.
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Mi celular rodó por los suelos, cuando Edward frenó delante de una camioneta cerca del jardín de infantes. Hizo sonar la bocina y silbó por la ventanilla, luego de que este cometiera una imprudencia en retroceder donde no debía.
—¿Por qué te enfadaste con él, papi? —preguntó.
—Porque el hijo de… —empezó a decir, chasqueando la lengua y sabiendo que no podía insultar delante de Louisa— el hombre hizo una mala maniobra con su camioneta que pudo causarnos muchos problemas, pero nada de lo que papá no pueda solucionar.
—¿Por qué? ¿Pudimos haber explotado? ¿Haber muerto? ¿Conseguir más vidas o una camioneta nueva?
Me di la vuelta en el asiento, sorprendida por su respuesta.
—¿De dónde sacas todo eso?
Distraída, miró por la ventana.
—Nick tiene un montón de vidas en su videojuego ¡hasta autos y motos y bicicletas! La gente explota y hay mucha, mucha sangre por todos lados, pero él dice que no importa porque luego reviven. Es divertido.
—Oh. —me enderecé en el asiento, mientras Edward aparcaba finalmente— Te prohíbo ver otra vez esos videos con Nick.
—¿Por qué?
—Porque son sangrientos y después no te puedes dormir.
—¿Y si prometo dormirme muy temprano?
—No
—¡Es que es tan divertido! Le puedo decir a Nick que te compre muchas vidas y matemos a muchas personas. ¡Por favoooooor!
Edward la miró desde el espejo retrovisor.
—No
—Uh… —gruñó, pero no volvió a protestar por ello. Si no fuera por su ansiedad de entrar a la escuela, estoy segura que hubiese hecho algo para convencerme que cambiara de opinión. Prefirió entonces darse prisa en ayudarme a quitarle el cinturón de seguridad y correr al interior del jardín disfrazada de conejo— ¡Mamá, apúrate!
Las clases habían comenzado dos días atrás y con eso, la fiesta de bienvenida que incluía disfraces y pasteles, como una especia de cumpleaños. Solían hacerlo también antes de que empezaran las vacaciones, pero el clima no nos favoreció este año. Ingresamos por un interminable pasillo atestado de globos y hermosas maestras con vestidos de princesas que nos dirigían hacia la sala de eventos. Mesas repletas de pasteles, cupcakes, jugos y golosinas decoraban la mayor parte del lugar.
A Louisa la perdí de vista enseguida, pero luego la ubiqué subiéndose a un tobogán amarillo junto a otros niños.
Cuando Edward llegó hasta mí después de aparcar el coche, tomé la cámara fotográfica que colgaba de su cuello e hice algunas fotos de ella en los juegos. Carmen se acercó en medio del revuelo que tenía con la cámara, ofreciendo un líquido trasparente en vasos de plástico. Sonrió a modo de saludo, echándole un vistazo a los niños que trepaban las escaleras.
—Me alegra tanto que hayan podido venir.
Tomé un sorbo, notando la acidez del limón.
—Louisa estaba ansiosa por este día. —admití.
—Es que Lou es muy especial. Donde hay disfraces, allá está ella. —nos reímos— De verdad, han hecho un gran trabajo. Nadie creería que esa Louisa risueña es la misma que llegó aquí el curso pasado.
Aparté la atención de sus palabras, divisando a mi pequeña sostener la mano de una niña que trataba de subir al juego con torpeza. Ella la tironeó de rodillas para que no cayese al suelo, y ambas estuvieron dentro sin problemas. Pensé en ese instante que nada de su adaptación hubiese sido posible sin Tanya o incluso el colegio, pero sobre todo de nosotros; el regreso de Rose, el apoyo de una familia completa, el ver esto como algo bueno y no como algo malo, explicarle por qué no estuvimos en su vida y quiénes somos en realidad ahora en el presente.
Parpadee con una sonrisa pegada al rostro.
Carmen se apartó de nosotros, disculpándose para atender el llamado de la directora.
Pequeña Lulú volvió corriendo, asomándose entre el metal que nos separaba.
—¡Es tan divertido! —gritó.
—Así vemos. —sonreí, acercándome también y tomando los extremos del barrote metálico— ¿Me das un beso?
—Sip —asintió, estirando la boca y dejando un beso lleno de pintura blanca en mi mejilla— ¿Por qué tú y papá no juegan conmigo?
—Bueno… —Edward se asomó para echar un vistazo al juego— Nosotros somos muy altos para eso, ocuparíamos todo el espacio ¿no crees? —ella se dio la vuelta para ver por sí misma y luego de unos segundos de reflexión, se dio cuenta que era cierto y entonces se echó a reír— Ve a jugar con tus amigos, peque, nosotros te miramos desde acá.
Suspirando, reincorporó las rodillas y sacudió la mano en forma de despedida.
—Adiosito. —dijo deprisa— ¡Te amo!
No escuchó nuestra respuesta devuelta porque ya estaba actuando como el conejo que era, brincando sobre el piso inflable, pero lo hicimos. Escuchara o no, nuestra respuesta recíproca quedó flameando en el aire.
Después de que los niños quedaran agotados de jugar y el hambre diera paso en su lugar, racionaron el pastel y buscamos un sitio para sentarnos. Di de pastel a Louisa mientras ella trataba de respirar normal, con sus mejillas ardiendo de agotamiento y buscando desesperada el vaso de plástico con agua. Parte del líquido cayó en su barbilla, pero a ella no le importaba con tal de saciar su sed.
—¿Estás bien? —limpié su cara con una servilleta, sentándome en el hueco de las escaleras. Edward, unos peldaños por encima de nosotras, se devoraba su ración de pastel.
—Sí, sí… quiero más pastel, por favor. —pidió con la boca abierta, esperando el paso de la cuchara. Puse el plato en su regazo y la cuchara en su mano, aunque ya había comido muchas veces sola, seguía haciéndolo con torpeza. De vez en cuando trozos de fresa cayeron dentro de su traje y no en su boca— No puedo hacerlo.
—Sí que puedes, inténtalo otra vez.
Tres bocados más y dos de ellos fueron una prueba.
Terminada la merienda, Carmen nos quitó a Louisa, así como a todos los niños de sus padres. Nadie nos explicó lo que teníamos que hacer a continuación, pero nos dividieron en tres grupos. Algunos fueron ubicados de inmediato a mitad del salón, mientras que los demás, como Edward y yo que pertenecíamos al segundo grupo, nos fuimos más atrás.
Una vez que todo lo programado estuvo listo, el primer grupo de niños salió… con los ojos vendados. Mientras algunos esperaban en su sitio, Carmen llevó al primer niño cerca de los adultos del primer grupo. Entre todo ellos, no iba pequeña Lulú.
La directora rápidamente se acercó al micrófono, vestida como un payaso.
—Imagino que esto es tan confuso para ustedes, pero déjenme explicarles lo que haremos a continuación… —ella esperó algunos segundos, tomando una bocanada de aire— Papás y mamás aquí presente ¿Hay algo más dulce que sentir la mano de nuestros hijos? ¿Recuerdan ese primer roce entre el bebé y ustedes cuando nacieron? —suspiros colectivos se escucharon por todo el colegio— El juego es el siguiente… cada uno de estos niños pertenece a este primer grupo de padres. Ahora bien, cada peque tendrá que reconocer a sus padres a través del tacto, ya se lo hemos explicado a ellos en privado. Las reglas del juego son muy simples… no pueden emitir sonido alguno; queda prohibido que susurren a sus hijos para ayudarlos. Pueden abrazarlos si quieren, dejar que exploren, pero no hablar.
A mí todavía no se me quitaba de la cabeza la pregunta de la directora, ¿Recuerdan ese primer roce entre el bebé y ustedes?
Louisa había nacido en un taxi y por supuesto que recuerdo la sensación fascinante que fue cuando la pusieron en mi pecho.
Hasta ese momento nunca me senté a analizar o en recordar la fuerza de ese primer llanto. Su nacimiento fue tan violento para mí y al mismo tiempo tan maravilloso que creó esta controversia entre mi cabeza y mi corazón; no solo alguien me quitó a mi hija, sino que, además, nunca hice cosas con ella que estaban en todo mi derecho; darle el pecho, cambiarle pañales sucios por montones, sobarle la espalda de los gases, nunca la vi enferma de los cólicos, nunca vi su mentón temblar por su llanto exagerado y tampoco nunca jugué con su labio inferior una vez dormida, amando la forma en que su boca se cerraba para que la dejara en paz.
Todos esos recuerdos los tenía de Bonnie; los mejores de mi vida, la razón por la que siempre iba a tener un lazo especial con ella, pero nunca iba a recuperar ese tiempo con Louisa.
Tomé una fuerte bocanada de aire, apoyando la cabeza en el hombro de Edward.
—Ya sé lo que estás pensando. —susurró, besando la parte alta de mi cabeza y entonces me aparté de él, sin sorprenderme de que lo adivinara. Nadie en el mundo me conocía más que Edward, ni siquiera mis padres. Su mano se cerró entre mis dedos, cálidos, suaves contra mi piel— No importa lo que haya pasado antes, la tenemos aquí ahora, a unos pasos… cuando pudimos no haberla tenido nunca. Tal vez jamás hubiese salido esta negligencia a la luz ¿Te has puesto a pensar en eso? ¿Te imaginas habernos ido de este mundo y nunca habernos enterado que teníamos una hija biológica? ¿Una mezcla de los dos? ¿Una pequeña Lulú?
Exhalé el aire que llevaba conteniendo desde que me apoyé en él.
—¿Alguna vez pensaste que el mundo se acababa? ¿Qué la vida se terminaba en ese segundo, a pesar de que sabías que quien tenías al frente era tu hija? ¿Lo pensaste? ¿O fue mi lado egoísta quien actuó primero?
Él sonrió, sacudiendo la cabeza afirmativamente.
—No eras la única que se sentía de esa forma.
—Ahora es diferente… ahora no me gustaría cambiar nada.
—Yo tampoco. —admitió.
No vimos lo que ocurrió en el primer grupo, pero para cuando nos dimos cuenta, era nuestro turno para pasar. Tres parejas de padres y una madre soltera nos detuvimos en medio de todo el mundo, al mismo tiempo que Carmen ingresaba a cuatro niños con los ojos vendados. Lou iba de las últimas, agarrando la camiseta del que iba delante de ella, así se dirigían el camino.
Hubo un desfile de los primeros tres niños que tocaron nuestras manos, rostros, ojos. Dos de ellos reconocieron a sus padres y la penúltima no pudo lograr saber cuál era su padre, porque dos de ellos tenían una barba similar. Louisa pasó de las últimas, brincando como un conejo de la mano de Carmen, hasta que soltó su mano, girando la punta del pie, acto que comenzaba a pensar que era cuando se sentía nerviosa.
Se acercó a la primera mujer, empujando el dedo índice en su pierna. Recorrió el dedo por su antebrazo hasta que se acercó y olfateó su camiseta. La negativa fue inmediata, de modo que avanzó a la siguiente pareja. Allí les cogió de las manos y uno de los hombres se puso de cuclillas para que le tocara la barbilla. Cuando la barba picó sus dedos, se retiró rápidamente, y con una sonrisa inocente, sacudió la cabeza.
Me moría de ganas de poder hablarle, pero luché para contener ese impulso.
De pronto, se quedó de pie frente a nosotros, e hizo lo mismo que con la primera mujer, empujando su dedo en mi pierna y en esta oportunidad, cogiéndome la blusa en un puño. Con la otra tomó los dedos de Edward, apretándolos con toda la fuerza que su cuerpo era capaz de hacer, y enseñando una risita nerviosa. Luego retrocedió, nos soltó y se fue a la última pareja, dejándome con el corazón en la mano.
Allí no permaneció por mucho tiempo, porque apenas tocó sus rostros, retrocedió negando con la cabeza. Se retiró en silencio, tomando nuestras manos y haciendo un caminito con los dedos hasta el inicio de las muñecas.
Edward decidió agacharse cerca de ella, lo que causó que soltara una risa graciosa al pasar la mano por su barba afeitada, como si lo reconociera. Entonces fue mi turno para agacharme esta vez, llevando su mano a mi mejilla izquierda. Esta se mantuvo un tiempo así, intacta, acariciando mi labio inferior con el pulgar. No quería irse, no quería alejarse de esa comodidad.
Lo intuía, yo sabía que lo intuía.
Ya no se estaba riendo para nada, concentrada en su tarea; inspeccionando, sintiendo, analizando. El calor que su mano transmitía en nuestra piel era abrasadora, fugaz, impresionante. Incluso le pinchó el ojo a Edward y me tuve que aguantar la risa.
El silencio en la sede fue intenso en gran medida hasta que Louisa se inclinó y me olfateó la ropa, entonces una sonrisa de dientes pequeños se asomó en su rostro.
—¡Mami! —chilló, logrando una ola de bulliciosa sorpresa— Y este es el ojo de papi… el ojo ¡sii, es el ojo de papi!
Le apartamos la venda de los ojos, dejándosela como un encaje en su cabeza y sus brazos se hundieron en mi cuello. Escuché aplausos a nuestro alrededor, pero la verdad es que no estaba interesada en los demás. Edward la tomó en su regazo, besando su mejilla manchada de un rojo carmesí y del poco maquillaje blanco de conejo que quedaba en él.
—¡Lo hiciste, pequeña Lulú! —exclamó Edward.
—¡Lo hice! —gritó devuelta.
A veces creía que el corazón me iba a explotar en cualquier momento. Tal vez me costaba imaginar las cosas que no llegué a vivir con ella en sus primeros meses de vida, pero en este momento, cualquier otra cosa era pequeña.
El dolor de recordar, lo inexplicable de sentir, el camino pedregoso que nadie quiere cruzar… nosotros lo quisimos hacer de la mano. En algún momento estas se soltaron, perdimos el rumbo, pero nos volvimos a encontrar. Y deseaba ver llegar ese día que, al mirar atrás, no sentiría tanta aflicción, tanta culpa. Rogaba que el amor siguiera mostrándome que la vida tiene todo un sentido para mí y que el destino no quiso hacernos esto porque fuésemos malas personas.
E iba a permanecer de pie, luchando contra esta y muchas otras; riendo, peleando, besando a dos niñas preciosas.
Porque nunca nadie nos pondrá un obstáculo sabiendo que no lo podremos superar. Todo tropiezo es una enseñanza, toda caída es un levante.
Uno, dos, tres… tantos porrazos como fueran.
Y con todo eso, así es como quería vivir.
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Fin...
Fin fiiiiiin. Y llegamos al final de esta historia. Como en todas las que he escrito, tengo sentimientos encontrados.
Quiero agradecer a las que han llegado hasta acá y me han seguido a lo largo de la historia. No importa en qué momento del fic llegaste ¡Gracias!
Este es el único final, no tendrá epílogo (tal vez algún outtake, pero no es seguro). Y no tendrá epílogo por una razón muy sencilla... pienso hacer una secuela. Sí, leyeron bien, habrá secuela de Primogénita. No hoy, no mañana ni la próxima semana, sino en unos meses más. Hay muchas cosas que quedaron inconclusas, lo de Emmett y Elizabeth, tantas ideas que tengo en mi cabeza para esta familia, pero por temas de estudio tuve que darle este final. Se me hacía injusto para ustedes y para mí dejar el fic en hiatus, ya que la próxima semana empiezo mi práctica universitaria y no puedo seguir escribiendo por el momento, pero volveré.
Me dejan saber que les pareció y GRACIAS, en serio, por todas aquellas personas que me han seguido a lo largo de estos 2 años.
No pienso alargar mucho esta nota de autor, así que... besos, abrazos.
Si se quieren contactar conmigo por alguna razón, el link de mi grupo en facebook se encuentra en mi perfil de ff.
Eso es todo, las quiero un montón!
12/07/17
