No es un simulacro, también he regresado para terminar esta historia. Les pido disculpas por desaparecer por tanto tiempo.

Hoy se cumplen 10 años desde que creé mi cuenta en fanfiction. Es increíble como pasa el tiempo. Para quienes no lo sabían, ya finalicé "El Diario de una Máscara", arreglé y agregué un epílogo a "¿Malfoy?", retomé "Vendetta" e hice un pequeña historia llamada "La manzana que querías cosechar". Así que pueden creerme cuando les digo que volví en serio y no me iré hasta dar el final que se merecen las historias inconclusas. También les agradezco de corazón a ustedes, por invertir tiempo leyéndolas y por la paciencia durante este break.

Ahora, sin más introducciones, les dejo el capítulo nuevo de Tu Verdugo.

Mad


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36. Regresa a mí

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Despertó de un sobresalto gracias a las fuertes arcadas que atacaron su garganta, dejando escapar un rastro de sangre por las comisuras de su boca. Gruesas gotas de sudor adornaban su frente al tratar de incorporarse, pues sentía cada músculo de su cuerpo entumecido. Exhausto, logró sentarse y colocó una mano sobre su cara para acariciar sus sienes, tratando de acallar el sonido agudo que le taladraba el cerebro como un pito infernal.

–Demoraste menos de lo que esperaba –escuchó una voz familiar comentar.

Theodore Nott elevó su atención hasta la figura del que tenía a unos metros de él. Draco Malfoy se encontraba parado al lado de una chimenea, sirviéndose abundante whiskey en un vaso, con expresión indiferente. No obstante ello, algo en el aura de ese sujeto era terriblemente oscuro y emanaba un poder evidente, anunciándole la verdad, comprendiendo la situación. Aquél que tenía al frente no era precisamente el rubio que había sido su compañero en slytherin. Claro que no lo era. Su cuerpo había sido liberado del peso de llevar a Gellert Grindelwald solo porque había encontrado otro continente en el cual posarse, y ese continente era Draco Malfoy.

La mano que tenía en la cabeza se la llevó al pecho, a la altura del corazón. Una puntada lo estaba atacando. Una puntada de asco al recordar todas las cosas que había hecho ese ser despreciable bajo su apariencia. Cosas indecibles. Cosas que le remorderían la consciencia hasta el final de sus días. Quería vomitar. No merecía vivir.

–No pongas esa cara de dramatismo, muchacho –continuó el mago oscuro bajo el rostro de su compañero–. Deberías estar orgulloso, e incluso mosqueado, de que no sigas a mi servicio. Sobretodo ahora que mi victoria está a la vuelta de la esquina.

Theodore fijó su mirada en él, cargada de odio.

–Si vas a matarme, adelante. Pero no me tortures escuchando tus delirios de grandeza, maniático de mierda.

El mago ladeó la cabeza, aparentemente divertido, y bebió un largo sorbo antes de responder.

–Me encantaría cumplir tus fantasías suicidas, pero me abstendré. ¿Quieres saber por qué?

¿Quería saberlo? Theodore no lo tenía claro. Algo le decía en el centro de su ser que ya lo sabía, y no quería reconocerlo en voz alta porque eso haría sus temores reales.

–Porque siempre estarás unido a mí, pequeña cucaracha –continuó, destilando desprecio ante su silencio–. Al ocupar cuerpos inevitablemente dejo una porción de mi alma en ellos. Es pequeña, insignificante, pero es y se confunde con tu código genético, convirtiéndola en propia. Pase lo que pase, incluso si retrocedes en esta línea temporal, no importa, no podrás erradicarla. Por eso no voy a matarte, porque sería atacarme a mí mismo. ¿Comprendes? Esa porción de maldad estará dentro de ti. Para siempre. Pero tú ya lo sabias, ¿no? Solo eras demasiado cobarde para reconocerlo.

Theodore crispó los puños de impotencia, experimentando cómo el mundo se le venía encima. Se sentía ultrajado e impotente, ya que no importaba cuánto lo intentara, siempre estaría corrompido. Si antes su brazo izquierdo era muestra de un periodo oscuro en su vida, no podría erradicar de su ser a Grindelwald tal como había arrancado su piel la primera vez que desertó del ejército oscuro.

–Ah, y ni pienses en atentar contra tu vida para debilitarme. Primero, porque el sacrificio no sería proporcional a su efecto, y segundo, porque si lo haces decapitaré a tu noviecita y al bastardo que engendraste con ella... ¿Pensaste que no lo sabría? –soltó al ver su expresión asombrada–. Sé todo de ti, Theodore Nott, te conozco mejor de lo que te conoces. Sé tu pasado, tus secretos, todo. Sé que siempre has luchado contra tu naturaleza y me sorprende que hasta el momento previo a usurpar tu cuerpo, lo habías logrado tan bien. De verdad, un milagro conociendo a tu padre y cómo fue tu niñez.

El aludido se levantó sin desviarle la mirada, con intensos deseos de estrujar su cuello hasta hacerle tragar su propia lengua, a pesar de que con ese acto se llevara por delante la vida de Draco Malfoy. Si le tocaba tan solo un pelo a Luna o a Phill, enloquecería irremediablemente.

Los protegería a costa de su propia vida, e incluso a costa de la del resto.

El rubio rió al notar todo lo que pasaba por su cabeza, lo que se reflejaba con facilidad en sus movimientos.

–Para de mirarme de esa forma, que me gasto –bromeó, dejando su whiskey de lado–. Ahora, vete, que tengo cosas que hacer. Gente que matar, caos que planear, placeres que disfrutar. Lo usual. Sin embargo, antes de que te retires, un pequeño consejo. No muestres ni la punta de la nariz, escóndete. Digamos que tu sola presencia es símbolo de muchas cosas y tan pronto alguien te vea, te atacará sin escuchar tus explicaciones pensando que aún estoy ahí.

Theodore avanzó un paso con los puños apretados, pero luego retrocedió dos. Quería atacarlo por todo lo que hizo, pero no estaba en las mejores condiciones y si perdía, no dudaba que Grindelwald cumpliría su promesa de decapitar a su familia. Humillado, giró en búsqueda de una salida, y al encontrarla caminó a ella, sin saber a dónde ir y en quién podría confiar.

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Pues tal como le había dicho el mago.

Muchos pecados tenían la forma de su rostro.

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Grindelwald lo siguió con la mirada hasta que desapareció y dirigió sus pasos hasta la habitación del rubio. Necesitaba una ducha urgente antes de partir a infiltrarse nuevamente donde Voldemort, después de todo, ahora estaba dentro del cuerpo de su mano derecha, por lo que sería pan comido obtener información necesaria para destruirlo. Se desprendió de sus ropas negras y entró al agua fría, dejando que la temperatura helada contrajera sus músculos y que las gotas escurrieran desde su cabeza hasta los pies.

Una vez fuera, se observó en el espejo del baño desnudo para conocer su nueva anatomía, quedando extrañado por la cantidad de cicatrices que Draco Malfoy ostentaba, casi coleccionándolas, sobresaliendo tres. Una en el pecho, otra en la espalda y una tercera en el rostro. Decidió que una vez que tomara las riendas del mundo desvanecería esas imperfecciones de una vez por todas. Eso sí, de momento tendría que aguantarlas para evitar levantar sospechas.

Comenzó a caminar con lentitud por la habitación mientras se vestía, fijándose en los detalles de la misma para entender el papel que tendría que interpretar por unos días antes de revelarse nuevamente. No existía mucho con lo cual nutrirse, lo cual le molestó. De interesante solo existía un estante de pared a pared que se encontraba con libros ordenados por tamaño y tema, al parecer, el mortifago era un maniático del orden.

Se agachó hasta la primera hilera para ver sus títulos, ya que es en esa posición, a la altura de los zapatos, en que la gente coloca los libros que no quiere que llamen la atención, y fue ahí que colocó su índice, arrastrándolo por cada uno de ellos. La mayoría seguía siendo literatura sobre artes oscuras y cosas por el estilo, sin embargo, uno en particular llamó su atención.

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Un libro falso.

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Los conocía pues en vida había hecho uso de varios para traficar pequeños artefactos oscuros. ¿Qué tesoro guardaría allí el dueño de casa? Extrajo la copia para averiguarlo, pero quedó algo pasmado cuando dentro de aquel supuesto tomo de "Pociones de manipulación avanzada", se encontraba solo un cuaderno. Un puto cuaderno de cuero negro con las iniciales "DM" en el costado inferior derecho. Lo ojeó ceñudo por un par de segundos, con decepción instalada en sus facciones. En esas hojas estaban garabateados pensamientos aleatorios y sin sentido que, por su contenido, probablemente eran de la época escolar. Se notaba que hace bastantes años no era utilizado, no solo por el polvo que lo adornaba sino también por lo tiesas que estaban las páginas, casi amarillentas.

–Qué desperdicio de papel –comentó al aire y caminó de regreso a la chimenea, lanzando ahí el cuaderno para verlo arder entre llamas–. No necesitas este recordatorio de humanidad. ¡Hay tanto que pulir, Draco!, necesitas bastante trabajo para que convivamos en armonía en este cuerpo tuyo. Pero no te preocupes, yo te enseñaré. Y nos divertiremos como nunca.

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Promesa que quedó firmada.

Pero que más adelante no sería capaz de cumplir.

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Fue entonces que el ambiente bajó algunos grados, anunciando una visita inesperada.

–Hermosa Camille, en qué puedo ayudarte.

Se volteó para encararla y detectó la sorpresa en su níveo rostro. Llevaba su cabello ondulado en dos coletas y un vestido de encaje verde petróleo abombado, estilo victoriano, con amplias mangas y una cinta en el cuello. Sus labios, rojo italiano, estaban hinchados, por lo que probablemente venía de un festín, a pesar de que en su vestimenta no había una gota de sangre. Eso diferenciaba a un vampiro de alcurnia de uno cualquiera.

–Mi señor –esbozó ella al salir de la estupefacción–. No tenía idea que pretendía cambiar de cuerpo.

Él se encogió de hombros y caminó hasta ella a paso quedo, para quedar al frente. Camille era muy pequeña en estatura y Grindelwald siempre se preguntaba como un envase tan minúsculo podía contener tanto poder. Si no fuera una alimaña, probablemente la habría hecho su reina al tomar el control del mundo, pero no podía confiar en un vampiro, menos en una Lautremont. La tomó por las caderas sin su permiso y la sentó en una encimera que tenía a su derecha, de manera de tener su cara a la altura de la suya.

–¿Tú hiciste esto? –preguntó, desabotonando el cuello para correrlo y mostrar dos marcas en él.

Camille sonrió, relamiéndose los labios.

–Sí –contestó con voz seductora–. Draco tiene una sangre deliciosa y me excedí en dicha oportunidad, eso sí, esa forma tan brutal de cicatrización no es de mi autoría. ¿Le puedo pedir un favor? no me tiente con ese recuerdo, mi señor. No quiero perder el control.

Grindelwald rió negando con la cabeza y se cerró el botón, notando como el semblante de Camille volvía a calmarse.

–Quizás pronto te dé un poco, pero solo si te portas bien –prometió, acercándose al cuello de la vampiresa para darle un pequeño mordisco, robándole un gemido con el acto–. Pero primero explícame que haces acá. ¿Estabas pensando en venderme? Porque a este ñiñato no le agrado en lo absoluto.

Camille suspiró y llevó ambas manos a las mejillas del aparente mortifago.

–Digamos que tengo una especie de amistad con él, lo conozco hace años, cuando aún era un crío asustadizo. Además, como ya le comentamos, hicimos un pacto de no agresión. Hoy quise venir a regodearme un poco, debo admitir. Me enteré que despachó a McGonagall y quería saber los detalles de las consecuencias.

–Entonces, se podría decir que lo conoces y sabes cómo es ahora –razonó en voz alta–. Dame una descripción. Debo cumplirla para no levantar sospechas, porque este infame hijo de puta aún está luchando de alguna forma. No me permite acceder a sus recuerdos. Solo algunos vagos.

Ella parpadeó pensativa y deslizó con suavidad sus manos desde sus mejillas a su cuello, dejándolas ahí para deleitarse con el pulso del rubio.

–El Draco de ahora es poderoso, ejecutivo, letal. No le tiembla la varita y jamás baja la mirada, ni siquiera ante el Señor Oscuro. Es impulsivo, rencoroso y a veces imprudente cuando pierde los estribos. No teme recibir castigo de su Lord, y cuando tiene que ser torturado, jamás demuestra debilidad ni grita. Todo ello, gracias a un entrenamiento demasiado brutal a corta edad, que le cambió drásticamente la personalidad.

Grindelwald asintió absorto.

–¿Y en la cama? –quiso saber.

Ella lo miró con picardía y volvió a bajar sus manos, esta vez, del cuello para recorrer su pecho.

–Es intenso, arrebatador, algo violento. No tiene contemplaciones y uno no desea que las tenga, porque es tremendamente efectivo en satisfacer. También es creativo.

–¿Entonces puedo pisarme lo que sea y como sea sin levantar sospechas?

Las manos de Camille se retiraron de donde se encontraban, apoyándose a los costados de la encimera con actitud desencantada.

–Lamentablemente no. En los últimos meses se ha guardado para no lastimar a la sangre sucia a la cual está atado. Se encuentra fuera de las canchas. La marca que tiene en el cuello fue solo porque lo forcé teniendo de rehén a la impura. Verá, Granger es su...

–¿Alma gemela? –completó enarcando una ceja–. Ya lo sabía. No me importa. Si se muere, es su problema, no el mío. Ahora yo tengo el control de este cuerpo y haré lo que me plazca con él.

Camille parecía escéptica, y así lo demostró con palabras, mientras se bajaba de un brinco del mueble en el que la habían encaramado.

–Yo no tomaría tan a la ligera ese asunto, mi señor. El hecho de que Draco esté unido a ella es algo muy fuerte. Si usted traiciona y ella sobrevive, Granger podría verse tentada a vengarse traicionándolo de vuelta y el dolor seria inimaginable. El gran Grindelwald podría verse derrotado por un polvo.

Él se cruzó de brazos ofendido. ¿Cómo esa alimaña osaba insinuar que una maldita impura podía controlarlo de esa forma? Era inaudito, casi imperdonable. La observó efectuar una pequeña reverencia y marcharse de ahí en silencio de una forma hipnótica, pues parecía flotar sobre el suelo. Pasó por su cabeza aniquilarla, pero se retuvo. Aún esa chupasangres le era útil.

Arregló sus ropas y peinó sus cabellos hacia atrás, pensando en lo primero que haría llegando a la guarida de los mortifagos. Tenía un par de cosas que no había probado con Millicent, y ahora le entraban unas feroces ganas de ejecutarlas. Solo para demostrarle a Camille Lautremont que nada se obstaculizaba en sus deseos.

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Ni siquiera el destino.

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Dos semanas completas habían transcurrido desde el funeral, y aún sentía como si fuera ayer, sumiéndose en una profunda depresión, no solo por haber perdido a su mentora sino también, por la dura decisión que había tomado, alejándose de él, alejándose de Malfoy.

Desde ese mismo día por la noche, el lazo que a ambos los unía se había debilitado considerablemente, ya que apenas podía percibirlo, como si él hubiera cortado las transmisiones. Al principio se sintió aliviada y algo consternada, ya que la comunión entre los dos había amainado luego de aquella conversación, y quizás, eso quería decir que él siempre supo cómo lograrlo, o al menos, cómo reducir su intensidad y hasta entonces, era su decisión no hacerlo.

Pero con el transcurso de los días se dio cuenta de una horrible verdad. Lo extrañaba. Lo extrañaba tanto que en ocasiones olvidaba respirar, deambulando por el cuartel como un infieri, cada vez más delgada, cada vez más ausente. Y lo más terrible de todo era que estaba consciente de que lo extrañaba como Hermione Granger, y no como una mujer atada a un alma gemela indeseada por el designio de algún entre sobrenatural.

¿Por qué el destino estaba empeñado en hacerla miserable? ¿Por qué él tenía que cometer un error de ese calibre? ¿Por qué tuvo que ser justamente McGonagall? No era justo. Sencillamente no lo era, pero se mantendría firme en su decisión. Aunque eso implicara hundirse cada día más, hasta tocar fondo. Esos a sentimientos debían morir o la matarían. El problema radicaba en que la segunda opción se vislumbraba como la más viable.

–Tienes que comer –aseveró Harry esa tarde, dejando una bandeja con alimento a los pies de su cama–. No voy a permitir que sigas así. Te necesito de regreso, y con tu actitud, solo te provocas daño.

Ella lo ignoró, cerrando los ojos como si estuviera predispuesta a dormir. No quería conversar con él. Sabía que en cualquier momento él la interrogaría y ella no podría mentirle. Estaba cansada de mentirle. Estaba cansada de mentirse también.

–Hermione –llamó en un tono más severo–. Basta. No me ignores.

–Comeré cuanto quiera comer. No puedes obligarme –respondió con apatía–. Márchate, por favor. Deseo estar sola.

El pelinegro apretó los puños de impotencia. Ya no sabía cómo comunicarse con ella. La estaba perdiendo cada día más y cada día su corazón se desgarraba al notarlo, pues su amor hacia esa muchacha que estaba transformada en un ovillo frente a sus ojos, no había menguado ni un poco, a pesar de todos los acontecimientos de los últimos meses.

No había querido interrogarla sobre el asunto que ambos tenían pendiente ya que considerando las circunstancias, no lo estimó apropiado. No obstante ello, su mirada estaba fija en cada uno de sus movimientos, atento a cualquier indicio. Aún sospechaba de Alexander Bleu, después de todo, no existían motivos para descartarlo. Desde que llegó al cuartel, siempre había sido cercano a Hermione –salvo por el incidente de Susan Bones–, y a partir del funeral de McGonagall, solía verla conversar con él durante las tardes, algo que para Harry en estos momentos era sencillamente un anhelo, teniendo a la vista como ella lo evitaba a diario, como si fuera invisible.

Así que, ante su nuevo rechazo, decidió retirarse antes de pronunciar alguna estupidez. Buscaría aire afuera y ordenaría su cabeza, ya que todo en ese maldito cuartel le parecía sumamente tóxico. Pero la mala fortuna quería que en el trayecto de salida, justo antes de bajar del segundo piso, se encontrara precisamente con quien ya había calificado en su cabeza como su rival.

–Potter –esbozó el auror, escuetamente–. Estás en medio del pasillo. ¿Me harías el favor de correrte?

Harry pareció despertar de un sueño y miró a su alrededor. Efectivamente estaba bloqueando el tránsito de su interlocutor y solo le faltaba estirar los brazos para que el gesto fuera más evidente.

–Necesito hablar contigo –dijo sin planearlo.

–Estamos hablando ahora. Dispara –contestó Alexander, ya preparado pues tenía claras las aprehensiones del elegido.

–¿Tienes algo con Hermione?

Lo soltó sin placebos ni advertencias. Había verbalizado su temor y ahora que estaba fuera de su sistema, parecía demasiado real.

–Sí –contestó el auror, observando como la mandíbula de su compañero de misiones se desencajaba–. Somos muy buenos amigos –agregó.

Harry frunció el ceño, molesto.

–Bien sabes que no me refería a eso –espetó.

–Es lo único plausible, porque si insinúas otra cosa, es sencillamente una idiotez. Hermione necesita un amigo y en mí lo tiene. No voy a hacerme un lado solo por tus infundadas inseguridades.

El elegido quedó de una pieza al escucharlo.

–¿Perdón? –inquirió amenazante, estrujando la varita entre sus dedos.

–Lo que oíste, Potter –insistió Alexander–. Has estado tan empeñado en volver a su cama que olvidaste de que primero fuiste su amigo. Y lo que Hermione necesita es eso. Yo soy el sucedáneo –afirmó, sin inmutarse–. Además, solo tengo ojos para una chica.

Harry rió falsamente.

–¿Y quién sería la afortunada? –indagó mordaz.

Alexander lo fulminó, elevando el mentón para acentuar el gesto de desprecio, aprovechando los centímetros que le sacaba de altura, los que no eran pocos.

–Eso no es de tu incumbencia –respondió seco–. Ahora, córrete Potter. Tengo cosas que hacer.

El aludido se hizo a un costado y lo observó pasar al lado suyo, prácticamente sin parpadear, mientras las palabras de Ginny / Dominique retumbaban en su cerebro como disco rayado, llenándolo de ansiedad.

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Sin presupuestarlo, su mano se alzó en su contra.

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Legeremancia –soltó, sin darle la oportunidad de defenderse.

Alexander tropezó y se tomó la cabeza con ambas manos, haciendo esfuerzos sobrehumanos para proteger sus recuerdos, su privacidad. Pero nada de eso fue posible. Su cerebro fue un libro abierto para su contrincante, mostrándole todo lo que había pasado en los últimos meses, revelando la existencia de Pansy Parkinson dentro de su vida y extractos de conversaciones banales y existenciales con la castaña.

Harry cortó el hechizo y retrocedió arrepentido. ¿Qué diablos había hecho? Comprobó que nada ataba a Hermione con ese hombre que ahora lo miraba con profundo desprecio, solo una amistad tal como aseveró instantes antes. También se enteró de que esa mortifaga, "la chica" de la cual hablaba, se había dado vuelta la chaqueta y ahora solo era un agente encubierto del otro lado. ¿Cómo nadie le había informado sobre el asunto? Tragó espeso. No era el momento de preguntar aquello. Se había extralimitado.

–Perdona Bleu, no sé qué me pa...

No alcanzó a terminar sus disculpas. El auror ya se había aproximado a él, propinándole un golpe de puño en la quijada que lo tiró a la izquierda, haciéndolo rebotar contra la pared, dejándolo aturdido.

–Me importa una mierda que seas el niño que vivió, ¿lo entiendes? –masculló, agarrándolo por la camisa–. No tenías derecho a hacer eso, y si osas algún día volver a sobrepasarte de ese modo, ten claro que mi reacción será más dura que un simple puño en tu famoso rostro.

Harry no le desvío la mirada en ningún instante, y de un tirón se soltó de su agarre, arreglando sus ropas. Lo siguió con la mirada hasta que desapareció, sintiéndose sumamente miserable. Era un estúpido. Esa vampiresa que alguna vez fue Ginny Weasley se había metido en su cerebro, leyendo sus inseguridades, potenciándolas, arrastrándolo a cometer barbaridades, modificando su comportamiento al convertirlo en un energúmeno celópata.

Exhaló profundo. Alexander tenía razón. En algún punto olvidó cómo ser amigo de Hermione Granger. Si ella tan solo no le hubiera ofrecido sus labios en esa oportunidad, en búsqueda de consuelo, pensó, él jamás habría desbloqueado los sentimientos que siempre tuvo hacia ella, y que había reprimido subconscientemente por diversos motivos.

Adolorido, tanto física como emocionalmente, retrocedió sobre sus pasos y volvió a la habitación de ella, donde parecía que se hubiera congelado el tiempo pues seguía en la misma posición y con la bandeja de comida intacta. Sin pedirle su consentimiento, se recostó a su lado y la abrazó por la espalda, percibiendo como ella se tensaba ante el contacto.

–Lo siento –le susurró de inmediato–. Me he comportado como un imbécil, no volveré a presionarte con nada ni desconfiaré de ti. Solo quiero que estés bien, incluso si eso implica que volvamos a ser solo amigos. Pero ten claro algo –quiso recalcar–. Yo te amo Hermione Granger, y si alguna vez te sientes lista para volver a corresponderme, te estaré esperando.

La sintió estremecerse y la afirmó con mayor ahínco para brindarle su tibieza, remarcando sus intenciones.

–Saldremos de esto, Hermione. Prometo que estaré para ti y te ayudaré a erradicar esta tristeza.

La escuchó hipar pero no quiso preguntarle si estaba llorando. Sencillamente la abrazó en silencio hasta que el sueño se hizo de ambos, desplomándose profundamente como hace semanas no lo lograban.

Unas horas más tarde, Hermione abrió los ojos y con cuidado se zafó de su agarre, con una fuerte opresión en el pecho. Se sentía culpable y miserable por tantas cosas que no podía llegar a clasificarlas, así que decidió salir un rato por un paseo, dejándole primero una nota a Harry para que no se preocupara.

Bajó los peldaños con desgano, se puso su abrigo color mostaza y salió del cuartel con las manos en los bolsillos, sumida en sus pensamientos. Sus pasos la llevaron automáticamente hasta ese sitio eriazo donde solía encontrarse con el rubio y se quedó ahí, observando el vacío, en blanco por varios minutos.

–Ya es tarde –dijo una voz conocida–. Ya no volverá.

Se giró hacia el sonido encontrándose con el anciano que había augurado todas sus desventuras, el estúpido Oráculo sin ojos y de pelo cano que necesitaba de su bastón para contrarrestar su evidente cojera.

–Lo sé –le respondió ausente–. Yo se lo pedí. Era necesario.

El viejo Cupidine negó con la cabeza y caminó hasta quedar cerca de ella.

–No me refiero a eso –corrigió severo como nunca lo había visto–. Vengo a advertirle para que tenga cuidado. Lo volverá a ver pronto, pero solo en apariencia, no será él y si lo encuentra, debe correr como si el mismo demonio la persiguiera. No deje que la atrape, eso no terminará bien. En ningún escenario termina bien.

El semblante del anciano anunciaba tragedia y ella percibió como el aire le escaseaba ante lo que sus oídos escuchaban, incluso sin entenderlo.

–¿Me está diciendo que Malfoy buscará eliminarme otra vez?

Cupidine parecía irritado.

–¿Qué parte de "no volverá" no entendió con su privilegiado cerebro? –espetó, apurado, esperando algunos segundos antes de continuar–. Perdone, no quise perder los estribos. Después de todo, esto es mi culpa.

Hermione lo miró interrogante y ansiosa.

–Si no hubiera intervenido en esta línea temporal, quizás sería mucho menos oscura de lo que se ha vuelto... –razonó más para sí que para ella–. En fin. Estoy tratando de arreglar en algo las cosas, y como fallé con él, al menos quiero protegerla a usted. Le explico sin rodeos –prometió al ver su talante contrariado–. Luego de que cometiera ese error y usted le diera la espalda por eso, su resistencia se fue a piso, lo que permitió que Gellert Grindelwald se hiciera de su cuerpo hace dos semanas. ¿No le extrañó que el lazo se debilitara tanto? Eso es porque el alma de Draco actualmente está encapsulada en un pequeño espacio de su cuerpo, el cual ahora es manejado por ese mago oscuro. Por eso le digo. Si lo ve, arranque. Malfoy no volverá, es solo la cáscara.

La aurora sintió como los colores se le iban del rostro y las piernas se le volvían de gelatina. Cuando pensó que nada podía empeorar, la vida le demostraba lo contrario con una facilidad espantosa. Cayó sobre sus rodillas con la mirada perdida y percibió como gruesas lágrimas comenzaban a emerger de sus orbes, nublando su vista. Quería preguntarle tantas cosas a ese maldito Oráculo pero no podía, pues sus labios no dejaban de tiritar. De solo pensar en todo lo que le había dicho ese sujeto, se sentía como si le hubieran triturado el cerebro y esparcido sus restos en el mar para no volver a unirse.

–Ahora podrá matarlo –aseguró Cupidine–. Después de todo, ya no es él. En cierta forma, Grindelwald le hizo la tarea más fácil.

–¿Está seguro que no hay vuelta atrás? –replicó en un tono suplicante–. ¿No hay nada que pueda hacer?

No se entendía, pero ya no buscaría comprenderse. Solo sabía que Draco Malfoy no podía tener ese final, no de esa forma. Y aunque tratar de salvarlo sería ir contra sus propias aseveraciones y propósitos, eso pasaba a segundo plano, especialmente luego de experimentar la desolación que era su vida sin Draco Malfoy en ella, mas después de su último encuentro juntos, donde conoció al rubio de una forma completamente distinta.

¿Era masoquista? ¿Estúpida? ¿Tantos golpes habían hecho mella en su capacidad de raciocinio? Tal vez. Tal vez todo ello de cierto. Tal vez sus deseos de un futuro diferente la hacían obrar de esa forma. Tal vez solo deseaba ser feliz, y si bien, Malfoy no la hacía feliz –porque era un mortifago hijo de puta–, su ausencia convertía su existencia en un abismo sin fondo. Ya lo había comprobado en tres oportunidades.

–El único que puede salvarlo es él mismo, y no lo hará –afirmó el anciano–. No tiene motivos para luchar con la fiereza que se necesita para expulsar a ese depravado de su cuerpo, así que está perdido. Por eso, arranque, señorita Granger. Arranque lejos cuando lo vea. No olvide que bajo esa apariencia, él ya no está al mando.

El viejo comenzó a alejarse sin mirar atrás, sintiéndola sollozar a sus espaldas. Sabía que era una jugada demasiado arriesgada, monumentalmente peligrosa, pero era la única forma que se le ocurría para enmendar la situación. Suspiró. ¿En qué momento había creado consciencia? ¿En qué instante había desarrollado cariño por pequeños e insignificantes seres mortales? Si se enterara el resto, probablemente se convertiría en el hazme reír, pero ya poco le importaba. Llevaba demasiados siglos a cuestas y por una vez, quería intentar algo distinto.

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Solo esperaba que no fuera demasiado tarde para ello.

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Comenzó a sacar lentamente cada vidrio que tenía incrustado en el puño derecho, justo en el sector de los nudillos. El espejo trizado en forma de telaraña le devolvía su reflejo distorsionado, acentuando su expresión enloquecida, la misma que tenía cuando estrelló un golpe en un ataque de furia, a causa de la impotencia e indignación que lo embargaba. Estaba enmierdado, y no comprendía cómo un mago de su nivel pudiera verse limitado de esa forma por un estúpido mortifago. Casi podía imaginar la cara de "te lo dije" de Camille, pero no le daría el gusto de saber acerca de su padecimiento.

Desde que se encontraba en el cuerpo de Draco Malfoy había podido matar, torturar y planificar todo lo que se le dio la reverenda gana. Pero cada vez que intentó follarse a otro ser humano, una jaqueca paralizante lo había evitado. Era él. El muy maldito estaba conspirando, luchando, y no lo dejaba tomar por completo el control. Lo terrible de aquello era que sabía a la perfección sus motivos. No quería lastimar a esa sangre sucia inmunda. Era el único límite que le había impuesto, y ese límite era el que lo estaba trastornando, al punto de que vivía encabronado.

Selló las heridas con un hechizo cicatrizante y emergió de su habitación hecho un basilisco. Necesitaba desquitarse con alguien, pero si atacaba a otro mortifago, su coartada se iría a la porra.

"Más vale que este hijo de puta no me haya fallado" pensó recordando la misión que le había encomendado a Zabini, el cual ya era considerado prófugo dentro de las filas de Voldemort, un maldito traidor, uno astuto además. Sus ansias de reconocimiento eran una gran ventaja para los planes de Grindelwald, ya que el desgraciado era capaz de vender a su propia madre con tal de obtener su aprobación. Todo con tal de ser parte importante de la victoria.

En eso razonaba cuando el curso de sus pensamientos fue cortado por una mano que se aferró a su antebrazo, llamando su atención. Volteó la cabeza para identificar al responsable, con la paciencia muy limitada.

–Parkinson –espetó seco–. No te he dado permiso para tocarme.

Ella lo miró dolida y soltó el agarre.

–¿Parkinson? –repitió–. Solo me llamas por mi apellido cuando estás molesto conmigo. ¿Ha pasado algo? Que yo recuerde, no te he hecho nada y me has ignorado estas dos semanas como si no existiera. No has respondido mis llamados mentales tampoco. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? Me tienes preocupada, estás raro, pareces otra persona.

La mirada del mortifago brilló de una forma escalofriante y comenzó a avanzar hasta ella, cercándola contra la pared con ambos brazos. La vio contener la respiración, amedrentada por su cercanía, y comenzó a escanear los recuerdos del rubio con respecto a esa muchacha, que ya había atormentado bajo la apariencia de Theodore Nott, pero que ahora se repetiría el plato de una forma distinta. Se sorprendió con el hecho de que no solo eran amigos de toda la vida, sino que solían compartir la cama a menudo. De solo repasar los recuerdos fogosos de Malfoy, sentía una opresión en su pantalón.

–De hecho, hay algo en lo que puedes ayudarme. Estoy estresado y me haría bien un relajo como en los viejos tiempos –soltó significativamente.

La pelinegra se petrificó con la insinuación y comenzó a tratar de hundirse en la pared.

–Draco, yo...

–¿No me vas a ayudar? –insistió, acariciando con la nariz su cuello alargado, aspirando su aroma con detención–. ¿Ya se te olvidó lo bien que lo pasábamos?

La sintió estremecerse.

–No... No lo he olvidado... Pero yo... –susurró, cerrando los ojos al percibir el camino que estaban haciendo esos labios finos–. Yo... no puedo.

Pansy estaba intoxicada y amedrentada en partes iguales. Cuando lo interceptó en el pasillo jamás planificó que aquello terminaría con él ofreciéndole un revolcón, pues hace tiempo eso no ocurría. Y si bien estaba enamorada hasta el tuétano de Alexander Bleu, la Parkinson oscura, aquella que solía seguir a ciegas a Draco hasta el mismo infierno, aún no moría por completo y tenía necesidades que satisfacer.

"No" pensó internamente, tratando de evitar su avance con las manos en su pecho. No podía tener una recaída, no ahora que había elegido modificar su comportamiento para ser digna de su querido auror. Estuvo a punto de pegar un grito para pedirle que se alejara, en el

momento en que él se apegó a su cuerpo para abordar su boca, cuando fue el mismo Draco Malfoy que retrocedió aullando de dolor, tomándose la cabeza en ambas manos.

–¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –gritó él con los ojos inyectados–. ¡Por qué no me dejas en paz de una buena vez! ¡Ríndete maldita sea! ¡Ríndete gusano infame!

Pansy lo observaba horrorizada sin entender absolutamente nada. Se acercó preocupada para ver qué le ocurría pero fue inmediatamente echada a un lado, con un violento manotazo que de seguro le dejaría un moretón.

–¡Draco! –exclamó colapsada–. ¿Qué diablos te pasa?

Él trastabilló y cayó estrepitosamente, pero jamás dejó de sostener su cabeza, como si quisiera evitar que ésta explotara. Sus bramidos no cesaban de violar el aire y su rostro estaba contraído por completo, apretando notoriamente los dientes a causa de un insoportable dolor. Luego de unos cinco minutos, cuando el padecimiento iba en retirada dejándolo como estropajo otra vez, apoyó la cabeza hacia atrás en la pared más cercana y cerró los ojos, tratando de regular su respiración.

–¿Draco? –llamó Pansy con precaución, sin atreverse a acercarse–. ¿Qué demonios fue eso?

Pero él no la tomó en consideración. Se quedó en esa posición unos instantes más antes de pronunciar para sí mismo, con una tonalidad escalofriante, palabras que la pelinegra no podría entender sino hasta días después.

–¿Así que no dejarás de fastidiarme, bastardo? –farfulló, incorporándose ante una atónita Parkinson–. Muy bien. Yo también puedo jugar a ese juego, imbécil. Si no puedo tocar a nadie sin que me jodas la existencia, no me queda más remedio que desquitar toda esta energía acumulada con la sangre sucia que tanto veneras... Y luego la aplastaré como el bicho que es para que aprendas una lección.

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Tenía los nervios de punta y la garganta apretada. La alarma del cuartel sonó escandalosamente a la medianoche, advirtiendo un nuevo ataque en una localidad muggle a unos diez kilómetros de ahí. Afortunadamente, con la nueva actitud de Harry y su bandera blanca, éste no le puso problemas para que se incorporara al equipo de contención y contraataque, a pesar de que a simple vista se notaba que no le agradaba la idea en lo absoluto, considerando que no podría asistirla pues tenía que acompañar a un grupo menor a un reconocimiento.

Ahora que existían dos facciones que combatir, había que dividir a la gente.

Y no podían colocar a dos aurores de primera línea en una sola misión…

–Cuídate –le dijo Harry–. Es una orden, debes hacerle caso a tu superior, Granger –agregó, en parte en broma y en parte en serio.

Ella depositó un suave beso en su mejilla a modo de despedida, notando como él reprimía una sonrisa frente a su acercamiento.

–Va la misma advertencia. Cuídate o ya verás, Potter –le soltó en el mismo tono, antes de girarse y partir a sus deberes.

La verdad sea dicha, su ansiedad no radicaba en el hecho de enfrentarse a la muerte una vez más, sino a la posibilidad de encontrarse con él, con Malfoy, o mejor dicho, con Grindelwald en su cuerpo. Un retorcijón acusó su nerviosismo, sintiendo como las manos le sudaban, y una opresión en sus pulmones le recordó su dolor, la angustia de saber que no volvería.

¿Qué haría al verlo, de encontrarlo en el campo de batalla? ¿Sus pies arrancarían como le había recomendado el Oráculo? ¿Se quedaría paralizada como una liebre frente a las luces de un automóvil? No podía adelantarse a sus propias reacciones, ya que con ese rubio altanero, siempre estaba a la deriva.

Luego de su encuentro con Cupidine había intentado reprimir su desolación ante la cruel noticia, pero de cuando en cuando, unas lágrimas traicioneras emergían de sus ojos. El lazo entre ambos estaba tan debilitado que era probable que su alma cada vez se encontrara más relegada a causa de Grindelwald, y una porción de ella temía que desapareciera irremediablemente. Si bien ya había comprobado que no necesitaba el lazo para abrigar esos injustificados sentimientos hacia ese malparido, al menos esa conexión inmaterial era una forma de no sentirse tan a la deriva y solitaria en esa oscuridad que la embargaba, y que ya era parte de ella como una extremidad más.

Cortó el hilo de sus pensamientos. En menos de lo que hubiera esperado arribaron al terreno de la batalla y todos se dispersaron en búsqueda de sobrevivientes, para tratar de protegerlos. Rayos de distintas tonalidades surcaban el espacio, los cuales eran tan abundantes que existía una espantosa probabilidad ser asesinada por casualidad. Al parecer, Voldemort había extremado su comportamiento sádico al saber que tenía competencia, dejando un rastro de abundante sangre en cada uno de sus ataques, sin importarle perder a sus propios seguidores de paso.

De pronto, por su campo visual apareció una niña de cabello oscuro trenzado, que corría entre la multitud aferrando a su cuerpo un sucio oso de peluche color violeta. Instintivamente comenzó a seguirla para ponerla a salvo, pero la muchacha se le escabullía con una agilidad curiosa, casi como agua entre los dedos. Desvió un par de ataques que iban dirigidos a la pequeña y conjuró un escudo protector para sí misma, hasta que, de pronto, se encontró en una calle solitaria, oscura y estrecha. Es más, no tenía idea cómo había llegado ahí.

–Ven, no temas, no te haré daño –aseguró desde su posición, agachándose para no amedrentarla y estirándole la mano–. Vamos, te pondré a salvo.

La niña se giró para enseñarle su cara, robándole el aliento al enfrentarla. Sus ojos eran de un gris metálico familiar, como dos gotas de mercurio que ya conocía a la perfección. Aterrada, presenció como esa pequeña era envuelta por unas sombras oscuras, develando su verdadera identidad. Revelando a su peor pesadilla.

Retrocedió por instinto con el corazón paralizado, aunque no podía quitar la vista de su rostro. Era él. Era Draco. Podía reconocer donde fuera esas facciones, esa palidez y esos cabellos dorados. ¿En qué momento había aprendido un truco como ese? Sacudió la cabeza para concentrarse. Grindelwald era el que conocía trucos de ese estilo, y quizás cuántos más.

–Tanto tiempo –esbozó él con una sonrisa de medio lado, jugando con la varita entre los dedos–. ¿Me extrañabas?

Hermione notó su piel erizarse, especialmente al percibir como esos ojos destellantes la recorrían de arriba a abajo con codicia. Levantó la varita en posición defensiva. No podía olvidar con quién estaba tratando. Su integridad corría serio peligro, y no quería que él la volviera a dañar, esta vez, bajo la apariencia de Malfoy.

–No soy estúpida –le espetó–. Sé quién eres y más te vale alejarte de mí.

El mago parecía entretenido con su reacción y comenzó a avanzar hasta ella, enterrándose la varita que sostenía en el pecho, sin demostrar una gota de temor.

–Eres lo suficientemente estúpida como para caer en esta trampa, sangre sucia –le replicó, sin quitarle los ojos de encima, con una actitud mordaz–. Lo suficientemente estúpida como para no atacarme si me encuentro usurpando su cuerpo, así que no ladres si no vas a morder, querida.

Ella le enterró aún más su varita a pesar de que estaba consciente que Grindelwald tenía razón. Algo dentro de ella no era capaz de atacar el cuerpo de Draco si él no estaba ahí para defenderse, aunque asumía que el mago oscuro seria tremendamente efectivo en hacerlo.

–¿Qué deseas? –interrogó para desviar la atención–. Si querías matarme, podrías haberte ahorrado la actuación, atacándome en el campo de batalla.

Lo escuchó reír con desdén.

–¿Matarte? –soltó enarcando una ceja–. No, aurora. O al menos, no te mataré como tú piensas. No todavía.

De un manotazo tiró su varita lejos y evitó su escape afirmándola por ambos brazos, inmovilizándola solo con la fuerza de sus dedos. Ella tironeó sus extremidades para soltarse pero Grindelwald solo hundía más el agarre en su piel, arrancándole un gemido.

–No te entiendo, Granger. Me haces una pregunta y no quieres quedarte a escuchar la respuesta –soltó irónico, casi entre dientes–. Y puedo apostar que no tienes puta idea de los malos ratos que tu existencia me ha hecho pasar.

–No sé a qué te refieres –se apresuró a contestar, sin dejar de removerse como una fiera.

Los orbes del mortifago resplandecieron con malicia y ejercieron más presión, aplicando una efectiva llave que la inmovilizó y le provocó un grito. Hermione dejó caer la rodilla derecha al piso con el rostro cargado de dolor, inhalando desesperada en búsqueda de aire.

–Tu noviecito me tiene encabronado con su poca cooperación –siseó él, acercándose,

casi al punto de rozarle los labios, sin despegarle la vista–. Desde que estoy en su cuerpo, de alguna extraña forma ha evitado que me provea de satisfacción solo porque no quiere dañarte a ti, maldita impura. Me genera unas jaquecas inhabilitantes y yo no estoy acostumbrado a que me nieguen lo que quiero. ¿Comprendes? Así que no me queda más opción que saciar mis necesidades contigo.

Hermione creyó que la tierra se abría a sus pies. Comprendió sin mucho esfuerzo sus insinuaciones y recordó el trauma que le generó bajo la piel de Nott como si hubiese ocurrido ayer. Sin embargo, de esa misma frase una luz de esperanza brilló dentro de toda la oscuridad, pues él, Malfoy, había sido capaz de evitar ciertos comportamientos del mago oscuro para protegerla. Eso quería decir que una parte de él luchaba por no perder el control. Aún una parte de él se preocupaba de no traicionarla, a pesar de que ella misma le aseguró que jamás le perdonaría su error y le había cerrado las puertas a su vida. ¿Podría ser que no todo estaba perdido? No quería pecar de ilusa, pero algo dentro de su ser vociferaba por intentarlo.

–Por lo que veo, no eres tan poderoso entonces –espetó con soberbia, sosteniéndole la mirada–. ¿Dónde quedó tu magnificencia? Pura propaganda parece.

Él acentuó la llave y los huesos de la mujer sonaron, pero reprimió el aullido de dolor que quería emerger de su garganta. No le daría en el gusto.

–Eres una basura insolente, bruja –escupió rabioso–. Veremos si mantienes esa actitud cínica cuando termine de hacerte todo lo que tengo planificado.

Ella estalló de risa, descolocándolo.

–¿Podrás? –replicó con altanería, venenosa–. Si Malfoy no te dejó dañarme a través de terceros, menos te dejará que me pongas un dedo encima, imbécil.

Pudo apreciar cómo su rostro se contraía de indignación, pero antes de que pudiera replicarle, continuó con voz decidida, no para él, sino para aquella porción del hombre de sus pesadillas que estaba escondido en alguna parte de ese cuerpo.

–Regresa a mí –demandó, fundiendo la mirada en sus orbes grises–. Sé que estás ahí, Malfoy. Lucha y regresa a mí.

Como respuesta, Grindelwald la empujó, arrojándola al piso. Su expresión había mutado desde el desprecio y la ira, a un renovado interés por esa mujer que tantos problemas le había ocasionado.

–Ahora puedo entender su obsesión hacia ti –esbozó de manera significativa–. Eres toda una leona y a mí me gusta cazar. ¿Te cuento un secreto? puedes esperar sentada, él no volverá. Pero ya que quieres luchar, te dejaré intentarlo. Me gusta que se resistan.

Ella lo miró interrogante.

Él soltó una carcajada cruel que le disparó pulsaciones.

–Te daré diez segundos de ventaja, solo diez, antes de ir en tu búsqueda –concedió divertido–. Ruega que no te atrape, pues si lo hago, te tomaré con tal fiereza que olvidarás cómo te llamas y perderás las cuerdas vocales. Es una promesa.

Hermione lo observaba desafiante, mientras él se peinaba los cabellos hacia atrás con suficiencia, repleto de anticipación por la cacería. Avanzó la distancia provocada por el empujón y flexionó las rodillas para quedar a su altura, acercándose nuevamente a sus labios para susurrarle con voz seductora algo que helaría los huesos a la aurora.

–Esta es la parte en la que corres, sangre sucia.

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Continuará.


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Nota de la autora: He aquí la primera actualización desde mi regreso en esta historia. Espero no haber perdido el toque =). ¿Quieren que continúe?