Capitulo XXXV
Nunca me había percatado de los continuos ruidos que asolan una casa victoriana, los continuos chirridos deberían perturbar una mente sana y cuerda. Sola, en la casa, me pasaba las noches escuchando a los borrachos que transitaban las calles, dando golpes en las farolas. Había pasado casi un mes desde que había despertado de la ilusión futura y no llevaba nada bien el cambio.
En mi futuro las contraventanas de la mansión también chirriaban, pero menos, porque era una casa de 1900 y algo, o al menos, mejorada durante esa época en algunos aspectos para la instalación eléctrica.
Dios, no puedo quitarme ese ¡estúpido! sueño de la cabeza. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo dejar de ser torturada por unos y otros? Creí que esto ya lo había superado, mas todas las noches me acuesto esperando que vuelva, y nunca lo hace.
Sentada en la cama observo el tiempo pasar, otra vez, y todo parece igual, exactamente igual, pero en esta ocasión no duraré siglos, moriré pronto, y eso me aterra.
El Sr. Todd no lo mejora, se pasa por aquí continuamente con la excusa de comprar empanadas para vigilarme, así puede ver si sigo viva.
Se cree que no puedo sobrellevarlo, ¡pero puedo! No le necesito.
¿Le necesito? Supongo que no, de todas formas Tobías y yo tratamos de empezar algo juntos. Sé que es difícil, rápido, ¡y una locura! Ni siquiera sé cuántos años le llevo, ¡cuatro por lo menos! No sé en qué año estamos, así que no hay forma de saberlo. Tampoco quiero saberlo, trato de evitarlo. Y para él sería muy injusto si yo todavía necesitase al Sr. Todd, ¿verdad?
Los cortes a lo largo de este tiempo se han ido sucediendo, me temo. Ya no sólo por el Sr. Todd, sino por todo. Me siento sometida a demasiado estrés, entre las ventas, el dinero, Tobías... puede ser increíblemente cargante a veces, no sé.
Camino suavemente entre la oscuridad de la noche, observando cada pequeño rincón en la oscuridad. La anciana madera, testigo de todos los momentos pasados, se niega a contarme qué ha pasado en mi vida. Muchas noches me despierto entre pesadillas para ir a buscar la dichosa palanca y el hueco en el que, en vez de estar las escaleras al sótano, hay cubos y escobas.
¿Por qué? ¿Por qué no se me va de la cabeza? Y Eleanor sigue sin aparecer...
Continúo mi búsqueda a través de las sillas, las alfombras, los vasos, la chimenea... Nada. No hay nada.
Un momento, ¿qué eso?
Me agacho a recoger un objeto brillante. No es demasiado grande, pero brilla como los ángeles a la luz de la luna. Parece una moneda, ¡son veinte peniques! Es una pequeña fortuna, no veo al Sr. Todd dejando que se perdiera bajo la alfombra de la barbería.
Oh... ahora comprendo...
Levanto la alfombra, muevo el sillón, todo. Tiene que estar ahí, puede que mi sótano no pero sabía que en esto no mentía, ¡no puede ocultarse algo tan grande! Me pregunto cómo consiguió que lo olvidara, ¿con qué me drogó?
Ahí está, ¡lo sabía! Es una pequeña manecilla, pertenece a la trampilla del sillón. Se supone que es para tirar el pelo, pero el Sr. Todd lo usaba para tirar lo demás.
Está dura, chirría, parece que es imposible que yo pueda abrirla. Tengo que hablar con él, con alguien, ¡él podrá levantarla y entonces se verá que yo no estoy loca! Finalmente, finalmente...
Pero entonces... ¿qué ha sido de todo lo demás? El futuro, el vampirismo... tiene que ser cierto... ¿pero qué hago aquí?
Me guardaré los veinte peniques y lo averiguaré mañana, creo que si sigo por ahí la jaqueca que ya tengo podría convertirse en una migraña.
Y en efecto, al despertar lo que tengo es una gran migraña, y parece que no se va a pasar en todo el día. Qué le voy a hacer.
Lo primero que he hecho esta mañana ha sido comprobar que la manecilla de la trampilla continuara ahí, y lo estaba. Lo he dejado todo desmantelado para cuando el Sr. Todd venga a su reconocimiento diario, entonces será el momento.
El Sr. Fox también suele venir. De hecho, ahí está. Nos traemos un tonteo de hace tiempo, él es tal como le recuerdo, y me gusta ser su amiga, aunque no sé si puedo decir lo mismo de su hija, a ella no parece agradarle la idea.
— Vaya, es un placer encontrarle por aquí, Sr. Fox —el Sr. Todd ha coincidido por casualidad con él en esta ocasión. Sigue con esa percha increíble de caballero inglés, pero la rudeza en su cara habla más por él de lo que le hubiera gustado. No puedo imaginarme cómo puede haberse enamorado de él la tierna Grace Fox. O no tan tierna... Al menos entiende una orden simple como "no vuelvas a entrar en mi tienda, ¡zorra!" Le sonrío y saludo con la mano desde mi cálida posición mientras fuera se hiela hasta los huesos.
—Lo mismo digo... —coincide Dominick, aunque por su cara sé ni mucho menos es así. Le odia, con toda su alma, aunque, por extraño que parezca, no es por Grace, es por mí.
—Sr. Todd, tenemos que hablar de algo —le digo muy seriamente. Trato de transmitirle que es un algo de suma importancia, aunque su cara sigue tan impertérrita como siempre.
—Están esperándome, tendrá que esperar —señala a Grace y me encojo de hombros. Por mí como si muere congelada—. Sí, soy perfectamente consciente de que a usted le encantaría despedazarla y venderla como empanadas, pero creo que eso no va a pasar.
—Es precisamente de eso de lo que quiero hablar —muy seriamente trato de evitar reírme porque sí, es justo lo que quiero hacerle.
—Dicen que ha establecido su barbería en Hen and Chicken Courts, Sr. Todd. Una apuesta atrevida, si me permite decirlo —Dominick cambia de tema inmediatamente. Qué hombre más listo.
—Es cierto, Sr. Fox —asiente sonriendo.
—Tenga cuidado con las gallinas, podrían sacarle los ojos —Tobías, con gran desdén, pasa por detrás de mí y me hace un gesto cariñoso que deja bien claro que hay algo entre nosotros, que aunque innecesario, sirve para compartir una mirada de odio profundo con el Sr. Todd.
—Sus disputas sobre quién es más hombre me apasionan, pero creo que de verdad deberíamos hablar, Sr. Todd —vamos, le digo con la cabeza. Mira a Grace y le hace una seña para que espere.
Ante la atenta mirada de Tobías consigo meter al Sr. Todd en el pasillo de mi casa. Es muy cauto, su mirada se posa en cada pequeño objeto y rincón, como si buscara algo.
— Pareciera que un huracán ha arrasado su casa —comenta, pero por ser cordial. Le conozco lo suficiente para saber bien que no se siente cómodo en estas situaciones.
—No hace falta, querido —sonrío. Extrañado, ahora soy yo el objeto de su 'escáner'. Me 'mola' esto de saber palabras raras—. Necesito algo que sólo usted puede hacer —empiezo a subir las escaleras a la barbería. Son tan escalofriantes como el propio local que antes le alquilaba.
—Creí que se trataba de una cuenta pendiente —contesta siguiéndome.
—Sí... mas no del todo.
—¿Qué le ha hecho a mi barbería? —pregunta. Puedo notar el horror en sus palabras, la verdad es que he hecho un buen trabajo.
—Mire, no sé cómo lo ha hecho, ni me interesa, pero debería haber sabido que yo jamás hubiera hablado ni contado nada. Creí que nos conocíamos lo suficiente.
—¿De qué habla?
—He encontrado la trampilla —aparté la alfombra para que la viera bien—. ¿Por qué dejó la moneda ahí? Era... algo entre nosotros.
—¿PERDÓN? —histérico. ¡Ja! Está claro, sabe que le he descubierto.
—Levante la trampilla, por favor. Oh, sí, su mirada lo dice todo, y lo siento mucho, es lo único que se le pasó. Sé lo de nuestro pequeño negocio, tesoro, y necesito que levante la trampilla porque yo no puedo.
—¿Ha clavado el pomo para gastarme esta broma? —pregunta algo enfadado, tirando de la manilla—. No tiene gracia, ¿sabe?
—Está claro que sólo podía abrirla usted —persisto. Sé que tengo razón y no pararé hasta demostrarlo—. ¡Tire más fuerte y deje de quejarse!
Finalmente lo abre, bueno... lo arranca. Ha levantado un buen cacho de suelo en el tirón. No era lo que esperaba, ciertamente. Justo debajo no hay más que tierra, mucha tierra. ¿Pero qué es esto?
—Mire —exhala tirando las tablas arrancadas contra una esquina, y me señala con el dedo—, sabía que estaba loca, pero jamás tanto. He aguantado sus neuras, y me he preocupado por usted y me he implicado con usted porque no deseaba verla muerta, pero esto ha rebasado mi cercano límite, Sra. Lovett —a cada palabra respira más fuerte, más intensamente. Su pecho sube y baja, las venas de su cuello se hinchan como si fueran varillas de madera. Da miedo—. No pienso volver, y espero que usted no me busque.
—¿A dónde va? —sollozo al verle ir a las escaleras—. ¡Sé que está mintiéndome! ¡He encontrado la moneda... y... y... ¿qué hace toda esa tierra a esta altura? ¡Por favor, Sr. Todd! ¡Podemos solucionarlo!
— MUÉRASE —grita antes de irse dando un portazo. He podido escuchar los cristales de la puerta de la tienda zumbando por el golpe incluso.
Me derrumbo en el suelo, cuanto a la tierra. ¿Qué hace ahí? ¿Y qué más da? Nada tiene sentido, cada vez estoy más y más cerca del borde al colapso. No quiero seguir, no puedo seguir. Nada parece real. Tiró la moneda, se acabó. Ya no le importa nada, le he perdido. Nuestra relación, sea cual haya sido, está muerta y enterrada, él ya tiene a otra, él se va con otra, y yo... yo me quedo sola...
Pasan las horas, los días, las semanas, sigo mirando la tierra. Hace un tiempo me he puse a escavar en ella, pero sólo he conseguido romperme varias uñas y clavarme piedras, y aun así pareciera que siempre vuelve a rellenarse, menuda tontería. La falta de comida me está afectando de verdad.
—Sra. Lovett... —Tobías saluda desde la puerta, lleva una bandeja con comida. Me resulta repulsiva.
—¿Qué? —me levanto y voy hacia él. Me deja empezar a bajar las escaleras, sin parar de seguirme como un perrito faldero. ¿Es que no puede irse a molestar a otra?
—¿Está bien?
—No.
Nos quedamos en silencio mientras llegamos a la tienda. Me pensaba que todavía no habría cerrado, pero ya veo que sí. Eso que me ahorro, aunque francamente, sé que tendré que ir por detrás para asegurarme, soy así de perfeccionista.
—Escuche... sé que ha estado mal desde que rompió con el Sr. Todd, pero...
—¿Pero qué, Tobías? —le grito, harta—. ¿Vas a venir montado en un unicornio a través del arcoiris y a solucionarme la vida? Olvídalo, hijo, soy demasiado mayor para eso.
—¡Deje de hacerse la víctima! —grita dejando caer la bandeja sobre el mostrador, que rebota y lo tira todo—. Llevo meses tratando de hacerle la vida más fácil, ¡debería agradecérmelo!
—¡Si sólo me acosas! —le acuso, caminando hacia él y dándole un golpe al saco de harina, por no dárselo a él, y se desparrama por todo el suelo y la encimera—. ¡Eres como un perrito faldero, siempre detrás de mí! ¡Vete a vivir la vida, chico, que es muy corta!
—¡Pero la amo!
—¡Soy un capricho! Entérate ya, chaval, entre tú y yo no hay ni habrá jamás nada —pasa a mi lado dándome con el hombro, enfadado—. Tobías... —suspiro, sé que me he equivocado, el pobre no tiene la culpa de nada.
—Sr. Ragg, para usted —me dice muy dolido antes de irse. Mierda.
Maldita sea, no quería hacerle daño. Al fin y al cabo es un buen chico, siempre me ha tratado bien, y cuida de mí... ¿pero qué me pasa? No puedo parar de hacerle daño a las personas.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAY, ¡ay, ay, ay!
¡Maldita comida! ¡Maldito todo! Me he resbalado y me he caído. ¡Qué daño! Oh, cielos, ¿es eso sangre? ¡Es sangre! Había un cuchillo debajo de la harina, me he cortado por dos sitios. ¿A dónde voy yo ahora, a estas horas de la noche? No hay ningún sitio donde puedan atenderme, dios...
Quizá lo mejor sea dejarme llevar, morir en paz de una vez por todas. Ya nada tiene sentido, así que...
¿Pero qué dices? ¿Qué opinaría tu psicólogo si te viera así? ¡Reacciona mujer! ¡Ahora no tienes ninguna Eleanor que te hable para saber lo que debes hacer.
"Dicen que ha establecido su barbería en Hen and Chicken Courts, Sr. Todd. Una apuesta atrevida, si me permite decirlo". ¡Es cierto!
Rápidamente salgo corriendo. Apenas está a media calle de aquí. Llegar al cruce ha sido fácil, ahora izquierda y todo recto hasta St. Dusntans. Está todo muy oscuro, y hay borrachos, pero... está cerca, no tiene por qué pasar nada... ¿verdad?
El Sr. Fox tenía razón, esa calle es como la boca del lobo, nadie querría entrar ahí.
Pero yo sí.
Paso por el arco de piedra, buscando a tientas una puerta o una tienda que me indique el lugar. Pronto, en la fachada de madera oscura y roída, veo una luz, y le veo a él pasar. Sí, es él.
Abro la puerta con cuidado y avanzo suavemente. No me ha escuchado entrar, genial, no podrá echarme. Está paseando, parece nervioso, o preocupado.
— ¿Sweeney Todd?
Mi suave pregunta completa el silencio del pobre local, lleno de objetos antiguos, recuerdos y demás cosas.
— No. Váyase —pero sé que es él.
—Sr. Todd... —suspiro yendo hacia él—. Necesito...
—¿Ha venido a burlarse? ¿A regodearse? Podría haberse esperado hasta la mañana —me regaña dándome la espalda.
—¿De qué habla?
—¿Cómo? ¿No se ha enterado?
—¡De qué! —exclamo sorprendida, mi sangre chorreante ha quedado en un segundo plano.
—Grace ha roto conmigo esta mañana, Sra. Lovett.
No puede ser, ¡sí!
—Lo siento mucho... —susurro—. No sabía nada...
—Ya, claro —suelta una carcajada llena de sarcasmo.
—Es cierto... lo siento mucho. ¿Por qué han roto? —estaba siendo extremadamente sincera.
—He... cometido un delito... —parece nervioso. Claro, por eso paseaba como un tigre enjaulado por la tienda.
—Vaya... ¿a quién ha matado?
—¿Cómo sabe...?
—Digamos que simplemente, lo sé. Y puedo ayudarle, de verdad que sí...
—Mire, confío en usted pero realmente no la quiero cerca. Si no ha venido por mi ruptura, ¿cuál es su cometido?
—Oh, sí —le enseño la mano.
—¿Pero qué ha hecho? —exclama corriendo a cogérmela y observarla. El Sr. Todd es muy observador, siempre, con todo—. Se ha cortado la palma de la mano y la muñeca... ¿no le bastaba con cortase únicamente las venas?
— Ragg y yo discutimos, me caí y... —se lo explico rápidamente.
—Ya veo. Siéntese —suspira.
—Sr. Todd... ¿se acuerda de por qué le di esa moneda? —pregunto. Sé por experiencia que lo mejor es amenizar los puntos.
—Me la dio en nuestra primera cita, quería pagarme que le hubiera peinado el pelo —contesta—. Nos gustó porque... era de plata, como las navajas, y tiene una muesca que parece un rodillo de madera en el canto.
—Sí —sonrío—. Pero... usted ya había matado antes de que yo le diera la moneda —algo hace pop en mi cabeza—. ¿Verdad?
—No, ¿por qué?
—¿No estuvo en la cárcel? —noto que vuelve a enfadarse. Cambia de derroteros, mejor—. Eso me dijo.
—Sí, hace unos años.
—Entonces...
Empiezo a unir cabos. Le di la moneda mucho tiempo después de conocernos, y ya teníamos todo el negocio montado. Hasta que no lo montamos, no empezó a fijarse realmente en mí. Y, si no me equivoco...
—Sr. Todd... ¿en qué año estamos? —pregunto tímidamente, pero excitada por dentro.
—1795, creo. No estoy muy pendiente. ¿Por qué?
—Mire la moneda —deja mis puntos a mitad de trayecto por mirarla—, dígame el año en que fue acuñada.
—1799... pero eso es imposible, me la dio hace un año. Será un fallo de fábrica —suspira devolviéndomela.
—¡No! Se la di en Año Nuevo, ¿verdad? Justo cuando entrabamos en el 1800. ¿Es que no lo entiende? ¡Esto no es real! ¡Nada es real!
—... —se me queda mirando un poco descolocado, necesito hacerlo, ¿lo hago? ¡Lo hago!—. ¿Qué hace? —me aparta suavemente.
—Nada existe, Sr. Todd, usted no ha matado a nadie, nunca ha estado con Grace, nada existe.
Me lanzo a sus labios con desesperación, liberada por la brillante revelación que acabamos de compartir. Y él, sea porque está necesitado, porque de verdad me quiere o simplemente porque quiere creerme, me toma entre sus brazos en el suelo.
Por encima de todo complejo, por encima de toda habladuría, me permití ser suya y no pensar en el qué dirán durante largos minutos, que acabaron en toda la noche.
Biiip. Biiip. Biiip. Biiip...
— ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Responde! —qué gran revuelo. ¿Por qué gritan?
— Margaret... shhh... no hables... —Dominick... ¿qué está pasando?
—Bien, ya ha despertado. ¿Me oye? —me abren los ojos, y ahora sí que le enfoco.
—Usted es mi psicólogo... —susurro medio ida—. ¿Qué ha... qué ha... pasado?
—Soy un pluriempleado. Entraste en coma.
—Pero ya estás aquí... —noto su mano, la mano de Dominick, aferrándose a la mía.
—¿Dónde está... el Sr. Todd?
—Hablaremos de eso en horas de consulta. Ahora debe descansar. No la altere demasiado —le guiña el ojo a Dominick.
—¿Cuánto tiempo he estado...?
—Dos días —sonríe, pero noto las lágrimas secas de sus mejillas. Un momento, ¿eso era un sueño? ¿Sigo siendo...?
¡Genial!
—Menudas Navidades os he dado, eh... —río suavemente.
—Sí, han sido las mejores —me ríe la gracia.
—Siento mucho haberlo estropeado.
—Nah... está bien, lo importante es volver para Año Nuevo. ¿De acuerdo? Serán nuestras Navidades atrasadas.
—Está bien.
—Sí —sonríe y me aprieta la mano—. Ahora duerme, ya hablaremos más tarde.
...
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