Capítulo 36: Querubines, los guerreros de la belleza.
La invasión al reino celestial había comenzado, dos ángeles habían perecido intentando cerrar el camino de una primera camada de santos, para evitar que éstos llegasen al templo de Venus. Saga de Géminis y Mu de Aries, habían sido los verdugos de los guerreros olímpicos, de ese modo se habían retrasado mientras que Seiya de Pegaso, Shun de Andrómeda, Daidalos de Cefeo, Aioria de Leo, Shaka de Virgo habían llegado finalmente al Jardín del Edén, territorio de Afrodita, la diosa del amor.
El prado presentaba tres caminos alternativos para llegar al jardín, por lo que los santos tuvieron que separarse, los santos de Pegaso y Leo tomaron el camino de la izquierda, Shaka se fue por el centro, mientras que Shun y Daidalos tomaron el restante.
Jardín del Edén.
Sendero de la izquierda.
El camino por el que transitaban Pegaso y Leo tenía cerca de dos metros de ancho, estaba hecho de adoquines, a ambos costados había pastizales con enormes canteros de hermosas flores, de diversos tamaños, formas y colores.
Más adelante aparecía una pequeña fuente que separaba momentáneamente el camino a los costados, la ruta se dividía del camino original, dando entrada a un templo, que era rectangular, alto, no demasiado profundo, ni ancho, la entrada estaba decorada con dos columnas a cada lado, y en su techo colgaban balcones llenos de flores. En las paredes del templo podía distinguirse un dibujo hecho en la ventana de cristal, que representaban a un joven reflejándose en un río.
Si optaban por seguir derecho, cientos de metros después de la fuente, se alzaba una larga escalera, que desembocaba en un majestuoso templo, elevado varios metros de los demás, de cuyos techos también colgaban hermosos jardines floridos.
—¿Será éste el templo de Venus? —se pregunta Seiya.
—No lo creo, sobre las escaleras del fundo puede apreciarse un templo mucho más grande y majestuoso que éste… —responde Aioria.
—Y entonces éste templo a quién pertenece…
Repentinamente un hombre de aspecto hermoso y afeminado aparece frente a los santos, tenía largos cabellos ondulados, de color castaño oscuro y ojos verdes, llevaba un atuendo antiguo y elegante.
—A mí…
—¿Quién eres? —interrogó Aioria.
—Soy Narciso, uno de los querubines de Afrodita…y el más hermoso hombre sobre la Tierra…
—Así que muy machote… —responde Seiya mientras se ríe, burlándose.
—Particularmente tú eres horrible… —contesta a Seiya y luego señala a Aioria. —Quizá él podría algún día descansar en estos jardines, pero tú sola presencia es un insulto para nosotros los hermosos querubines…
—¡Aioria creo que le gustas! —dice Seiya continuando el tono burlesco
—Tranquilo Seiya, yo le acomodaré las ideas a éste estúpido superfluo…
El santo de oro se lanza sobre Narciso y lo ataca con varios golpes de puño, el querubín evade los primeros golpes pero la velocidad le resulta incontrolable hasta que es golpeado en su estómago y luego en el mentón, cayendo al suelo. Sin embargo logró contragolpear, dándose cuenta Aioria al instante de una herida en su hombro. En el momento de la gresca y pasando desapercibido, Pegaso abandonó el templo, hacia aquel otro que se alzaba a lo lejos, tras una gigantesca escalera.
—¿Como te atreviste? —expresó Narciso enfadado. —¿No ves que arruinaste mi bella imagen? Pero debo reconocer que eres veloz, ya no me volverás a sorprender…
—¡Guarda silencio! ¡RAYO RELAMPAGUEANTE!
El santo de Leo eleva su cosmos y suelta un puñetazo al aire en dirección al enemigo, al instante una esfera de energía electromagnética se dispara, cuando la técnica estaba por impactar en el querubín, su cuerpo se transforma en una flor blanca, con adornos anaranjados, emulando a un narciso, la flor es destruida, el cuerpo del querubín aparece unos metros atrás.
De repente aparece un tótem de armadura, la cual formaba una gran flor de narciso, la cual se separa y cubre el cuerpo del querubín, que lucía un elegante diseño, en color blanco con detalles en amarillos.
—Creo que serás un adversario de cuidado, ya que tu cosmos se compara con el de los mismos ángeles… —expresa Aioria.
—Es que yo también soy un ángel, pero de una casta distinta de ángeles, que solo sirven a la diosa Afrodita…y créeme cuando te digo que no tenemos nada que envidiarle a ningún guerrero de algún otro dios, además los guerreros que sirven a Afrodita son los más hermosos de entre los más fuertes de la era del mito…Adonis, aquél cuya belleza enamoró a nuestra diosa, Paris, que recibió de manos de nuestra diosa una mujer tan bella como lo es nuestra señora Afrodita…y yo, cuya belleza es la más sublime de las cosas que se pueden observar…y tú que no eres tan feo como los dos atenienses que conocí antes, no puedes compararte con nosotros, ni en poder ni en belleza…
—Me haces acordar a un compañero de armas que falleció hace poco…Afrodita de Piscis, le llamaban así porque decían que habían sido bendecido por la belleza de la mismísima diosa del amor, quizá hubieras entablado amistad con él… —dijo Aioria entre risas. —Pero alégrate, dentro de poco vas a conocerlo en el más allá…
—No creo en el sujeto que me mencionas, nadie puede compararse con la belleza de mi diosa, quizá solo yo, pero nadie más…
—¡Basta de idioteces, es hora de que vayas al Infierno para comprobar si la persona que hablo existe o no! ¡RAYO RELAMPAGUEANTE!
Aioria de Leo eleva su cosmos y suelta un puñetazo al aire en dirección al enemigo, al instante una esfera de energía electromagnética se dispara, pero Narciso salta hacia adelante con sus piernas juntas, dando un giro en el aire para caer casi en el mismo lugar, tras esquivar el rayo relampagueante.
—No volverás a tocarme con tus sucias manos, ahora es mi turno de mostrarte mi hermoso cosmos…
Los ojos del querubín brillan con una luz fucsia, hasta que pronto aparecen alrededor del santo de oro cientos de espejos que irradian una extraña luz blanca, en ellos puede verse el rostro de Narciso sonriendo.
—¿Qué es esto? —se pregunta Aioria.
—Ha llegado la hora de que veas mis poderes… ¡BELLEZA SÚBITA!
—¡Lo detendré ahora mismo…PLASMA RELÁMPAGO!
El santo de oro levanta su hombro y luego extiende su brazo derecho atacando con sus rayos a los espejos, pero sorpresivamente el plasma relámpago es reflejado. Aioria sin embargo reacciona rápidamente, evadiendo con agilidad y destreza su propia técnica.
—Deja de intentar cosas sin sentido idiota… —dice Narciso mientras se ríe a carcajadas. —Ya te lo dije antes, no volverás a herir mi hermoso rostro…
—¡Tonto…no subestimes a los santos más poderosos de Atenea! ¡PLASMA RELÁMPAGO!
El león dorado enciende su cosmos a su máximo, liberando con su brazo extendido millones de golpes a la velocidad de la luz, los cuales se dirigen hacia el marco de los espejos.
—Eres muy persistente…
—¡Es mi forma de ser, ésta vez ha funcionado!
Pronto los espejos estallan por completo, todos sus fragmentos caen al suelo, al parecer la técnica de Narciso había sido anulada.
—Ahora ríndete, tus espejos han sido destruido…
—¿Y eso que? —pregunta Narciso con un rostro imperturbable.
—¡Tu técnica no podrá ser utilizada nuevamente!
—Que hombre tan ingenuo, haber destruido mis espejos es lo peor que podrías haber hecho…
—¡¿Qué dices?!
El querubín enciende su cosmos y con telekinesia levanta los fragmentos de vidrios del suelo, luego señala con su dedo a la posición de Aioria, los elementos cortantes se dirigen sin remedio a éste último.
—¡No debo ser herido! —dijo Aioria al tiempo que hace un poderoso salto evadiendo los fragmentos de espejos. —Lo he conseguido…
—¡Nunca podrás evitarlos! —contestó Narciso arqueando la ceja.
En un instante Aioria siente los vidrios incrustarse en su espalda, soltando un grito de dolor, pero manteniéndose en pie.
—Que tenacidad, es de elogiar…aunque con tan horribles heridas deberías rendirte…
El querubín chasquea sus dedos y los vidrios atraviesan la armadura dorada, perforando en su piel y sus carnes. El santo dorado ahoga un grito de sufrimiento, al tiempo que la sangre comienza a brotar de los tajos, repentinamente el león estalla su cosmos, expulsando todos los fragmentos de vidrio fuera de su cuerpo y subiendo la temperatura de su cosmos, termina por pulverizarlos.
—¡Un simple dolor no me detendrá! —expresa Aioria con valentía.
—¿Por qué luchas así? Envuelto en heridas…es terrible…
—Que hombre tan frívolo…
—¿Qué dices?
—Aún con tus habilidades, las cuales son formidables, no podrás vencerme, acabo de darme cuenta de que te venceré sin dudas.
—¡Tonterías! Dices eso envuelto en heridas… —dijo Narciso mientras se ríe sarcásticamente.
—¡Ahora te mostraré el porqué de lo que digo…PLASMA RELÁMPAGO!
El querubín se convierte en narciso y luego aparece detrás del santo dorado, éste último voltea y retrocede.
—¿Lo has visto? Además de más hermoso, también soy más poderoso que tú…
Inesperadamente una hombrera de la armadura del querubín estalla y un hilo de sangre sale de su hombro.
—¡Demonios, no puede ser…en que momento…no vi, ni advertí que me haya tocado, esto me va dejar una marca que va a tardar días en irse!
—¡Un hombre tan superficial jamás podrá vencerme…PLASMA RELÁMPAGO!
Narciso salta para esquivar el ataque, pero se da cuenta que la velocidad de Aioria se ha incrementado así como su cosmos, generando mucha más cantidad de rayos por segundos, por ésta razón, le resulta imposible evadirlos, los millones de plasmas lo alcanzan, su armadura se agrieta en varias sus partes.
—No iré al horripilante Infierno… —dice Narciso en el suelo y se levanta. —Yo soy un ser hermoso que debe estar en un lugar hermoso…
Sendero de la derecha.
Shun de Andrómeda y su maestro Daidalos de Cefeo caminaban cadenciosamente, trataban de estar alerta, pues el horizonte avizoraba un templo, éste sendero era bastante amplio, tenía cerca de cuatro metros de longitud, estaba hecho de piedras pulidas, bien encastradas, una al lado de la otra, arcos de flores cruzaban el camino, hasta donde se dejaba ver un templo que se divisaba en la lejanía, era rectangular, con unas estatuas a sus costados en la entrada.
—Parece que estamos cerca de la primera parada… —concluye Daidalos.
Repentinamente la cadena cuadrada de Andrómeda apunta en dirección al templo.
—Hay un enemigo en ese lugar…
—Seguramente podremos vencerlo, por Atenea… ¿no estás de acuerdo de Shun?
—Claro maestro… —contestó Shun en un tono pensativo.
—Recuerda que peleamos por el destino de la humanidad y que si no hacemos algo, pronto todos morirán, en todos lados, ésta masacre no discriminará etnias, creencias, naciones, o clases sociales, todos perecerán… ¿comprendes por qué estás peleando Shun?
—Claro que si maestro… —dijo Shun recuperando la seguridad.
Finalmente los guerreros llegaron a la puerta del templo, allí podía apreciarse cuatro estatuas, la primera era la de Eneas, cuya leyenda decía el último de los troyanos, a pocos metros se alzaba la de Paris, la cual decía el asesino de Aquiles, más allá estaba la de Héctor, su inscripción decía el más poderoso y leal de toda Troya, mientras que la última era la de un anciano, Príamo, su inscripción decía último rey de Troya. En el umbral podía leerse los héroes de la caída de Troya.
—Es interesante como se venera como héroes a Príamo y a Paris, quiénes fueron en gran medida culpables de la debacle de todo su pueblo… —expresa Daidalos.
—¿Cómo te atreves a manchar mi nombre y el de mi padre con la tragedia de mi pueblo? —resonó una voz en el recinto.
La cadena de Andrómeda reacciona rápidamente y tanto la cuadrada como la circular apuntan contra el extraño que acababa de hacerse presente.
—¿Acaso tú serías la reencarnación de Paris? —preguntó Daidalos poniéndose en guardia.
—Así es, soy Paris, uno de los tres querubines de Afrodita, así como ustedes hijos de los humanos reencarnan en distintos momentos de la historia nosotros los mortales de la era del mito también reencarnamos, para servir al Olimpo…
El querubín tenía cabellos negros hasta los hombros, algo alborotado y levemente rizado, tenía ojos marrones claros, estaba protegido por una armadura de color plateado, con detalles en color azul.
—Ten cuidado maestro, puedo sentir que tiene un gran cosmos…
—¡Shun, yo lo enfrentaré, tú prosigue hasta el templo de Venus!
—De acuerdo, ¡cuídese!
El santo de Andrómeda pasa rápidamente al lado del querubín, el cual ni se esfuerza en bloquear su paso.
—Un santo de plata queriendo medirse con un querubín, que estupidez…
—¡Estúpido es aquel que juzga por las apariencias!
El santo de Cefeo se abalanza sobre su adversario, soltando una patada giratoria, que es evadida con un salto hacia atrás, inmediatamente el plateado vuelve a arremeter hacia adelante con un puño en la profundidad del estómago, que el querubín desvía, usando el mismo brazo enemigo como trampolín, para impulsarse en un salto, cayendo atrás de su rival. Sin embargo éste último tira una patada hacia atrás, logrando arremeter en la espalda de Paris, empujándolo fuertemente contra una columna.
El querubín se reincorpora sin tantas dificultades.
—Eres bastante hábil para tu rango, pero eso no fue más que suerte, ahora te demostraré que estamos en niveles totalmente diferentes…
Paris junta sus manos y las estira, como sosteniendo un arco, que tensa una flecha, repentinamente una energía cósmica imita la imagen del arma mencionada, la cual era sostenida por sus manos, la energía que había tomado la flecha era de color amarilla.
—¿Una flecha? ¿O una técnica…? —se pregunta Daidalos.
—Esta flecha tiene la bendición de Apolo, quién ha protegido a Troya y por la que alguna vez el mismísimo Aquiles pereció, puesto que tiene el veneno del señor del Sol…y es él quien la guía, por lo que siempre da en el blanco, por más difícil que resulte el tiro.
—¡Interesante! Pero no me asusta…
—¡Me cansé de las palabras, acabaré contigo y luego lo haré con Andrómeda!
—No tendrías ninguna oportunidad con Shun, él está fuera de tu alcance…
—Solo dices estupideces, es tan solo un chico con una armadura de bronce…
—Shun es mucho más de lo que muestra, su poder es casi inconmensurable y sus límites no se han establecido aún…
—Cierra de una vez tu bocota, ¡FLECHA DE LA BENDICIÓN DE LA LUZ!
El querubín suelta la flecha energética, la cual se dirige a la humanidad de Cefeo en forma amenazante.
—¡COLAPSO GRAVITACIONAL!
Daidalos extiende sus manos a los costados, con sus palmas abiertas, una energía extraña sale de ellas y lo envuelve por completo, generando con su cosmos un campo magnético a su alrededor. La flecha del querubín entra en el campo magnético pero ésta se vuelve muchísimo más lenta, lo cual permite que el santo de plata pueda esquivarla con facilidad, no obstante la flecha curva su trayectoria, para impactar en forma letal en el argentino, quién advierte que la flecha no sigue un patrón de vuelo como las demás, sino que parece tener vida propia al poder desplazarse a gusto en el aire.
El maestro de Andrómeda se percata que lo más sensato es dejarse alcanzar adrede en alguna parte del cuerpo que no resulte en una herida mortal, por lo que suelta una patada en dirección a la flecha, la cual atraviesa su pierna, provocándole un terrible dolor.
—Te dije que no hay otro camino para la flecha de Apolo que dar en su blanco… —expresa Paris.
—Sin embargo, tu flecha no ha dado en el blanco, pues tu blanco era mis puntos vitales para poder asesinarme… —contesta Daidalos.
—Reconozco que tienes un buen sentido de estrategia en batalla, no obstante mi flecha contiene un veneno peligrosísimo que te matará en poco tiempo…
—No me rendiré, no importa que tan lastimado esté mi cuerpo, el cosmos es inmortal…mis heridas no pueden ser una excusa… ¡CORONA DE ESTRELLAS!
El santo de plata levanta sus manos y de la punta de sus dedos salen pequeños destellos, los cuales repentinamente comienzan a girar, dejando una estela en su trayecto, formando una tiara de luz, pero repentinamente su brillo se apaga y de la técnica no queda nada.
—¿Por qué? He empleado mi cosmos prácticamente al máximo…
—Como te lo dije antes la flecha que te ha herido contiene el veneno de Apolo, el cual sellará tu cosmos, y extinguirá tu vida, estás condenado, ya no representas una amenaza para el Olimpo…voy a terminar con tu sufrimiento.
De pronto el santo de plata se siente sin fuerzas, un líquido recorre su cuerpo, una fuerte toxina le produce un gran dolor interno y evita que quién lo padezca pueda usar su cosmos.
—¡Es tu fin!
El querubín junta sus manos y luego las abre como sosteniendo un arco que tensa una flecha, las cuales son creadas de energía, están a punto de ser liberada, en esta oportunidad se trataba de la flecha roja.
—Esta flecha contiene las vivas llamas que se llevaron las vidas de los troyanos, aquella que redujo la gloriosa ciudad a cenizas… ¡muere!
Paris se disponía a lanzar su flecha, pero repentinamente una cadena agarró su brazo, evitando que éste pudiera soltar la flecha.
—¡Estas cadenas! ¡Andrómeda eres tú!
—No dejaré que mates a mi maestro…
—Shun… ¿por qué volviste? Tenías que seguir hasta el templo de Venus… —expresa Daidalos con dolor.
—Paris, yo seré tu rival…
El santo de Andrómeda con su cadena hace una nebulosa alrededor de su maestro y de sí mismo, disponiéndose a enfrentarse al querubín Paris, en un duelo singular.
