Nota: Este capie tiene ligeros aires yaoi. No demasiados... de hecho considero que son muy pocos. Pero dije que advertiría y advierto. Por lo demás este capie es muy diferente debido al estilo de narración.

Capítulo 36: Dionisios (Dionisio)

Me cuesta un poco de trabajo abrir la puerta ya que la humedad la ha hinchado tanto que debo golpearla un par de veces antes de poder destrabarla. Entro a la oscura habitación. La larga noche no me permite ver con claridad el amplio cuarto frente a mí. Inhalo, pero me veo obligado a toser debido a que una gran cantidad de polvo ha entrado a mis pulmones. Suspiro aliviado al ver que bastó con subir una pequeña palanquita para que la amarillenta luz cubriera la habitación.

Sonrío mientras camino sobre el piso de madera a pesar de que sé que en cuanto tenga suficiente dinero deberé de cambiarlo. Éste ha pasado del tenue naranja con el que presumía sus primeros años a un sucio café.

Finalmente logro colocarme detrás de la barra e inundo mis sentidos con aquella visión y aquel aroma con el que me colmaba diariamente cuando era niño.

No recuerdo el día en el que llegué a aquella casa/cantina. Solo sé que mis padres murieron y que mi abuelo (ese viejo Dionisio) tuvo la cordialidad suficiente como para recibirme en su taberna. No tengo ni una sola prueba de que mis padres existieron alguna vez, además de mi propia existencia. Solo sé que mi madre había nacido en Londres. Mi padre era, al igual que mi abuelo, de Ballachulish, pero dejó aquel pueblo deseando estudiar en un lugar más 'civilizado' (citando las palabras del anciano). Ambos murieron de algún modo que desconoceré siempre. No pensaba nunca en ellos pues para mí, no eran más que una leyenda. Una de tantas.

Confirmo que hay agua corriente y tomo un trapo para humedecerlo. Lo paso después sobre las etiquetas de la fila de botellas frente a mí. Comienzo a sentirme joven al descubrir detrás del polvo pequeñas letras y números que confiesan la edad de las bebidas contenidas en los recipientes de vidrio verde.

El recuerdo más lejano que tengo es el de mi abuelo contándome historias de criaturas extrañas desde la barra, mientras yo jugaba en el piso con trozos de corcho que había logrado acumular a lo largo de las semanas. Los corchos y las palabras del viejo eran mis únicos juegos en aquellos días. Eran pocos los niños en Ballachulish y mi humor nunca fue lo suficientemente bueno como para aceptar pasar la tarde con ellos. Prefería jugar solo, tal vez porque consideraba mis juegos tan insulsos que me daba vergüenza compartirlos con los demás (aunque los suyos fuesen iguales o peores que los míos). De cualquier manera, nunca llegué a hacer amistades con la gente del pueblo. Simplemente me sabía diferente.

A veces rompía cosas 'accidentalmente' cuando jugaba con ellas. A lo largo de los meses comprobé que mis manos no eran las únicas peligrosas. Podía mover cosas ligeras sin siquiera tocarlas y usualmente jugaba a calentarlas. Sin embargo, lo que siempre sobresalió era mi mirada.

Recuerdo una noche en especial en donde uno de los clientes de mi abuelo hizo algún comentario que me molestó (en realidad no recuerdo de lo que trataba su insulto). Lo paralicé con solo mirarlo. El hombre, entre el miedo y la borrachera, acabó teniendo un ataque de pánico y salió del lugar en cuanto pudo. Desde entonces, mi abuelo se aseguró de que no pusiera un pie en la cantina cuando ésta estuviese en servicio.

Me había acostumbrado a dormir entre los gritos y el extraño olor del aire hasta el punto en el que me resultó difícil hacerlo sin ellos. Fue por eso que cuando mi abuelo me 'despidió' de la taberna, comencé a vivir en la oscuridad. Salía a jugar todas las noches al bosque mientras la música y los gritos se alzaban a lo lejos, en la fuerte casa de madera. Regresaba a tempranas horas de la mañana y solo lo hacía para dormir. Cada noche me atrevía a explorar un poco más.

Y un día, los encontré: Santos de Atena.

Comienzo a lavar los trastes que veo que aún pueden ser aprovechados. No son demasiados. También tendré que comprar, por lo menos, 10 tarros más.

Mi abuelo nunca me habló de los guerreros de la Diosa. Tal vez no los encontraba lo suficientemente míticos como para ser dignos de uno de sus relatos. Tal vez no le simpatizaban o ni siquiera los conocía. De cualquier modo, pronto comencé a convivir con ellos. Con el tiempo llamé la atención del más fuerte. A veces me invitaba a entrenar, pero yo siempre me negaba alegando que no tenía el tiempo para hacerlo (Aquellas visitas a los Santos eran un secreto vano al que consideraba valioso. De haber aceptado sus ofertas antes, no hubiese podido ocultárselo al anciano.).

No. Yo no tenía planes de formar parte del ejército de Atena. Posiblemente no me hubiese convertido en uno de ellos de no haber sido porque un día, al regresar a la taberna, vi que algo extraño había pasado. Lo supe pronto: mi abuelo había muerto. Aunque hubiese preguntado sobre los motivos de su muerte, no los hubiera entendido. Fue por eso que no lo hice.

Pocos me ofrecieron su ayuda. Solo acepté la de uno: el Santo de Escorpio.

A la semana de la muerte de mi abuelo, yo me había convertido en el aprendiz del Guardián de la Octava Casa.

Nunca visité la tumba del viejo Dioniso por dos razones. La primera era que nunca me han gustado los cementerios. La segunda era una mucho más simple: nunca conocí el nombre de mi abuelo. He optado por no investigarlo. Ningún otro nombre sería digno para alguien como él más que Dionisio.

Mis pensamientos me vuelven torpe y sin querer dejo caer un tarro al suelo, convirtiéndolo en enormes pedazos de vidrio grueso y cuarteado. Tomo la primera escoba que encuentro a la mano y comienzo a limpiar mi accidente para luego seguir con el resto de la habitación.

A los pocos meses de que muriera el viejo, yo había sido presentado ante el Patriarca como el sucesor de Escorpio. Permanecí ahí poco más de un año y fue entonces que conocí a Argenis. Aquel obstinado aprendiz fue mi pesadilla y dolor de cabeza por mucho tiempo hasta que, lentamente, aprendí a no odiarlo. No convivimos demasiado tiempo. El Santuario me desesperaba y mi maestro fue lo suficientemente condescendiente como para acceder regresar a Ballachulish (una condescendencia que, presumo, no aprendí de él).

Entrené en Escocia por 5 años; cada uno de ellos con sus respectivas visitas al Santuario de cuando en cuando. Esos años (aparentemente) fueron suficientes como para que mi maestro me considerara digno de portar su Armadura. Entonces desapareció de mi vida dejando atrás tan solo esta pequeña baratija de oro que cubre parte mi brazo derecho.

Decidí no presentarme ante el Santuario pero pronto noté que el Patriarca no estaba dispuesto a tenerme en Ballachulish. Casi inmediatamente después de la desaparición de mi maestro, fui mandado llamar para que mi primera misión fuese otorgada. Me pareció algo muy sencillo cuando me lo plantearon. Tenía que capturar a un Santo Negro acusado de robo 'en nombre del Santuario'. Fallé en acatar mi primera orden oficial al decidir asesinarlo. Fue la primera vez que lo hice y también una de las más sencillas. Me encerraron por un par de días debido a mi desobediencia. No volví a recibir misión alguna en donde el objetivo no fuese más que de matar. Yo regresaba a casa cada que terminaba con uno de mis trabajos, pero solo lo hacía para ser convocado de nuevo al Santuario. Este hecho me molestaba demasiado.

Solo tres cosas hacían mi estadía en Atenas algo no tan terrible: Argenis (el único bastardo que, a pesar de que no aprobaba mis medios, se atrevió a entablar una amistad conmigo), Khalil (aquel pobre mocoso árabe cuyo único error fue el caer en manos de la tutela del Santo de Tauro), y mi wodka.

Mientras barro, muevo las sillas y mesas de lugar, intentando eliminar cualquier rastro de polvo. Al ver que eso no me sería posible utilizando solo la escoba como instrumento, me resigno a preparar una cubeta con agua y líquido resbaloso de olor irritante para comenzar a trapear.

Recuerdo que fue una vez que estaba haciendo lo mismo que tomé la decisión de finalmente quedarme a vivir en el Santuario (aunque en realidad había engañado mi cerebro de que tomaría esa decisión una vez que llegara allá). Aún no estoy completamente seguro del por qué de mi decisión. Tal vez simplemente me di cuenta de lo solo que estaba. De todos modos, cualquier rastro de deseo que había tenido de quedarme en Ballachulish se disolvió en un mar de pensamientos que, por cierto, no deseaba tener en mente.

Al llegar a Atenas no tardé en enterarme de las 'buenas' nuevas relacionadas con el guardián de la Décima Casa. Argenis se iba a ir a España para dedicarse enteramente a sus discípulos (como si no lo hubiese hecho antes). No quise entender sus motivos en ese momento, por lo que tuve algo más que un arrebato de ira. ¿Cómo era posible? ¿Acaso la misma persona por la cual estaba dispuesta a dejar mi Ballachulish atrás ahora había decidido a irse del país? Ni siquiera ahora soy posible de expresar la inmensa cantidad de odio que sentí por él en esos momentos. A pesar de esto, me contuve de ir a exigirle una explicación inmediatamente. Sabía que las esperanzas de disuadirlo eran nulas. Ni siquiera quería intentarlo; solamente deseaba romperle todos los huesos de su cuerpo (no tanto para obligarle a quedarse en el Santuario durante meses, sino que para poder disfrutar enormemente de su dolor).

Mi consciente le gritaba al subconsciente que Argenis tenía el mismo derecho que yo para hacer lo que quisiese. Sin embargo, mi subconsciente siempre ha sido muy egoísta (y seguirá siéndolo) y a él no le importaba el hecho de que había sido yo el primero en negar lo mismo que él en esos momentos me estaba negando.

Maldigo en gaélico al ver que he tropezado con la cubeta de agua y que ahora todo el líquido gris y enjabonado se desparrama sobre el suelo, escurriéndose entre las tablas de madera y, al menos, llevándose consigo pequeñas pelusas de polvo y telarañas. Hacía mucho tiempo que algo así no me pasaba. Tomo un trapo y me hinco para recoger el agua.

Cuando finalmente me consideré lo suficientemente tranquilo como para ir a ver al Santo de Capricornio, subí con furia las escaleras, como queriendo desquitar mi desazón con los escalones debajo de mí. En mi mente recorrí varias escenas, entrenaba diálogos para hacerlo sentir lo suficientemente culpable por su partida como para hacerle entender por las malas mi enojo hacia él. Cuando entré a la Décima Casa, pude escuchar desentonadas notas provenientes de quien sabía era Argenis. Mi mente flaqueó y todo ese diálogo que había preparado con tanta emoción se descompuso en poco más que palabras sumisas y torpes.

Su frialdad me rompió y sus palabras me desgarraron. ¿Y qué hice yo? Permanecí en silencio, propinando tan solo palabras estúpidas que lo único que lograron fue hacer aún más obvias mis penas. Al final, solo logré pedirle que me cumpliera una promesa. Una que no tardó demasiado tiempo en ser rota. Odié aún más a Argenis entonces. No me pudo cumplir algo tan estúpidamente sencillo como mantenerse con vida. O, más bien, evitar que un mocoso estúpido se la quitara. Afortunadamente, aquel habría de ser el último disgusto que me ocasionara.

Es ridículamente sorprendente. He peleado en tantas batallas que ni siquiera me he dignado a mantener la cuenta de ellas, y ahora, al tener un trapo como arma y el agua sucia como mi enemigo apenas y puedo evitar sentirme derrotado. Mis toscas manos se han arrugado y despiden un olor extraño. Mis rodillas están mojadas y resbalosas. Afortunadamente, queda poca agua en el suelo.

No tuve demasiado tiempo para lamentarme. Antes de que comenzaran a florecer tréboles sobre la tumba de Argenis, una nueva cripta apareció en el cementerio del Santuario. Khalil fue víctima de un asesinato de cobardes. El joven que había tomado la vida de tantos traidores fue asesinado por tres idiotas que creyeron que eran mejores que él. Yo mismo me dirigí inmediatamente a la Cámara de Shion para exigirle venganza. Deseaba con todas mis fuerzas resarcir de la muerte del árabe (tal vez pensando que al hacerlo pudiera arrancarme la estaca de frustración que Shura me había encajado). Afortunadamente, Shion aceptó y fui elegido para acatar el veredicto final del Patriarca. Tardé demasiado tiempo en terminar mi misión pero a final de cuentas, lo conseguí.

¿Qué era lo que debía de hacer entonces? No podía regresar a Ballachulish. Aún no. Si lo hubiese hecho no hubiera querido regresar nunca. Decidí entonces que para poder irme de Atenas para siempre, debía de dejar a alguien en mi lugar. Saga de Géminis y su bodoque de ojos azules resultaron ser mi bendición. Pronto noté que el Tercer Guardián lo deseaba para sí, pero incluso su ambición no fue lo suficientemente grande como para, con ella, limitar las opciones del niño. Yo no hubiera permitido que el mocoso terminara con mi Armadura a menos de que yo mismo lo hubiese entrenado. Tanto Saga como el resto de los habitantes del Santuario lo sabían y de ese modo acabé yo siendo su tutor. El niño no me defraudó.

Insolente, sarcástico, fuerte y exquisitamente cruel… con el paso de los meses me encariñé con el Adh seidh casi tanto como estaba encariñado conmigo mismo. Reconocía en él mis propias habilidades y defectos, cosa que hacía sentirme aún más orgulloso. El Adh seidh era mi juguete: mi muñeco de cera el cual moldeaba cada vez más a mi imagen. Y aún así, nunca pude absorberlo por completo. Fuese por su increíble necesidad de sentirse rodeado por gente que lo consintiera o por su necesidad de saberse siempre con la razón (incluso en los momentos en los que no la tuviera), nunca pude conseguir que pensara totalmente como yo e incluso a los pocos días antes de que le entregara mi Armadura, él aún tenía el descaro de contradecirme. Mi pequeño muñeco de cera no era perfecto, pero se acercaba.

Recargo el trapeador en contra de la pared. Miro con orgullo mi obra aunque sé que aún falta mucho para darla por terminada. Ahora que ese pequeño edificio era lo único que me quedaba, me encargaría de cuidarlo lo mejor que me fuera posible.

Desde que estuve consciente de que en algún momento tendría que dejar mi Armadura, supe que regresaría a este lugar, abriría la cantina y seguiría con el loable trabajo de mi abuelo: embriagar a las personas hasta el borde de la inconsciencia. Era este pequeño edificio el que siempre me hacía regresar. Estas empolvadas botellas eran a las que yo visitaba cada que tenía oportunidad. Eran mis amigas que me recibían en un lugar en el que me sentía seguro, acompañado y feliz.

Esta tranquilidad y felicidad fue una que nunca nadie me otorgó. Tal vez el sentimiento se asemejaba cuando Lino tocaba algo para mí o cuando el Adh seidh, siendo pequeño, daba vueltas sobre sí mismo en su cama susurrando nombres al azar. Sin embargo, ni uno ni el otro podían sustituir a Ballachulish así como Ballachulish nunca podría sustituirlos a ellos. Ellos han sido mis tres máximos placeres en la vida, pero el primero ya no existía y el segundo ya no me pertenecía. Eso significaba, que tenía que aprovechar el tercero al máximo.

Con renuencia apago las luces.

Es hora de irme a dormir.

Comentario de la Autora: ¿Qué tal? Les dije que iba a ser diferente. ¿Por qué escribí esto? Bueno... originalmente esto iba a hacer un sidestory... pero luego me puse a pensar que la historia de Ewan no es muy 'side' que digamos. Él educó a Milo un buen rato, por lo que para entender cierta parte de Milo hay que entender a Ewan. Pensé hacer este capítulo con el estilo que tenía el de 'Correspondencia', pero al comenzar a escribir como que perdí las ganas. No sé... creo que quise un capítulo original y diferente, por eso terminó así. Mucho más diferente de lo que tenía planeado al principio, pero simplemente no pude dejar de escribir. Espero que con este capie puedan entender más a Ewan. Y tal vez, solo tal vez, quererlo (si ya lo quieren, entonces quererlo un poco más). Este capítulo me gustó mucho porque se me facilitó en exceso, además de que yo misma aprendí del Santo de Escorpio. Sí... ya sé... ya me puse algo cursi... pero en realidad me gustó este capie. Y bueno. La historia ya será así de ahora en adelante. Muertes, traiciones, angustia emocional y todo ese rollo que hace tan distintivo la parte de SS cuando aparecen los bronceados.
Wish me luck!