Me despierto dolorida (mi cuello está rígido) y sobresaltada por los escalofríos de Peeta. No nos hemos movido en toda la noche y, aunque al principio fue difícil conciliar el sueño, he dormido mejor de lo que creía. Levanto la vista y advierto que Peeta me ha cubierto con su camiseta (de ahí que esté tiritando), pero no recuerdo muy bien cómo pudo quitársela, quizá estuviera demasiado dormida para darme cuenta. Mantengo una ardua lucha conmigo misma para no posar la vista sobre su torso descubierto, pero ese no es el único problema. Una cariñosa sonrisa se dibuja en mis labios cuando observo la tranquilidad de sus facciones, estrechándome entre sus brazos como si fuera su bien más preciado, y encuentro su imagen durmiente una de las más atractivas que recuerdo. Me entran ganas de acercarme, de besarle, pero me quedo quieta y aprovecho su sueño para mirarlo sin tener que excusarme. A pesar de todo el rencor (que parece haber desaparecido por completo), agradezco tanto este momento que no puedo parar de sonreír. Está aquí, otra vez, a mi lado, y necesito apretarme más contra su pecho para darme cuenta de que no es un sueño. Quiero aprovechar este instante inocente al máximo, porque sé que, cuando nos despertemos, Katniss seguirá construyendo una barrera.
Los astros parecen haberse confabulado contra mí, porque, justo cuando había extendido la mano para apartarle los mechones del rostro, ha abierto los párpados lentamente y me ha visto mirándole con esos ojos de adolescente enamorada.
- Buenos días, iba a despertarte.- ya he empezado a excusarme, apartando la mano bruscamente.
- Buenos días…- murmura, soñoliento, pero el brillo de sus ojos al verme nada más despertar hace que me ruborice levemente.- ¿Has dormido bien?, ¿qué hora es?
- Bueno, me duele el cuello y tengo las piernas entumecidas, pero bien. Supongo que debe de ser temprano, he oído al gallo.- la luz del día entre por la rendija de la puerta. Nuestro tiempo ha terminado.- Tú estabas tiritando, no deberías de haberte quitado la camiseta.- intento parecer agradecida y le devuelvo la camiseta con una media sonrisa. Él sonríe levemente cuando se da cuenta que hago todo lo posible para que no se me vayan los ojos a la zona descubierta de su cuerpo.
- Es que tú también estabas tiritando.- su respuesta me desconcierta: sigue siendo el mismo Peeta de siempre, capaz de morir por mí.- Haymitch debería dejarnos salir, ¡tengo hambre!- le grita a la nada, como si estuviera en la cocina.
Cuando ambos nos incorporamos como podemos y nuestro abrazo se ve interrumpido, algo doloroso me aprisiona la garganta, siento que una parte de mí se queda en ese armario, indefensa, y cada recoveco de mi piel se aferra a un miedo inexplicable. No tardo mucho en entender qué ocurre: no quiero perderlo otra vez.
- ¿Seguís vivos? - parece que Haymitch ha escuchado las plegarias de Peeta, porque enseguida introduce la llave para sacarnos. Quiero matarlo, pero no por encerrarnos, sino por dejar de hacerlo.
- Eres tú el que vas a morir.- le amenazo, aunque no tengo muchas ganas de discutir.
- Sin violencia, que os he preparado un desayuno decente.- se ríe.
Lo último que noto antes de que Haymitch nos abra la puerta y toda la luz matutina me ciegue por unos instantes, son los ojos de Peeta fijos en mí. Quiero creer que él tampoco quería romper ese momento.
- Aparta.- le empujo bruscamente, ya que sé que tengo que mostrar que estoy enfadada y que estar encerrada con Peeta ha sido lo peor.- Me voy a mi casa.
- ¿No vas a quedarte a desayunar?
- ¿En serio quieres que me quede más tiempo en esta maldita casa? Llevo toda la noche encerrada en la despensa, me sorprende que tengas la esperanza de que me voy a quedar a desayunar.- ironizo.
- Bueno, por lo menos no te ha clavado un cuchillo.- bromea Peeta, que está saliendo de la despensa justo en ese momento.
- ¿Habéis dormido bien?- nos levanta las cejas. Lo que faltaba…, ahora pensará que nos hemos dado cariñitos.
- Adiós.- zanjo la conversación, cogiendo unas fresas y saliendo de allí lo más rápido que puedo.
Solo llevo recorridos varios metros en dirección a mi casa cuando oigo la voz de Peeta buscando mi atención. Él también ha decidido volver a casa sin desayunar.
- Espérame.- me pide mientras corre hacia mí. Yo como fresas despreocupadamente, aunque tengo miedo de atragantarme por los nervios.- ¿Ibas a casa?
- Sí, creo que voy a dormir un poco. Luego tengo que ayudar a Rose con los preparativos de la boda.- comenzamos a andar juntos, aunque la sensación de hacerlo es más que rara.
- ¿La boda?- la manera en la que frunce el ceño me da entender que no tiene ni idea de los planes matrimoniales de su gran amigo Gale.
- ¿No te has enterado? Gale se casa, lleva varios meses comprometido con una chica de su partido, se llama Rose. La boda es pasado mañana.- no me cuesta mostrarme indiferente, ya que no me produce ninguna decepción. Ojalá lo hubiera tenido tan claro antes.
- Déjame unos minutos para procesarlo.- le entra la risa.- ¿Gale se casa?- sus ojos están abiertos de par en par.
- Sí, ¿por qué te sorprendes tanto? Ya sabes que en el 12 nos casamos muy pronto, bueno, cuando esto se llamaba distrito 12.
- Me ha pillado desprevenido…- susurra. No me equivoco al pensar que creía que "cuidarme" significaba "amarme".- Pensé…
- ¿Pensaste que estaba enamorado de mí?
- Lo estaba, ¿no? No me cabía duda de eso…- me da la sensación de que sabe cosas que yo no sé, pero no pregunto.
- Lo estuvo.
- Pero…
- El amor no dura para siempre.- intento parecer serena, porque no estoy pensando justamente en Gale cuando digo eso.- Todo el mundo pensaba que me casaría con Gale, pero yo siempre lo he negado.
- Decías que no te querías casar, no que no te quisieras casar con él.- ya hemos llegado a nuestras casas vecinas.
- ¿Insinúas que hubiera accedido a tener una relación con él si no hubiera dejado de quererme?
- No se deja de querer a una persona tan fácilmente.
- Tú tampoco hubieras sido capaz de amarme después de todo lo que ha ocurrido en estos dos años. Sabía de sobra que no iba a corresponderle y rehízo su vida.- él aparta la vista cuando digo "dos años".
- Pensé…
- No rechazaría su oferta de matrimonio porque no quiero casarme, sino porque no lo quiero. Es bastante lógico.- le mando una indirecta más que directa.
- Sí, muy lógico.- asiente, meditando.- Pensé que nunca accederías a casarte, después de todo lo que ocurrió en los Juegos…
- Si me lo pidiera la persona adecuada, no tendría ningún problema.- lo miro directamente.
Cuando nuestras miradas se encuentran, me introduzco otra fresa en la boca para aparentar una madurez y una tranquilidad que no poseo, y soy plenamente consciente de que él ha entendido mi indirecta. Mi corazón comienza a latir fuertemente cuando lo encuentro: sus ojos, sus brillantes ojos azules mirándome con todo el amor que jamás he sido capaz de canalizar. Sigue queriéndome, a lo mejor no con la misma intensidad de antes, pero no me ha olvidado.
- Tienes los labios rojos.- está acariciándome la mejilla antes de que pueda impedirlo.
- Las…las…las fresas…- tartamudeo, nerviosa. Sus ojos buscan mis labios, yo busco los suyos.
- Te has manchado.- recorre la comisura inferior de mis labios con las yemas de los dedos, lentamente, en un caricia tan falsamente inocente que noto cómo las piernas me tiemblan.- ¿Quieres venir a cenar a mi casa?
- Sí.- respondo con tanta desesperación que hasta él se sorprende. Bien por ti Katniss, disimulas muy bien.
