Circulo: Vicio Tsun.

Advertencia: R-18.


Tú + Yo= Error 404.

36. Tan sólo otro corazón roto.

—Tranquilízate, Feliciano. —ordenó Lovino, sentado en la silla que pertenecía al escritorio de su hermano. A comparación del suyo que tenía bastante basura o comida, el de Feliciano tenía cosas de arte hasta por el último hueco; pinceles, lápices, colores, acuarelas y muchas más libretas de las que Lovino recordaba. ¿Hace cuánto que no lo visitaba? —Él va a respetar tú relación.

Los "vee~s" estaban incontrolados, saliendo de la boca de su hermano a causa de su nerviosismo. Feliciano enfocó sus ojos miel en su hermano mayor, deseaba decirle que su relación era lo que menos le preocupaba en ese momento, sino la de él.

— ¿Y qué hay de ti, Lovi? —preguntó, abrazándose a sí mismo. — ¿Crees que soy tonto? Sé que va a pasar.

— ¿Y según tú qué va a pasar? —cuestionó él, alzando una ceja, sentándose en la cama de Ludwig quién había accedido ante los insultos de Lovino para que se quedaran solos.

—Lovi…

—Ya te dije que todo va a estar bien. —sentenció sin apartar la mirada. — ¿Por qué no quieres creerme?

Feliciano se quedó callado, centrándose de nuevo en el suelo. Sí, Lovino deseaba protegerlo, pero ¿por qué no se daba cuenta de que ya era mayor para que cuidara de él? Esa también era una de las razones por las que prefería quedarse callado, sabía que no tendría el apoyo de su hermano si se enfrentaba a Blas, él hasta respaldaría a su padre con tal de mantenerlo lejos de los negocios.

— ¿Cuándo hay que ir?

—El lunes. —suspiró, resignado. —Ha pedido permiso a la escuela para llevarnos a ambos.

Blas se quería asegurar que nada más fueran ellos tres. Sin Ludwig o Antonio.

—No puedo entender lo que el maldito bastardo está pensando, sin embargo, si realmente quieres a esa patata bastarda tendrás que aferrarte a él. —dijo Lovino, serio. Feliciano siguió callado, examinándolo. —Será fácil para ti, no tienes de que preocuparte. ¿De acuerdo?

—Sí. —contestó, arrastrando las letras.

Después de que se marchara, Feliciano se sentó en la silla de su escritorio, colocándose los audífonos que Kiku le regaló en su cumpleaños, tenían en la parte de la diadema dos orejas de gato, del mismo color de su cabello, estás se iluminaban conforme al ritmo de la música, la cual se mantuvo entre tonos morados, azulado y naranjo. Siempre, cada uno de sus profesores que su abuelo o sus padres le contrataban, ponían distintas obras de opera o música instrumental para que él pudiera dar un mejor trabajo. Sólo uno de esos profesores, que era a quién Feliciano más admiraba, le recomendó poner la música que él quisiera, con la que se sintiera más cómodo para trabajar en ese momento; así que mezclo un poco de ambos lados, poniendo instrumental ajetreado, con sonidos fuertes, sin calma.

Estaba enojado con el mundo en ese momento. Lovino lo seguía tratando como un niño de cinco años al cual debía proteger a toda costa, al que deseaba mantener en una burbuja. Su padre, casi igualando a su hermano, sin embargo, él actuaba desde las sombras.

Y lo peor es que no podía odiar a Blas por lo que seguro le haría pasar a su hermano. Era su padre, a comparación de Lovino que tenía motivos para despreciarlo, Feliciano no los tenía, siempre fue tratado tal cual príncipe. Sólo por haber nacido con algunas capacidades más notables que su hermano mayor.

El movimiento brusco con el pincel provocó que la pintura le salpicara en el rostro.

No se había dado cuenta que utilizó formas y colores demasiado sucios. Afligido se dejó resbalar por el asiento, parando la música y aventando los audífonos a la mesa, sin importarle que la pintura siguiera fresca, la tiraría de todas maneras.

Quizás si terminara con Ludwig todo concluiría, podría proponerle eso a su padre para que dejara a Lovino en paz con Antonio. Su hermano ya había sufrido demasiado, quitarle al hispano era como arrancarle el corazón y Feliciano tenía miedo de las consecuencias que eso traería.

—.—.—.—.—

Llevaba dos meses conviviendo con los Fernández, hasta ahora se habían portado bastante amables. Incluso la mamá le besaba las mejillas por las noches, deseándole dulces sueños; se sentía muy cálido, no lo negaría, era la primera vez en mucho tiempo que recibía esa clase de afecto sincero.

¡Lovi! —llamó el único niño de los dueños, saludándolo desde lejos, con su overol lleno de tierra al igual que su rostro. Traía una cesta de tomates recién cortados y lavados debajo del brazo. Se acercó a él, apestaba a sudor y a mugre, por lo que la mueca de despreció se implantó en el rostro contrario.

Apestas, aléjate. —ordenó deteniendo su llegar con una mano.

Es por que he estado trabajando desde la mañana. —sonrió, le faltaba unos dientes que hace poco se le habían caído. Lovino miró los tomates, ignorándolo. — ¿Quieres unos?

Sí.

Tienes que cosecharlos por ti mismo, Lovi. —Antonio mordió uno de sus tomates, embarrándose un poco el rostro. Lovino volvió a comprimir la nariz, con asco. — ¿Por qué haces caras tan raras?

Eres muy… sucio. —comentó, frunciendo la boca. —No me gusta, límpiate.

¿Ehh? ¿Por eso no juegas conmigo? —se quejó, dejando la cesta en el suelo, se limpió rápido con las manos, empeorando todo. Lovino miró la cubeta de agua que estaba detrás de él, luego a Antonio; a decir verdad parecía una buena idea cuando se la vacío encima. — ¿Qué haces, Lovi? ¡No!

Eso no había resuelto el problema, tan solo lucía mas sucio todavía. Antonio se quitó el sombrero que llevaba puesto, sacudiéndolo. Lovino tomó la cesta de los tomates y comenzó a comer, sin importarle el otro. Uno de los empleados miró a ambos niños, Antonio había quedado en calzoncillos, buscando exprimir su ropa, sin pensárselo mucho tomó a ambos en brazos y los llevó adentro de la hacienda.

¿Qué te pasó? —la madre de Antonio, quién estaba cocinando con otras muchachas, dejó de hacerlo. Su pequeño hijo estaba intentando esconder los temblores por el frío, mientras Lovino seguía comiendo tomates, sin prestarles atención, hasta se había subido a una de las sillas, dejando la cesta en la mesa.

Me caí en el agua. —mintió riendo. —Intenté secar la ropa pero me descubrieron.

La madre de Antonio miró por segundos a Lovino, luego suspiró.

Les daré un baño a ambos, andando.

Yo no me pienso bañar con él. —se quejó Lovino, dejando de comer. —La tina se llenará de tierra. Yo estoy limpio.

Cariño…

¡Esta bien, mamá! —comentó Antonio, asintiendo muchas veces con la cabeza. —Lovi tiene razón.

Su madre volvió a emitir otro respingó y aceptó, cargando a su hijo, ordenándole a las sirvientas que cuidaran a Lovino por mientras. Fue desde ese día que Antonio tuvo mucho más cuidado al trabajar, a lo mucho se ensuciaba un poco el rostro y las manos, intentaba mantener su ropa limpia lo más que pudiera; he incluso buscaba ducharse antes de pedirle a Lovino que jugara con él.

¿Por qué no quieres jugar ahora? —reprochó Antonio, cruzándose de brazos. —Estoy limpio y huelo bonito.

Solo no quiero hacerlo…—murmuró Lovino, afuera estaba lloviendo y él miraba el agua por la ventana.

Antonio se puso a su lado, observando en la misma dirección que su compañero. No tardó en aburrirse, no entendía que había de entretenido afuera. Quizás quería jugar en el jardín, pero a Lovino no le gustaba ensuciarse con lodo, por lo que descartó la idea.

¿Extrañas a tú mamá? —preguntó el hispano, mirándolo. Lovino se giró a él, lucía muy triste. — ¿Por qué no la llamas?

Ya lo hice.

¿Y?

Me dijo que estaba ocupada y colgó. —contestó, quitándose de la ventana y yéndose a sentar a la cama. —Luego llamé a mi papá y me dijo que sólo lo llamará para emergencias.

¿Y al abuelo Máximo? —Antonio volvió a sentarse a su lado, tomando su mano entre la suya.

Se la esta pasando muy bien con Feliciano. —murmuró, soltándose. Antonio a pesar de ser un niño, pudo percibir lo mal que debía sentirse Lovino. —No soy necesario para ninguno de ellos. —los ojos de Lovino comenzaron a soltar lágrimas, una tras otra, que limpió con sus pequeñas manos. —Papá me dijo que no debo de llorar, me va a regañar si se entera.

Eres necesario para mí. —contestó el pequeño Antonio, sonriendo. Lovino alzó su rostro, sorprendido. —Si no estuvieras aquí los días serían suuuuuper aburridos.

Claro que no, tienes muchos amigos cercanos. —bufó.

Antonio negó varias veces con la cabeza. —No es lo mismo. Tú eres mi amigo favorito. —comentó, abrazándolo. Lovino intentó apartarlo, empujando su cara con su mano. Antonio soltó una sonrisa boba. —Si yo soy tu amigo entonces no tienes de que preocuparte, Lovi. ¡Siempre estaré a tu lado!

¡No te quiero!

Mi mamá siempre dice que ya me tomaras aprecio, así que seré paciente y esperaré. —dijo feliz, haciendo el abrazo más duradero.

¡Vete, déjame, tonto!

Y aunque sólo era una promesa de niños, terminó siendo cierta.

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Lovino parpadeó una sola vez, sin perder detalle de su padre que hasta ese momento se mantuvo callado. Su semblante se veía despreocupado, casi antinatural haciendo reafirmar su teoría de que nada más le quería dar un susto de muerte por lo que le había dijo a Feliciano. Dicho hermano que se encontraba pidiendo pizza a la mucama bonita que respondió al llamado y miraba a su padre con fascinación infinita.

Lejos que lo que cualquiera pudiera pensar, por la belleza de Blas o por la extravagancia de ser italiano, su padre le tenía bastante respeto a su matrimonio. Quizás porque Bianca todavía era una belleza extraordinaria. Y todos sabían que ambos se amaban; Lovino pensaba que eran el uno para el otro, y no como un cumplido, ambos tenían una personalidad retorcida y manipuladora. Tal para cual. Aunque según la disculpa de su madre, está personalidad ya había disminuido en ella.

En lo que la mucama iba y regresaba con la pizza, Blas y Feliciano se mantuvieron hablando de cosas escolares, logrando desviar la atención de Lovino a la ventana. Estaban en un hotel bastante alejado de la escuela, casi a una hora de ella, y no era lujoso o algo por el estilo. Lo cual era muy extraño, algo de esto le estaba causando mala espina a Lovino.

Terminaron toda la pizza, Feliciano tomó otro jugo del refrigerador y Lovino lo imitó.

—Entonces, ¿Cuándo pensabas decirme que estabas saliendo con Ludwig? —preguntó Blas, alzando una ceja.

—Pronto. —contestó Feliciano, mirando la mesa. —E-Es que… todavía no estábamos preparados.

Blas torció la boca, insatisfecho por la respuesta. Lovino tomó un trago de jugo, buscando guardar su nerviosismo. Feliciano tenía las manos sobre sus rodillas y apretaba con fuerza su pantalón.

—Yo… ¡Yo terminaré con él, sólo deja que Lovi siga con el hermano Antonio! —gritó Feliciano de pronto, poniendo los puños en la mesa. Lovino se atragantó con el jugo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda, sus ojos de inmediato se dirigieron a Blas. Estos se abrieron con sorpresa al ver el rostro de su padre, era la primera vez que Lovino notaba el pasmo y angustia en su rostro; Feliciano lo dejó expuesto en tan solo unos segundos.

— ¿Qué? —fue la única palabra que Blas pudo articular.

—También… también quiero que me incluyas en los proyectos que le das a mi hermano. —continuó el mejor de los Vargas, lo más firme que pudo. —Yo asumiré la responsabilidad de mis acciones. Sólo… no lastimes a Lovi.

— ¿Lastimarlo? —el tono de voz de Blas se volvió frío, cortante y por primera vez, no iba dirigido a Lovino, sino a su hijo favorito. — ¿Quién te ha dicho algo como eso?

Feliciano pegó un pequeño brinco en su asiento, desviando sus ojos miel de los de su padre. Lovino se mordió su labio inferior, joder, no esperaba que su hermano menor tomara esa reacción… él tan sólo debió quedarse callado y esperar a que Blas aceptara su relación.

— ¿D-De qué estás…?

—Lo he notado. ¿Sabes? —Feliciano intervino a su hermano, triste. Lovino deseaba taparle la boca a toda costa. —Como tú y mamá siempre apartan a mi hermano. Mi abuelo es el único que nos trata igual. Siempre creí que Lovi y tú eran muy unidos, pero en retrospectiva, no es así. Ustedes pasaban tiempo juntos, pero Lovi de vez en cuando llegaba llorando o se iba directo a su habitación.

—Eso es…

—Tuve un poco de envidia de niño, porque no era incluido en sus actividades. —confesó Feliciano, a pesar de que estaba triste, no parecía que fuera a llorar pronto. Lovino sintió ironía en la confesión de su hermano menor, él sentía envidia de lo que Lovino más odiaba. —Después crecí y me di cuenta porqué, sólo que siempre fui cobarde y me lo callé, dejé que la tomaras con Lovi todo este tiempo.

—Feliciano cierra la boca. —pidió Lovino, inclinándose a él.

—Déjame terminar. —ordenó, sin despegar la mirada de su padre. —Ya no es así. No desde que vi que Lovi pudo sonreír de verdad, ya basta de esto. Terminaré con Ludwig, hablaré con él, sé que seguiremos siendo amigos a pesar de todo. Él va a entender. Incluso si tengo que esperar a que tu mueras para que sea feliz, lo haré.

— ¡Feliciano! —reclamó Lovino.

Blas soltó algo muy parecido a un gruñido al comprender que el menor de sus gemelos al fin había concluido. Lovino podía darse cuenta, estaba furioso, sólo que no tenía idea de como reaccionar contra Feliciano quién siempre le obedecía en todo con una enorme sonrisa, abrazándolo y llenándolo de besos en cuanto lo veía llegar del trabajo. Incluso Lovino estaba sorprendido de la temeridad de su hermano menor. Ni en mil años lo hubiese imaginado. Santo cielo, ¿ahora qué haría para remediarlo?

—Ustedes cada día me están sorprendiendo más y más. —sonrió Blas, interesado. Tenía un nuevo brillo en los ojos. —Creyendo que pueden con todo lo que se les ponga encima. Tenía la sospecha de que Lovino te influencio a esto, pero dada su reacción lo dudo mucho.

—Lovi no ha tenido que ver, yo he tomado esto por mí mismo. ¿Qué dices, lo aceptas?

—Puff. No. —contestó de inmediato, socarrón. —Eres demasiado ingenuo, Feliciano, me hubiese encantado que te quedarás así para toda la vida. Lamento desilusionarte, hijo, las cosas no son tan simples. Lovino es el heredero no tú, yo simplemente iba a aceptar tú relación con un par de condiciones.

—No quiero que aceptes mi relación, quiero que aceptes la de Lovi. —protestó.

—Eso no va a pasar. —dijo Blas, girando su mirar a Lovino. —Lo sabes, ¿cierto? ¿O de nuevo te estás ilusionando?

El mayor de los gemelos apretó sus dientes con bastante fuerza, provocándose dolor de cabeza.

—No lo hago.

— ¡Lovi! —reprochó Feliciano. Necesitaba de su apoyo, quizás así podrían hacer ver a su padre del error que estaba cometiendo. Al ver que él no respondía, Feliciano se forzó en recordar que a pesar de todo, Ludwig siempre estaría a su lado, de ahí estaba sacando todas sus fuerzas. — ¿Es porque el hermano Antonio es hombre?

—Oh, cielos. —se quejó Blas, bastante ofendido. — ¿Crees que soy igual de estúpido que la madre de Antonio?

— ¿Su madre? ¿Qué hay con su madre? —preguntó Feliciano.

—Ella siente asco de los homosexuales, por algo de la religión o yo que sé. A mí esas cosas no me interesan. —se encogió de hombros, jugando con la copa de vino que tenía. —Hombres o mujeres valen lo mismo cuando son de la misma clase social, si a Lovino le gustan los hombres puede salir con uno. No con Antonio, es obvio.

Joder, le encantaba recalcarlo.

—El hermano Antonio ama a Lovi.

—Lo sé. —contestó Blas, aburrido. —Pero seguro ya amará a otro, no te preocupes por pequeñeces, Feliciano. Esa clase de personas sólo sirven para un propósito, ser utilizadas y remplazadas. Eso que llaman sueños o ilusiones, deberían dejárselo a las personas que sí tienen con qué cumplirlos.

Feliciano se quedó en un silencio atónito, con la boca entreabierta y ojos centellantes, presos de la incredulidad. ¿Cómo fue posible que nunca se diera cuenta de la clase de monstruo que llamaba padre? Su madre… ¿sería igual que él?

—No… papá. —el menor sacudió la cabeza, observando a su hermano que estaba en completo silencio. — ¿Por qué eres así? ¿Por qué no quieres que Lovi sea feliz?

—Por el amor a todo lo sagrado, Feliciano, te lo acabo de decir. —espetó enojado. —Es lo que querías, ¿no? ¿De qué demonios te estás quejando ahora?

—Ya basta. —cortó de pronto Lovino. Blas bufó, tomando un trago de vino. —Simplemente has de cuenta que nada pasó, Feliciano. Y deja de meterte en mis asuntos.

— ¡Qué, Lovi!

—No. —dijo Blas, recobrando su seriedad. —Él quiere participar, haré que participe. Has lo que dijiste, termina con Ludwig, es una lástima sus padres me agradan. —Feliciano asintió, mordiéndose los labios. —Y Lovino dejará con Antonio, entonces acabarán su año en esa escuela y se dirigirán a una en Italia, donde los pueda tener controlados. Sabía que no debí tomar el consejo de mi padre.

— ¡Ese no es el trato! —recriminó Feliciano.

—Querido hijo, con el tiempo irás aprendiendo que el único que puede proponer tratos, soy yo. —en un tono dulzón, le revolvió el estómago a Feliciano. —Una vez que regreses a Italia, dejarás tus clases de artes y te enfocaras en administración y economía, al igual que Lovino. Te enseñaré a manejar un arma y, un poco tarde, pero te presentaré a gente importante.

—No lo hagas, Blas. —pidió Lovino, con la garganta congelada. —Déjalo tranquilo.

—Oye, es lo que él quiere. —su padre se encogió de hombros, restándole importancia. —Mal por ti, Lovino, ahora tus oportunidades de atacarme se reducen a la mitad.

—No lo acepto. —dijo Feliciano, enojado. Lovino se llevó una mano a la cara, queriendo soltarle un puñetazo a su hermano para que se callara de una vez.

—Nunca te pregunté.

—Eres mi padre pero no puedes hacer esto.

—Bien, te diré lo que puedo hacer entonces. —Blas sonrió, Lovino tomó por inercia la mano de su hermano, afilando la mirada a su padre. Feliciano tragó saliva al momento que Blas terminaba de escribir algo en su teléfono. —Cancelé el proyecto donde estaba invirtiendo el padre de Antonio, y ni siquiera necesité una llamada, ¿no es sorprendente? —se burló llenó de ironía.

— ¡No, no, no, NO! —gritó Lovino, poniéndose de pie, golpeando con fuerza la mesa. — ¡Dijiste que no lo harías!

—Lovi, ¿qué está pasando? —Feliciano cerró la boca al instante que su hermano se giró, tenía lágrimas acumuladas en sus ojos y lo veía lleno de enojo.

—El padre de Antonio invirtió en una empresa fantasma desde la petición del divorcio. —contestó Blas. —Y blablablá, ya fue cancelado de todas maneras.

— ¡No tienes idea de cuanto te odio! —le escupió Lovino a su padre.

— ¿Qué significa eso? —preguntó Feliciano, sintiendo un montón de culpa dentro de sí.

— ¡Significa que la familia de Antonio se fue a la quiebra! ¿Lo entiendes, Feliciano idiota? —reprochó, llevando sus manos a la cabeza.

—Oh, no es sólo eso, Lovino. —sonrió Blas. Lovino se tapo los oídos, sin querer escuchar. —Te dije que si Feliciano o Bianca cambiaban su percepción de mí, entonces habría problemas, ¿cierto?

—Los niños del orfanato. —murmuró. — ¿Qué demonios vas a hacerles?

—Oh, nada. Levantaría muchas sospechas de tu querido Antonio, no es correcto usarla por segunda vez. Además, cuando no pague lo de la escuela, él regresará a España y jamás los volverá a ver. —contestó sin borrar el semblante de triunfo que tenía en el rostro. —Creo que su madre es la que tendrá problemas, el pequeño bastardito que lleva en su vientre, se quedara sin padre.

Feliciano se tensó en su asiento, sintiendo la ansiedad crecer dentro de sí. Dios, ¿qué había hecho?

—Y créeme que ella fue bastante idiota al dejarle todas las cuentas a él, como a su antiguo esposo. —Lovino se soltó a llorar sin importarle que su padre viera su debilidad. Feliciano conecto los ojos con los contrarios, los cuales estaban desapareciendo todo rastro de bondad que una vez le mostró. — ¿Aún tienes curiosidad de qué puedo hacer, Feliciano?

—Yo…

—Hacerle algo a los Beilschmidt, llevará algo de tiempo, pero ten por seguro que puedo hacer algo. —dio una palmada con sus manos, como dando conclusión a la pequeña reunión. —Tienen una semana para terminar con esto. Tu hermano ya lo sabe, Feliciano, no es correcto que digas nada de esto. ¿De acuerdo?

Lovino se puso de pie antes de que pudiera contestar, queriendo arremeter con un puñetazo a la cara de su padre, el cual Blas esquivó echándose para atrás. El mayor sintió toda la impotencia dentro de sí, tomó del brazo a Feliciano se lo llevó corriendo de ahí. El menor volteó hacía atrás, lejos de estar enojado, Blas parecía estar disfrutando de la situación; ya estaba esperando esa reacción.

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Arthur se dejó caer en la cama de Alfred, estaba acolchonada por todas las cobijas que tenía. Podría dormir ahí por doce horas seguidas, de eso estaba seguro. Ese día por suerte no tuvo la estruendosa junta del G8, pudiendo descansar un poco y pasar más tiempo con Alfred.

Bostezó, adormilándose. El americano rio bajito.

—Es muy raro verte por la tarde. —reprochó Alfred haciendo un puchero, sacándose los zapatos para recostarse al lado de su novio. —Incluso Toris y Matthew se la pasan contigo, no tengo con quién divertirme.

—Lo siento. Nunca pensé que Iván se lo tomara tan enserio. Por suerte Feliciano se fue hoy con su padre, por lo que la junta fue cancelada. Lo que no entendí, Feliciano de todas maneras no hace nada.

—Podrías remplazarlo por mí, así estaríamos toda la tarde juntos. —tomó sus manos esperanzado. Arthur desvió la mirada a un punto muerto. — ¡Eres muy cruel, Arthur!

— ¡Si te tengo ahí estoy seguro de que no dejarías de pelear con Iván! ¡Y él ya me saca de quicio por sí solo!

—No quieres pasar tu tarde conmigo. —infló las mejillas. El británico se mordió los labios.

— ¿Qué hay con esa actitud tan infantil? —protestó, jalando sus mejillas. —Claro que quisiera pasar todo el día contigo, ya lo sabes. Sólo quieres que lo diga. —bufó Arthur, arrugando la nariz.

—Me pongo a pensar, —contestó Alfred luego de que Arthur le soltara—que si no pasas mucho tiempo conmigo te vas a desenamorar de mí o algo así. Hay muchas personas más increíbles que yo afuera.

Arthur se incorporó un poco en la cama, observándolo sin comprender.

— ¿De dónde viene esa actitud tan pesimista? Tú… ¿estás dudoso de cuanto te quiero? —preguntó, incomodo. —Antes no lo hacías.

—Antes era diferente. —contestó Alfred, sin verlo. —Cualquiera se podría enamorar de ti, Arthur.

—Imposible. Eso no va a pasar. —rio el inglés. — ¿Por qué piensas eso?

—Tú te preocupas mucho por las personas, aunque intentes negarlo. —le dio un vistazo rápido, aún recostado en el colchón, con sus gafas chuecas. —Eres inteligente, amable, cuidas mucho a las personas que te quieren a pesar de que eso te haga daño a ti. Siempre he pensado que yo me he colgado de ti desde el primer momento, te he seguido como un pollito.

— ¿Un pollito?

—Ya sabes, ellos siempre están siguiendo a su madre.

— ¿Soy tu madre? —Arthur soltó un suspiro, alzando una de sus cejas.

— ¡No me refiero a eso!

— ¡¿Cómo se supone que lo sepa?! —reprochó, golpeando suavemente su cabeza. Alfred lo miró con ojos llorosos, cubriéndose con las manos. Arthur bajó sus puños, formando una fina línea con sus labios, con un pequeño sonroso en las mejillas. Se rascó la cabeza en busca de ocultarle el rostro a Alfred, ¡ah! ¿¡por qué siempre acababa cayendo en sus trampas!? —Incluso si tú nunca te hubieses enamorado de mí, sé que probablemente yo lo habría hecho con el paso del tiempo.

—Arthur…

—De cualquier forma, deja de tener esos pensamientos tan patéticos. —le golpeó la frente, abochornado. —Lo has hecho demasiado últimamente.

—No puedes culparme, pensé que te perdería con la universidad. Aún no quiero. —comentó Alfred, halando una almohada para hundir su cabeza en ella. —Quiero seguirte, pero sé que no es correcto. Ni siquiera tengo la capacidad para entrar a cualquier universidad que tú te propongas.

—Eso no es verdad.

—Además, mi sueño es ser piloto.

Arthur abrió los ojos con sorpresa, era la primera vez que escuchaba algo como eso. Que escuchaba el sueño de Alfred.

— ¿Fue lo que pediste en la fuente? —preguntó, Arthur. Alfred giró media cabeza, sin comprender. —A la fuente que fuimos ese día, ¿recuerdas?

—No, no lo recuerdo. Pero estoy seguro de que no pedí eso. —respondió, encogiéndose de hombros. —Ese sueño es para luchar por él, no para pedirlo.

¿Cómo podía actuar tan infantil en un momento y tan maduro en otro? Es lo que el británico no lograba descifrar, por instantes sentía que Alfred ya estaba rebasándolo y luego, volvía a caminar detrás de él. No había un patrón en sus palabras o en sus acciones para que Arthur las pudiera entender. Simplemente pasaba y se desvanecía.

Cuando Alfred volvió a hundir la cabeza en la almohada, Arthur se inclinó a él, dándole un beso en ella.

El americano entonces aprovechó para invertir las situaciones, dejando a su pareja debajo de él, con la sorpresa plantada en sus facciones. Esas pequeñas acciones que Arthur tenía con él, sin que fueran incitadas, eran las que más enamoraban a Alfred. Su corazón bombeaba con fuerza por un pequeño beso en la frente o en la cabeza, por una acción tan insípida como el que Arthur se le quedara viendo al hacer los deberes.

—A-Alfred. —murmuró Arthur, nervioso. Tenía la mano en su pecho, apretando su saco.

— ¿Tú qué pediste? —preguntó en un ronquido, sin despegar los ojos de los verdes de Arthur, que lo contemplaba expectante. —En la fuente, ¿qué pediste?

—Deseé que no lloviera más ese día. —contestó, desviando la mirada. Tenía buena memoria por lo que podía recordar con facilidad, pero ahora que lo pensaba, debió inventar algo más bonito dada la situación.

—Creo que me hubiese sorprendido si fuera otra cosa. —rio Alfred.

El inglés movió su cabeza, buscando el contacto de sus labios, lo cual Alfred respondió enseguida; sosteniendo su peso con los codos y rodillas sobre la cama para no aplastarlo. Arthur dejó que sus dedos se hundieran en la cabellera de Alfred, a pesar de lo descuidado que podía ser, este siempre estaba suave.

Con cuidado Alfred deslizó la lengua por la boca de Arthur, chocando primero con sus dientes, tanteando con ella la contraria. Se separaban unos segundos a tomar aire, luego volvían a lo mismo; sus bocas ante el movimiento y la saliva comenzaron a hacer ruidos mojados, extraños a sus oídos. Decir que la cara de ambos contrastaba en tonos rojos, era poco.

Arthur jadeó al separarse de nuevo, preso de la falta de oxígeno. Un poco de saliva le escurría en la comisura del labio. Alfred lo miraba desde arriba, ya sin los lentes, ni siquiera supo en que momento se los quitó. Sus ojos lucían expectantes, buscando cualquier indicio para poder proseguir, Arthur apretó los brazos de Alfred que llevaba sosteniendo un buen rato, arrugando su saco; sus labios temblaban.

Alfred comenzó a sentir cansancio en los brazos, así que los dejó resbalar por la cama, inclinándose mucho más a su novio, hasta que las narices se rozaron, al igual que sus labios. Arthur ahora podía sentir la respiración de Alfred, estaba agitada al igual que la suya.

— ¿Pu… puedo… tocarte? —balbuceó Alfred, cerrando sus puños por encima de la cabeza opuesta.

— ¿No es obvio? —respondió Arthur, ladeando la cara, con el tono rojo abarcándole hasta las orejas.

—Entonces lo haré. —murmuró, depositando el primer beso en el cuello del británico. Este se estremeció, llevándose una mano al cuello. Con cuidado Alfred la quitó, dejando otras caricias, las cuales cohibieron a Arthur. Se sentía un pequeño cosquilleó.

El americano bajó una de sus manos, subiéndola de nueva cuenta, pero ahora por debajo de la ropa de Arthur. Él volvió a pegar un brinco, las manos de Alfred eran tibias y dejaban una sensación electrizante recorriendo los pedazos de piel que tocaban. No era un agarre firme, él sólo dejaba que las yemas de sus dedos apenas rozaran. Arthur se retorció por el contacto, acomodándose mejor entre su cuerpo preso, dejando una pierna estirada y la otra recogida.

Volvieron a buscar sus bocas, uniéndolas de nuevo. Arthur acarició la espalda de su novio, quitándole su chaqueta de aviador en algunos minutos. Fue su turno entonces de hacer algo, logró cambiar de posición, empujando a Alfred para que quedara hincado, de la misma forma, él se acercó repitiendo la acción del americano, sólo que se aseguró de dejar el suéter y el chaleco fuera, quedándose únicamente con la camisa a manga corta y el pantalón.

Con manos torpes empezó a desabrochar los botones, tal y como había investigado, aún no estaba seguro de eso. No tenían nada preparado. Alfred tomó sus manos cuando terminó, volviendo a besarlo, rodeando con su brazo la cadera contraria, acercándolo por completo a él. Tanteó de nuevo, ahora por la espalda, despojando a Arthur de toda la ropa que llevaba de la cintura hacía arriba. El rubio se estremeció, estaba haciendo un poco de frío. Alfred volvió a atraerlo a él, dejando que la espalda de Arthur pegara contra su pecho, dándole un abrazo para calentarlo un poco.

Las preguntas fueron guardadas, al menos eso pensó Arthur cuando Alfred desabrochó su pantalón.

—E-Espera…

No contestó. Bajó sus pantalones y calzoncillos a la rodilla sin que Arthur pudiera hacer algo para evitarlo. Joder, se sentía tan vulnerable.

—Es vergonzoso. —comentó ocultando el rostro entre su cabello, lo poco que podía. —D-Deja de mirar.

¿Por qué demonios se estaba acobardando? Arthur intentó darse una bofetada mental, pero no pudo; estaba muy expuesto, no era capaz de entrar en sus cinco sentidos para detener todo eso. Y tampoco es como si quisiera, pero… todo era tan confuso.

Alfred comenzó a lamer en el cuello, haciendo presión con sus dientes de vez en cuando. Mientras en la parte de abajo movió su mano, haciendo estremecer al otro. Las uñas de Arthur se clavaron en las colchas, estrujándolas con fuerza. Su cuerpo comenzaba a tiritar, no sólo por el frío, sino por esas sensaciones que le erizaban la piel. Con dos de sus dedos sobre su barbilla, Alfred hizo que volteara en su dirección, tomándolo por sorpresa ya que no puso ninguna resistencia pese a estar avergonzado, lo besó de nuevo, con la misma intensidad que antes.

Una mezcla viscosa se comenzó a sentir en la mano de Alfred, desviando su atención sin separarse del beso. El inglés atrajo de nuevo su curiosidad al soltar gemidos sobre su boca, en un intento vano de callarlos, mordió el labio inferior de Alfred al intentar morderse el suyo. Sin preverlo, Alfred movió sus caderas contra Arthur, dejando escapar un jadeo con aire caliente, cerca de su oreja.

—Tú—murmuró Arthur, estremeciéndose de nuevo cuando le tocaron cerca de la punta.

De nuevo no estaba contestando, Alfred temía decir una estupidez y arruinar por completo el ambiente. Quitó las manos del pene de Arthur y le empujó la espalda, para que se dejara caer sobre la cama. Arthur aún se estaba retorciendo por su erección. Alfred le sacó por completo los pantalones, besando de nuevo cada parte de su espalda, con tanto cariño que sólo sacudió más al inglés.

—A…Alfred.

Él se mordió el labio ante el nombramiento. Ahí tirado sobre la cama su novio se veía tan indefenso, pidiendo por él, con los ojos lagrimosos, mejillas rojas y voz rota.

—Estoy preparado. —comentó estirándose para tomar algunas cosas de su cajón. Era una cajita que tenía dentro un lubricante y varios condones. Arthur le miró de soslayo, Alfred quién se iba a poner a explicar cómo los consiguió, mejor se calló.

Tomó el frasquito de lubricante, casi derramándolo en la cama que ya estaba destendida.

—Yo lo haré. —jadeó Arthur. —No tienes que…

—Esta bien, quiero hacerlo. —contestó. Alfred hizo que Arthur quedara de rodillas con la espalda inclinada hacia el frente; el inglés tenía la cabeza hundida en una almohada, buscando controlar sus jadeos pues de nuevo el americano lo estaba masturbando.

Uno de los dedos se introdujo en él, fue movido en círculos. Arthur pudo sentir un poco de incomodidad a pesar de todo. El segundo que Alfred introdujo, fueron círculos combinados con tijeretas, expandiendo más la entrada, comenzó a meterlos y a sacarlos. Arthur dejó un grito ahogado en la almohada, balanceando sus caderas. El americano apretó los dientes con fuerza, conteniéndose, deseaba saber que se sentía estar dentro de Arthur, si se retorcía de esa manera por sus dedos, estaba seguro de que sería mucho mejor cuando él comenzara a embestirlo.

Se colocó detrás de él, bajándose sus propios pantalones, poniendo lubricante también en su pene.

—T-Todavía no lo metas, me dolerá. —se medio quejó Arthur entre jadeos. —Y tienes que ponerte el condón.

— ¡Lo sé, leí tus notas! —reprochó ruborizado.

Así lo hizo. Primero se inclinó hacía él, colocando su miembro entre su trasero, sin llegar a penetrarlo. Moviendo sus caderas, sintió como las nalgas de Arthur le apretaban al sentirlo. Sacándole un gruñido, que amenazó con sonar fuerte, por lo cual mordió el hombro de su pareja, quién de la misma forma omitió su grito sólo que en la almohada.

— ¡N-no me muer-! ¡Agh! —Arthur cubrió su boca al sentir que algo se deslizaba dentro de él.

—Arthur, tienes que relajarte. —pidió Alfred, poniendo una mano en la espalda del rubio. —Me estas apretando mucho.

—Me estás pidiendo imposibles. —respiró profundo, buscando tranquilizarse. Tenía que estar relajado o comenzaría a ser doloroso.

—Piensa que lo estás haciendo con la persona que amas. —murmuró Alfred, logrando inclinarse a él, lamiendo por detrás de su oreja.

— ¡Idiota!

Sin embargo, sirvió. Alfred volvió a salir de él, aplicando todavía más lubricante, aventó la botella a un lado y de nuevo, se situó en medio de él, entrando lento. A la mitad de su pene, Arthur se removió, incomodo, pero no protestó. Dejó que continuara hasta tenerlo todo dentro.

Alfred jadeó, buscando con la mirada los ojos de Arthur, algunas lágrimas habían bajado de sus mejillas.

— ¿Te duele? ¿Mucho? Lo sacaré.

—No. —Arthur tomó el brazo de su novio, mirándolo. Sintió ensancharse todavía un poco más el pene de Alfred dentro de él. —Esta bien.

—Entonces me moveré. —anunció. Arthur asintió con la cabeza.

Ni siquiera supieron cuánto tiempo pasó, ambos ya estaban jadeando sin cesar el nombre del otro, en voz baja, intentando que nadie los descubriera. La espalda de Arthur tenía varias marcas rojas, producto de las mordidas que le daba Alfred de vez en cuando.

Alfred entonces lo volvió a atraer a él, sentando a ambos, él sobre la cama y Arthur sobre él. Cubrió con una de sus manos la boca de Arthur, dedicando su boca al cuello de su pareja, con la otra mano pellizcaba sus pezones, causando jadeos incesantes. Las notas de Arthur eran muy buenas después de todo, había intentado memorizar todo lo que pudo. No tardó mucho para que el inglés terminara corriéndose, manchando su abdomen y una parte del brazo de Alfred.

Arthur, pese a estar exhausto, salió de Alfred por un momento, para darse la vuelta y quedar enfrente de él.

—Te amo, Arthur. —dijo Alfred, gimiendo al volver a sentir como lo apretaba. —Te amo mucho. —lo besó de nuevo, sin esperar su contestación, poniendo sus manos en la cadera del británico, buscando que siguiera moviéndose un poco más de tiempo.

Una embestida profunda provocó que Arthur gimiera con fuerza, sin que ninguno de los dos lo pudiera evitar. Él se llevó las manos a la boca con rapidez, incrédulo. Alfred puso una mano en su cabeza, haciendo que la escondiera entre el hueco de su propio cuello. Arthur volvió a gemir, silenciándolo, al momento que Alfred se corría.

Era extraño, Arthur incluso hizo un informe detallado sobre los lugares más bonitos para hacer ese tipo de cosas. Pero como siempre, Alfred lograba superar todas sus expectativas.

—.—.—.—.—

Lovino se quedó en completo silencio cuando el coche arrancó. Tenía los ojos rojos y apretaba sus brazos con fuerza. Feliciano estaba intranquilo, pensando en las consecuencias a las que llevó su acto descuidado. Debió haber escuchado a su hermano, de quedarse callado y tal vez ser un cobarde para siempre, o afrontarlo a él primero, llegar a un acuerdo con Lovino para que ambos pudieran buscar la solución al problema. Aunque a decir verdad, quizás no hubiese creído que su padre era así si no lo veía por sus propios ojos, como ahora.

Feliciano subió la ventanilla que los separaba del guardia y del conductor, dándoles espacio.

—Cuando éramos niños y nos separaron, nunca fui consciente de que me tocó la mejor parte. —dijo al fin, luego de un largo silencio. —Siempre creí que tú eras feliz en donde estabas, con el hermano Antonio, y tal vez lo fuiste; mucho más feliz de lo que hubieses sido esos años si los pasabas con mamá o pa… Blas. —se corrigió de pronto, notando un sabor ácido en su boca al pronunciar el nombre de su padre. —Quizás fuiste más feliz incluso que yo.

Lovino lo miró des soslayo, sin emitir ningún sonido.

—Yo… mostré un poco de talento para las artes y de inmediato me mandaron con mi abuelo. Sin darte tiempo de que tú lo demostraras también. Luego, cuando regresamos, todo fue diferente. Yo apenas pasaba tiempo contigo, me llevaban de clase en clase buscando mejorar mis artes, sin embargo, yo odiaba eso. —confesó Feliciano, empuñando sus manos. Atrayendo por completo la atención de su hermano. —Quería pasar tiempo contigo, jugando, recobrando esos años que perdimos separados. Sentía que amabas más al hermano Antonio que a mí.

»Ahora comprendo que no es así. Lovi, me pusiste encima de la persona que más amas en el mundo, intentando protegerme y lo eche a perder.

—Feliciano.

—Crecí con una venda en los ojos que nunca me quise quitar por más que escuchaba tus llantos. Supongo que deseaba creer que él era bueno. —el menor de los italianos intentó formar una sonrisa en su rostro, era la mueca más falsa que Lovino le vio poner en toda su vida. —Ahora sé que no es así.

Terminando esa oración no volvieron a hablar más tiempo, incluso Feliciano volvió a bajar el cristal. No sonreía, pero su hermano pudo notar cierto destello en los ojos, uno bastante sólido que le causo malestar. ¿Por qué no estaba reaccionando de la misma manera cobarde que siempre? ¿De verdad quería que terminaran destruyendo a Ludwig al igual que Antonio? Debería parar, porque a Lovino ya se le estaban acabando las fuerzas para seguir.

Llegaron a la escuela a eso de las cuatro de la tarde, Lovino al ver que su hermano iba en busca de alguien, lo paró en seco.

—No digas ni una sola palabra, ¿te queda claro? Blas no está bromeando o jugando. Él lo va a terminar haciendo y será peor si le das motivos para seguir. No lo compliques más. —se quejó, arrugando el entrecejo, remarcando su molestia.

—Me iré a despedir de Ludwig, hermano. —sonrió más natural. —No te preocupes, mis acciones comenzarán a ser invisibles. —susurró, Lovino contrabajos pudo escuchar la última palabra.

Feliciano estaba consiente de que su hermano se estaba conteniendo para no gritarle, para no maldecirlo en voz alta por echar la vida de Antonio a perder. Sin embargo, si algo había aprendido de Ludwig en todo el tiempo que llevaba siendo su amigo y ahora su novio, es que tenía dos opciones; una, la cual era a la que siempre recurría que era optar por salir corriendo y llorar, agitando una bandera blanca en señal de derrota. O dos, enfrentarse a los problemas que vinieran.

Esta vez, elegiría la segunda.

No obstante, al entrar a su habitación, ver que el alemán se encontraba haciendo ejercicio y este le sonrió al verlo llegar, sus piernas le fallaron y comenzó a llorar.

—.—.—.—.—

— ¡Loviii por fin llegas! —gritó Antonio, sacudiendo su mano. Estaba sentado afuera de su habitación, terminando de comer un helado. Al ver su rostro de inmediato se puso de pie, tomándolo entre sus manos. — ¿Estás bien? ¿Te hizo algo?

— ¡No fui a ver a Satanás, imbécil! —se quejó, jalando su cuello para liberarse. Entró a la habitación, dejando pasar a Antonio; Arthur no estaba ahí.

— ¿Qué pasó, Lovi? —preguntó, atrayéndolo a él, para darle un abrazo con todo el amor que le tenía. Lovino deseaba que con eso todas sus partes pudieran volver a unirse, a querer luchar. Antonio le acarició con gracia los cabellos, reconfortándolo; a pesar de ello, el italiano en ningún momento correspondió el abrazo. —Debí haberte acompañado, pero Francis dijo que no debería estarme metiendo tanto en tus asuntos y…

—Tiene razón ese pervertido. —cortó Lovino, separándose. —Blas te detesta, no sabes cuanto puede dañarte si se lo propone.

—Tal vez haya verdad en tus palabras, pero… —Antonio se rascó la cabeza, sin saber muy bien que contestar, luego de pensarlo volvió a sonreír. —dudo mucho que gaste sus energías en alguien como yo. Siempre dice que no valgo su tiempo y me llama pueblerino o lo que sea, alguien tan importante como tu padre no me tiene ni un poco en consideración. Así que no tienes por qué preocuparte.

Lovino apretó los labios, sin mirarlo. Antonio entonces lo abrazó por detrás, pegando su frente a la cabeza contraria. Su respiración golpeaba suavemente su nuca. Su abrazo se sentía demasiado cálido, era justo lo que necesitaba, sentir que Antonio nunca se apartaría. Se giró entonces para poder corresponderle el abrazo, con toda la fuerza que encontró dentro de sí en esos momentos, aguantando las lágrimas, todavía no quería dejarlo ir, deseaba permanecer siempre a su lado. ¿Por qué esto era tan injusto?

—Lovi… no puedo respirar. —murmuró el español, sin aliento. Lovino aflojó su agarre, inflando las mejillas. Antonio le dio un besito en la frente, en ambas mejillas y por último en sus labios, uno largo y profundo. Le sonrió al separarse, volviendo a acariciar sus cabellos.

—Quiero dormir. —se separó de Antonio, aflojándose la corbata, tirándola en el suelo junto a su saco, chaleco y camisa. Antonio se sentó en su escritorio, observándolo.

— ¿No estás siendo muy descuidado conmigo, Lovi? —preguntó, con su barbilla recargada en sus puños.

El italiano se detuvo a medio alzar la cobija, se había puesto solo el pantalón de la pijama para dormir.

— ¿A qué te refieres? No voy a llenarte de besos y abrazos, como tú a mí, idiota. Tengo dignidad.

—Eso ya lo sé. —suspiró el español. Lovino se metió a la cama, encogiéndose de hombros, cerró los ojos y a los segundos sintió otro peso encima. — ¿Por qué estás creyendo que no voy a atacarte? —preguntó serio, involuntariamente el sonrojo llegó a la cara contraria.

— ¡Quítate de encima, bastardo! —reprochó Lovino, buscando pegarle un buen golpe. — ¡Quiero dormir!

Antonio tomó ambas manos y las puso al lado de su cabeza, dejándolo indefenso.

—Lovi, no bajes tus defensas conmigo o podré atacarte cuando yo quiera. —murmuró cerca de sus labios, rozándolos, sin llegar a tocarlos en realidad. La boca del italiano tembló por momentos y lejos de sentir felicidad por las provocaciones de su novio, las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos. Antonio se separó de él, desconcertado. —Yo… Lovi…

—Quiero dormir. —balbuceó, halando una de sus manos para que Antonio dejara de apresarlo. Se limpió las lágrimas con las mismas y quedó de lado, sin darle el rostro a su novio.

—Lovi…

— ¡Dije que me dejes en paz! —espetó, cubriéndose hasta la cabeza.

Antonio dejó que se durmiera sin reprocharle nada, sentado al borde de la cama. Una vez que se aseguró que lo hacía, pudo acobijarlo bien entre las mantas, inclinándose a él le dio un suave beso en la cabeza, aspirando el aroma dulce que desprendían sus cabellos. Al español le encantaba ver dormir a Lovino, desde que eran pequeños fue una manía que desarrolló, eran los únicos momentos donde se quedaba tranquilo, sin tener el cuerpo tenso por estar a la defensiva todo el tiempo, sus cejas también se relajaban y no mantenían esa arruga en medio de ellas.

Se recostó a su lado, encima de las cobijas para no descubrirlo, la tarde comenzaba a hacerse fría. Quedó por debajo del cuello de Lovino, por lo que la cabeza de Antonio pegó directo a su espalda, cerró los ojos al sentirse en completa comodidad. Abrazarlo a él siempre lograba calmar las tempestades de su corazón.

En el sueño todo era confuso, Lovino notó que su figura era similar a la actual. Adelante había un pastizal enorme, que se mecía con la suavidad del viento. Comenzó a avanzar, mirando por ambos lados, buscando reconocer algo. Entre más avanzaba, más confundido se sentía, los kilómetros y kilómetros de pasto y cielo no parecían tener fin; hasta que un árbol apareció de pronto, como un punto diminuto en la distancia. Corrió a él con todas sus fuerzas, llegando poco a poco, era un roble.

Justo debajo del roble estaba una persona, observando algo en el tronco. Lovino se acercó con cuidado, desconfiado. El extraño llevaba una capa negra desgastada por el tiempo. Al ponerse detrás de él, en una distancia bastante prudente, el desconocido habló.

¿Eres tú, Esperanza?preguntó. Parecía estar a punto de llorar; la voz a Lovino le resultaba demasiado familiar. ¿Abuelo? —Lovino intentó decir algo, las palabras no salieron de su boca. — ¿Abuelo? ¿Esperanza?

Lovino extendió una mano, al hacerlo se dio cuenta que llevaba otra vestimenta, una mucho más de la Italia antigua similar a la que llevó en la fiesta de su madre, color rojo y bordes dorados, con el mismo sombrero de pluma. Su boca se movió por inercia, sin embargo él no pudo escuchar ninguna palabra proveniente de su voz, sólo el gimoteó de aquel extraño ser, quién dejó caer una caja que al estrellarse quedo abierta. Volvió a pronunciar palabras que de nuevo no pudo escuchar, ni siquiera sus pensamientos le decían que estaba diciendo.

¡Basta! ¡Dime quién eres! ¡Ahora!protestó la voz del otro, llorando.

Otra vez Lovino habló sin escucharse.

El sujeto del árbol, quién le recordaba bastante a la forma en que conoció a Govert, miró al tronco de nuevo. Ahogando un grito. Una hoja que Lovino no sabía que se encontraba ahí, salió volando con el aire, no pudo leer lo que decía. El sujeto se volteó poco a poco a su dirección; su cara llevaba una máscara azul, justo como la recordaba en aquella fiesta, su capa también cambió al mismo traje que llevó ese día a la par de él. No era otro que Feliciano.

Lovino sin saber por qué llevó sus manos a la máscara que tenía, quitándola, dejando que cayera al suelo. Sus palabras volvieron a sonar, siendo escuchadas sólo por uno de ellos. Feliciano ya estaba llorando de nuevo.

Yo…habló Feliciano, con un hilo de voz. Parecía de verdad afectado. Soy quién vio vivir y morir este mundo en armonía. Alguna vez fui llamado cobarde, pero aquí fui llamado héroe. Soy el ente entre dimensiones. —resopló y volvió a tomar aire, imitando su acción de quitarse la máscara.

Sus ojos mostraban profundo alivio al hacerlo. Lovino sintió entonces que su cuerpo volvía a moverse por inercia, extendiéndole los brazos a su hermano. No obstante antes de que este llegara a él, sintió que sus pies fueron atraídos hacía abajo, hundiéndolos en la oscuridad. Cerró los ojos con fuerza, olvidándose de que estaba en un sueño, esperando lo peor al descender.

Al volverlos a abrir se encontraba descalzo, en aguas turbias, llevaba un traje bastante inusual color café. Se sentía sucio además de que todo el lodo le llegaba hasta la rodilla. El mundo delante de él era un caos, una tierra llana, buscó con la mirada algo que le pudiera ayudar a identificar donde se encontraba, nada, sólo un extraño rayo saliendo de un sitio muy lejano, color verde, que apuntaba a las brumosas y densas nubes en el cielo.

Lovino intentó avanzar pero en sus pies tenía ahora grilletes demasiado gruesos. Algo comenzó a alborotarse a la distancia. Un estruendo que le ordenaba escapar de ahí lo más pronto que pudiera. Buscó desesperadamente jalarse, haciéndose sangrar, pero no le causaba dolor alguno.

¡Ayuda!gritó a nadie en realidad. ¿Alguien puede escucharme? ¡Ayuda! ¡Estoy atrapado!

De nuevo se escuchó el avanzar de lo que fuera esa cosa y justo cuando estaba a punto de verlo… despertó.

Lovino se incorporó demasiado agitado en la cama, agarrándose el corazón, tenía un trozo de cobija bien agarrada. Se estremeció en su lugar, la mitad del sueño ya se le había ido de la memoria, no obstante, la sensación de ser atrapado por algo seguía en é poca luz de la luna se colaba por las ventanas, él estaba sudando frío.

Antonio dormía a su lado con un brazo rodeándolo en la cintura, sin querer dejarlo ir. Soltó un suspiro cansado ojalá pudieran quedarse así para siempre, ojalá su relación nunca terminara, ojalá nunca tuviera que despertarse de tan hermoso sueño.

Antonio se removió un poco, sin embargo, Lovino se aferró a su abrazo, sin querer dejarlo ir todavía. Un poco más, decía en su mente, sintiendo que los ojos se volvían cristalinos, solo un poco más sería suficiente. No podía llorar, perdió todo el derecho de llorar cuando tomó la decisión de proteger a Feliciano antes que a Antonio, él no tendría derecho a desahogarse, no cuando sería el sufrimiento de Antonio, él solo podría mirar al frente y asegurarse que la persona que amaba, aunque estuviera mal por unos momentos, sería capaz de recuperarse. Tarde o temprano lo haría.

En el fondo Lovino deseó que fuera muy tarde, ya que no quería ser olvidado.

—Lo siento, Antonio. —murmuró, poniendo una mano sobre los cabellos revueltos de su novio. —Todo lo que diga a partir de ahora será una mentira y quizás salgas muy lastimado de eso. —Lovino se inclinó a él, dándole un beso en su cabeza. —Seré el mayor mentiroso que conozcas, pero tú no lo sabrás.

Se volvió a meter entre las sábanas, quedando preso en el abrazo de Antonio, se pegó mucho más a él, buscando su calor. Lucía tan pacifico dormido, tan hermoso, con toda la ternura del mundo Lovino acarició su rostro, queriendo darle otro beso.

—Yo… deseo que me odies. —susurró antes de pegar sus labios con los suyos.

Las mentiras habían dado comienzo.

Antonio no tardó mucho en despertarse, al sentir a Lovino inquieto, pues seguía pensando en la sensación que le provocó semejante sueño.

— ¿Qué pasa, Lovi? ¿Te estás sintiendo mal? Estás muy pálido.—habló Antonio medio dormido, poniendo uno de sus dedos, debajo de su nariz, su respiración era templada.

—Tuve una pesadilla. —admitió, tomándole la mano con fuerza. Antonio le correspondió el agarre en menor medida.

—Tranquilo, Lovi. —acarició su cabeza con la otra mano, dándole un besito en la frente. —Sólo es un mal sueño, ¿recuerdas? Cómo las que tenías en la hacienda cuando eras pequeño.

—Sentí que esa cosa iba a atraparme.

—No puede hacerte daño, Lovi. —Antonio lo abrazó, buscando reconfortarlo, Lovino se aferró a él todavía nervioso. —Yo estoy aquí para protegerte.

Le sonrió separándose un poco, Lovino asintió con la cabeza.

—Tal vez deba hacer mi ritual especial para animarte. —dijo juntando sus manos en una palmada. Lovino formó una media sonrisa en su rostro, iba recuperando el color en sus mejillas. —Fusosososo~

—Es tan horrible como recuerdo. —bufó.

—Eh, pero si tú también lo hiciste cuando me sentí triste aquella vez. —reprochó, haciendo un mohín. —A mí se me hace que te encantó, solo que eres demasiado tímido para admitirlo.

— ¡Claro que no, bastardo!

—Admítelo, Lovi. —se colgó de él en un abrazo, besándole ambas mejillas un montón de veces, con las protestas de Lovino remarcadas en golpes y codazos.

Antonio le dio un buen beso, dejándolo sonrojado y con el cuerpo hecho gelatina. Mientras Antonio iba a prender la luz del cuarto, Lovino se quedó pensando con tristeza qué, el monstruo de su pesadilla que no podía hacerle daño mientras Antonio estuviera a su lado, entonces dentro de una semana, lo atraparía.

¿De verdad estaba listo para dejar ir a Antonio?

— ¿Qué pasa? —preguntó al sentir la mirada fija en él. — ¡Ya sé! ¡Quieres más besitos!

—Ve a tu habitación. —dijo Lovino, ladeando el rostro, deteniendo los pasos del hispano en su dirección. Antonio entreabrió la boca, confundido. —Pronto será el toque de queda.

—De acuerdo. —se mordió los labios, y dio media vuelta, tomando la manija de la puerta. Lovino se volvió a acostar, cubriéndose con las cobijas, comprimiéndose en sí mismo. —Que no pueda contigo, Lovi. —dijo Antonio antes de salir.

—.—.—.—.—

Arthur se puso con cuidado la sudadera que Alfred le había dado, el frío comenzaba a penetrar la habitación. El cuarto de Alfred estaba casi pegado a las escaleras, por lo que el frío proveniente de la puerta de entrada pasaba con más naturalidad. Se sentía cansado y tenía sueño, además de que estaba pegajoso por todos lados, sólo que cada vez que movía su cuerpo para voltearse, era incómodo.

—Asegúrate de disculparte apropiadamente con él. —ordenó Arthur, para después beber agua de la botella que tenía entre sus manos.

—Sí. —murmuró Alfred, escribiendo un montón de disculpas a Toris por haberle pedido que buscara otro lugar donde dormir ese día. Lo más probable es que acabara con Iván, pues el lituano intentó decirle que estaba bien y que no necesitaba saber los detalles, pero su último mensaje fue una carita extraña. "^J^".— ¡Lo siento, Toris! ¡Te compraré una hamburguesa para compensarlo! —pensó, poniendo su celular en el buró.

— ¿Está listo?

—Creo que lo mandé a la cuna del lobo. —comentó, desanimado, acostándose al lado de Arthur; este tenía las cobijas cubriéndole hasta el inicio de la espalda.

— ¿Con Iván?

Su novio asintió, poniéndose de lado para poder observar mejor la silueta despreocupada de Arthur. Sus cabello siempre ordenados, ahora se alborotaban por todos lados. Aún tenía algunos rastros de sudor y seguía ruborizado.

—Deja de mirarme, es vergonzoso, idiota. —reprochó, girando su cabeza a la pared.

—Es que no sé que decirte. —admitió Alfred, rascándose la cabeza. —Fue… asombroso.

— ¡Ahh! ¡No quiero escucharlo! —gritó Arthur, cubriéndose con la almohada. El americano se subió a gatas a la cama, retirándosela con gentileza.

— ¿No te gustó, Arthur? —preguntó recostándose al lado de él, abrazando la almohada que le robó al inglés. Arthur apretó los labios, con la mirada cristalina se intentó esconder entre sus brazos, pues todavía le dolía la cadera como para darse la vuelta.

—C-Claro que sí… tonto. —murmuró completamente avergonzado. Lo miró a través de los mechones rubios que le caían sobre la frente. Alfred también estaba inquieto. — ¿Cómo podría no gustarme si es con la persona que amo?

La almohada quedó estampada con suavidad en su rostro, sorprendiéndolo. ¿Qué demonios? Arthur se la movió unos centímetros, dispuesto a reprocharle a su novio, pero él ya estaba volteado en la otra dirección. No pudo decir nada cuando vio que la punta de sus orejas estaban rojas. Alfred tampoco era tan sincero cuando se trataban de sus sentimientos más profundos, podía tener esa faceta tan tímida.

Arthur puso la almohada de nuevo bajo su cabeza, dispuesto a dormir, estaba agotado. Todo lo que acababa de pasar, se aseguraría de recordarlo y atesorarlo para siempre en su corazón. Justo antes de quedarse dormido por completo, sintió que Alfred se acurrucaba a su lado, abrazándolo.

Durmió con una sonrisa esa noche.

—.—.—.—.—

Lovino se talló los ojos al despertar, eran las seis de la mañana. Como odiaba levantarse temprano. Miró a la cama del otro lado, seguía igual que la noche anterior, seguro Arthur había ido a dormir con Alfred o Francis lo secuestró por la noche. Se quedó sentado en la cama un buen rato, con las piernas recogidas, pegadas contra su pecho, sumergido en sus pensamientos.

Tenía una semana para decirle adiós a Antonio y evitar que Feliciano se inmiscuyera con Blas.

¿Antonio lo odiaría? ¿Ya no volvería a verlo nunca? Era lo más probable, el padre de Antonio no se inmiscuiría otra vez con los Vargas, negaría la ayuda de Máximo y se llevaría a Antonio a España.

¿Qué había salvado después de todo? ¡Absolutamente nada!

Puso la cabeza encima de sus rodillas, sintiendo una impotencia increíble rodearlo. Pudiera ser que en unos años podría enfrentarse a su padre y hacerle pagar por todo lo que hizo, pero ya sería muy tarde, para proteger a su hermano y para buscar a Antonio. Quizás debía darse por vencido de una buena vez, sucumbir a los caprichos de Blas y dejar que pudriera su vida.

Su celular se alumbró por unos segundos, un mensaje nuevo acababa de llegar.

Ya sentía miedo de eso, ¿qué demonios quería su padre ahora? Por suerte no era él, sino Antonio.

«¿Estás despierto?»

«¿Por qué demonios me escribes tan temprano?» contestó.

Nada volvió a llegarle por lo que tal y como supuso, Antonio fue a tocar a su puerta algunos minutos más tarde.

—Lovi, soy yo, ábreme. —pidió en voz baja. Seguro pensando que Arthur seguía ahí, si supiera que él se levantaba mucho más temprano todavía. El italiano se quedó mirando la puerta, dudoso, no quería verlo, era doloroso. — ¿Lovi? —llamó con un tono más alto. — ¿Sigues despierto?

—Vete de aquí. —ordenó en voz alta, sumergiéndose entre sus cobijas de nuevo.

—Estás despierto, que malo, hace frío aquí. —reprochó Antonio. —Seguiré llamando hasta que me abras.

— ¡Deja de joder, imbécil, quiero dormir!

— ¡LoviLoviLoviLoviLoviLoviLoviLoviLoviLoviLoviLovi! —gritó dándole golpecitos a la puerta, se calló por un segundo, al parecer se quedó sin aire pues lo escuchó arquear. — ¡LoviLoviLoviLoviLo…!

— ¡Ya! —chilló el otro, abriendo la puerta de par en par. Antonio le regaló una sonrisa encantadora y entró. — ¿Qué demonios quieres tan temprano?

— ¿Y Arthur?

— ¡Yo qué sé!

Ahora que lo notaba Antonio no llevaba uniforme sino un abrigo café oscuro que le llegaba a media pierna, una bufanda rayada enrollada en el cuello y un pantalón negro por debajo. Su cabello seguía creciendo, por lo que seguía atándolo en una pequeña coleta.

—Vamos, Lovi, tengamos una cita. —pidió tomando sus manos.

— ¿Qué diablos? Es martes, bastardo.

—Lo sé. —se abrazó de él, caminando así en dirección a su cama. —Pero te ves triste, no me gusta.

—No estoy…

—Lo estás. —dijo Antonio, firme. —No estarías levantado a estas horas de lo contrario, menos si Arthur no está aquí. Siempre ha sido así, no puedes dormir porque estás enojado o preocupado.

Comenzaba a detestar que lo conociera tan bien, ¿cómo rayos podría mentirle si podía ver a través de él?

—De acuerdo. —suspiró, separándose de su abrazo. Tomó algunas ropas recientes que su madre le envió, estás eran ropas muy bonitas, diseñadas por ella, con estas venía una nota dedicada únicamente a él, sin ordenes o reclamos, Bianca de verdad lo estaba intentando.

—Abrígate bien, que hace frío. —pidió, sacando una chaqueta de cuero negra. —Te verás súper genial con esta.

Lovino asintió, quitándosela de las manos. —Tomaré una ducha.

—Lovi. —llamó Antonio antes de que se metiera, él se giró con desdén. —Siento lo de ayer.

No recibió contestación.

Terminó arreglándose en menos tiempo de lo esperado, eran las seis con treinta cuando ambos salieron de la habitación, Antonio fijándose que no hubiese profesores o alguien a los alrededores que pudiera delatarlos. Corrieron con buena suerte, escondiéndose entre los arbustos, llegando a uno de los árboles que Antonio utilizaba para escapar de la escuela.

Antonio lo tomó de la mano, ayudándolo a trepar y a bajar, justo en el momento preciso para que ambos se echaran a correr y las cámaras no volvieran a captarlos. Al ser dos, era mucho más rápido. Siguieron el camino de siempre, hasta llegar a la parada de autobuses, sólo que tomaron uno de diferente color. Una vez que se sentaron, Lovino reparó que Antonio llevaba una pequeña mochila, con alimentos.

—Toma esto, no quiero que te desmayes. —pidió, ofreciéndole un yogurt, una lechita y una manzana. —Cuando lleguemos a donde vamos desayunaremos bien, ¿de acuerdo?

Lovino asintió, comiendo lo que le ofreció. Miró por la ventana un largo rato, podía ver en el reflejo del vidrio que Antonio lo miraba por ratos. De verdad estaba preocupado. Lo mejor sería comenzar a hablar o le haría sospechar de una u otra forma al final, siempre era suspicaz.

— ¿Te sientes mejor ahora que los niños están bien? —preguntó Lovino.

Antonio divagó antes de contestar. —Sí. Estoy contento por ellos, tienen más oportunidad de ser adoptados en una ciudad grande que en una pequeña. Lástima que estén tan lejos. —su mirada pareció decaer al decir lo último, aunque no tardó mucho en recomponerla. —Al menos no fueron las cosas horrorosas que dijeron los policías, ¡de verdad! ¡deberían ser más cuidadosos!

— ¿Y no sabes por qué los cerraron?

—Humm. Pensaron que una de las profesoras estaba robando fondos, luego todo se aclaró y como compensa a ambos les dieron un trabajo estable en escuelas cercanas a su domicilio. Ellas me pidieron no buscarlas más. —contestó aguantando un suspiro, era obvio que Antonio no se tragó la mentira. ¿Qué tan idiota lo creía Blas?

—Ya veo.

Volvió a quedarse callado, comiendo el yogurt. ¿Qué debía decir ahora? Esto era una especie de cita "despedida", como en los programas de televisión, solo que a diferencia de ahí, Lovino seguiría viéndolo todos los días, sabiendo que le rompió el corazón, y después Antonio y él no volverían a cruzar camino, nunca más.

—Ven, Lovi, ya casi llegamos. —tomó su mano, llevándolo a la parte trasera del camión. Lovino miró por las ventanas, era una parte de la ciudad que él no conocía, los edificios dejaron de ser altos bastante tiempo atrás y las casas lucían sencillas, pero entre una y otra había una distancia bastante grande.

El autobús los dejó entre un terreno y otro, frente a ellos una llanura enorme a la cual no se le veía fin. Sintió una especie de déjà vu a causa del sueño, sin embargo, no pudo recordarlo en su totalidad. De todas maneras, no pensó mucho dado a que Antonio avanzó del lado contrario, por un camino de tierra que se abría entre el pastizal.

— ¿A dónde vamos?

—Es una sorpresa, Lovi. —sonrió, sin soltar su mano en un solo momento. Lovino volvió a voltear unas cuantas veces en dirección a la llanura, ¿no era mejor ir de ese lado? Siguieron avanzando, hasta que pudo ver la intención de Antonio.

Era un hermoso campo de flores, con al menos cuatro especies entre ellas y un molino de agua, que funcionaba con un lago mediano. Las flores iban de tonos rojos, amarillos, violetas y blancos. Tres arboles se distribuían en sitios estratégicos. ¿Cómo es que su novio encontraba lugares tan hermosos?

— ¿Podemos estar aquí? —fue lo primero que preguntó.

—Claro que no. —sonrió Antonio, sin detener su paso.

— ¡Oye!

—Esta bien. Si no hacemos nada malo, entonces no tienen porqué decirnos algo. —comentó, acariciando las flores.

— ¡Antonio esto es allanamiento! —protestó, deteniéndolo. —Vámonos de aquí, nos meterás en problemas.

—Vamos Lovi, no es divertido si no lleva un poco de peligro.

— ¡No iré a la cárcel!

—Puff. —Antonio soltó una carcajada, que retumbo en el corazón de Lovino.

— ¡No te rías, imbécil! —chilló sonrojándose por la vergüenza. — ¡Es lo que pasará si nos atrapan aquí! ¡Ni siquiera hay sitio donde esconderse!

—¡Ah!

Antonio lo derribo con cuidado sobre las flores, aplastándolas al poner el peso de ambos. En una vista panorámica, no se veía que ellos dos estuvieran ocultos, ya que en la sección donde estaban, que eran las amapolas rojas, eran lo suficientemente altas para cubrir a ambos.

—Dijiste que no destruiríamos nada. —reprochó Lovino, desviando la mirada. —Y ahora tengo flores debajo de mi culo.

—Vendré con el dueño a ayudarle a quitarlas, si eso te hace sentir mejor. —respondió, acariciando su rostro con la mano, de manera agradable, cohibiéndolo. —Ahora ya tenemos un sitio donde escondernos.

—Idiota.

—Lovi. ¿Por qué no me miras? —preguntó afligido. Lovino se mordió el interior de su labio, ideando que contestarle. — ¿Blas… qué te dijo?

—Eso a ti no te importa. —contestó el italiano, poniéndose a la defensiva. —Sólo son cosas de sus estúpidos negocios o yo qué sé. ¡Cómo si le pusiera atención a ese imbécil!

—Ya veo. —Antonio se quitó de encima, sentándose al lado, poniendo una mano cubriéndose un poco del rostro, hundiendo sus dedos entre los cabellos alborotados. —Entonces… ¿has hablado con mi madre?

Lovino aguantó el aire. Se sentó al lado de Antonio, dejando dos hileras de flores entre ellos que se volvieron a alzar, sólo que lucían rotas y ya no resaltaban como las demás.

—No lo he hecho. —contestó, sin emoción alguna. — ¿Por qué?

—Dijo cosas tontas cuando se encontró conmigo. —dijo Antonio, mirando al frente, una mariposa revoloteaba por los alrededores, aunque no era la única. —Sobre que no aceptaba nuestra relación. Obviamente no lo acepte, ella no puede decidir sobre mis emociones. Así que se marchó.

— ¿Sin más?

—No quiere saber nada de mí. —confesó. Lovino lo miró de soslayo, en el rostro de Antonio estaba una diminuta sonrisa, en cambio sus ojos eran una tormenta aguardando ser liberada. —Se siente feo, pero renunciar a ti es algo que no pienso hacer. —comentó tomando su mano.

— ¿Por qué no? —la frase salió por sí sola, provocando una enorme presión en su pecho, vomitó palabras sin ni siquiera pensarlas. Antonio se quedó atónito.— ¿Qué tengo de especial yo? ¡Soy un asco de persona! ¿Qué tiene de bueno salir con alguien como yo que se la pasa golpeándote todo el día? ¡Qué te dice bastardo al terminar cada una de sus oraciones! ¡Qué se aprovecha de ti cada que puede! ¡Tienes a miles de personas siguiéndote! ¿¡Por qué te tienes que fijar en mí!? ¡Existe Feliciano quién es mil veces mejor que yo! ¡Podrías haber reconquistado a Bel! ¡Podrías enamorar a quién quieras!

— ¡Es porque eres tú, Lovi! —respondió Antonio, obligándolo a voltearse, tomándolo por ambas muñecas. — ¡Es porque se trata de ti! ¡No podría amar a cualquiera como a ti!

— ¡Claro que sí! ¡Tú no me necesitas para nada! ¡Puedes vivir una vida plena sin mí! —siguió, intentando que sus ojos se mantuvieran secos. No tenía que llorar.

— ¡¿Cuándo vas a dejar de subestimarte?! —exclamó Antonio, agitándolo para que le diera la cara. — ¡Ni Feli, ni Emma ni nadie serán capaces de remplazarte! —en un agarre firme llevó la mano derecha de Lovino a su corazón. — ¡Estás aquí!

—Suéltame. —ordenó volviendo a ocultar su rostro.

Antonio se mordió la lengua, jaló a Lovino, sumergiéndolo en un firme abrazo. Las manos contrarias no tardaron en querer apartarlo. —¿Qué tienes de especial? ¡Cómo puedes preguntar eso! ¡Tu voz es especial! ¡Tus ojos, tus cejas, tu rostro, tus manos! ¡Cuando te quedas pensativo, tus reacciones tan adorables cuando digo que te amo!

— ¿Qué estás diciendo? ¡Suéltame!

— ¿Qué tiene de bueno salir contigo? ¡Me haces feliz! ¿Qué otra respuesta quieres? ¡Amo cada parte y cada centímetro perteneciente a ti! —Antonio seguía abrazándolo, sin permitir que escapara de su lado. — ¡No puedo imaginar un mundo donde tú no estés en el mío! ¡Puedes considerarme idiota si quieres, pero es la verdad!

Lovino que tenía las manos a los costados, después de semejantes palabras, los comenzó a subir poco a poco. Antonio sintió el cuerpo contrario relajarse, así que el desconcierto llenó su rostro al momento en que Lovino le dio un empujón lo suficientemente fuerte para alejarlo de él.

—Volvamos a la escuela. —pidió Lovino, levantándose. Antonio tomó su mano, buscando que se quedara, él de forma inmediata la apartó, hundiendo las manos en sus bolsillos.

—No sé que te haya dicho Blas o mi madre, ¡pero no importa! —gritó, ya de pie, apretando con fuerza los puños. — ¡Eres la persona más importante para mí, Lovino Vargas!

Con una sonrisa melancólica, el italiano se giró a él, el viento frío seguía soplando, alborotando los cabellos de ambos.

—Pero tú para mí no.

Y tanto él como Antonio sabían que no mentía.

—.—.—.—.—

—Hermano, esta será la última vez que te repita como se hace. —regañó Ludwig, golpeando el lápiz contra el escritorio de Gilbert.

—Déjalo, Ludwig, capaz y quedas tarado como él. —dijo Roderich, quien leía una novela antigua sobre su cama. Llevaba más de la mitad del libro. —Puede que reprobar sea buena idea, igual lo pueden mandar a una escuela más lenta, así no se le fundiría el cerebro.

— ¡Ahh! ¡Los dos me desesperan! —protestó el albino golpeando el escritorio. — ¡Y tú! Si no quieres que les diga a todos que las cobijas que tiran, tú las reutilizas, te quedarás callado. —dijo hacia Roderich.

—Tonto. —murmuró él, ocultando su sonrojo tras el libro. Ludwig lo miró con cansancio, ya se le hacía extraño que tuviera las mismas sábanas que algunos de sus compañeros. Ahora entendía todo.

West no puedo pensar en esto cuando…

—Sí vuelves a decir algo sobre tu tratamiento facial, te mataré. —amenazó, irritado.

—Estás muy sensible, West. —bufó emberrinchado. — ¿Es por la princesa y sus amenazas de muerte?

—No. —contestó, aunque parecía ser una mentira dada la expresión puesta. Gilbert alzó una ceja, abriendo y cerrando sus manos, queriéndole dar un masaje en los hombros. —Tal vez. —suspiró al final, sentándose en la cama de su hermano. Roderich quitó su atención del libro, concentrándola en Ludwig. —Es decir, Lovino ya lo medio aceptó, pero… ahora es otra cosa.

— ¿Ya lo aceptó? —murmuró Gilbert, mordiéndose mentalmente el puño. ¿No la había cagado al reclamarle, cierto? ¿Por qué West no se lo había dicho? ¡Debió haber quedado como un idiota! —E-Entonces…

—Tan solo mírate. —se metió el austriaco, dirigiéndose a Gilbert, negando con la cabeza. —Estas todo nervioso. ¿Qué hiciste?

Ludwig miró a su hermano confundido. Gilbert pegó un brinco, tensándose casi al instante, buscando la táctica más efectiva; estaba entre escudarse detrás del señorito o saltar por la ventana, la última opción parecía mucho más efectiva.

— ¡N-no es mi culpa, West! —dijo de pronto, acercándose paso a pasito a la ventana. — ¡Tú me dijiste que la princesa te había molestado, como el asombroso ser que soy no pude evitar querer defender a mi hermanito!

— ¿Le dijiste algo a Lovino?

—Nada. —contestó casi de inmediato.

—Como sea, esa no es la razón, él ni siquiera comentó nada al respecto. —bufó Ludwig, dejando caer sus hombros. Gilbert casi pudo sentir que sus pulmones se volvían a llenar de aire. —Feliciano fue a ver a su padre. No ha querido hablar conmigo de eso, a pesar de que lloró. No sé qué hacer, desde ayer ha intentado decirme al menos cinco veces algo, aunque al final, nunca puede.

— ¿Su padre ya lo sabe?—Roderich bajó por completo el libro, observando a su amigo angustiado. Ludwig asintió con la cabeza, — ¿Y qué piensan hacer? Es casi obvio que estuvo en contra. Los Vargas son muy cavilosos en cuanto a las relaciones amistosas de sus hijos, ahora imagínate como será si se enteran de que traspasó esa barrera.

—No lo animes, idiota. —se quejó el albino, poniéndose en cuclillas para quedar a la altura de Ludwig, ligeramente más abajo. Roderich frunció el ceño. — ¿Y qué piensan hacer, West? ¿Terminarán su asombrosa relación por lo que diga su padre? ¡Tienes que luchar por ella!

—Jamás dije que terminaría con él. —el rubio se agarró la frente, estresado. —Quizás pueda llegar a un acuerdo. No lo sé, algo se me tiene que ocurrir.

Roderich que parecía concentrado en la plática, ladeó el rostro a un lado, comenzando a analizar la situación. Hasta que llegó a la conclusión de algo.

— ¿Y qué hay de los otros dos? —preguntó. Ambos alemanes se giraron a él. —De Lovino y Antonio. Porque si ya sabe lo de ustedes, es natural que sepa lo de ellos.

Gilbert se puso de pie, pensando en las palabras dichas por Roderich. Tal vez tenía razón. Entonces eso comenzaría a explicar un montón de cosas, las cuales comenzaban a alterarle los nervios.

— ¿Hermano?

—Tú tranquilo, West. —calmó a su hermano, poniendo un firme agarre en sus hombros. —Tú increíble y majestuoso hermano no va a permitir que te hieran.

Ludwig lo miró con sorpresa, asintiendo con la cabeza pasado un minuto. Incluso Roderich parecía atónito de sus palabras. Gilbert se debatió por mientras si ir o no a la habitación de Antonio y Francis, solo tenía sospechas, no podía hacer nada con eso además alteraría a su hermano y a Roderich, en situaciones como esas debía mantener la calma lo mejor que pudiera.

Así que pese a que lo odiaba, retornaron a concentrarse en la tarea de química. Volviendo a sacar de sus casillas a Ludwig cuando anoto una broma en vez de la respuesta.

—.—.—.—.—

Lovino entró quitándose las lágrimas de los ojos, sin importarle haber asustado a Arthur que se encontraba estudiando, como siempre. Se aventó a su cama, dispuesto a dormir, eso le ayudaba bastante a relajar su mente, a olvidarse de todo lo que pasaba y lo que vendría.

— ¿Dónde estabas? Govert estuvo molestando a Matthew para que le dijera. ¿Por qué siempre es tan intimidante? —le reprochó Arthur, girando la silla en dirección a Lovino. — Deberías decirle que Matthew es una de las personas más lindas que va encontrar.

Al verse ignorado, decidió hablar con más fuerza.

—Hey, Lovino, te estoy hablando.

Arthur se levantó molesto, la incomodidad en su cadera seguía pero los consejos que anotó del doctor más lo que él mismo investigó, había sido suficiente para que no tuviera que reposar en la cama un día. Antes de ponerle una mano encima para voltearlo, escuchó un pequeño sollozo.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó Arthur, dejando sus reproches de lado; puso la mano en la espalda de Lovino, asomándose, buscando su mirada. —Lovino, sé que no estás dormido, ninguna persona puede hacerlo tan rápido.

—Estoy bien. —balbuceó este con la cabeza enterrada en la almohada. — ¿Podrías dejarme solo?

— ¿Peleaste con Antonio?

— ¡No te interesan mis problemas! —gritó, cerrando los ojos con fuerza. — ¡Estoy bien, maldita sea!

El rubio dejó escapar un suspiro resignado. Sorprendiendo a Lovino, se sentó en la cama, dándole palmaditas en su espalda. Lovino intentó varias veces apartarlo, retorciéndose, no obstante los intentos fueron en vano, él siguió a su lado hasta lograr tranquilizarlo. Arthur entrecerró los ojos con angustia, Lovino lucía demasiado alterado. ¿Le habría ocurrido algo con Antonio? ¿O con el bobo de su hermano?

—Puedes contarme lo que sea. No diré nada. —expresó Arthur, poniéndose de pie. Lovino seguía sin voltearse. —Cuando quieras yo estaré aquí para escucharte, como tú lo hiciste conmigo.

—Tú te desahogaste solo, maldito cejon. —al menos ya le estaba contestando.

— ¿Se trata de Antonio? —indagó. Lovino tardó bastante tiempo pero terminó cediendo, moviendo su cabeza de arriba abajo. — ¿Peleaste con él? —volvió a asentir, aunque luego se encogió de hombros, confundiendo a Arthur. — ¿Te molestaste por las chicas que lo persiguen? —fue a la primera opción que llegó, pero sonaba demasiado poco para él.

—No. —Lovino recostó su cabeza de lado, mirando a la pared, sin mover un centímetro de su cuerpo. —Mi padre me odia.

¿Y eso qué tenía que ver con Antonio?

— ¿No acepta tu relación con él? —preguntó, llegando a una conclusión apresurada. Era bien sabido que los Vargas sólo se incluían con gente mejor de lo mejor, al menos el padre y la madre, pues Máximo Vargas no le prestaba atención a las clases sociales. — ¿Quiere que lo termines?

—Podría decirse que es así. —suspiró.

Arthur lo imitó, notando lo pesada que era la situación. Si Lovino tuviera a Annie como su madre ya hubiese parado en seco a Blas, tal y como lo hizo con el Sr. Kirkland.

— ¿Y tú madre qué dice al respecto?

—Yo que sé. —los puños de Lovino arrugaron las sábanas. —Debe estar ocupada para saber que Blas está aquí o simplemente pensando que quiere pasar un buen rato con Feliciano.

—Tal vez deberías contactarla o a tu abuelo. —comentó.

—No puedo.

—Dudo que se molesten si les dices que tu padre se está metiendo contigo.

—Tú no entiendes, Arthur. —gruñó, sintiendo la sangre hervirle a causa del enojo. —No todos podemos tener el tipo de padres que tú o el maldito barbón tienen. Esos a los que les importa una mierda sus hijos o que los defienden a morir. Es difícil cuando se trata de mi familia.

El británico hizo una mueca insatisfecha. Sólo quería ayudar. Y por eso es que tuvo paciencia para seguir tratando, era un tema delicado, Lovino más que nunca necesitaba apoyo y por alguna razón no lo estaba buscando en Antonio, quizás eso es lo que más le dolía.

—No es tú culpa. —dijo, apretando la pluma que tenía entre sus manos, mirando por la ventana. —Tener un padre así no es tú culpa. Nosotros no elegimos quienes van a ser nuestros padres o nuestros hermanos. Tienes un buen novio, hermano y nuevos amigos. Es todo lo que te debe de importar. Encontrarás una solución junto a todos nosotros.

Lovino casi se dio una bofetada mental, se puso de pie, traspillando y casi yéndose al suelo. Por todos los cielos, si ataco Antonio, ¿Qué le decía que no atacaría a las demás personas que quería?

—Tú padre… tienes que asegurarte de que no invierta nada con otro Vargas que no sea mi abuelo. —dijo, tomando a Arthur por los hombros.

— ¿Qué? ¿A qué te refieres? —preguntó confundido. —Yo no puedo ordenar a mi…

— ¡Arthur!

—Tranquilízate. —ordenó tomando sus manos, poniéndose de pie para estar a su altura. —Mi padre nunca ha hecho negocios con los Vargas, jamás los haría, nos dedicamos a áreas completamente distintas. Sería una inversión perdida para nosotros.

—Quizás Blas lo convenza de probar algo nuevo.

—Créeme que si alguien logra convencer a mi padre de cambiar su rutina, merece que inviertan en él. —sonrió encogiéndose de hombros. — ¿Por qué estás tan alterado? ¿Tú padre está haciendo algo malo?

—Yo…—se dejó caer al suelo, reventando del estrés mental al cual había sido sometido.

Arthur se hincó al lado de él, rodeándolo con sus brazos, dándole un reconfortante abrazo que Lovino no sabía que necesitaba. Le urgía alguien que no fuera perjudicado por las acciones de su padre, que tuviera el poder, la capacidad de hacerle frente si Blas se giraba a esa persona, y no porque quisiera darle guerra con él, sino porque necesitaba poder abrazar y consolarse con alguien a quién no pudieran lastimar.

Sin poderlo evitar gritó con todas las fuerzas que sus pulmones le permitieron, arañando y golpeando insaciablemente sus piernas o el suelo. Algunos golpecitos se escucharon en la puerta, preguntando si todo estaba bien, Arthur soltó una mentira rápida sin dejar de abrazar a su compañero, logrando que se marcharan.

Lovino entre lágrimas comenzó a relatarle todo lo sucedido a quién nunca en su vida pensó.

—.—.—.—.—

Antonio se sentó en el borde de la fuente que quedaba justo frente a la puerta principal, sin importarle el helado viento o que algunas gotas lo salpicaran. Estaba demasiado triste y no quería preocupar a sus amigos al subir, ellos seguían pensando que estaba con Lovino, además quería estar un rato solo. Lo cuál de cierta manera era gracias al frío, pues muy pocos estudiantes andaban deambulando por ahí.

Juntó sus manos, buscando calentarlas, soplando entre ellas.

¿Qué debería hacer? Era seguro que Blas le dijo algo a Lovino, lo más probable es que le haya ordenado terminar con él, pero de ser así, ¿por qué Lovino no se lo decía? Podían llegar a una solución juntos, después de todo era asunto de los dos. A lo mejor Feliciano podría saber algo, sólo faltaba que se lo quisiera decir.

Tal vez sería mejor volver a intentar hablar con Lovino, si eso seguía sin funcionar, iría a buscar a Blas él mismo.

Se levantó de la fuente, inhalando aire y exhalando al menos tres veces, congelando sus pulmones. Estaba a punto de retirarse cuando escuchó el ruido de una motocicleta, y el chico a lo lejos, comenzó a gritar en su dirección. Dado a que era el único ahí, no podía ser a alguien más. Antonio caminó hasta quedar alejado dos o tres metros de la puerta, el sujeto llevaba un abrigo grueso, con un gorro de invierno, y un antifaz. ¿Por qué llevaba un antifaz? ¿Debería llamar a seguridad?

—Oye, tú. Ven aquí. —pidió, llamándolo con la mano. —Te daré algo bueno si te acercas.

—Voy a llamar a seguridad. —comentó Antonio, dándose media vuelta.

— ¡Espera, espera! —gritó Sadiq, pegándose por completo a los barandales. El hispano se giró sólo la mitad, notando que detrás de él, estaba la moto y… ¿qué era eso? ¡Era súper lindo! Se acercó con cuidado, poniendo su mejor cara de malo por si las dudas. —Sólo necesito que entregues esto, te daré buen dinero.

— ¿Eh?

— ¡Atrápalo! —lanzó el objeto por encima del barandal, por poco quedaba atorado, sin embargo llegó con toda seguridad al suelo.

Antonio tomó entre sus manos a la tortuga gigante de peluche que le lanzaron, era muy bonita, y tenía la sonrisa que justo necesitaba en ese momento. Quizás podría echarse a correr con la tortuga gigante.

— ¿Cuál es tu nombre?

—A-Antonio. —contestó con torpeza.

—Necesito que se lo entregues a Lovino Vargas, va en primer año. ¿Te suena de algo? —dijo Sadiq, sonriente. Antonio dejó de observar la tortuga para mirar al sujeto de enfrente. —Tshhh. Hace demasiado frío. —se quejó, abrazándose.

— ¿Conoces a Lovi? ¿De dónde? —preguntó Antonio, serio.

— ¿Lovi? Pufff. —Sadiq soltó una carcajada. —Es un mote bastante lindo para ese crío malhumorado.

—Respóndeme.

Sadiq alzó una de sus cejas, prestándole atención al tono demandante de su voz. Al mirarse era como si dos pilas de cemento chocaran entre ellas.

—Eso a ti no te importa. —respondió, borrando cualquier facción de alegría. Antonio iba a protestar, no conocía de nada a ese sujeto y parecía mucho mayor que Lovino y él. —Entrega lo que te pedí.

Antonio sintió que el enojo comenzaba a crecer dentro de él. ¡Ese sujeto no tenía derecho en regalarle cosas a Lovino! ¿Quién se creía?

— ¡Cómo si lo fuera a hacer! —reprochó aventando la tortuga al barandal, justo donde estaba Sadiq, que se apartó por acto reflejo ya que el peluche no lo habría lastimado. Antonio tensó sus hombros, receloso y desconfiado del sujeto que estaba adelante. — ¡Yo soy la pareja de Lovi! ¡No andes regalándole cosas a las personas que ya tienen novio!

—Oh. —Sadiq entreabrió la boca sorprendido, luego formo una curva en sus labios. — ¿Y qué pasa si lo quiero para mí?

— ¡No pienso dejarlo ir! —le apuntó con el dedo, antes de marcharse corriendo de ahí.

— ¡Asegúrate de que él lo sepa! —le gritó Sadiq, reventando en risas. Los críos a esta edad son tan fáciles de provocar, pensó.

Mientras corría y lo escuchaba, Antonio se dio que ese sujeto sólo estaba jugando con él, por lo que se enojó todavía más.

—.—.—.—.—

Tocaron a la puerta insistentemente por lo que debieron romper el abrazo, Lovino se volteó, intentando quitarse las lágrimas en caso de que se tratara de Antonio. A su suerte no era así, era un chico cualquiera con un enorme peluche que tenía en el cuello un moño color rojo. Lovino pudo reconocer casi enseguida el muñeco, era el que había tratado de ganar a toda costa en la feria.

—Un chico en una moto me dio un buen dinero por traerles esto. —sonrió entregándoselo a Arthur. —Es para Vargas. ¿Crees que podrían avisarle al chico? —puso una risa más forzada al decir lo siguiente—Me prometió romperme la cara si no lo entregaba.

—Sí, gracias. —dijo Arthur cerrando la puerta. Mostrándole la tortuga gigante. —Tiene una nota atorada en el moño. Eh… dudo mucho que esto le guste a Antonio.

Lovino lo ignoró tomando la nota, un mensaje simple escrito con la peor letra que hubiese visto estaba centrado y en la esquina inferior derecha había un dibujito de un antifaz. Sadiq.

"Me costó tres horas conseguirlo.

¡Me debes dos!"

— ¿Tienes una admiradora secreta o algo así?

—Es del socio de mi padre. —comentó Lovino, tomando la enorme tortuga, abarcaba casi la mitad de su cuerpo. ¿Cómo demonios Sadiq había conseguido transportarla en su moto? —Era un regalo para Antonio.

—No creo que te lo regalaran con esa intención. —dijo Arthur al leer la nota. —Y reitero, a Antonio no le va a gustar nada.

El italiano se sentó en la cama, hundiendo la cara en el caparazón de la tortuga, se sentía acolchonado. El lloriqueo había traído inmensas ganas de dormir, sólo que Lovino ya no quería despertar. Simplemente relajarse y no sentir dolor dentro de sí. Arthur lo observó casi decaído, no era justo lo que estaba pasando.

— ¿Qué harás? —preguntó, sentándose en su cama. Lovino abrió los ojos, entrecerrándolos poco después, fatigado. — ¿Terminarás con Antonio?

—No tengo otra opción. —suspiró. —Si lo quiero mantener a salvo, debo hacer lo que Blas me ordena. Así será toda mi vida hasta que él muera, y cuando lo haga, yo ya estaré demasiado podrido por dentro. No sé por qué pensé que podía ser diferente. Él me da lazos para poder arrebatármelos. Lo mismo va a suceder con Bel y Govert.

— ¿Piensas alejarte de ellos?

Él asintió con la cabeza, sopesando. — ¿Qué más puedo hacer?

—Buscar una forma de solucionarlo. —comentó, frotándose las manos, con la mirada fija en su compañero. —Yo tampoco creí que hubiese una forma de librarme de Scott, ¿sabes? Pensé que siempre tendría que lamerme las heridas solo, que nadie podría ayudarme. Pero me di cuenta que no estaba solo.

Hubo una pausa en la conversación, escuchando únicamente los murmullos que venían del otro lado de la puerta. Una cigarra ya estaba cantando, trayendo consigo la noche, era la única que estaba ahí, adornando el ambiente. Arthur prendió la lampara que quedaba en la mesita de su escritorio, alumbrando la habitación que comenzaba a sucumbir entre la sombra infundida por el árbol de afuera y el anochecer.

—Es en lo que nos diferenciamos tú y yo, Arthur. —dijo al fin Lovino. Sus orbes se mostraban serias, demasiado cansadas de la lucha interna que tenía con él mismo. A paso lento cada una de las esperanzas en él se iban apagando, sin dejar rastros. —Tú simplemente apartaste a todos pensando que estabas solo y nadie quería estar a tu lado. En cambio yo… sé que debo estarlo.

—Lovino…

—Intentaré dormir, gracias por escucharme. —se dio la media vuelta, abrazando su reciente regalo. —Por favor, mantén lo que te he dicho en secreto.

Arthur no le contestó. Tomó de nuevo la nota entre sus manos, dejándola encima del escritorio de su compañero, sintiéndose terrible. El asunto era demasiado complicado como para llegar a una solución pronta, ahora entendía por qué Lovino tenía tanto miedo de las palabras de Scott, no quería acabar como el imbécil de su padre.

Recordó entonces que fue Lovino quién le curó las heridas con lágrimas en los ojos, pensando en que tan horrible podía ser un hermano para tocar al otro. Arthur le acarició la cabeza suavemente, buscando no despertarlo. Lovino haría lo que fuera por su hermano, incluso si eso significaba sacrificar su propia felicidad. Arthur también recordó entonces que se enfrentó a Scott en su nombre, buscando que parara con sus acciones, pese a todo el miedo que le tenía.

Apretó los dientes con fuerza, mordiéndose la lengua para no soltar una maldición y despertarlo. Se puso de pie, tomando una chaqueta, pues comenzaba a hacer demasiado frío. Cubrió a Lovino con una manta y salió del cuarto. Pensaba mejor tranquilizándose, algo que una buena caminata haría. Tenía que idear un plan tan perfecto como el padre de Lovino, sin fallas, y si las tenía, buscar una manera super rápida de solucionarlas.

Seguro que lo haría o se dejaba de llamar Arthur Kirkland.

Siguió caminando por un buen rato, con las manos hundidas en la chamarra. El viento era demasiado frío, le quemaba las mejillas y las orejas. Se preguntaba internamente porqué rayos no se había abrigado de forma correcta, tal vez la calentura del momento se lo impidió; pero no ayudaría a Lovino estando enfermo, además era bastante vergonzoso cuando pasaba.

A lo lejos pudo distinguir la silueta de Francis, estaba platicando con Matthew. Ambos se cubrían debajo de una palapa perteneciente a la cafetería, bebían café o chocolate, pero era calientito. Ahora que se daba cuenta, poco interactuó con Alfred ese día. Las clases, la junta interminable del G8 y su plática con Lovino abarcaron todo su tiempo. Además tampoco él se había aparecido como siempre. Posiblemente estuviera todavía avergonzado de lo que hicieron el día anterior y no lo culpaba.

Una figura comenzó a acercarse a él, era Iván. Tan sólo llevaba su gabardina color crema y su larga bufanda. Él le sonrió, saludándolo con la mano. Demasiado tarde para dar vuelta y fingir que no lo había visto.

— ¿No tienes frío? —fue lo primero que pregunto al verlo sin rastro de color en sus mejillas.

—Estoy acostumbrado. —comentó sin borrar su sonrisa azucarada. Pobre de Yao que tenía que aguantar eso. —No puedo decir lo mismo que tú, Arthur.

—Me tomó desprevenido. —farfulló, alejándose un paso al tenerlo tan cerca. — ¿Qué pasa? ¿Necesitas algo?

—Siempre que vengo contigo me preguntas lo mismo. —objetó Iván poniendo una mueca triste. — ¿No puedo hablarte sólo porque me agrades?

— ¿Te agrado? —cuestionó Arthur poniendo mala cara. — ¿Por qué?

—Si llegamos a ser amigos haría enojar mucho a Alfred. ¿No? Seguro que diría una de sus frases tan divertidas. —rio bajito. Una nueva ráfaga de viento pasó, congelando a Arthur. — ¿Qué crees que sería?

—Seguro una idiotez.

—Vaya que lo conoces bien. —continuó Iván. —Por eso eres su novio.

— ¿Esto nos está llevando a alguna parte? —protestó el inglés, su cara y sus manos se estaban congelando. —Quiero ir a comer algo antes de que apaguen las luces.

—Para eso faltan dos horas, Arthur. Como sea, igual te puedo acompañar. —dijo parándose a su lado con la misma mueca de siempre. Alguien apareció de pronto tras él, haciendo que Arthur pegara un salto, alejándose de Iván. La cara siempre igual de él cambió a una deprimida. —E-Ella es mi hermana menor.

— ¡Aléjate de mi hermano! ¡Él es mío! —protestó Natalia, frunciendo el ceño. Tras ella venía corriendo Toris, jadeante por el frío y la corrida.

— ¡Nat ya te dije que no salgas corriendo así! —reclamó, calmándose al recibir una mirada intimidante de la chica. —Eek. Iván.

—Oh, Toris, estábamos a punto de ir a la cafetería. ¿Te gustaría ir?

— ¡No! —contestó Natalia, queriendo alejar a su hermano de ambos.

— ¿Dónde está Eduard?

—Ha dicho que la pasaría mejor en su habitación. —contestó Toris, mirando a otro lado, a uno muy distante de los rusos. Arthur sintió pena por el pobre chico, Iván siempre se la pasaba encima de él cuando no estaba con Alfred. Ni en las juntas lo dejaba tranquilo. —Y-Y creo que será lo mejor para mí también. Alfred me debe estar buscando.

— ¡Claro que no! —cantó Iván, abrazándolo por los hombros. —Iremos a comer algo, dah.

Natalia miró feo a Toris, quién lamentaba su existencia en el agarre del ruso.

— ¿Verdad, Arthur?

—Tengo cosas en que pensar, adiós. —hizo un movimiento con la mano, buscando escapar lo antes posible de aquella escena. Iván aun sosteniendo al lituano con uno de sus brazos, le agarró el hombro a Arthur, deteniendo su ida. —Demonios…—murmuró.

—Será una cena entre amigos. —comentó feliz. Natalia estaba cruzada de brazos, ametrallándolos con su mirar. Seguro ambos tendrían pesadillas por la noche.

La hermana de Iván iba con toda su mala vibra detrás de ellos, seguro maldiciendo a ambos. Arthur se dejó arrastrar, resignado. No tardó mucho en darse cuenta que podía sacarle algo de provecho a la situación, Iván era bueno para usar a las personas también, quizás si le exponía el tema desde otra perspectiva añadiendo nombres falsos podría darle alguna idea.

Con los ánimos más reanimados, pidieron cuatro platos de la comida rusa que estaban sirviendo ese día como platillo especial, seguro que por eso Iván estaba tan recio de ir. Era un tipo de sopa llamado Solyanka. No sabía mal, solo estaba picante por lo que tuvo que tomar doble botella de agua. Ya iban por la mitad, con las pláticas de Iván sobre cualquier cosa, cuando Arthur puso en marcha su plan.

—Iván… ¿puedo pedirte un consejo? —preguntó Arthur, atrayendo la atención de Toris también. —Necesito que lo mantengas en secreto, igual ustedes chicos. —dijo refiriéndose a los otros dos, Toris asintió y Natalia lo ignoró.

En cambio toda la cara del ruso pareció iluminarse de repente, lucía emocionado. Sus iris violeta resaltó de forma muy hermosa, causándole cierta alegría a Arthur, pero borró esos pensamientos un segundo después, él conocía la mentalidad retorcida de ese chico.

—Verás tengo un amigo que está pasando por un chantaje o algo así. —dijo de pronto, dejando la cuchara en el plato. Natalia seguía concentrada comiendo, sin prestarle atención. —Él tiene una relación con… bueno, otro chico, pero la persona que lo está chantajeando no lo acepta, por lo que hace todo lo posible para destruir cualquier relación que pueda haber entre ellos, incluso la amistad.

Toris se quedó pasmado, los ojos de Arthur iban de la mesa al albino que lo escuchaba asintiendo con la cabeza, todavía emocionado. ¿Por qué el británico lucía tan preocupado como si el problema fuera suyo? … Oh.

—Él no sabe qué hacer. Las esperanzas se le comienzan a ir de las manos. —suspiró, decaído. —No cree poder enfrentarse a él. Además, el chantajista también lo amenaza con su hermano. Cosa que se me hace espelúznate.

Iván dejó que Arthur concluyera sin interrumpirlo, luego medito un momento, cerrando los ojos.

— ¿Y por qué no le entierra un grifo en la cabeza si tanto le molesta? —preguntó con una simpleza arrolladora. —Es lo que yo haría. —Natalia asintió, muy de acuerdo.

— ¡Porque las personas normales no hacen eso! —chilló Arthur. — ¿Cómo puedes decir cosas tan espeluznantes?

—Estaba bromeando. —sonrió, sacando un poquito la lengua.

— ¿¡Qué clase de bromas tomas por divertidas!?

—Bueno, puedo ponerme fácilmente en el lugar de la persona que obtiene lo que quiere. —comentó Iván, ignorándolo. Arthur puso mala cara, pensando que quizás aquello no era la mejor de sus ideas. Además Toris lo estaba observando, demasiado. —Supongo que fingiría hacer lo que me pide.

— ¿Fingir? —Arthur dejó sus pensamientos, volviéndose a Iván.

—Sí, haría todo lo que él me pidiera. Luego cuando él sintiera que yo estoy bailando en su mano, como una marioneta, le atacaría.

—Pero hacer lo que pide, significa dejar a la persona que ama. —comentó.

—Bueno, si lo ama tanto entonces él sabrá entender. —se encogió de hombros, restándole importancia al hecho más importante. —Que lo hace por el bien de ambos, para que pudieran estar juntos.

— ¿Y qué pasa si toma represalias con sus amigos o su hermano? —preguntó mucho más curioso, su mente comenzaba a trabajar uniendo puntos.

—Humm… es complicado. —se talló la barbilla, pensando.

— ¿Qué tal si le dice todo a su hermano para ponerlo alerta? —dijo Natalia, al terminar su sopa. —Al menos así sabría que hay que cuidarse de ese tipo.

—Él ya lo sabe.—Arthur tragó duro, esperaba no ser demasiado evidente con la información que soltaría. —Pero ¿y si el sujeto es su padre?

Toris casi escupió el agua, mirando consternado al novio de su amigo. Iván le paso una servilleta, sin desconcentrarse.

—Él quiere alejarse de todos. Piensa que así estarán a salvo. —siguió Arthur, ignorando el hecho.

—Quedarte solo es lo peor que puedes hacer en momentos como esos. —dijo Iván, recordando el pasado. —Necesita ayuda. Tal vez debería mantener fuera del área a la persona que ama y a su hermano, pero a las demás personas no creo que sea necesario. Sería demasiado sospechoso, hasta contraproducente, ya que investigarían y su padre tendría mucha más información sobre sus seres queridos. Más personas para atarlo.

—Entonces… ¿qué propones?

—Lo de fingir es un hecho, tiene que hacerlo, pero hacerlo bien. —Iván parecía demasiado serio con el asunto. —Aunque le duela y lastime a sus personas importantes. Es la única manera en la que su padre piense que ha ganado.

— ¿Y luego?

—Podrá atacarlo por la espalda. Por supuesto, en ese tiempo donde todo pase no puede quedarse de brazos cruzados. Tiene que saber manipular información, datos, buscar cosas para poder hundirlo. ¿O quiere a su padre? Porque eso lo complica mucho más.

—Dudo que desee enviarlo a la cárcel o cosas así. —dijo Arthur, hundiéndose en el respaldo de la silla. —Por su madre y hermano.

—No puede pensar que todo se resolverá sin sacrificar nada. —explicó Iván. —La vida no es tan sencilla, dah.

—Creo que eso es lo que más teme. —suspiró el inglés.

—.—.—.—.—

Toris llegó a su habitación bastante consternado. Alfred estaba en su cama, leyendo unas historietas, arropado de pies a cabeza. Él sonrió al verlo entrar, sacando una de sus manos enguantadas de la cobija.

—Traes mala cara. —dijo de pronto. —Es por pasar tanto tiempo en el frío, no hay nada como la primavera. El calor es lo mejor.

— ¿No crees que estás exagerando? Parece que es un día nevado.

— ¡No estoy acostumbrado al frío! —aclaró, enfurruñado. —En vez de que Arthur viniera aquí para mantenernos abrazados… no lo he visto en todo el día.

—Sobre Arthur…—Toris limpió superficialmente el escritorio, iniciando la conversación con cierto temor.

— ¿Qué pasa con él?

—Bueno, él dijo que lo mantuviera en secreto, pero estoy seguro que no te contará nada para evitar la preocupación.

Alfred lo miró serio, esperando a que continuara, bajando la historieta.

—Hay alguien que se mete con él. —dijo al fin, después de largos minutos. —Lo está chantajeando para que rompa su relación contigo.

— ¿Qué? ¡Seguro que es Scott de nuevo, debió pensar que podía volver a lo de antes! —arremetió enojado, saliendo de la cama. Toris observó que debajo de su inseparable chaqueta llevaba un suéter del Capitán América, un pans bastante grueso, al igual que los calcetines y los guantes. Estaba exagerando demasiado.

—No creo que sea Scott. —Toris apretó sus labios.

—Nadie es tan tonto para meterse con los hermanos Kirkland, no después de lo que pasó en el festival cultural. ¡Debe ser Scott! … ¡O el Rey de Corazones!

Toris volvió a negar, ahora con la cabeza. —Arthur fue a preguntarle a Iván qué hacer.

— ¿Qué? ¿Por qué a él? —sacudió su rostro, borrando sus celos que ahora no servían de nada. — ¿Quién es? ¿y por qué se está metiendo con Arthur?

—Al parecer es el señor Kirkland. —soltó.

— ¡Imposible, él me ama! —exclamó Alfred, en modo dramático. Toris alzó una ceja en su dirección, incrédulo. — ¡Toda su familia ya me ha aceptado, incluso el Rey de las Sombras!

—Pues es lo que estaba comentando. Algo sobre que lo estaban amenazando con su hermano, o sea Scott, y con la relación que lleva contigo. Parece bastante angustiado.

—Todo iba tan bien con nosotros. —murmuró Alfred. —No. ¡Iré a hablar con él!

— ¡No puedes, si lo sabe lo pondrás en un aprieto y a mí también!

— ¡No me voy a quedar de brazos cruzados mientras amenazan a la persona que amo! —protestó. —Buscaremos una solución juntos, eso hacen las parejas. Me ganaré a todos de nueva cuenta y así nadie podrá interponerse de nuevo entre Arthur y yo.

—Alfred, Arthur luce muy estresado, le vas a causar más preocupación. Déjalo pensar en que hacer.

—Pero… pero eso es muy egoísta de su parte. —dijo molestándose y dolido. —La relación es de ambos, él no puede decidir por los dos. Menos si es por mí culpa que la está pasando mal, le da al sujeto lo que quiere.

—Iván dijo que si de verdad lo amabas tendrías que entender su sacrificio. Hicieron las bases de un plan, donde tendrían que terminar. Luego atacaría por la espalda a su padre.

— ¿Y luego qué? ¿Venir corriendo de nuevo a mí? —preguntó sumamente ofendido y enojado de que Arthur de verdad pensara que eso funcionaría. — ¡Estoy completamente en contra! ¿Dónde quedan mis sentimientos entonces? Él decide todo, incluso mis opciones! Intenta decidir por mí. Puedo amarlo hasta el alma, he incluso comprender porque lo hizo, pero eso no quiere decir que tenga que aceptarlo.

Toris lo tomó por los hombros, buscando relajarlo. —Mira ya casi son las nueve, podrás hablar mañana con Arthur mucho más tranquilo, ahora tienes la cabeza caliente. Será mejor que duermas.

—No puedo dormir después de todo lo que me acabas de decir.

—Piense bien en esto. Mañana podrá hablar claro con él y llegar a un mejor análisis de la situación. Quizás no sea tan grave como parece. —mintió. Alfred ladeó la boca, insatisfecho. —Si vas ahora con Arthur ambos comenzarán a pelear, con esta situación, es contraproducente.

—Supongo que sí. —suspiró. —Pero no estoy de acuerdo con ello todavía.

—.—.—.—.—

No pudo dormir hasta las dos de la mañana, miles de ideas seguían llegando a su cabeza luego de haber hablado con Iván; tenía que pulir lo que discutieron. Ya llevaba al menos quince páginas de pura escritura, más las que se encontraban en el cesto de basura, las cuales formaban otras diez. Le comenzaba a doler la cabeza por estar pensando tanto.

Cada que decaía un poco de que algo fuera a funcionar, miraba a Lovino quién seguía dormido, sosteniendo con fuerza la cobija pues el frío era intenso. La vida le había dado un buen cerebro analítico, o quizás en retrospectiva Scott lo había pulido, sin embargo esos detalles no importaban. Debía hacer algo para ayudarlo, no solo por Lovino, Antonio le preocupaba bastante también. Ahora que sabía por qué tenía esa cara de muerto viviente cuando vino a buscar el fin de semana al italiano, no quería ni pensar que pasaría si Lovino lo abandonaba, al igual que la madre del hispano.

Todo esto lo comenzaba a sacar de quicio.

Despertó pasadas las cinco con cuarenta de la mañana, los ojos le pesaban demasiado y su cuello estaba torcido por haber dormido en el escritorio. Al estirarse notó que Lovino estaba recargado en la cabecera de su cama, abrazando la tortuga que le regalaron por la noche, leyendo la libreta.

— ¡Qué haces! —se sonrojo violentamente, parándose de pronto, pero cayendo al suelo al todavía no estar despierto por completo. — ¡No puedes leer eso! —Dios, eso se debía decir con delicadeza, ahora Lovino pensaría que estaba metiendo las narices en sus asuntos.

— ¿Puede funcionar? —dijo Lovino, seco. Sus ojos en las pequeñas luces del amanecer resplandecían, queriendo recuperar un poco de esperanza.

—Todavía no, necesito detallar varios puntos. —respondió, dejándose caer en su cama, el sueño lo tenía mareado.

—¿Qué es esto? —preguntó, mostrando un mapa conceptual de forma horizontal que se desplegaba conforme pasaban las hojas.

—Es lo que pienso con lo que podemos atacar a tu padre ahora que se termine la semana. —explicó Arthur, bostezando. —Hay tres opciones, fueron las que lograron salvarse de todas las que descarté, tal vez podrías darme más.

— ¿Los ovnis inducen a mi padre? —preguntó Lovino alzando una ceja, releyendo una parte que se encontraba tachada en una de las esquinas.

—T-Tenía bastante sueño, fueron opciones rápidas que se me ocurrieron. —confesó avergonzado.

— ¿Por qué estás haciendo esto? —se giró a él, bajando la mirada. —No tienes que hacerlo.

—A mí me dolería mucho que me intentaran separar de Alfred. Puede que pienses que Scott ya lo intentó, pero es diferente, él no estaba concentrado en Alfred sino en que yo no fallara en mis responsabilidades.—dijo, recostándose en su cama, pese a que ya era hora de ducharse. Cerró los ojos, prosiguiendo. —Ahora contigo, no logro encontrar lógica en esto, ni una. Sólo sé que tú padre te hace sufrir por una razón sosa. Y… Antonio y tú, su conexión es demasiado especial.

— ¿A qué te refieres?

—Yo conozco a Alfred apenas desde hace un año. Tú conoces a Antonio toda una vida. —continuó Arthur, dormitando. — ¿Qué porcentaje de personas conoces que puedan presumir algo así? Han tenido altibajos, sí, y lo han superado juntos.

Lovino sintió las mejillas rojas, leyendo otro pedazo de las ideas tachadas de Arthur. La más rayada, casi inentendible, fue la que le causo un escalofrío al italiano. "D…arecerlo". ¿Desaparecerlo? ¿Había considerado una opción tan horrible como esa? ¿Acaso… era la opción más fácil?

Arthur miró a Lovino con una sonrisa cansada. —Tranquilo, todo va a mejorar. —sacudió su cabeza, volviendo a ponerse de pie, mucho más despacio que la primera vez para no marearse. —Iré a tomar una ducha, quizás así pueda volver a despertar. —Su compañero de habitación asintió con la cabeza, volviendo a concentrarse en la libreta.

La primera idea era bastante simple, decirle todo a Máximo y a Bianca, pero aquello, como decía el siguiente recuadro, conllevaría a muchas consecuencias para toda su familia. Y, entonces, Blas podría volverse encontra de su propio padre y esposa. Lo que tendrían que hacer tanto como Feliciano y él, sería abandonar la escuela, irse directo a Italia para aclarar las cosas allá. En la parte de debajo de la hoja, había un pequeño circulo de color rojo, con la palabra NO.

Supuso entonces el italiano que sin duda Arthur tampoco creía que era la mejor idea.

El segundo plan era lo que Lovino leyó al principio, decirle todo a Antonio y Ludwig para que ellos estuvieran al tanto, eso los libraría bastante de la carga emocional, según las notas de Arthur, y entre todos podían idear un plan mucho mejor, el cual era desenmascarar a Blas.

Lovino negó con la cabeza, saltándose las notas de Arthur, él no lo conocía tan bien. Además, decirle a Antonio que su familia estaba arruinada por su culpa, aún no estaba preparado para eso.

El tercero tenía el plan de Iván, seguir, fingir, incluso engañar a las personas que amaban. Buscar algo que incriminara a Blas o un similar, así podrían deshacerse de él. La desventaja era que podían perder a sus personas queridas, o sea, Ludwig para Feliciano y Antonio para él. Otra desventaja es que Blas podría descubrirlos, y hacer algo mucho peor.

Lovino apretó la libreta con fuerza, con el corazón bombeándole. Sí, Blas era capaz de eso.

— ¿Lo has terminado de leer? —preguntó Arthur, saliendo del baño.

—Sí.

Arthur comenzó a vestirse, untándose crema en varias ocasiones, lucía mucho más despierto aunque sus ojos seguían rojos y con ojeras.

— ¿Qué te parece? —preguntó, terminando de colocarse el chaleco. Unas gotitas de agua hicieron que el color fuera un poco más oscuro. —Tú lo conoces. Yo sólo me basé en lo que me dijiste.

—Son muy buenas.

—¿Cuál crees que sea la más viable? Puse unas notas en cada una para mí, sin embargo, puede que no sea así.

—La tercera me parece la más indicada. —suspiró, dejando la libreta en su escritorio. — ¡Carajo! ¿Por qué tiene que complicarlo todo?

—Lovino, tranquilízate. —ordenó Arthur, ahora peinándose. —Si él puede ver a través de ti será todavía más fácil. Debes mantener la mente fría para todo.

—No puedo… la idea de que le haga algo a Govert o Bel también me asusta. Y ya hizo lo que quiso con la familia de Antonio ¡no dudo que intente hacerlo con Antonio mismo también!

—Esto no es tu culpa.

El italiano ladeó la mirada, observando el suelo. Lo sabía, sabía que no era su culpa, pero… ¿de verdad no lo era?

—El plan de Iván consiste en seguirle el juego, tal como lo has leído. —Arthur siguió ordenando sus cosas en su portafolio, aún concentrado en el tema de Lovino. —Significaría que tienes que dejar a Antonio. Tenemos que encontrar el punto débil de tu padre.

—Esos son mi madre y Feliciano. —contestó casi por inercia. —Lo de Antonio… no tengo otra opción.

—Lovino… ¿ya estabas considerándolo, no es así? Dejar a Antonio sin luchar, ¿por qué harías algo así? —Arthur detuvo todo lo que estaba haciendo, volteándose a él sin poder creerlo. El menor se comprimió en su cuerpo, sopesando todo su dolor.

—Mira todo lo que hizo por solo haberle levantado la voz y por las alabanzas que lanzaba mi abuelo. —dijo, mordiéndose los labios. — ¿Qué pasará si yo lo vuelvo a desafiar y no lo obedezco? Él es capaz de todo, Arthur, tengo miedo, no por mí sino por Antonio y por mi hermano, ya se está girando a él.

—Estás a tiempo de hablar con Antonio. —dijo Arthur, perdiendo energías, no pensó que Lovino tuviera tan pocas ganas de luchar. —Dile lo que él te ha dicho, platica con él y pídele que nos ayude.

El pánico se hizo presente en los ojos verdes de Lovino, comenzó a negar frenéticamente con la cabeza. Tal y como lo temió en un principio, Blas ya lo tenía en sus manos.

—No puedo decirle… él perdió demasiado por mí. ¡Incluso rechazó a conocer a su hermano! ¿Cómo puedo decirle de repente que todo lo malo que le ha pasado es por culpa de mi familia? Si sigue conmigo esto continuará, jamás parará. Incluso si lo detenemos ahora, Blas ideará más maneras para que yo termine siguiendo sus pasos.

—Lovino…

—Lo siento, quiero estar solo. —suspiró, dándose vuelta volviendo a abrazar a la tortuga. —Te lo suplico, no le digas nada a Antonio.

—Esa no es mi responsabilidad. —contestó Arthur, agarrando su portafolio y saliendo de la habitación.

—.—.—.—.—

Antonio estaba esperándolo afuera del edificio, sus mejillas estaban rojas a causa del frío y viento. Lovino quiso tener la invisibilidad de Matthew en ese momento. Por extraño que pareciera, no había ninguna chica revoloteando a su alrededor, tenía un aura bastante opaca ese día. Con un suspiró terminó por acercarse a él, ya que el español ni siquiera se dio cuenta de su presencia.

—Te vas a resfriar si continuas ahí. —comentó, parándose justo enfrente.

—Lovi, no me gusta que estemos peleados. —dijo Antonio, directo al grano. —Lo sabes mejor que nadie.

— ¿Qué esperas que haga entonces? No voy a disculparme. —espetó, comprimiendo su corazón. Antonio tenía ojeras, seguro por no dormir bien.

—Lo sé.

Lovino soltó un bufido. — ¿Y? ¿Tú quieres disculparte?

—No tengo porqué. —Antonio le sostenía la mirada, sacaba un poco de humo por la boca. ¿Cuánto tiempo lo había estado esperando? —Lo que te dije fueron mis verdaderos sentimientos. Sé que algo paso, no soy tan estúpido, Lovi. Pero respetaré tu decisión de no querer decirme, esperaré.

—Antonio…

—Hoy hace mucho frío, ¿no crees?—preguntó relajando los músculos de su rostro.

— ¿Vas a actuar como si nada pasara? —Lovino arrugó la nariz, molesto.

—No. Tú estás actuando como si nada pasara. —corrigió Antonio, sin mirarlo. —Yo esperaré hasta que quieras que algo pase.

— ¡Vete a la mierda! —chilló, separándose, sin importarle que los estudiantes que iban pasando también de detuvieran. — ¿Para qué demonios estás viniendo entonces? ¡Sólo vienes a hacerme sentir mal!

—Lovi, ¿qué quieres que haga entonces? —preguntó Antonio, molestándose. —No entiendo qué esta pasando, no sé como puedo ayudarte, ¡solo quiero que sepas que estoy a tu lado! —pareció que iba a decir otra cosa, pero volvió a quedarse callado.

¿Por qué debo recordártelo? Fue lo que intentó decir.

Lovino buscó aire, le estaba faltando demasiado oxígeno en los pulmones, el pecho le estaba ardiendo y le comenzaba a doler el estómago. ¿Debía terminar esto de una vez delante de todos? Miró sus zapatos, analizando lo más rápido que podía. No. Sólo alimentaría las sospechas de Antonio, tenía que hacerlo poco a poco hasta quebrarlo por completo.

—Hay que hablar, Lovi, sé que estás mal.

— ¡Simplemente porque no quiero cumplir tus caprichos no significa que yo este mal! —rezongó, encarándolo con furia. Intentó pasar derecho, pero el español lo retuvo del brazo. Lovino dio un manotazo, pegándole en la cara a Antonio, en la parte baja de la mejillas. Él lo soltó, pasmado. Lovino se giró, para que no pudiera notar algún rastro de culpabilidad. — ¡Hay veces en las que no estoy de humor para soportarte, eso es todo! ¡Déjame en paz!

—Lovi.

— ¡Y francamente estoy comenzando a replantearme esto! —articuló, deteniendo las intenciones de Antonio.

— ¿Replantearte qué? —preguntó Antonio, sintiendo que su voz comenzaba a romperse.

—Nosotros. —contestó Lovino, girándose para reafirmar sus palabras, poniendo la mejor expresión de seriedad.

La mueca que puso en Antonio en ese momento, quedaría tatuada para siempre en la mente del italiano. Lovino dió un paso a él, sin embargo, Antonio dio media vuelta y hundiendo las manos en el abrigo de invierno, se alejó de ahí.

"Si amas a una persona debes estar dispuesto a alejarte de ella." Lovino no estaba seguro de cuanta razón había en aquella frase.

—.—.—.—.—

Arthur se talló los ojos por milésima vez en el día. Su humor empeoró por dormir tan poco, el baño únicamente le había quitado unas cuantas horas el sueño. Ahora luchaba por mantener los ojos abiertos, tampoco sirvió que toda la clase estuviera concentrado en el problema de Lovino. Con dolor de cabeza y todo al finalizar las clases lo primero que hizo fue huir del BFT, los cuales tenían una nueva sonrisa en el rostro, quizás porque su sol, o sea Antonio, estaba completamente renovado.

Y hablando de soles… no había visto a Alfred desde el día anterior. Así que decidió ir a buscarlo, pese a que estuvo dos veces a punto de regresarse, la primera porque deseaba seguir detallando los planes y la segunda es que estaba casi seguro que le provocaría mucho más dolor en su cabeza.

Se asomó por el pasillo del primer año, muchos alumnos se aglomeraban al termino de clases, platicando con los del aula de al lado y tardaban como treinta minutos en dispersarse por completo. Observó un rulo del lado derecho, por lo que se trataba de Feliciano, iba tonteando con Ludwig como siempre, coqueteando bobamente con alguna que otra chica en el pasillo y siendo reprendido por su novio.

También notó a Iván que salía del aula con su hermana colgada sobre su brazo, lanzándole miradas fulminantes a todos, Toris iba detrás de ellos, seguro siguiendo a Natalia. El ruso notó a Arthur y lo saludó con la mano con una sonrisa, este se encogió sobre sí mismo, mirando en otra dirección; no fuera a pensar que estaba ahí por él.

— ¿Joven Arthur? —llamó una voz apareciendo a su lado.

— ¡MATTHEW! —pegó un brinco que resonó en todo el pasillo, atrayendo la atención de todos. Muchos comenzaron a reír. —Santo cielo, te pondré un cascabel. —el canadiense sonrió no muy de acuerdo con la oferta. —Dime, ¿has visto a tu hermano?

—Humm… no. Debe seguir en el salón con el profesor. —comentó, alzándose las gafas. —Joven Arthur, hay algo que quiero comentarle.

— ¿Qué pasa? —el británico aún se asomaba por la pared, pese a que los de primer año ya sabían que se encontraba ahí.

—En un lugar más privado. —pidió, jugando con sus manos. — ¿Se puede?

Arthur lo miró suspicaz, las enormes cejas se movían al compás de su rostro, que estaba haciendo gestos confundidos y analizadores. — ¿La maldita rana te ha hecho algo?

—No, no es sobre el joven Francis. —sonrió más natural.

—Me consuela saber que sabes a quién me refiero. —suspiró. —De acuerdo, vamos a la sala del G8, está desocupada por el momento. Quería ver a Alfred antes de la junta, pero le mandaré un mensaje para que cenemos juntos.

—Gracias. —dijo Matthew, siguiéndolo por la escalera. —Por cierto, ¿se encuentra bien? Tiene unas ojeras enormes, sino puede dormir le recomiendo tomar leche por la noche, le ayudará a dormir y a crecer.

— ¿Qué estás insinuando? —gruñó con mala cara.

—N-Nada en absoluto. —fingió demencia, mirando a otra dirección. —Por cierto, mi padre nos dijo que lo invitáramos para las próximas vacaciones al campamento militar.

— ¿Eh? ¿No tienen vacaciones normales? —preguntó, tragando saliva.

—Podemos salir el fin de semana, como aquí. Aunque ahí es sólo sábado por la noche y la mañana-tarde del domingo. —sonrió. —Cuando fui pensé que volvería a quedar como un fantasma, pero con ayuda de mi padre fui bien aceptado. Incluso invité al joven Francis, dijo que lo pensaría.

—Ughhh… Matthew…—murmuró, adiós tranquilas vacaciones.

Llegaron a la sala de la junta, estaba totalmente vacía, una pequeña capa de polvo cubría el escritorio dando a entender que nadie había entrado a limpiar.

—Siéntate. —pidió, halando dos sillas para quedar frente a frente. — ¿Qué es lo que quieres decirme?

—Es sobre Lovi. —comentó jugando con sus dedos. —Estos días parece muy abatido. Intenta no demostrarlo, pero al momento que siente que nadie lo observa, se le ve en el rostro. Estoy preocupado por él, ya le he intentado hablar otras veces pero… creo que todavía no me tiene la suficiente confianza. Pensé que siendo su compañero de habitación usted podría saber algo.

—Lo sé. —confesó, tallándose la frente. —Aunque no puedo decírtelo, le prometí que lo mantendría en secreto.

— ¿Es algo malo?

—Sí.

— ¿Puedo ayudarle con algo? Con lo que sea. —pidió, Arthur le dio una diminuta sonrisa, revolviéndole los cabellos. Algo así se debería de sentir el tener un hermano menor.

—No estoy seguro, tal vez más adelante. Sin embargo, ahora Lovino está pensando en una decisión muy importante, lo tiene que hacer él solo, así que por ahora lo único que podemos hacer nosotros es pensar como contrarrestar todo lo que venga después, para bien o para mal.

Matthew le sonrió, asintiendo con la cabeza. Arthur de verdad estaba preocupado por Lovino. Le gustaba esa faceta del inglés, por más que decía que las personas no le agradaban o intentaba alejarlas todo lo que pudiera, ocultando sus sentimientos, siempre terminaba dando la cara por ellos. Lo mismo había sucedido con él, le defendió un montón de veces, pese a que cualquiera podría pensar que estaba defendiendo solo a Alfred.

— ¿Qué estás pensando, Matthew? —preguntó, concentrándose de nuevo en él.

—Me agrada mucho que sea usted la pareja de mi hermano. —comentó, sonriente. —Alfred no podría estar en mejores manos.

— ¿A-A qué viene eso? —preguntó Arthur, ruborizándose.

—Sólo me entraron ganas de decírselo. —Matthew se encogió de hombros.

Las puertas de la sala entonces se abrieron, trayendo el parloteo de Ludwig y Roderich junto a Vash que discutían acerca del festival que Iván quería hacer para el Hallowen. Arthur entonces recordó sus responsabilidades en ese lugar, olvidándose por un momento del problema de Lovino.

Ese día Feliciano no pidió comida, ni siquiera se quejó de estar aburrido. Tampoco se durmió. Simplemente puso atención.

—.—.—.—.—

Lo primero que hizo Lovino fue buscar a Govert al finalizar las clases, él se encontraba a gusto leyendo un libro abajo del árbol donde solían almorzar. Lo miró un rato antes de decidir acercarse, necesitaba su ayuda, era en quien más podía confiar ahora. Sin más preámbulo se acercó con las manos metidas en los bolsillos de su chamarra, la tarde era muy intranquila, se nublaba y por ratos volvía a salir el sol, el aire corría fuerte, alborotando los cabellos de la mayoría.

—Aquí. —dijo Lovino, sentándose a su lado, tendiéndole una lata de café caliente. Govert la aceptó gustoso, cerrando el libro. Tenía la nariz y las mejillas rojas por el frío.

—No te pagaré por esto. —dijo Govert tranquilo, abriéndola.

—Como si no supiera eso. —reprochó Lovino, abriendo la propia. Se quedaron un rato sin hablar, bebiendo el café. — ¿Te aceptaron en Gakuen?

—Los resultados para los de mi tipo salen en enero. —sonrió encogiéndose de hombros. —No lo sabré hasta entonces.

—Ya verás que te aceptaran. —comentó Lovino viendo salir el humo de la lata.

—Quiero volver a jugar futbol. —le dijo, girándose para verlo. —Ahora que lo de Emma ha pasado, quiero volver a intentarlo. Sólo que no sé si esta lesión me lo permita. —se tocó la pierna, nostálgico.

—Nunca te pregunte que te pasó. Bueno, sí quería, pero sabía que intentarías darme un puñetazo si hubiese vuelto a tocar el tema. —reprochó Lovino, frunciendo la boca en desaprobación. Govert soltó una pequeña risilla.

—Me fracturaron la primera vez que intente defender a mi hermana. —se encogió de hombros, desinteresado. —Fue antes de aliarme con Scott, por supuesto. Por eso también nos regresamos un tiempo con mi padre, para que Emma sanará sus heridas internas y yo las externas.

— ¿Bel lo sabe?

—Se enteró después del problema. No lo tomo muy bien, pero mucho mejor de cuando se enteró que estaba golpeando chicas. —confesó, dejando su lata ya vacía al lado de su libro.

—Bel te perdono a pesar de todo…—susurró.

—Sí, creo que ella al final pudo comprender porque lo hacía. —sin que se diera cuenta, Govert lo estaba observando detenidamente, sospechando que algo le pasaba. —Prometí de todas maneras no volver a hacerlo, algo que me puso de malas en su momento, es decir, no es como si golpeara a cualquier chica caminando por la acera.

—Necesito tu ayuda. —confesó de pronto, apachurrando la lata en sus manos. El holandés asintió, esperando a que continuara. —Será un relato largo.

—Escucharé. —comentó, recargándose de nuevo en el árbol, Lovino entonces comenzó.

Al terminar su historia Govert no se movió ni dijo nada por un buen rato, su rostro parecía un marfil tallado, sin expresión alguna. Lovino se contrajo un poco confundido de que no dijera nada, incluso le había contado lo que Arthur estaba haciendo.

—Mi consejo como el único representante del club "Odiamos a Antonio" es que termines con él y eso lo haría sufrir, por lo que yo estaría feliz. —confesó, encogiéndose de hombros. Luego giró su cabeza en dirección de su mejor amigo, Lovino notó un poco de tristeza en sus ojos. —Y mi consejo como amigo es que le digas.

—Yo… no puedo decirle.

—Sí, sí puedes y debes. —reprochó de pronto, poniéndose mucho más serio. —¿Cómo reaccionarías tú si fuera al revés? ¿Te gustaría que Antonio te volviera a mantener un secreto o que decidiera tu vida?

—No estoy decidiendo su vida.

—Lo haces. —se calmó de pronto, sacudiendo su cabeza. —Él merece saberlo.

— ¿Y si me odia al final?

—Yo estaré ahí para que puedas llorar. —dijo de pronto, poniendo una mano en su hombro. —O para romperle los dientes, lo cual me agrada más.

Govert le regaló una media sonrisa, haciendo solidas sus palabras. Lovino apenas pudo devolverla.

—.—.—.—.—

Gilbert llevaba media hora sentado en la banquita afuera de la biblioteca, con los cuadernos esparcidos en la mesa, era inútil, por más que lo intentara no podía concentrarse. A la mente venían todo tipo de suposiciones sobre lo que estaba aconteciendo con su hermano, Antonio y los hermanos Vargas. Justo Antonio el día anterior llegó con una horrible cara a la habitación, les comentó todo lo sucedido, incluso con lo del tipo y la tortuga. Intentó investigar un poco con West pero este seguía diciéndole que Feliciano todavía no hablaba respecto a eso, dado a su rostro angustiado cada que tocaba el tema, decidió mejor detenerse.

—Esa maldita princesa. —suspiró dejando la barbilla sobre la mesa. ¿Estaba consiente tan siquiera que Antonio era quién más sufría en ese momento? Necesitaba que estuviera a su lado, no que intentara apartarlo.

Probablemente era tiempo que alguien se lo hiciera ver.

Recogió lo más rápido que pudo sus cosas, metiéndolas con brusquedad en su mochila, que era un caos. Empezó a correr, buscando a Lovino por todos lados. Incluso fue a preguntarle a Govert, quién estaba extrañamente con Emma y Scott, era una escena bastante inusual. El holandés se encogió de hombros ignorándolo, Emma en cambió de forma amable le respondió que le vio cerca de los jardines.

Y justo ahí fue donde lo encontró, con un block de hojas blancas y acuarelas.

Gilbert se acercó a él, en cuanto Lovino lo vio escondió su pintura, poniéndola detrás de su espalda.

— ¿Qué quieres, imbécil? ¡Vete! —reprochó.

—Vamos a hablar.

—No tengo nada que decirte y me vale mierda lo que me tengas que decir. —protestó Lovino, comenzando a guardar todos los instrumentos de dibujo. Gilbert le tomó la muñeca, impidiéndoselo. — ¡No me toques con tus manos de patata!

— ¿Por qué estás siendo tan malo con Antonio? —preguntó, soltándolo. — ¿Qué es lo que le pasa a Feli con West, lo sabes?

—Mis problemas con Antonio te valen mierda. —gruñó, advirtiéndole con la mirada que no era buena idea tocar ese tema. —Y lo más probable es que el idiota de Feliculo se haya dado cuenta que el estúpido macho patatas es demasiado poco para él.

Gilbert lo tomó por el cuello de la camisa, exaltado; Lovino le dio una media sonrisa llena de sorna.

— ¿Qué? ¿Vas a golpearme por decirte las verdades de tu hermano patata?

—Tú no eres así. —suspiró Gilbert, soltándolo. Lovino se llevó una mano a donde antes estaba el agarre, carraspeando la garganta. —Puedes ser un maldito malcriado, pero tú no eres así.

— ¡Y tú qué sabes!

—Jamás te has referido a West como lo estás haciendo ahora. —sentenció entrecerrando los ojos, Lovino farfulló una grosería entre dientes, el maldito alemán de nuevo estaba juzgándolo. —No tengo ni puta idea de que este pasando por tu mente, princesa, pero deshazte de eso antes de que termines arrepintiéndote.

Lovino le desvió la mirada por primera vez en su vida. Joder, por más que intentaba esconderlo, todos podían ver a través de él. ¿Acaso era tan transparente?

—Lárgate y déjame tranquilo. Esto no tiene nada que ver contigo.

— ¡Claro que sí! —reprochó enojado. — ¡Antonio es mi mejor amigo y West mi hermano menor favorito!

—Es el único hermano que tienes, tarado.

—Confió en ti. —dijo de repente Gilbert, dejando caer sus hombros en un resoplido, sus ojos rojos fijos en los verdes de Lovino. Él parecía estupefacto de semejante declaración. —Me caes de la mierda, eso ya lo sabes, pero confió en ti. ¿Sabes por qué? Por la simple razón de que Antonio lo hace, es motivo suficiente para mí para saber que no eres una mala persona.

—Tal vez deberías replanteártelo.

—No lo haré, creo en mis amigos. —contestó, imparcial. —Si Toño me dice que eres bueno, entonces lo eres.

— ¡Tú no sabes nada de mí! —reprochó Lovino, empuñando las manos a su costado, cerrando los ojos con fuerza.

—Creeré que vas a hacer lo correcto para Toño, al igual que Feli para West. —repitió.

—Vete de aquí. —con un hilo de voz, apenas audible, Lovino volvió a tomar sus pinceles y el block de hojas, perdiéndose en el lienzo. El alemán suspiró, derrotado.

—Lovino. —llamó por una última vez, él no se giró a verlo, seguía pintando. Gilbert ocultó sus manos en los bolsillos de la chamarra roja, esa a la que Arthur le bordó idiot. —Te lo estoy rogando ahora, no lastimes a mí amigo.

Dicho esto se marchó, escuchando un pequeño crack detrás de él. Lovino rompió su pincel favorito ese día.

—.—.—.—.—

— ¡ARTHUR! —gritó Alfred, entrando de un portazo a la habitación 404. El inglés que estaba recostado en su cama, dio un brinco apenas lo escuchó, incorporándose.

— ¡Qué diablos! ¡No entrés de esa manera, idiota, comenzaba a quedarme dormido! —reprochó, luego puso los ojos en blanco al ver todas las prendas que llevaba su novio encima. Un cuello de tortuga, una sudadera y su inseparable chaqueta, junto a una bufanda roja. De acuerdo, estaba haciendo mucho frío, pero con una chamarra podía calentarse el cuerpo.

— ¿Quieres terminar conmigo? —preguntó de pronto, luego de cerrar la puerta, corrió a sentarse en la cama.

— ¿AH? —el inglés se quedó en desconcierto total. Después de lo que hicieron, ¿cómo demonios iba a pensar semejante cosa? — ¿por qué me estás preguntando eso?

—Respóndeme. —pidió serio, tomando sus manos entre las suyas.

—Claro que no. —Arthur ladeó la cabeza, sin comprender. —De verdad, ¿Quién te ha dicho eso? Tú debiste saber que no era verdad. ¿Fue Iván? Lo está haciendo para molestarte.

—Fue Toris. —murmuró decaído. —Me contó sobre tú problema con el Sr. Kirkland. ¡Necesito que me pases su número, le hablaré y en definitiva le diré que yo puedo hacerte feliz!

—Eso él ya lo sabe. —dijo inflando las mejillas. — ¿Por qué es… dijiste que fue Toris?

Alfred asintió varias veces con la cabeza.

—Recuérdame nunca contarle un secreto. —suspiró Arthur, llevándose una mano a la cabeza. —Incluso lo hubiese pensado de Iván, pero ugh… supongo que estaba preocupado por ti así que no puedo reprocharle nada.

— ¿De qué hablas?

—Todo lo que te dijo Toris no es verdad. Bueno sí lo es, pero yo no soy la persona involucrada en eso. —contestó, cruzándose de brazos. — ¿Cómo puedes ser tan tonto para pensar que voy a terminar contigo luego de todo lo que hemos pasado? Además, incluso si mi padre se interpusiera, mi madre y mi madrastra lo detendrían en cuestión de nada.

—Cierto, tú mamá es increíble. —sonrió Alfred. —Entonces si no eres tú, ¿Quién…?

—Eso no puedo decírtelo. —suspiró Arthur. Alfred le hizo un mohín. —No pongas esa cara, es un secreto que no me pertenece, así que estoy respetando la confianza que él puso en mí.

—De acuerdo. —murmuró el americano, desanimado. —Cómo sea, me alegró mucho de que no quieras terminar conmigo. Aunque sí me gustaría decirle a tú padre que no se preocupe por ti, que yo voy a cuidarte.

—Tch. Cómo si el tuviera tiempo de escuchar tus cursilerías. —bufó, sonrojado. Alfred se acercó a él e intentó depositar un beso en los labios de Arthur, pero él se lo impidió, volteando el rostro.

— ¿¡Eh!? ¿Por qué?

—Por pensar que soy capaz de terminar contigo. —reprochó Arthur, haciendo un mohín, sus cejas fruncidas se veían graciosas por lo que Alfred soltó una risa. — ¡Ahora menos!

— ¿No me darás un besito ni aunque te lo pida? —lloró Alfred, picándole la mejilla.

—No.

— ¡Pero lo necesito para vivir! —protestó, estrechándolo con un fuerte abrazo.

— ¡No, no lo necesitas!

—.—.—.—.—

Lovino miró las imágenes que tenía en el teléfono, sus cosas de dibujo estaban de lado, nada le quedaba bien así que dimitió unos diez minutos después de que Gilbert se fuera. Las fotos fueron las que pusieron una sonrisa en sus labios, había muchas con Antonio, tantas que casi tenía la memoria llena; por supuesto, varias de ellas involucraban al BFT. También estaban las de Emma y Govert, que en la mayoría fueron tomadas por la chica. Tenía unas diez con Matthew, Alfred y Arthur, el primero sólo en dos se lograba distinguir bien.

¿Cuándo fue que se rodeó de tantos amigos? Incluso ya podía usar las dos manos para contarlos.

Miró una de las cinco fotos que tenía con Feliciano, este estaba sosteniendo el teléfono mientras lo obligaba a posar. De fondo estaban Kiku y el macho patatas platicando. Siguió pasando las imágenes hasta que llegó a la última, esa la había tomado sin permiso de nadie, era su hermano con sus dos amigos, Feliciano tenía una sonrisa maravillosa, Ludwig y Kiku también parecían bastante contentos, ¿y cómo no estarlo? Feliciano iluminaba cualquier lugar a donde iba, con sus tontos ve~.

Sintió ganas de llorar, pero se mordió con fuerza el interior del cachete. Había llegado a una decisión.

Antonio tardó varios minutos en llegar, lucía agitado, sus mejillas estaban rojas por el frío y sacaba aire caliente por la boca. Su chamarra estaba mal abrochada, seguro que apenas había visto en mensaje fue corriendo a donde estaba.

—Lovi. —sonrió acercándose, Lovino dio dos pasos atrás. — ¿Qué pasa? ¿Sigues molesto?

—Te diré lo que me esta pasando. —dijo el italiano, sus manos estaban detrás de su espalda, apretándose con fuerza una a la otra. La cara de Antonio pareció relajarse bastante y asintió con la cabeza.

— ¿Nos sentamos? —preguntó señalando la banca, sus ojos mostraron comprensión al ver sus cosas de dibujo. — ¿Qué estabas pintando?

—Me di cuenta que esto es asqueroso. —cortó Lovino. Antonio se giró a él, sin comprender sus palabras. — ¿No lo crees?

— ¿Qué estás diciendo, Lovi? ¿Asqueroso?

—El nosotros, es asqueroso. —Lovino pudo percibir dolor en los ojos de Antonio, en sus expresiones corporales, no obstante, tenía una sonrisa en su cara, una bastante confusa.

—Creo que no me logras entender. —bufó, fingiendo fastidiarse. —Mira, te lo plantearé de manera sencilla, hasta un imbécil perteneciente al Bad Friends Trio puede entenderlo.

— ¡Lovi!

—Eres como mi hermano. —dijo de pronto, tornándose frío, igual que el aire. No debía exaltarse o aquello comenzaría a ser poco creíble. Debía mantener la compostura, y así como le enseño Blas, no dejar que nadie viera en su interior. Antonio tenía la sorpresa impregnada, ya estaba comprendiendo. —Hemos convivido la mayoría de nuestra vida y eso que confundiéramos nuestros sentimientos. Al menos eso fue lo que yo hice.

Su garganta comenzaba a quemarle a cada palabra que daba, ardía, le dolía demasiado, el cansancio poco a poco comenzaba a llegar a él, pidiéndole que se metiera a la cama para nunca volver a salir de ella. Sin embargo, prosiguió.

—Cuando te besaba me disgustaba, pero pensé que tarde o temprano me acostumbraría, luego pensé que pasaría si llegábamos… al siguiente nivel, fue tan desagradable pensarlo que incluso me dieron ganas de vomitar. Si fuera con otro quizás no fuera así, pero si eres tú Antonio, no puedo.—fue el turno de Antonio para evitar la mirada de Lovino, acababa de decir algo muy cruel. —Siempre has sido una figura de hermano mayor, me sentí confundido ya que fuiste el único que me brindo cariño. Mis sentimientos son diferentes a los tuyos. Yo no te amo de la misma forma que tú me amas a mí.

—Lovi, estás diciendo cosas muy crueles. —murmuró Antonio, sin alzarle la mirada.

—Es la verdad. Además…—soltó un suspiró, disfrazándolo de hastío. —tú quieres formar una familia feliz. No puedo darte eso, soy el heredero de los Vargas, eso es una gran responsabilidad. Y tengo que dar herederos de sangre, no meter a cualquier niño que quieras adoptar tú.

— ¡Lovi eso es…!

—Mientras tú piensas en estupideces del amor, yo pienso en mi futuro. No quiero que se vea opacado por ti. —interrumpió de nuevo. Sabía que si le dejaba hablar, acabaría sucumbiendo ante Antonio. —Esta es la vida que nos toco vivir, Antonio, ¿qué podemos hacer? —expresó, encogiéndose de hombros. —Eres como un hermano para mí, confundí mis sentimientos, perdóname.

El silencio inundo los oídos de ambos. Antonio tenía la mirada clavada en el suelo.

—Sé que es difícil, pero con el tiempo lo comprenderás. Ya hemos experimentado, y tú eres el príncipe de esta escuela, chicas y chicos te siguen por igual, encontrarás rápidamente a alguien que pueda sustituirme. —al finalizar esa frase se mordió la lengua, queriendo sentir el sabor metálico de la sangre para poder distraer sus sentimientos, sus ganas de llorar.

—Lovi… ya basta, me estoy empezando a creer la broma.

—Antonio, no estoy bromeando. —concluyó con la voz más seria que pudo poner. El hispano alzó el rostro, Lovino lo miraba fijamente, sin rastro de dolor, era pura seriedad. —Lo siento.

— ¿Por qué me lo dijiste hasta hoy?

—Creí que podía llegar a amarte. —respondió él. —No fue así.

Pasaron unos segundos que fueron eternos para Lovino, en ese tiempo Antonio volvió a tener la cabeza agachada, seguro procesando las palabras.

—Dejaré que puedas pensar a gusto. —dijo Lovino, dando media vuelta para retirarse.

— ¡Lovi! —llamó de pronto Antonio, dando algunos pasos hasta detenerse a dos zancadas de él. Lovino volteó poniendo rostro de incomodidad. — ¿Seguimos siendo amigos? Yo… aceptaré esto. —su voz se quebró ligeramente, pero volvió a recomponerse en cuestión de segundos. — No puedo obligarte a amarme, Lovi. Pero no quiero perder tu amistad. Ya hemos estado separados mucho tiempo.

Lovino deseó decirle que no, que cortaran todo tipo de relación, dado el ambiente tal vez fuera creíble. Sin embargo, con Antonio un tal vez no sería efectivo.

—Claro. —contestó con una diminuta sonrisa, tomó sus cosas a toda velocidad y emprendió marcha, sin voltearlo a ver. Antes de doblar la esquina, miró de reojo por detrás de su hombro, Antonio seguía parado ahí, en la completa soledad, con los ojos clavados en el suelo, sin ni siquiera moverse.

Lovino se pegó una bofetada al girar, conteniendo sus impulso de volver sobre sus pies, y abrazarlo. Debía ser fuerte, lo estaba protegiendo aunque eso significara alejarlo de sí. Primero era destruir sus sentimientos de amor, segundo y último, destruir cualquier sentimiento que pudiera albergar por él.

Aunque eso significara destruir a la persona que más a amaba en el mundo.

Pero eso, Lovino Vargas, no lo sabía.


¡QUEMADME EN LA HOGUERA!

Ah… ¿Les ha gustado el capítulo? ¿Tuvieron los sentimientos encontrados que yo tuve? ; u; -se prende fuego-

En fin quisiera contarles que la escena del sueño de Lovino es muy especial para mí, pertenece a otro fic de Hetalia que estaba haciendo en colaboración, pero nunca se pudo terminar. Esa escena siempre me gusto, pertenecía al final c: Así que como dudo volver a hacer la colaboración o escribirlo por mi cuenta, la puse aquí, para que no se pierda.

En fin, ¡otro capítulo! La inspiración me llegó mucho este mes, sabré yo porqué, pero hay que aprovecharla cuando hay.

Pasemos a agradecer reviews: Loveless1039, Amiyei (NZAlemao, ¿son la misma persona o me he confundido? xD?) ¡Gracias!

Por cierto, me siento muy honrada de decirlo, gané el concurso de Hetawards2018. La primera vez que lo vi no lo pude creer fue como: A lo mejor estoy dormida, así que dejé el celular ese día y dormí, a la mañana siguiente lo volví a leer y fue un OMG, OMG, OMG, ¡ESTA PASANDO! Fue bastante emocionante para mí, ya que es la primera vez que inscribo uno de mis escritos a competencia. No esperaba ganar, pero me hizo feliz. Gracias a ustedes también por ayudarme a crecer, es muy importante para mí saber que les agrada o que les desagrada de este FF, nutren mi cerebro. ¡GRACIAS!

Lamento que el capitulo quedará tan largo, ¡espero les haya gustado! Ahora sí, ¡hasta la próxima!

Ahora sí, me despido mandándole besitos a todos,

MimiDiethel.