XXXVI. NOCTE (Noche)

Apuro sediento tu tierno gemido,
tu intimidad que me embriaga
y ardiente, la lengua del dulce deseo,
pasión cuyo vino no sacia.
Pero corta con ese relato,
oculta, calla tu sueño:
su llama que quema yo temo,
tengo miedo de saber tu secreto.

1828.

Apuro sediento tu tierno gemido, Alexandr Pushkin.


Siria…

Desde los años sesenta, la dominación de Siria a manos de la dinastía Asad era un golpe doloroso para el pueblo, en su mayoría musulmanes sunníes. Como los Asad pertenecían a la minoría chiíta, las protestas existieron siempre, desde la capital, Damasco, hasta los confines del país… y la respuesta fue siempre la misma: represión absoluta y violencia.

Para Fudō todo aquello era incomprensible, inaudito. Él, que había llevado su palabra y sus rezos por muchas partes del mundo, no dejaba de sentirse adolorado por episodios cruentos como ese, quizás eso fue el parte aguas.

Demasiada injusticia.

Demasiado dolor.

Demasiada deshumanización.

Apretó los puños que se aferraron al dhoti(1) color guinda que llevaba encima cuando una explosión se dejó sentir, probablemente una bomba. La lágrimas resbalaron de sus peculiares ojos con heterocromía, era demasiado el dolor que sentía y demasiada la impotencia de no poder hacer nada.

Al dar la vuelta se encontró de frente con un hombre, emanaba una energía poderosa y oscura, pero también podía leer como en un libro abierto que sufría observando igual que él desde una colina la nube de humo que se levantaba por diferentes barrios.

—Todo esto puede cambiar —dijo a secas.

—Es imposible, los corazones de los hombres son fácilmente corrompidos… han olvidado su propia condición humana —respondió Fudō aunque no sabía si efectivamente se dirigía a él.

—Puede existir un mundo mejor donde esto no suceda, donde nadie más tenga que sufrir una pérdida.

—¿Cómo? —inquirió el joven moreno aguijoneado por una súbita e idealista curiosidad.

—Un mundo en el cual los pecadores paguen al fin sus culpas y sólo los justos se encuentren en él. ¡Mucho han perdonado los dioses a esos humanos pecadores… sólo para verles cometer más atrocidades después de un tiempo! —Marte escupió su sentencia.

—Es una utopía… —pero la duda había sido sembrada y germinaba en su interior.

—Aquellos inocentes y libres de maldad no sufrirían más… tú tienes el poder para cambiar esto… —sentenció el dios del fuego y la guerra.

—¿Yo? —preguntó y pronto se encontró a sí mismo caminando tras ese hombre, siguiéndolo…

Atenas…

Makrigrianni, en el barrio Exarchia, al sur del Templo de Zeus Olímpico, era la zona de "ambiente" por excelencia, muchas veces había ido a parar ahí con el melio; ahora que él no estaba se sentía un tanto raro vagabundeando sólo aunque no le costaba lo más mínimo encontrar compañía fácil para una noche. Lo mismo sucedía cuando iba a algún club hetero: las mujeres normalmente se le acercaban primero, algo sumamente cómodo para él, le quitaban ese esfuerzo adicional de hacer labor de convencimiento para llevarse a una que otra y organizar una orquesta sinfónica de gemidos en cualquier hotel.

Se conocía una larga lista de hoteles.

El problema de raíz es que estaba incómodo… incómodo en su propia piel.

Y como buen felino había preferido aislarse, encerrarse en él mismo. Hace falta algo para que las palabras vuelvan a sonar cargadas de posibilidades salvadoras, hace falta un nuevo vínculo entre su interior desolado y ese exterior mundo poblado de belleza indiferente. Empezaba a estar cansado de trasnochar y de las borracheras… y… no encontraba paz, esa era la realidad.

Domingo por la mañana, resultado de la noche anterior: resaca sin control, dolor de músculos, esa mujer que se llevó a la cama era una fiera, de Helsinki o de algún lugar similar, y malestar por las muchas preguntas de Shaka.

Shaka… llevaba días evadiéndolo, porque siempre tenía razón y la peculiar característica de sacarlo de sus casillas con sus comentarios.

El Santuario estaba muy vacío, ya sólo se encontraban Shion, Dohko, Aioros, Shaka y él, los demás ya habían sido licenciados de sus responsabilidades y cargos, unos más a regañadientes que otros.

Sin grandes ocupaciones, apesadumbrado y ciertamente con el mal sabor de boca de no saber qué hacer con su vida, definitivamente no agradecía el hecho de que Atenea les hubiese regresado para darles una vida normal.

El barrio de Monastiraki era su lugar predilecto, estaba en una mesa exterior en Melilotos, restaurante típico griego; traía las gafas de sol puestas y tenía extendido frente a sí el periódico, entre el bullicio de la gente, locales, turistas y estudiantes, las calles de Atenas por esos días eran una greguería. Había comenzado el festival de Atenas y Epidauro, teatro, danza y conciertos enclavados en espectaculares escenarios históricos, toda una fiesta cultural.

No se concentraba en nada concreto, una condena estaba escrita en su corazón desolado, tantos años vivió, pasó, arruinó, perdió…

Un hombre lo observaba atento desde el otro lado de la calle, se acercó despacio, paso a paso, hasta que estuvo frente a él, de pie ante su mesa, pero Aioria no se volvió hasta que la figura le tapó el sol por completo.

—Hola… —murmuró mientras los rayos dorados pegaban de lleno contra su cabello rubio dándole un aspecto casi divino.

—¡Lo que ha traído Hermes…! —susurró con burla el león quitándose las gafas, entrecerrando los ojos para ver a placer al Arconte de Virgo— ¿Qué haces aquí?

—Supongo que simplemente caminar entre tanta gente… ¿puedo sentarme?

—Puedes… pero si es para soltarme alguno de tus mordaces comentarios preferiría que no lo hicieras.

—¿Qué más da? De todos modos haces lo que te viene en gana ¿no? —comentó con cierta amargura.

—Vivo mi vida lo mejor puedo.

—¿Lo mejor que puedes? ¿No te parece un poco mediocre eso?

—¿Cuál es el problema contigo? —farfulló— ¿Cuál es tu molestia?

A Shaka le dieron ganas de gritarle unas cuantas molestias en su contra, le dieron ganas de borrar esa estúpida sonrisa falsa de su rostro a golpes, y antes de que dijera algo más para hacerlo rabiar acabó por tomar el vaso con agua que estaba sobre la mesa y arrojó el contenido al rostro moreno, un gesto de satisfacción se dibujó en sus labios mientras el otro maldecía y se quedaba de una pieza.

Después de esa inicua victoria, su incapacidad para aceptar que todo había terminado años atrás y el saber que no podía contenerse cuando lo tenía enfrente lo llevaron a desandar el camino para acabar recluyéndose en el templo de Virgo, estuvo por abrir otra lata de refresco de cola pero se contuvo cuando observó en el bote de basura varias latas vacías.

Suspiró y se entregó a la meditación.

Más tarde Aioria subió con unas cuantas copas encima, y no es que hubiese llegado borracho como una cuba, de hecho entró en el refugio completamente sobrio, simplemente se puso a beber a solas en su templo hasta que la duda le carcomió por completo y tuvo que subir las escalinatas a buscar respuestas.

No se tomó la molestia de anunciarse, simplemente entró, vio al caballero de la India sentado en el sitial de loto, con los ojos cerrados, el urna brillando en su frente y su cosmos rodeándole.

Soltó una carcajada irónica, de esas que Aioria tenía la buena puntada de soltar.

—¿Vienes a buscar pelea?... —inquirió el Arconte de Virgo sin dignarse a abrir los ojos— Ebrio…

—No… de hecho no sé por qué estoy aquí…

—Márchate, cuando estés de mejor humor hablamos… anda sigue empinando el codo —ordenó displicente.

El griego furibundo caminó hacia su compañero, Shaka previendo que Aioria se le abalanzaría levantó la mano para repelerlo con su cosmos pero fue tarde, el otro lo tomó por la muñeca y le hizo romper su posición perfecta, abrió los ojos aguamarina inquieto.

—Sé qué es lo que quieres… —murmuró el Arconte de Virgo.

—Y ¿qué vas a hacer al respecto?... —susurró el ateniense tirando de él y haciendo que se pusiese en pie, lo tenía cerca, tan cerca como para contemplar la perfección de sus facciones.

No contestó, sorprendiéndose a sí mismo se encontró empujado a los brazos de ese quien fuera su amante, ese por el que esperó… hasta que acabó destrozándose contra el muro de su apatía… hasta que ya no quedaba nada, no impidió su caída porque de nada hubiese servido. Al contrario, se abrazó a él, a ese cuerpo que un día constituyó su destino, el destino de un amor que tuvo y tiene aún, que lo atormentó con la belleza que siempre debió ser salvación.

Aioria se lo llevó entre los brazos, como una preciada carga hasta aquella habitación, paraíso perdido de cuadrángulos textiles que eran los cojines, la habitación de cojines…

(1)dhoti – Prenda tradicional de la India que visten los varones, se trata de un lienzo de hasta cinco metros de largo, normalmente de algodón; se enrolla en cintura y piernas formando una especie de pantalón.