XXXVI. Tu madre también pudo elegir.

«El que tiene la verdad en el corazón no debe temer jamás que a su lengua le falte fuerza de persuasión.»

John Ruskin.

Diciembre de 2024.

Regresaron al interior de L'Étoile: de repente el estar al descubierto les pareció pésima idea.

—Hay que avisar a la Clave de…

—¿De qué? Rafe, secuestraron a una mundana. A la Clave no le va a importar.

—¿Entonces qué hacemos?

Rafael notó, justo en ese momento, que Alphonse no había recuperado el color en el rostro y que sus ojos parecían ligeramente oscurecidos, de un color más cercano al marrón que nunca.

—¿Rafe? ¿Alphonse?

Al darse la vuelta, Rafael vio que Perenelle salía de la cocina, con expresión desconcertada.

Eso le dio una idea.

—Nelly, ¿va a seguir abierto el café?

—Sí, aunque Madame nos da un par de horas después de un altercado, ¿por qué?

—¿Querría alguno de los chicos licántropos darnos algo de ese tiempo? Necesitamos ayuda rastreando a alguien.

—¿A quién?

—A la señora Amélie.

Perenelle, tras poner cara de susto, asintió con la cabeza y regresó por donde había venido, sin tardar más de un minuto en volver con el empleado de hombros anchos y coleta castaña. El hombre se estaba quitando el delantal blanco y se calaba una gorra negra en la cabeza.

—Henri Valjean —se presentó con voz seria, antes de fijar los ojos en Alphonse—. Muchacho, sobre lo de hace un momento…

—No se preocupe, señor, no importa.

—¡Pero…!

—De verdad, no importa. Si pudiera ayudarnos a encontrar a mi madre…

—Haré todo lo que pueda. ¿Por dónde empiezo?

Alphonse comenzó a detallar una ruta que a Rafael no le sonaba de nada, pero para el licántropo debió ser suficiente, porque asintió y abandonó enseguida el local.

—¿A dónde lo mandaste, Al?

—Mi madre dijo que estaba en el metro y mi tío iba con ella. Le describí el camino más probable que pudieron haber seguido para llegar desde aquí a la estación más cercana de la ruta que los llevaría a Montmartre. Si monsieur Valjean conoce el rastro de alguno de los dos o de ambos, podrá cerciorarse de la ruta que tomaron y dónde pueden haber bajado a mi madre.

—¿Crees que la bajaron del metro? —Preguntó Perenelle.

—Sí, se alcanzaron a oír las puertas al abrirse. Y por más de la Cacería que sea el hada, no iba a soportar demasiado en el metro.

—Por el metal, ¿verdad? Hay hierro en varias partes.

—Exacto. Rafe, ¿puedes llamar a Kit y a père?

—Sí, ¿tú qué…?

Atónito, Rafael vio cómo Alphonse estaba a punto de perder la paciencia. Era algo tan raro en su parabatai que mejor realizó la llamada, mirando de reojo que el otro también usaba el celular.

¿Sí? Rafael, ¿qué pasa?

—Kit, tenemos un problema. La señora Amélie…

Con un nudo en la garganta, Rafael le contó lo que sabía, tras lo cual creyó oír que Kit soltaba una maldición y llamaba a gritos a Tiberius.

—No me importa, ¡quiero hablar con ella ahora mismo, Suzzy!

Ante semejante frase, Rafael dio un respingo y miró a Alphonse, que sostenía el celular con tal fuerza que los nudillos se le ponían blancos.

—¿Qué pasa? —le preguntó a Perenelle.

—Creo que llamó a alguien del Instituto —respondió la joven, tan sorprendida como él.

A Rafael no le habría parecido tan raro si no supiera que su parabatai no tenía amigos en ese lugar. Haciendo una mueca, dio un paso hacia Alphonse.

—¿En serio? Pues entonces averigua quién mandó al grupo de cazadores de sombras al Instituto de Oslo en dos mil siete. Si hallas su nombre allí, avísame… ¿Qué? ¡Solo hazlo, te lo explicaré cuando lo encuentres! Por cierto, ¿ya se fueron los Centuriones? ¿No? Entonces dales la dirección de L'Étoile. Sé que la sabes. Esto les concierne. ¿Qué? Ah… No hay de qué, Suzzy. Y lamento mucho… De acuerdo, si tú lo dices… Hasta luego.

Cuando colgó, Alphonse dejó escapar un suspiro, cerró los ojos y sacudió la cabeza.

—Lo volví a hacer… —musitó.

Rafael, ¿estás ahí?

El muchacho dio un respingo. Había olvidado por completo su propia llamada.

—¿Sí, Kit?

Vamos para allá. ¿Cómo está Al?

Esa pregunta era difícil de responder. El semblante de Alphonse indicaba que se estaba serenando, pero lo que alcanzaba a percibir a través de su runa de parabatai era algo incierto, ardiente y a la vez oscuro, que estaba incluso dándole miedo.

—Creo que no muy bien, aunque intenta calmarse —terminó por contestar.

No vayan a irse. Llegaremos pronto.

—De acuerdo. Gracias, Kit.

No hay de qué.

Cortando la llamada, Rafael volvió a mirar a Alphonse mientras se guardaba el celular.

—¿A quién llamaste tú, Al?

—A Suzzy.

—¿A la chica Verlac? ¿Para qué?

—¡No lo sé! Fue… raro. Hadas, mi madre, mi padre… Todo se mezcló en mi cabeza de alguna forma y lo primero que pensé fue… ¿Recuerdas lo que hablamos antes, sobre Simone?

—Sí, ¿por qué?

—Algo me hizo querer hablar con ella, pero Suzzy dice que no está disponible y luego…

—Te oí decir algo sobre Oslo.

Alphonse sacudió la cabeza, con aspecto de estar confundido.

—No estoy muy seguro de lo que dije —admitió, angustiado—. Es como… ¿Recuerdas esa vez en Taki's? ¿Por tu cumpleaños?

Rafael frunció el ceño, hasta que recordó el incidente en cuestión y abrió los ojos como platos, sintiendo un escalofrío.

—Dijiste que la mesera hada de allí no era… —musitó, sin poder acabar la frase.

—No tenía sentido entonces, ¿verdad? Pero ahora…

Rafael le hizo una seña para que no siguiera, cosa que Alphonse no tuvo dificultad en hacer. Su mente parecía ir y venir, lo que era preocupante por sí mismo.

—Alphonse, ¿puedes prever?

La pregunta de Perenelle fue hecha con cierta admiración, cosa que Rafael no entendió del todo. Tendría que preguntar por ello más tarde.

—No lo sé —respondió Alphonse, pasándose una mano por el cabello, dejándolo más revuelto que nunca—. A veces… Creo que a veces algo viene a mi cabeza, pero no es… No siempre es lo que va a pasar. Y nunca lo entiendo en el momento en que lo veo. Lo de Rafe, por ejemplo, lo comprendí cuando llegamos aquí y su cumpleaños fue en julio.

Perenelle asintió, comprensiva, lo cual Rafael agradeció.

—¿Qué haces con eso? —quiso saber ella, en tono amable.

—¿Con lo que…?

—Sí, con eso.

—Si puedo, lo uso o le aviso a quien lo necesita. ¿Por qué…?

—Porque según las hadas, deberías intercambiar esa clase de información por favores. Que uses ese don como tú lo haces, les parecería un insulto. Y supongo que no solo lo tienes tú.

—¡Nelly, eso…!

—No te enfades con ella, Rafe. Tiene razón.

—¡Pero Al…!

—Tal vez alguien lo supo… Aunque no me imagino a madame Glace, a monsieur Roux o a monsieur Sangbleu diciendo algo así a cualquiera. Y seguro ellos prohibirían mencionarlo. En cuanto a mí… No es como si lo hiciera con frecuencia y casi siempre he estado solo..

—O conmigo —apuntó Rafael.

Père, Kit y Getty también lo saben, pero sé que ninguno lo andaría contando sin más. ¿Entonces quién…?

—Los que estuvieron hace poco en el departamento —señaló Rafael de pronto—. El segundo de Yves Roux…

—¿Émile Bigeon? —Perenelle agitó la cabeza, con lo cual se movió bruscamente su coleta—. Puede ser un poco parlanchín, pero antes se arranca un brazo que hacer algo que pueda contrariar a monsieur Roux.

—Y los dos vampiros… ¿Cómo se llamaban? Uno era René… Lacoste, ¿no? Y el otro…

—Ramsés Isalam, si no recuerdo mal.

—¿Un hombre negro que parecía tener demasiado buen humor? —preguntó Perenelle y cuando Rafael asintió, sonrió levemente—. Él y monsieur Lacoste son de fiar. Puedo garantizarlo. Más si saben que es algo que puede afectarte —añadió, mirando a Alphonse.

—¿Por qué? ¿Por mi padre?

—Sí.

—¿Cuánta gente se siente en deuda con mi padre?

—No tienes idea. Y gracias, por cierto.

—¿Por qué?

—Por llamarnos «gente» y no «subterráneos».

Mientras Alphonse asentía, sonrojado, Rafael se sentía orgulloso de su parabatai, pues desde que lo conoció sabía que era especial y le gustaba la idea de que más personas lo notaran.

—Por cierto, Al, ¿qué haces con eso?

Hasta ese momento, Rafael se fijó que en una mano, Alphonse tenía el extraño estuche de madera de Thorwyn.

—Monsieur Thorwyn lo dejó, pensé en guardarlo cuando regresáramos al departamento.

—¿Para qué? ¿Es útil?

Alphonse se encogió de hombros y casi sin darse cuenta, hizo amago de abrirlo.

—¡Espera, Alphonse!

La advertencia de Perenelle llegó un segundo tarde; sin embargo, no pasó nada, a menos que se contara como algo que Alphonse mirara el interior del estuche con el ceño fruncido.

—¿Estás bien? —se interesó Perenelle enseguida.

—Yo… Sí, es solo que…

Cuando Alphonse hizo ademán de mostrarles el interior del estuche, Perenelle lo sobresaltó.

—¡No!

—¿No qué?

—¡No debes enseñarle eso a nadie! Alphonse, ¿nunca has tratado con un relicario hada?

—No, pero he leído sobre ellos. Lo siento, no pensé…

—¡Ten más cuidado! Pudo haberte maldecido o enajenado, ¿comprendes?

—Perdona, Nelly, ¿qué es un relicario hada?

—Son contenedores de objetos valiosos, Rafe. Casi siempre se usan para resguardar algo, y nunca falta el hada que tiente a un humano a abrir uno, con tal de que le caigan encima maldiciones y hechizos que confunden su mente. ¡Ahora sé por qué me era familiar! Vi uno como ese cuando me abandonaron en la ciudad, aunque no recuerdo dónde fue eso, ni quién lo llevaba.

—Y si le enseñaba el contenido a uno de ustedes…

—Pudo caernos encima una maldición, sí. No me explico cómo…

—Hay una nota —avisó Alphonse, sacando del estuche un trozo de lo que parecía papel amarillento—. Solo que no entiendo esta letra. Perenelle, tal vez puedas…

—¡No! No voy a mirar nada que haya salido de ese relicario hasta saber que es seguro.

—Pero… Yo no puedo leer…

—Tienes sangre de hada, Alphonse. Si esa nota está escrita en el mismo dialecto que hablaba Thorwyn, podrás entender algo.

—¿En serio? —dejó escapar Rafael, sin acabar de creérselo.

—En teoría, sí.

Rafael pudo notar el escepticismo de Alphonse en su expresión. No era para menos, a él tampoco le cabía en la cabeza que pudiera ser así de fácil.

En ese momento, sonó un teléfono. Perenelle, dando un respingo, corrió a la barra y se agachó un poco, sacando casi enseguida un auricular blanco.

L'Étoile, a sus órdenes —saludó ella, antes de exclamar—. ¡Henri! ¿Qué tienes?

El nombre hizo que Rafael también se acercara a la barra, notando por el rabillo del ojo que Alphonse se guardaba la nota en un bolsillo y volvía a cerrar el estuche antes de seguirlo.

—¿Pero qué se ha creído…? —Comenzó Perenelle, para interrumpirse dejando escapar un suspiro, tras el cual indicó—. Mira, ni se te ocurra entrar allí, ¿entendido? Pídele ayuda a alguien cercano a los jardines de Luxemburgo. ¡Por favor, solo hazlo! Yo me encargo de lo demás. Cuando te hayan confirmado a alguien allá, pídeles que llamen aquí y se reporten. Hasta luego.

—¿Qué pasa? —quiso saber Rafael.

—El rastro de madame Poquelin se desvaneció en las Tullerías. Henri me describió por dónde se fueron y estoy segura de que esa hada usó un Pasaje.

—¿Un Pasaje? ¿Una de esas puertas al reino de las hadas?

Perenelle asintió a las palabras de Alphonse y Rafael, absurdamente, comenzó a sentirse fuera de lugar.

—Este Pasaje en particular es un puente, más que nada —indicó Perenelle con cierta ligereza—. Lleva a los jardines de Luxemburgo.

—¿La hicieron cruzar el Sena? —Alphonse se veía sinceramente extrañado—. ¿Para qué?

—En los jardines de Luxemburgo hay otro Pasaje, este sí al reino de las hadas. Si lo toma, ya no podremos seguirlos.

—Si ya está allá…

—Ese Pasaje se abre de noche. Si el tipo fue para allá, solo quiere estar preparado. Pero ahora que lo pienso, las hadas de la Cacería no suelen usar los Pasajes que son conocidos, ¿por qué esta vez sí?

—Por mi madre, tal vez —aventuró Alphonse.

—Tal vez.

Se quedaron en silencio un largo rato, lo cual para Rafael fue un alivio, ya que la extraña sensación que provenía de su runa de parabatai finalmente se había extinguido.

Bendijo al Ángel porque Alphonse lograra tranquilizarse, aunque por las circunstancias, sabía que eso no podía durar.

—&—

Ese último tramo había mareado a Amélie.

Nada raro, si habían usado una especie de puerta mágica.

Sin moverse con brusquedad, Amélie sacudió la cabeza un par de veces. Había decidido no resistirse ya, porque podría necesitar la energía si se presentaba la oportunidad de escapar.

Ojalá Alphonse lograra oír lo que alcanzó a gritarle. Cuando vio caer a su hermano con el celular en la mano, tras esa paliza bestial, confió en que la llamada siguiera en curso y en que su hijo lograra deducir lo sucedido con las pocas referencias que dio de la situación, de forma tan apresurada. El soportar las burlas de aquel tipo hada sobre que no recibiría ayuda de «los de la Cité» fue un precio muy bajo a pagar.

Mirando discretamente a su alrededor, Amélie no pudo evitar pasmarse. ¿Los jardines de Luxemburgo? ¿Para qué…? Su confusión dio paso a un vago miedo y en segundos, recordó lo que su madre le había enseñado de aquel sitio.

A veces, las hadas iban a su reino desde allí.

Recordando las recientes desapariciones de mundanos con Visión, Amélie se preguntó si era la siguiente, pero algo no encajaba. Las anteriores desapariciones fueron discretas, sin dejar atrás evidencia alguna y mucho menos testigos. Si de verdad se la estaban llevando como a otros de sus semejantes, ¿por qué ahora? ¿Por qué de esa manera?

Tengo algo de tiempo.

Amélie frunció el ceño. El hada hablaba otra lengua, pero no le sonaba a ningún idioma que conociera. Y eso era extraño, considerando que en su tiempo libre se dedicaba a estudiar frases básicas de cuanto idioma llamara su atención.

Lo más raro de todo era que había entendido un par de palabras.

Mestiza, ¿puedes entenderme?

Amélie lo miró poniendo su mejor expresión de confusión. Asentir o negar con la cabeza equivaldría a delatarse y debía aprovechar todas las ventajas posibles.

El hada, para su alivio, carraspeó y pasó a hablar en francés.

—¿Acaso tu padre no te enseñó nada útil? —le gruñó.

—Mi padre está muerto.

Desde el punto de vista mundano, no mentía. Esperaba que eso bastara.

—¿Vas a decirme que nunca has estado en contacto con el mestizo Albwyn?

Amélie negó con la cabeza. Ese nombre no le era familiar.

—Entonces, ¿de dónde has sacado la Visión?

—De mi madre.

Cualquiera que conociera a los Poquelin obtenía esa respuesta. Era la versión oficial, pues solo unos cuantos conocían la identidad subterránea de Alphonse Lafontaine. ¿Con quién había estado hablando ese tipo?

Al ser arrastrada a la fachada de una elegante casa, algo hizo clic en su cabeza, pero no supo la razón hasta un par de segundos después, cuando la puerta que tenía delante se abrió y dejó ver a la persona del otro lado.

¡Con que eso quiso decir el hada con lo de «revisar sus contactos en la Cité»!

Amélie deseó seguir viva y en su mundo para poder decirle a su hijo lo que recién había descubierto. Seguro le sería de mucha ayuda.

Sin importar qué, rectificó, iba a seguir viva y en su mundo para poder volver con su familia.