Capítulo 36

(T.D.)

"Despierta..."

Le dolía absolutamente todo... no hubiera exagerado con decir que hasta los párpados le dolían, y que por ello no osaba abrir sus ojos.

"Ya es hora, despierta..."

La voz le sonaba familiar. Una voz femenina, dulce, que ponía una exquisita calidez a cada palabra como solo una sola persona lo sabría hacer, aún si esas palabras fueran dichas con toda la dureza posible...

- Ma... ¿Mamá?

Entonces esa voz dejó de llamar, para ser sustituida por una masculina, más dura, pero igualmente cálida.

- Un verdadero caballero no caería tan fácilmente...

No fue tan fácil reconocer aquella voz, aunque sabía que la había escuchado mucho más recientemente que la voz anterior.

Debajo de sí, pudo sentir la textura de la rugosa y gruesa arena seca, aunque lograba escuchar agua, por lo que dedujo que no era un desierto, sino una playa. Finalmente se decidió a abrir sus ojos, lentamente. La imagen se aclaró lentamente, aunque no del todo: las ondas de intenso calor llegaban a distorsionar su visión.

Pero reconoció al hombre casi al instante, a pesar de que lo miraba de cabeza.

"Lu... ¿Ludovico...?".

- Anda, levántate – Dijo Ludovico con firmeza. Tenía una mano en la cintura, y la otra recargada sobre su daga envainada -. Es tu turno para ayudar a tus amigos.

"Tengo que... levantarme...".

Ludovico miraba, sin moverse, sin tenderle la mano a Jason cuando éste alzó la suya para levantarse... seña que el muchacho entendió perfectamente como "Vas tú solo."

Hasta el más ligero movimiento le molestaba... sentía su cabeza muy pesada y gorda, y parecía que todo alrededor suyo se movía. La piel le ardía en varios lados, ya fuera por quemaduras o por heridas. En cuestión de diez segundos, el calor, el dolor y el agotamiento le vencieron.

Una segunda voz femenina se escuchó en su cabeza, una mucho más joven que la primera.

"Estoy muy decepcionada."

La reconoció como la voz de Medea.

Tiempo después (no supo cuanto, pero se le hizo eterno), el suelo debajo de él se sintió más húmedo, y sintió que, gracias al viento, algunas plantas se agachaban a acariciarle el rostro... ya no estaba en la playa. Mantuvo sus ojos cerrados, pues se sentía sumamente agotado, aunque estaba despierto y en sus cinco sentidos.

- ¡Carajo, el viento la destruyo todita¡No quedaron más que astillas, maldición!

Era Zul, alguien fácil de reconocer, y no por su voz, sino por sus palabras. A juzgar por el murmullo de la tierra y de las plantas, venía caminando, abriéndose paso entre la vegetación.

- No hay señales de Elia, ni de Torom, ni de Tyra... – Dijo una segunda voz, la de Sikoth.
- No me gusta ni pensarlo, pero... creo que deberíamos descansar por ahora, los tres estamos molidos, tengo un brazo roto, y Jason no despierta aún – Dijo Zul, fastidiado.
- Pues creo que tienes razón – Dijo, tras un largo suspiro de resignación, una tercera voz, la de Koru.
- ¡Pero llevamos horas buscándolos, y ya va a oscurecer! – Objetó Sikoth -. Podrían estar en peor estado que nosotros... quizá muertos.
- ¡Mierda, que dejes de decir eso! – Blasfemó Zul.
- Tampoco me gusta la idea de dejarlos solos... pero no tenemos opción, hay que descansar – Koru se mantuvo firme -. También debemos tener fe en que estén bien. Quien sabe, quizás ellos también han formado un grupo, como nosotros.

En eso, Jason decidió levantarse y dejar de fingir estar dormido, también quería dar su opinión al respecto. Se levantó, y los otros tres se quedaron mirándole en cuanto su cabeza apareció sobre la maleza. Ya casi era de noche.

Koru llevaba el brazo izquierdo vendado, Zul tenía el brazo derecho inmovilizado improvisadamente con un pedazo de su destrozada vestimenta, y Sikoth, seguramente por pura suerte, no tenía más que unos pocos rasguños, aunque profundos.

- Entonces¿cuánto tiempo llevas despierto? – Inquirió Zul al ver a Jason.
- ¿Qué dices?
- Puedo ver en la oscuridad, Jason. Te levantaste muy rápido, y tu mirada no denota el cansancio típico de quien recién ha despertado – Lastimado como estaba, Zul no cambiaba su actitud.
- Asumo que has escuchado algo de lo que hemos dicho... – Dijo Koru.
- Pues no me queda claro qué es lo que quedó convertido en astillas – Respondió Jason.
- ¡ La Santa Lila, por el amor de Lathia! – Se quejó el mestizo -. ¡Se ha ido, estamos varados y separados!

Entonces Jason recordó a quién había visto instantes atrás... ¿Dónde estaba?

- ¿Dónde está Ludovico?

La pregunta de Jason agarró a los otros con las guardias bajas.

- ¿Quién? – Dijo el mayor de los hermanos.
- Ludovico – Repitió "Pies de Fuego."
- ¿Qué tiene que ver Ludo con esto? – Dijo Zul, molesto.
- Nada... es que lo vi hace un rato en la playa.
- ¿En la playa?
- Eso explicaría porqué estamos en una selva a media isla, cuando un torbellino enorme nos debió enviar a los bordes de ésta... a sus playas, o más allá – Intervino Sikoth.
- Quizás él nos halló y nos trajo hasta acá – Musitó su hermano.
- ¿Pero qué estaría haciendo Ludo en esta isla? – Preguntó Zul.

"Es tu turno para ayudar a tus amigos."

- Eso no es importante ahora – Indicó Jason, poniéndose de pie, sosteniéndose de milagro sobre sus cansadas piernas. Buscó a un lado de su cintura y vio que, de pura suerte, su sable seguía con él.
- ¿Qué vas a hacer? – Inquirió Koru, poniéndose en pie por el desconcierto.
- Sikoth tiene razón... mientras nosotros hacemos estúpidas conjeturas aquí, y mientras nos quejamos de nuestras heridas, los otros podrían estar luchando por sus vidas – Jason aspiró hondo, sacó su sable del cinto, lo empuñó con fuerza y echó a andar.

Se detuvo a medio camino... estaba muy oscuro adelante, sólo encontraría luz en algún claro, o hasta que llegar a la costa. Pero estaba decidido.

- Espérame – Pidió Sikoth. Alcanzó a Jason con su arma en mano, e instantes después, ambos se habían perdido en la espesura de la selva.
- ¿Pero qué...? – Koru no sabía qué hacer. Lastimado como estaba, tenía que quedarse con Zul, que estaba desarmado... pero su hermano se estaba yendo sin él. Quería acompañarlo, pero eso hubiera sido poner a Zul en peligro, pues estaba completamente inhabilitado.

Por unos instantes, el mayor de los hermanos no pudo hacer más que mirar a Zul, luego al sitio por donde Jason y Sikoth se habían perdido, luego a Zul de nuevo...

- ¡Maldición¡Espérenme, ustedes dos! – Gritó Koru, echando a correr detrás de los otros dos.
- ¿Pero qué pretendes? – Se quejó Zul -. ¿Qué no pueden ver que soy un pobre minusválido, y que estoy completamente desarmado? – Soltó entonces un largo suspiro de resignación, se puso en pie con algo de trabajo, y echó a andar detrás de Koru -. Desconsiderados hijos de puta...

- Así que fue él... Chrysos...

Elia caminaba por la costa este de la isla, cojeando, ayudándose del Báculo de la Ciencia. Su capa tenía varios agujeros, los bordes de su vestido estaban deshilados, le faltaba un guante, tenía varias heridas en el cuerpo... y cuando quiso curárselas, se percató de que le faltaban varias de sus hierbas medicinales, así que sólo curó con magia las heridas menos profundas.

- Finalmente, he hallado al asesino... pero ni siquiera pude tocarlo.

En ese instante, la muchacha cayó de bruces en la arena... y ni siquiera quiso ponerse de pie. En lugar de eso, hundió el puño en la arena.

"Soy un auténtico fracaso...".

Entonces, la muchacha se levantó, blandió su báculo y apuntó al mar. Concentró todo su poder e hizo un movimiento como una estocada con el báculo. El agua de mar se separó, dejando espacios de aire en línea recta... una línea que no llegó a más de veinte metros. Elia se dejó caer de rodillas una vez más, mentalmente deshecha, cuando el mar volvió a juntarse.

Al caer ella de rodillas, también se había caído su pequeña medalla de oro, quedando la cara con el ángel hacia arriba. Por un momento, la hechicera creía que el artefacto tenía vida, y que el ángel le miraba despectivamente.

"Ya eres grande, Elia, una adulta. Ponte de pie y anda hacia delante, mujer. No seas una niña débil y berrinchuda... no es algo que tú querrías."

-... No...

Nuevamente, la chica se puso en pie. Levantó su medallita y luego miró al cielo... y entonces el nubarrón que cubría el cielo interrumpió sus pensamientos.

"Esa tormenta... no era natural. Estoy segurísima de que se trataba de un hechizo... bastante poderoso, pero un hechizo a fin de cuentas. Pero... ¿quién lo conjuró? Ni Tyra y yo juntas podríamos haber hecho algo de esa magnitud..."

- Oh... Tyra... – Elia suspiró, angustiada -. Seguías inconsciente cuando la tormenta nos arrastró a todos. Me preguntó qué habrá sido de ti...

Elia dejó de murmurar cuando sintió una presencia. Inmediatamente la reconoció: Jason. Segundos después pudo sentir a Sikoth, a Koru y a Zul. Estaban en la selva, moviéndose.

Caminó en dirección a ellos, cojeando, ansiando reunirse con ellos cuanto antes... más con Jason.

En la región norte de la isla, en la playa, estaba Torom. No llevaba mucho tiempo consciente, pero sabía una cosa: las quemaduras en su piel le habían despertado.

Aunque había sido de los últimos en despertar después de la fiera tormenta, Torom aún tenía el rostro de Calik Ugishi en la cabeza, una memoria tan fresca como si le hubiese visto hacía dos segundos. Todavía le punzaba la herida del cuello... pero estaba ya curada.

Torom humedeció uno de los trozos sueltos de su túnica en el agua y se lo colocó en la quemadura del brazo izquierdo, para relajar ligeramente – casi inútilmente – el persistente ardor, que siempre volvía.

- Apenas si pude tocarlo... – Dijo para sí, recordando un momento en que Calik y él chocaron espadas, pero el impacto del shinobi casi le enviaba de espaldas.

En su mente, esa batalla se veía tan clara como si la viviera en ese momento. Cada vez que recordaba uno de los golpes propinados por Calik, la herida correspondiente le punzaba aún más.

- Y no estaba dando todo lo que tenía – Musitó Torom, sonriendo y cerrando los ojos -. No tengo esperanzas de luchar contra él y vivir para contarlo, es demasiado poderoso.

" Recuerda que pase lo que pase, que no se te olvide que al final de cuentas la vida de Tyra, de ese chiquillo Sikoth y por supuesto la tuya, son de mi exclusiva propiedad…".

- Me cuesta pensar en qué podría traer contra Tyra... pero no me explico qué tenemos que ver Sikoth y yo con esto...

"No seas ridículo, Torom... sabes bien qué es lo que está pasando. Hay algo que Sikoth y tú tienen en común."

- ¿Pero qué demonios tiene que ver¿Por qué a Calik le enoja tanto?

Torom botó el trozo de tela mojada, luego sacó su espada y la hundió en la arena. Luego se quitó las botas y se acercó al punto donde moría la espuma creada por las olas. Metió la mano a uno de sus bolsillos... y sintió a ese trozo de papel que quería olvidar desesperadamente desde el incidente en la Isla Errante. En cuanto lo había recibido y analizado, había intentado arrumbarlo en su bolsillo... le daba coraje que no se le hubiera salido con la tormenta.

Se trataba de una carta, muy vieja. El simple hecho de haberla leído le había provocado permanecer la noche en vela cuando él y el resto se alojaron en una posada de la isla Bakuan, aquella noche en que Jason se levantó a mitad de la madrugada a tomar aire fresco (todo en la posada rechinaba, aún como estaba de absorto en sus pensamientos, Torom se había dado cuenta de la escapada de su compañero).

Por alguna extraña razón, Torom sentía ganas de leerla nuevamente. La abrió, y a la luz de la luna, leyó:

"Querida Delka:

No sé qué decirte sobre anoche... siento que estés triste por mi partida, pero esto es algo que debo hacer. He causado demasiados problemas a todo el pueblo, pero tú, Theles y Marcia son los que han tenido que soportar gran parte del peso, junto conmigo. Es algo que les agradezco a todos ustedes, principalmente a ti: no tienes ninguna obligación conmigo, y sin embargo, has estado a mi lado todo el tiempo, desde que ambos tenemos memoria...

Sin embargo, ya estoy decidido a hacer esto, y me duele dejarlos, a ti como mi fiel compañera, y a Theles y Marcia por haberme apoyado como si fueran mis padres... No quiero traerles más problemas. Tengo algo de dinero y comida, lo que me servirá para mantenerme por varias semanas. Buscaré un trabajo, me entrenaré, y volveré cuando haya resuelto todas mis dudas.

Mientras no sepa quien soy yo, no regresaré.

Pero prometo que no he amado a nadie como a ti, Delka. Volveré contigo algún día, a Melis-Karl, nuestra casa.

Con amor

Torom

Caligrafía uniforme e irregular, característica de un muchachito de doce años. Esa era la carta vieja que Torom había obtenido de la prueba en la Isla Errante, una carta de hacía cuatro años...

¿Qué era, entonces, aquello que quería decirle esa carta¿Qué era lo que le quería hacer entender¿Qué era el sueño que él no sabía que deseaba?

"Delka..."

La imagen de una muchacha se dibujó en la mente de Torom: cabellos castaños ondulados, largos hasta la cintura. El rostro pálido era rematado por dos ojos muy bellos, que sin ser de un color especial, eran cautivadores, y su blanca y frágil figura era cubierta, usualmente, por un vestido de manta, regularmente café claro. Torom recordaba a Delka como su novia... hacía mucho tiempo... Cuatro años que ahora le parecían veinte.

- Creo que he divagado bastante... – Dijo el muchacho para sí -. Le dije que no regresaría hasta que no supiera quién soy yo... y en estos cuatro años no he averiguado nada. Sólo me encontré con Zul, y terminé uniéndome a estos chicos, en una búsqueda que ni siquiera sé si me resultará benéfica. La Pluma de Oth sólo responderá la pregunta de uno solo de nosotros... ¿qué pasará cuando unamos todas las piezas¿Cómo decidiremos quién será el que haga su pregunta?

"Hasta hoy, la pluma es la única oportunidad que he tenido de resolver todas mis dudas... y ni siquiera sé si seré yo el que usará a la pluma. ¿Qué estoy haciendo con estos chicos? Aunque he forjado buenas amistades con ellos... no sé si el resto del asunto me dará frutos."

"Aún vuelve a mi mente... el día que me impulsó a salir de Melis-Karl y llegar hasta aquí..."

- ¡Eh, mariquita¡Voltea que te estoy hablando!

La maestra impartía su clase sin darse cuenta de que el bravucón Vlad, de once años, estaba molestando a sus compañeros... otra vez. Ésta vez se trataba de un muchachito delgado y bajito, pálido como la cera, de cabello negro, lacio y corto, y de ojos entre verdes y amarillos.

- ¡Te estoy hablando mariquita, voltea! – Vlad tomó una hoja de papel, la hizo una pelota y la arrojó a la cabeza del otro chico de la misma edad. Éste recibió el impacto, aunque trató de ignorarlo y seguir escribiendo sus notas de matemáticas.
- ¡Pon atención, Vlad! – Bramó la maestra desde el otro extremo del aula, al niño pelirrojo, gordo y alto.
- Disculpe, maestra – Respondió el chiquillo, aunque él y sus otros tres amigos soltaron a reír en cuanto la maestra les dio la espalda.

La clase parecía que continuaría tranquilamente, hasta que cinco minutos después Vlad decidió cambiar las pelotas de papel por lápices de colores.

- ¡Oye, mariquita! – Vlad y sus amigos rieron a la vez que el tercer lápiz caía en la cabeza del otro chico.
- ¿Alguien puede darme la raíz cuadrada de ciento cuarenta y cuatro? – Pidió la maestra. Una niña de trenzas levantó la mano, cerca de ella -. ¿Sí, Luna?
- ¡Déjame en paz, Vlad! – Estalló el chico al que atacaban los otros bravucones.
- ¿Cuál es tu problema, Derdim? – Gritó la maestra, completamente encabritada.

El rostro del pequeño Torom se desfiguraba en un intento, exitoso a final de cuentas, por contener sus ganas de golpear a Vlad, a la maestra y a todos los compañeros... aún con las risas de Vlad y compañía en el fondo, una vocecilla se hizo escuchar en su cabeza, aún sobre las risas, sobre su enojo y sobre su vergüenza.

"Tranquilo, no pierdas el control."

- No es nada maestra, discúlpeme.
- ¿Decías, Luna?
- ¿Doce?
- ¡Correcto!

Una bola de papel más fue lanzada por Vlad, aunque ésta vez no dio en la cabeza de Torom, sino que cayó sobre su libreta. Torom ya sabía que si las pelotas de papel no iban a su cabeza, contenían un mensaje... así que la abrió.

"¿No has tenido suficiente? La campana no te salvará como ayer".

El día anterior, Torom estuvo a punto de sufrir una fractura de su tabique nasal gracias al puño de Vlad, pero la campana había sonado, y como la maestra siempre salía a recoger a todos sus alumnos en ese momento, Vlad tuvo que dejar caer a Torom en el suelo. El muchacho estaba aterrado, nunca en su corta vida había peleado, y no le gustaba pelear... Theles nunca le había enseñado a pelear en casa.

¡Ring! Sonó la campana, y el único que no estaba entusiasmado por ello era él, Torom. Vlad le sacaba dos cabezas de estatura, y era casi el triple de ancho que él... y si existía la remota posibilidad de que Torom pudiera ganarle, estaban los otros cuidándole la espalda. Ya daba por hecho que llegaría a casa con la cara ensangrentada.

La mirada de la maestra le apresuró a salir, pues ya todo el salón estaba vacío. Torom se puso de pie lentamente, y por primera vez no le gustó sentir la textura del suelo cambiar de roca a hierba bajo sus sandalias. Varios grupillos de niños y niñas jugaban en los columpios, a la roña, o simplemente platicaban. Vlad y su grupo esperaban a Torom bajo un árbol, mientras que el otro pobre se encaminaba hacia los sanitarios, completamente solo...

- ¿Adónde vas mariquita¿Le tienes miedo a Vlad? – El bravucón provocó las estúpidas risas de sus compañeros.

Viendo que Torom no respondía y que se desviaba de los sanitarios hacia una mesa, Vlad volvió a llamarlo. Y cuando Torom no respondió, lo llamó otra vez, pero ésta vez con insultos. Cuando Torom se quedó sentado en una banca de madera, apoyando los codos en la mesa y sin voltear, el otro se enfurruñó y se encaminó a echarle bronca al frágil y pequeño chico.

- ¿Me tienes miedo?

Torom se puso a jugar con una canica que alguien había abandonado en la mesa.

- Te estoy hablando, idiota.

La canica tenía en su interior una curiosa figura espiral que combinaba el verde y el azul marino. Los amigos de Vlad pusieron caras de desconcierto, aunque más bien parecían idiotas cazando una mosca, y el líder golpeó la mesa con su robusto puño.

- ¡Nadie me ignora, Derdim¡Párate y pelea, a menos que seas una estúpida mariquita!

Antes de que Torom pudiera contestar, el puño de Vlad ya se había incrustado en su mejilla, tumbándole de la banca y llamando la atención de todos los estudiantes. Aterrado y con las piernas temblándole, el muchacho se puso de pie para recibir un coscorrón que lo regresó de nalgas al suelo.

- ¿La mariquita no sabe pelear?

Torom recibió un puntapié en el costado cuando estaba en cuatro patas, para levantarse. Comenzaron a rodearle risas y abucheos, ponerse de pie era lo mejor que podía hacer... y todavía mejor, no dejar que le golpearan otra vez.

- Traga.

Una vez más Vlad lo recibió con un puñetazo que le hizo sangrar la nariz. Las burlas aumentaron, llenando el aire de algo que Torom reconocía muy bien: humillación. Si se ponía de pie nuevamente, Vlad lo regresaría al pasto una, y otra, y otra vez hasta que acabara el recreo o hasta que algún maestro se diera cuenta.

- Voy a matarte Torom – Dijo Vlad con una sonrisa en los labios, flanqueada por las carcajadas de sus amigos.

Torom sintió que Vlad tiraba de él hacia arriba por la camisa azul, ahora salpicada de sangre. Segundos después había aterrizado de espaldas en la madera... el golpe había sido muy fuerte... estaba aterrado... Y empeoró cuando el chico comenzó a arrastrarse lejos de Vlad pero cayó de la mesa. Siguió arrastrándose debajo de otras mesas y bancas, seguido por el bravucón y un montón de burlas... necesitaba que sonara la campana...

Topó con pared y se encontró rodeado por la multitud, encabezada por Vlad, que ya se tronaba los nudillos.

Torom sintió unas ganas enormes de lanzarse sobre de él y golpearlo, aunque tuviera que perder un brazo en el intento. Ya estaba cansado de la humillación, de la vergüenza, de las burlas.

- ¿Listo para llorar?

Las palabras de Vlad le hacían gorda la cabeza... era demasiada información que asimilar, muchas cosas que aguantar. Finalmente, se puso de pie, con una cara de enojo que logró que todos los presentes se callaran. Se encaminó hacia Vlad, sin importarle que lo sacara volando de un golpe hasta el otro lado del patio... Y sucedió.

Torom alzó su puño esperando conectar con la nariz del otro (aunque apenas le llegaba al pecho). Sin embargo, una fuerza extraña le empujó hacia atrás y un rayo de luz dorada los cegó a todos. Torom terminó en el suelo, aturdido... Se hizo un silencio sepulcral...

El chico abrió los ojos para encontrarse con algo aterrador: Vlad tenía un agujero que le atravesaba el lado izquierdo del pecho, y comenzaba a salirle sangre por la comisura del labio. Toda la escuela miraba, incapaces de hablar o gritar, con expresiones de terror en los rostros. El bravucón cayó de espaldas al suelo, muerto, derramando un líquido rojo en la hierba.

La pequeña Luna gimió horrorizada, causando más gritos, desorden y pánico. Los amigos de Vlad echaron a llorar y escaparon corriendo, como todos los demás alumnos. Torom quedó ahí, tumbado en el suelo, mirando con horror el cadáver de Vlad a la vez que una lágrima se escapaba de sus ojos.

El horror de ese recuerdo era tan claro como el de la pelea contra Calik. Era tan solo un frágil y debilucho niño de doce años en aquél entonces, y su primera víctima ya había caído a sus pies.

Torom volvió a leer una parte de la carta:

"Buscaré un trabajo, me entrenaré, y volveré cuando haya resuelto todas mis dudas.

Mientras no sepa quien soy yo, no regresaré."

¿Se habría desviado se su objetivo al conocer a Zul, a Tyra, y al resto¿La presencia maligna que había sentido en el Lugar Maldito lo había llevado a vagar con un grupo que nada tenía que ver con él?

"Pero no tengo prisa alguna... a cada día que pasa, tengo menos ganas de volver a Melis-Karl. Quizás... quizás crecer sin saber mi origen es lo mejor para mi..."

"Eres patético, Torom", dijo otra voz en su cabeza. "Quizás no has progresado mucho, pero tienes todo lo requerido para averiguar quién eres... ya sea que uses la pluma o no."

- Por favor... soy un asco. He fallado al buscar mi identidad, he fallado al huir de mis problemas, y he fallado en proteger a mis nuevos - y únicos – amigos... A Tyra, a Zul... ¿Qué es lo que puedo esperar alcanzar?

"La vida es sobre decisiones, Torom, y no puedes esperar acertar en cada una de ellas."

- Una mala decisión me ha creado un enemigo mortal... y gracias a ello, he puesto a Zul en peligro. No andaría detrás de Omino si lo hubiera aniquilado cuando tuve la oportunidad.

En ese momento, la brisa marina agitó los cabellos de Torom, dejando ver una horrible y muy grande cicatriz que le desfiguraba casi todo el lado derecho del rostro: la cicatriz de hacía dos años, que se dibujaba desde su pómulo hasta debajo del lóbulo de su oreja.

- ¿Eres tú Torom Derdim?
- Así es.

Un Torom más joven yacía sentado en el tocón de un árbol, acompañando en el almuerzo a un grupo de mercaderes ambulantes para los que había terminado un trabajo. En eso se le había acercado un muchacho de unos veinte años, al parecer miembro de alguna milicia dada su vestimenta y su armamento.

Era un Torom muy diferente: no tenía el cabello tan largo como lo tendría dos años después, y no había una cicatriz que cubrir en su mejilla derecha. Llevaba botas de cuero, un pantalón blanco y una desgastada gabardina gris, abrigando su torso vestido con una camisa negra (jamás había tenido buen gusto para vestir). Lo que no cambiaba, sin embargo, era la grandísima espada de oro puro colgando de su espalda. Era la habilidad de Torom con tal arma lo que le había dado su reputación: era pesadísima, ni siquiera los hombres más fuertes en varias ciudades habían podido levantarla, y sin embargo Torom la manejaba como si de una vara de madera se tratase.

- Vengo de Ravenloft, nuestro gobernador quiere hablar contigo – Dijo el soldado.
- ¿Sobre qué? – Inquirió el joven mercenario de frágil apariencia.
- Él quisiera contratarte...
- ¿Qué es lo que ocurre?
- Yo sólo soy el mensajero, no me explicaron los motivos para venir acá. Llevo dos días buscándote, por favor, necesito que vengas.

El soldado se mantenía derecho y firme, aunque algo en su mirada le suplicaba a Torom que hiciera caso a su petición.

- ¿Ravenloft, dices? – Musitó el mercenario -. Iré, pero dile a tu gobernador que preparé una buena cantidad de monedas... y que no haré nada si tengo que asesinar a alguien.
- Está bien. Te esperaremos en el borde suroeste de la ciudad, junto al Lugar Maldito, en la madrugada.
- Estaré ahí.

Torom apuró parte de su pago (una deliciosa sopa de pollo...), contó la parte monetaria que le dieron y pidió transporte a Ravenloft. Uno de los comerciantes se ofreció a llevarlo a mitad del camino para poder reunirse con sus colegas antes de que cayera la noche.

La otra mitad del camino la recorrió a pie, así que llegó a Ravenloft con el crepúsculo, antes de que se cerraran las rejas, lo que le facilitó llegar hasta el lado suroeste de la ciudad sin tener que rodearla. Buscó un sitio donde pasar la noche, una posada barata pero decente, alquiló un cuarto y vagó hasta las afueras de la ciudad, hasta los bordes del legendario Lugar Maldito, y ahí esperó a encontrarse con el alcalde.

Le resultaba curiosa, sin embargo, la cantidad de soldados que iban a los bordes del Lugar Maldito y venían a la ciudad por la misma ruta, cuando dentro de la ciudad misma no había visto ni uno sólo.

Observó el ir y venir de la gente, los animales, el viento, el sol, la luna y las estrellas hasta la llegada de la una de la madrugada, según la luna (los soldados no dejaban de pasar). Finalmente apareció una escolta de unos veinte caballeros flanqueando a un hombre vestido en elegantes ropas, con una extraña insignia en el lado izquierdo de su capa, denotando su título e importancia.

- ¿El mercenario Torom Derdim? – Preguntó una mujer caballera al desmontar.
- El mismo – Respondió él haciendo una leve inclinación.

Los soldados se notaron incómodos... Torom ya estaba acostumbrado a que las miradas le dijeran "eres más joven de lo que esperaba... mucho más joven...".

- ¿De qué se trata éste trabajo que me ofrecen? – Apuró Torom la conversación.
- Habrás notado la actividad militar que tenemos en éstos rumbos ahora, Torom – Comenzó a explicar el gobernador, un hombre de escaso cabello y poblado mostacho -. Necesitamos tu ayuda, hijo. Hemos hecho todos los preparativos necesarios para que ésta operación sea exitosa, pero te necesitamos a ti.
- Continúe.
- ... necesitamos que vayas y caces a un híbrido -. Dijo el gobernador.
- Mandé decirle que no mataría a nadie, y menos si usted muestra una actitud tan discriminatoria y despectiva. Yo no "cazaré" a nadie.
- ¿Ni siquiera si éste ser ha matado a incontables personas, niños, trabajadores y soldados por igual?
- ¿Quiere decir que sus fuerzas armadas no han podido contra uno solo?
- He mandado dos pelotones enteros, sólo dos soldados han regresado para contarme a qué es lo que se enfrentan. Se trata de un híbrido...
- No los llame así, por favor – Pidió Torom, fastidiado por el uso del término.
- ... pero éste es demasiado violento, demasiado sanguinario, demasiado fuerte.
- ¿Y espera que un chico de catorce años como yo pueda pelear contra él?
- Tu reputación, hijo, se ha esparcido por éstas tierras como fuego: sé que tú podrás con él. No te enviaré sólo a la cueva del híbrido, hijo, hemos preparado toda una resistencia fuera de la cueva, y ésta escolta mía te acompañara al interior – Explicó el del mostacho.

Torom dudaba si hacerlo o no... no le gustaba asesinar indiscriminadamente y sin motivos, pero ese ya había asesinado a mucha gente.

- ¿Cuánto me pagará?
- Tú me dirás lo que quieras recibir una vez hayas completado el trabajo – Señaló el gobernador. Uno de los jinetes que le escoltaban sacó una bolsita llena con monedas de oro y se la lanzó al muchacho -. Eso es un adelanto, ahí tienes cincuenta monedas de oro. Puedo darte otras trescientas si lo deseas.
- Hecho, entonces...

Trajeron un caballo para que montara el muchacho, y todos cabalgaron ladera abajo hacia el desierto, helado y mortífero, lleno de secretos y de historias que le daban un nombre y una reputación. Viajaron poco hasta que alcanzaron una cueva, donde ya los esperaba un ejército de cincuenta hombres y varios constructores que habían levantado una barricada de madera para tapar la entrada a la cueva.

- Gobernador Nolan, señor – Anunció un soldado cuadrándose ante la presencia de los recién llegados -. La barricada está terminada y los soldados listos para iniciar la operación. No hay signos de la bestia hasta ahora. ¿Cuáles son sus órdenes?
- Comenzaremos de inmediato – Ordenó el gobernador -. Mi escolta acompañará al mercenario Derdim al interior, nosotros nos quedaremos afuera. Quiero arqueros y los más hábiles espadachines en la cueva. Si los que se adentren no han regresado al cabo de dos horas, el segundo grupo irá a investigar¿está claro?
- Sí señor.

La escolta desmontó, se encendieron varias antorchas, y al cabo de cinco minutos Torom ya estaba listo para entrar junto con la escolta de veinte hombres, todos bien armados y preparados.

- No me decepciones hijo – Dijo el gobernador Nolan cuando se levantó la barricada para darles paso.

Decididamente se adentraron en la tenebrosa cueva con antorchas y armas en mano. La barricada descendió lentamente, tapándoles la escasa luz lunar que les iluminaba la entrada.

- ¿Qué es ese olor? – Murmuró uno de los soldados. Los más experimentados ya reconocían esa hediondez: putrefacción.
- Ha matado a tantos...

Conforme avanzaban más crecía el número de cadáveres en el suelo, algunos casi completamente corrompidos, otros aún con sangre fresca brotando de las heridas. Poco más adelante había charcos, armas rotas y cadáveres de soldados.

- Esperen... – Musitó la caballera líder de la escolta -. Éste aún se mueve...

Había un soldado que yacía sentado, recargado en el muro de fría roca. Empuñaba una espada rota con la mano derecha, y con la izquierda se sostenía una enorme herida... a juzgar por el charco de sangre debajo de él, no tardaría más de quince minutos en morir.

- ¿Puedes oírme? – Inquirió la mujer al agonizante militar. Éste sólo podía emitir unos cuantos gemidos débiles.
- ¿Hay sobrevivientes? – Intervino otro soldado, al parecer el segundo en la pirámide jerárquica.
- Aia... se llevó a mi hija Aia... por favor... sálvenla... – El soldado escupía grandes cantidades de sangre a cada palabra que pronunciaba.
- Habrá que dividirnos, hay que buscar a los sobrevivientes.
- No tenemos tiempo, Anna, no sabemos si alguien más haya resistido a ésta bestia. Podría lanzarse sobre nosotros en cualquier momento.
- Entonces continuaremos juntos – Señaló Anna -. Pero si encontramos sobrevivientes, éstos serán llevados a la entrada¿me oyen?. Tú, llévate a éste, con cuidado.

El muchacho que había entregado el mensaje a Torom salió de la fila a la orden de Anna, y se echó al agonizante soldado al hombro.

- ¡Que se pudra ese demonio en el infierno¡Mátenlo y que se pudra en la mierda! – Chilló el soldado antes de desaparecer en la oscuridad de la cueva.

Los demás siguieron avanzando lentamente en la cueva. Poco después hallaron el cadáver de Aia... era demasiado horror como para verlo y olvidarlo... una niña de cuatro años que sostenía una muñeca de trapo con el único brazo que le quedaba.

- ¡Argh! – Una voz llenó la cueva, un alarido de dolor.
- ¿Qué ha sido eso? – Dijo uno de los soldados.

Los chillidos continuaban, cada vez más intensos y agudos... en menos de un minuto habían cesado.

- Tiene a alguien – Dijo Anna.
- ¿No será...?
- No, los ruidos vienen del fondo de la cueva, a él lo mandé a la salida.
- Todos manténganse juntos y bien alertas – Habló Torom por primera vez.

Siguieron avanzando tras la interrupción... estaban llegando al fondo de la cueva...

Ahí estaba: de espaldas a los recién llegados soldados, encarando a un muchacho muerto con la mirada fija y una sangrante y enorme herida en el pecho. Vestido con desgastadas ropas color café, agachado, rascándose la despeinada cabeza y masticando la carne de un hueso humano...

Miró el ser sobre su hombro, observando a los soldados con su ojo de pupilas afiladas, un ojo que emitía un extraño brillo en la oscuridad, como el de los gatos. Súbitamente arrojó el hueso que tenía en la mano y encaró a los soldados, mostrándoles el rostro y la ropa manchados de sangre, enseñando los colmillos sucios y enrojecidos. Detrás de él se movía una larga y peluda cola... a juzgar por sus rasgos era un mestizo humano-felino, aunque le faltaban las orejas.

El sujeto chilló y con una habilidad felina se lanzó sobre los soldados, llenando el aire con gritos de horror y dolor. Sangre salpicó el rostro de Anna cuando el híbrido se lanzó sobre ella y la arañó, aunque un soldado se lo quitó de encima dando un golpe con su espada, que el híbrido esquivó fácilmente. Rebotó en la pared y se lanzó sobre su atacante: le mordió la garganta para silenciarlo de una buena vez. Todos se quedaron quietos, observándolo mientras se levantaba del suelo, sobre su víctima... pero ahora sostenía su espada.

- ¡Puede usar espadas, puede usar espadas! – Gritó alarmado uno de los soldados, rogando porque Anna ordenara la retirada.
- ¡Ataquen, ataquen! – Bramó ella, completamente opuesta.

Dispararon los arqueros, aunque no tenían nada de precisión por la oscuridad. Los lanceros y espadachines se lanzaron hacia delante, Torom incluido, pero no pudieron hacerle daño. En dos minutos la escolta ya estaba reducida a la mitad de su número original, con agonizantes hombres siendo descuartizados brutalmente en el suelo, el aire lleno de gritos y olor a sangre.

- ¡Sin titubear, adelante! – Ordenó Anna, que ya estaba herida de un brazo, y el rasguño en la cara le impedía ver bien.

Cayó el último arquero, y el híbrido decapitó a dos soldados seguidos, llevándose apenas un arañazo en la pierna, aunque ni se inmutó. Torom se lanzó hacia él, aunque fue recibido con una patada que lo envió de regreso a su lugar. Pronto sólo quedaron él y Anna, batiéndose en un duelo de espadas contra un hábil híbrido, dos a uno. Incluso los golpes más fuertes de Torom eran bloqueados o esquivados por él con facilidad.

- ¡Chico, ve a la superficie y diles que se retiren, es muy peligroso que se enfrenten a él! – Bramó Anna resistiendo en la pelea contra el híbrido.
- ¡No lo haré, debo ayudarte! – Contestó el chico, rehusándose a escapar.

El híbrido gruñía y rugía con cada golpe, rasguño y espadazo que tiraba. Torom le tiró un mandoble más pero el híbrido hábilmente lo esquivó, saltando y aterrizando detrás de Anna. Alzó su espada...

- ¡Argh! – Gimió la mujer. El híbrido le había cercenado el brazo izquierdo, el de la espada. Anna se dejó caer de rodillas, su rostro lleno de lágrimas... en silencio esperó a la muerte.

Con la esperanza de salvarla, Torom corrió hacia el híbrido, pero llegó tarde: con un mandoble decapitó a Anna.

- ¡No!

El híbrido estaba de rodillas, sosteniendo su espada con la alargada y afilada mano derecha. Se irguió emitiendo un ruido que parecía tos y risa a la vez, mostrando los brillantes ojos y los ensangrentados colmillos... Torom estaba horrorizado... no había podido acercarse a atacar al híbrido, y ahora estaba él solo, contra una bestia que había matado a veinte soldados con facilidad.

- Soy ominosssso... ominosssso... – El híbrido siseó ésas palabras mientras se acercaba al único sobreviviente, arrastrando los pies y la espada que llevaba en la mano.
- ¡Muere, demonio! – Gritó una voz detrás de la criatura. Apareció el mensajero que Torom había visto horas atrás y que había regresado de dejar al otro soldado en la salida. Llevaba la lanza apuntando hacia el frente.

El híbrido estuvo a punto de hundirle la espada en el abdomen, pero se llevó un tajo de la lanza en su costilla. El soldado dio uno, dos, tres golpes con el canto de la lanza, antes de que Omino se lanzara encima de él y le hundiera los colmillos en el cuello.

Torom sólo pensaba "Se acabó... hasta aquí llegué...", cuando el híbrido volvió a levantar la cara y mostró su maniático rostro, sonriente.

"No quería hacerlo, pero tendré que intentarlo..."

Cuando el asesino ser saltó con la espada apuntando hacia abajo, directo a Torom, los ojos del chico brillaron en color blanco y de la palma de su mano emergió una gran esfera de luz dorada que iluminó la cueva y envolvió al cuerpo del híbrido. Segundos después la criatura cayó al suelo, retorciéndose de dolor, pero aún muy viva...

- ¡Quema¡Me quema! – Chillaba y siseaba mientras de su cuerpo emergía vapor. Su piel había adoptado un color rojo por la quemazón de la esfera de luz.

El ser entonces alzó la mirada y la posó sobre la de Torom, cuyo estómago dio un vuelco... si la magia de luz no lo había detenido, la de oscuridad menos lo haría, además de que la magia oscura era demasiado poderosa para usarla en una cueva. Chillando por furia y por dolor, el híbrido se lanzó sobre Torom, dándole espadazos que el muchacho bloqueaba y contestaba con su propia espada, la gigantesca espada de oro. Su rapidez no era suficiente para defenderse y recibió un tajo en su pierna derecha, uno muy profundo y doloroso. El dolor obligó al muchacho a soltar su espada y tirarse al suelo, pero el híbrido no cesaba sus ataques. Tiró una estocada a la cara de Torom, que él intentó esquivar rodando en el suelo... casi lo logra.

- ¡Ungh!

Era la segunda cortada, y ésta era más profunda. Pudo sentir el metal atravesando su piel, su carne, y haciendo un leve pero doloroso contacto con el hueso de su mejilla. En segundos tenía el rostro cubierto de sangre, y una vez más recibía burlas de su enemigo: hacía otra vez el extraño ruido entre tos y risa.

El híbrido alzó su espada, preparando el tiro de gracia... Torom alzó su mano y gritó con furia una vez más.

Una segunda esfera de luz envolvió al híbrido, quien chilló de dolor, soltó su arma, y se tumbó al suelo, retorciéndose y llorando. Ésa era la oportunidad, el momento de acabarlo todo...

En ese momento, Torom ni siquiera usó su propia espada. Tomó la espada que había arrojado el híbrido en su dolor y la empuñó con fuerza.

"Los híbridos son fuertes... hay que darles en el corazón o cortarles la cabeza para asegurarse que morirán..."

Levantó al híbrido por los cabellos, contra sus protestas y sus chillidos. Lágrimas salían de sus ojos y gritaba con todo el poder de su garganta y sus pulmones. Torom apretó la empuñadura de la espada, concentró toda la fuerza que tenía en su brazo y... atravesó al híbrido por el abdomen.

Sangre salió a borbotones de la herida del abdomen, y Torom seguía empujando para que la espada emergiera por la espalda, y lo logró. De inmediato sacó el metal del cuerpo de la criatura y la dejó ahí a que agonizara.

- Aún... aún se mueve...

- ¡Abran la entrada, parece que alguien viene! – Ordenó un soldado a los obreros cuando escuchó el golpeteo en la madera.
- Señor¿pero si es el híbrido?

Un pedazo de oro puro atravesó la madera, y tras varios golpes de su espada, Torom Derdim logró emerger a la superficie... completamente solo y herido...

- ¡Ha regresado! – Gritó otro soldado acompañado del equipo de doctores y del gobernador.

El dolor de la pierna era mucho, así que Torom se dejó caer en la arena.

- ¿Pero qué ha pasado? – Inquirió apurado el gobernador al ver que Torom regresaba solo y muy lastimado.
- Nos hemos encargado de él... – Contestó él, jadeando.
- Pero... ¿y los demás?
- Todos murieron... incluida la capitana Anna...

Murmullos de alarma recorrieron las filas de los soldados.

- ¿Y el híbrido? – Inquirió el gobernador. Torom contestó tras un largo suspiro, y luego un quejido, pues le estaban arreglando la pierna.
- No está muerto... pero lo dejé completamente inhabilitado...
- ¡¿Qué coño dices?! – Bramó el ahora capitán -. ¡Si sigue vivo puede volver a atacarnos!

Torom, agotado y fastidiado, se puso de pie antes de que empezaran a coserle la pierna.

- Ya no los atacará... pueden entrar tranquilamente ahora...
- ¿Adónde vas, hijo? – Preguntó el aturdido gobernador.
- Me quedaré en la posada Lehran... puede mandarme el pago mañana...

Cojeando pero un poco repuesto, Torom echó a andar de vuelta a Ravenloft... ya había tenido demasiado por un día... demasiada muerte, demasiado dolor...

- Señor¿qué hacemos con el híbrido? – Inquirió el nuevo capitán.
- Ese chico hizo algo muy noble... aunque casi le cuesta la vida, no mató al híbrido... sé que pudo haberlo hecho – Musitó el gobernador. Pensó unos segundos y ordenó: - Recuperen todos los cuerpos. Sobre el híbrido, déjenlo ahí si está muerto. Si sigue vivo, tráiganlo, cúrenlo y aprisiónenlo.
- ¿Puedo preguntar para qué, señor?
- Conozco a un mago en Gren que podría ayudarlo... Torom Derdim me ha enseñado que hay que salvar cuantas vidas sea posible...

- A veces me pregunto...

"No lo hagas... así es como decidiste ser, y es lo correcto. Uno no puede arrepentirse por sus decisiones pasadas, pues el arrepentimiento sólo te debilita al momento de enfrentar el resultado de tu decisión."

- Valiente mercenario salí... ¿Qué es un mercenario que trabaja bajo la condición de no dañar a nadie?

"¿Y eso es malo? Nunca te fue mal en el negocio, aún cuando trabajaste haciendo lo correcto, cuidando a la gente."

- Eso no fue gracias a mi método, sino a esa espada – Torom miró hacia donde estaba la espada hundida -. No soy mucho más fuerte que hace cuatro años sin ella... Por querer salvar a una vida, creé un peligro para todos... Omino, por alguna extraña razón que no puedo entender, quiere matar a un híbrido... los odia a todos por alguna razón.

Torom se encaminó hacia su arma y la recuperó, para luego colgarla a su espalda.

- Le he fallado a Tyra también. No sólo el hecho de no haberla hallado, sino que no pude detener a Calik.

" No puedes regañarte por ello, Torom. Calik tenía todo muy calculado para encontrarse con Tyra y dejarte a ti y al resto fuera del camino. De hecho, hiciste un buen trabajo al burlar su ilusión y llegar a tiempo para que no la matara. Él mismo te lo reconoció."

- Pero no pude detenerlo en ese momento... no me mató porque no quiso... Y no parece que su intención sea detenerse ahora... La amenaza de Calik me inquieta...

"¡Hey!, primero escucha que luego acabo: Si quieres que deje en paz a ti y a tu grupillo de amigos sólo por esta ocasión, entonces, dile a esa bruja, Elia y al susodicho aspirante de caballero bautizado por el cura como Jason, que me entreguen sin rechistar los fragmentos de Oth que poseen."

"¿Cuál es tu decisión al respecto, Torom?"

Aún cuando no lo quería, las decisiones de Torom terminaban por perjudicar a alguien más, aunque fuese a largo plazo, como el caso de Omino.

Pero entonces sonrió, recordando lo necios que eran algunos de sus compañeros... sus amigos, y dijo para sí:

- Aunque se los dijera, no los detendría. Además, tengo cuentas por saldar... no dejaré que Zul enfrente solo a Omino, llegado el momento. Si me hago de la Pluma de Oth, es otra historia... primero lo primero, debo hallar a los otros.

"Quizás mi motivación para seguir al lado de esos chicos pueda ser pequeña, insignificante... o imprudente y estúpida. Pero no me importa qué opinen los demás, y tampoco quiero pensar en que me he desviado de mi camino. Por una vez soy parte de una sociedad, en la que nos apoyamos mutuamente... me quedaré con ellos el mayor tiempo posible."

Torom se sacó la arena de las botas, se ajustó los guantes, aseguró bien su espada, y caminó con decisión al centro de la isla.

- A encontrar a Tyra y al resto.

En dirección opuesta a donde caminaba Torom, un hombre empujaba un bote al agua. Ludovico comenzaba a remar hacia una isla cercana, guiado por la "brújula" del rey Aghamen. Aparentemente, lo que buscaba estaba en la Isla Dhebra.

- Mierda, ya está amaneciendo... ¿Nada aún? – Zul cerraba la marcha trabajosamente.
- El rastro de las huellas se pierde en la costa – Señaló Sikoth, que observaba cómo las pisadas desaparecían justo en el agua, misma que comenzaba a borrarlas.
- ¿Pues qué se fue nadando o qué?
- No seas idiota, Zul – Dijo Koru, provocando que Zul hiciera una mueca a la vez que lo remedaba -. ¿Ves esa zanja de ahí? Bueno, allí hubo un bote... alguien se fue en él.
- ¿Crees que haya sido uno de los otros¿Elia, Tyra o Torom? – Inquirió Jason.
- Esperen... – Zul se acercó a las huellas y, cual perro, las olfateó -. Esto huele divertido.
- ¿Qué¿Y qué se supone que eso signifique? – Se quejó el hermano mayor. Él y los otros dos miraron a Zul con desconcierto.
- Sí, que huele a Ludo – Trató de explicar el mestizo.

Las caras de extrañeza no cambiaron.

- Ludo es un juego¿no? – Siguió explicando Zul, pero no logró que los otros cambiaran sus expresiones -. ¡Vamos¡Los juegos son divertidos¡Por eso dije que huele divertido!

Ante la explicación, los otros movieron la cabeza en negación, fastidiados.

- Lo sé... fue una broma pésima... – Murmuró Zul.
- Al menos eso confirma que Ludovico estuvo aquí – Dijo Jason.
- Eso no nos sirve... – Dijo Sikoth, decepcionado -. Digo, Ludovico estará ya en otra isla, eso no nos ayudará a encontrar a los otros.
- ¡Allá! – Anunció Zul, señalando hacia el sur.

Había más huellas que se dirigían de un punto en la costa hacia el sur, hacia el centro de la isla, la selva. Eran huellas muy diferentes a las de Ludovico.

- ¡Vaya, eres bueno para algo, aparte de las malas bromas, Zul! – Se burló Jason, amistosamente... lo que le hizo ganarse un puntapié en la espinilla -. ¡Eso duele, Zul!
- Deja de llorar – El burlón ahora era Zul -. Yo tengo un brazo roto, nada comparado con un puntapié.
- Puedo arrancarte el brazo, así ya no tendrás algo que te duela.

Llegaron a donde las huellas, y Zul las olió. Sus ojos denotaban la emoción que sentía en aquel momento.

- ¡Es Torom!
- Cierto – Añadió Koru -. Miren ese agujero allá... seguro que puso su espada allí.
- Va hacia la selva – Indicó Jason.
- ¿De nuevo debemos entrar allí? – Se quejó Zul -. Hemos buscado toda la madrugada, y tenemos que volver allá...
- Un segundo... – Dijo Sikoth -. ¿No se dan cuenta¡Todos estamos en movimiento, así tomará años que demos con los demás!
- Cierto... Nosotros seguiremos las huellas de Torom, y cuando él vea las nuetras, irá tras de nosotros... y cuando veamos sus nuevas huellas, iremos a buscarlo... Cierto, un círculo vicioso.
- Propongo que mejor vayamos y busquemos a Tyra y a Elia – Sugirió Sikoth -. Digo, sabemos que Torom está bien, y quizás hasta demos con él si hallamos a Tyra o a Elia.
- Torom puede cuidarse solo siempre y cuando traiga esa espada suya – Dijo "Pies de Fuego", a la vez que sentía una extraña mezcla de admiración y humillación.
- Mejor nos dividimos en dos grupos – Sugirió el chico-lobo -. Así daremos con ellos más rápido.
- Bien, Sikoth y yo rodearemos la isla por el oeste – Instruyó Koru -. Jason y Zul por el este.
- Espera un segundo – Objetó Jason -. ¿Cómo sabemos que Elia tampoco se ha metido en la selva?
- Saldrán de la selva por algún lado, es probable que demos con ellos si rodeamos.
- Y Tyra no se moverá de donde está... estaba inconsciente al momento de la tormenta – Dijo Zul con amargura.
- Espero que siga viva – Musitó Sikoth con el rostro ensombrecido.
- ¡Cojones, que dejen de hablar así! – Blasfemó Zul -. Tyra, en mi opinión, es mucho más fuerte que Torom, quien sobrevivió a la tormenta aún estando tan magullado. Tyra es demasiado fuerte... inquietantemente fuerte... debe haber sobrevivido a esa cosa.
- Eres malhablado, Zul, pero tienes buen corazón – Reconoció Sikoth.
- Claro – Musitó Zul, el disgusto y la vergüenza desfigurándole la cara -. Ahora ven a mis brazo y bésame – Dijo, con sarcasmo.
- Ya déjense de estupideces, a buscar – Apremió Koru, haciéndose oír sobre la escandalosa carcajada de Jason.

En ese instante, lo que de lejos parecía una gaviota apareció volando hacia ellos... no vieron su verdadera forma hasta que estuvo bastante cerca.

- ¿Riwl? – Musitó Sikoth.
- Lo dejé en el barco cuando todos ustedes quedaron atrapados en el laberinto – Explicó Koru -. Temí que no hubiera sobrevivido cuando Zul trajo las noticias de que el barco estaba hecho trizas.

El búho llegó volando a posarse en el brazo de Koru, y contestando al amable saludo del joven, el animal le dio un picotazo en la oreja, como reclamo por haberle abandonado.

- Lo siento, pero créeme que estaba preocupado por ti – Excusó Koru -. ¡Qué bueno que volviste!

En respuesta a eso, Riwl dejó el brazo de Koru y voló hacia Zul y Jason. Se quedó aleteando sobre ellos un momento, hasta que logró llamar su atención. Luego voló hacia sus espaldas, apuntando con el pico al camino que iban a seguir Koru y Sikoth para buscar a los otros: el lado oeste de la isla.

- ¿Qué rayos hace? – Inquirió Jason.
- No lo sé... creo que trata de decir algo – Dedujo Sikoth.
- ¿No creen que quiera decirnos... en donde hallar a los demás? – Sugirió Zul.
- Pues podríamos ir a echar un vistazo – Dijo Koru.

Trotaron Zul y Jason en la dirección que indicaba el ave, pero cuando los hermanos intentaron seguirlos, Riwl se puso a medio camino, deteniéndolos. Entonces voló en dirección a la selva, y se mantuvo volando sobre el mismo punto, apuntando con el pico en esa dirección.

- ¡Ese pájaro sabe donde están los demás! – Dijo Zul, incrédulo.
- ¿Pues qué esperamos¡A buscar! – Dijo Sikoth.

En segundos, Jason y Zul ya se habían perdido de vista, trotando por la costa, a la vez que los hermanos se adentraban en la espesa selva, seguidos de Riwl.

- El maldito pájaro es inquietantemente inteligente... – Dijo Zul para sí.

Mientras el cuarteto se dividía, y mientras Torom buscaba a sus amigos en la selva, Elia ya había alcanzado la región sur. Sudaba de cansancio, pero no se iba a rendir hasta encontrar a uno solo de sus compañeros. El dolor de la pierna la estaba matando, y necesitaba agua con urgencia. Había perdido la pista de las presencias del cuarteto, pero se compensaba porque había sentido la débil señal de Tyra.

- Sólo un poco más... sé que estás cerca...

Caminó por varios minutos más, hasta que vio gaviotas volando en círculos sobre el mar. No supo si eso era esperanzador o no, pero lo que sí sabía es que la que estaba allí era Tyra.

Elia trató de moverse más rápido, pero sólo lograba hundir su báculo en la arena. Se le hizo una eternidad hasta que llegó a donde quería y vio que, flotando entre peñascos, estaba Tyra... con la cara en el agua.

- ¡Por Lathia¡Tyra!

"Que no esté muerte... que no esté muerta... por favor..."

"Inténtalo de nuevo, Elia".

En vista de que su condición no era propia para nadar, Elia blandió el báculo una vez más, con todas sus fuerzas. Se concentró a tal punto que el sonido del mar y de las gaviotas se esfumó, quedando ella sola en su cabeza.

"No te rindas al primer intento... Renhart es tu maestro..."

Hizo el mismo movimiento de estocada y el agua se separó justo debajo de Tyra, dejando que la muchacha cayera gentilmente a la arena mojada. Aún concentrada, Elia caminó hasta el espacio libre de agua, dio vuelta a Tyra, la aferró por uno de los brazos y la arrastró hasta tierra seca... fue hasta ese momento que el mar volvió a la normalidad.

Elia pudo concentrarse entonces en Tyra... se arrodilló a un lado de ella y se horrorizó. Su piel estaba tan blanca que se podían ver sus venas, sus ojos seguían en blanco, estaba helada como iceberg y estaba tan débil como una muñeca de trapo. Sabrían los dioses por cuanto tiempo tuvo la cara sumergida en el agua... probablemente desde que la tormenta la había empujado hasta allá.

- Oh no... oh no, oh no, oh no...

Las pocas esperanzas que la Greniana se había hecho quedaron reducidas a nada al ver a Tyra... de ninguna forma podía haber sobrevivido... o eso creyó ella hasta que tomó a Tyra por la muñeca, y sintió pulso. Si cabía, eso la desconcertó aún más.

- Esto es imposible – Dijo, sin ocultar su incredulidad.

Su cerebro caminó a marchas forzadas, pensando en qué hacer. Tenía que maquinar una idea de qué hacer con alguien que debía haber muerto hacía mucho, y de cómo despertarla... verlo de esa forma le aterraba, pero era la realidad.

Así que Elia se guardó el Báculo de la Ciencia, abrazó a Tyra, y la arrastró de vuelta a la selva, como pudo.

Un grito la detuvo.

- ¡Elia!

Miró hacia el oeste y vio a dos figuras que se acercaban corriendo. No necesitaba preguntar de quién se trataba, conocía la voz de Jason bastante bien. Quería correr hacia él, pero botar a Tyra allí hubiera sido un insulto, así que espero a que Jason y Zul la alcanzaran.

Lo primero que hizo Elia al ver a Jason fue depositar a Tyra con delicadeza en el suelo y lanzarse a los brazos del otro. El gesto agarró a Jason con la guardia baja, pero contestó de todas formas... por alguna razón, eso hizo que a Zul se le fuera el estómago a los pies, pero no supo explicar por qué. Entonces Elia se separó de Jason y encaró a Zul... dando pie a uno de los momentos más incómodos en las cortas vidas de ambos. ¿Qué hacer... abrazarse¿Darse la mano?

Elia optó por lo primero, cosa que puso a Zul tan rojo como un tomate. Le costó demasiado contestar el abrazo, pero se aseguró de que su gesto fuera sincero.

- ¡Me da gusto que estén bien ustedes dos! – Dijo Elia con toda la alegría que pudo expresar... Jason no la escuchó, un asunto detrás de la muchacha le concernía más en ese momento.
- Llegamos tarde¿verdad? – Murmuró Jason. Su rostro se puso pálido como la cera en un instante al ver a Tyra. El rostro de Zul pasó del rojo intenso al blanco tan rápido como un rayo.
- No se preocupen mucho, Tyra está...
- ¡Maldición Zul... llegamos tarde! – Dijo Jason en un tono tan lúgubre que incitaba al suicidio, sentándose en la arena y posando la mirada en ella, llevándose una mano a la frente. Zul dio unos cuantos pasos hacia atrás, pero el terror lo paralizó para que no caminara más.
- ¡Tranquilos, ustedes dos! – Pidió la hechicera -. ¡Tyra está viva!

Los ojos de Jason se pusieron como platos y se posaron en los de Elia. Zul no pudo aguantar más, y se desmayó.

- Estás bromeando – Acusó Jason, perplejo y de cierta forma irritado, incapaz de creer que Elia pudiera bromear con ello -. ¡Estás bromeando!
- ¡No, Jason, claro que no¡Toca su muñeca y compruébalo!

Jason, sudoroso, se puso de pie y se acercó con temor a la, aparentemente, chica inerte. Se agachó, dudó antes de tocar su piel, y se llevó un susto al ver que estaba tan helada... pero tenía pulso.

- ¡Mierda santa! – Gritó, dejando caer el brazo de la chica -. Pero... pero... ¡¿cómo?!
- Yo tampoco me lo explico... digo, viste como la dejó Calik, luego es arrojada al mar por un torbellino, y encima la halló flotando en el mar, con la cara en el agua. ¡Y está viva!
- ¡Esa mujer no es humana! – Bramó el aspirante a caballero, palideciendo aún más y sudando -. ¡O es que no es humana, o es que los dioses la dejaron vivir por misericordia¡Zul tenía razón, es demasiado fuerte para morir!
- Lo que importa es que está viva, y que despertará en un día, por lo menos.
- Gracias al cielo...

Se hizo el silencio, provocado por el alivio de Elia por ver a Jason bien y por que pensaban qué hacer con Tyra.

- ¿Y tú cómo sobreviviste a eso? – Preguntó Jason.
- No sé... intenté, en vano, hacer un hechizo para protegerme del golpe del hechizo, pero no funcionó del todo. Aunque ahora que lo pienso, pudo ayudar a amortiguar el golpe.
- Espera... ¿cuál hechizo?
- Ah... es que la tormenta... era un hechizo.
- ¿Alguien puede conjurar algo tan poderoso?
- A mi también me extrañó, pero estoy completamente segura de lo que era.
- ¿Pero para qué nos encerrarían en un laberinto en el que se suponía que moriríamos, si encima nos iban a echar esa tromba?
- También me pareció extraño...
- ¿Y qué si alguien que no fuera Calik conjuro eso? – Dijo la voz de Zul desde abajo, detrás de Jason.
- ¿Cuánto tiempo llevas despierto? – Preguntó Jason.
- No me robes las preguntas...
- Pues no es mala idea la tuya, Zul, pero es la más obvia – Dijo Elia -. A menos que Calik, en un intento desesperado, la hubiera conjurado al vernos llegar.
- Pero¿un hechizo de esa magnitud no tarda demasiado en formarse? Al vernos llegar, Calik pudo habernos lanzado un rayo a cada uno y eso hubiera sido el fin... esa tormenta llevaba formándose más tiempo – Señaló Jason.
- Discutamos eso después, hay que hallar a los otros – Dijo Zul.

Jason entonces explicó a Elia que él, Zul, y los hermanos habían estado juntos desde el inicio. También le explicó que, al parecer, Ludvico había estado en la isla, y que habían hallado pista de Torom. Luego le dijo lo de Riwl, así que decidieron ir a buscar al resto en la selva. Zul cargó a Tyra en los hombros, aunque le daba escalofríos pensar que cargaba a una chica que lucía muerta, pero que no lo estaba.

Mientras se adentraban en el mar de vegetación, Zul veía a Elia caminar adelante con Jason... ambos charlaban apaciblemente, y eso le daba a Zul una extraña sensación en el estómago, pero no sabía explicar qué era. Sólo sabía que venía sintiendo algo similar desde que Elia, por primera vez, se había dirigido a él con amabilidad.

No se había dado cuenta de lo bella que era Elia cuando sonreía. Lo malo era que le sonreía a Jason...

- Estuvieron aquí – Musitó Torom al ver huellas en el lodo.

Acto seguido, un animal emplumado pasó zumbando delante de él, describiendo un círculo y volando en dirección opuesta, a espaldas de Torom. Y finalmente vio a dos de ellos: a Koru y a Sikoth. Reconoció al búho como Riwl.

Los tres se sonrieron, alegres por verse. Se reunieron y uno por uno, los hermanos abrazaron a Torom, dándole palmadas en la espalda, mismas que él respondió. Hasta Sikoth estaba alegre de verle.

- ¿Están todos bien? – Preguntó Torom al instante.
- Pues sí, eso parece – Respondió Koru -. Riwl nos guió hasta ti. Zul y Jason fueron a buscar a Elia... sólo nos falta Tyra.

Los rostros de dos personas se ensombrecieron.

- Sé que ella está bien... es un hueso duro de roer... – Musitó Torom.

Justo en aquel instante llegaron cuatro personas más: Jason, Elia, Zul... y Tyra en la espalda del último.

La reacción de los otros tres al ver a Tyra era de esperarse: Koru se levó una mano a la cintura, una a la frente y bajó la mirada. Torom se sostuvo de un árbol para no desfallecer y Sikoth cayó de rodillas.

- E... está... – Comenzó a decir Torom.
- ¿Muerta? – Terminó Sikoth.
- Pareciera, pero no lo está – Respondió Elia con tranquilidad -. De milagro. Yo tampoco me lo explico.

Sikoth terminó su caída, para quedar en cuatro patas. Torom recargó la espalda en el árbol y se dejó caer hasta quedar sentado. Koru solo soltó un largo suspiro de alivio.

Zul depositó a Tyra con delicadeza sobre un montón de hojas sueltas que estaba por ahí, para poder ir a abrazarse con sus otros amigos. Dejó a Torom al último, pues era el que más le importaba de todos, al parecer.

Después de los saludos, abrazos y demás, los hermanos y Torom se acercaron a ver a Tyra. Tuvieron que admitir que toda la belleza se había esfumado... ciertamente parecía un cadáver.

- ¿No hay nada que puedas hacer, Elia? – Inquirió Sikoth.
- Nada... no se preocupen, mañana por la noche estará bien...

"Y si lo que me dijo Calik es cierto... tengo algo que arreglar con ella..."

"Y otra cosa: cuando Tyra-chan despierte… pregúntale quién es Ares, la "sombra indomable".

Después de un largo silencio, roto por el ulular de Riwl, surgió la primera pregunta de importancia:

- ¿Y ahora qué? – Formuló Jason la pregunta -. Ya no tenemos a la Santa Lila, y estamos varados en ésta isla, sin algún medio de transporte.
- Parece que ahora somos nosotros los que estamos en deuda con El Búho, hermano – Dijo Sikoth.
- Pues... Zul y yo construimos una balsa tiempo atrás – Dijo Torom -. Entre todos podríamos armar un bote.
- Se necesita más que madera para eso, Torom... clavos, más que nada – Dijo la hechicera de Gren.
- Y una balsa no podría transportar más que a dos o tres de nosotros – Intervino Koru -. Y esas tres personas no llegarían muy lejos.
- Sé de un hechizo que podría ayudarnos – Empezó a decir Elia -. Consiste en abrir un camino en el agua... pero no creo contar con el poder como para crear un camino que nos lleve hasta otra isla.
- Y al parecer, ésta isla no está habitada – Dijo Sikoth con desánimo, cosa que contagió al resto.
- En bonito embrollo nos metimos por la Pluma de Oth – Musitó Jason con la cara baja -. ¡Teníamos que toparnos con Calik, maldición!
- ¿Qué es lo que quiere ese Calik? – Inquirió Zul -. Primero se obsesiona con Torom y Sikoth... pero lo que me saca de mis casillas es que Tyra lo anduviera buscando, sólo para terminar... bueno, ya ven como terminó...
- No sé qué es lo que quiera... pero les sugiero que, si volvemos a toparnos con él... huyamos, todos y cada uno de nosotros – Pidió Torom con seriedad -. Tyra quedó así gracias a él, y yo apenas si pude tocarlo... sigo vivo sólo porque él, Calik, así lo quiso. Ni siquiera sudó después de su duelo contra mi.
- ¿En serio es tan fuerte? – Preguntó Koru.
- Por favor... si alguno de ustedes llega a toparse con él, que huya – Respondió Torom -. No sé de donde obtiene tanto poder... y un poder de tal magnitud, combinado con esa lujuria sanguínea que hay en su corazón, resultan en una máquina asesina con forma humana.

Torom decidió guardarse la "propuesta" de Calik para sí... no sabía si decirlo era bueno o malo, aún.

- Pero volvamos al problema inicial – Pidió Elia, cruzándose de brazos -. Hay que salir de aquí, o por lo menos busquemos algo de comer para ésta noche.
- Aún no tenemos eso por lo que vinimos – Intervino Zul.
- Calik se veía demasiado interesado en la Pluma de Oth – Comentó el mercenario -. No duden que después de su huída haya pasado por la pieza.

Las miradas inquisitivas de todos sus compañeros se posaron en él. Torom se dio cuenta de que había metido la pata.

- ¿Cómo sabes que Calik quiere la pluma, Torom? – Elia podía ser muy bonita cuando sonreía, pero esa mirada fría e inquisitiva daba escalofríos.
- Um... – De pronto, Torom se sintió pequeño ante las miradas de todos los demás -. Pues... Calik y yo tuvimos una pequeña charla... me amenazó.
- ¿Qué es lo que dijo? – Preguntó Sikoth.
- Me dijo que si Jason y Elia no entregaban las piezas que tenían en su posesión, seguiría cazándonos... Creo que tenemos competencia en ésta búsqueda.
- ¿Por qué no ibas a decir nada, eh? – Koru también lucía bastante amenazador cuando miraba a la gente de la forma en que miraba a Torom en ese momento.
- ... Pensé que no tenía caso... Lo que quiero decir es que no creo que eso los hubiera detenido en esa búsqueda.
- Pues no vamos a mal paso... pero Calik es un enemigo de cuidado – Musitó Elia, indecisa.
- Si nos mantenemos juntos, será fácil detenerlo cuando regrese – Dijo Koru.
- A quien quiera parar ésta búsqueda, no lo detendré – Anunció Torom -. Pero eso ya lo decidiremos una vez que hallemos la forma de salir de aquí.
- Creo que ya podemos preocuparnos por ello – Dijo Jason.
- Ninguna de las piezas que poseemos hace reacción alguna – Señaló Elia -. Si había una pieza de la pluma aquí, ya no está.

Un cierto aire de decepción invadió a los chicos... pero de cierta forma, era un alivio dado que no estaban en condiciones de ir en una búsqueda así.

- ¿Pero cómo saldremos de aquí? Ya expusimos nuestras ideas, y ninguna funciona – Dijo Zul, dando una patadita al suelo.
- Hay una parte de ésta isla que no hemos explorado aún – Señaló Koru -. Como pasamos todo el día buscándonos unos a otros, aún no hemos explorado la montaña.

Era cierto. Y era la montaña precisamente lo que había resaltado más de la isla, desde antes de la llegada del grupo: Zul había pensado que se trataba de una gran ballena azul, dada la forma de la montaña, como de aleta.

- ¿Sugieres que vayamos a perdernos por ahí, cuando Zul tiene un brazo roto, Elia está lastimada y Tyra inconsciente? – Interrogó Jason.
- Pues al menos yo ya estoy bien – Declaró Zul, moviendo hacia arriba y hacia abajo su brazo malo-. Los de mi clase sanamos rápido¿o cómo crees que trotaría por la costa contigo si andaba mal?
- Tengo una mejor idea – Dijo Sikoth -: dejamos a Elia a cargo de Tyra, le dejamos a alguien que le ayude a hacer guardia, y los demás vamos a ver qué hay por allá.
- Sugiero que se queden Koru y Jason – Dijo Elia, el primero por ser, al parecer, el más experimentado; el segundo... por obvias razones -. Torom, Zul – si es que es cierto que ya anda bien -, y Sikoth pueden ir a explorar.
- ¿Seguros que quieren dejarme a mi? – Pregutó Jason -. No es que sea el más fuerte de nosotros.
- ¡Al diablo, claro que sí! – Exclamó Sikoth, rodeando luego el cuello de Jason con el brazo, atrayéndolo hacia él y despeinándolo -. Y si te falta confianza¡para eso me tienes a mi!
- Maldición Jason, estoy celoso – Declaró Zul con sorna, haciendo que Koru hiciera una mueca como diciendo "¡qué gracioso eres!".
- Bien, y si no hemos llegado antes del anochecer, prendan fuego, para que podamos localizarlos fácilmente – Sugirió el menor de los hermanos.
- Vámonos ya – Pidió el chico-lobo -. Tengo curiosidad sobre lo que hay en esa montaña.

Lejos de Axia, en aquél punto del mundo en donde no hay más que mar hasta donde alcanza la vista, flotaba a centímetros del agua un hombre.

Era distintivo suyo la máscara de dragón que llevaba puesta, por cuyas cuencas se asomaban dos ojos del color de los zafiros, penetrantes y astutos.

Era Énevan, el hermano gemelo de Calik Ugishi.

Apretaba algo pequeño con su mano derecha, a la vez que se quitaba con la izquierda la máscara, para después acomodarse la cabellera rubia – más larga que la de Calik - con un movimiento de su cabeza.

- Ahora entiendo, Calik... – Musitó para sí, abriendo su mano derecha y mirando lo que aprisionaba en ella.

Un destello plateado muy tenue cubrió su mano, la fuente de la luz el pequeño fragmento que tenía en la mano. Era una pequeña pieza de algo, pero a simple vista no se veía de qué... además de que la calidez provocada por la luz no permitía que una mano sintiera su consistencia.

- La Pluma de Oth... el místico cuyas piezas, al unirse, responderán la pregunta de aquél que la reúna... Esto es¿no, hermano?

Énevan se sonrió a la vez que cerraba sus ojos cuando pensaba en su hermano.

- Sea cual sea la razón¿será esto para lo que has regresado, para lo que has resurgido de las sombras en las que cobardemente te ocultabas, guerrero renegado del Clan de la Niebla? – Énevan alzó la mirada para contemplar el azul horizonte de agua, para luego volver a cubrir su rostro con la máscara -. Entonces, cuando descubras que tengo esto en mi posesión, nos veremos a los ojos una vez más, tarde o temprano.

Dicho esto, volvió a cerrar su mano derecha, alzó luego la izquierda, y se dejó envolver por un torbellino de agua. Cuando este desapareció, Énevan ya no estaba...

- ¡He caminado todo el día¿Seguros que falta poco?
- Si ibas a venir solo para quejarte, mejor te hubieras quedado, Zul – Le reprendió Torom.
- De todas formas¿qué es lo que vamos a buscar en esa montaña? El fragmento de la pluma ya no está, y no hay civilización en este punto del planeta.
- Qué gracioso – Señaló Sikoth -. Hace un rato sentías curiosidad por la montaña.
- No esperaba que estuviera tan lejos...
- Zul... solo hemos caminado por veinte minutos – Dijo Torom, aparentemente divertido.
- No me digas que estás cansado – Sikoth hizo segunda.
- Siempre sale uno perdiendo cuando se quiere hablar con ustedes – Respondió el mestizo con sorna, y se adelantó a los otros dos.

Quedaron solos entonces Sikoth y Torom, caminando lentamente, hombro con hombro.

Era bastante incómodo, pues ambos pensaban a la vez en Tyra, y que el otro era su rival en una extraña, silenciosa y tímida competencia.

Viendo que Zul comenzaba a rascarse la nuca con frecuencia, cosa que nunca le había visto hacer, Torom apuró el paso también, para caminar al lado de Zul... quien no notó su presencia.

Al ver el rostro de Zul, a Torom se le ocurrió comenzar a molestarle.

- Y creía que solo yo ponía esa cara – Dijo, con malicia en la boca y en los ojos.
- ¿Qué dices? – Zul reaccionó apenas a las palabras de su amigo, aunque todavía tenía la mirada ida.
- La cara que tenías hace un momento... creí que solo yo lucía como idiota – Torom sonrió para la siguiente pregunta -¿En quién piensas?
- ¿Cómo que en quien...¿Cómo demonios sabías que estaba pensando en alguien?
- Por favor...
- Bien, bien – Zul, sintiéndose agobiado, hizo un ademán con la mano, como si espantara moscas -. ¿Qué quieres saber?
- Lo que tú quieras decirme – Contestó Torom al ver que la plática apuntaba para ser seria.
- Muy bien... – Murmuró Zul tras un largo suspiro -... Se trata de Elia.
- ¿Qué pasa con ella?

Zul la pasaba bastante mal tratando de expresar sus sentimientos. Torom fue más rápido, al relacionar a Elia con la cara que había puesto Zul minutos atrás.

- ¿Estás enamorado de ella, Elia? – Inquirió Torom.
- Pues... – Zul se puso como un tomate, y apenas movió los labios para decir: ... sí.
- No me convences – Torom quería impulsar a Zul a que siguiera hablando.
- No sé, es que... ayer se vio tan amable conmigo, y... no sé... vaya... – Bajó la mirada, torció la boca en una casi imperceptible sonrisa y musitó: -... luce preciosa cuando sonríe. ¡Antes no creía que ella fuera a sonreír alguna vez estando yo cerca!
- Pues ya ves que lo hizo – Animó Torom.
- Además me dijo "gracias". Dejándote a ti, Torom, a un lado, no creí que llegaría a escuchar esas palabras de un humano... y menos de una chica tan resentida con los híbridos.

El rostro de Zul comenzaba a recobrar su color normal, y su gesto era más relajado. La plática le estaba sirviendo.

- ¿Qué piensas de Elia, Torom?
- ¿Yo?... Pues... – Torom dudó -. Debo decir que es bastante guapa...
- ¿Y?
- Bueno... – Se sonrió -. Creo que El Búho no se equivocaba al verle las piernas aquél día en la taberna.
- ¡Ey, no quería que llegaras tan lejos! – Reprendió Zul.
- ¡Estoy jugando! – Se defendió el otro, aunque no pudo evitar el coscorrón. Cuando se hubieron bajado los humos un poco, Zul siguió hablando, aunque su rostro ahora estaba ensombrecido:
- Pero... creo que ella está demasiado interesada en Jason.
- ¿Cómo lo sabes? – Inquirió Torom, aunque él mismo lo había notado (cosa nada difícil).
- La forma en que sonríe cuando está con él, o la forma en que ríe o se mueve cuando los dos hablan... digo, ella empieza a jugar con su pelo, y se muerde el labio...
- Hm... Pues yo no creo que él le corresponda a ella, Zul.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Pues en realidad, es difícil decirlo – Torom se rascó la nuca, señal de que analizaba las cosas -. Cuando Jason habla de una chica, se trata de Medea. Nunca lo he visto reaccionar de alguna forma en particular cuando Elia anda cerca de él.
- De cualquier forma, yo soy mitad humano, mitad híbrido lobo – La mirada de Zul no podía demostrar nada más que decepción -. Digo, ella ni loca se relacionaría sentimentalmente con alguien como yo... – Luego alzó la mirada hacia Torom y dijo algo más... podría decirse "sensato" -. O quizás solo me siento así porque, después de que ella se comportó agresiva conmigo por un tiempo, ahora ha sido amable. No sé, a lo mejor no estoy enamorado, solo conmovido.
- Eso nadie puede saberlo, Zul, más que ella y tú mismo. Creo que deberías aplicarte con ella y ver qué puedes lograr.

"Y creo que yo también debería hacer lo mismo..."

- Pero ya basta de éstas tonterías – Dijo Zul, cambiando el rumbo de la charla -. Parecemos un par de niñitas bobas hablando de un chico.

Y sin más, Zul volvió a apurar el paso para alejarse de Torom, quien segundos después fue alcanzado por Sikoth.

- Así que Elia¿eh? – Dijo, aunque sin mirar a Torom.
- Sí... es bonita, debo decirlo – Respondió el otro, aunque sin despegar la mirada del frente.
- Va a ser complicado para Zul, pero le deseo suerte con ello – Declaró Sikoth, causando que Torom volteara a verle, cosa de la que el otro sí se percató -. No me malentiendas... Zul es un gran tipo, y yo no tengo nada contra los híbridos. Es sólo que la situación de él con Elia... bueno, digamos que no comenzó bien.
- Tal vez – Respondió el mercenario -. Pero eso no quiere decir que no puedan arreglarlo. Elia sufrió mucho en su pasado a causa de los híbridos, pero al parecer se ha percatado de la bondad que hay en Zul, ha caído en cuenta de que él no tiene la culpa, y que no por tener sangre híbrida va a ser un asesino brutal.
- Creo que a ellos dos les hace falta hablar – Dijo Sikoth -. Elia pensaba lo mismo de los híbridos hasta que comenzó a conocer a Zul.
- Creo que tienes razón – Contestó Torom. La conversación dejaba de ser tan incómoda, y los dos comenzaban a mostrar lenguaje corporal.
- Zul me dijo algo una vez: me dijo que pensaba lo mismo de los humanos, que todos eran unos desgraciados que discriminaban a uno por lo que era. Pero que, conforme te fue conociendo a ti, Torom, cambió de opinión. Si él y Elia llegan a conocerse más, podrían forjar una relación tan sólida como la que tú y él han creado.
- ¿Él dijo eso de mi? – Inquirió Torom, conmovido.
- En otras palabras, sí.

Eso comprobaba para Torom que Zul en verdad le tenía aprecio. Pero entonces recordó que, por alguna causa que él no conocía, Zul quería venganza contra Omino. Torom no sabía sobre el significado del pendiente de Zul, él no sabía nada de Hanoph, y tampoco sabía que, poco menos de dos años atrás, Omino le había arrebatado todo.

Aún desconociendo todo eso, Torom se sentía culpable por no decirle que era culpa suya que Omino siguiera en pie... sólo sabía que Zul estaba dolido con aquél asesino.

- ¿Te encuentras bien? – Habló Sikoth tras un largo silencio, al ver el rostro de preocupación de Torom.
- No es nada... – Respondió el ojiverde, mirando a su compañero -. No te preocupes -. Dijo, y por una vez, se sonrieron mutuamente.
- ¿Esto es? – Dijo la voz de Zul, más adelante.
- Oh, hemos llegado – Musitó Sikoth.
- Sólo hay un maldito hoyo, una cueva – Se quejó Zul.
- Pues vamos a entrar¿no? – Dijo Sikoth, animado.
- ¡Lumina! – Cantó Torom, alzando el dedo índice de su mano derecha, desde cuya punta salió un pequeño punto de luz dorada que se mantuvo en su lugar.

Avanzaron por un estrecho túnel natural. Al parecer, en esa isla sí había habido civilización, pues había trozos de cerámica enterrados, sarcófagos ajustados a las paredes...

- Decías que no había gente aquí¿Zul? – Se burló Sikoth.
- Pero yo me refería a gente viva, idiota.

Se detuvieron cuando notaron que los muros dejaron de ser de simple tierra, y que el túnel adoptó forma definida, gracias al concreto que formaba sus paredes.

Más adelante vieron una escalera blanca, estatuas en muy mal estado, algunas de ellas hechas pedazos, y runas y símbolos grabados en los muros.

- Esto es un templo... fue un templo – Musitó Torom, alzando el dedo a la altura de las runas.
- Zul... ¿estás temblando? – Sikoth no cesó su asedió de amistosas burlas.
- Hay pura roca aquí, y poca luz. ¡Hace frío!
- Quizás aquí estaba el fragmento, hasta que alguien se lo llevó...
- Avancemos, esto se pone interesante – Dijo Sikoth, frotándose las manos.
- Es sólo un montón de rocas viejas, apiladas una encima de otra – Dijo el mestizo, fastidiado.

Subieron por la larga fila de peldaños, donde encontraron huesos, armaduras y armas viejas, regadas por el suelo. Aunque antiquísimas (quizás de miles de años atrás), reconocieron el escudo de armas de la familia real Keeliana en escudos y armaduras.

- ¿Qué harían los soldados de Keel por estos rumbos? – Inquirió Sikoth, intrigado.
- Espera... ¡el símbolo en ésta armadura es diferente! – Exclamó Zul, que comenzaba a interesarse en el asunto.

La armadura en sí era diferente, el esqueleto que la portaba tenía un casco con cuernos, un casco que le cubría toda la cara como una máscara con colmillos, con sólo tres espacios para nariz y ojos.

El símbolo en ella era una especie de círculo dividido por un rayo, siendo uno de los lados del círculo más resaltado que el otro, simbolizando que uno era negro y otro blanco, como el ying y el yang.

- ¿No es este...? – Comenzó a decir el mercenario.
- Ese es el símbolo que representa a Chaos¿no? – Terminó Zul.
- Vaya que sí sirves para algo más que bromas malas – Dijo el persistente Sikoth, dando unas palmadas en la espalda a su compañero.
- Soy flojo y arrogante, no idiota.
- Esto es interesante... soldados de Keel y soldados de Chaos se partieron la crisma – Torom volvió a rascarse la nuca -. Eso no está en los libros.
- Sigamos avanzando.

Después de subir la casi interminable escalera, llegaron a una enorme sala redonda, de tal tamaño que era tardado volver a encontrar una puerta u otra escalera, si se le recorría por los bordes (tal como ellos hicieron). Pero invariablemente, en cada pared colgaban estandartes viejos, rasgados o quemados, con el símbolo de Chaos. Aquí y allá se topaban con pebeteros extinguidos, más esqueletos en el suelo, trastes metálicos, muebles lujosos, botellas rotas y botellas que contenían extraños aceites y pociones, dagas...

Finalmente, llegaron a una especie de altar, una escalinata con alfombrado rojo (quemado y rasgado), con una mesa de piedra en la cima... la mesa estaba manchada por infinitas marcas de sangre.

- Estamos en un templo pagano dedicado a Chaos... – Dijo Torom, mirando a su alrededor.
- Supongo que Keel metió la narizota, y cuando se enteraron de la existencia de un templo como éste, vinieron a destruirlo – Musitó Sikoth, cada vez más interesado.

Zul, divagando, tropezó con un enorme libro. Tropezar con él casi le costaba partirse la cabeza al rodar por la escalinata.

Mientras Torom alzaba a Zul, Sikoth alzó el libro y lo abrió. Torom entonces se acercó a alumbrarle la página.

- ¿En qué idioma está escrito eso? – Inquirió Zul al asomarse sobre el hombro de Sikoth y ver un montón de símbolos raros.
- No recuerdo cómo se llama ésta lengua... pero sé leer algo de ella – Respondió Sikoth.

Entonces comenzó a leer, atropelladamente y con algo de dificultad, pues se trataba de un lenguaje ancestral, casi perdido, conocido por muy pocas personas:

"Este es el poema que escribió nuestro rey Halom I, el rey pagano de los desiertos del noreste, y uno de los hijos leales a Chaos, su Madre, que descendió a Mimir para pasar a otros el legado verdadero:

CHAOS, OH CHAOS,
DEIDAD MÁXIMA,
LEGÍTIMA PROGENITORA DEL UNIVERSO,
MADRE DE TODOS LOS ASTROS.

MADRE DE TODOS LOS SOLES,
DE TODAS LAS LUNAS,
DE TODOS LOS DIOSES.

LOS DIOSES TRAIDORES,
SIETE DE TUS HIJOS,
TUS DESLEALES SUCESORES.

NOSOTROS, TUS LEALES HIJOS,
OH, CHAOS, MADRE NUESTRA,
JURAMOS VENGARTE, REVIVIRTE,
Y AMARTE HASTA QUE DECIDAS EL FIN DE LOS TIEMPOS."

- ¿Eso es un poema? – Dijo Zul, extrañado -. ¡Ni siquiera rima!
- No tiene que rimar para ser un poema, Zul.

"La madre será revivida por los leales, pues llegará el día en que renazca y se mezclará entre sus desleales hijos de Mimir, hasta que llegue el momento en que el destino la haga regresar."

- Suena más bien como un sermón para ceremonias religiosas – Dijo Torom a la vez que Sikoth cerraba el libro.
- Así pareciera...
- Escalofriante – Murmuró Zul -. Daban ceremonias antes de sacarle el corazón a alguien, suena divertido...
- Creo que no hay nada más que ver aquí, será mejor que nos vayamos – Sugirió Torom.

Descendieron de la escalinata tranquilamente cuando, súbitamente, todos los pebeteros de la gran sala recobraron vida, emanando luz de las grandes llamas azules. En el centro de la habitación impactó un rayo del mismo color, y apareció el símbolo de Chaos en las lozas del suelo, llenando la habitación con todavía más luz azul. Todas las entradas fueron bloqueadas por rejas formadas de llamas también azules. Entonces una voz potente que hacía eco llenó los oídos del trío.

"XUD COATE CE FHEXARATE, XAZEJ MEHKUCOJ O KHUATEHOJ. UXEHU, ODVHODKON JIJ MAOVEJ, JIJ SICFUJ O JI UHOFODKAMAODKE SEME OC SUJKAWE MOHOSATE..."

- ¡Ahora sí, me cago de miedo! – Chilló Zul, aferrándose a su bastón -. ¿Qué dijo Sikoth, qué dijo?
- Es el mismo lenguaje que en el libro... dijo: "Han leído lo prohibido, hijos mortales y traidores. Ahora, enfrenten sus miedos, sus culpas y su arrepentimiento como el castigo merecido."

Instantes después, desapareció el luminoso símbolo del suelo.

"O UHETACCODJO UDKO CU MUTHO..."

- "Y arrodíllense ante la Madre..." – Tradujo Sikoth, preparándose para una batalla.

Aparecieron en el suelo tres símbolos idénticos al anterior, pero mucho más pequeños, y sobre cada uno de ellos se formó una silueta negra... tenían forma humana.

- Esperen un segundo...

Sobre el símbolo frente a Torom apareció una figura que simulaba cabello largo, complexión delgada, que blandía una espada gigante. Frente a Zul apareció una con orejas y bastón... la de Sikoth era más alta, y blandía espada, además de ser la más fornida de las tres.

- No me esperaba esto... – Declaró Sikoth, describiendo un círculo con la espada, jugueteando.
- "Sus miedos, sus culpas y sus arrepentimientos..." – Musitó Torom.

En una sala oscura, iluminada por fuego azul, era difícil ver a tres sombras guerreras.

- Será fácil – Dijo Zul, blandiendo su bastón -. Pelear contra nosotros mismos no deberá ser problema. Ahora, pelear con Lidda o Ludo sería otra cosa.
- ¡Cállate ya, Zul, y concéntrate! – Lo regañó Torom.

Sin embargo, nadie se movió, ni siquiera las sombras. Estaban esperando el ataque, los otros tres lo sabían.

Desesperado por falta de acción, Sikoth se lanzó sobre "su" sombra, tirando un mandoble que nunca conectó, pues el muchacho fue detenido por una fortísima patada a las costillas.

- ¡Ellos saben lo que estamos pensando, tengan cuidado! – Dijo Torom, dudando cada vez más en lanzar un ataque.
- La luz debilita a las sombras¿no Torom? – Inquirió Zul, con la esperanza de haber encontrado una solución práctica.
- No es tan sencillo... no son sólo simples sombras que se disuelven en la luz... son entes sólidos y vivientes.

Torom, que al parecer estaba tranquilo, reaccionó explosivamente de súbito, y, alzando su mano derecha hacia el frente, bramó:

- ¡Giga Lumina!

De su mano derecha emergió un rayo dorado muy grande que voló en dirección al Torom oscuro. Éste último alzó su mano izquierda, y milésimas de segundo después apareció un hoyo negro sobre su cabeza, mismo que absorbió el rayo del Torom original y desapareció al realizarse su cometido.

- ¡Es en vano! – Se quejó el mercenario.
- Pues no hay de otra, hay que lanzarse a pelear hasta que el primero caiga – Dijo Zul, pensativo.
- No seas tonto, ellos pueden ver lo que vas a hacer...
- Pero si el pensamiento es espontáneo y no les damos tiempo de leerlo para esquivarlo o bloquearlo, podremos venderlos.

Antes de que Torom terminara de analizar la idea, Zul ya se batía a rápidos golpes con su contrario. Hasta ese momento, había durado más su pelea que Torom o Sikoth. Mientras Zul se batía con el Zul negro, los otros dos guerreros negros no se movieron, pues Torom y Sikoth no lo hacían.

- Ja... patea como una mula... ja... más fuerte que yo...
- La idea de Zul es buena, debes lanzar el ataque en cuanto lo pienses, para no darle tiempo al otro de bloquearlo.

Los otros dos se lanzaron al ataque al mismo tiempo. El sonido del rápido choque de metales llenó la sala de sacrificios. El Torom oscuro lanzó un rayo de luz desde su mano derecha, que el Torom original "bateó" con su espada, enviándolo de regreso a su creador. Éste tuvo tiempo suficiente para hacer lo mismo y enviar al rayo a destruir el techo. Sikoth estaba dando una magnífica demostración de esgrima con su contrario, que no bajaba el nivel. Y Zul tuvo su primera caída, lo que le provocó abrirse el labio.

- ¡Ataquen más rápido! – Gritó Sikoth.

Al usar un bastón, la forma más fácil para Zul de atacar rápido era con la punta, dando estocadas, y de esa forma logró conectar cinco golpes seguidos, aunque era agotador. Torom tenía problemas, pues aunque era bastante rápido con su espada de oro, no era suficiente... su batalla estaba empatada. Sikoth siguió el ejemplo de Zul y usó estocadas, y fácilmente rebanó el brazo de su oponente... pero éste volvió a crecer.

Sin embargo, el corazón del Sikoth negro brilló con una intensa luz roja, de tal forma que podía verse palpitar desde afuera.

- Tienen que hacer daño grave para que el corazón del contrincante aparezca – Instruyó Sikoth.

Zul, tratando de no agotarse, siguió dando fieras estocadas. El bastón no tenía filo, así que tendría que buscar un punto débil...

Cuando menos se lo esperaba, una de sus estocadas dio en el ojo de su sombra, y segundos después apareció el corazón.

Torom seguía asestando mandobles y estocadas tan rápido como podía, pero su velocidad no era suficiente. Sikoth estaba en el suelo, y por puro reflejo pudo bloquear un tajo que le hubiera dejado sin cabeza. Sin embargo, se puso de pie tan rápido que al otro no le dio tiempo de bloquear la estocada que le dio fin: Sikoth atacó con tal fuerza al pecho que su espada emergió por la espalda. Su sombra se retorció, pero Sikoth siguió empujando hasta que el ser se volvió de roca y, finalmente, en arena.

Al parecer, Zul no tenía problemas en conectar golpe tras golpe, pero su dilema era que su báculo jamás atravesaría a su adversario. Sikoth, en ese momento, ayudaba a Torom, pues era el que más lo requería. Juntos, le rebanaron el cuello y el brazo al Torom negro, y como con las otras sombras, apareció el corazón tras crecerle nuevamente las partes cortadas. Sikoth distrajo entonces a la sombra con varios ataques que no pensaba conectar, dando espacio a Torom para darle fin a su figura oscura.

Finalmente, los dos fueron a ayudar a Zul. En un descuido, Torom logró rebanarle ambas piernas, haciendo caer a la criatura al suelo. De esa forma, Zul no tuvo problemas en atravesarle el pecho.

El fuego azul desapareció, volviendo la sala a su oscuridad normal. Torom volvió a encender la lucecilla en su dedo.

- ¿Están todos bien? – Preguntó jadeando, arrodillado, sosteniéndose de su espada.
- Cansado, pero estoy.
- Me cagué de miedo, pero todo bien.
- Larguémonos de aquí antes de que surja otro detalle de éstos – Sugirió Torom.

"¿Leímos 'lo prohibido'? Me pregunto a qué se refería la voz..."

Mientras Sikoth, Zul, y Torom escapaban del templo, sucedían cosas más importantes en Gren.

En un árbol cercano a la reja de entrada del Colegio Superior de Magia de Gren, había un hombre que observaba la entrada de los alumnos desde las ramas de un árbol cercano... silencioso y quieto como un gato. Era Omino.

Omino descendió del árbol de un salto, con la habilidad felina que tenía... que estaba desarrollando. Sigilosamente se deslizó hasta una ventana del gran palacio, aunque era un armario de limpieza, que no le llevaría a ningún lado al salir. Tendría que trepar por la valla o aniquilar a los guardias de la reja... optó por lo primero, debía hacer el menor escándalo posible.

Vio una caja y un árbol cerca de un muro. Se apoyó en la primera y rebotó en el segundo para aterrizar al otro lado de la valla. Corrió a esconderse detrás de un arbusto del vasto jardín, pero un guardia cercano le oyó... cuando se acercó, tiró del peto de su armadura, le cubrió la boca y lo degolló con una daga. Cuando el guardia dejó de moverse, Omino se movió rápida y sigilosamente entre los árboles y arbustos hasta que llegó a la puerta principal, donde le tendría que enfrentar a dos guardias más... o podía arriesgarse a saltar a la cornisa de la ventana, abrirla, entrar y matar a todos rápidamente para no llamar la atención. No... no necesitaba armar un alboroto aún, entre menos trabajo le costara, mejor. Así que optó por los guardias, trataría de colarse lo más tranquila y civilizadamente posible.

Caminó con naturalidad hacia la entrada, donde los guardias entrecruzaron sus lanzas para bloquearle el paso. Él alzó su mano en una petición para que bajaran sus armas, diciendo:

- Vengo a hablar con el director Renhart, es acerca del comportamiento de mi hija – Declaró Omino con la mayor naturalidad posible.
- Lo siento, pero no puede pasar... necesita mostrarnos un permiso, mismo que su hija debió entregarle, y debe dejar sus armas. – Señaló uno de los soldados -. Además, el maestro Renhart está impartiendo clase en éstos momentos.
- Está bien, lo esperaré dentro... haga favor de sostenerme esto – Pidió el asesino, sacándose primero la espada con su vaina.

El primer soldado sostuvo la vaina, y en eso Omino aprovechó y tiró fuertemente de la empuñadura. Con ese movimiento le bastó para cegar al soldado, pues le hizo un tajo profundo en los ojos. El segundo soldado intentó defenderse, pero el asesino sostuvo la lanza con una mano y le encajó la daga entre el hombro y el cuello, dándole muerte. Segundos después se encargó del ciego, degollándole con la espada. La sangre resbaló por la escalinata y los cuerpos rodaron hasta la hierba a la vez que Omino empujaba la puerta.

Los pasillos andaban vacíos y solo se oían las voces de los maestros en el interior de las aulas. Omino creía recordar en esos días donde estaba la oficina del director, donde le esperaría a que terminara de dar clase.

Tuvo que recorrer muchos pasillos y subir un poco de escaleras para alcanzar dicha oficina. Se coló en ella forzando la cerradura. La habitación tenía un extraño ambiente soñador, la luz que entraba era diferente a la que en realidad estaba en el exterior: era blanca y tenue. Los muros eran de madera, sobre el elegante escritorio había plumas, una esfera de cristal, objetos que Omino no reconocía... había pinturas, vitrinas con frascos llenos de líquidos de brillantes colores, o de bichos raros.

Estuvo oculto ahí hora y media hasta que la campana volvió a sonar, dando fin a la clase. Comenzó a escuchar algo de movimiento en los pasillos, y esperaba que Renhart acudiera a su despacho durante aquella hora.

Y lo hizo. Omino se sentó en la silla del director justo en el momento en que éste abrió la puerta, dejando entrar a dos alumnas y un alumno. Los tres, de unos dieciocho años, se quedaron quietos y confundidos al ver a alguien ocupando el asiento de quien iba a darles una reprimenda en aquél momento. Detrás de ellos entró Renhart, el director, un hombre de unos sesenta años, de escaso cabello y de barba blanca lacia y corta, vestido con una larga túnica azul con adornos púrpuras. Los cuatro recién llegados cargaban báculos blancos que empleaban para hacer magia.

- Oh... Omino... – Musitó Renhart con su voz cavernosa, sin poder ocultar la desconfianza y preocupación que invadieron su rostro -. ¿Qué te trae por aquí?
- Saca a los niños de aquí, tenemos que hablar – Respondió Omino con brusquedad.

Los muchachos voltearon a ver a su director, inquisitivos. El director los miró a todos y asintió, pidiéndoles que salieran. Cerraron la puerta tras de sí, entonces Renhart volvió a preguntar:

- ¿Qué te trae por aquí, Omino?
- No me hables como si fuera una especie de niño, Renhart. Tengo órdenes, y por tu bien, espero que no te resistas.
- Muy bien, dime qué es lo que quieres – Respondió el anciano hechicero.
- Me han enviado por "La pieza". Estamos totalmente seguros de que la tienes.

El rostro de Renhart palideció, aunque logró mantener su expresión tranquila y seria.

- ¿La pieza¿De qué me hablas?
- No finjas demencia viejo, sé que tú la tienes – Respondió el asesino con enojo.

Renhart le miró a los ojos por unos segundos, y luego torció sus labios en una leve sonrisa.

- Ni siquiera sabes qué has venido a buscar... podría darte un pedazo de tiza y decirte que te largues, y no pondrías reparo.

Omino sólo torció la boca en desaprobación, pero Renhart siguió hablando...

- También veo que has cambiado radicalmente.
- Tú no sabes nada, anciano. Dame la pieza.
- Quién ha sido el que te ha hecho esto? – Inquirió Renhart.
- Hablas como si me estuvieran haciendo algo malo, Renhart. Me has ocultado lo que soy por mucho tiempo... sin memorias de quién soy en realidad por dos largos años, con la cabeza llena de recuerdos falsos... y tú no me dices nada.
- No sabes en lo que te estás metiendo, Omino – Repuso el hechicero.
- Claro que lo sé... estoy descubriendo mi verdadera naturaleza... por fin sé quién soy yo, Renhart. No es para nada malo.
- Es peligroso Omino, podrías salir lastimado.
- He salido más lastimado como el mugroso humano en que intentaste convertirme, que en la bestia que realmente soy. Por fin recuerdo a mi sucia madre humana, y como fue cazada por los estúpidos humanos cuando me dio a luz. Sé que me abandonó en una maldita cueva en la que estuve abandonado casi toda mi vida. Sé que yo era una amenaza para los débiles humanos en Ravenloft.
- Tu mente está revuelta, no tienes ni siquiera la verdadera versión de la historia... ni siquiera un aproximado. Dime Omino¿quién te ha hecho esto?
- Seguramente le recordarás... la persona que intentaste detener hace cinco años, la persona a la que intentaste cortarle las alas a la grandeza... la persona que más dedicación tuvo a tus enseñanzas, Renhart, y a la que más frutos le rindieron...

Por primera vez, el rostro de Renhart mostró sorpresa.

- ¿Sigue con vida?
- Admite que estuvo agonizante por mucho tiempo, sí... pero eso le ha dado más poder. Su debilidad ha quedado en el pasado, y ahora con sus poderes ha roto el sello que le habías puesto a mis verdaderos poderes...
- Regresa cuando hayas aclarado tu mente, Omino – Pidió el anciano hechicero con serenidad.

Cuando Renhart se dirigía a abrirle la puerta al asesino, éste se adelantó saltando sobre el escritorio, y desenvainó la espada, alzándola y haciendo presión con la punta en el cuello del viejo.

- No me dijeron qué es lo que vengo a buscar, pero es demasiado obvio: me han mandado por una pieza de la Pluma de Oth. No sé cuál de las siete piezas tengas tú, pero sé que tienes una... me lo ocultas, puedo olerlo.
- En ésta escuela no está lo que buscas, lo lamento, Omino – Respondió Renhart con inquebrantable tranquilidad.
- Si me han dicho que está aquí, es porque lo está... dámela...
- Te han hecho demasiado daño...
- Deja de hablarme como si fuera un niño o un cachorro indefenso, anciano.
- Te pido por favor que te vayas de aquí, no tengo lo que buscas.
- Entonces¿quién lo tiene? – Omino miró con inquisitiva manía a los ojos del anciano mago.
- Se perdió hace ya muchos años, un ladrón me la robó.
- ¿Te la robó un común ladrón¿A ti? Vamos, algo de tal importancia... no lo dejarías al alcance de los comunes. Dámela antes de que te corte la cabeza.
- No lo harías... incluso aunque... "liberen" tu verdadero yo, aún queda la debilidad y prudencia humana dentro de ti – Repuso Renhart, confiado y sereno.
- Antes de llegar aquí maté a diez, los dos guardias de la entrada incluidos. No me toqué el corazón para hacerlo. Pruébame, mago.

Omino y Renhart se quedaron mirando por unos segundos, el primero amenazante, el segundo con una serenidad más allá de la humana. Con habilidad felina el asesino alzó su espada, aunque en un parpadeo ya había volado al otro extremo del despacho, pasando sobre el escritorio y todo lo que había encima de él. Renhart había sacado el báculo encogido de su bolsillo, lo había extendido y había enviado a Omino a volar, en menos de dos segundos. En ese mismo momento irrumpieron los tres alumnos con los báculos en mano.

Omino apareció sobre el derrumbado escritorio y arrojó una daga hacia uno de los alumnos, quien con un movimiento del báculo lo envió hacia la ventana. Sin embargo no alcanzó a bloquear la segunda daga, que le dio de lleno en el pecho. Quedaron solas las dos chicas con su maestro. El asesino saltó hacia la primera chica que vio, quien apenas pudo taparse de un mandoble vertical. Omino fue detenido por un movimiento de Renhart, cayendo al suelo de cabeza y retorciéndose de dolor.

Las dos hechiceras se echaron hacia atrás cuando Renhart caminó hacia delante, apuntando al otro hombre con su báculo.

- Te dejaré ir, pero tendrás que alejarte de éste colegio y jamás volver¿me oyes?

Renhart suspendió el hechizo, aunque siguió apuntando a Omino con el báculo por si debía volver a ponerlo quieto. El asesino, entre jadeos, sonrió y musitó:

- Podrías torturarme hasta que cayese la noche, Renhart... pero aunque lo desearas fervientemente, no podrías matarme... los magos no pueden matar... menos uno como tú. Tu corazón no te lo permitiría, se corrompería por la culpa hasta que murieras...

Renhart miró al aberrante híbrido burlándose de él, aunque sabía que era cierto. Había varias razones que no le permitían matarlo, aunque lo deseara. La magia no debía usarse para esos fines...

- Dame la pieza, o ellas dos siguen – Amenazó Omino poniéndose de pie.
- Te digo la verdad Omino, no tengo lo que buscas.

A la respuesta de su maestro, las hechiceras levantaron sus báculos. Sabían que Omino no se tragaría esa respuesta. Renhart les suplicaba con la mirada que se fueran, que se alejaran, y que previnieran a todos.

Súbitamente, Renhart ya tenía a Omino encima. Los dos rodaban y forcejeaban en el suelo, hasta que el anciano emitió un grito de dolor: Omino le había encajado su segunda daga en el brazo izquierdo, obligando a las dos hechiceras a intervenir.

La primera lanzó una esfera de luz roja que Omino rechazó con un golpe de su espada, haciendo un agujero en la puerta y, eventualmente, en una aula cercana, llamando por fin la atención. Aprovechando el alboroto, se lanzó sobre su atacante y la atravesó con la espada por el abdomen. La otra no pudo defenderse con magia dada la cercanía, y peleando cuerpo a cuerpo no logró evitar su muerte por decapitación. Cuando Renhart apenas se ponía en pie, Omino ya había tomado a un alumno de doce años y amenazaba con cortarle la garganta.

- ¿Aún no me dirás donde está la pieza, anciano? – Apretaba al pequeño de doce años con fuerza contra su cuerpo. El niño forcejeaba y trataba de alcanzar su bolsillo, donde estaba su báculo reducido, pero no lo lograba -. Que nadie se mueva, o se muere... – Dijo cuando la maestra del aula sacó su báculo.

Renhart se cerró con magia la herida del brazo, aunque aún le dolía. Detrás de Omino había todo un alboroto: la gran mayoría de los alumnos más pequeños corrían como manada a la entrada, los maestros de aulas más cercanas y algunos alumnos mayores se acercaban a contribuir a la pelea.

- Omino... por favor... – Ésta vez había algo de súplica en su voz -. Deja ir a los alumnos... te juro que yo no la tengo.
- Entonces dime en donde está.
- Te juro que no lo sé, te digo que me la han robado.
- Y yo te digo que no me lo trago, era algo demasiado importante como para que no lo hayas cuidado apropiadamente. Ahora dime en donde está... a quién se la diste...

El pequeño mago prisionero suplicaba vivir con la mirada llorosa. Los otros magos estaban totalmente listos para atacar en cualquier segundo, Renhart se encontraba en un dilema. Quería proteger a la pieza, y a la portadora...

- Omino... por favor...
- Hm – Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios del asesino -. Es divertido verte mostrar debilidad...

Todo terminó para el pequeño aprendiz en un segundo: Omino le cortó el cuello y el niño cayó al suelo, desangrándose y tratando de parar la hemorragia inútilmente con su mano. Un segundo después llovieron nueve rayos de diferentes colores hacia Omino, pero él los esquivó hábilmente y se ocultó detrás de maestros y alumnos, lejos del alcance del director. Se armó una pelea en el estrecho pasillo y en menos de un minuto ya habían caído dos maestras y tres alumnos, dejando al director, dos muchachos de catorce años y un maestro peleando solos en la escuela desierta... segundos después de ser decapitado uno de los alumnos, aparecieron por el otro extremo del pasillo dos vigilantes cargando hachas.

Uno de los jóvenes alumnos disparó una esfera de luz roja hacia Omino, él la rechazó con la espada, enviándola a un muro. La explosión pulverizó al atacante al instante. Un guardia rodó por las escaleras, golpeándose la cabeza. Omino recibió un corte en el brazo derecho, uno profundo... pero sus nuevas "habilidades" hicieron que no sintiera ni pizca de dolor. El duelo fue llevado a una aula cercana a cuya entrada murió el último vigilante. El joven aprendiz arrojó mágicamente un pupitre hacia el asesino, y luego otro, y otro más, aunque todos los esquivó. Finalmente le arrojó un rayo de luz roja que dio de lleno en el pecho del híbrido, aunque éste sólo cayó de rodillas y se puso en pie segundos después. Su espada voló hacia el muchacho, quien no supo qué hacer para evitar que la hoja le atravesara el pecho. Cayó inerte llenando el suelo del rojo fluido... Omino levantó el cadáver por los cabellos y le sacó la espada. Sólo él y Renhart quedaban.

- Puedo ir y buscar a todos tus alumnos en la ciudad, Renhart, para matarlos... y luego puedo ir y matar a todos los que se me pongan enfrente, nada podrá detenerme... hasta que me digas donde está la maldita pieza de la Pluma de Oth.
- Lamento que tendré que detenerte aquí, Omino. No quería que llegáramos a esto, pero no me has dejado opción.

Renhart alzó su báculo y al instante se desarmaron varios pupitres del suelo, convirtiéndose en varias cuñas de madera, que Omino esquivó rodando por el suelo. Antes de que se levantara una red de luces lo envolvió, alzándole en el aire y azotándole varias veces contra el muro, arrastrándole por el suelo y por entre la montaña de pupitres. Renhart deshizo la red con un movimiento de su cetro... Omino, al no sentir más dolor, se levantó con lentitud, aunque algo en su rostro había cambiado: sus ojos eran completamente los de un gato, y sus colmillos se habían afilado. Su mirada era maliciosa y sanguinaria...

- ... bien, Renhart... bien...

El mago alzó su báculo para contraatacar... sabía que había despertado algo de lo que había estado dormido en Omino, algo que su aprendiz ya había comenzado a despertar.

- Lárgate, antes de que te mate – Dijo el hechicero amenazando con disparar otra vez cuando Omino se le acercaba.
- No me matarás... no tienes el poder, soy inmune a todos los poderes que tengas, y tus leyes lo prohíben... Lo que me da total libertad para matarte...

Las habilidades felinas del híbrido le permitieron saltar hacia un lado y esquivar un rayo de luz verde de Renhart, rebotar en un muro y aterrizar frente a él. Renhart pudo bloquear varios de los fieros y rápidos golpes del híbrido asesino, pero su cuerpo viejo no le permitió moverse rápido ni resistir los embates de la espada en el báculo... hasta que finalmente recibió dos profundos tajos, uno en la pierna y otro en el brazo...

El viejo se arrastró como pudo hasta el muro más cercano, adolorido... literalmente, se halló entre la espada y la pared segundos después.

- Se acabó... – Omino, triunfante, presionó la espada contra el cuello del anciano, amenazando con matarle -. Dime dónde está la pieza, o todo se termina aquí.

Por primera vez el rostro del anciano demostró miedo, incluso una lágrima resbaló por su arrugada mejilla.

- Dejó de estar aquí hace varios meses... se lo di a mi mejor alumna... su nombre es Elia Luminen... pero no sé en donde está ahora...

Por primera vez en años, Omino rió de esa forma tan escalofriante y particular, una risa que se confundía con tos. Había logrado su cometido, y estaba satisfecho.

- Gracias anciano... creo que puedo disponer de ti ahora...

Omino alzó su brazo dispuesto a estocar a Renhart, pero éste alzó su báculo a tiempo, enviando al híbrido volando por la ventana, a caer al jardín junto con una lluvia de vidrios. Renhart jadeó exhausto, se desparramó junto al muro y dejó que las lágrimas silenciosas cayeran con libertad... tras un largo silencio, musitó para sí:

- Lo siento, mi querida Elia... esto es algo que se ha salido de mis manos... pero sé que tú podrás cargar con ello, y sé que encontrarás la solución...

El anciano director levantó su cetro para curar todas sus heridas, y se dejó caer en el suelo, inmerso en sus pensamientos, su culpa y su preocupación...

- Ya vuelven – Dijo Elia a sus acompañantes cuando, en la oscuridad, pudo vislumbrar la figura de Sikoth, seguida por la de Torom y la de Zul.
- ¿Qué pasa? – Inquirió Jason al verles las caras pálidas.
- ¿Recuerdan que creímos que había un fragmento de la Pluma en ésta isla? – Comenzó a explicar Sikoth -. Bueno, pues la pieza sí estuvo aquí... pero pasó algo mucho más importante.
- Ya lo veo – Intervino Koru -. Parece que están a punto de mojar sus pantalones.
- Esto es serio, Koru – Dijo Torom, tajante -. Será mejor ponernos cómodos.
- Hace un rato, Jason trajo algo de pescado, podemos compartirlo – Dijo Elia con cierto aire de orgullo.

Se acomodaron todos en el suelo, formando un círculo alrededor de la "fogata mágica" formada por Elia. Antes de incorporarse, Koru se aseguró que Tyra estuviera cómoda.

- ¿Y bien? – Inquirió Koru, para que los recién llegados comenzaran a hablar.
- Como que encontramos un templo pagano al que se accedía por un túnel al pie de la montaña – Explicó Zul, empalando un pescado.
- ¿Y qué con ello? – Dijo Elia con amabilidad -. Seguramente ese templo parecía una tumba, pues ese tipo de religiones se extinguieron hace siglos. ¿Me equivoco?
- No era un simple templo pagano – Siguió explicando el mercenario -. Era un templo dedicado a... Chaos.
- Yo no me alarmaría tanto como ustedes – Dijo la Greniana, impasible -. Chaos desapareció gracias a sus hijos Ikah y Horth, hace milenios.
- Hace tanto tiempo que podría ser una simple leyenda – Añadió Koru.
- Pero hay más – Continuó Sikoth -. Hallamos un libro cerca de un altar de sacrificios, escrito en una lengua antigua, y lo leí. Decía algo así como "La madre será revivida por los leales, pues llegará el día en que renazca y se mezclará entre sus desleales hijos de Mimir, hasta que llegue el momento en que el destino la haga regresar."
- Todas las religiones, antiguas o actuales, se refieren a un ídolo al que alaban, ensalzan o incluso invocan. Algunas esperan el regreso o la llegada de ese ídolo, no hay nada de qué alarmarse – Dijo Elia sin inmutarse, tratando de calmar los ánimos.
- Espera, falta lo mejor – Se apresuró a decir Zul -: Cuando pensábamos en irnos, se nos bloquearon todas las salidas, y entonces una voz dijo... ¿qué dijo, Sikoth?
- No recuerdo exactamente, pero la voz dijo que habíamos leído algo prohibido, y que como castigo, tendríamos que enfrentar a nuestros miedos, nuestras culpas y nuestro arrepentimiento, y que nos arrodilláramos ante " la Madre".
- Debió ser solo un espíritu – Jason intervino por primera vez en la conversación después de tragar un bocado de su cena -. Espíritus, hay de todos tipos... éste debió ser uno "molestón."
- Opinarían otra cosa de haberse enfrentado ustedes mismos a sus propias sombras, pero sólidas – Dijo Zul con la boca llena.
- Eso no era un simple espíritu... ni siquiera creo que haya sido tal – Torom negó a aceptar las soluciones de sus compañeros -. Eran sólidos, muy reales... y vamos, fueron invocados a nuestro mundo gracias al símbolo de Chaos, que apareció en el suelo.
- Había estandartes, armaduras y libros con el mismo símbolo por todo el lugar – Agregó el chico-lobo.
- Un espíritu con suficiente poder puede modificar todo un ambiente para no "romper la ilusión" – Explicó Jason.
- Esperen... – Torom pensó un poco antes de decir: -. Explíquenme lo siguiente: ni siquiera Keel existía en los días en que, supuestamente, Ikah y Horth derrocaron a Chaos. ¿Cómo es que en el templo había cientos de esqueletos con armaduras de Keel o de Chaos por igual?
- Seguramente un montón de locos, fieles a algo inexistente. Quizás los Keelianos se encargaron de detenerlos, eran una religión sádica, después de todo... ¡Pero por los dioses, le están dando demasiada importancia a un templo viejo! – Reprendió Elia, abrumada.
- Yo no me preocuparía por ello – Musitó Koru de brazos cruzados.
- Ni yo – Terció Jason.
- Claro, porque ninguno de ustedes llenó sus pantalones de mierda por el susto – Se quejó Zul.

El resto de sus compañeros voltearon a verle, incrédulos, un par de ellos atragantándose el pescado por la risa. Ante eso, Zul se defendió:

- ¿Qué¡Es sólo una expresión, no es que yo haya hecho tal cosa en realidad!

Haciéndose oír sobre las arcadas de Sikoth, Elia anunció algo de mayor importancia.

- No se los mencioné a todos, pero creo... no, estoy segura de que esa tormenta era una especie de hechizo, no era una tormenta natural.
- ¿Pero con qué propósito alguien haría eso? – Cuestionó Torom. Luego su rostro se endureció, al igual que uno de sus puños -. ¿Qué, Calik no tuvo suficiente con encerrarnos en ese laberinto?
- ¿No me dijiste, Elia, que se trataba de algo así como un perro y un gato encerrados en una habitación? – Intervino el mestizo, dándose aires -. ¿Que el objetivo era crear caos?
- Quizás Calik pensaba en dejar el laberinto como una especie de distracción, en lo que llegaba el tornado a matarnos a todos – Sugirió Sikoth.
- Pero Calik ha mostrado un obsesivo interés por Torom, Sikoth y Tyra, al grado de que no los ha matado aún – Dijo Jason, dándose cuenta poco después de lo mal que había sonado eso. No obstante, siguió: -. Hubiera sido muy estúpido de su parte encerrarlos allí para una muerte segura... no creo que él haya invocado la tormenta.
- Ahora que recuerdo... Cuando estuve peleando con él, hubo un momento en que se distrajo, y después de eso se le notaba bastante molesto – Dijo Torom, pensativo -. Creo que alguien trajo la tormenta en contra de él...
- ¿No estás sugiriendo, entonces, que ese alguien invocó la tormenta para... salvarnos? – Inquirió Sikoth, algo confundido.
- Pues en el intento de salvarnos las vidas, casi nos las quita – Dijo Zul en tono irónico -. No creo que ese haya sido el caso.
- Es demasiada información – Se quejó Jason, rascándose la cabeza -. Sería mejor que nos pusiéramos a pensar en cómo salir de aquí.
- Eso lo arreglaremos mañana, será mejor que todos descansemos, sanemos nuestras heridas y nos repongamos – Dijo Koru tajante.

Por unos largos y agradables minutos, reinó un silencio, roto apenas por el crepitar del fuego (que no usaba leña, pero era para dar la ilusión), el canto de los grillos y el ocasional ulular de Riwl. Sin embargo, Jason se decidió a hablar después de soltar un largo suspiro.

- Chicos...
- ¿Um? – Respondieron todos al unísono.
- Creo que todos pasamos por cosas horribles en ese laberinto – Dijo el muchacho, con el rostro ensombrecido -. Pero gracias a una persona, Elia, logramos salir. Cuando llegamos a donde Calik, Elia le expuso la razón por la cual fue posible nuestro escape: Si sale uno, puede sacar al resto. Lo que quiero decir es que... Gracias a que ella se negó a abandonarnos, pudimos salir todos con vida. Y cualquier obstáculo de ese tipo que tengamos enfrente, será sencillo vencerlo si seguimos el ejemplo de Elia: mantenernos juntos y ayudarnos unos a otros.

Se hizo el silencio ante las palabras del muchacho Keeliano. A Elia, por su parte, le brillaban los ojos... era la gloria que un chico, además Jason, hablara así de ella. ¿Acaso le estaba correspondiendo¿O Jason podía hablar así sobre cualquier persona?

- Creo que... tienes razón – Musitó Torom. Las palabras de Jason reforzaban su deseo de permanecer con el grupo.
- Correcto.
- Sí...

El último en responder fue Zul, dado que Elia no tenía palabras.

- ¡Me has conmovido hasta las lágrimas, Jason, ven y dame un abrazo! – Con una sonrisa sarcástica en los labios, el chico mestizo abrió los brazos, causando las risas de sus compañeros.
- Zul, esa broma en realidad es una mierda – Añadió Koru, insistente con fregar al chico amistosamente.

En Dhebra, una isla cercana a Axia... para ser exactos, dentro de una especie de pirámide, se llevaba a cabo una espectacular batalla.

¿Qué tenía de espectacular? Era una armada de cien hombres contra uno solo.

En una húmeda y enmohecida habitación construida de bloques de fría roca gris, iluminada por la luz lunar que se colaba por los espacios rectangulares que hacían de ventanas; Ludovico se batía a duelo contra una interminable armada de esqueletos guerreros, mismos que llevaban penachos de coloridas plumas y taparrabos viejos, armados con garrotes, espadas, hachas y escudos de madera.

Guerrero que se acercaba, guerrero cuyos huesos eran regados por el suelo, pues a Ludovico le bastaba más que una patada para eliminarlos. Sin embargo, tenía que eliminar a los cien sin que se regenerara uno solo... era ya la tercera vez que el ejército de esqueletos estaba completo nuevamente.

- Persistentes, pero débiles y desorganizados – Musitó Ludovico con tranquilidad, dando una patada que le sirvió para destruir a dos.

Sólo un par de gotas de sudor habían resbalado por su frente en toda la batalla, y ningún soldado había hecho contacto con él. Pero si seguía así, tarde o temprano terminaría por cansarse.

Se concentró y lanzó un ataque múltiple muy rápido: corrió hacia delante, embistiendo con el cuerpo a tantos esqueletos podía, para luego dar un gran salto, lanzar su daga al cráneo de un guerrero. Su arma impactó justo entre los ojos de la criatura, misma que se desbarató en cuanto Ludovico aterrizó sobre ella. El noble guerrero de Aghamen se halló rodeado de enemigos, pero le bastó girar sobre si mismo para derribarlos a todos con el látigo. En el mismo movimiento, arrancó a uno de ellos el cráneo, mismo que voló hacia otro esqueleto, para hacerlo pedazos. Así siguió Ludovico hasta reducir al ejército a la mitad... pero comenzaba a cansarse.

Todavía peor, los poco más de cincuenta soldados caídos se regeneraron, y al parecer, se volvían cada vez más fuertes.

- Muy persistentes... – Jadeó el hombre.

En eso recibió una dura patada en la quijada, que le envió volando a él hasta un muro, y a sus armas al sitio opuesto. Segundos después, Ludovico se halló rodeado y desarmado... pero no se preocupó... sería fácil volver al juego.

- Un error mío desencadenó el peor error de ustedes – Musitó Ludovico, confiado.

En cuanto el primer esqueleto, armado con espada y escudo, se lanzó sobre él, Ludovico le deshizo las costillas de una patada, le arrebató la espada y lo mandó a estrellarse con el muro.

Ante los desconcertados guerreros, Ludovico blandió la espada con singular maestría, jugó con ella describiendo círculos, y dijo en voz baja:

- Esto me hace las cosas más sencillas...

Con unas estocadas tan rápidas como la luz, cinco esqueletos cayeron al mismo tiempo. Hábilmente decapitó a dos más y saltó sobre un tercero, rodó por el suelo hasta alcanzar su daga, misma que lanzó a uno de sus atacantes. Luego corrió en línea recta hasta que empaló a tres de ellos con la hoja, huyó de una decena de guerreros hasta llegar a un muro, por el que corrió dos pasos verticalmente, rebotó para volar sobre ellos describiendo una luna, y aterrizó detrás de ellos, para aniquilarlos a todos con solo dos movimientos.

Se percató de que un esqueleto trataba de regenerarse, pero antes de que su cráneo se elevara cinco centímetros en el aire, Ludovico lo pulverizó con un mandoble. Luego corrió sobre otros más que intentaban hacer lo mismo y recuperó su látigo, mismo que guardó, y su daga. Otra vez rodeado, el guerrero giró sobre si mismo, asestando golpes a todos con la hoja. Luego pateó a otro que venía corriendo hacia él, pero la patada fue tan fuerte que envió a la criatura a estrellarse con otras más.

En segundos, ya habían caído los cien.

Ludovico ya se estaba relajando cuando un gélido viento se coló a la sala, levantando a todos los huesos y reuniéndolos en una gigantesca masa. Los huesos se volvieron polvo, para formar un esqueleto gigante, armado con una gran espada y un escudo del mismo material.

El hábil guerrero dio media vuelta y cerró los ojos, relajado. Torció los labios en una sonrisa casi imperceptible, y con calma se quitó el cabello que le cubría el rostro. Súbitamente, su expresión se volvió explosiva, furiosa, a la vez que daba vuelta a su espada, para poder tomarla por la hoja y no por la empuñadura. Con todas sus fuerzas arrojó la espada, que voló y a dar el tiro de gracia, directo al cuello de la recién creada criatura, cuya cabeza cayó estrepitosamente al suelo, volviéndose polvo junto con el resto del cuerpo. Tranquilamente, Ludovico metió su daga en su vaina y suspiró, cansado.

El suelo tembló y dos lozas del suelo frente a él se separaron, dejando un hueco para que, desde abajo, surgieran dos lozas más, sosteniendo un viejo cofre de madera.

- Lord Aghamen... misión cumplida – Dijo Ludovico para sí, satisfecho.

Comenzaba una carrera por el legendario tesoro llamado " La Pluma de Oth". Calik, Énevan, Ludovico y Aghamen, las Asesinas ciegas... y un grupo de muchachos que ignoraban la competencia en la que estaban metidos...