Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia, salvo la histérica y despreciable Amy.
CAPÍTULO 37. ¿Bailamos?
Serían las ocho de la tarde del 31 de mayo, cuando Kitty comenzó a dar toquecitos en la puerta del cuarto de Marie para que le abriera.
Marie suspiró, resignada, mirándose una última vez al espejo antes de ir a recibirla. Aquella era su noche, la noche. Si todo salía bien, ya no tendría que aguantar a Scott y a Jean nunca más, ni tampoco al resto de habitantes de la Mansión X que no la podían ni ver. Lo que sentían ellos hacia ella era mutuo, pero siempre era un alivio dejar de tener alrededor a los que desprecian a uno.
-¡Qué guapa!- exclamó Kitty al verla, entusiasmada- Estás fantástica, Anna.
-Se puede decir lo mismo de ti, Kitty- respondió ella, devolviéndole la sonrisa.
Finalmente, Kitty se había puesto un vestido color azul oscuro ceñido en la cintura y que le caía sobre las piernas con un borde rizado. Le daba un aspecto aún más aniñado del que le daban sus facciones de niña pequeña.
-¿No te recoges el pelo?- le preguntó Kitty, tomando asiento en una silla, mientras observaba cómo Marie se pintaba los labios de un rojo brillante que hacía resaltar sus ojos.
-Así estoy bien- fue lo único que dijo Marie, a quien todo aquello le parecía un mero trámite para llegar adonde quería llegar.
No hacía mucho se había sentido ilusionada con el baile de primavera, e incluso triste porque creía que iba a acudir sola. Y, sin embargo, ahora lo consideraba una tontería. Todas aquellas chicas preocupadas por su aspecto, por qué se pondrían, por si le gustarían a su pareja… Admitía que en otras circunstancias a ella también le hubieran importado todas aquellas trivialidades. No obstante, en ese momento se estaba pintando para ir a la fiesta, porque si no lo hacía, el profesor sospecharía de lo que tenían en mente.
-¿Con quién vas a ir al final?- inquirió Kitty, con curiosidad.
Marie se volvió para mirarla, dejando el pintalabios a un lado.
-Con nadie- contestó, como si no fuera importante.
-¿Con nadie?- repitió Kitty, ceñuda- ¿Cómo vas a ir sola? Creía que ibas con Allerdyce.
-Johnny no tenía ganas de ir, ya te dije que seguramente preferiría cualquier cosa antes que estar allí- respondió Marie, encogiéndose de hombros- Y tampoco voy a quedarme aquí toda la noche mientras los demás se divierten.
-Visto así… tienes razón- convino Kitty, levantándose- Lo que te he dicho antes ha sonado como si no quisiera que vinieras.
-¿No quieres que vaya?- rió Marie, dirigiéndose a la puerta.
-No seas tonta. No dejaré que te aburras- prometió Kitty, caminando precipitadamente hacia donde estaba Marie, que ya iba a abandonar la estancia.
A pesar de la promesa de Kitty, en aquella noche Marie tuvo de todo menos diversión. En cuanto llegaron al gimnasio, un edificio pequeño que estaba algo apartado de la mansión, pero que formaba parte del recinto, Marie supo que le costaría llevar a cabo sus planes. Pero como tampoco iba a perder nada por intentarlo, no se echó atrás.
Habían vaciado la gran sala de máquinas, y puesto bancos pintados de blanco cerca de las paredes. Guirnaldas de colores colgaban del techo y el suelo de parqué brillaba a la luz de la luna, que pasaba a través de las paredes de cristal. Había lamparitas y velas por todas partes, y muchachas aparentemente normales dando saltitos mientras trataban de convencer a sus parejas de que salieran con ellas a la pista de baile. En un rincón, Júbilo se encargaba de ir poniendo discos de vinilo que ofrecían una música de vals que resultaba agradable a los oídos.
Marie sonrió, pensando que era un alivio que no hubiera venido acompañada, porque en su vida había bailado un vals. No tendría idea de cómo moverse, aunque viendo a los estudiantes, sus movimientos no le parecieron tan difíciles.
Enseguida, Kurt emergió de la multitud y se unió a ellas. Vestía un esmoquin blanco que hacía resaltar su piel en exceso. A Marie se le pasó por la cabeza que tal vez si una persona epiléptica lo veía, le daría un ataque. Desechó la ridícula idea, dándole la mano a modo de saludo.
-Estás muy bien, Kurt- le dijo, esbozando una sonrisa quizá un tanto forzada.
Kurt sonrió también, mostrándole su deslumbrante dentadura.
-Tú también, Anna. Estás bellísima.
Marie se sonrojó casi al instante, agradeciendo que Kurt le hubiera dejado de prestar atención para dedicársela a su acompañante. Kitty y Kurt juntos parecían dos piezas de un rompecabezas que encajaran casi a la perfección. Donde el rostro de Kurt era de un bonito azul, el de Kitty era de un blanco inmaculado, y donde el vestido de Kitty era de un color zafiro, el traje de Kurt era del mismo tono que la piel de ella.
No tuvo que pasar mucho hasta que la dejaran sola para irse a bailar. Se sentó en uno de los bancos vacíos cercanos a la entrada, sabiendo que era muy poco probable que algún alumno que no fuera Kitty, Kurt, Bobby o John se le acercara.
Tal como predijo aquel día en que Kitty le habló por primera vez del baile de primavera, llegó un momento en el que se encontró sin nadie a su lado y bebiendo ponche, viendo como numerosas parejas se movían al ritmo de la música, alegres y cansadas.
Comenzó a golpear el suelo con el pie derecho con impaciencia, preguntándose cuánto tiempo más tendría que esperar. No se percató de que, al otro lado de la sala, el profesor la miraba con suspicacia, como si tuviera claro que Marie tramaba algo. De todas formas, la chica tenía controlados a todos los X-men que había allí, y sabía dónde estaban sin tener que volver la vista hacia ellos.
Fue entonces, cuando sintió cómo alguien posaba la mano sobre su hombro, dedos grandes y masculinos, con un fino vello negro cerca de los nudillos. Marie giró la cabeza con una sonrisa, descubriendo a Logan detrás de ella.
-Creía que tendría que salir fuera a buscarte- le dijo ella, levantándose para hablar a su altura; aunque seguía siendo más baja que él.
-Hubieras arruinado todo, nena- le sonrió Logan, ofreciéndole la mano en un gesto afable- ¿Bailamos?
-Si es necesario…
Marie entrelazó los dedos con los suyos, siguiéndolo hacia donde estaban la mayoría de los alumnos bailando.
-Nunca me hubiera imaginado que supieras bailar esto- reconoció Marie, mientras trataba de seguir sus pasos.
-Te sorprendería saber la cantidad de cosas que sé hacer, sin importar que tenga amnesia.
-Cuando estés cansado o te sientas débil, dímelo y te suelto- advirtió Marie, quien ya empezaba a sentir un picor en los puños- De todas formas, tendremos que dejarlo pronto, antes de que me salgan garras a mí también.
-Entonces, hay una razón más para que me alegre de que hayas descubierto cómo darle la medicina al angelito- declaró Logan, bajando la voz-, porque ya te veía con dos cosas en la espalda como las que él tiene.
Marie asintió, apartando las manos y dejándose abrazar por él, consciente de que muchas miradas se centraban en ellos.
-Espero que funcione- suspiró ella, contra su hombro-, y que nos deje actuar.
-Funcionará- aseguró Logan, analizando el entorno y buscando un modo de librarse de las ojeadas de Charles y de Tormenta, Cíclope y Jean- Él aceptó, así que no tienes nada por lo que preocuparte en ese sentido.
-Prométeme que estarás ahí para cogerme- le pidió Marie, alzando la cabeza hacia él.
-Que dudes me sienta mal, nena- respondió él, guiñándole un ojo y separándose de ella al mismo tiempo, mientras tomaba su mano- Ahora.
Marie y Logan aprovecharon para salir corriendo del gimnasio en ese momento, en el que había suficientes parejas que los cubrían, escondiéndolos de los ojos del profesor y compañía.
-¡Empiezo a tener una visión más clara, y eso que estamos a oscuras!- exclamó Marie, mientras lo seguía subiendo las escaleras que llevaban al cuarto de Warren.
-¡Y yo a sentirme fatigado, pero no podemos parar ahora!
Cuando llegaron al final del corredor adonde los habían conducido las escaleras, Logan dejó de agarrarla, y apoyó un brazo contra la pared, exhausto. La cabeza había empezado a darle vueltas.
-No te detengas- lo urgió ahora Marie, señalando la puerta que tenían al lado- Es aquí. Vamos, Logan. Charles ya debe haberse dado cuenta.
Logan asintió, y cuadró los hombros, irguiéndose. Fue entonces cuando Marie abrió la puerta con determinación, encontrando a Warren en la habitación, de pie junto a la ventana.
El ángel se giró hacia ella cuando la oyó encaminarse hacia él y abrió los ojos con sorpresa cuando Marie le cogió el rostro entre las manos y le plantó un beso en la boca. A pesar de que sintió la sangre agolpándosele en las venas, no la apartó y dejó los brazos a cada lado del cuerpo, rígido. Comprendió a qué se debía la repentina "cercanía" de Marie cuando Logan irrumpió en la habitación, situó una silla contra el picaporte para bloquear la puerta, y alargó las manos hacia la chica, situándolas en sus brazos desnudos.
A cualquiera que hubiera aparecido en el cuarto en aquel instante, la escena le hubiera parecido cuanto menos estrafalaria.
Al cabo de unos segundos en los que su aliento se entremezcló con el de Marie, Warren no pudo evitar cerrar los ojos y aferrarse a ella con indecisión.
Marie soltó un gemido al percatarse de que aquello no estaba saliendo exactamente como ella quería. En vez de absorber a Logan y darle su poder a Warren, parecía que los estaba absorbiendo a ambos. Nunca había absorbido a dos personas a la vez, así que no estaba segura de cómo saldría. Era muy peligroso, y como había dicho Charles, demasiado arriesgado, pero Marie sabía que aquella era la única forma.
Hacía unos días había descubierto cómo; la única conexión que había entre las dos ocasiones en las que había devuelto o intercambiado mutaciones, eran los fluidos. Sí, por raro y repugnante que pueda sonar, cuando Marie hizo que Logan se recobrara del infarto que había sufrido cuando ella había tratado de devolverle sus recuerdos, su saliva y sus lágrimas habían entrado en contacto con su saliva. Cuando Marie le curó a Pietro la herida que tenía en la mano con los poderes que le había robado a Logan, su mano estaba sudorosa y el sudor de ella había entrado en contacto con la sangre de él.
Marie apartó las manos de Logan de sí, sospechando que quizá lo que pasaba era que al seguir en contacto con él más tiempo del debido, le ocasionaba daño, y que, de todos modos, ya hacía unos minutos que le había robado sus dones.
Logan cayó al suelo de rodillas y hundió la cabeza entre los hombros, jadeando. Gotas de sudor recorrían su frente y sus mejillas. Y, sin embargo, su psique aún se confundía con la de Marie en la mente de ella. Justo cuando tenía los recuerdos de Lobezno al alcance de su mano, se esfumaron tan rápido como habían llegado a ella, y el dolor lacerante de las garras que le nacían de los nudillos desapareció también, llevándose las letales garras con él. Se fueron para ser sustituidos por los recuerdos de Warren, que no pudo aguantar más y apartó el rostro del de ella, con un alarido.
A pesar de que Marie empezaba a sentir un cosquilleo en los omóplatos, abrió los ojos y unió fuerzas para cogerlo por los antebrazos.
-No puedes rendirte ahora, ¿me oyes?- susurró, mirándolo con fijeza- Yo sufriré tanto o más que tú. Estamos juntos en esto.
Warren apretó la mandíbula e hizo una leve inclinación de cabeza, en gesto afirmativo. Entonces, fue él el que posó sus labios en los de Marie, rodeando su cintura con las manos. Marie tuvo el impulso de resistirse, ya que todo su cuerpo sabía que aquello no era lo correcto, que no estaba bien. No obstante, era la única forma que pensaba que podría funcionar para que él recuperase las alas.
En aquella ocasión, el remolino de imágenes que le que era tan conocido y el sonido de las voces distorsionadas llegaron tan rápido, que la abrumaron de una manera en la que nunca antes lo habían hecho.
Un Warren más joven, de aspecto inseguro se hallaba dentro del cuarto de baño, de pie y con las alas extendidas, frente a un espejo. Entonces, oyó cómo se abría la puerta, que había olvidado cerrar con pestillo.
Warren volvió la cabeza rápidamente hacia la puerta del baño, pálido y con una expresión temerosa.
Una chica joven y rubia, de curvas voluptuosas, se hallaba en el umbral, con la mano puesta en el pomo de la puerta y la boca abierta formando una fea mueca de terror.
-No te asustes, Amy. Puedo explicártelo- farfulló él, alzando la mano en un gesto tranquilizador.
Sin embargo, la llamada Amy retrocedió varios pasos, aún con el mismo semblante de asco y miedo en el rostro.
-¡Eres un monstruo!- gritó ella, histérica- No sé cómo he podido acostarme contigo y no darme cuenta… Te has aprovechado de mí.
Warren dejó caer los brazos, derrotado.
-Sólo te traje a casa porque estabas borracha y no quería que anduvieras sola de noche- aclaró él, en voz baja- Te me lanzaste encima y pasó lo que pasó.
-¡Dios mío!- chilló Amy, cubriéndose la boca con las manos- ¡Eres amorfo!
-Nos conocemos desde pequeños- le recordó él, claramente ofendido por lo que acababa de decir ella- Éramos amigos y a pesar de que no nos veamos desde los cinco años, jamás te haría daño. Esto…- susurró, señalándose las alas con un movimiento de barbilla desdeñoso- solo es un defecto genético.
-Da igual si tienes mucho dinero o no, ¡nunca podría estar con alguien así!
Warren alzó la cabeza, frunciendo el ceño.
-¿Te acercaste a mí por el dinero?
-Pues… pues… pues ¡sí, mira! Menudo chasco que me he llevado- se lamentó Amy, dándole la espalda y encaminándose a la puerta de la calle- Te odio, no vuelvas a llamarme.
-No puedes estar hablando en serio- le dijo él, casi con desesperación.
-Oh, Dios mío, qué pesadilla- fue lo último que se le escuchó decir a ella, antes de que saliera de la casa dando un portazo.
Las lágrimas brillaban en el rostro de Warren cuando se dio la vuelta para regresar al cuarto de baño
- Se acabaron todos los insultos, todas las persecuciones, hijo mío- le aseguraba un hombre mayor, de pelo cano y que compartía un enorme parecido con Warren.
A su lado, permanecía otro señor, con un aspecto más desaliñado. Llevaba una motosierra en una mano y un hacha en la otra. Había una enfermera al otro lado del hombre que le había hablado a Warren, y cargaba con una jeringa de barbitúricos.
-¿Qué vas a hacer, padre?- pudo decir Warren, dando varios pasos hacia atrás.
-Voy a arrebatarte esas deformidades de la espalda- anunció el hombre, convencido de que aquello era lo mejor y lo más moral que podía hacer en aquel momento- Ya nadie más va a juzgarte por lo que eres.
-Nadie me juzgará, porque habré dejado de ser lo que soy- replicó el muchacho, mirando a su alrededor en busca de una salida.
Marie soltó un grito sobrecogedor, sin ser capaz de seguir manteniendo el contacto con Ángel. Los gritos que profería Warren se unieron al suyo en una cacofonía aterradora.
Marie alzó los ojos inyectados en sangre, en dirección a su amigo, que le devolvió la mirada, sus mejillas llenas de sangre que le emergía de los ojos.
Warren dio otro alarido, dejándose caer contra el suelo del cuarto, dándose un gran golpe en el brazo. Sin embargo, todo había merecido la pena. Warren sufría tanto porque el hueso del ala rota se le estaba recolocando, para dar lugar a la extremidad que era antes.
Marie alcanzó a sonreír débilmente llevando una mano hacia él, a pesar de que la espalda se le estaba abriendo literalmente. El ángel la aferró, con tanta fuerza, que Marie creyó que le rompería los dedos. Poco a poco, ella iba perdiendo fuerzas y él las iba ganando.
Lo último que vio Marie antes de perder el sentido fue la silueta esplendorosa de un ángel sobre ella, sus alas enormes, brillantes y grandiosas tapando la luz de la luna que entraba por la ventana. Sabiendo que lo había conseguido, Marie cerró los párpados cayendo en la inconsciencia, tranquila porque sabía que después de todo, el dolor insufrible por el que habían pasado había servido para algo.
Entretanto, Logan se había recuperado y se cubría los ojos, protegiéndolos de los destellos procedentes del cuerpo de Warren.
-Lo has logrado, nena- sonrió, haciendo el ademán de coger a Marie entre los brazos.
Sin embargo, la mano de Warren, cuya piel había vuelto a su tono habitual, se lo impidió. Logan alzó la cabeza, inquisitivo.
-Yo la llevaré- dijo, inclinándose para situar un brazo bajo sus rodillas y otro bajo su espalda ensangrentada.
No podía dejar de mirarla, y a pesar de que su antebrazo rozaba con unas prominencias duras y llenas de sangre que sobresalían de la espalda de Marie, no la soltó en ningún momento. Le había devuelto la vida y la fuerza, se la había quitado y había hecho todo lo posible por devolvérsela; aquello era más de lo que había hecho nadie por él jamás. La protegería con su vida si fuera necesario, pero no dejaría que la apartaran de su lado, como habían intentado hacer cuando él había perdido el ala, y ella había peleado con uñas y dientes para evitar que aquello sucediera.
Logan se quitó su chaqueta de cuero y cubrió la parte superior del cuerpo de Marie con ella, con cautela. Fue entonces, cuando Warren apartó los ojos de Marie y los clavó en los de Logan, con agradecimiento.
-Gracias por arriesgarte por nosotros- le dijo, con honestidad- Si está en mi mano, haré todo lo que sea posible por devolverte el favor.
-Por ahora, lo mejor será que salgamos de aquí, angelito- respondió Logan, con una sonrisa torcida- Como el profesor nos pille, tendremos problemas.
Warren lo miró con fijeza durante unos segundos.
-Podéis iros con vuestra Hermandad- corroboró Logan, dirigiéndose a la puerta- No os lo impediré.
-¿Por qué no?
-Sé que ella no está de acuerdo con vuestros métodos y que tarde o temprano, se irá de vuestro lado- contestó el hombre, encogiéndose de hombros- Hagamos que sea más temprano que tarde.
Cuando salieron al pasillo estaba desierto, pero cuando llegaron a la mitad, tuvieron que detenerse al ver al final del corredor al profesor, a Jean, a Ororo y a Scott.
-Debí suponer que esta inconsciente seguiría con sus planes de loca- siseó el profesor, en un tono que nunca le habían escuchado ni Ángel ni Lobezno; refiriéndose a Marie- Debí suponer también que después de todo, tú serías un problema- añadió el profesor, dirigiéndose a Warren, que se mantuvo quieto en el sitio, con su expresión pétrea característica.
Antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, alguien más apareció en el pasillo y una barrera de fuego tan alta, que casi rozaba el techo, surgió de la nada, convenientemente entre Ángel, Marie, Logan y Charles, Jean, Scott y Ororo.
La luz iluminó los rasgos del recién llegado, a quien Logan reconoció como Pyros.
-¿John?- preguntó, ceñudo.
-Ahora es cuando empieza el baile- dijo el chico, en respuesta.
Entonces, sin que ninguno de los que estaban allí pudiera reaccionar a tiempo, John alzó una mano en dirección a uno de los grandes ventanales del pasillo y una lengua de fuego salió disparada desde la barrera al ventanal que había detrás de Logan y Ángel, rompiéndolo en muchos cristales de la misma forma en la que lo haría una bomba. Ambos tuvieron que agacharse para esquivar la gran llamarada.
No pasaron ni cinco segundos desde que John hiciera que el fuego de la ventana se fuera, para que una sombra apareciera en el cielo. Lentamente, el fuego dejó ver la figura de un hombre, levitando, al que las masas temían y veneraban. Magneto, que aterrizó con suavidad delante de Ángel y a la izquierda de John.
En ese momento, Jean notó unos golpecitos en el hombro izquierdo y se volvió para ver qué había sido. Una mano desconocida apretó un punto entre su hombro derecho y el cuello, quedándola inconsciente. Ni Ororo ni Scott pudieron impedir que una ráfaga de viento se la llevara. Tras un parpadeo, volvieron a verla, pero detrás de las llamas, y Pietro amenazaba con partirle el cuello, colocando una mano sobre su cabeza y la otra en la barbilla.
-Bien, Charles- sonrió Magneto, alzando las manos como si quisiera abarcarlo todo con ellas- Parece que la balanza se inclina a mi favor.
