CAPÍTULO 36 ZENTRAL PARK Y OTRAS ZONAS DE INTERÉS
El pueblo cambiaba día a día, poco a poco.
O más bien se podía decir que avanzaban. Sí, seguramente esa era la palabra. Desde que apareció ese pequeño pero valioso grupo de militares las cosas se volvieron un poco más fáciles; no es que ellos se gestionaran mal. Gracias a los cielos las reservas de comida y medicina eran cuantiosas y estaban bien repartidas con la colaboración de los vecinos. La electricidad procedente de las placas solares así como el agua y los combustibles no se derrochaban a pesar de estar surtidos en todos los sentidos… pero sin duda alguna unas manos expertas en dirigir a una multitud hacían el trabajo muchísimo más sencillo.
Del perímetro original de seguridad se pudieron recuperar algunas casas más dando así cobijo a algunas de las familias que, gracias a los cielos, habían permanecido juntas en el momento en el que el mundo hizo plof, para darles un poco de intimidad. Los que, lamentablemente se habían quedado solos o bien compartían casa o directamente permanecían en el gimnasio del instituto convertido ya en todo un campamento. Por unanimidad se decidió seguir racionando la comida, los alimentos se seguían cocinando en las instalaciones del instituto y todos iban puntualmente a comer allí excepto las personas mayores o con movilidad reducida que ya habían ocupado algunas casas; lo último que querían los militares era que la gente empezara a comerciar con la comida o, lo que era peor, hubiera peleas por la comida racionada.
De todos modos eran un grupo bien avenido. Y no les faltaba de nada, por el momento.
Los vecinos de Forks colaboraban en todo lo que podían. El grupo de limpieza dejó todas y cada una de las casas revisadas, libres de cualquier foco de infección y desvalijadas en el buen sentido de la palabra. Cuando terminaron con su trabajo se unieron al grupo que vigilaba la Barricada. Gracias al buen hacer del Mayor esa Barricada se mejoró; en las salidas que hicieron por los alrededores trajeron más material de construcción reforzando esa valla con hormigón, vigas, andamios… todo aquello que pudiera resistir un posible ataque. De todos modos las incursiones que habían hecho fuera de la Zona de Seguridad les había dejado bien claro que el lugar no estaba muy poblado de infectados y los pocos que quedaban eran enviados a la muerte definitiva a golpe de machete para no desperdiciar munición; con el frío y la nieve que había caído en la zona los infectados que se veían atraídos por la calidez de la sangre se habían vuelto mucho más lentos, cosa que facilitaba las excursiones a los militares.
Renee miraba el trabajo de los hombres a pie de Barricada; si seguían así en pocos días podían tener el comienzo de una Fortificación en toda regla, de hecho, ya estaban empezando a construir pequeñas atalayas para observar mejor el perímetro.
—¿Qué te parece el trabajo que están haciendo mis hombres? — preguntó el Mayor a la mujer. Decir que la tenían en cuenta para todas sus acciones era quedarse corto; a pesar de estar supuestamente él en el mando ahora, contaba con la opinión de ella para absolutamente todo. No por nada habían aguantado tan bien hasta que llegaron.
—Me parece excelente — dijo mirando al hombre a los ojos —. La valla que teníamos no estaba mal… pero sin duda no hubiera aguantado el invierno. ¿Crees que tendremos madera y combustible para todos? Te puedo asegurar que las temperaturas en esta zona bajan hasta lo indecible. No quiero que nadie, en la medida de lo posible, pase frío.
—Evitaremos que eso pase. Un grupo de chavales está ayudando a mis hombres a repartir mantas casa por casa y entre los refugiados del Campamento. De todos modos esta semana que viene haremos una salida a Port Ángeles — Renee asintió con severidad —. La mayoría de las casas tiene chimenea pero de todos modos llevaremos dos o tres camiones y traeremos estufas de leña, carbón y combustible suficiente. De momento hay madera… no te preocupes por eso — Renee se mordió el labio manía que había heredado su hija.
—¿Trataréis de buscar combustible para los helicópteros? —la expresión del hombre cambió.
—Ya sabes lo que opino sobre eso, Renee. Tendríamos que ir mínimo hasta Seattle. Es un viaje muy arriesgado. Seattle no es Forks, es una población con muchos más habitantes… no estamos en condiciones de perder más hombres.
—Mi hija vive en Nueva York — dijo apretando los labios.
—Sabes que están en un lugar seguro.
—¿Por cuánto tiempo? — dijo alzando la voz —. No puedo comer, no puedo dormir, no puedo pensar en claridad desde que sé que ellos están allí. Necesito… necesito ir a por ellos. Son supervivientes, son muchos… hay un bebé, por el amor de Dios —la cara del Mayor lo dijo todo.
—De momento sólo podemos esperar.
—Es jodidamente difícil hablar con usted, Mayor.
Renee se marchó al ayuntamiento sin esperar una réplica por parte del militar. Necesitaba irse a su escondite personal, a su espacio… ella había decidido quedarse en el despacho que hasta hacía unas semanas había sido de Aro; lo había acondicionado con un colchón y poco más. De momento no se veía con ganas de compartir casa con ninguno de sus vecinos. Se podía decir que en esos momentos no era muy buena compañía.
¿Y ahora que sabía que su hija estaba viva qué debía hacer? Ya había perdido a su marido, no quería también perder a la niña de sus ojos. Porque sí, como había dicho el Mayor, ella y su grupo estaban seguros pero… ¿por cuánto tiempo? La seguridad en esos momentos era algo muy subjetivo. Hoy estás vivo y mañana estás convirtiéndote en vete tú a saber qué por culpa de un mordisco de tu vecino. No. Definitivamente, no. Forks sí era seguro, era una puta fortaleza en la que no había habido nuevas infecciones desde el día Z. Era aquí donde debía estar Bella y no en medio de Manhattan con sus millones de criaturas sedientas de hambre recorriendo sus calles.
Por el amor de Dios, el dolor de cabeza la estaba matando y mermando su capacidad para pensar.
La mano que se posó sobre su hombro estaba tan caliente que traspasó la tela de su jersey. Cerró los ojos, justo lo que necesitaba…
—¿Cómo estás, Renee? — la voz de Cayo la devolvió al presente.
—Me duele la cabeza como la vida misma, Cayo — el chico sonrió de lado.
—¿Tienes agua? — dijo buscando en uno de sus bolsillos. En un segundo sacó un blíster de ibuprofeno y se lo tendió a Renee —. No está de más llevar algo encima… ya sabes, para esos dolores inesperados — Renee tuvo que sonreír mientras se tragaba la pastilla —. No me digas por qué te duele la cabeza… lo adivino… ¿vienes de hablar con el Mayor?
—Bingo. Ese hombre hace honor a su rango… De momento no quiere ni oír hablar de buscar combustible para los helicópteros — Cayo suspiró mientras se sentaba en el sillón que hasta hacía poco ocupaba su padre.
—No estaría mal tener los aparatos a punto por si acaso…
—¡Eso es lo mismo que pienso yo! Además, podríamos salvar a algunas personas… ¿cuánta gente puede estar resistiendo aún en sus casas? Este es un lugar seguro, de hecho… es el puto lugar seguro por excelencia. Además, si vamos a Seattle podríamos… podríamos pensar en viajar a Nueva York y…
—Renee… te estás embalando. ¿Sabes cuántos kilómetros hay de aquí a Manhattan? Deberíamos cruzar el país de lado a lado… Es arriesgado.
—Perfecto, Cayo… ¿ahora te pones de lado del Mayor? — dijo Renee frunciendo el ceño.
—No me pongo de parte de nadie — dijo el chico levantándose —. Es peligroso y lo sabes. ¿Y lo de buscar a gente? Por el amor de Dios, Renee… no eres super woman, ¿sabes? No puedes salvar a todo el mundo. Estamos lanzando mensajes para que la gente sepa que estamos aquí, que esto es un lugar seguro… Podemos darle techo y comida…
—Quizás no puedo salvar a todo el mundo… pero estoy segura de que sí podría salvar a mi hija si me dejaran un maldito helicóptero.
—Renee, no estás siendo objetiva — Cayo se acercó un poco más —. Han llegado los militares… puedes relajarte un poco. Te echas demasiado peso sobre tus hombros — se acercó un poco más.
—Y si no me dedico al pueblo… ¿qué hago? — dijo casi como una súplica.
—Los jóvenes han hecho una especie de sala recreativa en el instituto — Cayo estaba tan cerca que casi podía notar su aliento en la cara —. Han llevado unos futbolines, un billar y un montón de juegos de mesa — se encogió de hombros —. Parece ser que ha tenido que llegar un apocalipsis para que la juventud se divierta de manera sana. Podrías pasarte por allí y…
—No, Cayo… tú mismo lo has dicho. Jóvenes. Juventud — suspiró —. Vosotros sois el futuro… ¿qué iba a hacer yo allí con vosotros? — Cayo suspiró.
—¿Es que no te ves a ti misma, Renee? No se trata de edades. Se trata de reunirse la gente, de hacer que este mundo de mierda lo sea un poco menos pasando un buen rato, evadiendo la mente… eso es lo que tienes que hacer. Los números ahora no cuentan, Renee… — la mujer abrió mucho los ojos cuando la mano del chico se posó sobre su mejilla —. Eres… la mujer más interesante que puede haber.
—Eso lo dices… lo dices porque no hay mucho donde elegir — tartamudeó —. Creo que eres tú el que debe ir más a esa sala recreativa, apuesto a que hay chicas interesadas en ti — fue a alejarse pero Cayo la cogió por la nuca con suavidad.
—Sigues sin entenderlo… — la acercó aún más a él. Estaban a cinco centímetros el uno del otro —. Siento una especie de… fascinación por ti, Renee. Y antes de que digas nada, no se trata de las circunstancias en las que estamos. No es porque estemos en un pequeño oasis en la costa oeste — negó con la cabeza para reforzar sus palabras —, eres tú, simplemente.
Acortó la distancia y simplemente la besó.
El desconcierto de Renee no le dejó hacer otra cosa que continuar el beso. Era extraño. No desagradable, ni mucho menos. El pelo largo del chico le rozaba las mejillas de manera delicada y mucho más excitante de lo que su propio cuerpo quería. Era tierno, pero a la vez intenso. Era dulce. Era… no era Charlie. Su marido estaba enterrado en una fosa común porque ella misma le había matado tras ser atacado por un infectado… No… no estaba bien.
Se apartó de él mucho antes de lo que hubiera deseado.
—Esto… esto está mal — susurró Renee dando un paso atrás.
—¿Por qué?
—Porque sí, Cayo. Porque he perdido a mi marido hace sólo unas semanas de forma muy… traumática. Porque mi hija está vete tú a saber dónde, sin saber si va a conseguir estar un día más con vida… porque te saco, ¿cuántos años? ¿Quince? ¿Veinte?
—La edad es sólo un número — dijo casi como una súplica.
—Podrías tener a la chica que quisieras.
—No quiero a nadie más.
—Es una locura
—¿Locura? Renee, los muertos se han levantado de sus tumbas… ¿Y me dices que esto es una locura? — el chico negó con la cabeza —. Aunque puede que tengas razón. Sí… es una locura que cada mañana que me levanto lo primero en lo que pienso es en ti, ¿Habrá comido? ¿Estará cansada? ¿Necesitará algo? Todo, absolutamente todo gira en torno a ti.
—Pero no puedo… no… Charlie…
—Sé perfectamente dónde está Charlie, Renee — Cayo eliminó la distancia que Renee había puesto entre ellos —. Pero tenemos que rehacer nuestras vidas, ¿sabes? Tenemos que intentar que esto, el nuevo mundo en el que estamos, sea lo más normal posible — puso sus manos contra sus mejillas —. Además…
—¿Además?
—Que en tu lista de motivos que has enumerado no has dicho que no te guste — Renee sonrió o al menos lo intentó.
Entonces Cayo la besó, esta vez con fuerza, con todas las ganas que llevaba semanas reuniendo. Y Renee no se separó, al menos no por el momento. Los labios del chico eran demasiado suaves, su cuerpo le ofrecía demasiado calor, los dedos contra su piel eran demasiado agradables… Que la perdonara Charlie. Y Dios… pero lo único que pudo hacer en ese momento fue abrazar a Cayo y apretarla contra ella. Continuar el beso, dejarse llevar por primera vez en semanas. Se olvidó de dónde estaban, de las circunstancias… del Mayor, de las personas que aún vivían con miedo a encontrar un infectado cerca… de todo.
Cayo metió la mano bajo su ropa, casi estaba llegando al sujetador cuando…
—¡Oh! ¡Lo siento, lo siento! —ambos se separaron cuando oyeron la voz de Jessica. Renee se colocó la camiseta y se pasó la mano por el pelo. Debería sentirse avergonzada, pero la verdad es que no era así.
—Tranquila, Jess —dijo la mujer —. ¿Pasa algo?
—Está claro que sí — murmuró —. De hecho, sí… hemos vuelto a hablar con Manhattan — Renee se olvidó momentáneamente de Cayo y avanzó hacia Jessica.
—¿Ha ocurrido algo?
—Ehm, sí… Ellos mantienen contacto con un grupo de supervivientes en Alaska. Y bueno… entre ellos había una mujer embarazada — Renee arrugó el ceño —. Ella… ella y el bebé están bien. Todo un milagro teniendo en cuenta las condiciones en las que ha dado a luz. Pero hay más y ahora viene lo interesante.
—Habla, por todo lo sagrado — suplicó Cayo.
—Mientras iban a una enfermería tuvieron un encontronazo con un infectado… y sorprendentemente a la embarazada… la ignoró.
—¿Cómo? — preguntó Renee. No sabía a dónde quería llegar Jessica. O puede que aún estuviera aturdida por el beso con Cayo.
—Que se vieron cara a cara con un zombie y pasó del culo de la mujer embarazada. Se despistó. Olió el aire como si allí no hubiera nadie. Chao. Bon voyage.
—¿Puede que sea inmune? ¿Podría haber personas inmunes al virus? Porque eso sería la hostia… — preguntó Renee.
—Como poder, puede ser — dijo Jessica —. Aunque Carlisle está barajando otras opciones. No descarta que el embarazo sea la causa por la que el zombie se colgó cual internet en tiempos remotos.
—No me jodas — murmuró Cayo —. ¿Ángela? Está como de veinticinco semanas, ¿no?
—Ni lo sueñes, Cayo. Lo último que le hace falta a mi cabeza es barajar la posibilidad de hacer experimentos con una adolescente diabética embarazada — dijo Renee con rotundidad —. Jessica, ¿aún estáis en contacto con Manhattan?
—Sí…
—Quiero volver a hablar con mi hija.
—Pues ahí estamos — dijo Jessica. Parecía una niña a la que la habían pillado haciendo algo malo —. La noticia venía en un pack de dos… Isabella no está en el refugio.
—¿Cómo? —la cara de Renee cogió un tono verdoso que preocupó a Cayo —. ¿Cómo que mi hija no está en el refugio?
—Está bien… o al menos lo estaban ayer… Bella ha emprendido un viaje, Renee. Va a atravesar el país. Viene a verte. Viene a Forks…
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Coño. Joder.
¿Qué cojones había pasado este año con las puñeteras luces navideñas, los Papás Noeles y toda la mierda de Gingle Bells? ¿Dónde estaba toda la gente yendo de un lado para otro con el nervio del consumismo hasta las trancas, con bolsas hasta en la cabeza llenas de regalos… todas esas cosas que nadie necesitaría? ¿Dónde estaban los calcetines y los jerséis de lana con Rudolph como protagonista?
Ah, sí… espera… que algo llamado Apocalipsis con no sé qué puto nombre de virus se había adueñado del mundo.
Time Warner Center iba a tener sin duda alguna las peores ventas de sus últimos veinte años, una temporada de mierda.
Ahora en serio, me cago en la puta… el paisaje no podía ser más desolador y extraño. Supongo que al fin y al cabo no era el tipo duro que me creía ser y el corazoncito se me había ablandado a la fuerza con las fiestas y las reuniones cuasi familiares en nuestro cálido refugio. Tampoco es que el escenario exterior hubiera cambiado mucho desde la última vez que pisé la calle, pero todo estaba súper raro. Las cortinas ondeaban hacia fuera colgando inertes de las ventanas, raídas, más sucias que nunca como jirones mal colocados por un experto escenógrafo de películas de serie B; el efecto cueva que se creaba al estar las ventanas carentes de cristales hacías que mis tripas se retorcieran haciendo que un regusto amargo subiera a mi boca al imaginarme cualquier cosa no muerta saliendo de ahí dentro.
Los coches, con su pintura oxidada y maltrecha por las inclemencias del tiempo guardaban en su interior algún que otro secreto no tan arcano ni mucho menos grato… sillas de bebés abandonadas in extremis, manchas de sangre parda, negruzca y coagulada derramada semanas atrás, restos humanos cercenados por doquier… Y ese silencio. Ese maldito, presente, silencio… joder.
Decidí fijar mi vista al frente.
La nieve que había caído días atrás se acumulaba sin control por la carretera a falta de máquinas quita nieves y operarios del ayuntamiento que la mantuvieran bajo control a base de palazos de sal. Por ese motivo, los cuerpos muertos que andaban por las calles eran un grupo mucho menos numeroso, más esparcido, al menos en la zona en la que nos encontrábamos; esto nos daba un breve momento de tranquilidad. Sí… por ahora nuestras ansias asesinas anti jodidos no muertos se podían mantener guardaditas en el maletero… justo donde teníamos guardado nuestro arsenal.
Miré a Bella por un instante.
Si me hubiera encontrado en cualquier otra situación me hubiera reído de sus pintas con más ganas que de comerme un asado a sabiendas de que me hubiera caído una buena colleja de tamaño familiar… como mínimo. Teníamos reservas de gasolina pero habíamos acordado poner al mínimo la calefacción para mantener a raya el frío cabrón, sólo en momentos puntuales y necesarios, como era lógico. Así que ahí estaba ella, embutida en toda la ropa de abrigo que teníamos y con los accesorios de seguridad que disponíamos cada uno. Como colofón, un par de mantas rodeando su menudo cuerpo.
—Vamos, sí… ríete — murmuró ajustándose los guantes de lana.
—¿Por qué? Estás adorable — puso los ojos en blanco.
—Seguro… bueno, supongo que eso va a dar igual a partir de ahora — ambos botamos sobre nuestros asientos cuando algo… muerto o semi muerto, viva la ignorancia, se interpuso en nuestro camino. Preferí no mirar a través del espejo retrovisor para no saber qué demonios había atropellado.
—Bella, tú… aquí, en Marte, con o sin muertos rodeándonos y por muy difíciles que se pongan las cosas… siempre serás adorable y perfecta — me cogió la mano con la que sostenía la palanca de cambios.
—Supongo que desde ayer no dejo de imaginarme cómo hubieran sido las cosas si nos hubiéramos conocido antes. Estábamos tan cerca el uno del otro sin saberlo…
—Yo lo sabía, yo ya te conocía pero tía… no me hacías ni puto caso — sonrió —. De todos modos eso da igual ahora. Lo importante es que estamos juntos — imágenes de ayer en mi mente, ese momento en el que la tumbé sobre el frío suelo del despacho e hicimos el amor inundaron mi cabeza con un increíble collage inolvidable —. Míranos… dentro de todo lo malo que está pasando somos unos jodidos afortunados por estar juntos. Vamos a por tu familia, Bella… y vamos a estar unidos. Todos — parpadeó rápidamente.
—Mira hacia la carretera, lo último que nos hacía falta sería darnos la hostia del siglo contra una farola.
—Dios no lo quiera — murmuré.
Continuamos nuestro súper idílico paseo pseudo romántico por la ciudad de los rascacielos (sin ironía, nah) en un cómodo silencio.
Miré de reojo el reloj del coche que habíamos afanado, gracias Black por acordarte incluso de poner en hora este trasto, y me sorprendí yo mismo al ver que ya llevábamos fuera cerca de una hora. ¿Really? Claro que sí, los GPS se habían ido a tomar por culo, Google Maps a la mierda. En otro momento hubiéramos preguntado a Siri por dónde cojones ir, la ruta más corta, los posibles atascos… ¿Te imaginas ahora? ¿Siri, puedes decirme por cuál puñetera calle hay menos atasco zombie? Oh, por ahí hay una barricada de coches semi calcinados. ¿Alguna otra opción? ¿No? ¿Siri?
Íbamos sin prisa pero sin pausa, por si acaso. Rebasamos la calle en la que un zombie en llamas me atacó dejándome unas preciosas quemaduras en la espalda; yo no quería ni mirar hacia la zona, de hecho, la cara de alucine de Bella me dijo sin palabras que ahí se cocía aún la tragedia… y nunca mejor dicho. Después de un rato interminable de subirnos por las aceras, empujar vehículos con nuestro parachoques reforzado y de atropellar a un par de infectados…
—¿Pero qué cojones…? — miré al frente y estreché los ojos en un intento por mejorar mi visión cuando Bella abrió su boquita de piñón.
Me podía cagar en mi mala suerte pero como eso no iba a solucionar el problema máximo que tenía ante mis malditas narices hice lo que debía... mirar a Bella a ver qué puñetera solución racional podía encontrar ella, si es que había alguna. Oh, y por su cara debía deducir que esa supuesta solución quedaba un poco lejos de su mente sorprendida. Casi me dieron ganas de sonreír cuando boqueó como un pez en busca de palabras. Casi.
—Pero qué hijos de la grandísima puta — bien, al fin ella encontró las palabras… y decidió jurar en hebreo —, se han cargado el puto túnel Lincold, mira la entrada… ¿pero cómo demonios pensaban que de este modo podían salir los supervivientes? ¿Sacándose los calzoncillos por fuera y ponerse una capa para volar? Nos han dejado encerrados en una puta ratonera.
Asentí con la cabeza mientras veía el descorazonador paisaje que tenía ante mis ojos. La entrada al túnel, otrora majestuoso por el que pasaban miles de coches al día, ahora se encontraba derruido hacia la mitad del camino. Los hierros, las eslingas y toda la parafernalia arquitectónica se imponían retorcidos ante nosotros. Se había creado un perfecto cráter en medio de la nada, una imagen que costaría borrar de mi mente.
—¿Recuerdas las explosiones del principio? Pues que me caiga un rayo en este momento si este no es el resultado. Supongo que querían contener a los infectados para que no salieran de la isla y lo consiguieron... dejando a los pocos vivos atrapados y jodidos.
—Quizás atrapados no — mire los ojos oscuros de Bella —, está el puente del Parque Fort Washington.
—Lo sé… ¿Y quién te dice que no esté en ruinas como este siti? Además, ahora no podemos dar la vuelta. Te recuerdo que tenemos una barricada de tamaño medio grande en medio de la calle que no nos permite continuar en esa dirección con un montón de zombies atrapados, cabreados y quemados. El preso ha hecho un trabajo cojonudo con este coche pero creo que no le ha puesto alas — mi chica se dedicó a ignorar mi monólogo y sacó el mapa que, oh gracias a los cielos, llevaba el coche que nos habíamos agenciado. Sonrió de lado.
— No hace falta que sigamos las leyes de tráfico. No nos van a multar — rodé los ojos.
—¿Crees que a estas alturas me importa algún ceda el paso o alguna señal de prohibición? Ya me has visto en acción. Soy el puto amo al volante, que lo sepas…
—Bueno... exactamente no me refería a eso — giro el mapa para que lo viera y señaló un punto no demasiado pequeño en el papel —. Te estoy proponiendo que atravesemos Central Park. Es la forma más rápida de llegar hasta el puente — parpadeé. Lo hice de nuevo… otra vez…
—Tía, ¿pero tú que has desayunado? ¿Un Red Bull? Con tanto árbol como hay Central Park tiene que estar más congelado que mis cojones, tampoco sabemos en qué condiciones está, si va a ser seguro y…
— A ver, Edward... está claro que por aquí no podemos avanzar. Tenemos una posibilidad y esa es el jodido parque. Llevamos las cadenas puestas y este coche está súper preparado, tenemos tantas posibilidades de patinar allí como aquí — suspiró —, no sabemos si aquel puente sigue en pie y no sabemos que nos vamos a encontrar allí dentro... pero al menos intentémoslo, ¿de acuerdo? Sólo intentémoslo… no hemos llegado hasta aquí rindiéndonos, Edward.
Me quedé mirando esa carita de mala leche convertida en todo dulzura y expulse todo el aire de golpe creando una mini nube de vaho. A tomar por culo.
—Intentémoslo — dije metiendo primera.
Y sí, la primera en la frente… no me podría creer que apenas un par de horas después de salir de nuestro refugio hacia la aventura de nuestras jodidas vidas la suerte iba a ponerse en nuestra contra. Claro, que si apostabas a nuestro favor seguro que palmabas.
En mi interior iba relatando y enumerando la de cosas que nos podrían pasar al atravesar Central Park. Trescientas cuarenta y una hectáreas en las que te podías encontrar con cualquier puta cosa. Hielo, árboles derribados, una horda de miles de zombies… ¡pero qué bien! Y yo que no había tenido tiempo últimamente de visitar el parque, joder.
—Pues vamos de turismo, hostias — murmuré. Bella me miró.
—¿Estás hablando sólo?
—Un poco — reconocí —. De todos modos de nada sirve comerse la cabeza. Tenemos que atravesar el parque. Las calles están llenas de coches así que es la única opción — dije más para convencerme que para otra cosa.
Después de otros treinta minutos sorteando cuerpos, cascotes, coches y demás chatarra post apocalíptica llegamos a una de las entradas del parque en cuestión. Había dos cosas bien claras. Una, que las calles que rodeaban Central Park estaban a rebosar de coches vacíos en un atasco infinito. Y dos, que las puertas del mismo estaban abiertas de par en par. ¿Eso era bueno o malo? Si lo pensábamos bien no hubiera sido mala idea montar un refugio en un sitio con esas dimensiones. Lo que no podíamos saber era si eso había pasado en realidad y, sobre todo, si había salido como el culo.
—¿Entramos, no? —Bella asintió.
Ay, ay, ay…
Pues sí.
La idea de montar un refugio sí que la habían tenido. Todo debía haber pasado en los primeros días de la infección cuando nos encerramos en nuestro refugio, un punto seguro. Seguro mis cojones, claro. Había tiendas de campaña de protección oficial salpicadas por todos lados. Hospitales de campaña y ambulancias por doquier. Sí… pero todo abandonado. Todo roto, lleno de sangre, camillas tiradas en mitad de la nada… y un montón de cuerpos amontonados en un rincón, calcinados, semi calcinados y en distintos estados de descomposición. Ellos estaban muertos, es decir, doblemente muertos. Bella cerró el sistema de ventilación del coche para que no se colara ningún olor indeseado.
—¿Pero qué demonios ha pasado aquí? — susurró.
—Supongo que ha pasado lo que en todos los sitios… Una masa ingente de personas queriendo salvar la vida, poco personal sanitario y aún menos control por parte de las fuerzas de seguridad… apuesto a que el virus se coló en esta especie de campamento de la manera más tonta y se lio parda.
—¿Crees que por eso dinamitaron el túnel? — me encogí de hombros observando la desolación a nuestro alrededor. Iba como a veinte por hora por miedo a patinar sobre el hielo, no quería arriesgarme a resbalar en esa jaula de dimensiones estratosféricas… así que de ese modo podía ver todo con detalle.
—Puede ser. Lo más seguro es que cuando vieran que todo se les iba de las manos decidieron hacer boom.
—Por Dios… sólo espero que el puente esté en condiciones para pasar — recé interiormente para que eso sucediera.
En silencio fuimos recorriendo los senderos por los que semanas atrás la gente hacía footing, las madres paseaban con los carritos de sus bebés, los padres enseñaban a montar en bicicleta a su prole… Ahora, el césped otrora verde y cuidado yacía en matojos semi cubierto por la nieve, descuidado, asalvajado. Las tiendas de campaña empezaron a espaciarse más y más hasta casi desaparecer aunque aún se podían ver cuerpos muertos y re muertos. No me quería ni imaginar la batalla campal que había habido en este lugar de supuesta diversión.
Pasamos cerca de uno de los lagos; Bella y yo nos quedamos con la boca abierta al ver a un infectado atrapado en el hielo. Sus manos se adelantaron a su cuerpo cuando nos oyó en un vano intento por atraparnos. Hostia puta… ¿Cómo sería esa no existencia? Muerto, con ansias de comer y no poder salir de ahí… ¿pero es que estamos locos?
—Ay, mi madre — murmuró Bella.
Iba a preguntar un poco cansino qué demonios teníamos ahora delante de nuestras narices cuando lo vi con mis propios ojos. Un oso polar… un jodido oso polar con su pelaje blanco sucio y un leopardo de las nieves destrozando a mordiscos lo que quedaba de un pequeño mono. En ese momento recordé que hacía la tira de años que no visitaba el Zoo de Central Park. Me cago en la puta, bonita manera de rememorar tiempos mejores.
—Se han escapado los animales. Y parece ser que están bien, dentro de lo que cabe. Es decir… no les ha atacado ningún infectado. O quizás los animales son inmunes — dijo Bella señalándolos. Las dos bestias alzaron la mirada hacia nosotros pero el coche no le pareció resultar muy atractivo. Mejor pájaro en mano que ciento volando, así que siguieron destrozando al monito sin ninguna compasión.
—Cualquiera se acerca a tamaños bichos. No, si en el fondo los infectados no son gilipollas —dejamos atrás la escena —. Si te pones a pensarlo en realidad no se diferencian mucho de nosotros. Esos animales simplemente se han adaptado al medio. Comen lo que pueden e intentan no juntarse con nadie que pueda representar el mínimo peligro. Es la ley de la selva.
Yyyy aquí íbamos con los que nos faltaba. Demasiado estaban tardando en aparecer estos zombies capullos. Bella tuvo que agarrarse al salpicadero de nuestro coche de lujo por el volantazo que tuve que dar para no tragarnos a media docena de infectados.
—¡Ahí va la hostia! — grité.
¿Alguna vez habéis conocido el caos? Ok, bien… pues nosotros sí. Claro que sí. Como mil veces… pero parecía que aquella era peor.
Teníamos a seis zombies por la retaguardia más otros tres o cuatro por mi lado; uno de ellos carecía de mandíbula inferior haciendo que se pareciera a la chica de Ju-On. Recordé el porqué del pequeño trauma que me causó la película. Por si no fuera poco las bestias pardas que hacía un minuto destrozaban a un monito decidieron alzar sus lindas cabezas y hacer caso de toooodo ese ruido que ahora parecía tan interesante.
El resultado. Yo pegado al volante como si me hubieran echado Locktite y Bella agarrándose donde podía. Un oso polar, un leopardo de las nieves, una docena de zombies, árboles por doquier y hielo para dar y tomar. ¿Pero qué demonios nos faltaba? Ah, sí… los alienígenas, pero al parecer llegaban tarde a la cita.
—¡La madre del cordero! Edward, ¡gira a la izquierda! Sal por la salida oeste — dijo Bella.
—¿Y si está todo lleno de coches? ¿Y si está atascado y nos pegamos la hostia del siglo de la que hablábamos antes?
—Pues nos jodemos. Ya tenemos bastante con los infectados como para tener que luchar con animales también.
Como si fuera Fernando Alonso cogí la curva invisible a toda velocidad y giré hacia donde dijo mi cabezota novia. La puerta apenas estaba sujeta por una cadena pero, ¿eso nos iba a parar a estas alturas? Con un para nada silencioso golpecito de nuestro parachoques reforzado atravesamos la puerta de Central Park. Los amortiguadores del coche hicieron lo suyo cuando salimos a la calle rodando encima de aceras, pivotes y demás elementos urbanísticos.
¿Una papelera? A tomar por culo.
¿Una moto oxidada? A la mierda.
¿Un infectado sin piernas? Sorry, tío. Sin rencores.
—¿Nos siguen? — pregunté mientras seguía sorteando coches. Menos mal que la avenida era ancha y aún quedaban huecos para pasar con el menor daño posible.
—No veo a ningún infectado… realmente ahora lo que me preocupa es el leopardo.
—Bella, ahí está el parque… deberíamos llegar al puente Fort Washington en… ¿qué ven mis ojos, nena?
—El puente… ¡el puente está ahí! ¡Está intacto! Bueno, algún que otro coche se puede divisar pero… ¡sí! ¡Sí, Edward! — me cogió la cara y me dio un sonoro beso.
—Vale… vamos a cruzarlo. Despídete de Manhattan, Bella… Al menos de momento.
Los planetas por fin se alienaron a nuestro favor. El puente no estaba libre de obstáculos, obviamente; eso hubiera sido mucho pedir. Pero sí se podía circular con relativa seguridad aunque dentro de algunos coches aún había gente no muerta atrapada en sus cinturones de seguridad. A través del espejo retrovisor observé por última vez la ciudad, mi ciudad… en algunos puntos se podían ver residuos de antiguos incendios que, de no haber pasado esto, yo hubiera sofocado. Los edificios sin electricidad, la belleza del skyline muerta como la mayoría de sus habitantes…
—¿Estás bien, Edward? — dijo Bella poniendo su mano contra mi mejilla.
—Sí… supongo. Creo que lo más complicado ya ha pasado, al menos de momento — me miró con cara de no creerse nada. Suspiró.
—Sigue por la cincuenta y cuatro. Estará llena de coches pero será por poco tiempo. Hay un desvío por una carretera secundaria. Lo mejor será ir por allí.
Y así fue. Nos costó un buen rato llegar hasta esa secundaria, pero lo logramos de nuevo. Muchísimo trabajo para la poca distancia que habíamos recorrido.
Llevábamos dos horas conduciendo apenas sin sobresaltos pero el sol se empezaba a ocultar gracias a los cortos días de invierno y debíamos buscar un lugar donde pasar la noche medianamente seguros. La temperatura del coche marcaba cuatro grados bajo cero y bajando y además estábamos cansados. Necesitábamos descansar y hacer uso de todo nuestro potencial mental para evitar congelaciones y esas cositas tan molestas incompatibles con la vida.
Nos desviamos de la carretera secundaria hacia un camino antaño de tierra lleno de follaje; el lugar estaba lo bastante apartado como para que los infectados no supusieran un código rojo enorme en nuestra escala de riesgos. Aun así tuvimos suerte de encontrar este pequeño coto de caza privado y cercado por una valla de metal. Gracias Dios por hacer que los metales también sufrieran las inclemencias del tiempo. Un pequeño empujón por parte de nuestro coche y estábamos dentro de la cerca. Bajé durante un par de segundos para volver a poner la valla en su sitio con un poco eficaz nudo marinero; no es que fuera un método efectivo de contención contra los zombies, pero si querían ir tras nuestros culitos al menos harían ruido aunque yo había traído mis propias herramientas.
—¿Preparamos nuestra humilde morada? —Bella sonrió cuando aparqué el coche detrás de unos matorrales.
—Deberíamos hacer una pequeña inspección del terreno.
—A mi chica no se le olvida hacer su trabajo, ¿eh?
—Por supuesto que no. Anda, ve moviendo todas estas cosas y haznos hueco para poder dormir esta noche mientras yo hecho un vistazo.
Empecé a mover todas las cosas que había en la parte trasera. Todas las pertenencias que no cupieron en el poco sitio que quedaba en el maletero las coloqué como pude en los asientos delanteros que previamente habíamos abatido hacia adelante. Los sacos de dormir y las mantas gruesas cubrieron la parte trasera, libre de asientos casi en su totalidad.
Si no estuviéramos tan jodidos el lugar hubiera parecido acogedor.
—Vaya, veo que has montado un refugio de lujo — dijo Bella cuando regresó. Traía ramas con ella, parecía un militar vestido de camuflaje y listo para la acción.
—¿Cómo está el terreno?
—Pues apenas hay gran cosa… unos matorrales aquí y allá y un coche oxidado a unos cien metros. No he querido alejarme más porque apenas se ve con esta luz y no quiero encender la linterna, pero si hubiera habido algún no muerto se habría presentado —asentí —. He traído más ramas para tapar el coche. Desde aquí no somos muy visibles pero toda precaución en poca —sonreí de lado.
—Nena, pon esas ramas si quieres… pero he traído un sistema de alarma de la leche — Bella frunció el ceño —. Observa.
De mi mochila saqué una cuerda y varios montoncitos de canicas y cascabeles unidas mediante una malla. Idea de Garrett, como no. Até la cuerda en un perímetro cercano al coche con unos palos, colgué las bolsitas de las canicas y los cascabeles y volví al coche.
—Tecnología punta — murmuró mi poli. Yo me encogí de hombros.
—Las canicas pesan lo suficiente para que no sean movidas por el aire. Los cascabeles forman más alboroto. No es nada del otro mundo, pero al menos nos avisará de presencias indeseadas — sonreí mostrando todos mis dientes —. Vamos, pasa a nuestra suite… Más quisiera el Ritz — Bella sonrió negando con la cabeza.
Una vez dentro de nuestro coche cerramos con el seguro por dentro e intentamos colocarnos lo más cómodos posible. Si lo mirábamos bien y evitábamos pensar en todo aquello que había fuera era como si estuviéramos haciendo el roadtrip de nuestra vida… siendo muy optimistas, claro. Encendí un pequeño aplicador de luz para no llamar mucho la atención.
—Madre mía… no puedo creer lo duro que ha sido. Y eso que sólo es el primer día — dijo Bella mientras se quitaba las botas.
—Sabíamos que sería así — me encogí de hombros. Cogí una de las mochilas y saqué unas barritas energéticas, agua y un par de latas de conserva para cenar.
—El remordimiento de conciencia me está matando, ¿sabes? — murmuró mientras mordisqueaba su barrita de proteínas —. Siento que te he arrastrado conmigo en esta locura.
—Ya hemos hablado de eso. Era inconcebible que tú salieras de la estación sin mí. Punto pelota. No se hable más del tema. Calla y come.
—Tú sí que sabes cómo zanjar un tema, ¿uh?
A pesar de que estaba cansado, helado y hasta los cojones de los infectados… sonreí una vez más. Cualquiera que me viera en esta situación pensaría que tenía una gotera de tamaño extra en la cabeza, loco perdido… sí. Pero por Bella. Cuando terminamos de cenar nos arropé con las gruesas mantas, me abracé a mi novia en ese reducido espacio y apagué la luz.
Mañana sería otro día.
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Me desperté con la luz del alba.
No dormí del todo mal teniendo en cuenta mi estatura y las dimensiones de nuestro vehículo; ahí se demostraba el cansancio tan jodido que mi cuerpo había almacenado en veinticuatro horas. Eso y la compañía de mi pequeña poli. Ella aún dormía y a sabiendas que se había empeñado en turnarnos para conducir y que la tocaba a ella dejé que durmiera unos minutos más.
Miré de reojo el termómetro de la pantalla del coche. Marcaba cinco grados bajo cero; se podía decir que me estaban saliendo estalactitas en las putas narices. ¿Y ahora quién era el guapo que salía a echar la meada mañanera? Jurando en hebreo en silencio me quité de encima las mantas dejando a Bella bajo el calor de la cama improvisada que habíamos preparado la noche anterior. Me puse las botas y el pesado abrigo y salí de nuestro coche.
Decir que se me encogió el pito hasta la próstata sería quedarme corto. El frío se clavaba en la piel desnuda como cuchillos de carnicero… hijo de puta. Me subí la bragueta a toda prisa a riesgo de pillarme el cacahuete que me había quedado como polla cuando oí la voz de Bella.
—Edward — sonreí. Hasta su voz adormilada me hacía poner ojitos.
—Estoy aquí fuera, nena. Estoy echando una meada y…
Grrrr.
Ups.
Grrrrrrrrr.
Eso… esos gruñidos, Edward… No te gires. No te gires. No me jodas… Sal por patas, joder… Los gruñidos no son buenos. Mal. Caca… mi monólogo interior fue interrumpido por otro gruñido.
—Bella — susurré —. Por lo que más quieras… ni se te ocurra salir.
Bien, vale… ¿qué os pasa a las mujeres, joder? Basta con deciros que no hagáis algo para hacer todo lo contrario. Maldije, esta vez en alto, cuando vi la cabeza de Bella asomarse por la puerta trasera del coche.
—¿Edward? Joder, joder… — abrió los ojos como platos. Sacó su pistola, ay Dios… —. No… no te muevas.
—¿A cuánta distancia está de mí? ¿Por… por qué no me ha atacado ya? — susurré.
—No es lo que crees, Edward… No es un infectado — grrrrr —. Es un… lobo…
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Lo primero de todo… sé que matarme es poco. No pretendía estar todos estos meses sin actualizar. Por circunstancias de la vida, de salud, etc… no he podido escribir todo lo que hubiera deseado. No ha sido por falta de ideas sino por falta de tiempo y necesidad de descansar. Lo siento mucho, de verdad.
Ahora, el capítulo… ¿Qué os ha parecido? ¿Surgirá el amor entre Cayo y Renee o será fruto de las circunstancias? ¿Y el viaje de Bella y Edward? Muchísimas gracias por no abandonar las ganas de seguir leyendo esta historia, gracias por vuestros mensajes ;)
Gaby Rivera, ALEXANDRACAST, Lemoni, ZAVACULLEN, Claumass, Misscullensanchez, Randa1, Bella maru, SaraCullenMasen, Solecitopucheta, Bellaen3D2, Krol de patzz, Muse3841, EmilyLuchia, Allie cullen masen, Vtzaa Cullen, Marie Sellory, Nadiia16, Chica Dixon, Ashleyswan, Nyx88, Cassiel Lightwood, SweetNorthCullenGirl, DanielaMc1, Andremr, Mafe2404, EzriaStydiaTrash, Caresgar26. Laura Katherine, Betta120, Tecupi, Helenagonzalez26 athos, Manligrez, PanquesitosConLeche92, Laury D, Carmen cullen93, Vanne, Emmett McCartys angel, YessBarrios, Liduvina, J D Salvo, Rimasonante, Mau Cullen Hale, NAIARA23, Camila, Analiaapocaliptica 2012, AlejandraZJofre, EliaAnaGisele, Andreita correa, Mayreling Cullen, Camiipatzz, Atenaschan, Cincerella Cullen, Lily león, Anaid Cullen 95, LadeboTwilight, Lunaweasleycullen14, Beatriz, María, Jgav28, DanielaPoulain y todos los lectores anónimos.
El próximo capítulo ya está en proceso. Nos leemos (espero) pronto, un besote!
