35. Pasiones ocultas
Ya hacía rato que la noche había caído y que Marin había emprendido el camino hacia su casa para pasar lo que restaba de atardecer con su retoño. La pizarra del apartamento de Kanon lucía mucho más repleta de información que apenas unas horas atrás, y finalmente el nombre de Shaka también había sido colgado en ella. Las razones era tan obvias o tan inconsistentes como las que habían propiciado la presencia de Valentine: rubio, relacionado inevitablemente con Saga y Valentine, autor del informe forense perteneciente al caso y con irregularidades en él...Quizás Shaka acabaría siendo una pieza importante del puzzle, pero algo le decía a Kanon que en él se ocultaba, más que un sospechoso, un inesperado aliado. Intuición que Kanon había decidido no compartir en exceso para no volver a sufrir las consecuencias de los ataques de celos que incomprensiblemente había sufrido Rhadamanthys.
Kanon había movido la silla, apostándola frente al despliegue de información, sentándose en ella a horcajadas mientras el respaldo seguía sirviendo de apoyo a sus brazos y éstos a su mentón.
- Kanon...
- ¿Mmm?
- Déjalo ya...Ya has trabajado suficiente hoy. Al final te quedarás bizco si no dejas de mirar fijamente la pared.- Dijo Rhadamanthys, chaqueta en mano aún sin decidirse a cubrirse con ella.
- ¿Dónde vas, Wyvern? - Inquirió Kanon sin dejar de observar la pared, sintiendo muy a su pesar como los ojos le empezaban a escocer de cansancio.
- A casa. ¿Dónde voy a ir sino?
- Creí que te quedarías a cenar.
- No me lo has pedido...y reconozco que hoy no me he portado bien contigo para abusar de tu confianza...- Se excusó el Wyvern, el cuál seguía sin enfundarse la chaqueta, quedando estúpidamente palplantado a espaldas de Kanon, fingiendo mirar la pizarra, sin querer evidenciarse a él mismo que desde que se habían quedado a solas sólo podía observarle a él.
- Tienes razón. Te has pasado tres pueblos. Si querías que tus sospechas fueran tenidas en cuenta me lo podrías haber dicho de muchas otras maneras.
- Lo siento...de veras... Me he comportado como un imbécil.
- Nos hemos comportado como unos imbéciles. Los dos.- Finalmente Kanon se dignó a alzar su rostro y abandonar la contemplación de la pizarra para ladearlo hacia atrás y descubrir la hierática figura del Wyvern como una estatua tras de sí.- Por éso me debes unas disculpas más trabajadas si quieres que te perdone de verdad.- Añadió dibujando su irresistible sonrisa.- Y debes darme la oportunidad de disculparme a mí también...
La seductora media sonrisa persistía embelleciendo su rostro, sabiendo que con ella al frente la rendición de Rhadamanthys sería inmediata.
- Entonces...¿qué propones?
La chaqueta que había estado esperando entre la mano del Wyvern para servir a su cometido había vuelto a caer sobre la silla, dejando así las manos en completa libertad para medio insertarse en los bolsillos de los ajustados jeans que siempre le vestían.
- Que te quedes a cenar...
- No tienes nada en la nevera que sea rescatable para una cena digna. Lo hemos utilizado todo este mediodía...- Puntualizó el Wyvern, fijándose en los pensados movimientos de Kanon para alzarse de la silla y dirigirse hacia él.- Quizás deberíamos llamar para que nos traigan unas pizzas...o comida china...¿qué prefieres? - Añadió esperando infantilmente la aproximación que Kanon ya no estaba dispuesto a evitar.
- ¿Y si nos olvidamos de la cena?- La distancia ya se había extinguido entre los dos, y la mano de Kanon no dudó en alzarse para permitir tomar el rostro del Wyvern y volver a rozar la herida del labio con su pulgar.
- Kanon...no sigas...por favor...- La mano de Rhadamanthys se había posado sobre la muñeca de Kanon, pero sus primeras intenciones de cortar el contacto rápidamente se transformaron en otra tímida carícia cargada de expectativas.
- ¿Por qué? Quizás Marin tiene razón...nos deberíamos olvidar de todo, y vivir el día que tenemos como si fuera el último.- El pulgar de Kanon abandonó la carícia sobre los labios y viajó hacia la mejilla, deleitándose en la tenue rasposidad del incipiente y dorado vello que empezaba a asomar en ella.
Sus frentes casi se tocaban, y las miradas se estaban encendiendo sin salvación, clavándose con intensidad una dentro de la otra.
- ¿Y si nos volvemos a equivocar?- La voz de Rhadamanthys estaba perdiendo toda su claridad, y la proximidad de los labios de Kanon no ayudaba precisamente a poder recuperarla.
- ¿Más de lo que ya nos equivocamos antes de llegar hasta aquí? Lo dudo...- La zurda de Kanon se unió al placer de reconocer el rostro del Wyvern con su tacto, y una escapada por parte del inglés ya no era posible. Ni siquiera deseada.- Además...tú mismo lo dijiste...no todo lo que vivimos aquí fue malo ¿recuerdas?
- No...no todo fue malo...- La mirada de Rhadamanthys se entrecerró con señales de incipiente deseo, y sus labios se partieron en anticipación a un beso cada vez más urgente.
- Pues recordemos lo bueno...- El Wyvern ya no tuvo opción. La iniciativa de Kanon se la robó, extinguiendo completamente la distancia que aún separaba sus labios, uniéndose en un inicial e incómodo contacto debido al mal calculado ímpetu, hecho que propició la inesperada retirada de Rhadamanthys, acompañada de un quejido de dolor.- Lo siento...- Ronroneó Kanon, cediendo en el contacto pero manteniendo la cercanía de sus rostros.
- No importa...Sigue...Lo resistiré.- La voz de Rhadamanthys se percibía ronca, y la orden que con la respiración ya acelerada ejecutó fue instantánemanente acatada.
Ya no fue solamente un nuevo y profundo beso el que les unió. Sus cuerpos empezaron a reclamar un contacto más intenso, como así lo delataba la aproximación que ambos buscaron, afianzando esta cercanía con unos abrazos nerviosos que no se decidían dónde estrecharse ni dónde explorar. El impulso de Kanon obligaba a Rhadamanthys a retroceder sin saber muy bien dónde pisaba, y sus labios apenas se separaban para darse el pequeño lujo de tomar aire y volver a la carga. Con imperiosa rapidez la camiseta de Rhadamanthys probó la recién estrenada limpieza del suelo. La de Kanon inmediatamente la acompañó y las piernas del Wyvern pronto toparon sin remedio contra el borde de la cama, no pudiendo hacer absolutamente nada para evitar su caída de espaldas sobre ella. El desenfrenado ataque al que se había entregado Kanon ya no tenía otra solución para extinguirse que presentarle batalla, pero Rhadamanthys estaba completamente reducido y a su merced. Lo único que podía hacer era retorcerse de gozo bajo la influencia de unos labios y unos dientes que le exploraban con una dedicación que no habían conocido en sus encuentros más recientes.
- Kanon...- La voz del Wyvern quedaba atorada en su garganta, y Kanon llevó su mano hacia sus labios para acallarle, sin el éxito deseado. - Kanon...ésto...ésto...
- Cállate Rada...- Balbuceó mientras su experta boca seguía saboreando cada recodo de un pecho más que conocido.
- Contigo nunca fue sólo sexo...
- Lo sé...y ahora...cállate...
La traviesa boca de Kanon seguía reconociendo la piel que cubría una musculatura firme, y los labios de Wyvern fueron mordidos por sus propios dientes saboreando la antesala del placer cuando el sonido del tortuoso descenso de la cremallera de sus vaqueros le dejó totalmente preso de la desbordante pasión que Kanon no demoró en atender. Una de las manos de Rhadamanthys se apresuró a viajar hacia la cabeza de Kanon, regalándose el gusto de enredarse entre sus largas hebras azules al tiempo que con la otra se agarraba con fuerza y por encima de su cabeza al otro extremo de la cama, rodando su tomada mirada desde los excitantes vaivenes de la mata de cabello salvaje que se movía bajo su vientre hacia el infinito blanco de un techo que tantos años le había velado no sólo su sueño, sino innumerables momentos quizás tan electrizantes como ése. Ya no había palabras, sólo sus atolondradas respiraciones llenaban la habitación, y los gemidos que Rhadamanthys reprimía en su garganta cada vez que una traviesa e intermitente succión de los labios de Kanon sobre su tensa excitación le asaltaba con devota dedicación.
Ya no había resistencia posible. La única opción era claudicar. Y su comprometida posición dejaba claro sólo un pequeño detalle: la verdadera claudicación hacía ya días que había tenido lugar.
...
En otro lugar de la gran Atenas...
En las afueras de la ciudad, un húmedo y sombrío sótano albergaba la llegada de una imponente figura masculina vestida con ropas casuales, olvidando las extravagantes vestimentas que utilizaba en las reuniones del grupo cada vez más numeroso de todos aquellos seducidos por los misterios de la oscuridad, y seducidos por su innata capacidad de conectar con el más allá.
Esa noche Thanatos no era Thanatos. Sólo en la intimidad de su grupo de "espectros" se hacía llamar así. Pero tampoco era Thane. Hacía años que su nombre real había pasado a engrosar el saco de los nombres que caen en el olvido. Hacía los mismos años que su nombre "real" era Tanner. No le había costado mucho dar con bandas de expertos falsificadores para crearse una identidad que le permitiera desaparecer del mapa de la búsqueda policial que había originado su fuga del psiquiátrico dónde había ingresado por "enajenación mental".
Nunca había sido comprendido. Ya desde una muy temprana edad fue consciente que una sensibilidad desconocida y especial le acercaba a un mundo vetado para la mayoría de los mortales. Intuía cosas...leía entre las sombras...se unía a ellas...las escuchaba...Y las voces de las sombras le hablaban desde otros mundos no tan lejanos como se acostumbra a suponer. Los mundos de los espíritus siempre fueron sus mundos más reales, pero el miedo que sus palabras despertaron en su família hizo que todos sus intentos de hacerse comprender fueran perdiendo fuerza.
Más frente a las capacidades naturales e innatas de su hermano gemelo Hyppolitos. Hyppolitos era el "bueno" de los dos. Siempre lo fue, y su talento para la pintura era algo simplemente deslumbrante, incluso antes que sus padres decidieran derrochar todos sus esfuerzos en administrarles una adecuada formación para poder catapultar ese talento hasta las más altas esferas del arte. Hyppolitos sacó provecho de dicha formación de manera excepcional. Él la recibió sin pedirla, y su rebeldía ante tal decisión se materializaba en las pinturas que fluían a través de la empuñadura de un pincel que no deseaba. Su arte era oscuro, rocambolesco, macabro...siniestro.
Duros fueron los años antes que tuvo edad suficiente para largarse de la casa familiar y emprender al fin la vida por la que había estado llamado. Conectaba con las almas, hablaba con ellas, las ayudaba a hallar el camino para alcanzar los definitivos mundos dónde descansar en paz. Y empezó a ayudar, en círculos íntimos, a todos aquellos que necesitaban una última conexión o despedida con aquellos que habían abandonado el mundo material sin hacerlo en completa paz y armonía.
Sus habilidades eran deslumbrantes, y poco a poco su nombre se fue conociendo. Una recomendación, una sesión...y la posterior necesidad de repetir, o de recomendar sus dones a demás personas necesitadas de comprensión espiritual fue más que suficiente para poner su nombre en lo más alto de los médiums conocidos a nivel mundial.
Su reputación fue labrada con esfuerzo, talento y sinceridad. Nunca más tuvo la necesidad de volver a su família. Olvidarse de su hermano gemelo no fue un problema, ya que nunca habían compartido nada más allá que odiosas comparaciones y distintas vejaciones por la gran bifurcación que marcaban sus caminos desde poco después de nacer. Hyppolitos era el genio de la luz...el pobre Thane era el loco de las tinieblas...
Su separación no dolía. Vivía sus naturales capacidades con honor, y ayudaba desinteresadamente a todo aquél que no hacía de sus dones un escarnio de desprecio. Pero un día fatal pasó lo temido, pero nunca aceptado de verdad. Una denuncia llegó, alegando que se servía de la necesidad de las personas con traumáticas pérdidas a su alrededor para lucrarse con el dolor de sus desgracias. Aparecieron unas familias que no había visto en su vida y le acusaron de fraude. De engañarles. De hacerse con todo su dinero a costa de ofrecerles perversas mentiras y falsas esperanzas de conectar con un mundo mayor.
Su defensa carecía de argumentos sólidos ante una acusación magistralmente armada por la Fiscalía de entonces, la cuál había recibido una denuncia anónima para hundirle. La única solución, alegar enajenación mental, conseguir su internamiento en un psiquiátrico y con suerte salir unos años después de haber sido oficialmente "sanado".
Thane no lo soportó muchos años. La lucidez mental que vivía cuando fue encarcelado en esa casa de dementes amenazaba con desaparecer si no desaparecía antes él de entre esas enfermas paredes. Aguardó...durante años aguardó la ocasión. Simplemente cuando llegó, no rechazó su mano, y agarrándose con fuerzas a la esperanza de no haber sucumbido aún a la locura que ese lugar inducía a cualquier mente, escapó.
Con el tiempo se convirtió en Tanner. Regresó a la ciudad que le vio nacer y se urdió una nueva vida. De día, trabajador raso de un gran almacén de bricolage. De noche, se convertiría en Thanatos y desarrollaría sus artes oscuras junto con todos aquellos incomprendidos que compartieran la misma amplia visión que él mismo tenía de otros mundos que no encajan en la deficinión de "real" o "material".
Elegir el nombre de Thanatos no fue una casualidad. Hacía tiempo que sabía que el talento pictórico de su hermano le había llevado a ser reconocido como Hypnos..."el pintor capaz de hipnotizar con la belleza de sus obras"...Thane no necesitó más. Thanatos fue su rápida elección.
Esa noche, Thane...o Tanner...necesitaba hacer uso de sus dones. Una adepta a su grupo había sido asesinada. Pandora...la bella Pandora...la niña que pasó a ser criada por Hypnos...la niña que perdió a su família en unas circumstancias tan extrañas como las mismas que le arrebataron a él su noble reputación. No fue difícil dar con ella, seducirla con la sincera promesa de ayudarla a recuperar una comunicación con sus padres fallecidos en circumstancias incomprensibles.
Atraerla a su lado fue lo más natural y simple del mundo. Pero ahora alguien se la había arrebatado...
Esa noche, Thane necesitaba hablar con ella. Necesitaba intentar hallar alguna pista que le indicara quién había osado cometer semejante atrocidad. Y sólo Pandora se la podía dar.
El sótano de su vivienda se presentaba iluminado por escasas velas, y Thane se dirigió con pasos cansados hacia un viejo diván que custodiaba sus viajes al más allá. La manga de la camisa fue arremangada hacia la mitad de su brazo izquierdo y una goma fuertemente ceñida en él ayudó a realzar la posición de la vena que recibiría una medida dosis de Fenciclidina. Necesitaba hacer una conexión rápida, y sólo éso le ayudaba a alcanzar el nivel de vacío mental que necesitaba para llevarla a cabo. Pandora le estaba esperando, y él no quería demorar más. La aguja pinchó la vena, y el líquido entró, proporcionándole un inminente trance que velozmente le trajo las bellas facciones de Pandora a su mente.
- Pandora...mi pequeña...¿quién te quitó la vida?...
La imagen que Thane percibía de la muchacha se presentaba confusa, triste, apagada...y temblorosa. Incluso a veces le parecía ver que sentidas lágrimas surcaban su dulce rostro...
- Pandora...mi Pandora...quiero ayudarte...pero necesito saber quién te hizo éso...sólo si me lo dices podrás irte en paz...
"Un hombre..."
La voz que percibía Thane era clara, pero siempre dudosa...temerosa...
- ¿Qué hombre...mi pequeña? ¿Mayor? ¿Joven?
Los sollozos de Pandora siempre llegaban pronto, y siempre precedían la misma respuesta. Y la inevitable desaparición después de proferirla.
- No llores mi niña...¿Cómo es? ¿Alto...? ¿Bajo...? ¿Joven...?
"Rubio..."
- Rubio...
La imagen y la voz de Pandora desaparecieron. Y a Thane sólo le quedó la misma impotencia de siempre. La impotencia que también llenaba sus oscuros ojos de lágrimas. La impotencia de la que sólo era testigo su fiel servidor, y quién siempre velaba por él en las sombras.
Kagaho no pudo evitar entristecerse otra vez después de ser testigo del enésimo intento de Thane de esclarecer lo que hacía semanas que le turbaba el corazón. Y secretamente maldijo su insana obsesión de hablar con Pandora.
La insana obsesión que a Bennu le alejaba un día más de su turno de poder hablar con aquellos pequeños que hacía diez años habían abandonado su hogar para ir al colegio, siendo sus vidas arrebatadas por el descontrol de un coche comandado por manos torpes y mente ebria de desenfreno y alcohol.
#Continuará#
