Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18


Capítulo en edición

Recomiendo: Like I'm Gonna Lose You – Jasmine Thompson

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Capítulo 33:

Estasis

"(…) Me desperté en lágrimas contigo a mi lado

Tuve un suspiro de alivio y entonces me di cuenta

No, no tenemos asegurado el mañana

Así que voy a amarte como si fuera a perderte

Y voy a abrazarte como si estuviera diciéndote adiós

(…) Porque nunca sabemos cuándo se agotará el tiempo

(…) Así que te besaré más, cariño

En cada oportunidad que tenga

(…) Así que aprovechemos nuestro tiempo para decir lo que queramos

Aprovechemos lo que tenemos antes que todo se haya ido

No, no tenemos asegurado el mañana…"

Me alejé completamente de él frente a lo que acababa de decirme.

—¿Qué estás insinuando?

—Lo que escuchaste.

Me levanté del sofá y lo miré de pie, con mis manos tensas y la columna recta. Ethan también lo hizo y dejó el legajo sobre la mesa de café.

—Los vi en la isla —murmuró con seriedad.

Mierda, pensé, buscando alguna excusa decente para arrebatarle esa idea de la cabeza. Pero sabía que era en vano, ni siquiera tenía fuerzas para ocultarlo o seguir mintiéndole en la cara, estaba muy convencido.

—Bella, los vi besándose —repitió—. En la cocina, de forma acalorada, para ser específicos. No ha terminado desde ese entonces, ¿no es así?

Hice un mohín incómodo y cerré los ojos.

—No creo que debamos hablar de esto —musité—. Lo nuestro…

Levantó las cejas y puso sus manos en su cintura, analizando mi expresión.

—¿Entonces vas a decirme que lo que ocurre entre mi hermano y tú no es más que una aventura de un momento? ¿Que no te importa?

Tomé mis legajos y los apilé para guardarlos en mi bolso, ignorando su pregunta. Mi instinto me decía que no le dijera la verdad, que Edward y yo éramos novios y que nos queríamos.

—Estoy hablándote, Bella —insistió, endureciendo su voz.

—No voy a responder a algo que no te compete —acabé susurrando con los labios apretados.

Entrecerró sus ojos.

—Es mi hermano. Es peligroso y lo sabes.

Tensé la mordida y luego bajé la mirada hacia lo que estaba haciendo.

Maldita sea, ahora Ethan lo sabía, ¡demonios!

—Bella —volvió a llamarme—, te has enamorada de él, ¿no?

Bufé y rodé los ojos.

—No voy a contestarte —respondí después de un rato—, para nada.

Frunció los labios y se cruzó de brazos, evidentemente molesto.

—Realmente lo amas.

Tragué.

—Lo amas más de lo que imaginé.

Respiré hondo.

Maldición, hasta Ethan lo sabía primero que mi cobrizo.

—Aléjate de él, te lo digo de verdad, aléjate. Su pasado no es bueno para ti.

Fruncí el ceño.

—Es suficiente. No necesitas decirme qué y no hacer con él.

—Bella, estoy hablando en serio, mi hermano solo piensa en sí mismo, no sacarás nada bueno de esto.

Me di la vuelta y caminé hacia el arco de la pared para salir de la sala, pero él me siguió a pesar de mi negativa a hablar.

—Si alguien llega a enterarse de esto mi familia se irá abajo, al igual que la tuya —decía.

—¡Sht! Baja la maldita voz —le pedí, nerviosa porque alguien fuera a escucharnos.

—¿Qué ocurre? —bramó Edward, acercándose a nosotros.

Ethan levantó la barbilla y se acercó a él.

—Ya sé lo que ocurre entre ustedes dos, los vi en la isla —le dijo.

Edward se mantuvo sereno, con esa cara de póker en la que no cabía expresión alguna. No sabía qué pasaba por su cabeza.

—No es asunto tuyo —respondió al fin.

—Sí lo es, porque todos somos familia ahora.

—Si vas a abrir la boca…

—No, no lo haré —espetó—, y no por ti sino por ella. —Se giró hacia mí y suavizó su gesto—. Porque me importas, Bella, créeme que mucho más de lo que puedas imaginar.

Los ojos verdes del cobrizo se oscurecieron y, de un momento a otro, lo tomó de la camisa con fuerza.

—¡Edward! ¡Déjalo! —le ordené, mirando hacia las otras direcciones por si venía alguien más.

—Este es mi hermano en carne propia, te lo advertí, Bella —susurró Ethan, sosteniendo las manos sobre las de su hermano.

—¿Qué le has dicho? Dímelo.

—Es suficiente, ya basta —le supliqué, tirando de su chaqueta para que lo dejara—. Por favor —insistí con los ojos llenos de lágrimas.

Edward me miró, arqueó las cejas y lo soltó.

—No vuelvas a tocarme, ¿entiendes? —le advirtió su hermano, acomodándose la ropa—. Te lo dije, Bella, hazme caso.

Se dio la vuelta y se marchó hacia la puerta trasera, dejándonos en medio de un ambiente incómodamente tenso.

—Lo sabe —susurré, dejando caer los hombros.

Ya ni siquiera me tomé la molestia de preocuparme, incluso sentía que ocultarlo comenzaba a transformarse en una carga que se hacía cada vez más pesada.

—¿Qué te dijo de mí?

—Nada importante, sólo me repitió que no siguiera contigo —musité con un nudo en la garganta.

Frunció el ceño.

—Ya veo. Te habló de algo más.

Lo miré a los ojos y respiré hondo.

—De que tienes un pasado… tal como me has dicho tú. Ha insistido en que me aleje de ti.

Tragó, como si tuviera un nudo en su garganta.

—¿Y qué harás?

—No voy a hacerlo, te quiero.

Suspiró y me acarició los labios.

—Ethan te quiere para él —susurró—, me preocupa, me enoja y me asquea que pueda buscar la manera de acercarse a ti, sobre todo ahora, que posiblemente no pueda verte como antes.

—Edward…

—Ahora lo sabe y sé que no se quedará en paz. Lo conozco, Bella.

Suspiré.

—¿Te vas a enojar conmigo? —inquirí.

Botó el aire y dejó su mueca molesta para abrazarme.

—No, jamás —me susurró.

Yo metí mis manos bajo su lindo y elegante abrigo café, sintiendo su calor.

—Vamos a otro lado, aquí pueden escucharnos.

Me tomó de la muñeca y me llevó al segundo piso, conduciéndome hasta una de las habitaciones más alejadas. Ahí, cercano a la ventana más grande de toda la casa, me hizo entrar a un cuarto amplio y muy ordenado.

—Tu habitación, ¿no? —susurré.

Asintió y cerró la puerta con llave.

—Aquí podremos hablar más tranquilos. Antes de que se fuera, le pedí a mi padre que mantenga a todos lo más distraídos posibles, quiero estar contigo un buen rato, hay mucho que tenemos que contarnos, en especial tú.

Suspiré nuevamente y me senté en la cama, pasándome una mano por el cabello. Él se agachó frente a mí y me tomó una de mis manos, sentándose a mi lado.

—¿En qué piensas?

Enfrenté sus ojos inquisitivos.

—En todo lo que ha venido de golpe. —Aún sentía los ojos escocidos y una incapacidad latente para hablar, a punto de ser expuesta una vez más a él—. Siento que explotaré, Edward.

—Hey —exclamó, llevando sus dedos a mis muslos con cuidado—, lo de Ethan te ha…

Negué y puse mis manos en su cabello.

—Ya ni siquiera me molesto en enfrentar a todas esas personas que saben lo que tenemos tú y yo. —Me encogí de hombros—. Todo comenzó mal este día, quizá solo necesito descansar —musité.

Edward hizo lo que necesitaba, abrazarme y recomponerme. Era increíble lo mucho que me mejoraba con su sola presencia.

—Dime qué ocurrió, te conozco muy bien, sé que estás mal por más que tu despido —me dijo al oído.

Apreté los ojos con mucha fuerza y unas cuantas lágrimas se me escaparon.

—Vi a mi madre.

Sus cejas se arquearon de evidente preocupación.

—¿Te hizo algo?

—Físicamente no, pero me ha recordado mis errores pasados —susurré, tomándome las manos entre sí.

—¿Qué? Bella, puedes confiar en mí, sabes que nunca te juzgaría.

Miré sus ojos verdes y de inmediato sentí muchas ganas de llorar.

—Renée me ha amenazado, quiere… acercarse a Todd debido a un secreto que compartimos.

—¿Qué? ¿Qué secreto?

—No puedo decirlo —murmuré.

Me tomó las mejillas con sus manos y me miró de más cerca.

—Bella, entiéndelo, no voy a juzgarte.

Arrugué mis párpados.

—Lo sé, es sólo que no puedo decirlo, me cuesta mucho. Renée me ha amenazado con contarlo y si eso ocurre perderé a mi familia.

—¿Qué te ha pedido a cambio? ¿Dinero? ¿Poder? Dímelo, yo puedo ayudarte.

Sonreí con mucha tristeza.

—Me pidió a Todd.

Su rostro emitió una mueca de horror.

—¿Vas a ceder? Bella, no hay secreto que pueda significar perder a Todd…

—Lo sé, pero… necesito enfrentarla, ya sabes.

Cerró los ojos y juntó su frente con la mía.

Lo sucedido con mi madre sólo significaba una cosa, y es que probablemente yo no podría dejar a Todd a solas, no con mi padre vulnerable a ella, tanto financiera como emocionalmente hablando.

Me levanté y caminé por su espaciosa habitación, la antigua. No la había contemplado realmente hasta ahora. Tenía las paredes de color azul y algunos posters de bandas bastante famosas de los 90. La cama era individual, con edredones oscuros y estaba apegada la pared, mientras que al frente se concentraba el rincón más precioso, con un librero inmenso lleno de libros y premios de feria escolar y de proyectos ingenieriles de la secundaria y universidad. En el fondo, frente a la inmensa ventana que daba al también inmenso bosque que rodeaba la casa, había un piano de media cola de color negro azabache con rebordes dorados.

—Le mostré un expediente a Ethan —susurré, dándome la vuelta hacia él.

—¿Expediente? —inquirió.

Asentí mientras lo buscaba en mi bolso, que estaba sobre su cama.

—Trace te investigó. —Le puse el legajo entre las manos mientras fruncía el ceño marcadamente—. Lo siento, yo le prohibí que lo hiciera, pero cometí el error de contarle las inquietudes de tu hermano y… también dudó de ti.

Edward lo observó con aspecto serio aunque no sorprendido de encontrarse con la verdad. Bufó y lo dejó sobre la cama, muy molesto.

—Supongo que tu brillante colega dejó de creerlo en cuanto lo leyó, ¿no?

—Sí —respondí—, al igual que Ethan.

—Y se ha molestado porque sus suposiciones no eran ciertas.

—No, en realidad se molestó con mi férrea defensa puesta en ti.

Relajó su expresión, sorprendido.

—No me mires así, sabes que siempre te he creído.

Caminé en medio de la sala, justo hacia el piano, atraída a la paz que él me provocaba.

—Pero, ¿desde ahí asumió que tú y yo estábamos juntos?

Negué.

—En realidad, Ethan lo supo porque te quiero y es evidente.

Y también insinuó lo mucho que te amo, pensé.

—Bella —me llamó.

Lo miré y él se acercó a paso lento, tomándome el rostro entre sus manos.

—Lo de Aro es mi culpa, no debí ir a tu trabajo, sabía que tarde o temprano, si se enteraba de lo que ocurría entre tú y yo…

—No, es culpa mía, que actué sin pensar debido al dolor de ver injusticia y, bueno, porque mi madre me alteró antes de que fuera al trabajo.

Respiró hondo y me besó los labios con suavidad. Nos quedamos en silencio un largo momento y él, de pronto, suspiró con mucha agonía.

—Volveré al mar —me contó—. El próximo crucero partirá en dos semanas. Mi nuevo socio ha pedido que adelante el viaje a España, por lo que luego de mi último proyecto en el mar… no volveré a Manhattan.

Jadeé y mis lágrimas comenzaron a caer en automático.

—Lo siento, Bells, también me ha tomado por sorpresa —me dijo en un hilo de voz.

—Eso significaría que… tú y yo…

—No nos veríamos más desde la boda.

—Y de eso sólo quedan… dos semanas.

Mi corazón hizo un movimiento doloroso en el pecho, por lo que me aferré a mi autocontrol y me di la vuelta hacia la ventana para que no me viera tan angustiada por lo que acababa de decirme. Me puse una mano en el pecho y busqué aliento, pero era imposible. No sabía que el corazón podía doler de esta manera, resultaba agobiante.

Así que, ¿ya era nuestro punto final? Final… ¿Por qué tenía que acabar?

—No es suficiente —susurré, incapaz de enfrentarlo.

—¿Crees que hay un mínimo? —me preguntó con la voz entrecortada—. Bella, ¿de verdad lo crees?

Cerré los ojos mientras mi barbilla tiritaba. No llores, no llores, no llores, pensaba.

—Edward —lo llamé, dándome la vuelta.

Sentí sus pasos que venían hacia mí y yo, lejos de alejarme, deseé que llegara pronto hasta lo más cerca que pudiera.

—Yo no puedo viajar —señalé, mirándolo a los ojos—. No con Renée dando giros en mi vida, no con sus amenazas, no con… con mi familia sin dinero. Y-yo… —tartamudeé—. Yo tengo que quedarme.

Sus ojos verdes se apagaron y sus hombros se cayeron con lentitud, como si algo dentro de él se hubiera muerto de un momento a otro.

—Entonces, ¿tengo que decirte adiós?

Me mordí el labio y luego los apreté para poder calmarme, pero era en vano. Apenas y podía hablar.

—¿De verdad tengo que decirte adiós cuando muero porque te vayas conmigo? Ya estaba fantaseando con la idea. —Se rio sin ánimo y miró al techo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. No sé por qué lo hice, debí suponer que tu corazón iba a elegir el camino noble, porque lo eres, mucho más que yo.

Le acaricié las mejillas y él me besó las manos.

—Quiero ser egoísta, pero no puedo.

—No tienes que serlo, tienes un corazón inmenso, no puedo pedirte que hagas algo que va contra todo lo que has luchado, especialmente con tu hermano.

Una parte de mi cerebro me gritaba que lo pensara una vez más, pero sabía que llegaría a la misma conclusión. Quería gritar y pedirle que no se fuera, pero tampoco era capaz. Era simplemente una estatua en medio de sus brazos.

—Bueno, ¿no me desearás buen viaje? —inquirió, quitándome el cabello del hombro derecho para tener acceso a mi cuello.

Esa sola frase hizo que una bola de lágrimas saliera de mi garganta con un sollozo audible y lastimero que casi me deja sin respiración. Caí en su pecho, apretando su suéter con todas mis fuerzas.

—Bells, no me hagas esto —murmuró en mi oído—, no me hagas decirte adiós.

—Lo siento, cariño, pero no puedo irme —lloré—. Te quiero demasiado, tanto que no sé cómo explicártelo, pero no puedo irme, este lugar aún me tiene unida, no puedo…

Asintió mientras las lágrimas también le fluían con lentitud. Aquello me quebró en mil pedazos.

—Y por supuesto, espero que tengas un muy buen viaje y que… —Tomé aire—. Y que disfrutes todo lo que tengas al alcance. —Me obligué a sonreír—. Sólo… Sólo…

No podía hablar, estaba aturdida por el llanto.

—Sólo no te olvides de mí, te lo suplico. Porque te esperaré, así pasen cientos de años.

Su barbilla tiritó como un niño pequeño, mostrándome una fragilidad muy dolorosa.

—Si decides buscarme en estos dos años, te esperaré, no importa cómo, yo tendré mis brazos abiertos para ti. Eres mi novia, Bella, eso no lo cambiará nada ni nadie.

Edward me besó el cuello con lentitud mientras yo hacía uso de mi autocontrol para no seguir sollozando. Sus cálidos besos solo servían para desesperarme, porque sentía que todo pendía de una cuerda tensa, a punto de acabarnos.

—Dos años pueden pasar rápido, ¿no crees? —inquirí, mirándolo a los ojos.

Su gesto resultaba doloroso y muy ahogado.

—Si es que no conoces a alguien más —susurró, mirando hacia otro lado.

Negué con rapidez y me abracé a su cuello.

—¿A quién? Si te tengo a ti.

Suspiró y me besó mientras nuestras lágrimas se mezclaban en nuestros rostros. Finalmente descansé mi mejilla en su torso, disfrutando de las caricias que me daba en la nuca, hundiendo sus dedos en mis cabellos.

Disfruta lo que queda, son sólo 14 días exactos, después de eso me despediré y no volveré a sentir su calor por mucho tiempo, pensé.

—Quiero enseñarte algo, cariño —me dijo, separándose y dándose la vuelta.

Apreté los labios y asentí.

Tomó mi mano con fuerza y me acercó al piano, sentándome en la banquita junto a él.

—¿Tocarás para mí? —le pregunté.

Esta vez sonrió él.

—Sí, adivinaste.

Acarició las teclas con lentitud y luego empezó a probarlas de a una.

—Este teclado me lo regaló mi querido abuelo cuando era solo un niño. Supieras lo mucho que lo amaba —me contó.

—Es la primera vez que te veo hablar así de alguien de tu familia —confesé.

Miró hacia abajo, un tanto triste.

—El abuelo Cullen era magnífico, cuidó solo a mi padre y lo quería muchísimo, al igual que a todos sus nietos. Supongo que el amor que le tengo es porque siempre creyó en mí, siempre fue un hombre de piel, apegado a su familia y a los deseos de sus hijos. Hasta los últimos días me confió todo su apoyo a cada idea que pasaba por mi cabeza, él creyó en mí antes de que yo lo hiciera realmente. Este piano me recuerda a su existencia y por eso lo alejo, porque me entristece recordar que no está conmigo.

—Pero está aquí y sigue siendo parte de ti —dije.

Asintió y esbozó una pequeña sonrisa.

Sus largos dedos comenzaron a moverse, creando una suave nota musical. Por un momento me mantuve mirándolo tocar, específicamente en el movimiento de sus manos, pero a medida que la canción se iba tornando más y más emotiva, tomando el vuelo de una melodía tan intensa y tan vívida, como un remolino de dolor, amor e infinitas sensaciones, decidí mirarlo a él, a su perfil recto y concentrado, siguiendo el ritmo que salía de sí de manera innata. Sentía mis lágrimas correr por mi rostro, como si algo dentro de mí hubiera detonado en silencio, como una implosión dolorosa y lacerante. Edward paró de tocar de forma brusca y se giró a mirarme, preocupado por mis lágrimas. Se ponía muy nervioso cuando me veía así y creo que, en parte, no sabía qué hacer con ello.

—¿Es muy triste? —me preguntó, girándose hacia mí.

Me reí un tanto incómoda mientras me limpiaba el llanto con el dorso de mi mano.

—Un poco —confesé—, es… como si me llenara de emociones extrañas. ¿De quién es? Aunque no deberías preocuparte, ya sabes que todo lo que hablamos me dejó muy triste.

Sus ojos brillantes se ahuecaron un tanto y luego miró hacia mis labios, huyendo de mis cuencas.

—En un algún momento lo sabrás —dijo, misterioso—. De momento no puedo decírtelo.

Fruncí el ceño y ladeé la cabeza.

—De todas formas, me ha emocionado mucho.

Limpió mis mejillas con sus dedos pulgares y entonces se volvió al piano, pero sin tocar.

—Bells.

—¿Sí?

—Yo de verdad voy a esperar por ti estos dos años. Si conoces a alguien más, por favor dímelo, no voy a molestarme, sólo dolerá.

Negué.

—Eso no ocurrirá, porque te quiero a ti.

Cerró los ojos un momento.

—Yo también te quiero, mi Pequeña Insaciable —susurró, besándome la frente con cariño—. Creo que es tiempo de volver abajo, no quiero agregar más testigos a esto.

—Sí, tienes razón. —Carraspeé, intentando bajar el nudo.

—Baja tú primero, yo iré luego.

Le di una última mirada y me marché, recobrando la melodía en mi cabeza.

Afuera no había nadie, al menos no en la segunda planta. Salí con cuidado y me di un pequeño paseo por el gigante pasillo, disfrutando de la vista que había acá arriba, pues todas las paredes estaban cubiertas de ventanas amplias y grandes.

—Srta. Swan, están todos buscándola —exclamó Rebecca, asustándome.

—Lo siento, necesitaba pensar y vine a disfrutar de la vista acá arriba, lo siento —me excusé torpemente, aún con la mano en el pecho por el susto que me llevé.

Ella, con su aspecto recto y educado, sonrió sin darle importancia y asintió.

—Iré abajo, descuide.

Rebecca se marchó y yo la seguí unos minutos después.

Los Sres. Cullen estaban observando algo en una laptop, sentados en uno de los sofás de la sala principal. Más allá, sobre unos sofás individuales, se encontraban Alice y Jasper, revisando una larga lista que debía ser de la boda.

—Ah, aquí estás —dijo Jasper, dejando lo que estaban haciendo a un lado—. Imaginé que querrías estar un momento a solas.

No le contesté.

—Mira, para que lo pienses muy bien antes de casarte —me molestó mi amiga, mostrándome el tumulto de papeles.

Me senté en medio de ellos para molestarlos también.

—Francamente, no sé qué gracia tiene hacer todas estas cosas —dije, un poco amargada—. Disfruto más mi papel de madrina, lo de novia no me queda.

Los dos se rieron, como también los Sres. Cullen, que nos escuchaban desde más allá.

—Así que estás mejor —destacó mi hermano.

Puse mis labios en línea recta y negué.

—Solo estoy haciendo lo que mejor sé hacer, positivismo al cien por ciento. —Le mostré mi dedo pulgar con falsa alegría.

—Es lo normal, sácale provecho a estos días y hazme un discurso bonito para mi boda, ¿qué me dices?

—Marie Alice —la regañó Carlisle.

Ella rodó los ojos y apegó su cabeza a mi hombro. Yo la imité y me quedé un momento junto a ella.

—Las dejaré a solas un momento, tengo que llamar al trabajo —se excusó Jasper, levantándose del sofá.

—Pues ve, Don Trabajo —le dijo su novia.

Cuando se marchó, Alice comenzó a jugar con mi cabello, buscando alguna hebra partida o dañada.

—¿Y? ¿Me tendrás un discurso? —insistió.

—No he pensado en ello, pero ya verás con qué te sorprenderé.

—Entre mi tío y tú no sé cómo acabaré, me harán emocionar.

—¿Por qué? ¿Ya te ha dicho qué hará?

Negó.

—Hace días lo veo apegado a cualquier piano que encuentre por ahí, componiendo una canción muy emotiva —me susurró en medio de un suspiro—. Cuando le pregunto para quién es solo se limita a ignorarme, ¡estoy segura de que es para mí! Él nunca ha compuesto para nadie, estoy super emocionada.

—Imagino que debe estar preparándote algo precioso —dije.

¿Era la misma canción que me había tocado hace un rato? Pero era extraño, si era esa ¿por qué sonaba tan… melancólica? Aunque no tenía sentido darle vueltas a eso, era obvio que era para Alice, él me había comentado que en algún momento iba a saber para quién era y eso iba a ser en la boda.

Edward apareció en las escaleras del fondo, diferentes a las que utilizamos para subir hace un rato. Venía serio, pensativo y evidentemente triste.

—¿Buscando algo en tu antiguo cuarto? —le preguntó Esme, que había notado el gran cambio de expresión de su hijo.

—No, mamá, quería ver mi antiguo piano, eso es todo. ¿Ethan se ha ido? —inquirió.

—Sí, necesitaba arreglar unos asuntos.

Asintió y me miró en unos breves segundos.

Jasper regresó en ese momento guardando su móvil en la chaqueta.

—Tendré que regresar al trabajo, hubo un pequeño problema en la central —nos contó.

—Oh, claro, yo te acompaño —le dijo Alice.

—¿Vienes con nosotros, Bella?

Negué.

—Me iré luego, no quiero regresar a mi departamento aún. Espero que no les moleste.

—¡No, claro que no! —exclamó Alice—. Nos vemos en mi despedida de soltera —canturreó.

Edward y yo nos miramos, porque la despedida de soltera marcada una semana para la boda, lo que significaba que eran sólo 7 días más para estar juntos.

De pronto, mi cobrizo cerró los ojos ante todos y se disculpó, metiéndose hacia un pasillo, evidentemente agobiado. Yo tuve que hacerme la fuerte y mantenerme de pie mientras veía cómo todos se quedaban perplejos por la reacción de él.

—Te esperaré afuera —le dijo a Jasper y luego se despidió de todos.

—¿Qué ocurre con tu tío? —le preguntó Esme a Alice.

Ella se encogió de hombros y miró hacia el pasillo, pensando en la actitud de Edward.

—No creo que debamos hablar de esto —comentó Carlisle, mirándome con preocupación.

Él sabía que se trataba de nosotros.

—Estoy preocupada por mi hijo, Carlisle, ¿que no lo entiendes? Hemos visto a Edward siendo completamente neutro a toda emoción por cerca de toda su vida, ahora… es primera vez que lo veo tan triste —siguió la madre, sosteniéndose la frente con mucha tristeza—. ¿Creen que se deba a esa mujer?

—¿A quién? —preguntó su esposo.

—A Renata —susurró, como si decirlo estuviera prohibido—. Quizá volvió a buscarlo, supe que quiere volver a la ciudad…

—Con permiso —murmuré, caminando rápidamente hacia la cocina.

Sin embargo, paré en la pared para escuchar qué más seguía diciendo, tan masoquista como ninguna.

—Esme, no deberíamos hablar de ella, Edward ya la olvidó…

—¿Qué te hace pensar que es así? —le preguntó la esposa—. A veces siento que nunca podrá hacerlo.

Preferí evitar la conversación, demasiado sensible para permitírmelo. La cocina estaba vacía así que fui rápidamente hacia el grifo para beber algo de agua. No sé cuánto rato estuve con la mirada perdida en el fondo, pensando en estas dos semanas que se acabarían, pero lo único que logró sacarme de aquel trance fueron las manos de alguien en mis hombros. Al girarme vi a Carlisle, que parecía meditar cómo preguntarme qué pasaba.

—No sabía que estaba aquí, lo siento —respondí, dejando el vaso a un lado.

—¿Quieres hablar, hija?

Suspiré y enseguida sentí mucho llanto acumulado.

—¿Aquí?

—Vamos a mi estudio.

Caminé junto a él, que parecía meditar cada paso con mucho respeto. Una vez adentro cerró la puerta y me invitó a sentarme.

—Es por el viaje, ¿no?

—Le ha contado.

Asintió.

—Me costó sacárselo, ya sabes como es con nosotros, pero finalmente me dijo. Supongo que hoy le has dado la respuesta.

Suspiré y me eché a llorar.

—Hija, llora —me pidió con un evidente cariño paternal—. Hace muy bien y ustedes ya están luchando con mucha represión.

—Son dos años —susurré.

—Tú lo decidiste, Bella.

No había tono acusatorio en su voz, sino una necesidad imperante por saber por qué, y es que a veces ni yo lo sabía.

—Por mi familia. Renée…

—La madre. Imagino que tienes miedo por Todd.

Asentí mientras me limpiaba las lágrimas y los mocos.

—¿Y aquel miedo se compara con el miedo a que cualquier circunstancia nos haga perder a quien amamos?

Lo miré a los ojos.

—Tú lo amas —susurró—. Nunca había visto una mujer amar así a mi hijo, de manera tan sincera, tanto que no puedes pedirle que se quede porque no quieres hacerle perder tal oportunidad.

Mi llanto se hizo más denso y Carlisle me miró con mucha angustia, como si buscara la manera de arreglarnos la vida, pero fallando en el intento.

—Es el amor de mi vida, Sr. Cullen.

Hizo un gesto adolorido.

—¿Y estás segura de dejarlo ir? Yo sé que mi hijo te querrá durante estos años, pero a veces temo que la distancia haga algo más.

—¿A qué se refiere? —inquirí en un hilo de voz.

Se encogió de hombros.

—A veces… la vida es corta, a veces… —Suspiró—. A veces se acaba en un segundo.

Tragué.

—No tenemos asegurado nada, hija, ni la felicidad ni la vida.

Me miré las manos, que tiritaban ante la agonía de la incertidumbre.

Tenía tanta razón.

—Pero descuida, hija, estas dos semanas son la prueba fehaciente de que nada importará. Quiéranse, yo estaré resguardando sus espaldas.

Asentí y lo abracé.

—Gracias, Sr. Cullen.

—Dime Carlisle, sobre todo ahora que eres mi nuera.

Me reí por lo bajo y me limpié las lágrimas de la cara.

Cuando estuve lista salí del estudio y a medio camino me encontré con Edward.

—Hola —lo saludé.

—Hola, cariño, estaba buscándote. Creí que te habías ido.

—No voy a irme sin ti.

Sonrió levemente.

—Quiero llevarte a comer. ¿Qué me dices?

—Encantada.

De pronto, Carlisle apareció y nos vio cerca, por lo que sonrió.

—¿Ya se irán?

Asentimos.

—Bien, les daré una coartada. Me iré yo también con ustedes. ¿Molestaría?

Edward le palpó el hombro, una muestra de cariño muy grande de él para su padre.

—Claro que no.

—Entonces vamos.

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Le daba vueltas a la cuchara sumergida en el café con la mirada perdida, ni siquiera pensando en algo concreto.

—¿Qué pasará de ahora en adelante, Señor Calabaza? —inquirí, girándome para mirarlo.

Miré el calendario, sin poder creer lo rápido que había pasado todo este tiempo.

—Mañana es la boda y luego se va —susurré.

Hoy era la cena de ensayo de la boda y estaba un poco nerviosa sin razón aparente. Era como si mi corazón estuviera muy apretado.

Rose y Emmett vinieron a buscarme al rato, alabando mi tenida de esta noche para levantar mi bajo ánimo, y es que todos se habían dado cuenta de que estaba triste. Rose sospechaba que se trataba del hombre misterioso, pero Sue sabía completamente que era porque Edward se iría, y es que en la despedida de solteras de Alice aproveché la instancia para contarle, aquejada por las emociones.

La entrada a la casa Cullen estaba hermosamente decorada, con cientos de velas doradas en el suelo, marcando un camino directo hacia la entrada principal donde transcurriría la ocasión especial. Emmett emitió un silbido exagerado y miró a Rose que estaba sentada de copiloto, observando el precioso terreno de forma asombrada.

—Que lugar tan lindo —dijo ella, acomodándose en el asiento.

—Debió decorarlo la Sra. Cullen —les comenté.

—Está increíble —añadió mi hermano, aparcando cuidadosamente junto unos cuantos coches desconocidos.

Alice me había llamado hace un par de horas para que la acompañara junto a Rose pues se sentía un poco ansiosa por la cena y la cercanía que había con su boda. A pesar de que habíamos llegado antes de lo que teníamos pensado hacerlo, ya había arribado mucha gente.

Nos acercamos a la puerta principal, desde donde nos esperaba Rebecca, que llevaba un traje de sastre pulcro y elegante.

—Es un gusto conocerlos —les dijo a Emmett y a Rose—. Siéntanse en su casa.

Le di un codazo a mi hermano para que dejara de mirar tanto la decoración, parecía que estaba en un museo.

—Debe ser estupendo vivir aquí, mira esas ventanas, tienes el paisaje del bosque justo a tu alrededor —me murmuró mi amiga al oído.

Si hubieras visto la casa de Edward te habrías caído de bruces, pensé mientras caminábamos por el vestíbulo lleno de velitas y luces colgantes.

—¡¿Ya están aquí, Rebecca?! —gritó Alice desde arriba.

La ama de llaves solo se largó a reír y nos indicó que camináramos libremente hacia allá.

—Sr. Emmett, su hermano lo está esperando allá afuera con los demás invitados.

Mi mejor amiga y yo subimos y nos acercamos a la antigua habitación de Alice, que aún tenía la decoración de una adolescente de 15 años. Ella estaba terminando de ponerse unos aretes de perla muy lindos cuando nos vio entrar desde el reflejo del espejo.

—¡Chicas! —Suspiró aliviada—. Qué bueno que están aquí.

—Oh, Alice, te ves hermosa —dije.

Llevaba un vestido verde agua con pequeños destellos en la zona de los brazos. El corte inferior tenía pequeños vuelitos, acabando justo en sus rodillas. Su cabello lo llevaba natural y su maquillaje estaba completamente perfecto.

—Ustedes también, ¡mírense!

Rose había optado por un vestido suelto de color carmesí que hacía juego con su cabello rubio y largo, puesto a un lado de su hombro. Resaltaba completamente su belleza, que encandilaba a cualquier hombre que estuviera cerca. A Emmett le encantaba eso, porque se sentía agradecido de tener una mujer tan increíble como mi mejor amiga.

En cambio, yo había optado por una blusa blanca de gasa apretada a mi cuerpo junto con una falda tubo azul eléctrico que terminaba un poco más arriba de mi muslo, haciendo alarde de mi cintura y mis caderas. Traía un blazer largo del mismo tono azul que acababa un poco más arriba de mi falda, haciendo juego con mis tacones de reborde dorado.

—Tienes una expresión extraña —le dije de buen humor.

Nos dimos un abrazo y luego Rose y ella también.

—Estoy nerviosa, te lo juro. No puedo creer que se acerque mi propia boda.

—Espero que no sea un indicio de arrepentimiento. —Enarqué una ceja.

—¡Claro que no!

—Pasé por lo mismo, no hay nada más común que la ansiedad pre—boda —señaló Rose, sentándose en la cama de edredones rosas—. Cuando Bella se nos case te puedo jurar que estará incluso peor —añadió para molestarme.

Rodé los ojos y me aguanté las ganas de echarle una almohada encima.

—Es solo que… es un gran paso y me genera mucha ansiedad. Ustedes me hacen sentir acompañada —señaló suspirando.

—Imagina como debe estar Jasper —se rio Rose.

—Será mejor que vayas con él, créeme que estará mucho mejor contigo, de alguna forma tú también, a veces solo necesitas un abrazo de esa persona ideal para que todo esté mejor, ¿no? —susurré, acariciando su cabello corto.

Alice me miró extrañada y a la vez asombrada por mis palabras.

—¿Qué?

—Hablas como si estuvieras… —comenzó a explicar Alice—. Da igual.

La Sra. Cullen nos interrumpió, entrando con un poco de timidez a la habitación.

—¿Estoy entorpeciendo alguna conversación? —nos preguntó.

—Para nada, ven —le respondió Alice con una sonrisa.

—Qué bellas se ven todas, hacen que eche de menos mi juventud. —Me besó las dos mejillas con cariño—. Es un gusto verte otra vez, amor —me dijo.

—El gusto es mío, ya lo sabe. ¡Y no extrañe su juventud, mire que está guapísima! —la corregí de buen humor.

Esme vestía un despampanante traje de dos piezas de color negro, dando alarde de su belleza.

Ella se acercó a las demás para saludar y, cuando se dieron una mirada íntima y conectada con Alice, tomé a Rose de la mano para que las dejáramos solas.

—¡Las veré abajo! —exclamó Rose mientras yo tiraba de ella hacia la primera planta.

La música jazz estaba a buen volumen y las voces se estaban haciendo cada vez más notorias. Caminamos por el largo pasillo y nos encontramos con la inmensa mesa ya puesta, hermosamente decorada con elegancia. El mantel era pulcro y blanco, con algunas flores doradas bordadas en las solapas. Tenía algunas velas puestas sin encender aún y unas cuantas flores para decorar, aunque no me gustaron del todo.

Nos acercamos a la terraza, donde se encontraban todos los demás, entre ellos mis hermanos y el Sr. Cullen. Me maravillé enormemente con las lucecitas que colgaban de los pilares y del suelo de piedra rasa, puestas en la inmensidad del jardín. Ya había estado aquí antes, pero nunca había reparado en lo agradable que era.

—¡Ahí están ustedes dos! —exclamó Jasper, acercándose a saludar junto con Carlisle.

—Les presento a la madrina de bodas, Isabella Swan y la adorable Rosalie Hale —destacó el Sr. Cullen con solemnidad.

Un guapo mozo nos ofreció una copa de champagne, yo acepté y Rose se negó, lo que me hizo recordar su estado una vez más. Todos lo sabíamos, al menos los de confianza, así que Emmett le pidió que trajera jugo para su esposa.

Me alejé un poco de la multitud al sentir el llamado de todas esas flores que Esme había hecho crecer en su jardín. Como si de algo innato se tratara, comencé a pensar rápidamente en un arreglo perfecto para la mesa, pues a juzgar por lo que ya había ahí supuse que no lo habían hecho con mucho amor. Seleccioné unos cuantos tulipanes, jacintos y rosas y, con cierto aire culpable me escabullí por los rincones y me acerqué a la sala, usando un bonito recipiente que había encontrado por ahí, no sin antes darle soporte con agua fresca.

Mientras reordenaba las preciosas flores de distintos colores en solitario, sentí que unas manos se posaban sobre mis ojos, impidiéndome la visión. Al principio di un salto, pero luego sonreí porque conocía ese tacto muy bien. Puse mis manos encima de las suyas y fui subiéndolas lentamente hasta sus muñecas.

—Ya te reconocí, buen intento, Ethan —mentí, echándome a reír con ganas.

Él separó sus manos rápidamente y me giró, un poco molesto y a la vez queriendo aguantarse la sonrisa.

—Sólo estoy bromeando —le expliqué, moviendo mis largas pestañas para encandilarlo.

—Tu humor negro está asomando cada vez más —susurró, suavizando su ceño para mirarme de pies a cabeza—. Uff, te ves… increíble.

—Nos hemos puesto de acuerdo con el azul otra vez —señalé, tocando las solapas de su traje azul oscuro.

Me mordí el labio inferior al verlo con detenimiento, usando un traje entallado junto con una camisa negra como la noche. Tuve ganas de rodear mis brazos alrededor de su cuello, pero no lo hice simplemente porque no pude.

—No sé cómo quitaré mi mirada de ti en toda la noche, fingiendo que no te… —Suspiró y tragó, desviando la mirada hacia mi arreglo—. Qué increíble, no puedes estar ni un momento alejada de las flores.

Respiré hondo de pura frustración, no quería que dejara palabras a medio decir.

—Lo siento, no puedo evitarlo. —Sonreí, haciéndolo sonreír también una vez más.

—No era necesario, no necesitas estar trabajando en un este día especial, por eso Alice decidió decorarlo con algunos arreglos que encontró en otro lugar.

Hice una mueca avergonzada y él me tomó la barbilla con los dedos.

—Quizá no debí ser tan intrusa, probablemente las flores no debían arrancarse así como así…

—Descuida —se rio en voz baja—, cuando lo haces te ves feliz y eso es impagable, además, siempre será un agrado observarte haciendo magia con los dedos.

Mi corazón comenzó a palpitar muy fuerte a medida que sus labios se acercaban a mí y yo cerré rápidamente los ojos, hambrienta de sus besos. Sin embargo, el resonante timbre de la casa nos hizo parar, recordándonos que toda esta aproximación era rotundamente prohibida. Edward gruñó por lo bajo y yo carraspeé, quitándome el abrigo para calmar mi rubicundez.

—Definitivamente no podré quitar mis ojos de ti en toda la maldita noche —susurró—. Iré a recibir a los invitados.

Respiré hondo una vez que se marchó y para aclarar mi cabeza continué haciendo el arreglo de flores. Desde aquí sentí el grito de Todd al entrar y probablemente ver a Edward recibirlo.

Sonreí de inmediato.

—Silencio, Todd, no es tu casa —lo regañó papá con suavidad. Venían hacia acá.

—Descuida, Charlie, aquí todos adoramos a Todd —le aclaró Edward con esa voz dulce que ocupaba siempre cuando se trataba de mi hermano.

—¡Chocolate! —exclamó él al traspasar el umbral del arco. Era Sue quien tiraba de la silla, un poco callada y asombrada de la decoración que había en todo el lugar.

—¡Vainilla!

Me acerqué a saludarlos con cariño.

—¿Ya te has puesto a armar flores, Chocolate? —me preguntó Todd con indignación al ver el arreglo a medio acabar.

—Eso le dije y no me hizo caso —explicó el cobrizo y de paso le acarició el rubio cabello.

—Ya sabes que es una terca —añadió papá.

Les mostré la lengua y seguí mi cometido. Edward los reubicó hacia la zona de la terraza para que compartieran con los demás y así se sintieran a gusto.

Cuando ponía las flores en la mesa, Alice y Esme me encontraron con las manos en la masa, largándose a reír estruendosamente.

—Lo siento, necesitaba darle un pequeño regalo a mi amiga y futura cuñada. —Me encogí de hombros a modo de disculpa—. Espero que no le haya molestado mi intromisión, Sra. Cullen.

—En lo absoluto, amor, tú conoces de flores tanto como yo, eres bienvenida a hacer lo que quieras —dijo, tocando mi hombro.

—Aquí estás, cariño —exclamó Jasper, caminando hacia nosotras—. ¿Estás lista para saludar a los invitados?

—Siempre lista contigo —le respondió ella.

El ambiente en la terraza era de risas y bromas por doquier, lo increíble era que tanto papá como Emmett eran los reyes de ello. Cuando vieron llegar al futuro matrimonio todos callaron para saludar, especialmente a Alice, que los había hecho esperar bastante.

A los invitados que ya había saludado se les añadió Ethan, que por supuesto venía solo, usando un traje gris claro que le quedaba muy bien. Cuando él quiso conectar su mirada con la mía para saludar, yo simplemente me hice la desentendida. Aún no me sacaba sus palabras de la cabeza, era como si se hubieran quedado en mis sesos a la espera de que les hiciera sentido, ¡pero no tenía por qué!

Mientras todos conversaban de la boda que se avecinaba, Rebecca se acercó junto a la última pareja invitada, Tanya y su prometido. Ella, vistiendo un impecable traje blanco de dos piezas, comenzó a saludar como quien era, una gran amiga de la familia y casi una tía más para Alice. Al enfrentarse a Edward, éste solo se limitó a hacerlo por cortesía, evidentemente incómodo. Cuando le tocó saludarme a mí, ella simplemente me tendió su mano y yo se la apreté de mala gana.

—Lamento la tardanza, pero Cristopher y yo teníamos trabajo por hacer —se excusó ella, mirando a su guapo prometido—. ¡Qué decoración tan preciosa! Y ni hablar de la mesa, el arreglo de flores está fenomenal, ¡quiero algo similar para nuestra boda! ¿No crees, Cristopher?

—¡Lo hizo mi hermana! —exclamó Todd, llamando la atención de todos, quienes me miraron atentos.

Yo fruncí los labios y miré hacia otro lado para no ponerme a reír.

—Ah —dijo ella a regañadientes—, ya encontraremos a alguien que haga algo similar.

—No lo creo —insistió mi hermano menor—, Bella es la mejor hacedora de flores que yo conozco, ¡dile, Chocolate!

Edward, que se estaba aguantando las carcajadas, le tapó la boca con suavidad y le indicó que guardara silencio con el dedo índice contra los labios. Yo moví la cabeza en negativo, sonriendo al mismo tiempo.

Esme y Carlisle nos condujeron a la gran mesa, donde los puestos estaban estratégicamente seleccionados por los novios. Ellos estaban a la cabeza, con los Sres. Cullen a su izquierda y papá y Sue a su derecha. En esa misma línea seguíamos nosotros, los padrinos, así que Edward y yo nos sentamos a la izquierda, con Rose, Emmett y Todd frente a mí. Pero no todo podía ser bueno, ya que, mientras el cobrizo estaba a mi lado, Ethan también. Suerte la mía, pensé para mis adentros, sentándome con el rostro sonriente. Edward lo notó y solo levantó una ceja, no sin antes darme una mirada.

—Te ves guapísima esta noche —me dijo el Cullen menor, ignorando por completo la cercanía que había con su hermano.

—Gracias —fue lo único que pude decirle.

Antes de comenzar la comida dos mozos nos sirvieron vino o zumo a elección. Cuando todos ya estábamos con nuestra copa en la mano, Alice y Jasper se levantaron para agradecer la presencia de todos.

—Es un agrado tener a las personas más importantes en este día, especialmente ahora que viene nuestra boda —comenzó Jasper—. Ustedes son los más importantes y quiero que sepan que estamos sumamente agradecidos de tenerlos aquí.

—Ha sido camino largo y ya no queda nada. Quiero agradecer especialmente a mis abuelos, que han sido una pieza fundamental para mí y para mi futuro marido. —Levantó su copa hacia ellos, sonriendo con la emoción en sus ojos—. Gracias por esta cena, es maravillosa. Y también quiero agradecer al Sr. Swan por permitirme entrar a su familia de la manera más hermosa que conozco y sobre todo por criar a este hombre solo y con valentía, sin miedo de enfrentar los designios de la vida. —Papá y los Sres. Cullen asintieron, agradecidos por sus palabras—. Y bueno, quiero ahorrar mi discurso para la boda —se rio, contagiándonos a todos—, ¡buen provecho!

Los mozos y Rebecca se acercaron a poner el aperitivo de filetillos finos frente a nosotros, abriéndonos el apetito de forma automática. Luego, cuando todos estuvieron servidos, la misma ama de llaves se sentó con nosotros como parte de la extensa familia.

—Quiero destacar que esta receta está hecha especialmente por la extensa cultura gastronómica de mi querida Rebecca —exclamó Esme, llamando la atención de todos.

La aludida se ruborizó, pero eso no impidió que la felicitaran por lo bien que se veía.

El plato estaba delicioso y la conversación bastante amena, ahora mismo los novios estaban contando algunas anécdotas que tuvieron al momento de decidir casarse y cómo Jasper le pidió torpemente que fuera su esposa. Yo miraba a Todd a ratos, comprobando que estuviera masticando adecuadamente junto con Rose, que practicaba sus dotes maternales mientras le cortaba la carne y le conversaba animosamente con voz dulce. A ratos sentía la mirada de Tanya, que paseaba entre Edward y yo constantemente, y luego Sue, que parecía contenta de verme tan cerca de él.

Mañana es el último día, pensé, sintiendo un nudo muy grande en mi garganta.

—Bella —me llamó Charlie—, qué distraída estás.

—Discúlpame, papá, ¿qué decías?

—Estábamos hablando de tus arreglos para la boda de mañana.

—A todos nos ha encantado lo que hiciste con el de la mesa —exclamó una de las tías de Alice y hermanas de Carlisle.

Sonreí y me uní a la charla, despejándome del camino que habían tomado mis pensamientos otra vez. De reojo veía cómo Edward me miraba expresarme, algo perdido en mi cháchara sin sentido.

La conversación en general comenzó a fluir y pronto se hicieron algunos grupos y duplas con diferentes tópicos. Cuando el cobrizo se distrajo en lo que sus padres comenzaron a hablar, Ethan chocó su copa con la mía, llamando mi atención.

—¿Qué te sucede conmigo? —me preguntó en un susurro.

Yo suspiré y me bebí el último sorbo de vino que me quedaba.

—Prefiero no hablar de eso ahora —le hice saber en voz baja.

—Si te refieres a lo que ocurrió acá la última vez, quiero que me perdones, no debí entrometerme.

Esta vez lo miré y noté su sinceridad.

—No diré nada, pero… debes pensar bien en lo que te dije, me importas —enfatizó, sin importarle que estuviéramos rodeados de los demás.

Tragué y no le dije nada más por temor a que Edward fuera a escucharlo y, sinceramente, sus comentarios me agobiaban.

—Se ha bebido todo el vino, Srta. Swan —comentó el cobrizo, notando mi tensión. Yo relajé los músculos de forma rápida, esperando que lo olvidara.

—Estoy algo sedienta hoy.

Ambos fuimos a por la botella de vino blanco, rozando nuestros dedos en el intento. Él sonrió y yo intenté ocultarlo, fallando rotundamente.

—¿Le sirvo?

Entorné mi mirada ante su tono en excesivo cortés.

—Claro.

Elevé un poco mi copa para que vertiera el vino en mi copa. Me miró a hurtadillas a través de sus potentes ojos verdes, haciéndome olvidar por un momento todo mi alrededor.

—A mí también se me ha acabado el vino, Edward —exclamó Tanya con una sonrisa cínica.

Ella había estado intentando verbalizar aunque fuera una sola palabra con él, pero el cobrizo era demasiado orgulloso para siquiera permitirlo. Y esta vez, Tanya volvió a fracasar en su tentativa.

—Claro, ten —dijo, entregándole la botella de vino blanco.

Yo me mantuvo en silencio, huyendo sutilmente de la situación. Entonces noté que Alice elevó una ceja, dejando la conversación a un lado, pues se había dado cuenta de lo ocurrido.

Edward volvió a acomodarse, serio como siempre, y se volvió hacia el plato principal de 3 carnes. Yo le di una mirada inquisitiva, comprobando su humor, pero él, tan arriesgado como siempre, aprovechó que tenía mis manos sobre mis muslos para entrelazar sus dedos con los míos por debajo de la mesa. En cosa de segundos acarició el dorso de esta con su dedo pulgar, algo tan suave y ligero que me hizo cerrar los ojos. Él carraspeó y lo último que hizo fue apretar mi muslo con suavidad y luego bajarla hasta mi rodilla descubierta, provocando mis escalofríos y deseo. Era como si quisiera decirme algo, pero preferí no aventurarme a adivinar.

La cena, que había estado estupenda, acabó hasta que todo se convirtió en conversaciones ligeras, amigables y diversas. Algunos, ya con su bajativo en mano, se fueron a beber un cigarrillo afuera, disfrutando de la luz de la luna en la terraza, mientras que otros disfrutaban de la música jazz frente a la barra, donde un barman habiloso preparaba tragos para los presentes.

Había perdido de vista a Edward desde que acabamos la cena, cuando se fue a hablar con uno de los Cullen lejanos a la terraza, así que aproveché mi soledad para ir a la barra. De alguna manera necesitaba estar sola, al menos por un momento.

Mientras le pedía un Martini al barman, me puse a pensar en mi despido y en lo mucho que comenzaba a odiar el paso del tiempo.

—No sé por qué sigo dándole vueltas a algo que tenía asumido —murmuré.

El barman me entregó el trago y yo me lo bebí de un solo sorbo, esperando que con esto el frío que se generaba en mí cuando él se alejaba de mi vista desapareciera, aunque fuera un momento.

Me fui con mi Martini a dar una vuelta por el jardín, disfrutando de la deliciosa noche. Algunas personas bailaban con lentitud, disfrutando del ambiente que generaban las luces. Sonreí, porque cuando veía a la gente contenta a mí también me ponía así.

—Al fin te encuentro —dijo Edward, apareciendo en medio de la oscuridad.

Sus ojos verdes relucían como dos luciérnagas muy siniestras. Tenía las manos en los bolsillos, parado con su porte y presencia, justo de perfil.

—Así que me buscabas.

Me acerqué y de inmediato comencé a sentir el calor de su cuerpo.

—Últimamente no puedo quitarte de mi vista ni de mi cabeza, ya sabes que me vuelves loco.

—Buena suerte con eso, soy algo escurridiza —bromeé.

Tomó mi mano y la entrelazó con la suya de la misma forma que lo hizo debajo de la mesa.

—No hay nadie por aquí, tranquila, no lo haría si hubiera posibilidad de que nos vean —susurró, tirando de nuestro agarre para hacerme chocar con su pecho.

Puse mis manos en su torso fuerte y me quedé mucho rato mirando su rostro, grabándome cada detalle de él. Edward lo hizo también, pero deteniéndose en mis labios como un imán. Nos besamos en medio de la noche y el temor desapareció por un minuto, llevándome al paraíso que solo sus labios podían darme.

—No sabes lo difícil que me ha resultado tenerte cerca sin poder tocarte —murmuró contra mi boca jadeante—. He querido hacerte mía toda la maldita noche.

—Hazlo —le pedí en un susurro.

—Ya sé dónde.

Tiró de mi mano, metiéndonos por la puerta trasera de la casa Cullen. Subimos por la escalera más lejana y nos escabullimos hasta la que era su habitación hace muchos años atrás.

—Nadie entrará aquí —susurró, cerrando la puerta tras su espalda con la llave.

Yo respiré hondo y miré la manera en que la luz entraba al cuarto a oscuras.

—Y nadie nos escuchará —añadí, mordiéndome el labio.

Edward enarcó una ceja y se acercó mientras yo apegaba mi cuerpo a su piano.

—Dame una probada de ti antes de despedirnos mañana —le pedí.

Sus ojos se pusieron más brillantes y de inmediato me tomó entre sus brazos. Enredé mis brazos en su cuello y lo besé mientras rodeaba su cintura con mis piernas. Pero Edward comenzó a tomarse su tiempo, besando cada extensión de mi cuello, bajando mientras desabotonaba mi blusa. Yo acaricié su pecho y le quité el saco para hacerlo también con su camisa, descubriendo parte de su torso. Entonces di besos esporádicos por su piel, desabrochando su pantalón. Metí mi mano y acaricié su masculinidad sobre la ropa interior, sacándole un jadeo.

—Mírame a los ojos, no los quites de los míos —me dijo, subiendo mi falda hasta la cintura—. Hoy quiero que nos disfrutemos frente a cada detalle, sin importar nada.

Lo hice, perdiéndome en el color de sus ojos y el brillo de deseo y algo más. Se separó unos segundos para recorrerme y terminar de descubrir su erección, mientras yo mordía la uña de mi dedo pulgar.

Nos volvimos a besar mientras él me dejaba caer en su cama, quitándome la ropa de a poco y luego comiéndose mis senos con suavidad, pasando por cada rincón.

—Edward —lo llamé mientras acariciaba sus cabellos.

Lo abracé desde el cuello y dejé un beso en su barbilla, algo que salió de forma innata.

—Mi Preciosa Insaciable, cuánto te quiero —susurró, sonriendo de manera prometedora y sensual.

Me tomó de los muslos, hundiendo sus dedos en mi piel, bajando con lentitud. Me quitó las bragas y las dejó caer al suelo.

—Tú tampoco dejes de mirarme —le pedí, volviendo a besarlo con desesperación.

Me acercó y rozó su miembro en mi sexo, alargando el deseo de sentirlo dentro.

De pronto, me tomó para darme la vuelta y yo quedar sobre él. Edward se acomodó, apoyando la espalda en el cabecero y entonces volví a rozarnos, sintiendo los escalofríos placenteros de mi humedad junto a su dureza. Me abrazó y yo escondí mi rostro en su cuello mientras me hundía sobre él de manera lenta, permitiéndome sentir cómo cada pulgada de él me iba llenando hasta las entrañas. Cerré los ojos y dejé caer mi frente en su barbilla, aguantándome el gemido.

—Mírame —insistió. Lo hice y sentí la intensidad de sus preciosos ojos, pidiéndome algo que no comprendí, una súplica llena de necesidad que no supe identificar.

Comencé a moverme en intervalos de distinta rapidez hasta que mis gritos se hicieron incapaces de controlar. Él puso su mano en mi boca para acallarme mientras incentivaba mis movimientos con una mano en mi espalda baja. Yo lo aprisioné para que sus estocadas fueran más profundas y volví a gritar, esta vez con su mano resguardando que los demás fueran a escucharnos. Edward me necesitaba con tanta magnitud, que me abrazó más fuerte, ahora con ambos brazos, lo que me hacía presa de él desde todos los ángulos. Yo le acaricié el rostro mientras pegaba mi frente a la suya y echaba el aliento enloquecido sobre el suyo, mezclándose ante el ejercicio y el placer. Edward tomó mi cola de caballo para tirar de ella con suavidad y exponer mi cuello por unos segundos, besando la piel de esa zona.

—Hazme acabar —le pedí con desesperación—. Cariño, me volveré loca.

Sonrió y me besó mientras se daba la vuelta y me tomaba los muslos con fuerza, tomando el control. Él aumentó progresivamente el movimiento de sus caderas y yo gemí en su boca, y tal como me pidió, no dejé de mirarlo nunca. Apreté las paredes de mi interior y él hizo un mohín de placer, descargando su orgasmo dentro de mí, para dar paso al mío, desatando un último grito ahogado. Él tenía la respiración agitada tal como la mía y se dejó caer a un lado, aún sosteniéndome entre sus brazos, yo me acerqué a su pecho y posé mi cabeza cerca de su corazón, cerrando los ojos mientras lo oía. Edward me dio caricias en el cabello, relajando cada espacio de mí.

—He perdido la cordura contigo —susurró.

Sentí un remolino de sensaciones cuando dijo eso. Yo también la había perdido hace mucho tiempo gracias a él.

De pronto suspiré, abrazándolo más. Mis ojos se mantenían cerrados mientras pensaba en ese mañana.

Edward viajaba al día siguiente, cercano a la noche. Desde ese entonces no volvería a verlo en dos años.

Olí su piel, grabándomelo, y luego lo toqué con lentitud, mirando los detalles, disfrutándolos. Casi en un segundo miré a su rostro y noté que él estaba contemplándome hace mucho; tenía los ojos melancólicos. Me reincorporé y él se quedó acariciando mi mejilla con el dorso de su mano.

—Voy a extrañarte mucho, cariño, mucho —enfatizó.

Yo arqueé mis cejas y me obligué a sonreír.

—¿Ya tienes lista la maleta? —inquirí para no ponerme a llorar.

Su barbilla tiritó y respiró muy hondo.

—Sí, está lista. Llevo lo importante.

—Ropa, pasaporte y…

—Una fotografía tuya, los discos que me regalaste y… algo tuyo.

Apreté los labios.

Edward miró mi cuello y notó que llevaba el collar que él me había regalado para navidad.

—¿Lo atesorarás siempre?

Asentí.

—Así como tú atesoras mis recuerdos.

—Ojalá pudiera llevarte en mi maleta —se rio y luego arrugó el ceño.

—No digas eso —le supliqué.

—Lo siento.

Me acosté en su pecho, cerca de su rostro y él me besó la sien durante unos largos segundos.

—Te quiero —me dijo al oído.

Me cobijé y acurruqué, sintiéndome muy pequeña entre sus brazos.

—Y yo también te quiero a ti —respondí.

—Cuando regrese te traeré un regalo.

Suspiré hondo.

—Con que llegues sano y salvo es suficiente.

—¿Me prometes que si sucede algo que cambie lo nuestro me lo dirás?

Dios, se me partía el pecho de mucha angustia.

—Sí, por supuesto. Tú también dímelo, cualquier cosa, yo lo aceptaré.

Me llenó el rostro de besos suaves y cálidos antes de responder.

—No creo que suceda —murmuró—. ¿Podemos quedarnos un momento aquí? Quiero abrazarte todo lo que pueda, sabes que me gusta hacerlo. Será un recuerdo que necesito atesorar más que ninguno, sobre todo si es luego de hacernos el amor.

Asentí y me quedé mirándolo mientras él seguía dándome caricias.

Luego de cerca de 20 minutos decidí que era necesario regresar a la falsedad.

—Será mejor que volvamos —dije, reincorporándome a duras penas.

Me ayudó a bajar de la cama y me entregó las pequeñas bragas negras.

—Me gusta cuando huyes.

Enarqué una ceja, subiéndome suavemente la ropa interior.

—Acostúmbrate —fue lo único que le dije—. Saldré por la puerta principal, tú hazlo por la otra.

Sonrió, acomodándose el entallado pantalón.

—Por Dios, qué preciosa que eres —comentó, mordiéndose el labio inferior.

Yo me ruboricé aún más, sentía las mejillas muy calientes. Entonces me reí de forma nerviosa.

—Maldito adulador.

Me di la media vuelta y me marché, acomodándome el cabello como pude. Casi doy un grito al encontrarme a Ethan de frente, viniendo por el pasillo.

—¿Qué haces por aquí? Alice te estaba buscando —me comentó con los ojos entrecerrados.

—Yo… umm… —Carraspeé—. ¡Me perdí!

—Cerca de la habitación de Edward —dijo, receloso.

—Umm… —Me crucé de brazos—. ¿Para qué querría ir? ¿No te parece extraño? —me reí tensa—. Creo que escucho la voz de Alice por allá —apunté apresuradamente—, tengo que ir, debe estar esperándome.

No me detuve a ver su expresión, solo bajé y crucé el pasillo a paso rápido hasta llegar al salón principal, donde todos estaban hablando literalmente con todos.

—¡Bella! —me llamó Alice, que estaba junto a sus amigas y Rosalie—. ¿Por qué siempre te pierdes?

—De seguro fue a dar un paseo por el jardín, ya sabes cómo es —exclamó Rose.

—Necesitaba tomar un poco de aire, estoy poco sociable hoy —les hice saber.

—Bueno, les presente a mi amiga y madrina de bodas, Bella Swan —comunicó—. No ha tenido muy buenos días últimamente —añadió con la mirada empática.

Todas las amigas de Alice me saludaron con amabilidad y enseguida se tomaron su confianza, lo que realmente me agradó.

—Yo no creo que Bella esté pasando por muy malos momentos, al menos no ahora —destacó Lauren, la más joven de las tres.

—¿Por qué? —inquirimos todas, especialmente yo.

—Pues, porque te brillan los ojos. —Movió las cejas hacia arriba y hacia abajo de forma pícara.

Abrí la boca para decir algo, pero volví a sentir las mejillas calientes, recordándome que mi rubicundez no se había ido.

—Solo estoy feliz por los novios —intenté decir por sobre las risas de todas.

—Estás muy rara —insistió esta vez Rose.

—Hey, miren quién está ahí —exclamó Emily, la más alta del trío, haciendo que sus amigas miraran hacia el arco de pared, desde donde Edward conversaba animadamente con Jasper y sus amigos mientras se bebía un vaso de whisky.

—Oh no, no comiencen otra vez con lo mismo —profirió Alice, poniendo los ojos en blanco.

—No nos culpes, tu tío está cada vez más guapo —exclamó Lauren, encogiéndose de hombros.

—Los años parecen darle más razones para volvernos locas —se rio Caroline, apoyándose de Emily.

—Já. Ni lo sueñen, ya saben que a mi tío no le gustan las jovencitas como ustedes —dijo Alice, convencidísima.

Yo tragué y me hice la boba, uniéndome a las risas de Rose y las demás.

—Bueno, se vale soñar, ¿no?

—Han soñado durante mucho tiempo con él, ¿no viene siendo hora de que lo asuman?

Así que no le gustan las jovencitas, pensé, mordiéndome la mejilla interna mientras las imágenes de hace un rato se revivían en mi cabeza.

Edward descubrió que estaba en medio del grupo y les dijo algo a los demás, para luego venir hacia nosotras.

—¡Viene hacia acá! —exclamó Caroline, poniéndose notoriamente nerviosa.

Era un tanto gracioso darse cuenta de lo embobadas que estaban por él, porque se comenzaron a arreglar rápidamente el cabello sin importarles la mirada seria de Alice.

—Haría lo mismo de no estar casada —bromeó Rose.

Sus ojos intensos se situaron en mí durante unos segundos que me hicieron temblar de pies a cabeza. Fue difícil fingir que no me afectaba para nada, sobre todo porque aún sentía la calidez de sus besos y caricias de hace un rato.

—¿Qué tal, señoritas? —inquirió con ese encanto que a todas nos hacía suspirar.

—Estábamos hablando de la boda —mintió Emily, moviendo las pestañas.

Edward apenas la miró.

—Ya solo queda un día. A propósito, Srta. Swan, ¿nerviosa por el discurso de bodas?

—En realidad, usted y yo debemos ponernos de acuerdo con respecto a él —exclamé.

Sonrió.

—Hey, no la presiones —dijo Alice, dándome un abrazo fraterno. Sentía que ese gesto en realidad venía porque era la única que claramente se había ahorrado cualquier cumplido con respecto a su querido tío.

Qué irónico.

—Estás muy ruborizada —notó Rose—, ¿qué ocurre, Bella? Te he visto así desde hace un rato.

Abrí los ojos de sopetón y me apreté las mejillas con ambas manos.

—Eso noto, Srta. Swan, está muy sonrojada. Quizá sea el alcohol —dijo él, llevándose el vaso de whisky a los labios. Me miró a través del cristal y me guiñó un ojo, pasando desapercibido de todas las demás, que me observaban a mí.

Maldito Bombón Maduro, sabía perfectamente por qué estaba así.

—Sí, puede que sea el alcohol, y en ese caso, creo que usted también ha bebido suficiente el día de hoy —le comenté con una inocente y fingida sonrisa.

Enarcó una ceja.

—Creo que iré a mojarme la cara —añadí y luego me fui al baño.

Frente al espejo vi mis dos mejillas rojas como manzanas, no pude evitar reírme, ahora sí libre de que alguien fuera a sospechar. Y bueno, Lauren tenía razón, mis ojos estaban brillantes como dos esferas de diamantes.

—Edward —susurré, poniendo mis manos en el filo del lavado.

Salí unos 15 minutos después, cuando estuve segura de que mi rostro no fuera a exponerme, y me sorprendí de ver que algunos invitados ya se habían marchado, incluidas las amigas de Alice. Los novios no se veían por ningún lado, así que supuse que habían ido a algún lugar para disfrutar en solitario.

En la barra estaba Edward, sosteniendo otro de sus favoritos whiskies sin hielo. Me senté a su lado, mirando de reojo por si había moros en la costa, pero a nadie le importaba en lo más mínimo lo que ocurría a su alrededor.

—Quiero zumo —le dije al barman, sacándole una sonrisa cuando aún ni siquiera se dignaba a mirarme.

—Huiste como un conejillo —susurró.

—¿Qué esperabas? Me estabas poniendo nerviosa.

—No sabes cómo me gusta hacerlo.

El barman me depositó el vaso justo en la barra y yo me bebí un trago rápido.

—Bueno, no solo lo has hecho conmigo, sino con las demás —espeté.

—¿Con las amigas de Alice? —inquirió, como si ya no supiera que las traía locas.

—Pues sí.

Se puso a reír mientras bebía el último sorbo.

—No suelo interesarme por mujeres de su estilo.

—¿Tan menores? —inquirí, sacándole otra risa, pero no me contestó.

—Hablaba en serio cuando te pregunté por el discurso.

—Pues… he pensado en algo, últimamente ando con los sentimientos un poco florecidos y… —Me callé cuando se giró para mirarme—. Da igual, ¿has hecho algo? Alice me comentó que le compusiste una canción en piano…

—Ah, eso. Sí, tocaré una canción especialmente para ella mañana.

—Me contó que no habías compuesto nunca una canción para nadie, debes quererla mucho para que estés haciendo una especialmente para ella —comenté.

Asintió, un poco distraído en algo que pasaba por su cabeza.

—Digamos que sí, nunca había compuesto algo para nadie, nunca —musitó.

—Alice es muy afortunada —susurré.

—Además de eso debo hacer un discurso para mi sobrina caprichosa —bufó de buen humor.

—A nadie le gustan los discursos, todos te miran —exclamé.

El barman dejó la siguiente ronda frente a él y Edward me miró con malicia, esa que siempre dejaba aflorar cuando tenía algo entre manos.

—Un Jägermeister, por favor —le pidió al barman—, mi padre tiene uno especialmente guardado en el frigorífico de abajo.

—¿Lo quiere con hielo? —inquirió.

—No, quiero la botella —respondió.

Edward hizo un gesto divertido, sin embargo yo lo miré un poco preocupada. ¿Por qué estaba bebiendo tanto?

—Ven conmigo, acompáñame a beber.

Nos marchamos sigilosamente hacia el jardín, manteniéndonos como dos fugitivos en medio de la noche.

—El jardín es bastante extenso y aquí atrás nadie viene hace mucho tiempo —me comentó con su mano unida a la mía.

Tiró de mí hacia la lejanía del oscuro bosque, desde donde se veían unas cuantas banquetas que daban a un pequeño río que, ante la luz de la luna, brillaba.

—El anestésico de Hitler —dije, sosteniendo el vaso de chupito.

Tomó mi mano y me sentó sobre sus piernas, de cara al río.

—¿Sabías que más de uno es para valientes? —me preguntó, llevándose el vasito a los labios y dejando la botella a un lado.

Me largué a reír, acariciando su barbilla de forma automática. La barba comenzaba a crecer y su piel se sentía áspera, lo que me gustó mucho.

—¿Y dos?

—Para descerebrados.

—Recuerdo haber bebido esto hace muchos años, cuando era solo una niñata en Las Vegas —susurré.

—Eras muy pequeña, no debiste hacerlo —susurró.

Suspiré.

—No le tomé importancia hasta después. —Me encogí de hombros.

—¿Y ese hombre…? ¿Volviste a saber de él?

—Está en prisión.

—Cielos.

Edward volvió a servirse otro chupito mientras yo lo miraba.

—Valiente —le recordé.

—Solo en estas ocasiones —respondió en voz baja, casi como un secreto.

—Estás tan poco serio hoy, creo que el alcohol te está haciendo efecto.

—Pamplinas —dijo, cerrando la botella y dejándola otra vez en su sitio—. ¡Estoy bien!

Los minutos pasaron y yo no dejaba de reír junto a él, parecía que el tiempo no existía. No me importaban los demás, no me importaba que mañana fuera nuestro último día juntos y no me importaba que mi corazón gritase de dolor, porque estaba con él y solo eso importaba.

—Estoy intrigado. ¿Qué flores has elegido para la boda?

—¿Crees que voy a decirte? Es una sorpresa.

—Al menos dame una pista, sé que será extraordinario.

Rodé los ojos y suspiré.

—Hay flores blancas.

Enarcó una ceja y se acabó el segundo chupito con lentitud.

—Todas las bodas tienen flores blancas, Isabella, dime algo nuevo.

—Te ves borracho y eso no me gusta. ¿Qué ocurre contigo? —dije—. Demonios —exclamé al sentir cómo caía un poco de licor por mi escote, licor que Edward había dejado caer a propósito.

Sus ojos lascivos se tornaron aún más intensos, recorriendo aquella gota indiscreta con hambre y deseo. Entonces apretó mis muslos y me besó, bajando con sus labios hasta el canal de mis senos.

—Algunos hombres estuvieron mirándote toda la noche —murmuró—, no sabes cuánto lo odié.

Sus palabras comenzaban a salir lentas y titubeantes, lo que me alertó.

—Quería tocarte, decirles que eras mía y yo tuyo.

Mi corazón comenzó a latir muy rápido, fresco de emoción y sensaciones nuevas.

—Estás delirando, no debiste beberte el último sorbo. —Me levanté de sus piernas y tomé su mano para que espabilara.

—¿Delirando? No estoy delirando solo… —Se levantó también, tambaleándose de forma brusca—. Mierda.

—¿Lo ves? Te has emborrachado —exclamé, un poco nerviosa. La verdad, no creí que fuera realmente a suceder.

—Solo… un poco —murmuró risueño—. Por Dios, Bella, disfruta conmigo.

Moví la cabeza en negativo y le puse las manos en las mejillas para que me mirara a los ojos. En definitiva estaba borracho, más de lo que pensé, pasó tan rápido que no me di cuenta. ¿Qué iba a hacer con él? No podía dejarlo solo, no en medio del bosque, como tampoco frente a su familia. ¿Recurría a Tanya? ¿A mis hermanos? ¿A Alice? No, claro que no, iba a preocuparlos y, además, se preguntarían inmediatamente qué demonios hacía bebiendo con el serio tío de la novia.

¡Carlisle!

—Quédate aquí, iré a buscar a alguien, los demás no pueden verte así, de lo contrario nos meteremos en problemas. ¿Me entiendes?

Pero él estaba en el limbo más hermoso de su éxtasis. Me aguanté la risa. Al menos parecía un borracho tranquilo.

Cuando me di la vuelta para marcharme, Edward me tomó la mano y me retuvo a su lado.

—No, no te vayas —suplicó, abrazándome con fuerza—. No me siento bien estando lejos de ti. No te vayas, por favor, quédate conmigo.

Nuevamente sentí el estremecer de mis entrañas frente a sus palabras, pero me obligué a separarme. Sus palabras me hicieron sentir la especial conexión con lo que sucedería mañana.

—Volveré en un momento, te lo juro.

Asintió y antes de dejarme ir me dio una caricia muy intensa en la barbilla.

Troté hacia la casa y busqué mi pequeña cartera y el abrigo, pues iba a acompañarlo aunque fuera hasta su departamento. En mi trayecto me encontré con Rose y Emmett, que al verme me hicieron parar.

—Hey, te buscábamos para despedirnos —dijo mi hermano.

—Oh, así que se van.

—Claro, ya es bastante tarde, casi todos se han ido. —Mi mejor amiga me miraba como si fuera obvio, pero es que la verdad ni siquiera sabía qué hora era.

—¿Ethan? ¿También se ha ido?

—¿Para qué quieres hablar con ese? —bramó Emmett. Rose le dio un codazo en las costillas.

—Se fue hace poco, solo queda tu padre, Sue, Todd que se ha quedado dormido y algunos amigos de Jasper. Los Sres. Cullen han ido a dejar a otros invitados.

Mierda.

—Si quieres vente con nosotros y duermes en mi departamento, de todos modos tenemos que vernos a medio día…

—No, tranquila, me iré con papá —mascullé, asumiendo que debía ser yo quien se llevara a Edward sano y salvo a su departamento.

—Bien, te veremos mañana entonces.

Me despedí de ellos y volví a por Edward, que había comenzado a cantar.

—Nos vamos —le dije—, ¿tienes tus llaves a manos?

—Creo que… están en mi saco —murmuró, tocándose los bolsillos internos con torpeza.

Bufé y yo misma las busqué, encontrándolas enseguida.

—Yo debería llevarte… no está bien que tú… lo hagas.

No le hice caso y tiré de él hacia el Cadillac, que estaba unos metros más allá. Para nuestra suerte no había nadie cerca, así que abrí rápido y lo metí al asiento del copiloto. Cuando abroché su cinturón Edward sonrió, aún en su ensoñación.

—Te preocupas por mí —afirmó.

—¿Por qué no guardas silencio y dejas de mirarme así? —lo molesté con una sonrisa similar a la suya.

Hizo el ademán de cerrarse los labios con un zipper y yo cerré la puerta. Al darme la vuelta me encontré con Sue, que nos miraba.

—¿Qué haces? —me preguntó—. ¿Se ha emborrachado?

Hice un gesto incómodo, pero ella solo movió la cabeza en negativo para que no le diera explicaciones.

—¿Te irás con él? —susurró, mirando hacia el suelo con los brazos cruzados.

Asentí.

—Cuídate, cariño, por favor, sabes que eres un desastre al volante.

Asentí.

—Estaré atenta, hoy más que nunca.

—Le diré a tu padre que te has ido con tu hermano y Rosalie, aprovecha esta noche, ¿sí? Y… dile que lo amas, ya mañana será tarde. —Miró hacia Edward, que estaba con los ojos cerrados—. Él te responderá, no tengas miedo.

—Gracias, Sue, de verdad.

Asintió y me dio un abrazo.

—Al menos avísame con un mensaje de que has llegado, estaré más tranquila.

—Lo haré.

Me subí al coche y lo encendí rápido, marchando hacia adelante con las luces encendidas.

—Ella cree que soy un verdadero profanador —susurró, aún borracho.

—Duerme, te avisaré cuando lleguemos.

—No quiero dormir, solo quiero mirarte.

Me ruboricé y me concentré en la máquina que estaba conduciendo y en el camino que había delante de mí.

El trayecto estaba expedito, tanto que llegamos a la ciudad muy rápido. Edward estuvo durante todo el momento mirándome, perdido en mi perfil.

—No pensé que te emborracharías —le dije entre risas mientras estábamos en rojo.

Edward, somnoliento y mareado, solo llevó su mano a la palanca de cambio donde yo tenía también la mía.

—Ganaste.

—¿Respecto a qué?

—Ganaste hace mucho tiempo, Bella, ganaste lo que yo perdí de inmediato.

Me quedé un momento analizando sus palabras y no me di cuenta de que ya estaba en verde hasta que encendieron sus bocinas detrás de mí.

—Ya estamos aquí, Edward —susurré, moviéndolo un poquito.

—Marca la tarjeta y pon el código, se abrirá el estacionamiento de inmediato. —Tenía los ojos cerrados y una mueca de completa paz.

Una vez que aparqué, Edward y yo nos fuimos tambaleando —gracias a él— hacia el ascensor. Una vez arriba entramos a su piso, que estaba iluminado gracias a las ventanas que exponían las potentes luces del centro de Manhattan.

Él, con su fuerza muy superior a la mía, me arrastró hasta el balcón.

—Hey, ni se te ocurra, ¡es peligroso!

Se largó a reír.

—Solo quiero nadar un poco, ¿sabes que amo la natación? Solía ser un profesional… ¿te lo había dicho?

Negué y me crucé de brazos, sintiendo mucho frío.

—Claro que lo sé, pero aún más por conocer de ti —musité.

—Pero podemos conocernos más.

—Vamos a la cama, lo mejor es que descanses hasta mañana —le comenté, tirando de él hasta su habitación.

—Ya van dos veces que manejas el Cadillac, ¿no crees que es fácil? Quizá puedas con un barco, te haré uno para la próxima navidad —divagó mientras yo lo hacía sentar en su espaciosa cama.

Yo me largué a reír y solo negué.

—No quiero dormir, quiero estar contigo —susurró, abrazándome desde el vientre.

Yo cerré los ojos y acaricié su cabello, haciendo de tripas corazón para alejarme.

—Eso lo dices porque estás borracho, es mejor que cierres tus ojos y ya mañana todo volverá a ser como antes.

Se dejó acostar como un niño pequeño, incómodo por sus mareos. Desabotoné su camisa y fui abriéndome paso por su duro torso y abdomen, y así sucesivamente hasta que llegué a los pantalones.

—Mmm… ese camino me gusta —murmuró de forma pícara.

—Olvídalo, no quiero tener sexo con un muerto —lo molesté, bajando los pantalones y luego dejándolos caer al suelo—. Bien, solo duerme, ¿sí?

Me separé para ordenar su ropa, pero insistió en retenerme a su lado.

—No, te dije una vez que no quería que te fueras. Te verías más hermosa aquí —palpó a un lado de la cama—, a mi lado. No quiero separarme de ti, cariño, quédate.

—En definitiva, estás increíblemente borracho.

Negó con los labios fruncidos.

—Insisto, te verías más hermosa durmiendo a mi lado, incluso todos los días de mi vida.

Sentí que mi corazón volvía a dar un vuelco y mis entrañas se estremecían.

—Quítate la ropa, solo quiero que estés cómoda.

Como él me tenía presa de sí le hice caso y me quité la ropa bajo su atenta mirada, luego los tacones y mis aretes. Abrí los edredones y me metí a la cama, justo a su lado, encontrando de inmediato su inolvidable calor.

—Ven aquí, quiero estar contigo —musitó, acostándome en su pecho desnudo.

Respiré hondo, porque estar entre sus brazos era una sensación impagable. Siempre parecía un sueño, acurrucada junto a Edward Cullen. Él pasó un brazo por mi espalda y cabello, acariciándome con suavidad.

—¿Por qué me miras así? —inquirí con timidez.

Suspiró y por un momento pareció estar lúcido.

—Porque eres preciosa —bufó—, tan preciosa —repitió, llevando sus dedos a mi mejilla—. Mi Bella…

Su caricia era tan dulce que una corriente inmensa me recorrió toda la piel de mi cuerpo.

—Cada vez es más difícil callarlo —masculló.

Me acurruqué aún más en su pecho y él apegó su barbilla en mi cabello, abrazándome con fuerza.

—Me haces sentir tan pequeña.

Con su nariz y labios me dio caricias por la cabeza, mientras yo disfrutaba del olor de su piel: gel de ducha, perfume y él.

—¿No te gusta?

Lo miré hacia arriba y me encontré con sus ojos adormilados.

—Me encanta —confesé.

Tiró de mi barbilla para besarme y yo me acomodé con mis senos sobre su pecho, dejándome ir en el sabor de sus labios.

—Haces de mi un niño… No sé por qué estoy diciéndote esto, pero… lo haces. Olvido lo que soy y vuelvo a mi juventud —declaró, poniendo una de sus manos al lado de mi cuello y mi rostro, acariciando mi piel con su pulgar.

Su forma de contemplarme me tenía perdida, hechizada y completamente absorta. El rumbo que estaba tomando mi corazón comenzaba a delatarme.

—¿Es por eso que has bebido tanto el día de hoy? —inquirí.

El brillo de sus ojos se tornó desvaído y apagado de forma abrupta.

—Tú no eres así, no con toda esa gente.

—Estaba deprimido.

—¿Puedo saber por qué?

Volvió a besarme, pero con una lentitud que me permitió sentir cada movimiento de su boca junto a la mía.

—Porque… —Tragó y juntó su frente con la mía—. La idea de dejarte ir me tiene desesperado. Quiero quedarme contigo o bien que tú vayas conmigo. Cariño… No sé qué hacer a pesar de haber tomado esa decisión.

El aire salió de mi garganta con un jadeo audible. Tuve que recostarme nuevamente en su pecho para no mostrarle mis ojos llenos de lágrimas.

No, no quiero dejar de verlo, no quiero, pensaba, aguantando los gemidos de dolor.

Por Dios, esta sensación en mi pecho iba a matarme, no sabía cómo describirla, pero cada vez que él respiraba se acrecentaba más.

—De alguno u otro modo debía asumirlo, ¿no? Dejarte marchar. Incluso… ni siquiera debería pedirte que te quedes pensando en mí, eres joven, preciosa… Deberías ser feliz con un hombre de tu edad y que no tenga todas estas cargas en su espalda.

No, quédate, por favor, quédate conmigo, quería suplicarle, pero me abstuve, aferrándome a su piel y al sonido de su corazón palpitante.

—No digas eso, sabes que a pesar de los años yo te… —Apreté los labios—. No necesito a nadie más, sólo a ti. ¿O es que tú también planeas conocer a alguien más?

La idea me ahogaba.

Sonrió con mucha tristeza.

—Sería incapaz, eres… la mujer…

—¿Qué?

—Sólo duerme conmigo y no te separes, esta noche… estoy completo —murmuró con la voz adormilada.

Lo miré tímidamente y comprendí que ya estaba quedándose dormido. Respiré hondo, me volví a acurrucar y él me abrazó con todas sus fuerzas, impidiéndome siquiera que pudiera escapar. Pero no iba a hacerlo, estaría loca de intentarlo.

—Quiero guardarme esta sensación de júbilo cuando duermes abrazado a la mujer más importante de tu vida. Así que así se siente. —Suspiró y yo me reí bajito mientras una lágrima solitaria se caía por mi rostro.

Este Edward era el hombre que necesitaba, nada de barreras, nada de miedos, sólo nosotros.

—¿Así que así se siente qué? —inquirí.

Me miró a los ojos, volviendo a despertar. Me tomó la barbilla y respiró mientras me contemplaba con adoración.

—Tener a la mujer que amas —respondió.

Se me escapó un jadeo.

—Sí, Bella —sonrió, aún borracho—, te amo.


Aclaración:

Estasis: es la detención o estancamiento de la progresión de la sangre u otra sustancia en un órgano del cuerpo.


Buenas noches, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. ¿Qué les ha parecido? El drama es intenso y sé que lo viven a profundidad. Los sentimientos que comparten son cada vez más intensos, lo que significa que todo lo que ocurra entre los dos dolerá mucho más. ¿Qué piensan de los consejos de Carlisle? ¿Creen que tenga razón y que de alguna manera estos harán que Bella recapacite? ¿Qué creen que pudo pensar Edward al saber que su Bella no irá con él? ¿Qué creen que hará? ¿Se irá? ¡Cuéntenme sus apreciaciones!

Agradezco los comentarios de todas, ya saben lo mucho que aprecio cada instancia en la que ustedes me hacen ver su cariño y su entusiasmo. Esta vez no puedo mencionarlas, pero ya saben, lo haré mañana, editando el capítulo, y es que apenas he terminado el capítulo he venido a dejárselos y ya estoy con el tiempo contado, pero repito, las mencionaré mañana

Espero volver a leerlas a todas nuevamente por aquí, un comentario o un gracias siempre es bien recibido, ¡lo aprecio enormemente!

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Cariños a todas

Baisers!