Hola hola!

¿Hay alguien por ahí? Espero que sí ^_^, que esta vez no he tardado tantisisisimo :P

DRABSWAN... NUNCA TE AGRADECERÉ LO SUFICIENTE LA DEDICACIÓN QUE LE ESTAS DANDO A ESTA HISTORIA. GRACIAS POR BETEARME :-*

Quería agradeceros a todas y cada una de vosotros los comentarios que me dejais al leer el capítulo; la verdad que es una gozada poder leeros. y aunque muchas veces no pueda contestaros los mensajes o responder a vuestras preguntas, que sepais que os leo y me encantáis.
Sé que todas estáis ansiosas así que no me voy a enrollar más... de final del capí nos volvemos a leer...

nunca he puesto títulos a los cpítulos pero para este sí que hay uno...

CAPÍTULO 36: LA HORA DE LA VERDAD

Música (está en mi perfil):

Someone Like you - Adele

Enjoy the Silence - Depeche Mode

Ryuichi Sakamoto - Merry Christmas Mr Lawrence

NUEVA YORK

22 de Mayo de 2013
O lo que es lo mismo: SIETE AÑOS DESPUÉS...

— ¡Edward! – escuchó su nombre al entrar en el box y se giró; no pudo evitar fruncir el ceño al ver a Tessa trotar hasta llegar a su lado.
— ¿Estás loca? – dijo mientras extendía su mano y la dejaba descansar en el vientre de siete meses. – ¿Cuántas veces te he dicho que tienes que cuidar de ti y de la pequeña Kate? Maldita sea, Tessa, eres médico, sabes los riesgos.
— Deja de gruñir, te harás viejo antes de tiempo. Además te he dicho mil veces que estamos perfectas, ¡y no estoy inválida! – se cruzó de brazos sobre la tripa, en una pose tan tierna que Edward no pudo mantener su ceño fruncido.
— Sólo ten cuidado... O la próxima vez me chivaré a Eduardo – dijo plantando una sonrisa torcida en su cara.
— Capullo...
— Pero me adoras – contestó mientras pellizcaba una de sus mejillas. – Dime qué querías preciosa; me pillabas a punto de hacer la revisión de la pequeña Sara.
— Necesito una segunda opinión... Es un recién nacido. Tiene un Apgar bajo... Le tenemos en observación. Pero he tenido que llamar a Ainur; la madre está destrozada – explicó mientras recordaba cómo había llamado a su amiga para hacerse cargo de los padres.
— Joder... Qué putada. Dame cinco minutos Tess, y estoy contigo. – Se acercó para besar su mejilla a la vez que acariciaba su tripa haciendo que Kate le diera una patada. Sonrió feliz y se metió en el box.

Tessa suspiró mientras observaba cómo su mejor amigo se perdía en la habitación. Sus ojeras, su palidez, la tristeza en sus ojos... Daba igual el tiempo que pasara, daba igual las veces que le dijera que tenía que volver a Los Ángeles, con su familia, ni siquiera importaban las chicas con las que le había programado citas. Daba igual porque nada cambiaba, él seguía triste.
¡Qué lejos había quedado el chico que robó el corazón de todas en el campus! Siete años habían pasado...
Aún recordaba aquél año nuevo cuando su ahora marido Eduardo, la invitó a Times Square a pasar su primer año nuevo juntos; todavía no se explicaba cómo entre tanta cantidad de gente fue capaz de reconocer a Edward y a María. Pero allí estaban, María ilusionada por ver el espectáculo y Edward a punto de sufrir un colapso nervioso.
Una semana después le confesaba que había tenido problemas en casa y que no pensaba volver. Desde ese entonces, de vez en cuando sacaba el tema... Pero nunca le hizo caso. ¡Era tan cabezota!
Volvió a suspirar y se encaminó a neonatos. Quizá después intentara hablar con él de nuevo. No perdía nada.

Llegó a su apartamento casi a medianoche después de haberse pasado dos días enteros en el hospital. Su mente, abotargada después de tantas horas trabajando, no daba para más. De lo contrario, aún se habría quedado otro turno.
Pero la putada de estar con Tessa y Ainur trabajando en el mismo hospital es que estaban demasiado pendientes de él; sonrió al acordarse de sus amigas... Eran un encanto. No sólo ellas, todas las del grupo.

Con nostalgia se puso a recordar aquel tiempo que pasó en la facultad. Cómo los dos primeros años intentaba llenar el vacío que sentía en su pecho y cómo sus amigas le ayudaron tanto. Y no sólo ellas, a las que llegó a conocer tan bien, sino también sus novios y posteriores maridos, y Hugh y María...

Un calorcito se extendió en su pecho al acordarse de ella. Su niña... Aquél día de Navidad, siete años atrás, María fue su confidente. Le contó todo, con pelos y señales, confió en ella y no se equivocó, porque aunque al principio se escandalizó, no le reprochó nada. Supo escucharle y le apoyó incondicionalmente.

Entró en la cocina y se dispuso a recalentar la cena. Vació los recipientes de comida china en varios platos y fue metiéndolos en el microondas. Mientras esperaba la vista se clavó en el sobre que llegó dos días atrás y que aún no había abierto. Sabía lo que era; una plaza para el Hospital en Los Ángeles... No, ni siquiera se lo planteaba. Sabía que cuando terminara su residencia este año sería muy difícil permanecer en Nueva York, y por eso el director Flanagan le había propuesto para ese hospital. Tenía sus contactos... Pero no; él prefería buscar en otro sitio. Lejos, muy lejos de...
El pitido del microondas le salvó de volver a hundirse en la mierda. Cada vez, cada día que pasaba sentía que moría. No era fácil, aún después de tantos años no había podido olvidar.
Caminó al otro lado de la cocina y, tras poner los platos en la barra, se sentó en la banqueta. Removió bien la comida y se metió los tallarines con ternera en la boca.
Cerró los ojos y, sin quererlo, se dejó llevar por los recuerdos.

Flash back
— Joder Edward... Ahora entiendo – dijo María tras escuchar toda la historia.
— Ha sido una mierda. Ver a mi madre otra vez llorando como una loca en el aeropuerto... Incluso a mi padre se le ha escapado una lágrima. Pero no podía hacerlo de otra forma.
— Am... Yo creo que sí – soltó mientras se llevaba la taza de chocolate caliente a la boca.
— ¿Perdona?
— Que yo creo que si tenías opción. – Dejó la taza en la mesilla y se sentó al lado de su amigo. – Pienso que le deberías haber explicado todo a vuestros padres.
— ¿¡Estás loca!? – gritó Edward levantándose como un resorte. – ¿Cómo cojones se supone que voy a decir a mis padres una cosa así? – estaba temblando sólo de imaginarse esa posibilidad.
— Pues te habrías ahorrado un montón de sufrimiento...
— Si claro... ¿Y mi madre? ¡La habría matado, por dios! – gritó encarándose a ella.
— ¿Y es mejor la idea de no ver a su hijo nunca más? ¿No crees que tu madre sufrirá tu ausencia? – contestó lo más tranquila que pudo.
— Joder María, no lo entiendes... – dijo mientras se pasaba las manos por el pelo una y otra vez. No se le había pasado por la cabeza la verdad...
— Vuelve Edward. Diles lo que pasa, lo que sientes por tu hermana. Ellos pueden buscar ayuda, pueden visitar a un psicólogo, no sé... Pueden darte otra alternativa.
— ¿Y que todo el mundo se entere de que tengo una obsesión enfermiza?
— Que tenéis, Edward. Sois dos los que estáis en esto.
— A ella no la metas en esto – masculló entre dientes.
— Edward – empezó de nuevo acercándose a él y cogiéndole de las manos, – vuelve. Diles la verdad... Para ti no es justo. – Se encogió de hombros y besó las manos de su amigo.
— No puedo María... Simplemente... No puedo.

Se sentó de golpe en la cama y miró a María. Le había sonado el móvil y comprobaba de quién era el mensaje. Frunció el ceño al observar como una sonrisa iluminaba el rostro de su amiga.

— ¿Hay algo que deba saber? – preguntó Edward apuntito de sonreír también.
— No... Bueno es sólo Hugh... – contestó mientras un lindo sonrojo adornaba sus mejillas – vendrá mañana.
— ¿Así que Hugh, eh? – Se levantó y pasó una mano por sus hombros dándole un suave abrazo – Ahora te toca a ti hablar...

Fin Flashback

Sonrió al recordar el noviazgo de sus dos mejores amigos. Habían sido su pilar, su apoyo y la razón por la que no enloqueció en el tercer año de facultad. No había sido buena idea dejarse llevar por Liam y su alijo de marihuana...

Mientras terminaba la cena recordó que María volvería en una semana y que recogería las pocas cosas que quedaban en su apartamento. Les había costado, pero por fin había dado el paso de vivir con Hugh, se irían al Sahara... Dios, la vería aún menos.
Ella había cumplido su sueño, ahora estaba en Ciudad Juárez como voluntaria. Trabajaba para dos ONG y hacía el voluntariado en el pequeño hospital. Siempre le decía que estaba harta de intentar que los niños no vivieran rodeados de tanta maldad, que era duro como el infierno ver como día si día también se te morían pequeños en tus manos por heridas de bala. Pero ella estaba allí porque era para lo que había nacido. Tenía un corazón tan grande que no pensaba en que ella podría salir herida. No, solo pensaba en que los niños pudieran vivir una infancia feliz entre tanta basura...
Los niños...
Trabajaba con ellos. Para ellos... Le apasionaba

"¿Encontraré a alguien con quien tenerlos?... Alguien como ella... No. Eso es imposible... Menos mal que tengo unos 8 ahijados más o menos"

— ¡Mierda, Uxía! – se levantó corriendo y salió disparado hacia el salón. Cogió el portátil y se sentó en el sofá mientras lo encendía. Hacía cuatro años que Diane había sido madre; hoy era el cumpleaños de su segunda ahijada y casi se le olvidaba. Menos mal que en España aún era de día.

Se conectó a Skype y llamó.

— ¡Hola tito! – saludó la pequeña en cuanto vio a su padrino en la pantalla del ordenador.
— Hola princesa... ¡Muchas felicidades! – dijo Edward mientras sonreía de oreja a oreja.
— Mamá dijo que a lo mejó no llamabas... – le devolvió la sonrisa – pedo yo dije que lo pometiste, pod eso no me quedia acostá.
— ¿Es muy tarde alli? – preguntó sabiendo que tendría que aguantar la bronca de Diane.
— Ya he cenado y todo...
— Cariño vete despidiendo de Edward... – se escuchó por detrás a Diane.
— ¡Espeda! – chilló la niña mientras salía disparada hacia el sofá de la sala. Un nanosegundo después llegó con el regalo que le había mandado Edward, una muñeca que hacía de todo y con el pelo superlargo para poder peinarla – Gacias tito. Me gustó mucho muchito – dijo la pequeña mientras abrazaba a su muñeca.
— Me alegro princesa... Ahora vete a la cama. Es tarde y mañana hay que madrugar.
— Si tito... Buenas noches – se despidió la pequeña con un beso en la pantalla. – Te quiedo.
— Y yo mi niña. Adiós. – Un nudo en la garganta le hizo tragar en seco. Los echaba de menos, a los tres. Pero un trabajo en Galicia para Paul fue motivo suficiente para hacer maletas y cruzar el charco.
— Se te había olvidado – dijo a modo de saludo su amiga mientras se sentaba frente a la pantalla.
— ¿Qué dices? Es que acabo de llegar – contestó pasándose una mano por el pelo.
— ¿Ves, ves? – rió a la vez que le señalaba con el dedo – Se te pilla fácil, Cullen.
— Está bien... Se me había pasado, pero en mi defensa he de decir que he llegado a casa hace media hora. – Intentó justificarse con media sonrisa sabiendo que Diane no tardaría en perdonarle.
— ¡Cullen, no sonrías así a mi mujer o la próxima vez que te vea te partiré la cara! – escuchó a Paul despotricar a lo lejos y aumentó todavía más su sonrisa ladeada.
— Cuando quieras... – provocó.
— Bueno, parad los dos. Agradezco que no estéis juntos solo para ahorrarme estos continuos ataques de testosterona – bufó Diane, medio indignada medio divertida. – Y tú fuera del salón, que es mi amigo.

Tras unas pocas protestas y pequeñas carcajadas, ambos se miraron a los ojos.

— ¿Cómo estás? – pregutó preocupada.
— Muy bien.
— Mientes fatal...
— Eso dice Tessa – contestó levantando los hombros.
— ¿Has ido a ver a tus padres?
— Sabes que no Diane. Hablo con ellos día si y día no... Estamos bien así.
— ¿Hasta cuándo vas a seguir engañándote? ¡No estás bien!
— Di, por favor... – replicó mientras se pasaba las manos por la cara en un claro gesto de frustación. – Ya sabes que las cosas no son tan fáciles.
— No, no lo sé. Te has cerrado en banda con ese tema y no atiendes a razones Edward... Mira. No sé qué cojones pasó con tu familia hace siete años. Tus padres han venido a verte infinidad de veces; tu hermana ni una sola vez... – observó cómo achicaba los ojos al mencionar a Bella – No me lo has explicado y te respeto; pero en alguna ocasión deberás ir. Tendrás que presentarte allí y aclarar las cosas cariño... Tu madre es un encanto, está sufriendo un montón con esta situación y tu padre igual. – Diane no tenía clemencia, le decía las verdades una a una. Pero le daba tanta pena que la mirada de su amigo se fuera apagando.

Tras un par de intentonas más Diane se dio por vencida y cortó la comunicación. Era su amigo, le quería, y le jodía sobremanera que fuera tan cabezota "cabezabuque..."
Unos brazos la envolvieron desde atrás mientras ella permanecía sentada frente a la pantalla apagada del ordenador.

— ¿No ha dado su brazo a torcer? – preguntó Paul dejando un suave beso en la curva de su cuello.
— Ya le conoces. Lleva siete años culpándose de algo... Y no hay forma de hacerle ver que la solución es afrontar lo que fuera que pasara... ¡Argh! ¡Es tan frustrante! – contestó ella mientras se recargaba sobre el pecho de su marido.
— Llegará el momento en que se dé cuenta... Mientras tendréis que insistir – dijo mientras hundía la nariz en su pelo e inhalaba con fuerza.
— Si... Mmmm... Mañana volveré a llamarle... – susurró mientras se dejaba llevar por las suaves caricias de Paul.

Se le había quitado el apetito. Hablar de esos temas siempre le ponía de mala hostia y sus amigas eran especialistas en sacarle de sus casillas.

Sabía que sus padres sufrían. Sabía que ella era una sombra de lo que fue, al igual que él. Pero ¿Y qué otra cosa podían hacer? ¿Contar la verdad y que sus padres se murieran de la vergüenza y de la pena? Eso nunca.
Es verdad que les echaba de menos, que en muchas ocasiones había necesitado tener a su padre cerca para que le diera sus sabios consejos, y aunque lo hacía por teléfono, no era lo mismo. No. Desde que se enamoró de su hermana ya nada había vuelto a ser igual.

Se quedó mirando el icono en la pantalla del ordenador y cliqueó dos veces.
Inspiró profundamente y, antes de meter su contraseña, se levantó para prepararse un té.
Era su rutina, todas las noches, ante una humeante taza de té, entraba en facebook para ver cómo estaban sus amigos de Los Ángeles... Y ella. Jasper y Jacob habían pasado un montón de fines de semana con él. Incluso hubo un año que Jacob decidió quedarse con él... Aunque la amistad no tuvo nada que ver... No, realmente fue Nury y sus hermosas tetas las que le nublaron la razón... ¿Y a quién no? Ambos se juntaron seis años atrás. Ella saliendo de una mala relación, él harto de buscar las migajas de amor que le daba Ángela; se juntaron el hambre con las ganas de comer y se dejaron llevar por un tórrido romance.
Alice ni se dignó a aparecer por allí, siempre le decía en esas escapadas que hacían Rose, Emmett, Jake y Jazz, que había alguien que la necesitaba más.
Mi niña...

Un breve escozor en los ojos le avisó que debía dejar de pensar en gilipolleces. Se sentó de nuevo delante del ordenador, sopló sobre la taza y bebió despacio, antes de teclear sus claves para entrar en la página.

Como siempre se aseguró de aparecer como desconectado y miró las fotos que ella tenía colgadas en su muro. Parecía como un acuerdo tácito... Sin haberlo hablado, y sin saber realmente si lo hacía por él, aunque a él le gustaba pensar que sí, siempre colgaban fotos de sus logros, cumpleaños, graduaciones, fiestas... Y siempre, siempre, se aseguraban de actualizar su estado. El último novio que tuvo fue hace cinco años... Desde entonces nada. Igual que él. Solteros...

Inspeccionó las fotos que ya se sabía de memoria. Buscó alguna nueva... Nada. Llevaba un mes sin actualizar su perfil. ¿Estaría bien? ¿Habría encontrado a alguien que llenara su tiempo libre? Sus padres no le habían dicho nada, pero cada vez hablaban menos de ella, como si a él le molestara saber...

La lista del chat mostró que alguien se acababa de conectar y eso llamó su atención. Era ella. Y acababa de escribir en su muro. Un nudo en la garganta y un temblor en su mano le impidieron cliquear en "me gusta"... Su contacto se limitaba a felicitarse en fechas señaladas con breves mensajes. Su cumpleaños, Acción de gracias, Navidad, Año nuevo... Ninguno de los dos habían sobrepasado el escueto "Felicidades..." Ni siquiera ponían el "muchas" delante. Retiró la mano del ratón y esperó hasta que por fin ella colgó una foto.

— Dios santo nena...

Estaba preciosa enfundada en un vestido azul marino de algodón, con el pelo rizado y suelto, mucho más largo que la última vez que actualizó su estado con foto. Una triste sonrisa adornaba su rostro, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una sonrisa etrusca.
Ella no era feliz. Lo sabía. Lo veía en cada foto, lo notaba en cada comentario; tampoco lo había sido con Damon, ni con Garrett... ni con el último ligue que duró dos semanas. Y todo por su culpa...

Llevó sus manos al rostro para frotarse con desesperación y notó la humedad que habían dejado las lágrimas. Guardó la foto en su carpeta personal que adornaba el centro del escritorio del ordenador y lo apagó.
No podía auto flagelarse más.

Por lo menos la había visto.

Por lo menos intentaba sonreír.

Le prometió que lo intentaría. Por él. Y estaba convencido de que estas fotos eran la muestra que le dejaba, las pruebas para que viera que ella seguía viviendo...
.

.

.

Estaba tan cansado que no consiguió pegar ojo hasta las cuatro de la madrugada. Encima el sueño no fue muy reparador, las pesadillas le asaltaban intermitentemente. Y todo por haberse recreado en sus fotos; sólo a él se le ocurría mirar las fotos de su hermana en estos últimos siete años. Masoquista...

Cuando consiguió regresar al mundo de los vivos casi era hora de comer. Y maldita la gana que tenía de hacerlo... Solo. Siempre solo.

Una breve sonrisa asomó en su cara y antes de darse cuenta ya estaba con el móvil en la mano. Eduardo sería su salvación.

Hola? (13:30vv)
Hey! Q tal? (13:30vv)
Te hace ir a buscar a tu amada esposa y comer algo rápido por allí? Me aburro (13:30vv)
Claro... En media hora? (13:31vv)
Oki doki (13:31vv)
En la puerta del hospital? (13:31vv)
Si, pero en la de personal (13:32vv)
Vale, nos vemos luego (13:31vv)

Quince minutos después salía recién duchado de su apartamento, sin molestarse en peinar y secar su desordenado cabello. Sin mirar casi lo que llevaba puesto. Sin preocuparse de arreglar su desaliñada barba.

Era un día soleado, así que decidió pasear hasta el hospital. Si. Su mente enferma le había llevado a alquilar el apartamento cerca del lugar en el que trabajaba. María lo vio útil, Tessa no lo aprobó pensando que viviría más en el hospital que en la casa... Acertó de pleno.
Mientras caminaba despacio procuraba con todo su ser no mirar a la gente; siempre se tenía que tropezar con parejas de enamorados deseosos de demostrar al mundo entero que estaban felices; no podía soportarlo. Le producía urticaria.
Pero era primavera en Nueva York, las chicas solteras sacaban su armamento pesado y las que no lo estaban presumían y se paseaban con sus conquistas a plena luz del día. Abrazándose, besándose, casi desnudándose en público... Él también pasó esa etapa en la facultad, por un tiempo. Luego sentó cabeza; después de Christine, ya nada volvió a ser lo mismo. No la valoró; ella se entregó por completo a él y no le importó hacer lo mismo que con todas. La utilizó. Y aunque ella juraba y perjuraba que todo estaba bien, la poca conciencia que le quedaba le hacía ver que no era así. Que rompió el corazón de esa pobre chica y que no podía hacer nada para remediarlo. Perdió su virginidad con el chico equivocado mientras estaba colocado de hierba y pensando como siempre que era otro coño el que follaba. No; definitivamente Chris no se lo merecía.

Cuando llegó su amigo Eduardo, decidió no pensar más en algo que ya no tenía remedio y se centró en sus amigos... Su familia en estos siete años. Eduardo fue el que más le ayudó con el tema de las drogas en la facultad. Si no fuera por él y sus certeros puñetazos...

Sonrió mientras Edu le contaba las noches de insomnio que pasaba junto a su esposa. Cómo intentaba rodar sobre ella misma para levantarse y cómo todas y cada una de las veces era él el que tenía que ayudarla a incorporarse para llegar a tiempo al baño.

La cara de Tessa se iluminó al ver a su marido junto a su mejor amigo, y aceleró el paso para llegar cuanto antes hasta ellos. Casi suelta una carcajada al ver a esos dos hombres entrar en pánico al verla casi correr. Dichosos hombres sobreprotectores...
Tras escuchar la regañina de sus dos "Edwards" se colgó del brazo de ambos y se dispusieron a cruzar la calle. Pero no llegaron muy lejos.

— ¿Edward? – escucharon detrás de ellos.

"Esa voz... "

— ¿Edward eres tú? – preguntaron de nuevo.

Todos se giraron para ver de frente al hombre que llamaba a Edward. Pelo moreno, sienes encanecidas, bigote ancho y espeso...

— ¿Tío? – musitó no muy seguro de cómo sentirse. Hasta que vio una sonrisa aparecer en esa cara tan familiar – ¡Dios mío, tío! ¿Eres tú? – una incómoda picazón apareció en sus ojos y un nudo se instaló en su garganta no dejándole levantar mucho el tono de voz.
— ¡Qué alegría hijo! – Charlie acortó la distancia y se fundió en un fuerte abrazo con su sobrino. – Me dijeron en el hospital que hoy librabas. Pensé que no te vería hasta mañana – explicó mientras apretaba un poco su agarre.
— Pero, ¿qué haces aquí? Mamá no me dijo nada ¿Están todos bien? – preguntó sintiéndose ansioso de pronto. Se separó un poco para mirarle bien a los ojos; estaban llorosos de la emoción. Al igual que los suyos.
— Si, si... No te preocupes hijo. Dios mío, mírate... –susurró mientras inspeccionaba por fin de cerca a su sobrino. – ¿Qué te ha pasado? Estás horrible – sentenció Charlie al observar ese look de vagabundo que portaba Edward.

Las risas de Eduardo y Tessa explotaron la burbuja de ambos. Edward les sonrió y se acercó a ellos cogiendo a Charlie por los hombros.

— Tío Charlie, estos son Tessa, Eduardo y la pequeña Kate – presentó mientras señalaba la tripa de su amiga. – Y él es mi tío Charlie, el obstetra más famoso de todo Seattle.
— No exageres Ed... – contestó modesto mientras estrechaba sus manos.
— ¿Eres el Doctor Swan? – Preguntó una emocionada Tessa – ¡Qué honor! Madre mía... he cambiado el turno de mañana para poder asistir al Congreso.
— Encantado. Vaya, ¿tú también eres obstetra? – preguntó Charlie con interés.
— No... Casi, pero no... Soy pediatra, como Edward – sonrió encantada de hablar de su profesión con uno de los médicos más laureados de Norteamérica. Todavía recordaba la noticia de los quintillizos a los que asistió en su hospital. Trasladaron a la mujer en helicóptero desde un pequeño pueblo cerca de Canadá solo para que él les atendiera. Fue un rotundo éxito. Pero no quería abrumarle con mil elogios. Mañana se desquitaría. Miró a su marido y un breve asentimiento de él le indicó que andaban en la misma página – Bueno, ha sido un placer Doctor Swan. Nosotros ya nos íbamos, antes de que Kate salga ella misma a pedirme una hamburguesa doble con queso.
— Chicos, lo siento – se disculpó Edward que hasta el momento lo único que había hecho era mirar a su tío. – Pero me temo que os voy a dar plantón...
— Tranquilo Edward, vosotros poneos al día. Mañana nos vemos, ¿vale? – propuso Eduardo.
— Seguro. Mañana te doy un toque.

La pareja se marchó y Charlie se volvió hacia su sobrino. Edward no había dejado de abrazarle en ningún momento, su brazo seguía descansando sobre sus hombros y su mano se aferraba a él como si fuera su chaleco salvavidas.

Mientras decidían dónde irían a comer algo, Charlie no pudo dejar de pensar en todo por lo que su sobrino debió haber pasado en estos siete años.

Un mes después de soltar la bomba en aquella cena antes de Navidad, Esme le llamó para hacer las paces. Para enterarse de primera mano de cómo pasó todo. Él no se había ido de Los Ángeles, al contrario que Carmen, su hermana, y su cuñado Eleazar. Tuvieron que volver por temas de trabajo. Fue él el que afrontó sus errores y le contó a Esme cómo su padre les confesó en su lecho de muerte que tenían una hermana. Que debían cuidarla y que nunca debían permitir que se enterara de la verdad, ya que por nada del mundo quería dañar la imagen que ella pudiera tener de su madre. El romance por el que se dejaron llevar tenía fecha de inicio y de final. Ninguno de los dos tenía intención de separarse de sus parejas, y si bien siempre se habían sentido atraídos el uno por el otro, no dejaba de ser una mera atracción física.
Lo que ellos no sospecharon nunca fue que James escuchó toda la conversación y que este tema siempre fue motivo de chantaje entre ellos.
Y todo para que al final se fuera de la lengua de la peor manera...

Fue una tarde llena de llantos, de perdones y de abrazos, en la que Esme abrió de nuevo su corazón, pasando a estar feliz por tener una familia de verdad...
Desde entonces Carmen, Esme y Charlie se llamaban y hacían videollamadas en las que Esme les contaba sobre sus hijos. Que Edward se negaba a volver a casa y Bella se negaba siquiera a hablar con él. Que algo pasaba entre ellos y por más que había intentado hacerles entrar en razón era imposible.

Recordó cómo le volvió a sugerir lo que él pensaba que les pasaba a ambos. Que quizá sintieran una especie de atracción mutua; pero ella se cerró en banda... Seguía convencida de que si bien no compartían lazos de sangre, ellos seguían siendo hermanos.

Y aquí estaba ahora. Delante de su sobrino, observando cómo se había deteriorado durante estos años y dispuesto a hacer lo que fuera para que volviera a casa.

Cuando llegaron a un pequeño restaurante y se sentaron para por fin comer algo, la conversación fluyó por sí sola.

— Y dime Ed, ¿cómo te va la residencia? Este es tu último año ¿no? – preguntó Charlie antes de engullir una porción de pizza carbonara.
— Muy bien tío. Y sí, es el último año... – contestó después de tragar. – Lo que no sé es qué hacer el año que viene – confesó deseando sincerarse con alguien.
— ¿Por? ¿No te quedarás en Nueva York? – preguntó extrañado dejando su pizza en el plato y centrando la atención en él.
— No creo que me den una plaza... – explicó con pesar. – Aquí se dan de hostias para conseguir caerle bien al jefe. Y a mi todo ese asunto de ser un pelota... No me va. Aún así el director del hospital me ha recomendado.
— ¡Eso es estupendo!
— Pche... Supongo. – Edward bajó la vista al plato y se dedicó de nuevo a su pizza.
— Vaya, no estás muy animado – observó mientras fruncía el ceño.
— El hospital está en Los Ángeles – susurró sin mirarle a la cara.
— ¡Pero eso es genial!
— No lo voy a aceptar. – Levantó la cabeza y clavó la mirada en los oscuros ojos de su tío.
— ¿Qué? ¿Por qué? – Charlie no salía de su asombro. No entendía qué pasaba por su mente como para rechazar una oferta de trabajo.
— No pienso volver allí.
— Edward...
— No voy a volver, tío, no insistas. – Se estaba enfadando y no quería pagar con su tío su mala leche. Estaba cansado por la guardia, ansioso por haber pasado la noche dedicado a ver fotos de su hermana y mosqueado porque odiaba no saber lo que iba a hacer cuando en cuatro meses se acabara su trabajo.
— Edward, escúchame – replicó Charlie alzando un poco la voz. – No sé qué cojones te pasó hace siete años para salir huyendo de esa forma, pero dar la espalda a los problemas no es forma de vivir la vida.
— No tienes ni idea de lo que hablas – masculló entre dientes, apretando los puños a cada lado del plato.
— No. No la tengo. ¿Y sabes por qué? ¡Porque tú no has dicho nada! – miró a los lados siendo consciente de pronto de que estaban en un sitio público y volvió a bajar la voz. – No haces caso a nada de lo que te dicen tus padres. Ignoras a toda la familia... ¿Eres consciente de lo que están sufriendo ellos con esta situación?
— Charlie por favor. No sigas por ahí – rogó esperando que captara el mensaje y dejara de hurgar en la herida.
— ¿Y por dónde sigo? ¿Por ti? ¿Te has visto en un espejo? No te preocupa tu apariencia, no te preocupa tu trabajo...
— ¡Claro que me preocupa mi trabajo! – levantó el tono casi sin querer. – Es lo más importante que tengo en mi vida.
— ¿Lo más importante Edward? ¿Y la familia? ¿Se te ha olvidado que tienes una familia? – Preguntó asombrado ante la falta de sensibilidad de su sobrino – ¿Que tienes unos padres, una hermana? ¿Y unos tíos?
— Pues claro que no se me ha olvidado pero... – Era incapaz de mirar a los ojos a Charlie; sus palabras se clavaban como puñales en su corazón. Por un momento estuvo tentado de decirle la verdad. Confesar la razón por la que había estado separado de todo y todos; pero no. No podía claudicar a estas alturas.
— ¿Pero qué Edward? Dime qué pasó para que no hayas pisado Los Ángeles ni una sola vez desde aquellas Navidades. Dime, por qué no estuviste cuando operaron a tu padre de apendicitis o cuando Bella tuvo aquel accidente de coche. Por dios hijo, – pedía un acalorado Charlie – ¿no entiendes que un día ellos van a faltar? ¿Que no podrás decirles a la cara lo que sientes? Habrá un día, Edward, en el que no podrás arreglar las cosas porque ya será demasiado tarde... – terminó suavizando el tono. Había observado las reacciones de su sobrino. Había visto cómo se iba hundiendo más y más en su asiento, por lo que decidió parar el sermón. Estaba en Nueva York no sólo para asistir al XI Congreso de Perinatología, si no para intentar por todos los medios que ese cabezota cambiara de opinión.

Edward levantó la mirada y observó a su tío del alma. Cómo hubiera deseado estar con él en Forks, pescando, hablando de todo y nada. Y no aquí, a kilómetros de distancia pensando que quizá debería decirle la verdad. Explicarle la razón de su huída, contarle todo lo que guardaba su alma, pero arriesgaba tanto...

"¿Y qué coño vas a perder? Estamos más solos que la una" pensó mordaz.

— Termina la pizza tío... Vamos a mi apartamento. Allí te lo contaré todo.

Estaba terminando de servir el café cuando empezó a sentir un breve ataque de pánico. Esto no era como confesar a María que estaba enamorado de su hermana. No; definitivamente no era igual. Esto sería abrirse en canal ante su tío, al que no veía desde hacía más de siete años. Sería reconocer que estaba mentalmente enfermo, que era un degenerado. "Dios... Esto no ha sido una buena idea..."

Charlie esperaba paciente sentado en la salita de estar. Si realmente su sobrino por fin iba a confesar qué pasó para que cambiara así, debía ser cauteloso y no forzar más la situación.
Esperaría. Estaría para él, le apoyaría, solucionaría lo que fuese y le convencería para volver. Esme le necesitaba, Carlisle también... Y todos necesitaban que Bella volviera a sonreír de verdad.
Un ruido de tazas tintineando le sacó de sus pensamientos y se levantó presuroso para ayudar a su sobrino a dejar la bandeja sobre la mesa. Estaba tan nervioso que un minuto más y tendrían que beber el café en el suelo.

— Ya lo dejo yo Ed. Tú siéntate y estate tranquilo. ¿Una cucharada de azúcar? – preguntó solícito.
— Dos por favor – susurró Edward. Estaba al borde del ataque de nervios. Se había sentado en el centro del sofá apoyando los brazos en las rodillas y se frotaba las manos la una contra la otra.

— Edward – empezó Charlie intentando transmitirle la mayor calma posible. – Estoy aquí, contigo. No pienso moverme hasta que no solucionemos eso que te atormenta. Da igual lo que digas, nada me asustará. Escúchame bien. – Se sentó a su lado y puso su mano sobre las de su sobrino. – Nada me hará cambiar de idea.
— ¿Y cuál es esa idea? – susurró muy bajito.
— Llevarte de vuelta con tus padres.

Edward le miró a los ojos y no pudo más. Llevaba dos horas intentando mantener las lágrimas a raya, pero todo tenía un límite. Con un sollozo que le salió del centro del estómago Edward se rompió ante su tío, dispuesto a abrirse en canal ante él, a saltar al vacío, a arriesgar la poca integridad que le quedaba. Sintió cómo unos brazos le envolvían en un caluroso abrazo y se dejó llevar.
Lloró, medio gritó de rabia y masculló algún "soy un monstruo" y algún que otro "no me odies". Pero, ni aún así, Charlie aflojó su agarre; no cejó en su empeño de servirle de apoyo.

Pasaron algunos minutos antes de que Edward volviera a recomponerse un poco. Inspiró profundamente mientras se limpiaba las lágrimas a manotazos, separándose un poco de Charlie.

— No sé ni por dónde empezar... – dijo Edward inspirando y soltando el aire lentamente.
— ¿Qué tal por el principio? – alentó mientras acariciaba repetidamente su espalda. Sólo tuvo que esperar un minuto más antes de que Edward por fin comenzara a hablar.
— Hace siete años, en verano, me di cuenta de que algo en mí no iba bien. Que sentía cosas que no debía sentir... Que me gustaría no ser hijo de mis padres.
— ¿Por qué pensarías algo así? – preguntó Charlie frunciendo el ceño.
— Me enamoré de quien no debía, tío.
— ¿Te enamoraste?
— Si. Me enamoré, se metió tanto en mi cuerpo, en mi alma, que hoy aún sigo enamorado de ella... Pero es algo imposible, es algo monstruoso y aunque la lleve en mi pensamiento a diario, aunque yo le pertenezca a ella en cuerpo y alma y ella me pertenezca a mí, no puede ser. Nunca podrá ser. Simplemente... Es imposible.
— Pero ¿por qué? ¿Quién es ella? – le preguntó presintiendo cuál iba a ser la respuesta.
— Bella – confesó con más voz de la que creía tener. Notó cómo Charlie bajaba la mano por su espalda y respiraba con fuerza. Una cosa era sospecharlo y otra cosa escucharlo en primera persona.
— ¡Mierda!
— Por eso me fui. Por eso huí. Estábamos tentando a la suerte; estar cerca de ella no me dejaba pensar con claridad. – No levantó la cabeza en ningún momento, no tenía tanta fuerza de voluntad como para soportar la mirada recriminatoria de su tío.
— Joder... – masculló mientras se levantaba del sofá y comenzaba a caminar de un lado a otro.
— Se nos fue de las manos... Casi cometemos una locura esa Navidad – seguía explicando Edward.
— Mierda, mierda, mierda...
— No me odies, por favor – pidió por fin volviendo a romperse.
— ¿Que no te odie? ¿Estás loco? No puedo odiarte hijo... Pero dime, ¿y ella? ¿Ella que siente? – caminó de nuevo hasta Edward y se sentó a su lado.
— Igual tío. Los dos lo hemos pasado muy mal... Y sé que ella tampoco está mucho mejor que yo – contestó sabiendo por su madre que Bella tampoco era la misma.
— Tenía que haber insistido – se lamentó de pronto Charlie. – Si lo hubiera hecho nada de esto habría pasado.
— ¿Insistido? ¿De qué estás hablando? – preguntó Edward un tanto confundido.
— Lo sabía, mierda. Lo sabía y lo dejé pasar por no incomodar más a tus padres.
— Me estoy perdiendo tío...
— Dios mío Ed... – ahora fue Charlie el que se hundió en el sofá. – ¿Por qué no dijiste nada? Te podríamos haber ayudado; si hubiera sabido... Yo no hubiera permitido... Podría haber... ¡Joder!
— Para, para... Sigo sin entenderte ¿Lo sabías? ¿Nos viste? – preguntó nervioso.
— Claro que no os vi. Pero hubiera sido lo mejor, tendríais que haber dicho la verdad desde el principio Ed. Y , como ya he dicho antes, seguro que nada de esto habría pasado. Nada.
— No ha sido fácil para mí. No podía plantarme delante de mis padres y soltarles algo así... Si además de estar lejos de ellos me retiran la palabra no habría podido seguir viviendo.
— Eso no habría pasado Edward – susurró entre lágrimas. – Todo hubiera adquirido otro significado totalmente distinto.

Charlie se levantó de nuevo. Jamás pensó que sería así como su sobrino descubriría la verdad, pero no podía callarse por más tiempo. Ya lidiaría con su hermana y su cuñado más adelante. Ya enfrentaría su furia en otro momento; ahora lo que importaba es que Edward supiera la verdad pura y dura. Maldijo por enésima vez antes de ponerse delante de él.

— Edward, tengo que contarte algo. Algo que cambiará todo, algo que deberías haber descubierto hace siete años.
— ¿De qué...?
— Bella no es tu hermana – soltó bruscamente.

Casi se arrepintió en el segundo en que las palabras salieron de su boca. No era él quién debería estar contando esta verdad, no le correspondía a él ver el dolor reflejado en el rostro de su sobrino.

— ¿Perdona?
— Bella no es tu hermana. Tus padres...
— Espera, espera, espera ¿de qué cojones estás hablando? – El corazón se le había parado por un momento, pero según escuchaba la historia que le contaba su tío, volvió a latir con fuerza haciendo que se le acelerara el pulso. Que las venas de la sien y del cuello se le fueran hinchando hasta casi adquirir vida propia.
— Cuando naciste tu madre tuvo un parto muy complicado. Yo la atendí. Fue horrible... Después de tenerte tuvimos que extraer toda la matriz, quedó muy dañada. – Guardó silencio por un momento, esperando a que Edward le dijera algo, pero no hablaba. Tenía la mandíbula apretada y mantenía los puños cerrados sobre las rodillas. – A los pocos días de llegar a casa llamaron a la puerta de vuestra casa, Carlisle abrió y se encontró con un capazo con un bebé en él.
— Si esto es una broma no tiene ni puta gracia, tío. – Había estado escuchando lo que Charlie contaba pero no podía ser. Simplemente... No podía ser. Era algo demasiado bizarro como para que fuera verdad.
— Déjame terminar... – pidió mientras volvía a tomar aire para proseguir con la historia. – Esme no dudó ni por un momento en quedarse con la niña. Siempre me decía que en cuanto miró esa carita tan redondita supo que sería suya; ni siquiera se planteó llevarla a un orfanato.

Paró de nuevo para ver las reacciones de su sobrino. Se pasaba las manos por el pelo una y otra vez, y una mueca de incredulidad adornaba su rostro. No estaba reaccionando muy bien...

— Vinieron a verme al día siguiente. Yo todavía no había vuelto a Forks así que, tal y como me pidieron, les ayudé falsificando la partida de nacimiento. Desde ese momento Bella y tú pasasteis a ser hermanos mellizos.
— No es mi hermana... – dijo como para confirmarlo.
— Podemos decir que es tu hermana pero no compartís la misma sangre.
— No compartimos la misma sangre... – repitió un poco ido.
— Si nos lo hubieras dicho, yo...
— Basta...
— Yo te habría conta...
— ¡He dicho que basta! – gritó con los ojos fuera de órbita mientras se ponía de pie. – Fuera de mi casa...
— Pero Ed...
— Toda mi vida he vivido un engaño al igual que la pobre Bella... Dios, qué hará cuando se entere – musitó dolido, angustiado. – Llevo siete años culpándome por algo de lo que no debería haberme preocupado... ¡Me habéis mentido! ¡Nos habéis mentido! – Gritó perdiendo los papeles. Salió del salón y entró en su dormitorio para coger las llaves del apartamento, su documentación y dinero. – Panda de hipócritas, desgraciados.

Charlie se acercó a Edward intentando que entrara en razón, pero cuando notó su contacto le empujó y corrió hacia la puerta.
Él se quedó de pie en medio del salón, sólo, maldiciendo la hora en que le había contado nada a Edward. Pero eso no era lo peor.

Lo peor aún estaba por llegar, cuando le soltara a su queridísima hermana lo que acababa de hacer.

— Que Dios me ayude...


Bueeeeeeno, pues uno de ellos ya sabe la verdad, y parece que no se lo ha tomado nada bien :S
Sé que estáis deseosas de que llegue un acercamiento... ¡yo también! ¿sabéis lo difícil que ha sido escribir esta historia durante tanto tiempo sin que Edward y Bella se estén comiendo la boca todo el rato? ¡hombre por dios!... que soy humana! XD

Para las ansiosas deciros que el capi que viene... Bella será la que descubra la verdad... ¿se la dirá Edward? ¿se lo dirán sus padres? ¿o quizá Charlie?... Creo que si todo va bien, el siguiente capítulo lo subiré más pronto que este... Ánimo chicas que ya queda menos para que mi Edward y Bella forniquen como locos!

Este capítulo ha sido muy importante y me ha costado mucho escribirlo. Espero que os haya gustado y que me lo comentéis en un bonito review ;)

Muchas gracias a todos por dedicar un ratito de vuestro tiempo a leer esta historia. Y mil gracias más a Nurymisu, Alysa Cullen, Pegn, DraBswan, Lilly Black Masen, xikita, Anaidam, anamart 05, ksts, yasmin cullen, Fanny Mars, Romi de Cullen, Diyola, Isa C, Smiletome, aea7, jamlvg, Anonybones, Camille Weasley, Camille Frost, Faty21, Eydi Swan, Jummy 1206, Soles, illiam, ely, ludgardita, cristina 2390, rousbella, lapteagalaxy, Rafaela monteroso, Pxa, Judy Cullen, vanesscsb, , Bella NyXH, Cami Sandoval y luna whitlock por dejar sus comentarios y hacer que me salga una sonrisa ^^

¡Y BIENVENIDAS A LAS NUEVAS LECTORAS!