Capítulo 19 parte 2

Ahora veamos cómo les va a los varones…

Miroku e Inuyasha se dirigieron hacia la cabaña de la anciana Kaede después de despedirse de forma amable y cariñosa de la familia y de Aome. No se hablaron en el breve trayecto, ya que el joven monje sobaba la mejilla en la cual su esposa le plantó un buen bofetón por ser tan… imprudente con ella frente a toda la gente, y el Hanyō, algo enrojecido de pena ajena y propia, miraba hacia el suelo para disimular. Así llegaron a la pequeña vivienda, en donde ya se encontraba esperándolos el joven exterminador junto a la nekomata.

Buenos días, su Excelencia, se han tardado un… —Kohaku le sonrió con amabilidad a su cuñado antes de que estuvieran cerca y, al notar la marca en el cachete, parpadeó un poco—… Vaya, ahora entiendo que los entretuvo —y suspiró brevemente haciendo gesto de resignación. Kirara maulló al tiempo, como dando a entender que también pensaba lo mismo que su amo.

Vamos, Kohaku, muchacho, no te fijes en detallitos sin importancia —le dijo solemnemente el Hoshi dejando de sobarse, aunque la marca aún era visible—. Esto suele ocurrir en los matrimonios, y a veces se me va la mano con tu hermana.

¡Keh!, bastante seguido diría yo —el de dorados ojos no pudo morderse la lengua, así que no dudó en intervenir en la conversación.

En ese momento salieron Lin y la anciana Kaede, junto con Shippou. Al parecer la venerable mujer y la niña se ausentarían de la aldea para cumplir con otros encargos.

Su Excelencia, muy buen día tenga usted —le saludó respetuosamente Kaede, dedicándole una reverencia—, puedo darme cuenta que ya se despidió como corresponde en estos casos —e hizo la observación mirando detenidamente el rostro del monje.

De plano contigo, Miroku, llevas tres años de casado y todavía no se te quita lo… —le espetó el kitsune en lo que Lin parpadeaba de asombro.

Ya, ya, por favor, no es para tanto —el aludido sonrió como bobo y agitó levemente una mano tratando de minimizar el asunto—. Lo primordial es irnos enseguida, el deber nos llama y no debemos hacer esperar más a esas pobres personas —agregó volviendo a la solemnidad, dirigiéndose especialmente a su cuñadito.

Tiene usted razón, Excelencia —el jovencito le tomó la palabra, y, mirando a su mascota, le habló en un amable tono de mando—. Muy bien, Kirara, ya sabes lo que hay que hacer.

La pequeña criatura se transformó en pantera, rugiendo en señal de aprobación, y Miroku subió en su lomo seguido de Kohaku, partiendo con velocidad en la dirección indicada. Los que se quedarían agitaron la mano en señal de despedida.

¡Cuídense mucho, estaremos esperándolos! —les gritó Lin con su sonrisa característica.

Y muy pronto fueron alcanzados por Inuyasha, quien "trotaba" a su lado. Los dos humanos correspondieron la despedida, el Hanyō sólo emitió un sonido ronco como diciendo "adiós" a su manera.

Bueno, Kohaku, ¿puedes decirme cuáles han sido las señales principales del ataque de los yōkai? —cuando ya sobrevolaban un área boscosa, Miroku le preguntó a su cuñado por el objetivo en cuestión, con el interés profesional que se requiere.

En realidad no se han quedado en un solo lugar, Excelencia —le aclaró el chico con cortesía. Ese hombre se merecía su respeto, y no sólo por el hecho de ser un buen monje cuando era verdaderamente debido, sino también por ser su pariente mayor desde que se casó con su hermana—. Lo que sé es que se han desplazado dentro de una misma zona, rebasando un poco los límites de lo que sería la región Oeste.

¡Keh!, puedo darme cuenta de que al tonto de Sesshōmaru no le importa defender "sus" tierras de esas basuras —le interrumpió Inuyasha resoplando su indignación.

Imagino que ha de tener alguna razón para permitir el paso de seres inferiores por sus dominios, Inuyasha, ya que hace mucho no se presentaban disturbios semejantes por esa región desde que él tomó posesión de ella —analizó el Hoshi sin querer darle a su amigo la razón del todo, mirándolo con algo de suspicacia—. ¿No te parece extraño?

¡Keh!, pues sus absurdas razones me valen un carajo —dijo el semidemonio en su habitual tono áspero—. Para Sesshōmaru los humanos siguen siendo un estorbo en su vida, y es por eso que permite que yōkais tan patéticos como esos hagan de las suyas con la pobre gente que tiene la desgracia de vivir en esa zona.

Eso no lo creo, Inuyasha… Sesshōmaru ha cambiado aunque no lo demuestre. Lo que sí me gustaría saber es el porqué de semejante descuido a "su reino" —su amigo lo contrario manteniendo el gesto formal, y miró a su cuñadito con atención—. Kohaku, ¿Lin no te ha contado nada del asunto?

No, su Excelencia, Lin no me ha dicho nada. Al parecer el Señor Sesshōmaru le ha pedido discreción… —el muchacho negó firmemente con la cabeza—… y ella no va a hablar de más para no disgustarlo —puntualizó.

En fin… —Miroku soltó un breve suspiro ante ese argumento, dado que nadie podía obligar a la pequeña a hablar si el gran demonio blanco le había ordenado no hacerlo—. Tendremos que eliminar a los monstruos con los que topemos en el camino e implementar una barrera de protección espiritual en las aldeas circunvecinas a la región. Por cierto, Kohaku, ¿qué arma utilizarás ahora? —volvió a dirigirse al joven exterminador—. La hoz ya es muy chica para ti —indicó con amabilidad.

El maestro Totosai me ha forjado una nueva. Le dije que pasaría por ella hoy, ya que no queda muy lejos de aquí el lugar donde él habita —dijo el jovencito sin disimular su emoción, respondiendo a la pregunta—. Así el señor Inuyasha y usted podrían investigar en los alrededores sobre el avance de los yōkais —añadió a modo de observación.

Eso me parece bien —respondió el Hoshi al meditarlo—. Es importante determinar cómo han sido sus movimientos, no podemos dejar cabos sueltos.

¡Keh!, esos pedazos de mierda no son problema para eliminarlos… incluso yo solo podría acabar con todos ellos usando el "Kaze no Kizu" de Tessaiga, o mandarlos en pedacitos directo al infierno con el "Meido Zangetsua" —dijo Inuyasha con su tono habitual de arrogancia.

Miroku le lanzó una mirada reprobatoria antes de decirle algo, y Kohaku se abstuvo de opinar.

Vamos, Inuyasha, nadie pone en duda tus habilidades —le reprochó su amigo—, pero este es un trabajo de equipo y debemos distribuirnos. Además debes recordar que…

¡Carajo!, ya te entendí… no sigas diciendo estupideces —le bufó el aludido con irritación.

Ya era más de mediodía cuando llegaron a una aldea cercana al área donde se registraron los primeros ataques. Adquirieron algunos alimentos y se dispusieron a pedir información, ofreciéndose a echar a los demonios por una buena paga a cambio (por si alguien tenía duda, todo fue obra del charlatán de Miroku). Obtuvieron lo que necesitaban y se encaminaron hacia otro poblado vecino, y el joven exterminador se dirigiría junto con la nekomata al lugar donde habían sido citados por el anciano yōkai forjador de armas.

¿Estás seguro que el chiflado de Totosai te verá ahí?... como es tan desorientado y calavera —le preguntó Inuyasha a Kohaku, haciendo la puntual observación.

No lo olvidará —le afirmó el muchacho con convicción —. Kirara seguirá su rastro, así que nos vemos más tarde.

Bien, cuídate por favor y salúdanos al maestro Totosai —le dijo Miroku amablemente, palmeándole amablemente el hombro—. Te estaremos esperando… donde quiera que nos encuentres.

Ya un poco alejados de la aldea, caminando por un angosto sendero, nuestros amigos conversaron de… otro asunto importante, importante para el joven Hanyō.

Oye, Miroku… —en cuanto Kohaku se perdió en el horizonte, Inuyasha le habló al monje en un tono bastante cohibido—… ¿podrías…? —"¡Carajo, esto es absurdo!..." pensó un poco apenado y contrariado, "… pero este idiota es el único que de verdad puede ayudarme".

¿Si… qué es lo que se te ofrece, Inuyasha? —el aludido lo observó escrutadoramente, respondiéndole con amabilidad—. Imagino ya cual es el asunto que te mortifica, pero puedes decírmelo con toda confianza.

¡Keh!, si ya lo sabes no sé por qué te haces tonto —le soltó el semidemonio un tanto molesto.

Genio y figura… —le contestó su interlocutor en un tono también enfadado, y lo miró fijamente deteniéndose un poco en su andar—. ¿A dónde crees que vas a llegar con ese carácter, eh?... Y es por eso que te…

Ya, ya bájale y no me sermonees —le interrumpió el de dorados ojos en un tono más desesperado—. Es que yo… en realidad yo… no sé cómo decirle a Aome lo… lo que siento por ella —concluyó sonrojándose levemente.

Ante estas palabras que confirmaban sus sospechas, Miroku por poco se azota estilo anime. "¿Entonces… de qué te sirvió espiarme cuando…?" se preguntó internamente recuperando el equilibrio, mirando una vez más a su amigo sin disimular el gesto de resignación y pena ante el poco valor mostrado con la dama en cuestión.

Inuyasha, Inuyasha, ¿qué te detiene? —le dijo palmeándole suavemente el hombro, volviendo a caminar con él—. Sabes que la señorita Aome te ama intensamente, así que no veo dónde está el problema. Todo lo que le expresaste en los…

Eso porque es… es más fácil escribirlo… —le interrumpió una vez más el aludido, tartamudeando avergonzado—… pero… cuando quiero… cuando quiero hablar… siento que… siento que yo no soy… yo no soy así —y enrojeció otro poco.

El Hoshi lo observó una vez más de reojo, de forma escrutadora, como sopesando la situación.

Mmm… —meditó un poco antes de animarse a hablar nuevamente—. Por pura curiosidad, Inuyasha, amigo mío, ¿cómo fue que le declaraste tu amor a la noble señorita Kikyō?

Y por enésima ocasión el tono de la piel del Hanyō subió a un rojo tan brillante y encendido como el de su traje.

Eee… este… yo… es que yo… —el tartamudeo del de dorados ojos no se hizo esperar—… es que yo no… yo no lo hice.

Ahora sí el monje dio con su humanidad en el piso en lo que el joven semidemonio de plateada cabellera desvió la vista. Miroku se enderezó casi al instante, apoyado en su báculo y sobándose el área donde se magulló.

¡¿Cómo… cómo que no lo hiciste?! —preguntó asombrado con los ojos bien abiertos—. ¿Y entonces tú…?

Ella fue quien… ella me pidió que… que… me lo pidió… indirectamente —le interrumpió Inuyasha sin animarse a verlo aun de frente—. Kikyō me dijo que, si le pedía a la Shikon no Tama el deseo de ser un humano en su totalidad, ésta se purificaría desapareciendo al instante y así ella… ella podría ser una mujer libre para vivir a mi lado, dado que ya no tendría ninguna obligación como sacerdotisa.

Vaya, ya veo por donde va el asunto —el joven de ojos azules suspiró brevemente sin dejar de sobarse la frente—. Y tú, como todo buen hombre que se respete de serlo, estuviste muy de acuerdo en aceptar su propuesta antes de que Naraku los engañara… eso explica muchas cosas —y lo miró con suspicacia.

¡Keh!, pero ni te creas que pensé en alguna de tus… obscenidades —le espetó su interlocutor regresando un poco a su arrogancia habitual, recuperándose de la vergüenza.

Obscenidades… —murmuró el monje contemplándole ahora con molestia, y hablándole en entonación de circunspecto—… Ya te dije que dentro de un matrimonio no puedes llamarle obscenidades a las más puras muestras de amor entre dos seres que unieron sus vidas, y no me vengas con el cuento de que nunca pensaste llegar a la intimidad marital con la señorita Kikyō si hubieras vivido con ella.

Ante esas palabras tan ciertas, Inuyasha volvió a enrojecer levemente, desviando la vista una vez más para ocultar su bochorno.

Mmm… creo entender cuál es la raíz de tu problema —Miroku se sonrió un poco… por la forma de actuar del semidemonio, eso iba a ser un reto de lo más peliagudo—. Si no se te quitan esas ideas tontas de la cabeza no vas a poder pedirle a la linda señorita Aome que se case contigo.

¿Y quién dijo que quiero casarme con ella, eh? — preguntó sin meditar.

El joven Hoshi volvió a lanzarle una mirada fulminante. "¡Ay, Inuyasha, si serás… bruto!" pensó antes de expresar nuevamente su opinión.

¿Y entonces para que querías que regresara de su mundo, eh? —le reprochó con dureza en el acto—. La señorita Aome volvió porque te ama, y espera de ti una respuesta mejor que la de antaño.

Eee… perdón, creo que tienes razón —admitió el Hanyō avergonzado de sí mismo. Lo que tanto había deseado en el transcurso de esos tres años fue ver nuevamente a su amada morena del futuro, y sincerarse con ella respecto de sus sentimientos.

Pero por supuesto que tengo razón —externó el joven de corta coleta en tono de suficiencia.

Entonces… ¿si me ayudaras? —el de dorados ojos utilizó está vez un tono de súplica que no acostumbraba usar, mirando a su amigo con algo de desesperación y tristeza.

Tranquilo… para eso somos amigos —el monje volvió a sonreír otra vez, palmeándole un hombro a su camarada para transmitirle confianza, ya que parte de su trabajo es también brindar consuelo y auxilio al necesitado—. Debo decirte que tienes que estar dispuesto a abrirte a nuevos pensamientos y así realmente conseguirás declararle tu amor a la señorita Aome… como no lo has hecho nunca en tu vida.

Inuyasha suspiró con algo de alivio, sin afirmar ni negar nada. Miroku podría ser un monje charlatán, bastante hablador e indiscreto en ciertas cosas, pero sabía que, en momentos y situaciones difíciles, podía confiar en él.

Bien, bien… por ahora es menester que concentremos nuestras energías en la razón que nos trajo hasta acá —el joven Hoshi retomó su camino y recuperó el buen humor.

¡Keh!... p#$%& monstruos mierdas —y el semidemonio también recuperó su tono áspero y habitual.

En poco tiempo llegaron a otro poblado, y, antes de hacer otra cosa, solicitaron información sobre los ataques.

Se han presentado de forma intermitente, Excelencia —el mayor de la aldea, quien los había recibido en su casa, fue el que les proporcionó toda la información que requerían—. Desde hace aproximadamente un mes se han sentido fuertes disturbios en las alturas, y los rumores indican que son un poco más allá sobre la zona poniente.

Ah, ya veo… así que esas son las alteraciones causantes que los yōkai se muevan de forma descontrolada —Miroku meditó en el hecho antes de contestar, volviendo la vista al noble anciano—. Descuide usted, venerable patriarca, nos encargaremos de impedir el paso de esos seres implementando una barrera de protección espiritual —y se dirigió a Inuyasha en voz baja, a modo de explicarle la gravedad del asunto—. Inuyasha, mientras la causa que originó la perturbación no sea eliminada no podremos hacer mucho al respecto —opinó.

¡Keh!, miserables fenómenos —espetó entre dientes el Hanyō.

Su Excelencia, se lo agradecemos tanto — contestó el hombre dedicándole una breve reverencia.

No tiene por qué, venerable patriarca, es nuestro trabajo —respondió el aludido correspondiendo el gesto.

Llegaron a un arreglo acerca de la paga, y por supuesto que los servicios fueron bien cobrados, con la consideración de darles un razonable plazo para cubrir el monto total del mismo. La defensa espiritual a los alrededores del poblado detendría el avance de los yōkais en ese lugar. Incluso a Inuyasha le afectaba la pureza de la energía sagrada, sintiendo que se ahogaba. Ya casi anochecía cuando se retiraron manteniendo el rumbo hacia la zona Oeste, y Kohaku los alcanzó un poco más adelante.

¡Su Excelencia, señor Inuyasha! ¡Ya estoy aquí! —les saludó al acercarse a su posición, descendiendo prontamente con Kirara.

Kohaku, muchacho, es bueno verte de vuelta —el monje correspondió el saludo con una gran sonrisa, palmeándole del hombro en señal de bienvenida—. Puedo ver que nuestro buen amigo Totosai te hizo un arma muy versátil —le comentó admirando la nueva herramienta de trabajo que traía consigo.

Se trataba de una enorme arma en forma de hoz, como aquella que el joven exterminador solía utilizar en su entrenamiento, pero esta vez casi la triplicaba en tamaño. Sin embargo ya Kohaku había adquirido gran habilidad, como antaño su hermana Sango.

Ese viejo loco de Totosai hizo un buen trabajo con eso, Kohaku… será buena idea ir a verlo en cuanto terminemos con este asunto —Inuyasha observó también el arma y dio su opinión profesional—. ¿Y cómo se encuentra ese chiflado? —le preguntó más directamente al joven.

El maestro Totosai se encuentra bien, señor Inuyasha, y me imagino lo estará esperando —afirmó el chico con educación, guardando su arma con mucho cuidado—. Precisamente me preguntó por usted… dijo que hace días debería haber llevado a Tessaiga a afilar.

¡Keh!, ¿y encontrarme con Sesshōmaru?... ¡primero acabaré con las bazofias que dejó entrar a sus dominios, y después le diré sus verdades a ese idiota! —el semidemonio no ocultó su desagrado al pensar en topar de frente con su gran hermano.

Por cierto, Kohaku —Miroku intervino en la charla dirigiéndose a su cuñadito—, he de suponer que el maestro Totosai ha de saber algo del tema que nos ocupa… él y el anciano Myoga a veces se enteran de muchas cosas. ¿No te comentó algo? —le cuestionó amablemente.

Bueno… —Kohaku dudó un poco antes de responder, mirando fijamente a su cuñado—… lo único que me dijeron es que tuviéramos mucho cuidado, ya que al parecer hay demonios tan poderosos como el Señor Sesshōmaru por los alrededores… y a demonios de esa categoría no es nada fácil exterminarlos por los métodos tradicionales, Excelencia —aseguró al final.

Es cierto… —el aludido Hoshi suspiró por lo bajo, recordando que en alguna ocasión presenciaron algo relacionado en contra del Daiyōkai de larga cabellera plateada, y lo mal que terminaron los pobres monjes que lo habían desafiado de esa forma imprudente—. Ya suponía yo que Sesshōmaru tenía alguna relación con todo esto —agregó un tanto apenado.

¡Keh!, yo te lo dije —le interrumpió Inuyasha con su arrogancia habitual, rememorando el mismo pasaje—, ese cretino de mierda no ha cambiado para nada.

No, Inuyasha, yo no creo que le sea útil mandar a atacar y asesinar humanos… ¿qué ganaría con hacer eso? —el joven de azules pupilas negó con la cabeza—. Además la pequeña Lin no deja de ser humana, y, quiérase o no, ha confiado su cuidado a nosotros, así que no es por ahí el asunto…

¡Keh!, no me vayas a decir que se trata de alguna reunión familiar para constatar quien de todos esos p%&$# presumidos es el mero mero yōkai entre los yōkais… —el joven semidemonio no pudo guardarse la ironía al comentar—… ¡puras m"#$%%&!

Bueno… tal vez estés más cerca de acertar de lo que crees… —opinó Miroku mirándole con suspicacia—… pero de esas grandes criaturas demoníacas no podremos encargarnos sin riesgo de ser heridos de gravedad o algo peor, sobre todo si son varias y se encuentran reunidas, así que debemos concentrarnos en eliminar a los más débiles que estén por aquí y continuar sellándoles el paso.

Cómo me daría gusto acabar con uno de esos petulantes bastardos —comentó Inuyasha sonriendo con una maníaca expresión—, me sería más divertido que aniquilar inmundicias…

A este punto, al oírle hablar así, Miroku, Kohaku y Kirara hicieron gesto de resignación.

¿Y… por qué no le pides a Sesshōmaru que te los presente? —le dijo irónicamente el monje—. Tal vez así pudieras…

¡Keh!, no seas tarado, Miroku —le contestó de muy fea manera, interpretando correctamente el chistecito—. No voy a pedirle nada a ese engreído.

Aun no era tiempo de relajarse, así que se asistieron a dos poblados más antes de que la noche cayera por completo, e hicieron su trabajo. Ya era bastante tarde cuando al fin pudieron acostarse a dormir, dado que en la última población sí se habían topado con cinco demonios no tan débiles, a los que Kohaku tuvo que exterminar dado que Inuyasha los consideró basuras para él, algo no fuera de lo común en su naturaleza, aunque se encargó del último que estuvo a punto de escapar, y lo mandó en pedacitos al profundo abismo de la condenación utilizando la técnica del "Meido Zangetsua".

Señor Inuyasha… —Kohaku suspiró con abatimiento ante lo ocurrido—…pensaba utilizar la piel y los huesos de ese monstruo para crear nuevas armaduras de nuestra escuela.

¡Keh!, me lo hubieras dicho antes, Kohaku —le respondió el aludido en forma golpeada.

Vamos, Kohaku, no debes preocuparte por eso —le dijo Miroku consolándolo al palmearle la espalda—, creo que lo que tenemos aquí servirá… has hecho un buen trabajo el día de hoy —añadió felicitándolo por sus logros.

Muchas gracias, su Excelencia, fue con su apoyo que conseguimos el triunfo —respondió el jovencito un tanto avergonzado, ya que la modestia es una de sus virtudes.

Ahora me encargaré de purificar la zona… así podremos descansar sin temor —recalcó el Hoshi retomando la seriedad.

La gente les retribuyó por su ayuda brindándoles comida y un espacio para pasar la noche. Después de implementar la barrera espiritual y de un primer ritual de purificación de lo obtenido en la cacería, ahora sí a dormir, ya mañana llegarían a la comarca más conflictiva. Más, antes de que cerraran los ojos, justo al terminar con los rituales…

Oye, Miroku idiota, ¿no crees que exageras? —le dijo Inuyasha con voz ahogada, como si le costara trabajo respirar.

¿Te refieres al pago de nuestros servicios profesionales? —le respondió el aludido con otra pregunta.

No, inútil, no me refiero a eso… —reprochó el semidemonio aspirando una bocanada—… es sobre la barrera espiritual. Siento que estoy muriéndome…

Mira nada más quien es el que exagera… —observó el de azules ojos en tono divertido, para posteriormente agregar a modo de aclaración—. Haz de disculparme, Inuyasha, pero no sería nada conveniente hacerla débil.

¿Y cómo se supone que voy a pasar la noche, eh? —le cuestionó el Hanyō con rudeza—. Si no haces algo pronto juro que te mataré.

Serénate, amigo mío, por favor, y permíteme —el joven monje no pareció preocupado por la amenaza. Colocó un pergamino en la frente de su camarada e hizo un extraño movimiento con la mano, susurrando unas palabras ininteligibles.

¿Pero qué mierda...? —el de dorados ojos iba a replicar, más sintió que se libraba de un peso—. ¿Qué fue lo que hiciste? —preguntó al aspirar una bocanada de aire con mayor libertad, abriendo los dorados ojos de más por un segundo, sorprendido del repentino cambio en el ambiente.

A pesar que la cercanía de la luna nueva debilita tu poder demoniaco, Inuyasha, no dejas aun de ser un Hanyō, por lo cual recibes el efecto de la energía espiritual purificadora y eso te hace sentir peor —le explicó el monje calmadamente—. De alguna forma tuve que resaltar un poco tu lado humano, el cual no se ve afectado.

Aaahhh… ¿en serio? —el semidemonio no pareció comprender nada de lo dicho por su amigo.

Eso es… sorprendente —Kohaku no pudo ocultar un bostezo ni un cumplido, a lo que Kirara maulló aprobatoriamente—. Su Excelencia, de verdad que usted es admirable en lo que hace.

Es para lo que ha servido un buen entrenamiento —el aludido no dudo en afirmar con orgullo—. Han de recordar que próximamente seré el encargado del templo del maestro Mushin, y para eso se requiere a un monje capaz de dominar las esencias negativas.

¡Jah!, aunque hay ciertas negatividades que nunca dominaras del todo —opinó Inuyasha empleando un tono burlón, señalándole la mejilla que todavía se veía enrojecida.

Bueno, bueno, también soy un ser humano sensible hecho de carne… y la carne es débil cuando se trata de… —Miroku pareció apenado de verdad ante ese señalamiento a sus indiscreciones—… ¿qué quieres que haga al respecto? Pronto me entenderás —señaló al final.

Eso quisieras, tarado —obviamente que el joven de doradas pupilas no iba a admitir nada, y menos delante del muchacho, el cual enrojeció discretamente de los pómulos dado que aún no comprendía del todo el comportamiento de los hombres adultos con las mujeres, especialmente el de su cuñado con su hermana.

Y al fin se durmieron para renovar sus fuerzas y continuar con su camino.

El único que no pareció dormir del todo fue Inuyasha, y no porque estuviera preocupado por los monstruos, los cuales le tenían sin cuidado… meditaba en otras cosas importantes para él. "Carajo… sinceramente nunca pensé en tener hijos con Kikyō, eso no estaba en mis planes", se decía internamente con algo de reproche, "Pero ahora, con Aome… no… no sé si… yo no podría…" Enrojeció un poco al recordar que sí, esta vez si deseaba herederos… Miroku y Sango le habían hecho ver lo bello que era tener una familia numerosa. Pero, la concepción de una criatura implicaba realizar ese tipo de acciones que le daban harta vergüenza, dado que los indecentes de sus amigos luego no se medían en sus… muestras de cariño, principalmente el mañoso pervertido del Hoshi. Prontamente sacudió la cabeza para apartar esas ideas cochambrosas de su mente, más no dejó de pensar en el asunto…

Oye, Miroku… —lo movió un poco y le habló bajo para no despertar a sus otros acompañantes.

Mmm… Sanguito, dulce amor mío… —el monje hablaba en sueños, y, por el tono empleado, parecía algo bueno—… es sólo un besito más… no te enojes conmigo…

El de dorados ojos hizo mueca de desagrado y molestia, no queriendo ni imaginar las impúdicas introversiones que pasaban por la mente del libidinoso monje… porque la dichosa cuarentena de su último vástago aún no concluía, y eso lo tenía a "dieta". Ya nada más faltaba que lo abrazara confundiéndolo con su hermosa mujer.

No soy Sango, idiota descerebrado —lo zarandeó otro poco para traerlo de vuelta a la realidad—, así que ya despierta.

¿Eh, qué pasa? —el aludido abrió un poco los párpados—. Inuyasha, ¿por qué me despiertas así? —al percatarse de quien lo había sacudido, le miró con reproche—. Todavía no amanece y estaba teniendo un sueño magnífico.

¡Keh!, me di cuenta, no necesito referencias —observó el otro mirándolo inquisitivamente, hablándole en tono de superioridad—. Es una verdadera lástima para ti el que todavía falte tiempo para que termine la cuarentena, y es bueno que Sango te ponga en tu lugar de vez en cuando.

Ah, ya veo que la envidia te corroe —ironizó el monje riendo falsamente—. Mira, mi buen amigo, si me despertaste para echarme en cara mis deseos carnales… déjame disfrutarlos en sueños —le puntualizó bostezando grandemente, dispuesto a acomodarse de nuevo en el futón.

No seas torpe, Miroku, no puedes dormirte todavía porque… es que yo… yo quiero saber… —el tartamudeó por lo que iba a expresar no se hizo esperar, y volvió a enrojecer un poco al externarlo—… oye, ¿es necesario hacer… eso que tú y Sango… eso al casarse? —preguntó con un hilo de voz.

Una vez más, su amigo el monje le lanzó una breve mirada de pena e hizo un gesto de resignación, enderezándose un poco sobre el futón hasta sentarse frente a él.

Inuyasha, dime una cosa, ¿realmente quieres casarte con la señorita Aome y vivir a su lado? —le preguntó empleando una entonación apenada.

Eee… bueno… es que yo… yo… —tartamudeó el semidemonio por enésima ocasión. Por supuesto que quería vivir con ella de una manera formal, pero…

¿De verdad amas a la señorita Aome, o sólo la quieres para llenar el vacío que te dejó la muerte de la señorita Kikyō? —esta vez la pregunta fue más inquisitiva.

No, no es por eso, yo amo a Aome de verdad, y Kikyō… Kikyō ya es pasado —afirmó con presteza, admitiendo lo que no había admitido tiempo atrás—. Ahora… ¿qué hago?, ¿cómo puedo…? No quiero hacerlo mal, no quiero lastimarla ni hacerla sufrir de ninguna manera… sigo siendo una bestia peligrosa —admitió con algo de desesperación, mirándose las garras.

Tranquilo y tómalo con calma, que a la señorita Aome no le molesta que seas Hanyō —dijo serenamente el joven monje palmeándole el hombro para reconfortarlo—. Vamos por partes… Primero era prioritario admitir que sí la amas de verdad, cosa que ya has hecho y es un paso importante para la relación; lo siguiente es que estés dispuesto a cambiar ciertas… ideas que tienes con respecto al matrimonio.

Ajá —comentó su interlocutor, animándole a continuar con la "lección".

El punto es que el tener intimidad con la pareja es parte esencial de la vida matrimonial —afirmó el Hoshi sin perder la serenidad.

¿Entonces tengo que…?... ¿no hay otra forma de…?... ¿sólo se… así? —el de dorados ojos preguntó un tanto alarmado.

Miroku le hizo un gesto de poner los ojos en blanco por un instante… "Buda, por favor, ilumíname", pensó antes de articular alguna mala palabra.

Mira, Inuyasha, si sólo quieres compartir la misma cama con la señorita Aome nada más para dormir sin que pase otra cosa… —le dijo mirándolo con reproche—… igual puede dormir junto con Shippou o con cualquier otro sin ningún problema, y no creo que sea lo único que ella deseé de ti al vivir a tu lado —añadió con gesto resignado en tanto el aludido de plateada cabellera levantó una ceja a modo de expresar su desacuerdo —. Además… sé que también te gustaría tener hijos —y al momento le lanzó una mirada escrutadora.

¿Y quién dice que voy a cometer esa estupidez? —y por enésima vez al Hanyō le subió salvajemente el tono de piel, y habló sin meditar en lo que decía.

Y nuevamente el monje puso los ojos en blanco, levantando un poco las manos al cielo. "Ya veo que es… muy lento de aprendizaje" pensó internamente mientras se sonreía como bobo por las irreflexiones de su amigo.

Pues, ¿cómo te lo explico?… me parece que… fuiste tú quien me lo dijo —le respondió casi al momento, como si estuviera haciendo memoria—. ¿Quieres que te recuerde cuándo fue que me lo dijiste? —le preguntó fríamente al final.

Eee… creo que… —y un tartamudeo más, ya que le vino a la memoria una conversación que hace tiempo habían tenido de hombre a hombre, cuando las gemelas de Miroku y Sango eran recién nacidas —… no es necesario, ya lo recordé.

Menos mal —el Hoshi no cambió el gesto de frialdad por un segundo, para después retomar la mirada inquisitiva—. ¿A qué le tienes miedo, Inuyasha? La señorita Aome no te va a matar por amarla… pero si lo hará si no le cumples como ella espera —puntualizó en tono de circunspecto.

¿Tú crees? —preguntó el joven semidemonio con la duda reflejada en su rostro.

Amigo mío —Miroku no dudó en sonreír como acostumbra—, las mujeres son los seres más sublimes y sensibles de la naturaleza, capaces de mostrar de una sola vez una infinidad de emociones que tienden a complicar la vida de nosotros los hombres; y, si no las complaces como se debe… —hasta hizo como que temblaba—… pueden ser mucho más aterradoras que los poderosos yōkais que han provocado el alboroto que nos ha movido hasta aquí.

De seguro lo dices por experiencia, ¿verdad? —Inuyasha ironizó un poco.

Este… sí, algo hay de eso —el de azules ojos cambio un poco su expresión por una de tonto avergonzado—. Mi hermosa Sango no podrá quejarse de que… bueno, de que… —y ahora el tartamudo fue otro—… sólo que a veces… a veces me gana la…

¡Keh!, deja tus detalles para otros que quieran enterarse, Miroku —le reprochó el semidemonio con su tono habitual de aspereza, lanzándole una mirada enojada.

Está bien, Inuyasha —el citado recuperó su serenidad, sonriendo una vez más, y esta vez con picardía—, entonces disponte a abrir tu cerrada mentalidad y siéntete libre de permitirte esos deseos ocultos… la señorita Aome se sentirá muy feliz, ya que por lo visto ella también quiere una vida familiar contigo. Y ahora, si me disculpas… tengo que descansar bien —y se acomodó otra vez en posición horizontal, disponiéndose a continuar con sus ensoñaciones subidas de tono.

Eres un… p##$%& puerco —dijo el Hanyō con desagrado.

Me gusta ser cochinón… —el monje bostezó y cerró los ojos con cara de felicidad.

Inuyasha le lanzó una mirada de fastidio absoluto por última vez antes de voltearse y tratar también de descansar. Permitirse un poco de locura con Aome era tal vez algo que no había concebido nunca… ni siquiera con Kikyō.

Nota de la autora: ¿Ven a lo que me refería? Sí Inuyasha fuera más cursi no sería él. Creo que nos queda claro, al menos es la loca idea que pasó por mi cabeza y que me animó a escribir este fic, por qué le da harta pena llegar al matrimonio, para tener… ya saben que… eso es lo que lo cohíbe. Pero no desesperéis, pues no es el único que sufre en declarar sus sentimientos, ya que Aome va a tener que darle un empujoncito debido a que ella también debe poner de su parte, y para eso recibirá ayuda de alguien… que no es Sango, es una sorpresita. No se lo pierdan, que esto todavía no termina. Muchas gracias por leerme y les mando un saludo.