ESTADO: REEDITADO
Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Suzanne Collins. Esta historia forma parte del Intercambio "Debajo del árbol" del foro El diente de león. Regalo para Elenear28.
CAPÍTULO 27: VERDADES
POV KATNISS
Esos recuerdos los mandé prácticamente al olvido, hasta hoy. Gale demostró como era ese día, como yo no le importaba realmente y como se preocupaba por él mismo, su orgullo y quien sabe que más.
Peeta siempre priorizo mi felicidad antes que la suya, aún ahora, le basta verme llorar, para olvidar su propio sufrimiento y aliviar el mío.
-Si entre nosotros no pasó nada y reacciona así ¿Cómo crees que reaccionará cuando te vea con Peeta? –Dice Finnick.
-Ya me vio con él, Finnick.
-Me refiero a tu situación actual.
-Cuando me vio besándome con Peeta en mi casa dijo que quería lastimarlo y golpearlo.
-El día del rescate… después de ver a Annie, quise buscarte a ti, a Haymitch o a cualquiera, para hablar. Llegué al pasillo donde tú y Peeta estaban sin saberlo y me topé con Gale, estaba furioso. Cruzamos algunas palabras no muy amables. Recién cuando pasé una segunda vez por ese mismo pasillo te escuché a ti y a Peeta en una de las habitaciones. Entonces, hice la asociación. Es probable que los haya visto o los escuchara igual que yo… que los haya espiado a propósito. Eso explicaría su rabia. Me dio algo de miedo lo que vi en su mirada, por ustedes.
-¿Qué quieres decir? ¿Qué hablaste con él?
Él me cuenta todo y me quedo paralizada. Se atrevió a desafiarlo a Finnick, cuando éste le advirtió que no respondería de sí mismo, si se acercaba a mí o a Peeta, le aseguró a Gale que nos protegería del mismo modo que hizo en los juegos.
-Mira, no estoy diciendo que vaya a hacer algo. –Agrega al final. –Tal vez el enojo desaparezca en algún momento y los deje en paz, pero sé leer a las personas y su actitud me dio desconfianza. Cuídate y cuida de Peeta. Si notas algo raro, avísame. Puedes contar conmigo.
-Si Gale llega a hacerle algo a Peeta, me las pagará. –Le aseguro a Finnick.
-No lo dudo. Por eso no me gustaría ser tu enemigo. –Finnick sonríe divertido. –Voy a ver a Annie. –Dice cuando llegamos al hospital. – ¿Nos vemos en la cena? ¿O también ignoraras tu horario hoy?
-Me lo pensaré. –Le contesto, ya que ayer no fui a cenar. En su lugar me quedé con Peeta y Prim trajo comida extra para mí.
-De acuerdo, Chica en Llamas. Suerte con Peeta.
-Y tú con Annie.
Me tomo unos minutos antes de entrar a verlo, pensando en Finnick y lo que dijo.
¿Gale sería capaz de hacerle daño a Peeta? Fue mi amigo en el pasado, y odio pensar tan mal de él. Pero a Finnick tampoco se le escaparon muchas cosas, de hecho él es capaz de ver cosas más rápido que cualquiera, tal vez por la vida que le tocó en suerte, la cantidad de injusticias que presenció, y por haberse encontrado con gente tan despreciable desde que ganó los juegos. No puedo ignorar sus consejos, porque si tiene razón, me arrepentiré. No puedo arriesgar la seguridad de la persona que amo.
En nuestra última charla antes del Vasallaje, pude percibir claramente todo ese odio acumulado, los comentarios despectivos sobre Peeta en ese momento, e incluso meses antes. "Ve a morir con tu panadero" me dijo. No hubo abrazos, ni palabras de cariño o dolor. Que yo le dijera que iba a sacrificarme por Peeta, lo enloqueció y por unos momentos le tuve miedo. Si de verdad lastima a Peeta no lo perdonaré nunca.
Peeta ya sufrió mucho con el secuestro, sufrirá más cuando le cuente que todos lo que conoció murieron, no puedo permitir que venga otra persona más a terminar de destruirlo. Mi respiración se vuelve irregular de repente me empiezo a sentir mal, mareo repentino y dolor de estomago. No es la primera vez, me pasa cuando estoy cansada o bajo mucha tensión. Maldito posible embarazo. Respiro hondo y me recompongo, antes de entrar.
Peeta duerme en su cama, cierro la puerta con cuidado de no hacer ruido y me acerco a él. Cuando me siento en una silla a su lado, él abre sus ojos adormilado.
-¿Kat?
-Creí que dormías.
-No del todo. Es decir, desperté hace un rato, y no he podido volver a hacerlo.
-Últimamente, no haces nada más que dormir. –Bromeo.
-Es por la extracción de sangre casi constante y la medicación ¿Cuándo dejaran de darme tantas cosas?
-Si lo supiera, te lo diría. –Acaricio su rostro y después su sedoso cabello.
-Estoy cansado. –Me dice.
-Duerme, entonces. Yo estaré contigo lo que reste del día.
-No en ese sentido.
-¿En cuál?
-¿Qué me sucede, Katniss? ¿Qué está mal conmigo? Porque no lo entiendo. No entiendo que me pasa.
-No lo saben. Los estudios que te hicieron son muy complejos, están descartando cualquier irregularidad. Hasta ahora no hay nada en tu historial de gravedad.
-¿Hasta ahora?
-Siguen estudiando tu caso.
-Los doctores me inyectaban una sustancia por órdenes del presidente. Tú me dijiste que podía confiar las personas de aquí.
-Y puedes, te ayudarán.
-Te creo, por eso se lo dije a una de esas mujeres que me atiende cuando vino a extraerme otra muestra de sangre. ¿Tú conoces al Dr. Aurelius?
-Es un psiquiatra. Finnick y yo tenemos varias sesiones en la semana con él. ¿Por qué?
-Vino a verme mientras tú no estabas. Dice que va ayudarme a salir adelante, pero no hablamos mucho. Me hizo preguntas muy personales y no las respondí.
-Yo tampoco hablé la primera vez. Pero debes hablar, si lo haces te dejará en paz más rápido. Tal vez te ayude.
Perfecto, Katniss. Muy convincente. Me golpeé a mí misma, no es como si las palabras de un hombre que jamás pasó por los juegos nos ayudaran a Finnick y a mí. Nuestra ayuda consistía en acompañarnos y ni así nos sentíamos mejor porque no estábamos con las personas que lograban calmar nuestros demonios.
Peeta sonríe y se le escapa una carcajada.
-Eres una pésima mentirosa. –Se burla.
-No te miento. –Le digo a la defensiva.
-Haré de cuenta que te creo.
-No me ayudó, porque la única persona que realmente podía conseguir ese efecto no estaba conmigo… Tú.
Lo beso y segundos después, él me corresponde. Sonreí contra sus labios unos segundos antes de apartarme.
-Mis pesadillas también suelen ser sobre perderte. –Recito su frase. –Ahora que tú estás conmigo, no te dejaré solo nunca más. Saldremos de esto juntos.
-Juntos. ¿Eso lo dijimos cuando sacaste las bayas?
-Sí.
Peeta cierra los ojos, seguramente recordando. Luego los abre y me mira. Me dedica una leve sonrisa, que agradezco, siento como si el viejo Peeta saliera a la superficie.
…
Pasa un día más, Peeta despierta alterado por una pesadilla y yo como siempre lo consuelo. He pasado esta noche durmiendo con él. Con mi cabeza en su pecho y sus brazos rodeándome. A veces los papeles se invierten y es Peeta quien se recuesta sobre mi pecho y yo me dedico a espantar sus miedos con palabras y caricias. Hacerlo sentir, seguro, protegido y amado, como él hizo tantas veces conmigo.
Lamentablemente su nueva pesadilla trata sobre perder a sus seres queridos. Y es ahí cuando llega la pregunta que no quiero contestar.
-¿Por qué no ha venido mi familia a verme?
Me separo de él un poco y bajo la mirada.
-Me contaste que muchas personas escaparon del Distrito Doce tras el bombardeo ¿Por qué no me visitaron?
-Peeta…
-¿Están muertos?
Levanto la mirada y la fijo en la suya.
-No salieron del distrito ¿verdad? –El dolor en su voz es evidente. Seguro desea que se lo niegue. –Katniss… responde, por favor.
-Alrededor de ochocientas personas escaparon del distrito. El bombardeo tomó por sorpresa a todos. Tu familia no sobrevivió. La zona comerciante fue la primera en ser atacada. Lo lamento, Peeta.
-¿Por qué no me lo dijiste antes?
-Pensamos que sería mejor esperar, decírtelo cuando estuvieras más tranquilo. Peeta los primeros días estabas muy inestable y no quería… que te enteraras de esa forma. Tenía miedo de tu reacción. Tengo miedo.
Los ojos de Peeta se llenan de lágrimas que derrama de inmediato. Me toma de los hombros con fuerza cuando ambos nos sentamos en la cama. Duele un poco pero no me quejo, yo también estoy llorando en silencio.
-¡No puede ser! Dime que es mentira. Katniss ¡ellos no pueden estar muertos! ¡No pueden! –Se abalanza contra mí y se aferra a mi cuerpo escondiendo su rostro en mi pecho, llorando y despotricando, descargándose, echándose la culpa, emitiendo ruidos provocados por el llanto que me rompen el corazón en mil pedazos. Y yo lloro junto a él, sintiendo un enorme nudo en mi garganta, que me impide hablar. Mi esposo perdió a su familia completa. Me limito a abrazarlo y acariciarlo, besar su cabeza y su rostro. Entiendo cómo se siente, me tocó vivirlo con mi padre. De nada servirán las palabras de aliento cuando él se encuentra en este estado, cuando se calme será más fácil. Pero ahora no.
-Lo siento. –Es lo único que digo.
Un enfermero entra y le clava la aguja de una jeringa en el brazo, conozco ese líquido, lo utilizaron para noquearme tantas veces. Cuando el llanto de Peeta cesa y la presión de sus brazos y manos en mi cuerpo se vuelven débiles, sé que hizo efecto. El hombre me ayuda a recostarlo en la cama y yo lo tapo con las sabanas. Su rostro consumido y lastimado por las torturas y la mala alimentación, está colorado y húmedo por las lágrimas que resbalan por su rostro. Sus labios se encuentran levemente entreabiertos y húmedos, un par de lágrimas se deslizan sobre sus labios. Limpio su rostro con un pañuelo y me inclino nuevamente y junto nuestros labios, saboreando sus lágrimas saladas, borrando el rastro de ellas, deseando también quitar de su alma toda su pesadumbre y desesperación. Finalmente llorando más, porque su dolor, siempre será el mío, y me siento impotente por no poder ayudarlo. El perder a las personas que amaste en el pasado y más en una situación tan trágica, deja marcas que no desaparecen nunca.
…
Me doy cuenta cuando despierta horas después, porque su respiración se acelera y puedo escuchar sus sollozos. Toco su hombro, pero él sigue de costado dándome la espalda, su cuerpo tiembla visiblemente. Suspiro con cansancio más emocional, que físico. Respeto que me ignore. Necesita su tiempo para asimilar la muerte de su familia. Me siento de nuevo en la silla y acaricio sus rizos rubios.
-Si pudiera volver el tiempo atrás para cambiar todo aquello que te hace sufrir ahora mismo, juro que lo haría. Lamento la muerte de tu familia, conocía a tu padre. Él era una buena persona y sé que tú eras más cercano a él, que a tu madre. También sé que querías a tus hermanos y lo que esa pérdida debe significar para ti. Perdí a mi padre y si perdiera a Prim, no sé qué haría. Entiendo cómo te sientes. No exigiré que me hables ahora, solamente quiero que me escuches. –Hago una pausa, dándome cuenta que los sollozos se volvieron más silenciosos al escuchar mi voz. –Todavía hay gente que te quiere. Yo, Haymitch, Finnick, Effie, mi familia. Prim te adora, una vez me dijo que le hubiera encantado tener un hermano mayor como tú, casi me sentí celosa porque te prefería ti. –
Me río ante la última frase.
-Pero lo comprendo, ustedes dos se parecen tanto. Se entienden. Y yo no soy divertida como tú, o ella. Ahora que eres su cuñado está feliz por nosotros dos. Mi madre tambien se tomo bien nuestra relación. Te adoran. Lo que quiero decir con esto es que no estás solo. Ese día en la playa me dijiste que nadie te necesita… estabas equivocado. Te necesito como el aire que respiro, no habría llegado tan lejos si no hubieras estado tú en los momentos más oscuros de mi vida. Y no es únicamente eso, hay mucho más. Como cuando me atreví a reconocer que te amaba. El día que nos casamos en secreto. La primera vez que hicimos el amor. Los votos que nos hicimos durante el Tueste son reales. No debes dudar de mi amor por ti. Siempre estaré para ti, sin importar lo que pase. Algunas cosas tendremos tiempo para hablarlas después. Ahora me importas tú.
Peeta me escucha, aunque no me mire.
-No tienes la culpa de nada de lo que sucedió. El Presidente Snow es una persona cruel y vengativa, si supieras todo lo que pasaron los vencedores, ellos también perdieron familias, amigos, incluso al amor de su vida por culpa de él. Debes ser fuerte. No te derrumbes. De los dos tú siempre fuiste el más fuerte emocionalmente, cuando yo perdía el rumbo y el miedo me dominaba, eras tú el único que conseguía calmarme. Te mantenías fuerte por mí y eso verdaderamente lo apreciaba. Yo nunca fui tan fuerte cuando algo me superaba me quebraba, pasaba un tiempo hasta que me reponía, y luego lo que hacía era esconder el dolor. Cuando me rescataron, ni eso pude hacer y ahora que estás de nuevo conmigo, me destruye verte de esta manera. ¡Dime qué puedo hacer para ayudarte y lo haré!
-Ya haces mucho, Katniss. –Habla por primera vez. –Necesito tiempo. No te preocupes por mí, estaré bien. Podrías hacer algo… –Contesta sin mirarme y con los ojos cerrados, mientras acaricio su rostro. –Cántame a mí, como el primer día de clases. O cuéntame una historia con final feliz.
-¿Tiene diecisiete o cinco años?
-Ahora mismo no lo sé. –Se ríe un poco. –Sientes pena por mí ¿no?
-¿A qué te refieres?
-De mi situación. –Aclara. –Me robaron todo, mataron a todas las personas que amaba y formaron parte de mi vida antes de los juegos, mi familia, mis amigos; perdí mi pierna hace un año; maté personas; fui torturado por algo que ignoraba completamente, la rebelión; vi morir a Portia frente a mis ojos. Y aún así sigo vivo. Debería estar muerto. Debí haberme tragado esas malditas bayas, en vez de escupirlas. Lo hubiera hecho de haber sabido todo lo que ambos desataríamos.
-No digas eso. –Le contesto con tristeza. –Y no siento pena por ti. Sufro junto a ti. Eso es diferente.
-¿Qué? ¿Acaso tú no lo piensas? Qué haber muerto habría sido mejor. –Peeta se recuesta sobre su espalda y me fija su mirada en mí por primera vez. Sus ojos están rojos e hinchados por el llanto.
-Lo pienso a menudo. –Reconozco. –Al principio pensé que si yo hubiera muerto nada de esto hubiera pasado y tú estarías a salvo con tu familia. Pero después de saber lo que los vencedores hacían, estoy segura que habrías sido un aprendiz de Finnick Odair. Eres un chico atractivo, carismático y dulce, algo que les encanta a las mujeres del Capitolio. Imaginarte llevando esa vida me da terror.
-¿Los vencedores eran prostituidos contra su voluntad?
-¿Cómo lo sabes?
-Johanna me lo dijo. Si no obedecían, Snow mataba a cualquier persona que fuera importante para ellos, o a todos de una sola vez.
-Es la verdad.
-Nuestras vidas jamás nos pertenecieron, le pertenecen a Snow. También nuestras muertes y las de las personas que nos rodean.
Tomo la mano de Peeta entre la mía y él la estrecha a su vez.
-Me gustaría que no fuera cierto, pero lo es. Le haré pagar al Presidente Snow personalmente todo lo que nos hizo. Te lo prometo. Te pondré a salvo y nunca nadie te volverá a hacer daño.
Opto por contarle una historia. Me la contó mi padre un millón de veces, me gustaba porque dentro de todos los cuentos era el más realista. Trataba sobre dos amigos, una niña y un niño. Durante el invierno, un día el niño es seducido por las cosas que le ofrecía una mujer vestida de blanco, la Reina de las Nieves, quien lo secuestra. La niña preocupada se va del pueblo en busca de su amigo con la idea de rescatarlo, siguiendo pistas, preguntando a cualquier persona que se cruzara. Pero para que el rescate se lleve a cabo tienen que experimentar situaciones difíciles. Ellos están enamorados, cuando la niña lo libera del hechizo que congeló el corazón del niño, convirtiéndolo en hielo y logran escapar. Vuelven a su pueblo y todo sigue como antes la única diferencia es que ellos dejaron de ser niños, para convertirse en adultos y a pesar de todo siguen adelante con sus vidas, porque aprendiendo de las experiencias vividas. Y se tienen el uno al otro.
Mientras se la cuento me doy cuenta que nos representa a nosotros, y que fue una elección acertada para el momento. Le digo a Peeta que sin importar las circunstancias y los problemas, podemos seguir viviendo, sin mirar atrás, aceptando lo que somos y como nos hemos visto obligados a madurar a la fuerza. Él entiende el mensaje y me agradece. Me dice que su padre también se la contaba, pero nunca la relacionó con su situación hasta ahora. Peeta me dice que dejé de ser esa chica tosca que vio por años y que se alegra que la verdadera Katniss esté de regreso. Yo le explico que mis sentimientos hacia él me cambiaron e hicieron que poco a poco volviera emerger la niña que fui antes de la muerte de mi padre.
Sonreímos y nos quedamos en silencio varios minutos.
El resto del día no es digno de recordar. Peeta sigue afectado por la noticia. Llora cuando cree que no lo estoy mirando. No le digo ninguna cosa. Es mejor que llore todo lo que necesite. Liberar su angustia, su enojo y no guardar nada, será sanador.
Yo casi entré en depresión por guardar mis sentimientos bajo llave y no dejarlos salir hasta esa noche en el manzano de su casa. No llevé el duelo adecuadamente y me costó el doble salir de él. Peeta no suele ocultar sus emociones, lo cual creo que es una ventaja ahora mismo. El doctor Aurelius me dijo que en el duelo las personas suelen pasar por cinco etapas: negación, ira, negociación, tristeza y aceptación. Peeta sigue estancado en la primera y sufre un poco con la cuarta. Debería pedir una consulta con el psiquiatra, aclararle la situación, contarle sobre Peeta, para que me aconseje y de paso decirle que sería buena idea que empezara a tratarlo, por más que se niegue a hablar. Hago nota mental de hablarlo al día siguiente. Hoy no pienso abandonar a Peeta en ningún momento.
Almorzaré y cenaré aquí, después de asegurarme que él coma todo lo que debe. Han doblado sus raciones de comida, todos están de acuerdo en que debe ganar peso, volver a lo que era antes de haber sido tomado prisionero, recuperar sus fuerzas. Los primeros días devolvía todo lo que comía. Ahora come todo su plato, sin que su cuerpo rechace la comida.
Me preocupa que puedan decir los resultados de los estudios, pero trato de no pensar demasiado.
¿Qué era lo que le inyectaban? ¿Cuál era el objetivo? ¿Le quedarán secuelas? ¿O era una droga para volverlo loco durante las torturas?
Cuando me preguntó que había de malo en él, me estremecí e internamente me pregunté qué era lo que él sentía exactamente para estar tan asustado. Pero, por cobardía no atreví a preguntárselo.
Espero que no sea grave.
